Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

lunes, 26 de septiembre de 2011

Toda tema es postema

«Toda tema es postema», advirtió Gracián. Como es sabido que los que han hecho el Bachillerato en los últimos años son casi analfabetos, convendrá aclarar para su gobierno que la sentencia quiere decir que toda obsesión es un absceso. Gracián emplea, pues, tema como substantivo femenino en la acepción definida por el Diccionario como «idea fija que suelen tener los dementes». Acepción que nos parece muy idónea para calificar ciertos usos lingüísticos hoy en boga entre algunos periodistas, políticos e intelectuales semialfabetizados. Más que errores crasos son torpezas, muletillas pretenciosas y solecismos propios del mediopelo cultural. Sin ánimo de recogerlas todas —la mies es mucha— agavillaremos hoy unas cuantas temas para presentar a nuestros lectores en este junio florido un ramillete de memeces de moda.

El tema. Si Gracián volviese a este mundo deduciría que la mayor tema es el tema (en el sentido de «asunto o materia», claro). Hoy todo es tema: el tema del suspenso del niño, el tema de la OTAN, el tema de las letras del coche, el tema de la ecología. Todo lo que hasta hace quince años se llamaba cuestión, asunto, negocio, problema o incluso tema —según los matices— ahora se reduce a tema. Como una gran concesión a la riqueza de volcabulario, y cuando el caso es ya desesperado, se habla de problemática (nunca de problema). Así, cuando lleva tres años sin llover los ministros hablan de «la problemática del sector». Cuando solo ha sido malo un año, mencionan «el tema de la pluviometría adversa». La gente del campo, menos fina, lo llama sequía o seca, blasfemando y haciendo rogativas. Porque no hay que olvidar que los temas están hechos para ser tocados en profundidad por un colectivo de expertos. No sirven para llorar, desesperarse o entusiasmarse con ellos. De ahí que los tecnócratas pusieran de moda la palabra. Sirve para desdramatizar las situaciones, que dirían ellos.

Lúdico. Es primor muy apreciado. Un titular como «Los niños podrán festejar en ambiente lúdico la feria dedicada a la lectura» (ABC, 2-6-85) podría redactarse «Los niños podrán jugar en la Feria del Libro», pero entonces perdería gancho para los viciosos de estas temas, ya que no para los niños. Aunque el término de marras ya aparece en el Diccionario (hasta esta última edición sólo se recogía lúdicro) sería triste que su uso desterrase el de los otros muchos vocablos referentes al juego y al regocijo de los que dispone el castellano: retozar, triscar, juguetón, travieso, festivo.

Masacre y holocausto. Hoy en día si hay más de tres muertos se habla de masacre, y si son más de diez se dice holocausto. Los Santos Inocentes fueron más y sin embargo su muerte se califica de matanza. En Centroamérica, donde saben mucho de eso, la gente se regodea previendo una «matazón de hijos de puta». ¿Qué ha pasado con nuestras entrañables matanzas, matazones y otras degollinas tradicionales? Pues que han perecido, víctimas del inexorable Síndrome de la Hipérbole Inalcanzable. En otro artículo les explicaremos de qué se trata.

Un cerebro gris. En cada organización se asegura que hay uno. En la Banca, en el Ejército, en cada sindicato o en cada partido político tiene que haber un Cerebro Gris. Se supone que es el poder oculto que hace y deshace entre bastidores, el genio que actúa siempre en la sombra. Prescindiendo de lo difícil que se hace creer que algo, bueno o malo, en la España de hoy sea producto del frío cálculo de un gran organizador escondido, la expresión cerebro gris es en sí un dislate hijo de la ignorancia de nuestros mentores intelectuales. El cardenal Richelieu tenía un confidente y consejero, el padre Joseph, un fraile que llegó a ejercer gran poder sin abandonar el talante retraído y la apariencia humilde. Este valimiento y el contraste entre la púrpura de Su Eminencia y la parda estameña del fraile hizo que el padre Joseph fuese apodado con ironía temerosa la Eminencia Gris. Aldous Huxley escribió un libro sobre él, con ese título, hace cuarenta años. La expresión hizo fortuna en el mundo anglosajón y se usa para designar a cualquier político o burócrata con más poder real del que ostenta oficialmente. Cuando se importó la locución en España algunos listillos creyeron que se refería a la materia gris que contiene el cerebro, y en el suyo —en su cerebro o en lo que haga las veces de tal— se debieron de cruzar algunos cables, naciendo triunfal el latiguillo del cerebro gris.

Lo malo de estas temas —y otras que ya iremos disecando— no es tanto su condición ridícula o reiterativa cuanto el empobrecimiento que acarrean en nuestro vocabulario. Con un mecanismo parecido al que en la economía describe la ley de Gresham («el dinero malo expulsa al bueno») estos fetiches verbales terminan asesinando a sus sinónimos de mejor derecho, mayor belleza y superior precisión. Depauperan el castellano. Y el único juicio de valor seguro en la evolución de una lengua es que todo empobrecimiento es malo.

Por eso nos atrevemos a pensar que si Gracián levantase la cabeza complementaría su «toda tema es postema» con un tajante toda tema sea anatema.

(Este artículo se publicó en el ABC el 22 de Junio de 1985)

A propósito del Père Joseph, consigue la mejor quintaesencia de dislates don Domingo del Pino en su artículo Los Bolonios (El País, 13-4-86), donde dice:

«Un español de auténticas calzas bajo la sotana, Gil de Albornoz en su tierra, Aegidius Albornotius entre los italianos, cardenal de grandes designios al estilo de aquel jesuita descalzo que inmortalizó Aldous Huxley en La eminencia gris, reconquistó en tierras de la Reggio-Emilia las propiedades, fincas, palacios, ciudades, condados y marcas a que la Iglesia romana creía tener derecho como heredera de Pedro, sometió a nobles y plebeyos y acumuló títulos y privilegios».

Los «jesuitas descalzos» no existen, el Père Joseph era capuchino y, sobre todo, el Cardenal Albornoz era lo contrario de una eminencia gris: era una eminencia purpurada, arquetipo del género y prototipo de Richelieu. Y el Sr. del Pino, fenotipo del listillo español.


(Este artículo y su nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves, 15 de septiembre de 2011

Botones de muestra (V)



Esta es una novela picaresca -escrita por un autor nada pícaro- que escoge como protagonista a un pícaro inocente, mánico-depresivo, opositor a notarías, obeso y de nombre Simbad Martínez. La unidad de acción es bastante intensa pues dura un año y 494 páginas. Ni una es aburrida. Los lances, en el Madrid de hoy, tienen todos un algo de Kafka y un mucho de Cela, de Mihura y hasta de Tintín, o mejor dicho de los dos policías tontos, Dupond y Dupont, representados por Aguayo y Torrecilla.

El efecto final no es sólo el clásico de la novela picaresca –nihilismo mezclado con añoranza de un mundo menos estúpido y cruel- sino burla surrealista con una palpable e injustificada esperanza en el porvenir.

Esto último se opone a la constante presencia de aforismos al estilo de Cioran, de los que es autor Simbad Martínez. Bien mirado y si relee uno a Cioran verá que es menos pesimista de lo que uno cree recordar porque no ha perdido el humor, un cierto humor salvaje, nada melancólico. Miguel Albero tiene tal oido literario que del medio centenar de aforismos que salpimentan la novela, cada lector puede intuir cuáles son un trasunto de Cioran y cuáles, más surrealistas, de Ramón Gómez de la Serna o de Jardiel Poncela. Y sin embargo, todos son rigurosamente (o suavemente) originales. Por ejemplo:

Hoy no puedo vivir todos los días

Los meses terminan y empiezan los meses.
Tampoco aquí se nos concede tregua alguna.

No hay sinvivir.
Sin vivir.
Eso quisiéramos.

Saber que existes me hace ser.
Perderte sería perderme.

No vivir siempre es más hermoso.
Vivir no siempre es la quimera.


Al releer los ejemplos que anteceden entro sin querer en el juego de detectar los influjos heterogéneos. ¿Gracián, el Barroco? Y a veces emerge, como una ballena cubierta de percebes, un aforismo grandilocuente pero nada serio, como un Viva mi dueño en la panza de un cacharro de loza:

De mi pueblo soy,
por mi pueblo vivo.

Mi pueblo es mi vida.
Por eso soy, por eso vivo.


Claro que esto ya es al final de la novela, donde el desengaño llega devolviendo la razón al pícaro, después de una batalla burlesca pero brutal en un supermercado. Este último episodio, como el resto de la acción constante en las tres partes de la novela, serían perfectas para una o varias películas. Las películas serían como la novela, que alguien tan tajante y agudo como Evelyn Waugh hubiera calificado de very funny, very sad. Quizá sea porque la dichosa contemporaneidad insobornable que nos ha tocado en suerte es así, triste y cómica a la vez. O sea, grotesca. Esta novela está en la mejor tradición española de retratar esa realidad grotesca.




Ya queda menos
Por Miguel Albero
Zut Ediciones S.L.
Málaga, 2011



Enlaces relacionados:

Botones de muestra (VII)
Botones de muestra (VI)
Botones de muestra (IV)
Botones de muestra (III)
Botones de muestra (II)
Botones de muestra

martes, 13 de septiembre de 2011

De reala de catetos a colectivo de cursis

España ha pasado en cincuenta años de ser un país de catetos a ser un país de cursis.

Esto no es en sí ni bueno ni malo; es un mero hecho sociológico. Su corolario lingüístico es por el contrario fácil de valorar: un desastre. El cambio salta a la vista, o mejor dicho al oído. El cateto —ya fuese campesino ya pequeño artesano de pueblo o ciudad— tenía un vocabulario muy rico, porque lo necesitaba en la vida diaria, mientras que su nieto el cursi no precisa más de un millar de palabras y por consiguiente ése es todo el horizonte de su léxico. En su trabajo de oficina o de fábrica no necesita más de una docena de vocablos especializados, y un número parecido para el automóvil, el fútbol o la caja tonta. El evidente empobrecimiento ha sido muy estudiado, pero uno de sus aspectos concretos no parece haber sido objeto de atención particular. Nos referimos al triste caso de la desaparición de los nombres de conjuntos.

El castellano es, o era, muy rico en nombres que designan las agrupaciones de cada clase de animales, personas o cosas. No se dice un grupo de abejas, pájaros o peces, sino enjambre, bandada o banco respectivamente. Pero además hay nombres peculiares según la especie del animal. Igual que disponemos de robledal o pinar para precisar ciertos tipos de bosque tenemos bando para las perdices y algunas otras aves, recova para los perros de montería, rebaño para las ovejas o cabras, etcétera. También hay palabras distintas según el número de individuos que componen ciertos grupos: no es lo mismo un hatajo que una punta o una piara de ganado. Como varía en ocasiones el nombre del conjunto según la disposición de sus unidades o la función que en ese momento desempeñe, y no es lo mismo un tiro de mulas (enganchadas) que una recua de mulas (en hilera y usadas como bestias de carga).

Los matices son múltiples. Casi todos sabemos que no es lo mismo una yunta (de dos bueyes) que una collera (de dos pájaros) o un tronco (de dos caballos o mulas), pero pocos recuerdan que manada no sólo se aplica a los lobos y otros animales salvajes sino también a los cerdos y a otros ganados que no forman rebaños. Y muy pocos saben lo que es una parada o una baraja (de cabestros), igual que tiende a olvidarse la diferencia entre una partida (de cazadores) y una armada (de monteros). Ni siquiera, pues, cuando el grupo es humano hemos logrado mantener la variedad específica. La cuerda de presos, la familia de criados o la cuadrilla de bandoleros (esta última relevada por el pretencioso eufemismo de «comando», en general de etarras) van cayendo en el olvido. Hasta la humilde ristra de ajos desaparece, víctima de la substitución de la cocina por las latas de conservas.

¿Y el puterío? ¿Y la farándula? ¿Y la soldadesca? ¿Acaso no subsisten en carne doliente y hueso quebradizo? ¿Qué ha ocurrido con los mil nombres gregarios variopintos que daban color y precisión a nuestro idioma? Ya sus mismas desinencias indicativas de la condición de conjunto prestaban variedad eufónica a la lengua. Doña María Moliner las tiene catalogadas en su diccionario, como caracolas que encierran distintos ruidos del mar. Hasta diecinueve sufijos típicos de los nombres de conjunto recoge. Basten algunos ejemplos para recordar la sonoridad de que es capaz el español: raigambre, velamen, mezcolanza, parentela, cornamenta... Ahora ni los cuernos se salvan de la simplificación fonética y conceptual. La depauperación del repertorio se agrava al imponerse uno de los fetiches verbales más conspicuos de nuestros días: el colectivo.

Cual heraldo de la era colectivista que se nos propone, el substantivo colectivo aparece cada vez que se menciona a un grupo de individuos unidos por algún objetivo o circunstancia común, permanentes o transitorios. Un colectivo de prostitutas protestan, un colectivo de analfabetos escribe un manifiesto, un colectivo de agricultores franceses prende fuego a veinte camiones de lechugas españolas, etcétera. A veces se llega a hablar de «una coordinadora (otra palabra mágica) de colectivos». O se echa mano de otra de las temas de nuestro tiempo, que es emplear serie («se produjo una serie de explosiones simultáneas») olvidando que se trata de un conjunto de cosas o acontecimientos sucesivos y no sincrónicos.

Uno se pregunta a dónde habrá ido a parar la famosa imaginación del español. A fin de cuentas los ingleses conservan en uso su añeja lista de agrupaciones de animales y siguen diciendo, por ejemplo, «a pride of lions» (un orgullo —por manada— de leones), y los franceses no han desechado la vieja acepción de teoría (procesión, cortejo) y pueden decir «une théorie de séminaristes». Si los españoles no quieren guardar vistosas antiguallas, ¿por qué no inventan otros términos igual de sugestivos? Con lo fácil que sería acuñar expresiones que evitasen el monótono —y algo inquietante, que huele a soviet— colectivo. Ahí va un puñado de sugerencias: una piojera de inspectores de Hacienda, una pavada de diplomáticos, una sangría de médicos, un borrón de escritores, un monipodio de políticos, un sarpullido de funcionarios, una gárgara de periodistas, un miasma de maestros, un momio de catedráticos, un chuponcio de abogados.

Será que el cursi ni inventa ni sabe conservar las invenciones de sus abuelos catetos. Ortega y Gasset no se resignaba a que España estuviese invertebrada por falta, entre otras cosas, de minorías selectas. Nosotros, modestos lingüistas, acatamos el cruel hado histórico —o biológico, o lo que sea— que nos priva desde hace casi dos siglos de tales minorías. Pero ¡quitarnos ahora hasta a los catetos...! Por usar uno de los pocos neologismos atinados de hoy, es demasié. Es triste pasar de ser una reala de catetos a ser un colectivo de cursis.


(Este artículo se publicó en el ABC del 27 de Julio de 1985)


España no se convirtió oficialmente en un colectivo de cursis hasta un poco después, cuando fue admitido en el Diccionario de la Real Academia el término colectivo. Nos los explica así don Fernando Lázaro Carreter: «Del vocabulario marxista penetra en el caudal general colectivo: “Cualquier grupo unido por lazos profesionales, laborales, etcétera”; no sobraría haber añadido los lazos ideológicos y de intereses, cuando menos» (ABC, 7.2.87).

Por otro lado, don José Pedro Pérez-Llorca me dice que olvidé un bonito nombre de agrupación, de la era precolectivista: cardumen (banco de peces). No fue olvido, fue ignorancia. La reparo ahora con gusto pues aunque el nombre no es bonito —rima con cerumen y cacumen— sí es interesante y suena raro. Aunque Corominas afirma que dicho portuguesismo tan sólo consta hoy en América, mi paisano lo ha oído en la provincia de Cádiz.


(Este artículo y su nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles, 31 de agosto de 2011

Karacho y otras exportaciones españolas

¿A que no saben ustedes qué es una camisada? ¿No? Pues no se preocupen, que la Real Academia tampoco lo sabe, o por lo menos no incluye dicho vocablo en su Diccionario. Ni siquiera aparece en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de Covarrubias, el más simpático de los Consultores del Santo Oficio de la Inquisición y el más ameno de los lexicógrafos. Covarrubias discurre, muy docto, sobre la voz camisa, y dice cosas como «Saltar en camisa, quando la prisa no da lugar a vestirse, como les acontece a los que tratan con mugeres casadas y sobreviene de repente el marido. Estar la muger con su camisa, estar con su regla o menstruo, porque no la ha de mudar hasta que de todo se le aya acabado la purgación; y las que por muy limpias lo han hecho, les ha costado caro y a muchas la vida». Pero de camisada, nada.

Nosotros mismos tampoco conocíamos la palabra hasta hace una hora, en que hojeando el Oxford English Dictionary en busca de otro término nos topamos con camisado (otras veces escrito camisade, y aun cammassado), substantivo inglés arcaico definido como ataque nocturno en el que los asaltantes llevaban una camisa por encima de la armadura para reconocerse entre ellos. Su uso en lengua inglesa aparece documentado por primera vez en 1548. Y viene, según el citado diccionario, de la palabra española camisada. Tras la búsqueda infructuosa arriba relatada, espíritus menos concienzudos que el nuestro habrían llegado a dos conclusiones. Primera, que los filólogos británicos eran unos estafadores. Segunda, que si no lo eran porque camisada subsistía arrumbada en algún limbo lingüístico, entonces la etimología confirmaba el viejo lugar común de que España sólo ha exportado a lenguas extranjeras vocablos bélicos o políticos, siempre algo truculentos. Ambas conclusiones habrían sido falsas. Al cabo de un rato más de investigación —y ya escrito el primer párrafo de este artículo— encontramos la dichosa voz castellana, madre de la inglesa. Viene en todos los diccionarios y con la misma acepción que en inglés, pero bajo la forma de encamisada, que Covarrubias define como «el santiago que se da en los enemigos de noche, cogiéndolos de rebato; y porque se conozcan los que van a dar el assalto y se distingan de los enemigos llevan encima de las armas unas camisas». Así es que dejamos sin corregir el comienzo de este ensayo, como advertencia contra la ligereza, propia y de extraños.

La otra ligereza, muy común, es el sofisma según el cual las lenguas modernas sólo han tomado del español términos con resonancias políticas o guerreras negativas. Es cierto que en inglés se usa desde 1610 desperado (por aventurero desesperado) y en francés desde el siglo XVI désespérade (por acción desesperada) y que ambos son préstamos del castellano. Que en inglés se empezó en 1641 a decir junto (por camarilla) y en francés junte (por consejo o asamblea, sin matiz peyorativo) desde fines del siglo XVI. Que el hispanismo pronunciamiento se emplea en Francia desde 1838 y en la Gran Bretaña desde 1843. Que todo el mundo tradujo, adoptó y sigue usando desde hace casi medio siglo la expresión quinta columna, acuñada durante nuestra última guerra civil cuando el general Mola afirmó que además de cuatro columnas de fuerzas militares que convergían para tomar Madrid existía en el interior de la capital una quinta columna de simpatizantes. Esa expresión y el no pasarán fueron muy apreciados en el extranjero, donde, sin embargo, a nadie se le ocurrió la réplica evidente a la última expresión citada: Pues ya hemos pasado, que puso de moda Celia Gámez en una copla hacia 1940. También es verdad que el principal legado lingüístico de nuestra guerra de la Independencia es la voz guerrilla, aceptada en todos los idiomas para designar un tipo de guerra cada día más frecuente y más atroz. Todo eso es cierto, pero sin mayor importancia. En una reducción ad absurdum podríamos estremecernos de masoquismo pensando que fuimos los españoles quienes trajimos a las lenguas europeas desde el Caribe la palabra caníbal.

Pero, claro está, son cientos los términos españoles de muy diversa laya que hoy circulan en docenas de lenguas extranjeras, y los hay torvos y afables, sórdidos y bucólicos, villanos y nobles. No vamos aquí a hacer una apología de nuestras exportaciones léxicas, pero sí a señalar una jovial, aunque poco conocida. Es como para enorgullecemos del genio impetuoso y fértil del castellano. En algo parecido estaría pensando Ortega y Gasset cuando dijo que el pensador debía acercarse a las ideas «con viril afán taladrador». Así parece que se ha acercado el castellano, incontinenti, a Europa. Porque ¿a que tampoco saben ustedes cómo se dice en alemán ir con velocidad, hacer algo con ímpetu? Pues se dice con Karacho. Es expresión nada zafia. Y comprenderán ustedes que viene del español si les recordamos que en alemán la che se pronuncia como la jota española.


(Este artículo se publicó en el ABC del 26 de Octubre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy

Título: El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy.
Género: Ensayos
Autor: Marqués de Tamarón. Prólogo de Amando de Miguel.
Editores: Áltera
Año de publicación: 2005
ISBN: 84-89779-83-X






Artículos recogidos en esta bitácora y comentarios:
De tomos y lomos
Un abrazo
Toda tema es postema
Cada loco con su tema
El ciempiés culilargo
De reala de catetos a colectivo de cursis
El intelectual y sus héroes
El ruiseñor cristiano y otros pájaros cantores
Asombrar y sorprender
Karacho y otras exportaciones españolas
El tuteo
Muerte de uno
Excelentes y serenos señores
El usted amoroso
"...alienum puto"
Tontos en varios idiomas
El SHIT
Fiat lux
Con perdón
El cocido del hedonista
Belleza maculada
Ánima clara
Concisión o silencio
Trampantojos
El habla de 1988 y la de 2006, con posdata de 2012
Adiós a la biblioteca ociosa
Emputecimiento
El carlitos
Nada nuevo bajo el sol
Los falsos amigos
Deliberando groserías
El triunfo de Calibán
Premios de 1986
Tres mentiras

Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles, 24 de agosto de 2011

El cocido del hedonista

Hubo un tiempo en que cavilé mucho sobre las diferencias entre el hedonista, el sibarita y el epicúreo. La verdad es que hoy los tres términos se emplean casi como sinónimos para definir a quien en la vida busca ante todo el placer. A duras penas encuentra uno, rastreando en diccionarios, leves distingos semánticos. Tal vez hedonista sea término más general, acaso sibarita evoque una idea de lujo, quizá epicúreo insinúe mayor refinamiento. Puede que al glotón de cocido convenga llamarlo hedonista, al obseso de caviar sibarita y epicúreo al aficionado a la sopita de verduras de exquisito condimento. En todo caso los matices se afianzan acudiendo a la etimología: hedonismo viene de hedoné (placer en griego), sibarita era el habitante de la antigua Síbaris, ciudad de la Magna Grecia reputada por su lujo y regalo, y epicúreo es el discípulo de Epicuro, filósofo ateniense del siglo III antes de Cristo, partidario del placer como bien supremo pero tan enemigo de la voluptuosidad que su ideal, dice don Julián Marías, «es de un gran ascetismo y, en sus rasgos profundos, coincide con el estoico».

No se le ocultará al astuto lector que cuanto antecede tenía un interés meramente académico. El hedonismo siempre estuvo mal visto en España y reservado a minorías hipócritas y felices. Los curas lo fustigaban, los políticos conservadores clamaban contra su efecto debilitante de las recias virtudes patrias, los ideólogos progresistas lo tachaban de egoísmo reaccionario. El propio pueblo español, ricos como pobres, deseaba en el fondo de su alma mesetaria el poder y el dinero más per se que como fuente de deleites. La douceur de vivre francesa es malamente traducible al castellano; confortable es anglicismo cursi que hubo de importarse violentando el sentido originario del viejo confortar, verbo que ya usaba Berceo. Y todavía no están lejos los tiempos en que algunos entusiastas deseosos de ir «por el Imperio hacia Dios» idearon aquella severa pintada advirtiendo que a los pueblos que se abandonan a la molicie los arrastra el torrente de la Historia. Cuenta mi amigo volteriano de derechas don Joaquín Pérez Villanueva que cada vez que se encontraba con Ridruejo, por entonces jerarca de la Falange, le decía: «Hombre, Dionisio, avisa a tus muchachos que miren bien antes de escribir esas cosas. El otro día pasé por Gumiel de Izán y vi a unas viejas de negro tomando el último rayo de sol invernizo al socaire de una pared de adobe, justo debajo del letrero contra la molicie.»

Hay que reconocer que todo esto está cambiando, por la izquierda y por la derecha. Tanto los que antes cantaban a la «famélica legión» como los que ensalzaban la escurialense austeridad empiezan a mostrarse proclives a los más enervantes placeres. Ni curas ni políticos se atreven ya a predicar la mortificación. Los medios de comunicación exhortan al hedonismo. Un marxista lo llamaría mensaje subliminal del capitalismo consumista, pero es probable que ese mismo marxista se haya apuntado a uno de esos nuevos clubes de enólogos que por un ojo de la cara venden surtidos de vinos mediocres, o frecuente una boutique del pan. La calidad de vida está de moda, y no sólo por motivos racionales, sino porque toda moda tiende a ser en sí un imperativo categórico, acelerado por la cursilería y frenado por la hipocresía.

Prueba de esto último es que El País, siempre fiel sismógrafo de estos movimientos telúricos, anuncia (12-2-87) el regreso triunfante de «los otros lenguajes». Se refiere al juego de los abanicos y de los pañuelos, al significado simbólico y social de perfumes y flores. Incluso alude a peinados y lunares pintados como signos insinuantes. Se olvidan del periclitado lenguaje burgués de los dobleces en tarjetas de visita, del lenguaje noble de la heráldica, del lenguaje arcano —y costoso— de las piedras preciosas. Pero ya los descubrirán y los pondrán de moda. Los bárbaros siempre terminan descubriendo mediterráneos. Por de pronto ya sabemos que «García Márquez deja gran parte de sus ingresos por derechos de autor para sufragar uno de sus caprichos más conocidos», pues para escribir «necesita tener sobre la mesa flores amarillas», a ser posible rosas. Parece más propio de un D’Annunzio que de un paladín de Fidel Castro, pero los bárbaros también siempre terminan contagiándose de los decadentes que suplantan.

Al final todo este nuevo hedonismo debe ir, como los anteriores, acompañado de una cierta hipocresía. «Defender hoy el cocido es tomar una posición progresista, democrática y hasta radical», asegura don José Esteban, citado por Las Artes-Crónica 3 (febrero 1987). Nuestros antepasados lejanos se atracaban de cocido porque les gustaba, como la gente de hoy, pero con otra excusa: que así demostraban ser cristianos viejos, sin miedo al tabú judío y musulmán del cerdo. Eran tan hipócritas como los progres modernos. Quizá es que para disfrutar a fondo haya que ser hipócrita.


(Este artículo se publicó en el ABC del 14 de Marzo de 1987, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

viernes, 19 de agosto de 2011

No hay tonto bueno

“¡Es chu bisnes, es chu bisnes!”, gritaba indignado un indignado. Lo gritaba por la radio, hoy Viernes 19 de Agosto por la mañana, denostando al Papa. Quería decir que la visita era un espectáculo. Pero como el vociferante era, además de indignado, tonto de la subespecie cosmopolita, variedad hortera, le rondaba la cabeza lo del show business, en inglés negocio o actividad del espectáculo. Y al exhibir, ufano, su condición políglota, pronunciaba aquello en inglés macarrónico pero inequívoco: shoe business. O sea, negocio o actividad de la zapatería.

Olvidaba el indignado que el único del shoe business que ha triunfado en la España del siglo XXI es ZP.

Nomen est omen. O, dicho en romance, no hay tonto bueno.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Botones de muestra (IV)



En estas Memorias del Guadarrama: Historia del descubrimiento de unas montañas, de Julio Vías, salta a la vista por qué las montañas no interesaron en la civilización occidental hasta que la sensibilidad romántica conectó con aquellos paisajes agrestes y dramáticos. Julio Vías es el perfecto montañero: su curiosidad es insaciable y a la vez contagiosa en todo lo tocante a la geología, la botánica, la zoología, la geografía y la historia de las montañas en general y de la Sierra del Guadarrama en particular. Como además de ser curioso y culto es un romántico, este libro resulta una delicia para cualquier aficionado a esas piedras bravías que tan cerca están de una de las mayores ciudades de Europa.

Julio Vías es incapaz de aburrir. Nos revela o recuerda que la parte más espectacular del Guadarrama se llamaba -mucho antes de que los moros la bautizaran como Balat Humayd o Valathome- nada menos que la Sierra del Dragón, probablemente desde tiempos visigóticos. Ello se debía, suponemos, al perfil de las crestas de Siete Picos. Pero estoy seguro de que Julio Vías está deseando, cuando anda por aquellos montes, encontrar al dragón que les dio nombre. De ahí su entusiasmo por los lobos, que están volviendo allí. Como comparto su debilidad por todo eso, tan sólo puedo aconsejar a quienes no tengan ocasión de andar con el autor por esos riscos, que hagan la segunda cosa más apasionante posible: leer este libro. Mirar sus centenares de viejas o nuevas fotografías, retratos de los precursores y de los animales y plantas es un antídoto poderoso contra la melancolía que da el ver cómo avanza la fealdad y sube de la llanura a la montaña, ante la general indiferencia.



Enlaces relacionados:

Botones de muestra (V)
Botones de muestra (III)
Botones de muestra (II)
Botones de muestra