Al hilo de lo publicado en la anterior entrada sobre la notable libertad -no por atribuible a la excentricidad menos digna de admiración- del I Conde de Villacreces y también del V, el actual y VIII Conde de Villacreces me facilita una semblanza escrita por él de su ilustrado y libérrimo antepasado, autorizándome a publicarla aquí. Apareció en primer lugar en un libro publicado en 2009 por la Caja de Ahorros de Jerez para celebrar el 175 aniversario de su fundación por el conde excéntrico y filantrópico, liberal y burlón.
El I Conde de Villacreces
Por Álvaro Pacheco Bohórquez, VIII Conde de Villacreces
Don Diego López de Morla y Virués de Segovia, primer Conde de Villacreces, nació en Jerez de la Frontera en 1787, en una familia de la vieja nobleza andaluza. Por sus venas corría sangre de diversas procedencias, no sólo de los caballeros castellanos que bajaron a la reconquista de Andalucía, sino también de comerciantes genoveses, franceses y flamencos, enriquecidos y posteriormente ennoblecidos. Incluso tenía algo de sangre judía por parte de su madre. Esta mezcla quizás explique lo contradictorio de su personalidad y la diversidad de sus empresas y aficiones.
Huérfano de padre desde temprana edad, convertido en un mayorazgo rico y titular de un Señorío, el de Arquillos, se educó bajo la influencia de su madre, mujer ilustrada, inteligente e inquieta, en una casa en la que, a la moda de entonces, se vivía un poco a la francesa. De su preceptor francés, al que llamaban "Mesié", aprendió francés y a tocar el piano, llegando a ser un buen pianista. Años después daba conciertos en su propia casa.
A los quince años fue enviado a Inglaterra donde pasó cuatro años, de 1802 a1806. Allí estudió con profesores del prestigioso colegio de Harrow, pero privadamente, ya que, siendo católico, no podía ser admitido en el colegio como alumno. Además, viajó por todo el país, pasando una temporada en Oxford y llegando hasta Escocia. Esta educación, inusual en un noble español, se debió a la amistad de su familia con el bodeguero de origen escocés Jacobo Gordon, que la aconsejó e hizo posible.
Su estancia en Inglaterra marcó su carácter para siempre, volviéndolo pragmático, liberal e interesado en la ciencia. A su vuelta a España, estudió Medicina en Cádiz, donde empezó a dar muestras de su posteriormente famosa extravagancia. En su casa de Cádiz cuando estudiante, para que sonara la campanilla de la puerta, había que tirar de una tibia humana, que servía de llamador. Ser médico a la vez que mayorazgo noble y rico, era algo contradictorio en aquella época; la medicina era una profesión más bien de clase media. Pero el Conde amaba su profesión y la ejerció toda su vida. Nunca cobraba a los necesitados. Los atendía en su consulta, desde temprano por la mañana, hasta las doce en punto, horario que llevaba a rajatabla.
Cuando llega la invasión francesa, el Conde se refugia en Cádiz con su familia, alistándose como capitán en el batallón de voluntarios distinguidos de Cádiz. Allí, en su casa, se forma una famosa tertulia política de signo liberal, dirigida por su hermana Margarita. A ella asisten los prohombres liberales del momento, la mayoría amigos suyos: Alcalá Galiano, Toreno, Argüelles… Hasta Lord Byron y Lord Wellesley parece que pasaron por allí. Para entonces, nuestro hombre ya estaba interesado en política. Fue liberal moderado toda su vida. Seguramente fue en aquella época cuando se unió a la masonería, en cuyas reuniones coincidió e hizo amistad con el futuro General San Martin, "Libertador" de Argentina y Chile y militar español por aquel entonces, quien, años más tarde, en una carta, reconocería los favores recibidos de la familia Morla. Por supuesto apoyó la Constitución de 1812.
Ya en esa época empieza a dar muestras de su agudo espíritu crítico, manifestado en un sentido del humor cáustico, burlón e iconoclasta, que hoy en día se consideraría políticamente incorrectísimo. Como cuenta su amigo Alcalá Galiano, se reía incluso del patriotismo de los españoles, que era entonces cosa sagrada. Es verdad que durante toda su vida, siempre opinó y dijo lo que quiso sin importarle a quien escandalizara. Y probablemente se divirtió mucho con ello. Dado su elevado estatus social, podía permitírselo, pero ello contribuyó a aumentar su fama de extravagante.
Terminada la guerra se instala en Jerez y se casa con una prima suya “de pedigrí intachable y condición mansa y sumisa”, según reconoce el novio cínicamente. Se llamaba Elvira Núñez de Prado. Con ella tuvo cuatro hijos, de cuyas cualidades intelectuales su padre nunca tuvo gran opinión, excepto de una hija llamada Justina a la que prefería y a la que legó su negocio bodeguero.
En 1814 Fernando VII le concede el título de Conde de Villacreces. Más que nada por los méritos de sus antepasados y por la gran influencia de su madre en los círculos dirigentes de ese momento, ya que él tenía 27 años y todavía no había empezado a destacar.
A la larga se destaca como liberal, y acaba exiliado en París como tantos otros. Una vez conseguido el perdón real, vuelve a Jerez y comienza su carrera de hombre de negocios. Fue bodeguero, exportador de vinos y banquero. Y en 1834 funda la Caja de Ahorros, cuyo 175 aniversario ahora celebramos.
Su labor filantrópica es la que resulta más interesante de este personaje, complejo y contradictorio, que viviendo en la llamada "época romántica" carecía básicamente de romanticismo. Se veía a sí mismo como un patricio al estilo romano, -además de una mezcla entre noble español y caballero inglés- y consideraba la obligación de todo patricio bien nacido el ocuparse de los necesitados.
Como persona muy inteligente, y quizás ya desde su vuelta de Inglaterra, debió de comprender que, tras la revolución francesa y problemáticos tiempos subsiguientes, "todo tenía que cambiar para que nada cambie" como pensaba el Príncipe de Salina, protagonista de
El Gatopardo. Ciertamente tenía cosas en común con el personaje de la novela de Lampedusa. No sólo era noble, sureño y escéptico; ambos, curiosamente, eran astrónomos aficionados. De ahí que, aún siendo un hijo privilegiado del Antiguo Régimen, está dispuesto y contribuye a cambiar tantas cosas. Y accede a desprenderse de privilegios no fundamentales, para que la supervivencia de su clase sea posible.
Dada su habilidad y facilidad para los negocios y ganar dinero -a su muerte en 1860, había más que duplicado la fortuna heredada- da la impresión de ser una figura claramente burguesa. Su extravagancia de gran señor, sin embargo, y la impresión que siempre dio de ser más bien un diletante, disperso entre sus muchas aficiones, lo aleja de la mentalidad puramente burguesa. Quizás de sus años ingleses traía el concepto, tan inglés, de que un caballero hace las cosas más por placer que por interés; y de que no resulta elegante parecer que se está ocupado intensa y esforzadamente. El conde criaba sus soleras de vinos de Jerez, cultivaba sus viñas, atendía a su banco de descuento, a la administración de sus fincas, a su consulta médica. Se ocupaba también de su música, de la astronomía, incluso de su café-cantante con biblioteca: "El Café del Conde". Para todo tenía tiempo. Al final de su vida, incluso, como cuenta el padre Coloma, guardaba tiempo para la extravagancia diaria de vestirse de cardenal y, en su berlina colorada, ir a su recreo a darle de comer a las gallinas.
Fue un interesante y tremendo personaje. Complejo y difícil de clasificar. Imposible de imaginar hoy en día, en estos tiempos tan políticamente correctos.
El Conde de Villacreces
Enlaces relacionados:
"...alienum puto"