Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

domingo, 5 de febrero de 2017

Hasta pronto


     Esta bitácora, que pronto cumplirá nueve años, va a quedar en reposo durante unos meses. Pretendo dedicar ese tiempo a escribir un libro ya empezado pero que requiere dedicación exclusiva. Más que exclusividad en el tiempo lo que busco es concentrar la atención en ese empeño literario, probablemente el último de mi vida. Éste es el momento de abordarlo, por dos motivos. El primero porque a los 75 años es temerario confiar en que durará una cierta capacidad intelectual. El segundo porque el día 27 de Enero de este año de 2017, a petición propia, cesé por Real Decreto en mi último puesto diplomático, Embajador de España para la Diplomacia Cultural. Este último trabajo no era agobiante, pero sí me siento ahora más libre para decir lo que pienso e incluso pensar lo que digo.

     Así pues celebraré el comienzo de mi nueva vida -no tan nueva- agradeciendo a todos mis compañeros de oficio y a todos mis amigos el haber soportado mis manías. Y me permito reiterar una de esas manías, la exigencia de concisión en los textos, profesionales o no. Aprendí mucho de mis primeros jefes, hace medio siglo en una embajada perdida en el desierto. Allí los mensajes se cifraban todavía con métodos rudimentarios; en especial las circulares, con sus interminables sumas -¿o eran restas?- de grupos de cinco números, seguidas de la consulta del diccionario especial. Los viejos diplomáticos habían aprendido de jóvenes a redactar con brevedad y laconismo, lo que ahorraba tiempo al cifrar, al descifrar y al leer el mensaje. Y casi siempre el estilo conciso hacía más comprensible la información.

     Obsérvese por ejemplo como Winston Churchill, Primer Ministro británico en el otoño más sombrío de la historia de su país, razonaba en esta carta, del 17 de Octubre de 1940, a Lord Halifax, su Ministro de Negocios Extranjeros, ordenando que los diplomáticos en el extranjero fuesen breves en sus telegramas en aras del trabajo en los departamentos de cifra y de los que tenían que leer sus mensajes:

El número y la longitud de los mensajes enviados por un diplomático no dan la medida de su eficacia.
Perdona este grito de dolor.
Tuyo muy sinceramente, 
Winston S. Churchill

Carta de Churchill a Halifax (PREM 11/1374, Prime Minister's Office, National Archives, GB)

     He intentado en esta página no ser prolijo -una bitácora nunca lo es- y espero que me sirva de entrenamiento para tampoco serlo en mi próximo libro.

     Mientras tanto dejaré descansar a los lectores que busquen novedades, aunque siempre podrán leer o releer lo ya publicado. Pero no publicaré nuevos comentarios. Todo ello sin perjuicio de alguna nueva y ocasional entrada, abierta a ulterior discusión.

     En fin, adiós. O si prefieren algo más pagano y menos tajante,

     agur


  •      Santiago

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo

 
La Adoración de los Magos.
Maíno (1581-1649)
Museo del Prado

- Dígame, Rey Mago,
quién lo trajo aquí.
- De mi torre pina,
estrella que vi.
- Y a ti, pastorcillo,
¿quién te lo anunciaba?
- Por mis soledades,
Un Ángel pasaba...
Escribas cerraron
puertas y ventanas.
Huyen mercaderes
de visiones vanas.
Para calar pronto
si viene el Señor,
cuídate ser Mago
si no eres Pastor.

Eugenio d'Ors (1882-1954)

La Adoración de los Pastores.
Maíno (1581-1649)
Museo del Prado

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Botones de muestra (XXXIII)


Prólogo a
  Vida y embajadas de Girolamo Farnese, Veneciano
Novela de José Antonio Martínez-Climent

     Todas las colecciones de clásicos cometen un error fatal. Ponen prólogos a los libros. Y los prólogos destripan el contenido de la obra, inevitablemente. Me refiero, claro está, a las novelas. Es sabido que la diferencia entre una tragedia griega y una novela policiaca – y todas las novelas son policiacas – es que la fuerza de la primera estriba en que el espectador se sobrecoge viendo acercarse el terrible desenlace, de sobra conocido por todos, y ahí se produce la catarsis. La fuerza de la segunda consiste en que no sabemos hasta el final quién es el asesino. Así es que el riesgo del destripe -hoy llamado spoiler por los exquisitos- tan sólo se evita escribiendo un epílogo en lugar del prólogo. Es trampa deleznable recurrir a cambiar de nombre el prólogo creyendo que con llamarlo prefacio o introducción todo vale. Y es imposibilidad editorial moderna escribir un epílogo; el último que logró el doblete fue Ortega en La rebelión de las masas con su Prólogo para franceses y su Epílogo para ingleses.

     Pues bien, Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano, tiene una trama, muy sólida y muy rica, tal vez resistente al destripe, pero no quiero privar al lector del pleno disfrute de esta insólita narración.

     No se trata de una utopía. Al contrario, la acción se ubica inequívocamente en Venecia, siempre presente aun cuando muchos episodios tengan lugar en el resto del mundo. Sí tiene mucho de ucronía. El punto en el que se apoya la trama es la subsistencia hasta nuestros días de la Serenísima República de Venecia. Decadente, venida a menos, “Venecia agoniza sin un Dux histérico de oro y poder que renueve el aire con sus comercios y sus dispendios”. Por eso la novela termina –y no destripo, se lo juro- con gallardía, así: “Somos embajadores del arte de morir entre el lujo y el esplendor que nos presta nuestra ciudad, que huele a pescado muerto y brilla con el fuego de mil láminas de pan de oro”.

     Pero aparte de esa espléndida reliquia histórica contrafactual, el resto de los escenarios en el tiempo y en el espacio donde transcurre la acción de Vida y embajadas... es el propio de los años presentes. No está colocado en un futuro de pesadilla sorprendente como el 1984 de George Orwell o el Mundo feliz de Aldous Huxley. Los lugares donde se desarrollan las peripecias –que son muchas y sabrosas- ilustran casi todos la atracción mutua entre la Europa brumosa y la Europa mediterránea donde “florece el limonero”. Esa Europa meridional, a menudo italiana, que Goethe ansiaba y Freud, el charlatán de Viena, que diría Nabokov, temía hasta el punto de sufrir de una fobia peculiar cada vez que llegaba al Paso del Brennero, se supone que debida a la aproximación a la Roma eterna.

     Esta novela, como la anterior del mismo autor, La tierra del grajo, presenta un mosaico deslumbrante de paisajes que van de lo arcádico a lo desértico, del sol de justicia a las negras nubes. Los describe con la precisión del biólogo que es y del poeta que también lleva dentro. Nada aviva tanto el ritmo narrativo como una descripción fuerte y cortante del paisaje, igual que nada amortigua la narración tanto como la pintura pobre y premiosa del escenario. José Antonio Martínez Climent claramente consigue lo primero y hace buena en su caso la opinión tan discutible de Unamuno cuando aseguraba que  el paisaje no tenía por qué figurar en las novelas más que si desempeñaba un papel tan relevante como el de cualquier personaje humano. En esta novela los paisajes tanto terrestres como marítimos, nocturnos, diurnos o crepusculares, urbanos o agrestes, están vivos. Son atractivos o inquietantes, hermosos y apacibles pero con espíritus escondidos no del todo tranquilos.

     Por esos páramos y huertas, salones y muelles, campos de batalla y alcobas (“a batallas de amor, campo de pluma”),  cancillerías y tabancos, deambulan y se afanan cientos de personajes, a veces burilados con cuatro trazos, otras con cuatro páginas y siempre con destreza. Esa muchedumbre compuesta de individuos con fuerte personalidad recuerda a veces las legiones variopintas de personajes de Cunqueiro. El propio autor cree que se trata de una fantasmagoría, y es posible que esa fuera su intención al poblar las páginas de tan numeroso elenco, pero en realidad creó una plétora de actores muy diversos y muy definidos. Tal vez el autor piensa que la obra que representan es fantasmagórica puesto que el mundo que a él –y por cierto también al lector- cautiva es un mundo agonizante aunque con los brillos de viejos esmaltes y pan de oro.

     En todo caso al releer Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano, me vino a la mente no sé por qué una duda sobre si le serían aplicables los versos de Oliver Goldsmith en su poema El viajero:

          How small, of all that human hearts endure,
          That part which laws or kings can cause or cure!

          “¡Cuán poco, de cuanto el humano corazón soporta,
          lo causan o curan leyes o reyes!”

     Puede que sí, pese a que desde la Revolución Francesa estas palabras escritas por Goldsmith 25 años antes, en 1764, dejaron de ser ciertas. Y desde luego tampoco respondieron en el siglo anterior a los feroces destrozos de la Guerra de los Treinta Años. Pero lo que llama la atención en la obra de Martínez Climent es que configura un mundo donde, pese a estar situado en la época cataclísmica del siglo XX, tienen más realidad la naturaleza y las pasiones humanas que las catástrofes históricas o sociales. Claro que incluso eso tiene una excepción fundamental: por debajo de la acción en esta novela y en la anterior se extiende el lago subterráneo de la añoranza triste de quien sabe que el mundo es cada día más feo, más mezquino y más hipócrita.

     La otra asociación sin mayor fundamento, puesto que aún no he tenido el gusto de conocer en persona a José Antonio Martínez Climent, es su talante literario y quizás humano tan parecido al de Robert Louis Stevenson. Compruebo que nuestro autor es, como Stevenson, un teller of tales, un contador de cuentos nato, capaz de cautivar a un corro de polinesios que no entendían el inglés pero apodaron a su ilustre huesped Tusitala, que en lengua samoana quiere decir precisamente eso, cuentacuentos. O, si eso nos parece poco, rapsoda. Por todo ello me perdonará José Antonio que haga algo impropio de un andaluz. Le aconsejo que disponga –eso sí, para dentro de medio siglo- su epitafio, calcado del que redactó Stevenson y está en su tumba en Samoa, donde murió en 1894:

          Here he lies where he longed to be
          Home is the sailor, home from sea
          And the hunter home from the hill.

          “Aquí yace donde ansiaba estar
          A casa volvió el navegante, volvió de la mar
          Y el cazador volvió del monte.”

     Y mientras tanto le pido que siga escribiendo sobre otras vidas y embajadas y glorias y miserias de un mundo donde se van apagando muchas luces, como ocurrió en la noche del 4 de Agosto de 1914, tal como observó desde la terraza de su Foreign Office el propio ministro británico, Sir Edward Grey. Era un liberal y perdió sus ilusiones al atardecer de ese día fatídico.

El Marqués de Tamarón













Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano
José Antonio Martínez-Climent
Editorial Verbum
Madrid, 2016

Enlaces relacionados:
Portentos y presagios de la fenología
Botones de Muestra XXX: La tierra del grajo

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Habrá menos liberalismo y más democracia

Cuando esta madrugada llegó desde Nueva York al Otro Mundo la noticia del día —¿O del siglo? ¿O del milenio? — hay que suponer que Don José Ortega y Gasset miró con melancolía a Aristóteles y le murmuró:

  No es esto, no es esto.

A lo que el griego contestó con sequedad:

  Ya os lo decía yo.

Es posible que San Alcuino terciase:

  Nunca pensé que en siglos venideros mi frase Vox populi vox Dei cayese en manos de letrados tan torpes, tan carentes de ironía que tomasen esas palabras al pie de la letra. Carlomagno bien que lo entendió.

El caso es que al comprender la decisión del pueblo de los Estados Unidos de América, que ungió contra todo vaticinio a su futuro presidente, recordé una intervención que me encargaron en la Universidad Menéndez Pelayo en Santander, hace algo más de un año. Se trataba de contestar a la pregunta: “Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?”.

A continuación reproduzco mi contestación, tal como apareció en la Nueva Revista, número 156 (2015).



 HABRÁ MENOS LIBERALISMO Y MÁS DEMOCRACIA

La primera responsabilidad es de la pregunta que se hace, quien responda por derecho entra ya con el paso marcado, y más en materia de ideologías. El seminario de la revista planteó a sus invitados la cuestión del más y el menos del porvenir liberal, a lo cual, y por deferencia, Tamarón mal podía hacer otra cosa que aclararla con el clásico en la mano.
   
      Entiendo que el título de la sesión de esta mañana del 4 de Septiembre La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015— coincide con el del curso que nos reúne Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?— y que los dos se aclaran y refuerzan mutuamente.

      Pues bien, ambos descansan sobre una pregunta, no del todo retórica y menos aún profética, puesto que las preguntas nunca son proféticas aunque las contestaciones a veces lo sean.

      La pregunta sobre si habrá más o menos liberalismo después del presente año de 2015 nos obliga a hacernos otras preguntas previas: ¿Qué ha de entenderse por liberalismo? ¿Qué suele entenderse hoy por liberalismo? ¿Existe hoy una cascada de sinónimos sagrados: Democracia, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, Libertad, Libertades? (en inglés la precisión es mayor puesto que Liberty y freedoms subrayan las diferencias) ¿Se trata en rigor de sinónimos, o de conceptos multívocos, o de antónimos? ¿O tal vez son palabras de una misma familia que desfilan en solemne hierofanía?

      Los dos pensadores más citados en España a la hora de reflexionar sobre el liberalismo y la democracia disfrutarán desde el cielo platónico en el que sin duda se encuentran y se sonreirán oyendo tanto despropósito. Me refiero a Aristóteles y a Ortega y Gasset.

      Y se maravillarán al observar que casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen por ignorancia o por prudente hipocresía— que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático declarando que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, tener que recordar que tales palabras son una tergiversación, por muy políticamente correcta que sean. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente.

      Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente:
  "La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra «democracia» está en nuestros días desprovista de toda idea desfavorable, y no habría en absoluto traducido el pensamiento del filósofo griego. [...] Por lo demás hay que observar que Aristóteles siempre toma la palabra «pueblo» como la parte más pobre y más numerosa de los ciudadanos, del cuerpo político...".
      En resumen, este erudito político republicano se escuda en que el demos griego era a los ojos de Aristóteles algo tan deplorable como le peuple de la república burguesa en Francia.

      En fin, puede que el buen humor de Aristóteles ahora que está en las nubes se haya visto turbado por un pellizco doloroso de melancolía ante la tergiversación moderna de sus palabras: tal vez se acordará de Sócrates, el maestro de su maestro Platón, el hombre ejemplar para muchos que olvidan, porque no les conviene recordarlo, que fue asesinado por la Democracia.

      Por otro lado, recuérdese que la misma voz griega politeia fue traducida a veces por régimen de gobierno o constitución, o incluso estado de derecho, y se comprenderá la magnitud del problema, la angostura de la aporía. Tan sólo se me ocurre un remedio: el muy tradicional de releer a Ortega. A veces saca al lector de dudas, a veces lo hunde más en la incertidumbre. En este caso nos ayudaría a salir de las ambigüedades interesadas de la postmodernidad pasar media hora leyendo sus Ideas de los castillos, en Notas del vago estíoEl espectador - V (1926). Allí, el maestro de la ironía socrática se atreve a declarar que democracia y liberalismo no sólo son siempre bien distintos sino con frecuencia antitéticos:  
 "Pues acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico.  
  Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas.  
  La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el Poder público? La respuesta es: [...] la colectividad de los ciudadanos. 
  El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quien quiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? [...] el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado.  
   [...] Se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal.  
   [...] Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos. Por eso, el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por decirlo así, se limita a sí mismo".
      Hasta aquí Ortega en sus funciones de moderado optimista que aspira a serenar predicando los ideales de la democracia moderada por los principios liberales, presentes en todo Estado de Derecho. Es decir, que Ortega es partidario de la politeia (πολιτεία), mucho más que de la democracia (δημοκρατία). Es consciente de que la democracia se asienta sobre la igualdad y el liberalismo sobre la libertad. La democracia absoluta es tan irrespirable como el oxígeno puro. Lo único que evita que la democracia sea invivible es mitigarla con las precauciones de un Estado de Derecho. 
      
      Por cuanto antecede resulta inexcusable la creciente sinonimia en usos periodísticos y políticos entre democracia estado de derecho. No son la misma cosa; nunca lo han sido. Ni lo eran para Aristóteles. Ni siquiera en la oficialmente llamada por los historiadores democracia ateniense (del 508 al 322 a.C.) votaban más de uno de cada diez habitantes. 

      Asunto distinto es si debemos o no seguir acudiendo a don José Ortega y Gasset como maestro cuando escribe sobre la democracia deprimido por los acontecimientos de ciertos momentos históricos. En 1917, en su artículo titulado Democracia morbosa, escrito a los 34 años, dice:
  "En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe. [...] 
  Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. [...] 
  La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones. [...] 
  Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos «opinión pública» y «democracia» no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas".
      No hace falta recordar que eso fue escrito en el mismo año de la Revolución Bolchevique, 1917. Y que pocos años después, en 1930, el mismo Ortega escribió su artículo Delenda est Monarchia, que tanto influjo tuvo en la llegada de la República a España, tras la cual, pocos meses después, publicó Un aldabonazo, para insistir en "no es esto, no es esto" ante los excesos del nuevo régimen. Pero la cumbre de su rechazo del concepto de democracia, desvirtuado en la práctica, la alcanzó en 1949, en la Universidad Libre de Berlín, auténtica "isla en el Mar Rojo", donde en una conferencia ante una multitud de estudiantes dijo:
"La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aún era siquiera como idea, como significación algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera..."
      En fin, que puestos a añorar utopías, tal vez para Ortega la mejor hubiese sido la Politeia con sendos ramalazos de las otras dos utopías aristotélicas, la Monarquía y la Aristocracia. Y hubiera querido olvidarse de las tres distopías tan presentes en esta nuestra sobornable contemporaneidad: tiranía, oligarquía y democracia (o demagogia, si prefieren ustedes los eufemismos de la corrección política, que Aristóteles desconocía). 

      Claro que tampoco conocía esos dos útiles neologismos helenistas alumbrados veinte siglos más tarde en la brumosa Albión, utopía y distopía. 

      Por eso y al llegar a consideraciones pesimistas siempre me viene a la mente lo que hace muchos años oí decir al director de un centro de análisis y prospectiva internacionales:
  “Los que vivimos de una bola de cristal hemos de resignarnos a terminar a veces masticando vidrios rotos”.
      Lo peor es que ese miedo, casi certidumbre, del error probable en sus palabras que siente el propio augur, surge por igual al emitir dictámenes optimistas o zozobras pesimistas. Y hoy, esta semana, los ecos ominosos que nos llegan de Oriente Medio nos recuerdan el verso de Coleridge, ancestral voices prophesying war, voces ancestrales que profetizan guerra.

      Tal vez, ojalá no sea así, precisamente un aumento del poder del demos llamémoslo democracia o demagogia, qué más da— constituirá el explosivo mortal que haga añicos el débil liberalismo que algunos creyeron que se estaba construyendo en tantas llamadas primaveras árabes.


PD del 14 de Noviembre del 2016:

      Nunca lo hubiera creído si no acabase de leerlo en el Financial Times del 12/13 Noviembre, 2016. Francis Fukuyama, dechado de virtudes políticamente correctas y epígono de Hegel y Kojève, en un artículo titulado US against the world?, analiza "lo que la llegada de la América de Trump significa ahora para el orden global". Y se atreve a desdecirse de sus previos análisis (véase La fin del mundo y el fin de la historia), concluyendo con resignación que "the democratic part of the political system is rising up against the liberal part". Más vale tarde que nunca, comprender que democracia y liberalismo son cosas distintas.


Enlace relacionado:
Habrá menos liberalismo y más democraciapor el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Febrero 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Feliz cumpleaños

Un hombre leyendo. 1630. Por un seguidor de Rembrandt.
© National Gallery, Londres

     El azar me deparó la sorpresa de que el 18 de Octubre pasado, septuagésimo quinto cumpleaños de la persona que más ha influido en mi vida, se publicara este artículo mío en el ABC, en el que conmemoro una efeméride bien distinta, aunque de la misma fecha.

     Lo reproduzco aquí con el asombro -no siempre exento de desaprobación- que merecen quienes culminan el esfuerzo titánico de expresarse a contracorriente y entre líneas.

ENTRE LÍNEAS Y A CONTRACORRIENTE

     Hace setenta y cinco años, el 18 de Octubre de 1941, almorzaron el Capitán de la Wehrmacht  Ernst Jünger y el Catedrático de Derecho Carl Schmitt en el Ritz del París ocupado. El profesor citó a Macrobio: “No puedo escribir contra quien puede proscribir” (Non possum scribere contra eum, qui potest proscribere). La alusión entre líneas a Hitler era evidente para los demás comensales.

     Schmitt había sido militante del Partido Nacional Socialista pero ya en 1941 se había distanciado. Al terminar la guerra fue encarcelado en Berlín por las tropas soviéticas pero enseguida, tras una corta comparecencia, fue puesto en libertad. Luego los americanos lo tuvieron en diversos campos de internamiento durante un año. Unos meses después volvió a la cárcel en Nurenberg hasta que el fiscal Kempner lo liberó sin cargos en 1947. Pero la República Federal de Alemania lo inhabilitó para enseñar.

     Schmitt, admirador de Donoso Cortés, fue apreciado por pensadores muy diversos, sobre todo de izquierdas como Walter Benjamin, Georg Lukács, Habermas, Kojève, Derrida, Tierno Galván, los “maoístas” del 68 o incluso, horresco referens, Íñigo Errejón. También, naturalmente, por otros de derechas o conservadores como Francisco Javier Conde, Samuel Huntington o Alain de Benoist. Sobre todo fue muy amigo de Ernst Jünger y se influyeron mutuamente. Pero Schmitt al final de su vida, tal vez por una enfermedad degenerativa, se comportó con odiosa deslealtad hacia su viejo compañero.

     Jünger fue muy conservador y por tanto nunca hitleriano. De hecho sí escribió contra Hitler en su novela Sobre los acantilados de mármol, parábola bastante evidente. Pero su “gran fondo de prudencia puntuado por audacias calculadas”, según  Hervier, su biógrafo, era la seña de identidad de sus dos arquetipos, el Rebelde y el Anarca. Su hijo, sin embargo, no entendió ese requisito del disimulo sin el que no hay odisea posible. Siendo guardiamarina a los 17 años lo oyeron criticar a Hitler. Acusado de derrotismo, pasó como soldado raso a una unidad de granaderos y murió en combate en una cantera de mármol, en Carrara. Al terminar la guerra Jünger fue detenido y en la zona británica de ocupación se le prohibió publicar durante cuatro años.

     De los otros comensales, el Coronel Speidel estuvo involucrado en la conjura de Stauffenberg, fue encarcelado por Hitler y después por los americanos hasta 1949, tras lo cual Adenauer lo nombró asesor militar y luego fue General Jefe del Mando Centroeuropeo de la OTAN. El Capitán Grüninger desapareció en el Frente del Este al final de la guerra. El Conde Podewils fue prisionero de los británicos desde 1944 hasta 1946.

     Por esas fechas Alexandre Kojève, otro pensador sobremanera multívoco, interrumpió sus reflexiones sobre Hegel y el Fin de la Historia para escribir una Notice sur l’autorité, que según Dominique Auffret, biógrafa y exégeta del ruso francés, “acepta la idea de que, en el caso de que los nazis saliesen victoriosos, habría que contemplar el trabajar con ellos para preparar contra ellos el post-nazismo”. No se sabe si tal astucia emula el Pacto Molotov-Ribbentrop o algún proyecto del Mariscal Pétain. Kojève tuvo una doble o triple carrera brillante, como pensador de moda (más tarde inspirador póstumo de Fukuyama) y como alto funcionario, asesor del Gobierno francés en cuestiones de comercio internacional. Nunca ocultó que se consideraba hombre de izquierdas, pero fue muy admirado también por escritores y políticos de derechas. Según Raymond Barre, futuro Primer Ministro, uno de los lemas de Kojève era “la vida es una comedia y hay que representarla seriamente”. Mantuvo correspondencia con Leo Strauss, con Schmitt y con otros pensadores conservadores.  En 1999 se descubrió que había sido agente de la KGB soviética durante 30 años, desde 1938 hasta su muerte repentina en 1968.

     También al comienzo de la Segunda Guerra Mundial trabajaban en uno o en varios servicios secretos a la vez, y celebraban sus éxitos en una buena mesa Philby, Maclean, Burgess y Blunt, todos ellos agentes soviéticos infiltrados en los servicios secretos británicos. La mesa corría por cuenta de un rico angloespañol, Tomás Harris. Fue él quien dirigió al agente doble español Juan Pujol, alias Garbo. Murió en Mallorca en circunstancias sospechosas. Graham Greene escribió a favor de Philby, pero nunca dijo que fue a verlo cuatro veces en Moscú y que luego informó al Director del MI6 británico. Greene decía que un espía comunista en Inglaterra era lo mismo que cuatro siglos antes un espía católico del Rey de España en la Inglaterra de Isabel I.

     Mucho peor que los comensales antes mencionados -pero con idénticos recelos políticos- comía Leo Strauss por aquel entonces en su destierro londinense, donde fue a estudiar a Hobbes (por cierto que pese a ser judío lo recomendó Carl Schmitt). Escribió a Kojève, al principio de su amistad, “estoy muy sediento en este momento y no tengo el bueno y barato vino francés. Pero en su lugar tenemos el maravilloso desayuno inglés. Los jamones están demasiado buenos para ser cerdo y por tanto están permitidos por la ley mosaica con arreglo a una interpretación atea; son maravillosos los postres y dulces ingleses; y, además, la gente inglesa es mucho más cortés que los franceses”.

     Tanto Jünger como Schmitt, Kojève y Strauss tienen dos rasgos fundamentales en común. Su pensamiento es poliédrico, de tantas caras como tiene. Por eso los cuatro cautivaron a diestra y a siniestra. Y su magisterio fue esotérico y no exotérico.

     Así pues todos los mencionados escribieron y vivieron entre líneas y a contracorriente. O lo intentaron. Pero no creo que muchos pudieran ver realizado el deseo que expresó Ernst Jünger: “cuando hay que nadar a contracorriente hay que pedir al menos que las aguas sean limpias”. Habrá que preguntarse si alguna vez la corriente contra la que se nada es clara y no turbia. Contra las aguas claras no hace falta nadar.

     Conviene no olvidarlo. La corrección política, por asimétrica y escorada a babor que sea, es la forma de censura más eficaz desde el ejemplo de autocensura antes citado, que recoge Macrobio. Se lo dijo el poeta Asinio Polión a Augusto. Mas ocurre que Augusto era un emperador ilustrado y la corrección política es igual de imperiosa pero carente de ilustración.

     Muchos interlineados a contracorriente habrá que idear para dejar constancia de lo que cada cual piensa. No hay otra solución. Eso o, como Schmitt en aquel almuerzo parisino, declararse y creerse en la misma situación que el Benito Cereno de Melville, capitán de un barco de esclavos amotinados.


Enlaces relacionados:
La fin del mundo y el fin de la historia, por el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Junio 1992.
El acabose, por el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Febrero 1990.

jueves, 13 de octubre de 2016

Don José Ortega y Gasset y el sufragio universal

Citas proscritas. I


Sorolla, 1918, Hispanic Society, Nueva York

     "Con extraña facilidad todo el mundo se ha puesto de acuerdo para combatir y denostar al viejo liberalismo. La cosa es sospechosa. Porque las gentes no suelen ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas".

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas (1930)


     "Se pretende, por lo visto, elevar a síntoma de la verdad la coincidencia entre los hombres, como si esta coincidencia no pudiese igualmente producirse en torno al error. Espumando la experiencia que la vida deposita en nosotros, más probable hallaremos que los hombres se pongan de acuerdo en un error que en una verdad."

José Ortega y Gasset, Prólogo a «Historia de la Filosofía» (1921)


     "A la esencia de la verdad son indiferentes las vicisitudes del sufragio universal".

José Ortega y Gasset, Introducción a una estimativa (1923)


(Las dos primeras de estas citas me las facilitó José Luis González Quirós, al que acudí tras años buscando el dato exacto bibliográfico. Así es que con mi agradecimiento al docto y nada pedante amigo, aprovecho para pedirle que publique su "pequeña digitalización de Ortega, hecha a mano". Será pequeña, pero no conozco otra.)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

José Ignacio Gracia Noriega (1945-2016)

José Ignacio Gracia Noriega (1945-2016) © El Comercio

     José Ignacio Gracia Noriega ha muerto en Asturias el pasado día 6 de Septiembre de 2016. Durante años mantuvimos una correspondencia literaria y comentamos nuestros libros y los de muchos otros autores. Me gustaría escribir ahora un recuerdo de él, pero recibí una carta de su amigo y paisano Ricardo Viejo que me llamó la atención por su sencillez y afecto. Le pedí permiso para publicarla aquí, y lo hago con la satisfacción de saber que habría sido difícil superar a su autor en este juicio tan justo como cordial.

José Ignacio Gracia Noriega (1945-2016) 
Ricardo Viejo 
     Hará unos trece años nuestro amigo Ignacio Gracia Noriega tuvo una afección cardíaca que lo mantuvo hospitalizado unas semanas. Salió de allí bien, pero con un corazón herido, descompensado, que lo obligó a adelgazar, a llevar un régimen estricto y tomar muchas pastillas, cosa que se puede decir cumplió a rajatabla. Disfrutó relativamente bien de esos trece años y llevó una vida más o menos normal: cuidándose y siendo muy cuidado por Covadonga, su mujer. 
     Pero este invierno lo pasó mal: no se encontraba bien, tenía catarro, no se le quitaba, lo diagnosticaron en un principio mal: catarro que no se le quitaba, hasta que lo ingresaron por urgencia, en primavera, en el Centro Médico de Asturias y estuvo una semana hospitalizado. El diagnóstico fue la afección cardíaca agudizada: estaba muy tocado del corazón y tenía muy hinchadas las piernas. Le dieron el alta y se fue a su casa a Sevares (Piloña); pero siguió sin encontrase bien: andaba por casa desasosegado, inquieto, dormía mal, sufría un malestar general, no se concentraba. 
     A primeros de Agosto falleció la mujer de Don Gustavo Bueno, y a los dos días el filósofo, hecho que afectó mucho a Ignacio. 
     El día 17 de Agosto, día de su cumpleaños, le dio un ictus a Ignacio. Era por la noche, y Covadonga tuvo una intuición: bajó desde su habitación al salón y se encontró a las dos de la mañana a Ignacio tirado en el suelo. Llamó a una ambulancia y lo trasladaron al ambulatorio de Arriondas y de allí al HUCA (Hospital Universitario del Centro de Asturias). Allí le hicieron una operación para resolver el problema del ictus que salió muy bien. 
     Lo fuimos a ver al día siguiente de la operación mi mujer y yo, y lo encontramos muy delgado, pero bien de inteligencia, de lucidez, normal, leía. Se interesó por un libro que tenía yo en casa y me dijo que se lo llevase la próxima visita. El libro de Edward Whitmont, El retorno de la diosa (The Return of the Goddess). ¿Por qué estaba interesado especialmente en ese libro? Me pregunté y me pregunto. Un libro de psicología junguiana que habla de mitos. Libro que le hice llegar en cuanto pude. 
     El pasado Lunes lo volvimos a visitar en el hospital: estaba sentado en una silla, extremadamente delgado, pero curiosamente estaba leyendo el libro antes mencionado. Llegaron más visitas. Ignacio habló poco, tenía ganas de que lo mandasen a casa, y le dijeron que después del día de Covadonga, día 8 de Setiembre. Yo salí de aquella visita esperanzado, mi mujer no: lo vio muy delgado, sin vitalidad. 
     Al día siguiente, como a las siete de la mañana, le dio un derrame cerebral y ya perdió la conciencia, aunque apretaba la mano de Covadonga, me dijo ella. Pero entró ya en agonía. A las once de la noche del Martes día seis se murió. 
     Tenía muy afectado el corazón, muy tocado, y la salud es un todo, y todo está unido con todo en el cuerpo humano. 
     Lo vamos a echar mucho de menos en la familia: venía mucho por casa. Vital, alegre, hablador. A mis hijos les afectó la muerte de Ignacio, y a mi mujer, y a mí, una amistad de hace más de treinta años. 
     Pero tiene Usted razón Don Santiago y creo en lo que dice: "Él, que tanto disfrutaba de la vida con los cinco sentidos y con todas sus potencias espirituales e intelectuales, estará ahora viendo las cosas de otra manera, y quizá sonriendo con indulgencia al vernos." 
     Sí, estoy convencido de ello, nos está viendo desde algún lugar mejor y sonriendo. 
     Ernst Jünger, en algún pasaje de su obra compara la muerte con un puesto fronterizo donde la calderilla de la memoria es cambiada por oro.

     Tan sólo puedo añadir, descanse en paz.

viernes, 19 de agosto de 2016

El incendiario campa por sus respetos

Caín, por Fernand Cormon (1880), Musée d'Orsay

     "Si sale su sentencia, su nombre y su foto, también es una forma de proyectar la gravedad del delito, del castigo y que la Justicia ha actuado. Sería una advertencia para los delincuentes [...]. Es importante que sepan que la agresión al final se paga". Eso acaba de decir, con toda la razón, Doña Pilar Martín Nájera, Fiscal de Violencia sobre la Mujer. "No lo sé, dígame usted por qué los medios no lo dicen. Entiendo que al principio es por la presunción de inocencia. Pero cuando el agresor está condenado y la condena es pública es perfectamente posible que se publique". De nuevo acierta plenamente la Sra. Fiscal. Tan sólo olvida exigir un dato: si se está cumpliendo o se ha cumplido la sentencia y durante cuánto tiempo ha estado en la cárcel.

     Y, por lo demás, conviene tener en cuenta que las consideraciones de puro sentido común que acaba de hacer esta señora deberían ser aplicadas a los incendiarios. Y no lo son. Es más, a quienes indagan sobre este extremo se les dice que no se puede dar el nombre del delincuente, y a veces añaden que eso iría contra el "derecho al honor" o el "derecho a la intimidad". Como si le quedara algún honor y alguna intimidad a semejantes criminales. Y, por supuesto, tampoco habría que excluir la aplicación de estas medidas de publicidad, con efecto ejemplarizante y disuasorio de ulteriores delitos, a los violadores y asesinos de niños.

     A ver si dejamos de ser vistos como la tierra donde el incendiario campa por sus respetos.

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