Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: 2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo

 
La Adoración de los Magos.
Maíno (1581-1649)
Museo del Prado

- Dígame, Rey Mago,
quién lo trajo aquí.
- De mi torre pina,
estrella que vi.
- Y a ti, pastorcillo,
¿quién te lo anunciaba?
- Por mis soledades,
Un Ángel pasaba...
Escribas cerraron
puertas y ventanas.
Huyen mercaderes
de visiones vanas.
Para calar pronto
si viene el Señor,
cuídate ser Mago
si no eres Pastor.

Eugenio d'Ors (1882-1954)

La Adoración de los Pastores.
Maíno (1581-1649)
Museo del Prado

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Botones de muestra (XXXIII)


Prólogo a
  Vida y embajadas de Girolamo Farnese, Veneciano
Novela de José Antonio Martínez-Climent

     Todas las colecciones de clásicos cometen un error fatal. Ponen prólogos a los libros. Y los prólogos destripan el contenido de la obra, inevitablemente. Me refiero, claro está, a las novelas. Es sabido que la diferencia entre una tragedia griega y una novela policiaca – y todas las novelas son policiacas – es que la fuerza de la primera estriba en que el espectador se sobrecoge viendo acercarse el terrible desenlace, de sobra conocido por todos, y ahí se produce la catarsis. La fuerza de la segunda consiste en que no sabemos hasta el final quién es el asesino. Así es que el riesgo del destripe -hoy llamado spoiler por los exquisitos- tan sólo se evita escribiendo un epílogo en lugar del prólogo. Es trampa deleznable recurrir a cambiar de nombre el prólogo creyendo que con llamarlo prefacio o introducción todo vale. Y es imposibilidad editorial moderna escribir un epílogo; el último que logró el doblete fue Ortega en La rebelión de las masas con su Prólogo para franceses y su Epílogo para ingleses.

     Pues bien, Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano, tiene una trama, muy sólida y muy rica, tal vez resistente al destripe, pero no quiero privar al lector del pleno disfrute de esta insólita narración.

     No se trata de una utopía. Al contrario, la acción se ubica inequívocamente en Venecia, siempre presente aun cuando muchos episodios tengan lugar en el resto del mundo. Sí tiene mucho de ucronía. El punto en el que se apoya la trama es la subsistencia hasta nuestros días de la Serenísima República de Venecia. Decadente, venida a menos, “Venecia agoniza sin un Dux histérico de oro y poder que renueve el aire con sus comercios y sus dispendios”. Por eso la novela termina –y no destripo, se lo juro- con gallardía, así: “Somos embajadores del arte de morir entre el lujo y el esplendor que nos presta nuestra ciudad, que huele a pescado muerto y brilla con el fuego de mil láminas de pan de oro”.

     Pero aparte de esa espléndida reliquia histórica contrafactual, el resto de los escenarios en el tiempo y en el espacio donde transcurre la acción de Vida y embajadas... es el propio de los años presentes. No está colocado en un futuro de pesadilla sorprendente como el 1984 de George Orwell o el Mundo feliz de Aldous Huxley. Los lugares donde se desarrollan las peripecias –que son muchas y sabrosas- ilustran casi todos la atracción mutua entre la Europa brumosa y la Europa mediterránea donde “florece el limonero”. Esa Europa meridional, a menudo italiana, que Goethe ansiaba y Freud, el charlatán de Viena, que diría Nabokov, temía hasta el punto de sufrir de una fobia peculiar cada vez que llegaba al Paso del Brennero, se supone que debida a la aproximación a la Roma eterna.

     Esta novela, como la anterior del mismo autor, La tierra del grajo, presenta un mosaico deslumbrante de paisajes que van de lo arcádico a lo desértico, del sol de justicia a las negras nubes. Los describe con la precisión del biólogo que es y del poeta que también lleva dentro. Nada aviva tanto el ritmo narrativo como una descripción fuerte y cortante del paisaje, igual que nada amortigua la narración tanto como la pintura pobre y premiosa del escenario. José Antonio Martínez Climent claramente consigue lo primero y hace buena en su caso la opinión tan discutible de Unamuno cuando aseguraba que  el paisaje no tenía por qué figurar en las novelas más que si desempeñaba un papel tan relevante como el de cualquier personaje humano. En esta novela los paisajes tanto terrestres como marítimos, nocturnos, diurnos o crepusculares, urbanos o agrestes, están vivos. Son atractivos o inquietantes, hermosos y apacibles pero con espíritus escondidos no del todo tranquilos.

     Por esos páramos y huertas, salones y muelles, campos de batalla y alcobas (“a batallas de amor, campo de pluma”),  cancillerías y tabancos, deambulan y se afanan cientos de personajes, a veces burilados con cuatro trazos, otras con cuatro páginas y siempre con destreza. Esa muchedumbre compuesta de individuos con fuerte personalidad recuerda a veces las legiones variopintas de personajes de Cunqueiro. El propio autor cree que se trata de una fantasmagoría, y es posible que esa fuera su intención al poblar las páginas de tan numeroso elenco, pero en realidad creó una plétora de actores muy diversos y muy definidos. Tal vez el autor piensa que la obra que representan es fantasmagórica puesto que el mundo que a él –y por cierto también al lector- cautiva es un mundo agonizante aunque con los brillos de viejos esmaltes y pan de oro.

     En todo caso al releer Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano, me vino a la mente no sé por qué una duda sobre si le serían aplicables los versos de Oliver Goldsmith en su poema El viajero:

          How small, of all that human hearts endure,
          That part which laws or kings can cause or cure!

          “¡Cuán poco, de cuanto el humano corazón soporta,
          lo causan o curan leyes o reyes!”

     Puede que sí, pese a que desde la Revolución Francesa estas palabras escritas por Goldsmith 25 años antes, en 1764, dejaron de ser ciertas. Y desde luego tampoco respondieron en el siglo anterior a los feroces destrozos de la Guerra de los Treinta Años. Pero lo que llama la atención en la obra de Martínez Climent es que configura un mundo donde, pese a estar situado en la época cataclísmica del siglo XX, tienen más realidad la naturaleza y las pasiones humanas que las catástrofes históricas o sociales. Claro que incluso eso tiene una excepción fundamental: por debajo de la acción en esta novela y en la anterior se extiende el lago subterráneo de la añoranza triste de quien sabe que el mundo es cada día más feo, más mezquino y más hipócrita.

     La otra asociación sin mayor fundamento, puesto que aún no he tenido el gusto de conocer en persona a José Antonio Martínez Climent, es su talante literario y quizás humano tan parecido al de Robert Louis Stevenson. Compruebo que nuestro autor es, como Stevenson, un teller of tales, un contador de cuentos nato, capaz de cautivar a un corro de polinesios que no entendían el inglés pero apodaron a su ilustre huesped Tusitala, que en lengua samoana quiere decir precisamente eso, cuentacuentos. O, si eso nos parece poco, rapsoda. Por todo ello me perdonará José Antonio que haga algo impropio de un andaluz. Le aconsejo que disponga –eso sí, para dentro de medio siglo- su epitafio, calcado del que redactó Stevenson y está en su tumba en Samoa, donde murió en 1894:

          Here he lies where he longed to be
          Home is the sailor, home from sea
          And the hunter home from the hill.

          “Aquí yace donde ansiaba estar
          A casa volvió el navegante, volvió de la mar
          Y el cazador volvió del monte.”

     Y mientras tanto le pido que siga escribiendo sobre otras vidas y embajadas y glorias y miserias de un mundo donde se van apagando muchas luces, como ocurrió en la noche del 4 de Agosto de 1914, tal como observó desde la terraza de su Foreign Office el propio ministro británico, Sir Edward Grey. Era un liberal y perdió sus ilusiones al atardecer de ese día fatídico.

El Marqués de Tamarón













Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano
José Antonio Martínez-Climent
Editorial Verbum
Madrid, 2016

Enlaces relacionados:
Portentos y presagios de la fenología
Botones de Muestra XXX: La tierra del grajo

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Habrá menos liberalismo y más democracia

Cuando esta madrugada llegó desde Nueva York al Otro Mundo la noticia del día —¿O del siglo? ¿O del milenio? — hay que suponer que Don José Ortega y Gasset miró con melancolía a Aristóteles y le murmuró:

  No es esto, no es esto.

A lo que el griego contestó con sequedad:

  Ya os lo decía yo.

Es posible que San Alcuino terciase:

  Nunca pensé que en siglos venideros mi frase Vox populi vox Dei cayese en manos de letrados tan torpes, tan carentes de ironía que tomasen esas palabras al pie de la letra. Carlomagno bien que lo entendió.

El caso es que al comprender la decisión del pueblo de los Estados Unidos de América, que ungió contra todo vaticinio a su futuro presidente, recordé una intervención que me encargaron en la Universidad Menéndez Pelayo en Santander, hace algo más de un año. Se trataba de contestar a la pregunta: “Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?”.

A continuación reproduzco mi contestación, tal como apareció en la Nueva Revista, número 156 (2015).



 HABRÁ MENOS LIBERALISMO Y MÁS DEMOCRACIA

La primera responsabilidad es de la pregunta que se hace, quien responda por derecho entra ya con el paso marcado, y más en materia de ideologías. El seminario de la revista planteó a sus invitados la cuestión del más y el menos del porvenir liberal, a lo cual, y por deferencia, Tamarón mal podía hacer otra cosa que aclararla con el clásico en la mano.
   
      Entiendo que el título de la sesión de esta mañana del 4 de Septiembre La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015— coincide con el del curso que nos reúne Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?— y que los dos se aclaran y refuerzan mutuamente.

      Pues bien, ambos descansan sobre una pregunta, no del todo retórica y menos aún profética, puesto que las preguntas nunca son proféticas aunque las contestaciones a veces lo sean.

      La pregunta sobre si habrá más o menos liberalismo después del presente año de 2015 nos obliga a hacernos otras preguntas previas: ¿Qué ha de entenderse por liberalismo? ¿Qué suele entenderse hoy por liberalismo? ¿Existe hoy una cascada de sinónimos sagrados: Democracia, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, Libertad, Libertades? (en inglés la precisión es mayor puesto que Liberty y freedoms subrayan las diferencias) ¿Se trata en rigor de sinónimos, o de conceptos multívocos, o de antónimos? ¿O tal vez son palabras de una misma familia que desfilan en solemne hierofanía?

      Los dos pensadores más citados en España a la hora de reflexionar sobre el liberalismo y la democracia disfrutarán desde el cielo platónico en el que sin duda se encuentran y se sonreirán oyendo tanto despropósito. Me refiero a Aristóteles y a Ortega y Gasset.

      Y se maravillarán al observar que casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen por ignorancia o por prudente hipocresía— que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático declarando que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, tener que recordar que tales palabras son una tergiversación, por muy políticamente correcta que sean. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente.

      Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente:
  "La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra «democracia» está en nuestros días desprovista de toda idea desfavorable, y no habría en absoluto traducido el pensamiento del filósofo griego. [...] Por lo demás hay que observar que Aristóteles siempre toma la palabra «pueblo» como la parte más pobre y más numerosa de los ciudadanos, del cuerpo político...".
      En resumen, este erudito político republicano se escuda en que el demos griego era a los ojos de Aristóteles algo tan deplorable como le peuple de la república burguesa en Francia.

      En fin, puede que el buen humor de Aristóteles ahora que está en las nubes se haya visto turbado por un pellizco doloroso de melancolía ante la tergiversación moderna de sus palabras: tal vez se acordará de Sócrates, el maestro de su maestro Platón, el hombre ejemplar para muchos que olvidan, porque no les conviene recordarlo, que fue asesinado por la Democracia.

      Por otro lado, recuérdese que la misma voz griega politeia fue traducida a veces por régimen de gobierno o constitución, o incluso estado de derecho, y se comprenderá la magnitud del problema, la angostura de la aporía. Tan sólo se me ocurre un remedio: el muy tradicional de releer a Ortega. A veces saca al lector de dudas, a veces lo hunde más en la incertidumbre. En este caso nos ayudaría a salir de las ambigüedades interesadas de la postmodernidad pasar media hora leyendo sus Ideas de los castillos, en Notas del vago estíoEl espectador - V (1926). Allí, el maestro de la ironía socrática se atreve a declarar que democracia y liberalismo no sólo son siempre bien distintos sino con frecuencia antitéticos:  
 "Pues acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico.  
  Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas.  
  La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el Poder público? La respuesta es: [...] la colectividad de los ciudadanos. 
  El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quien quiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? [...] el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado.  
   [...] Se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal.  
   [...] Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos. Por eso, el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por decirlo así, se limita a sí mismo".
      Hasta aquí Ortega en sus funciones de moderado optimista que aspira a serenar predicando los ideales de la democracia moderada por los principios liberales, presentes en todo Estado de Derecho. Es decir, que Ortega es partidario de la politeia (πολιτεία), mucho más que de la democracia (δημοκρατία). Es consciente de que la democracia se asienta sobre la igualdad y el liberalismo sobre la libertad. La democracia absoluta es tan irrespirable como el oxígeno puro. Lo único que evita que la democracia sea invivible es mitigarla con las precauciones de un Estado de Derecho. 
      
      Por cuanto antecede resulta inexcusable la creciente sinonimia en usos periodísticos y políticos entre democracia estado de derecho. No son la misma cosa; nunca lo han sido. Ni lo eran para Aristóteles. Ni siquiera en la oficialmente llamada por los historiadores democracia ateniense (del 508 al 322 a.C.) votaban más de uno de cada diez habitantes. 

      Asunto distinto es si debemos o no seguir acudiendo a don José Ortega y Gasset como maestro cuando escribe sobre la democracia deprimido por los acontecimientos de ciertos momentos históricos. En 1917, en su artículo titulado Democracia morbosa, escrito a los 34 años, dice:
  "En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe. [...] 
  Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. [...] 
  La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones. [...] 
  Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos «opinión pública» y «democracia» no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas".
      No hace falta recordar que eso fue escrito en el mismo año de la Revolución Bolchevique, 1917. Y que pocos años después, en 1930, el mismo Ortega escribió su artículo Delenda est Monarchia, que tanto influjo tuvo en la llegada de la República a España, tras la cual, pocos meses después, publicó Un aldabonazo, para insistir en "no es esto, no es esto" ante los excesos del nuevo régimen. Pero la cumbre de su rechazo del concepto de democracia, desvirtuado en la práctica, la alcanzó en 1949, en la Universidad Libre de Berlín, auténtica "isla en el Mar Rojo", donde en una conferencia ante una multitud de estudiantes dijo:
"La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aún era siquiera como idea, como significación algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera..."
      En fin, que puestos a añorar utopías, tal vez para Ortega la mejor hubiese sido la Politeia con sendos ramalazos de las otras dos utopías aristotélicas, la Monarquía y la Aristocracia. Y hubiera querido olvidarse de las tres distopías tan presentes en esta nuestra sobornable contemporaneidad: tiranía, oligarquía y democracia (o demagogia, si prefieren ustedes los eufemismos de la corrección política, que Aristóteles desconocía). 

      Claro que tampoco conocía esos dos útiles neologismos helenistas alumbrados veinte siglos más tarde en la brumosa Albión, utopía y distopía. 

      Por eso y al llegar a consideraciones pesimistas siempre me viene a la mente lo que hace muchos años oí decir al director de un centro de análisis y prospectiva internacionales:
  “Los que vivimos de una bola de cristal hemos de resignarnos a terminar a veces masticando vidrios rotos”.
      Lo peor es que ese miedo, casi certidumbre, del error probable en sus palabras que siente el propio augur, surge por igual al emitir dictámenes optimistas o zozobras pesimistas. Y hoy, esta semana, los ecos ominosos que nos llegan de Oriente Medio nos recuerdan el verso de Coleridge, ancestral voices prophesying war, voces ancestrales que profetizan guerra.

      Tal vez, ojalá no sea así, precisamente un aumento del poder del demos llamémoslo democracia o demagogia, qué más da— constituirá el explosivo mortal que haga añicos el débil liberalismo que algunos creyeron que se estaba construyendo en tantas llamadas primaveras árabes.


PD del 14 de Noviembre del 2016:

      Nunca lo hubiera creído si no acabase de leerlo en el Financial Times del 12/13 Noviembre, 2016. Francis Fukuyama, dechado de virtudes políticamente correctas y epígono de Hegel y Kojève, en un artículo titulado US against the world?, analiza "lo que la llegada de la América de Trump significa ahora para el orden global". Y se atreve a desdecirse de sus previos análisis (véase La fin del mundo y el fin de la historia), concluyendo con resignación que "the democratic part of the political system is rising up against the liberal part". Más vale tarde que nunca, comprender que democracia y liberalismo son cosas distintas.


Enlace relacionado:
Habrá menos liberalismo y más democraciapor el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Febrero 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Feliz cumpleaños

Un hombre leyendo. 1630. Por un seguidor de Rembrandt.
© National Gallery, Londres

     El azar me deparó la sorpresa de que el 18 de Octubre pasado, septuagésimo quinto cumpleaños de la persona que más ha influido en mi vida, se publicara este artículo mío en el ABC, en el que conmemoro una efeméride bien distinta, aunque de la misma fecha.

     Lo reproduzco aquí con el asombro -no siempre exento de desaprobación- que merecen quienes culminan el esfuerzo titánico de expresarse a contracorriente y entre líneas.

ENTRE LÍNEAS Y A CONTRACORRIENTE

     Hace setenta y cinco años, el 18 de Octubre de 1941, almorzaron el Capitán de la Wehrmacht  Ernst Jünger y el Catedrático de Derecho Carl Schmitt en el Ritz del París ocupado. El profesor citó a Macrobio: “No puedo escribir contra quien puede proscribir” (Non possum scribere contra eum, qui potest proscribere). La alusión entre líneas a Hitler era evidente para los demás comensales.

     Schmitt había sido militante del Partido Nacional Socialista pero ya en 1941 se había distanciado. Al terminar la guerra fue encarcelado en Berlín por las tropas soviéticas pero enseguida, tras una corta comparecencia, fue puesto en libertad. Luego los americanos lo tuvieron en diversos campos de internamiento durante un año. Unos meses después volvió a la cárcel en Nurenberg hasta que el fiscal Kempner lo liberó sin cargos en 1947. Pero la República Federal de Alemania lo inhabilitó para enseñar.

     Schmitt, admirador de Donoso Cortés, fue apreciado por pensadores muy diversos, sobre todo de izquierdas como Walter Benjamin, Georg Lukács, Habermas, Kojève, Derrida, Tierno Galván, los “maoístas” del 68 o incluso, horresco referens, Íñigo Errejón. También, naturalmente, por otros de derechas o conservadores como Francisco Javier Conde, Samuel Huntington o Alain de Benoist. Sobre todo fue muy amigo de Ernst Jünger y se influyeron mutuamente. Pero Schmitt al final de su vida, tal vez por una enfermedad degenerativa, se comportó con odiosa deslealtad hacia su viejo compañero.

     Jünger fue muy conservador y por tanto nunca hitleriano. De hecho sí escribió contra Hitler en su novela Sobre los acantilados de mármol, parábola bastante evidente. Pero su “gran fondo de prudencia puntuado por audacias calculadas”, según  Hervier, su biógrafo, era la seña de identidad de sus dos arquetipos, el Rebelde y el Anarca. Su hijo, sin embargo, no entendió ese requisito del disimulo sin el que no hay odisea posible. Siendo guardiamarina a los 17 años lo oyeron criticar a Hitler. Acusado de derrotismo, pasó como soldado raso a una unidad de granaderos y murió en combate en una cantera de mármol, en Carrara. Al terminar la guerra Jünger fue detenido y en la zona británica de ocupación se le prohibió publicar durante cuatro años.

     De los otros comensales, el Coronel Speidel estuvo involucrado en la conjura de Stauffenberg, fue encarcelado por Hitler y después por los americanos hasta 1949, tras lo cual Adenauer lo nombró asesor militar y luego fue General Jefe del Mando Centroeuropeo de la OTAN. El Capitán Grüninger desapareció en el Frente del Este al final de la guerra. El Conde Podewils fue prisionero de los británicos desde 1944 hasta 1946.

     Por esas fechas Alexandre Kojève, otro pensador sobremanera multívoco, interrumpió sus reflexiones sobre Hegel y el Fin de la Historia para escribir una Notice sur l’autorité, que según Dominique Auffret, biógrafa y exégeta del ruso francés, “acepta la idea de que, en el caso de que los nazis saliesen victoriosos, habría que contemplar el trabajar con ellos para preparar contra ellos el post-nazismo”. No se sabe si tal astucia emula el Pacto Molotov-Ribbentrop o algún proyecto del Mariscal Pétain. Kojève tuvo una doble o triple carrera brillante, como pensador de moda (más tarde inspirador póstumo de Fukuyama) y como alto funcionario, asesor del Gobierno francés en cuestiones de comercio internacional. Nunca ocultó que se consideraba hombre de izquierdas, pero fue muy admirado también por escritores y políticos de derechas. Según Raymond Barre, futuro Primer Ministro, uno de los lemas de Kojève era “la vida es una comedia y hay que representarla seriamente”. Mantuvo correspondencia con Leo Strauss, con Schmitt y con otros pensadores conservadores.  En 1999 se descubrió que había sido agente de la KGB soviética durante 30 años, desde 1938 hasta su muerte repentina en 1968.

     También al comienzo de la Segunda Guerra Mundial trabajaban en uno o en varios servicios secretos a la vez, y celebraban sus éxitos en una buena mesa Philby, Maclean, Burgess y Blunt, todos ellos agentes soviéticos infiltrados en los servicios secretos británicos. La mesa corría por cuenta de un rico angloespañol, Tomás Harris. Fue él quien dirigió al agente doble español Juan Pujol, alias Garbo. Murió en Mallorca en circunstancias sospechosas. Graham Greene escribió a favor de Philby, pero nunca dijo que fue a verlo cuatro veces en Moscú y que luego informó al Director del MI6 británico. Greene decía que un espía comunista en Inglaterra era lo mismo que cuatro siglos antes un espía católico del Rey de España en la Inglaterra de Isabel I.

     Mucho peor que los comensales antes mencionados -pero con idénticos recelos políticos- comía Leo Strauss por aquel entonces en su destierro londinense, donde fue a estudiar a Hobbes (por cierto que pese a ser judío lo recomendó Carl Schmitt). Escribió a Kojève, al principio de su amistad, “estoy muy sediento en este momento y no tengo el bueno y barato vino francés. Pero en su lugar tenemos el maravilloso desayuno inglés. Los jamones están demasiado buenos para ser cerdo y por tanto están permitidos por la ley mosaica con arreglo a una interpretación atea; son maravillosos los postres y dulces ingleses; y, además, la gente inglesa es mucho más cortés que los franceses”.

     Tanto Jünger como Schmitt, Kojève y Strauss tienen dos rasgos fundamentales en común. Su pensamiento es poliédrico, de tantas caras como tiene. Por eso los cuatro cautivaron a diestra y a siniestra. Y su magisterio fue esotérico y no exotérico.

     Así pues todos los mencionados escribieron y vivieron entre líneas y a contracorriente. O lo intentaron. Pero no creo que muchos pudieran ver realizado el deseo que expresó Ernst Jünger: “cuando hay que nadar a contracorriente hay que pedir al menos que las aguas sean limpias”. Habrá que preguntarse si alguna vez la corriente contra la que se nada es clara y no turbia. Contra las aguas claras no hace falta nadar.

     Conviene no olvidarlo. La corrección política, por asimétrica y escorada a babor que sea, es la forma de censura más eficaz desde el ejemplo de autocensura antes citado, que recoge Macrobio. Se lo dijo el poeta Asinio Polión a Augusto. Mas ocurre que Augusto era un emperador ilustrado y la corrección política es igual de imperiosa pero carente de ilustración.

     Muchos interlineados a contracorriente habrá que idear para dejar constancia de lo que cada cual piensa. No hay otra solución. Eso o, como Schmitt en aquel almuerzo parisino, declararse y creerse en la misma situación que el Benito Cereno de Melville, capitán de un barco de esclavos amotinados.


Enlaces relacionados:
La fin del mundo y el fin de la historia, por el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Junio 1992.
El acabose, por el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Febrero 1990.

jueves, 13 de octubre de 2016

Don José Ortega y Gasset y el sufragio universal

Citas proscritas. I


Sorolla, 1918, Hispanic Society, Nueva York

     "Con extraña facilidad todo el mundo se ha puesto de acuerdo para combatir y denostar al viejo liberalismo. La cosa es sospechosa. Porque las gentes no suelen ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas".

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas (1930)


     "Se pretende, por lo visto, elevar a síntoma de la verdad la coincidencia entre los hombres, como si esta coincidencia no pudiese igualmente producirse en torno al error. Espumando la experiencia que la vida deposita en nosotros, más probable hallaremos que los hombres se pongan de acuerdo en un error que en una verdad."

José Ortega y Gasset, Prólogo a «Historia de la Filosofía» (1921)


     "A la esencia de la verdad son indiferentes las vicisitudes del sufragio universal".

José Ortega y Gasset, Introducción a una estimativa (1923)


(Las dos primeras de estas citas me las facilitó José Luis González Quirós, al que acudí tras años buscando el dato exacto bibliográfico. Así es que con mi agradecimiento al docto y nada pedante amigo, aprovecho para pedirle que publique su "pequeña digitalización de Ortega, hecha a mano". Será pequeña, pero no conozco otra.)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

José Ignacio Gracia Noriega (1945-2016)

José Ignacio Gracia Noriega (1945-2016) © El Comercio

     José Ignacio Gracia Noriega ha muerto en Asturias el pasado día 6 de Septiembre de 2016. Durante años mantuvimos una correspondencia literaria y comentamos nuestros libros y los de muchos otros autores. Me gustaría escribir ahora un recuerdo de él, pero recibí una carta de su amigo y paisano Ricardo Viejo que me llamó la atención por su sencillez y afecto. Le pedí permiso para publicarla aquí, y lo hago con la satisfacción de saber que habría sido difícil superar a su autor en este juicio tan justo como cordial.

José Ignacio Gracia Noriega (1945-2016) 
Ricardo Viejo 
     Hará unos trece años nuestro amigo Ignacio Gracia Noriega tuvo una afección cardíaca que lo mantuvo hospitalizado unas semanas. Salió de allí bien, pero con un corazón herido, descompensado, que lo obligó a adelgazar, a llevar un régimen estricto y tomar muchas pastillas, cosa que se puede decir cumplió a rajatabla. Disfrutó relativamente bien de esos trece años y llevó una vida más o menos normal: cuidándose y siendo muy cuidado por Covadonga, su mujer. 
     Pero este invierno lo pasó mal: no se encontraba bien, tenía catarro, no se le quitaba, lo diagnosticaron en un principio mal: catarro que no se le quitaba, hasta que lo ingresaron por urgencia, en primavera, en el Centro Médico de Asturias y estuvo una semana hospitalizado. El diagnóstico fue la afección cardíaca agudizada: estaba muy tocado del corazón y tenía muy hinchadas las piernas. Le dieron el alta y se fue a su casa a Sevares (Piloña); pero siguió sin encontrase bien: andaba por casa desasosegado, inquieto, dormía mal, sufría un malestar general, no se concentraba. 
     A primeros de Agosto falleció la mujer de Don Gustavo Bueno, y a los dos días el filósofo, hecho que afectó mucho a Ignacio. 
     El día 17 de Agosto, día de su cumpleaños, le dio un ictus a Ignacio. Era por la noche, y Covadonga tuvo una intuición: bajó desde su habitación al salón y se encontró a las dos de la mañana a Ignacio tirado en el suelo. Llamó a una ambulancia y lo trasladaron al ambulatorio de Arriondas y de allí al HUCA (Hospital Universitario del Centro de Asturias). Allí le hicieron una operación para resolver el problema del ictus que salió muy bien. 
     Lo fuimos a ver al día siguiente de la operación mi mujer y yo, y lo encontramos muy delgado, pero bien de inteligencia, de lucidez, normal, leía. Se interesó por un libro que tenía yo en casa y me dijo que se lo llevase la próxima visita. El libro de Edward Whitmont, El retorno de la diosa (The Return of the Goddess). ¿Por qué estaba interesado especialmente en ese libro? Me pregunté y me pregunto. Un libro de psicología junguiana que habla de mitos. Libro que le hice llegar en cuanto pude. 
     El pasado Lunes lo volvimos a visitar en el hospital: estaba sentado en una silla, extremadamente delgado, pero curiosamente estaba leyendo el libro antes mencionado. Llegaron más visitas. Ignacio habló poco, tenía ganas de que lo mandasen a casa, y le dijeron que después del día de Covadonga, día 8 de Setiembre. Yo salí de aquella visita esperanzado, mi mujer no: lo vio muy delgado, sin vitalidad. 
     Al día siguiente, como a las siete de la mañana, le dio un derrame cerebral y ya perdió la conciencia, aunque apretaba la mano de Covadonga, me dijo ella. Pero entró ya en agonía. A las once de la noche del Martes día seis se murió. 
     Tenía muy afectado el corazón, muy tocado, y la salud es un todo, y todo está unido con todo en el cuerpo humano. 
     Lo vamos a echar mucho de menos en la familia: venía mucho por casa. Vital, alegre, hablador. A mis hijos les afectó la muerte de Ignacio, y a mi mujer, y a mí, una amistad de hace más de treinta años. 
     Pero tiene Usted razón Don Santiago y creo en lo que dice: "Él, que tanto disfrutaba de la vida con los cinco sentidos y con todas sus potencias espirituales e intelectuales, estará ahora viendo las cosas de otra manera, y quizá sonriendo con indulgencia al vernos." 
     Sí, estoy convencido de ello, nos está viendo desde algún lugar mejor y sonriendo. 
     Ernst Jünger, en algún pasaje de su obra compara la muerte con un puesto fronterizo donde la calderilla de la memoria es cambiada por oro.

     Tan sólo puedo añadir, descanse en paz.

viernes, 19 de agosto de 2016

El incendiario campa por sus respetos

Caín, por Fernand Cormon (1880), Musée d'Orsay

     "Si sale su sentencia, su nombre y su foto, también es una forma de proyectar la gravedad del delito, del castigo y que la Justicia ha actuado. Sería una advertencia para los delincuentes [...]. Es importante que sepan que la agresión al final se paga". Eso acaba de decir, con toda la razón, Doña Pilar Martín Nájera, Fiscal de Violencia sobre la Mujer. "No lo sé, dígame usted por qué los medios no lo dicen. Entiendo que al principio es por la presunción de inocencia. Pero cuando el agresor está condenado y la condena es pública es perfectamente posible que se publique". De nuevo acierta plenamente la Sra. Fiscal. Tan sólo olvida exigir un dato: si se está cumpliendo o se ha cumplido la sentencia y durante cuánto tiempo ha estado en la cárcel.

     Y, por lo demás, conviene tener en cuenta que las consideraciones de puro sentido común que acaba de hacer esta señora deberían ser aplicadas a los incendiarios. Y no lo son. Es más, a quienes indagan sobre este extremo se les dice que no se puede dar el nombre del delincuente, y a veces añaden que eso iría contra el "derecho al honor" o el "derecho a la intimidad". Como si le quedara algún honor y alguna intimidad a semejantes criminales. Y, por supuesto, tampoco habría que excluir la aplicación de estas medidas de publicidad, con efecto ejemplarizante y disuasorio de ulteriores delitos, a los violadores y asesinos de niños.

     A ver si dejamos de ser vistos como la tierra donde el incendiario campa por sus respetos.

Enlaces relacionados:
Los portugueses, más resolutorios que los españoles
Fuego, crimen y castigo (II)
Fuego, crimen y castigo
Verano de bochorno
De nuevo la infamia impune
Más hideputas que pirómanos
Sigue la impunidad de los canallas

sábado, 13 de agosto de 2016

Los portugueses, más resolutorios que los españoles




     Como es sabido, a mediados de este mes de Agosto arden cientos de incendios provocados en el sur de Francia, en España (incluida la isla canaria de La Palma) y en Portugal (incluida la isla de Madeira). Causan estragos en bosques y ciudades, muertes y desolación.

     En Portugal han surgido varias iniciativas pidiendo al Presidente de la República y a la Asamblea de la República que actúen con más severidad contra las manos criminales. La más suscrita de esas peticiones es la que aparece sobre esta entrada. Al día de hoy lleva 50.000 firmas verificadas con documentos de identidad. Piden 25 años de cárcel para los incendiarios. Razonan su petición y aconsejo a los lectores españoles que con un mínimo esfuerzo lean este texto, tan parecido en la forma a nuestra expresión castellana y tan distinto en el fondo de nuestros sentimientos derrotistas.

     En cambio aquí nadie propone algo práctico para atajar los estragos criminales. Se comprende que los políticos no piensen mucho en ello, pues están ocupados en otro problema urgente. Pero sorprende que ninguna Oenegé supuestamente verde haya dicho nada estos días, que yo sepa. Tal vez los onegeros españoles estén todos veraneando en algún fiordo noruego.

     Está por ver que los firmantes portugueses consigan su propósito. Ni siquiera el ritmo que observo hoy de 100 firmantes más por hora garantiza que el poder legislativo atienda a sus razones. Pero, al menos, también ellos podrán decir "por mí que no quede". Y tal vez añadan, "hacia Levante, ni eso".

     PD: Más vale que resistan ustedes la tentación de firmar la petición, salvo que tengan un documento de identidad portugués. En cambio estaría bien que desde España se copiase esa iniciativa de nuestros amigos y hermanos portugueses.

Enlaces relacionados:
Fuego, crimen y castigo (II)
Fuego, crimen y castigo
Verano de bochorno
De nuevo la infamia impune
Más hideputas que pirómanos
Sigue la impunidad de los canallas

miércoles, 3 de agosto de 2016

Botones de muestra (XXXII)

     No conozco otro caso como esta curiosa pareja de libros, uno de poesía y otro de ensayo, sobre un mismo asunto. Añade interés al experimento el que el tema esté repleto de claroscuros y ambigüedades porque descansa en parte sobre una palabra esencialmente equívoca, al menos en español: esperar. Aunque sólo se trata del verbo, puesto que el sustantivo y resultado del esperar se bifurca en espera y esperanza.

     El primero de los libros, titulado Lista de esperas. Treinta esperas, una espera y un día, fue publicado en el 2014 y el segundo, Godot sigue sin venir. Vademécum de la espera, apareció en el 2016, si bien creo que el autor los escribió con menos intervalo entre ellos. Con menos espera y tal vez con más esperanza. Esta última queda plenamente justificada tanto por los poemas como por el ensayo.

     Pero prefiero que el lector juzgue con estos botones de muestra:

RECETA PARA GUARDAR AUSENCIAS
(para una persona, aproximadamente) 
Tómese una ausencia prolongada, madura,
con cartas a vuelta de correo, como antaño,
que pueden sustituirse por llamadas
siempre que sean a través de operadora,
con cortes inoportunos y profusión de interferencias.
Para este guiso se desaconsejan las ausencias breves,
pues pueden confundirse con la abstinencia ocasional,
menos jugosa y más indicada para ensaladas o platos fríos. 
[...
...
...
...] 
Porque no es aconsejable
abusar de esta receta,
pues uno termina por claudicar
y acaba cocinándose otros guisos,
muy ricos en grasas animales,
tan nocivos para el colesterol,
tan buenos para la arterioesclerosis. 

NUEVAS GLOSAS A HERÁCLITO 
Nunca lees dos veces el mismo libro,
proclama Heráclito esta vez sin río,
solemne, anacrónico, cenizo. 

ESPERAR NO ES ESPERAR 
Nuestro hermoso idioma,
tantas veces tan claro,
confunde torpe espera y esperanza,
ningún otro lo hace, y hacen bien,
pues el fatal desliz no es baladí,
no es ésa confusión que salga gratis.

     La última cita resume el tema y el tono del libro con una mezcla característica de fingida simplicidad, casi simpleza, de copla de ciego que termina resultando inquietante, tras haber comenzado festivamente.

     El ensayo, Godot sigue sin venir. Vademécum de la espera, recorre el mismo territorio psicológico y filológico que los poemas, pero lo hace con mucho más detenimiento. El resultado es que la sonrisa inicial se convierte en vaga zozobra. O tal vez se debió en mi caso a que lo empecé a leer con insomnio y terminé preguntándome si la lectura fue causa o resultado del insomnio. A ello se añade el lado onírico del texto, aunque a veces el sueño parece una leve pesadilla, en su variedad de "sueño de frustración", que es el que más desazón produce, y otras veces alcanza la angustia profunda.

     Pero Albero nunca pierde la sonrisa, siempre presente a lo largo del libro y desde el mismo índice, mezcla perfecta de lo risueño y lo ominoso, en ocasiones humor negro. Diríase que el autor ha escrito en parte con ánimo de exorcismo de sus propias inquietudes. Claro que cuantos escribimos lo hacemos con un cierto deseo de liberarnos de esas inquietudes, traspasándoselas al lector.

     En suma, Albero, aunque no es rumano, escribe como Ionesco el absurdo y Cioran el pesimista. Pese a la clara alusión a Samuel Beckett en el propio título del libro, es verdad en más de un sentido que Godot sigue sin venir y que el autor español no nos inflige todo el peso insoportable del sombrío irlandés, y no lo hace porque lo salva y nos salva la sonrisa inescrutable de quien quiere ocultar su bondad, por pudor.

     El resultado es que Miguel Albero es hoy el mejor ensayista en lengua española que conozco.













Lista de esperas
Miguel Albero
Abada Editores
Madrid, 2014













Godot sigue sin venir
Valdemécum de la espera

Miguel Albero
Páginas de Espuma
Madrid, 2016

Enlaces relacionados:
Botones de muestra IX: Miguel Albero
Botones de muestra V: Miguel Albero

viernes, 15 de julio de 2016

Fuego, crimen y castigo (II)

Johan Christian Dahl, 1846
© Wikimedia Commons

     Un par de días después de aparecer mi carta en el ABC sobre el escándalo de la impunidad de los incendiarios de bosques en España, recibí un amable mensaje de cierta persona amiga en WWF (España). Me enviaba anejo este interesante informe titulado Dónde arden nuestros bosques. Análisis y soluciones de WWF.

     Ante todo debo reconocer que por primera vez en este tipo de documentos aparece una alusión a la impunidad de los citados delincuentes, entre las medidas para reducir el número de siniestros: 

     "Mejorar la identificación de causantes y la aplicación efectiva y ejemplar de sanciones y condenas para disuadir a quienes están detrás de los incendios y terminar con la actual impunidad."

     Son 30 palabras en un informe de 64 páginas. Pero, en fin, menos da una piedra.

     Ahora bien, en ningún sitio aporta datos e informaciones sobre la situación actual de los detenidos, juzgados y condenados por delitos o negligencias punibles relacionadas con estos incendios. Seguimos sin saber si hay alguien en la cárcel por estos graves motivos. Fui testigo de gestiones en todos los ministerios afectados o interesados en la materia, incluso contando con la ayuda benemérita de la Defensora del Pueblo. Resultaron infructuosas.

     En el informe mencionado de WWF (España) no se aborda ese aspecto, fundamental por su efecto disuasorio, ejemplar y de justicia retributiva. Al contrario, en el apartado correspondiente, bajo el título Factor humano, el gran olvidado, tan sólo menudean alusiones a las "inversiones para intervención social", "formación y sensibilización", "apuesta decidida por el diálogo", "búsqueda de soluciones consensuadas" y "conciliación de intereses".

     Por desgracia ese vocabulario recuerda otro, funesto, empleado por algunos para propiciar el final del terrorismo. ¿Conciliación y diálogo entre delincuentes y víctimas?

     Todo eso, dicho en plenas semanas de huelga indefinida de los agentes forestales en Cantabria, que coincide con la canícula veraniega. Y acompañado de múltiples exhortaciones a gastar más en trabajos de mantenimiento en invierno, etc. ¿Para granjearse la buena voluntad de los dueños de los fósforos? Hay tantos posibles beneficiarios, desde los furtivos hasta los que consiguen efímeros pastos tras quemar el monte... Sin olvidar tampoco al simple hideputa que disfruta haciendo el mal gratuito.



Enlaces relacionados:

lunes, 11 de julio de 2016

Fuego, crimen y castigo


© Wikimedia Commons
     Al hilo de un artículo publicado en el ABC el 8 de Julio pasado, con el título de Menos incendios, pero más grandes e intensos, envié esta carta:
     Bien está que nos informen la WWF y el ABC del escándalo de los incendios forestales, provocados en un 96% por intención dolosa o por negligencia presumiblemente punible. 
     Pero estaría aún mejor que nos dijesen cuántos de los culpables siguen en la cárcel al llegar el siguiente verano. Se dice que ninguno. Pero no hay manera de obtener estadísticas oficiales. 
     El auténtico escándalo no es la multitud de incendios delictivos, sino la impunidad de los incendiarios.

     El Marqués de Tamarón
     Madrid
     Fue publicada el día 10 de Julio bajo el título de Fuego, crimen y castigo, que utilizo para encabezar esta entrada.

     P. D. Ya sé que servirá para poco o nada. Si acaso para el típico consuelo de los tercos: Por mí que no quede.

Enlaces relacionados:
Verano de bochorno
De nuevo la infamia impune
Más hideputas que pirómanos
Sigue la impunidad de los canallas

miércoles, 8 de junio de 2016

Tres mentiras




     Don Francisco Umbral y doña Pilar Urbano son una sola y misma persona
. Se hizo un tenso silencio y todos miramos atónitos al ordenador que acababa de revelarnos uno de los secretos mejor guardados de este final de siglo. Las batas blancas acentuaban la lividez del rostro de nuestro equipo de analistas literarios que habla alimentado al monstruo informático con varios miles de artículos de ambas firmas. Pedimos explicaciones al aparato y en el acto llegó la rotunda contestación: Nadie en el mundo real habla ni escribe con barras y guiones. Si Umbral/-Urbano tienen la misma obsesión por puntuar de forma incomprensible es que son un solo ente o entelequia. Los ordenadores no se equivocan. Sólo nos queda aconsejar al prolífico periodista que se quite el disfraz hermafrodita y diestro/siniestro (hombre-mujer-de-izquierdas-y-de-derechas, para entendernos) y firme todos sus artículos con el anagrama Umbrano.

     Este singular enigma al fin desvelado no pasaría de ser una curiosidad literaria si no fuese porque ayuda a refutar una triple falacia muy de moda hoy en día. Para justificar su lenguaje pobre, obscuro, feo e impreciso —fruto de la pereza, la cursilería y la ignorancia— los políticos y los periodistas suelen, en efecto, alegar estos tres pretextos:

     1º «Hablamos y escribimos mal en mítines, periódicos, radio y televisión porque así se expresa el hombre de la calle». Mentira descarada. ¿En qué calle hay un solo hombre con garganta capaz de reproducir con mugidos las barras y guiones de Umbrano? ¿Qué español de a pie dice la pasada jornada (oído en Radio Nacional) por ayer? ¿A qué pueblo llano creía imitar Antena 3 cuando dijo el 22 de octubre pasado «el armador posibilitó a los marineros tres coches»? ¿Cree ABC que un hombre con los huesos rotos exclama que su coche colisionó con otro? ¿Piensa El País (15 de diciembre) que los pescadores del Mar Menor dicen «a las cuatro semanas de iniciarse formalmente la captura de este molusco», en lugar de «al mes de empezar en serio a coger ostras»?

     La verdad es que el hombre de la calle puede —y aun suele— ser vulgar, pero rara vez es cursi. La obscuridad relamida y el barbarismo redicho no nacen en el desgarro achulado de las calles y menos en la claridad brutal de los campos. Nacen en el quiero y no puedo cosmopolita de quienes han leído por el forro y con diccionario a un sociólogo francés de tercera o han ido a Londres en vuelo «charter».

     2° «Lo único que le está pasando a nuestra lengua es lo que siempre le ocurrió: que evoluciona». Mentira piadosa. Si tan sólo hubiese evolución natural no tendríamos motivos de preocupación. Los neologismos suelen ser útiles y más cuando surgen con espontaneidad. No es una tragedia que vale substituya a de acuerdo o sí señor. Hoy por hoy no es más que una falta de educación y mañana ni eso será. Además nos salva de la invasión del O.K. norteamericano o del correcto hispanoamericano (que aquí los cursis hubieran terminado pronunciando correzto y los catetos correto). La tragedia está en el empobrecimiento gradual y en la creciente imprecisión del lenguaje. Claro que hay evolución. Pero cuando la evolución es a peor se llama degeneración.

     Alguno de nuestros cientos de doctorandos que se dedican a hacer tesis a golpe de fusilar fuentes secundarias podía ocuparse con más provecho en contar el número de vocablos distintos empleados en un editorial de principios de siglo y en otro actual de la misma longitud. Encontraría casi con seguridad que el antiguo usaba un léxico dos veces más rico que el moderno.

     3° «La degradación del español sólo afecta a la estética del idioma». Mentira suicida. La pobreza y la imprecisión de una lengua la hacen inútil para tratar asuntos complejos en la política, el derecho y la filosofía. Ya Unamuno, socarrón, aconsejó a sus paisanos que intentasen traducir la Crítica de la razón pura, de Kant, al vascuence antes de dar el espaldarazo a dicha lengua. Sin riqueza lingüística no se pueden analizar ni resolver los problemas llenos de matices de una civilización complicada. En bantú no se puede redactar un Código Civil. En bantú lo probable es que ni se pueda escribir a la novia nada más sutil que yo querer cama con tú.

     Un político cínico podría —borracho— contestar que nada de esto le importa puesto que la pobreza de su habla le permite desconcertar a los cultos y la obscuridad engañar a los incultos. Pero a nuestros políticos les puede salir el tiro por la culata. Deberían leer un artículo en Le Point (3 de diciembre) donde se señala que, según un estudio del Institut Infométrie, el éxito de Le Pen y su movimiento de extrema derecha populista en Francia se debe a que es el único que se atreve a hablar a la gente llamando al pan, pan, y al vino, vino. Claro que las perogrulladas no suelen resolver los problemas enrevesados. Pero el hombre de la calle puede empezar a preferir las perogrulladas claras a las perogrulladas obscuras y salpicadas de barras y guiones. Y lo malo de un tiro así por la culata sería —en frase de Foxá—  que a los políticos les darían una patada en nuestro culo.

(Este artículo se publicó en el ABC del 15 de Junio de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

     Escribí esto hace 31 años; ahora no lo escribiría así sino con peor humor. Pero por pereza y rectitud lo dejo tal cual, sin cambiar ni una coma.

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

viernes, 6 de mayo de 2016

Botones de muestra (XXXI)



      Se ignora mucho de Cervantes pero más aún se desconoce sobre Shakespeare. No sé si estas carencias tienen remedio, pero en todo caso hay que tomarlas con más de un grano de sal en este cuarto centenario de la muerte de ambos escritores. Las incógnitas sobre Cervantes nunca alcanzan la envergadura de las dudas sobre Shakespeare, que llevan a algunos a creer que la obra de Shakespeare no es de Shakespeare, mientras otros discuten sobre su posible condición de católico clandestino. Pero las ambigüedades sobre la vida de Cervantes son muchas y muy hondas. Diríase que podrían interpretarse como una novela de aventuras escrita por un novelista psicológico.

      Eso es lo que hace con ejemplar mesura el brillante hispanista francés Jean Canavaggio. No elude los elementos equívocos, ni siquiera los que tienen ribetes vidriosos. Pero tampoco se recrea en ellos. Comenta el caso Ezpeleta, la cárcel en Sevilla, el intento frustrado de ir a Indias, e incluso las lagunas de su largo cautiverio en Argel. Lo hace con admirable templanza, compasión y aun sentido del humor. Sin embargo lo más notable es el relato que hace de los cinco últimos días de la vida de Cervantes, sobre los que tenemos el testimonio estremecedor de las palabras del propio autor:
[...] el lunes 18 de abril [de 1616], el licenciado Francisco López, limosnero del convento de los trinitarios había ido a administrarle los últimos sacramentos. Al día siguiente de la ceremonia, Cervantes aprovechaba un breve respiro para dirigir al [Conde] de Lemos la admirable dedicatoria del Persiles
           Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: 
Puesto ya el pie en el estribo, 
quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo: 
Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran señor, ésta te escribo, 
Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa vuesa Excelencia éste mi deseo... 
      «Llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.» Con el solo fin, precisa el agonizante, de ofrecer al ilustre mecenas las obras que le ha prometido y, particularmente, «el fin de la Galatea de quien sé está aficionado vuesa Excelencia». Por cierto, en el autor del Quijote, el hombre y el escritor no son más que uno. Pero en verdad, añade con melancolía, «si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida». El milagro no se producirá. El miércoles 20 de abril, Cervantes dicta de un tirón el prólogo del Persiles, y concluye dirigiéndose al lector: 
          Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida (...). ¡Adiós gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida. 
      Éstas son las últimas palabras que de él conservamos. El viernes 22 de abril, poco más de una semana después de William Shakespeare, Miguel de Cervantes rinde el último suspiro.
      No se me ocurre mejor homenaje al escritor más interesante, más enigmático pese a sus aires risueños -a veces cómicos de sal gorda- Miguel de Cervantes, que reproducir estos párrafos esclarecedores de Canavaggio. Por lo mismo también los cité de viva voz en la entrevista que abajo aparece.

      Pero recomiendo igualmente la lectura del Prólogo y la Bibliografía del erudito francés. Reconoce lo mucho que no sabemos y tal vez nunca sepamos sobre el Gran Manco. Añade que "se echa de menos un Corpus cervantinum, es decir, una recopilación metódica y crítica de todos los documentos referentes al escritor". Y concluye con inocente osadía "carecemos, asimismo, de una biografía crítica digna de este nombre: en su mayoría, las Vidas de Cervantes son, en efecto, relatos novelados. La obra monumental de Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra [...] es muy discutible en su método y sus prejuicios, pero reúne una suma considerable de informaciones, y constituye por ello una referencia insustituible". Esas y otras observaciones clarividentes le han acarreado más de un roce dentro de la Crema de la Inteleztualidá. Y es que, ya se sabe, genus irritabile vatum. Ya lo era, por cierto, en los tiempos de Cervantes. Por eso se despidió en el lecho de muerte de sus compañeros de la República de las Letras con ese sarcástico y macabro "adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida".














Cervantes
Por Jean Canavaggio
Colección Austral
Editorial Espasa Calpe
Madrid, 2005







jueves, 28 de abril de 2016

Botones de muestra XXX


     Esta novela está llena de misterios, grandes y pequeños, relacionados con los espíritus, los hombres, los animales, las plantas, los elementos y los meteoros. Esos misterios plantean un caso de conciencia a quien escribe una reseña del libro. El crítico que despeje los misterios comete una impiedad, y además priva al lector del placer de moverse entre las sombras y explorar entre los fantasmas. El crítico que no desvele los misterios puede parecer que no se los toma en serio o que no quiere ayudar al lector menos avezado. Yo tengo que confesar que no despejo este cúmulo de misterios porque no sé cómo hacerlo y si lo supiese tampoco lo haría, por respeto.

     Pero si no puedo despejarlos, sí puedo señalarlos, con admiración y disfrute. Uno de ellos es la recia y extraña toponimia de esta comarca, la Tierra del Grajo, que aparece como parte del Maestrazgo Tauritano.
     “Cuando alguien, viniendo (Dios sabe por qué) del páramo de Guárdate, o del de Los Perros (o por intentar atajar desde Lutos de Amalia hasta el llano de La Amargura), pierde la huella y acaba en ese somontano cubierto de brezo blanco y de sabina negra […]. Desde ahí ya no se vuelve a ver el sol. La trocha transcurre entre pequeños canchales y lajas vencidas cubiertas por líquenes, y la única compañía que se tiene es la de los pocos troncos de carrasca, resecos, nudosos y retorcidos […]”. (Pg 220)
     A lo que antecede cabe añadir nombres de lugar que aparecen en un cuidadoso –y, es de suponer, fantástico- levantamiento topográfico, tales como Santos Culpables, Nuestra Señora de la Matanza, Sangrabobos, Sinsantos, Machos Corvos o Mascasombras. No es de extrañar que para el autor “Arte y Miedo son sinónimos”, como apunta en una auto-reseña.

     Y para completar el ambiente de conjuros pocas veces afables, casi siempre ominosos, emplea con maestría un recurso retórico que Ruskin describió a mediados del siglo XIX llamándolo falacia patética y censurando su uso en los grandes poetas románticos. Consiste en atribuir sentimientos o acciones a seres inanimados. Nunca estuve de acuerdo en esto con la reprobación de Ruskin pues no sólo los poetas románticos sino todos los poetas al menos desde los griegos hasta hoy acudieron a la personificación como recurso retórico; el secreto está en hacerlo bien, cosa difícil. José Antonio Martínez Climent sí lo sabe hacer. Así, por ejemplo:
     “Una sombra aserrada silenciosa baja por las torrenteras del Refraile, dejando tras de sí un zócalo de una densa oscuridad en el que, poco a poco, comienzan a aparecer densos cortinones de lluvia. En el otro extremo del horizonte, un delgado rayo anaranjado se desgaja del sol y cruza la meseta entera hasta encontrarse con las primeras y desflecadas nubes del bloque de la tormenta, y muere en un bello e inútil gesto que nadie ha visto. Los primeros goterones caen sobre el polvo de los tomillares, sobre las oscuras hojas de coscoja, en el morro de un conejo que (indeciso entre juzgar aquel aparato como otra operación de propaganda o huir a todo lo que den sus patas de aquella ladera) ventea el aire con su húmedo hocico y estira mucho las orejas para oír qué hay de verdad en ese trueno que retumba por los cantiles y que dice querer bajar a destruir el monte”. (Pg 210)
     Pues bien, el escenario de la novela abarca buena parte de Europa, desde Escocia hasta los Balcanes, aunque se concentra en el Este de la Península Ibérica. El tiempo parece comenzar a finales del siglo XIX y alargarse durante unos cien años. Los personajes dan a la acción una viveza extraordinaria. Los hay ricos y pobres, viejos y jóvenes, guapos y feos. El lector observa con curiosidad que el autor se ha encariñado con sus criaturas. Creo que eso es una buena señal: tan sólo los malos escritores rezuman odio contra algunos y dejan endiosarse a otros. En esta novela todos actores del largo drama tienen dignidad y encanto, incluso los Malos. Predominan, eso sí, en el elenco los que responden a una especie que el autor define en su glosario (pg 295) como hòme d’honor empagesit, hombre de honor de costumbres rústicas. No sólo existían en Mallorca y otras tierras del Levante sino, claro está, en el resto de Europa donde la nobleza rural ha persistido hasta hace muy poco, y puede que aún subsista atrincherada en lugares recónditos como los que aparecen en La tierra del grajo (pgs 216-217):
     “Quizá la vuelvas a ver, una o dos temporadas después, si tiras camino arriba del paraje que llaman La Pregunta, o del de Vuelacabras, o por Guárdate, y te llegas, por esas sendas de herradura, hasta el caserío de Belmorir”.

La tierra del grajo
José A. Martínez Climent
Editorial Verbum
Madrid, 2015

Enlaces relacionados:

martes, 29 de marzo de 2016

Ni errata ni error: arcaísmo



     Al volver de Puerto Rico me entero del revuelo que se formó aquí a propósito de un rótulo aparecido en la televisión de San Juan durante la intervención del Rey al inaugurar el 15 de Marzo pasado el Congreso Internacional de la Lengua Española. Más de un semialfabetizado se rasgó las vestiduras porque el letrero (pronto corregido) rezaba SU MAGESTAD EL REY DE ESPAÑA FELIPE VI.

     El fingido escándalo aderezado con bromas ignaras carecía de sustento. No hubo ni errata ni error, sino arcaísmo. Éste es fácil de entender teniendo en cuenta que la isla de Puerto Rico fue declarada dominio de la Corona Hispánica en 1493 (unos 20 años antes que Navarra) por Cristóbal Colón. Y en aquel entonces y durante varios siglos más Magestad se escribía así, con g. Basta con mirar el mejor diccionario español, el que publicó la Real Academia y pasó a llamarse el Diccionario de Autoridades, cuyo tomo cuarto, de 1734, recoge cuatro entradas de la voz Magestad:


     Y si no lo ven claro, vayan ustedes al Diccionario de Autoridades puesto en la Red por la Real Academia Española (http://web.frl.es/DA.html) donde aparecen esas cuatro acepciones de la palabra Magestad:
MAGESTAD. s. f. Título honorífico, que propriamente pertenece a Dios, como a verdadera Magestad infinita, y después a sus retratos en la tierra, quales son los Emperadores y Reyes: y assí se dice, Vuestra Magestad, su Magestad, &c. Es del Latino Majestas. RECOP. lib. 4. tit. 1. l. 16. Y en el remate de ella, no se diga más que Dios guarde la Cathólica Persona de V. Magestad. SANT. TER. Cart. tom. 1. Cart. 9. num. 1. Plegue a su Divina Magestad, se sirva de darmelos (trabajos) a mi sola. 
MAGESTAD. Superioridad y autoridad sobre otros. Latín. Praestantia. Dignitas
MAGESTAD. Significa tambien grandeza, autoridad, decoro, magnificencia y suntuosidad, con que se executa alguna cosa. Latín. Dignitas. Magnificentia. MUÑ. M. Marian. lib. 4. cap. 3. Entró el Santíssimo Sacramento por su casa, con la magestad y acompañamiento que hemos visto. 
MAGESTAD. Se toma assimismo por seriedad, entereza y severidad, en el semblante o acciones. Latín. Oris majestas, gravitas. SIGUENZ. Hist. part. 3. lib. 3. Disc. 21. Tanta fue siempre la magestad de este Rey, que ninguno le habló jamás, que por lo menos no sintiesse en sí alguna notable mudanza.
     La verdad es que algunos se pasan de listos burlándose de este arcaísmo y no de otros como la x de México. A mí me gustan todos esos arcaísmos, a fin de cuentas reconocimientos en aquellas tierras de sus lejanas raíces castellanas.

martes, 23 de febrero de 2016

Portentos y presagios de la fenología

Día y Noche. M. C. Escher © The M. C. Echer Company - Baarn, Holanda.

     Todo apunte fenológico refleja un portento. Pero es un portento del cual no se sabe lo que presagia. En general barrunta el fin del mundo. El fin de nuestro mundo.

     Cualquier pequeña y amable epifanía – el canto del primer cuco, la floración de un almendro, la migración de una bandada de patos – puede encerrar un aviso ominoso. Basta con que menudee a destiempo y persista la anomalía.

     No hace falta ser arúspice o augur para interpretar los signos. Tampoco resulta imprescindible ser ecologista, aunque ayuda a conseguir prestigio mesocrático y postmoderno. Lo mejor es ser ecólogo serio con una pizca de melancolía premoderna.

     Ambas condiciones las reúne Don José Antonio Martínez Climent, como se ve en su novela La tierra del grajo, de la que pronto daremos aquí cumplida noticia. Sirvan de adelanto estas sus notas, también reveladoras de su condición irónica, melancólica y premoderna. Y generosa, puesto que nos regala el texto para su publicación aquí.

Breves notas fenológicas

Por José Antonio Martínez Climent

* 4 de septiembre de 2015. Sierra del Ventós, Agost, provincia de Alicante.

     ¡Qué escándalo el de la incontinencia so pretexto de los calores! Tan sangrante es que currucas o tarabillas correteen por setos y por piedras molineras idas, entusiasmadas como si acabasen de leer la Celestina como que el Gran Duque haya perdido el decoro y cante desde los rocosos balcones de sus castillos solicitando amores a la primera duquesita que acierte a pasar al pie del cantil casi en cualquier época del año. Si algo ha tenido la nobleza es la obligación de ser sustento del Tiempo, como ilustra maravillosamente el Duque de Berry en su libro de Horas. Cada estación tiene su afán: en invierno calentarse las piernas en la fogata, en otoño a vendimiar, el verano para la altanería y el baño refrescante, y la primavera para decir serranillas, bailar saltarelos y trinchar perdices y princesas.  Y no menos que la nobleza el clero, que con su división canónica del día (anunciada por el lejano tañido de una campana) nos recuerda a cada tanto que el tiempo sacro supera en sustancia, en hermosura y en provecho al tiempo administrativo y marxista. Todo sea también que Don Francisco, avisado de que la sustancia del siglo mengua un poco cada vez que suenan primas, tercias, sextas y nonas, mande dar las campanadas a toque de corneta a sus filas franciscanas, tan poco amigas de liturgias y de altas formas.

* 20 de septiembre de 2015. San Vicente del Raspeig, provincia de Alicante.

     Crisis de refugiado

     Después de poco más de un lustro se ha vuelto a ver una verde crisopa por estas tierras. El ejemplar se encuentra en la vertical de la cabeza del que escribe, agarrado al techo de su habitación, sin decir ni mu, y se diría que tirita. Sin duda ha entrado por la ventana, frontera natural entre el Mundo Libre y la que hasta ahora ha sido su tierra, el vecino jardín del colegio estatal, huyendo de las diarias y matinales fumigaciones que llevan a cabo la hordas de funcionarios contratados a golpe de talón con cargo a bolsillo ajeno, y lo hacen porque pueden. 

     El exterminio de las etnias de crisopas por motivos ideológicos se lleva a cabo en este pueblo con mayor o menor crudeza desde hace al menos ocho años sin que ni grupos ecologistas subvencionados ni organizaciones gubernamentales ni partido político alguno hayan condenado la matanza, de lo que se deduce connivencia con la causa exterminadora porque también se peca por omisión. Se teme un incremento de la tensión en la frontera cuando mañana lunes la horda fumigadora reanude la búsqueda, porque muy sanguinarios y laicos son, pero en fin de semana no se extermina porque no se cobra, y el domingo se santifica en el bar. 

* 9 de enero de 2016. Ibídem.

     Las margarita común de descampado (Bellis perennis) ha florecido tardíamente este año en San Vicente del Raspeig. A las dificultades que el ayuntamiento impone a la planta para mantener su área de distribución se suma la bolsa de aire africano, sucio, terroso, que se ha asentado sobre la provincia como un mal presagio, y que trastorna sus menesteres y trajines fotosintéticos. Con este son ya catorce años que en las flores no se ha visto, en su ronda ensimismada y monacal, a ninguna mariquita.

     La floración fue inusualmente abrupta, como si un angélico y moroso funcionario hubiera dado orden tardía de producir pétalos y corolas a tiempo para mediados de enero, cumpleaños de cierta madre que las tenía por preferidas.

* 13 de enero de 2016. Ibídem.
     Uno tenía bien asentada la imagen bruegueliana de la urraca picando migas o nueces sobre el lago helado en el que patina una hacendosa y diligente burguesía mercantil holandesa, erguida sobre la gárgola burlona y horrenda de un vierteaguas gótico, volando en línea recta en un cielo agrícola y despejado sobre un barbecho puntuado por serenos almiares belgas,  o picando los gusanos de las rosas que trabajosamente produce el suelo turboso de un jardín palatino. Toda esa imaginería lograda por siglos de historia europea queda ahora hecha añicos debido tanto a la translocación del clima como a esa transubstanciación antifukuyámaica del mundo en más mundo, del siglo en más siglo, del tiempo en peor tiempo, por esa crecida de aguas leninistas que tanto crédulo creyó cegada para siempre pero que con la caída del Muro provocó una lenta escorrentía hacia Occidente mucho mayor que el tibio goteo de liberalismo que rodó Telón de Acero abajo.
     Pero no. Ahora las urracas campan a sus anchas por el cielo alicantino, por la huerta murciana, en la plana castelloní, y cuando uno, poco acostumbrado, levanta la vista, ve cómo una estampa de otro sitio tapa el cuadro habitual de los últimos decenios, una imagen panorámica de cromo doble del Serengeti, todo manchas de blanco y negro que se dirían cebras lejanas, y el susto que se lleva es morrocotudo. No es que no desee el bienestar de las picazas ni que lamente que vuelvan a sus antiguos dominios, sino que desearía que lo hubieran hecho con un orden y una jerarquía distintos: que en lugar de patrullar rotondas, avanzar a saltitos sobre las farolas y cebarse en vertederos municipales sobrevolaran huertas regadas, anidasen en granados reventones y graznasen desde la punta de esos cipreses que marcaban los caminos de las fincas molineras, esas quintas costumbristas del agro ibérico en las que los ávidos adalides del progreso no ven más que futuros museos agrícolas.

* 6 de febrero de 2016. Ibídem.

     Por la Ermita del Pozo de San Antonio ya no pasan más que parejas que buscan satisfacer sus nocturnos ardores en la urgente incomodidad de algún asiento trasero; cuartetos de mujeronas vestidas de chandal fucsia andando deprisa, sin mirar los pocos almendros que aún quedan; pandillas de instituto que con un tablero, un vaso y varias litronas pretenden invocar al demonio junto a una hoguera, y quiero pensar que también acude allí ese último ufólogo que en toda provincia española debe de permanecer en la sombra, venido a menos porque hace ya decenios que nadie organiza salidas para ver ovnis en el cielo peninsular pero sin que eso haga mella en su fe setentera e inmarcesible. A poca tarde y en sábado, para no molestar a la relicta fauna de tan singular región, tengo por costumbre acercarme hasta la encalada fachada recalentada por el sol y allí merendar un bocadillo de tortilla, si es la estación con habas frescas, sentado en mi silla plegable. Si me canso, que no me canso, de mirar la rambla aneja, con sus tarays, sus algarrobos, sus taludes agujereados por conejos y abejarucos, y con esa lavadora oxidada medio enterrada por un aluvión de cañas viejas, me doy la vuelta y miro la pared cuarteada por el sol y el abandono. En esas estaba hace un par de semanas, pensando que había dejado la tortilla corta de sal y diciéndome que es pena que en la Toscana este paisaje parezca lírico y ensoñado y aquí se lo tome por la esencia misma del atraso, cuando me vino el pensamiento de anotar unas líneas comparando la tibia caída de la luz invernal en la corta espadaña de la ermita con esa torrentera solar e ígnea que el mes de agosto derrama sobre el campo alicantino. Dejé el bocadillo sobre un romero bajo y ancho, bien envuelto en una ya aceitosa servilleta, y cuando me había calado el lápiz en la boca con ese gesto arquetípico de escriba en busca de palabras vi el mismísimo comienzo de la primavera en pleno mes de febrero. Era una golondrina común: iba sola, cabalgando una suave brisa vespertina.

* 9 de febrero de 2016. Ibídem.

     1.- El bios ha tocado a rebato. Pelotones de verdecillos, mirladas enteras, avanzadillas de piquituertos y hasta los gatos de los tejados han caído presa del estro. Pero quizá porque los cantos, maullidos y aullidos de la fauna callejera llegan con meses de adelanto sobre lo que manda el calendario zaragozano el coro resulta inarmónico: los gorriones lanzan chirridos de ferretería, los jilgueros pían con gallito, los colirrojos chascan como con la boca seca y las currucas suenan como cámaras de fotografiar con el paso averiado.

     2.- A principios de febrero el mirlo ha comenzado a declamar su gay saber desde la punta del ciprés, y no contento con saltarse el mandato astronómico de esperar hasta finales de marzo, en lugar de pasar la mañana recitando leys d’amors de perfil, recortado contra el arrebol matutino, a la menor ocasión baja de un salto suicida al tejado del colegio vecino donde, en compañía de otros cuatro, comienza a recorrer las aguas entregado ciegamente a las urgencias de un estro muy poco lírico (por apresurado y público) que en todo contradice la contención propia del herido de amor galante. 

* 11 de febrero de 2016. Ibídem.

     Los verdecillos rompen el crepúsculo matutino con sus líricos sofismas, y no puede uno ni salir a por el pan sin topárselos posados de ocho en ocho en el tendido de la luz o en la valla del polideportivo, más que recitando enmarañados versos de amor, amenazando a todo viandante con sus sonoras urgencias vocales.

José Antonio Martínez Climent
Enlaces relacionados:
Botones de muestra XXX: La tierra del grajo