Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

jueves, 9 de agosto de 2018

Entre líneas y a contracorriente. Bitácora 2008-2018

     Sea vicio o virtud, un sitio en la red termina creando adicción, casi siempre en el autor y a veces en los lectores. El caso es que lo que sigue a estas líneas me anima a continuar escribiendo en esta bitácora. Aunque sólo sea para hacerme merecedor de los inmerecidos elogios que me dirige mi amigo José Antonio Martínez Climent. Juzguen ustedes.


Reseña a Entre líneas y a contracorriente. Bitácora 2008-2018,
de Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón.


                             por José Antonio Martínez Climent



     Lo que hoy nos convoca es la publicación de un libro, asunto (casi) siempre gozoso. Más aún porque además de un libro, resulta que éste es una bitácora. Lo que ha hecho Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, no ha sido escribir ex novo para la ocasión, sino verter su bitácora virtual (es decir, insustancial; no por falta de interés, sino por estar hecha de unos pocos orbitales cuánticos, vacuos como todo lo electrónico por muy llamativo y útil que resulte) en un libro contundente de presencia y elegante de factura, nada insustancial. Y en eso tienen no poco mérito amigos discretos y diligentes, como Shenai Martínez y Chimo Soler, que han participado en la edición con la misma competencia con la que el demiurgo platónico resolvió la hechura de todas las cosas.

     A la sazón. Bitácora es el diario que lleva el marinero y que guarda en la bitácora. Dirán que es paradoja que alguien de tierra adentro escriba una derrota marítima en lugar de un dietario serrano, aunque discrepo: cartas de marino tiene el autor por haber servido en un barco, y no precisamente al modo inconsolable del gaviero Maqroll o con la solitaria amargura de Nemo; diría que antes bien con algo de la finura estilizada y polaca de Conrad, por mucho que Santiago sea andaluz. Y no vean adulación en estas consideraciones personales, pues hoy rige el propósito de probar que, en Tamarón, persona y obra son uno. No dirán que tal rareza en las letras patrias no merece el esfuerzo.

     Bitácora casa con el hábito anotador de quien caminado va viendo el mundo y lo reseña en su cuaderno. Decía George Steiner que anotar es mostrar respeto a lo leído, y uno añade que también a lo vivido, que también es lo navegado. La bitácora bien empernada contiene un compás magnético suspendido mediante un cardán que contrarresta el sincronismo transversal y longitudinal del buque. Ahí es nada. Más aún, en su exterior está la línea de fe, que debe estar ajustada con el centro del barco o línea de crujía. Por si ésta fuera poca lucha contra las seducciones del mundo, que a todo trance buscan desviar el rumbo del navegante, en su interior se colocan imanes para contrarrestar el campo magnético terrestre, fuerza tremebunda, y a ambos costados habrá sendas esferas de hierro dulce para anular la desviación causada por el hierro de la propia nave. Sólo tomando semejantes precauciones estará seguro el capitán de que la aguja náutica señalará en todo momento el Norte magnético.

     El Norte magnético de Tamarón bien podría ser la belleza, y las agujas que la señalan son varias: la erudición sabiamente administrada, una justa reacción, los modales perfectos, una cierta condición de heresiarca comedido, un elegante estoicismo y un sutil pesimismo, de esa especie rara que sólo está en el corazón de las personas de natural alegre. Con tales instrumentos preciosos va componiendo su hoja de servicios y escribiendo su bitácora, que es otra forma de decir “que cumple con su carta de marear”. No busque más el lector en materia de navegación santiaguina, aunque lo hay; con ello tendrá suficiente para ocupar años enteros siguiendo las muchas pistas que sobre lo bello y sus derivaciones va dejando en sus páginas, así como material para fortificar los límites de su propia reacción a un mundo cada vez menos atractivo y más abiertamente hostil a lo singular y a lo cultivado.

     Item más. Como buen liberal reaccionario, Tamarón está dotado para el mirar venatorio que describe Ortega como condición de un pensamiento cabal y como guía en la escritura. Ahí donde lo ven, tan alto y como distraído (y en eso verá alguno el sello british que dicen que lo adorna), yo afirmo que lo ve todo. Ya en cierta ocasión de sobremesa tuvo uno la certeza de que por esos ojillos apuntados y coquetos no cesaba de entrar en ordenada sucesión todo aquello que uno era, todo aquello que uno decía, y hasta lo que callaba por torpeza. El propio orgullo de cazador con los ojos quedó ese día rebajado por el de un cazador más potente. Y como buen venator, el Marqués guarda memoria de todos los rastros, de todas la veredas, de los altos oteaderos, de los aguardos mejores, así como lo hace el gaviero desde el castillete de su palo mayor, descifrando con su vista acostumbrada corrientes, vientos, meteoros, surtidores, remolinos, olas, fosas y puntas de arrecife.

     Quede claro: la bitácora es prerrogativa náutica del capitán. En ella apunta lo extraordinario y lo reglado, todo lo que es de orden para la buena guía del barco. Así hay registros en este grueso cuaderno tripartito que son fuegos de San Telmo por su brillo hermoso y fugaz; los hay irónicos, mas no de esa ironía moderna que antes bien es sarcasmo y crueldad ideológica, sino finura intelectual, mordaz y elegante, puya fatal acertadísima y breve de alto diplomático que da un sorbo a su Martini con ginebra y que con su interdicto acaba de asegurarse la admiración secreta de todas las esposas de la reunión, tanto como el resquemor de sus picajosos maridos. También hay piezas sentidas, como cuando en forma de esquela despide a un amigo que lo fue por cercanía o por admiración de su obra; otros son anécdota, y por ello material de primera clase para el historiador sagaz, no para el estructuralista, miopón irredento; en otros arrecia el carácter, como cuando toca sancionar al pirómano ibérico, especie detestable y consentida. Componen al cabo estas notas y artículos no una frívola collazione de curiosidades eruditas, sino un canon que sólo al corto de miras le parecerá puramente personal, pues sin dejar de serlo tienen virtud escolástica, aire de universitas, sazón de ecumene, todo eso de lo que en mala hora se desprendiera Europa para vaciarse en una cultura progresista tan altiva como pueril que ha reducido el conocimiento a la utilidad, el brillo de la Creación a la luz explosiva del Big Bang, el localismo cosmopolita al nacionalismo, la erudición a la inane curiosidad científica, la literatura a la indignada servidumbre ideológica. Disfrute así el lector de las reflexiones de un capitán calmo, sereno, solitario en su camarote y hasta un poco melancólico (lo justo para que la nostalgia no devenga lacrimante, cual es vicio de mal escritor), y hágase la muy marinera estampa de un don un tanto conrradiano posando para el retrato bajo unas velas bien cazadas, firmes de escota, altivas de porte, desplegadas para recibir el viento.

     Y dígase esto con urgencia: a pesar de la saturación intelectual y exigente que nutre la obra, presentada siempre con un goliardesco toque pagano, no podrá el crítico acusar a este libro de rancio o de plomizo, pues a la fresca densidad erudita de los textos añade el autor la novedad editorial de ofrecer los escolios de quienes en su día leyeron los capítulos en la moderna pantalla de su ordenador, máquina que en verdad dejó de computar hace veinte años para ordenar la vida de todo el orbe. A fe que hay escolios de altura, pues amén de algún distraído bienintencionado, mayormente es gente educada y culta quien anota los textos.

     Siendo así amena, y esta es la pega que le encuentro al libro, la lectura de Entre líneas y a contracorriente deja a su comprador del todo insatisfecho, como los cigarrillos a Oscar Wilde, porque después de leer sus 1.400 páginas nos queda la clara impresión de que lo que Tamarón ha dejado fuera es mucho más de lo que ha escrito. Quizá sea éste talento de escritor de fuste; apuntar al vuelo de un mirlo, a la forma de una nube, a una debilidad conceptual en Hegel, dar en la diana como distraído, y dejar así la certidumbre de que nos encontramos ante un formidable tirador que por modestia y por modales no desea exhibir toda su potencia de fuego. En esto se diferencia Tamarón del ensayista moderno, que descarga en dos párrafos o en dos páginas todo aquello de lo que es capaz en punto a intelecto y reservas de pólvora, cayendo sin darse cuenta en el fondo oscuro del peor estilo, presa de soberano engolamiento. Y esto hila con esto otro que ahora digo. No sé dónde leí, o sí lo sé pero lo callo, que Santiago de Mora-Figueroa era un cínico y un mal diplomático, y por ende un mal escritor, porque se entregaba con demasiada propensión al estilo y no tanto a la función. ¡Qué craso error de juicio! ¡Qué escasez y qué cortedad! “¡Qué melonar!”, que decía Baroja. Inazō Nitobe, japonés de temple british y diplomático al servicio del Sol Naciente allá por el cambio del pasado siglo, tuvo el acierto de cifrar, también en un bello libro, que la virtud diplomática coincide con la del buen escritor, y que ésta no es otra que acumular fuerza en la santabárbara del estilo. Una alta hechura administrada con soberana contención y deliberada reserva no sólo ahorra dispendios bélicos sino que predispone al enemigo (y, desengáñense; el lector es el enemigo jurado de todo libro) a moderar su ímpetu atacante ante la sospecha de que lo que hay tras la apostura es una vis aniquiladora en todo superior a la propia. El estilo deviene así una economía de fuerzas, un ahorro de moneda, acumulación de un capital que en cuestión diplomática, y por ende en la escritura, no es otro que dignidad. Un hombre digno es un hombre poderoso. Un libro de alto estilo es pura potencia contenida, y Rilke ya lo dijo, que aquello que es más potente podría hacernos perecer por su mero existir.

     Mas descuide el lector de esta reseña. La lectura de Entre líneas y a contracorriente no producirá más bajas que las debidas al prejuicio contra el estilo tan propio de estos tiempos. No sé si causará más filiaciones a los altos motivos que en él se tratan (desde la pertinencia de una rima hasta el incendio devastador; de la virtud de la polifonía a la separación entre cursilería y paletez), pero afirmo que ante la sosa gravitas que lastra a los escritores de hoy, leer a Tamarón supone un alivio de primer orden, lustración tras la ardua jornada en un mundo decantado hacia la fealdad, escorado e incapaz de navegar de bolina cuando el viento no caza las velas. Digo alivio a conciencia, no por componer una figura retórica: toda belleza consuela, y dado que nadie en la República de las Letras Españolas (que paradójicamente componen la suma de esos monarcas absolutos que son los escritores) la desea en su obra por no verse acusado de elitista, celebremos la publicación de este libro por lo que és: un codex pulchritudinis.

     Sí; hay en él un cierto ánimo escurialense, un hábito benedictino, una propensión de cartuja, un humor jerónimo, un deseo de claustro y a la vez un soberano alabar las maravillas materiales extramuros que, salvo para el marxista irredento, también son las del espíritu. No vean aquí herejía ni mucho menos panteísmo. Uno cree que se puede ser pagano siendo cristiano; en confidencia, diría que es algo natural. Por eso, a modo de ensueño literario, componiendo un cuadro entre realista y de Tiziano que nace desde hondo, a veces se imagina uno en lo borroso de una siesta al Marqués de Tamarón departiendo con ese otro formidable cazador que fue Nicolás Gómez Dávila. Están ambos al fondo, de pie, apoyados en un carro tirado por bestias y, delante, hombres con armas preparan y mueven bultos pesados, animados por los preparativos de la columna. Pronto lo sabemos: es la expedición de caza con la que concluye uno de los mejores libros que leerse puedan; Eumeswil, de Ernst Jünger. El hechizo de la inminente partida ha ensanchado el mundo. El sol brilla en el cenit de un cielo claro, la brisa sacude las camisas entreabiertas y las banderolas del campamento que se levanta. Dávila y Tamarón conversan animadamente, de vez en cuando dan alguna orden que se cumple de inmediato y con vigor. Lían una picadura mordiente, alzan la mano de visera, secan el ligero calor del medio día que humedece las frentes. Si pudiéramos oírles, pero no podemos,  sabríamos que mientan la abundancia de tal o cual planta ruderal vista en el margen de la senda; que inscrito en el vuelo alto del milano hay una promesa de calor y de carroñas; acotan ahora a Heidegger, que no podía ser tan nihilista como presumía de serlo si vivía en un gran bosque, y de seguidas matizan una rima gongorina con un asonante inédito y feliz. Y así nos alejamos, pues la hora de nuestra expedición todavía no ha llegado. Hemos de partir, más no es nuestra hora de cazar. Para no olvidar la forma de la felicidad futura volvemos la vista, pero ya no los vemos, mezclados entre sus hombres fieles. Quién sabe si un día seremos nosotros tan altivos monteros, o tan afortunados peones.

     Fdo:
     José Antonio Martínez Climent
     A 5 de Abril de 2018
     en Alicante.

(Publicado en








Contracubierta



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lunes, 12 de febrero de 2018

Tomás Harris


     De nuevo reanudo esta bitácora, cuando está a punto de ir a la imprenta, por haber recibido este interesante comentario de alguien que lleva años intentando comprender la personalidad y las intenciones de Tomás Harris, sobre quien queda mucho por dilucidar. No rechazo comentarios, pero aparecerán después de que el texto que a continuación se muestra haya aparecido también en la versión en papel de esta bitácora, 2008-2018. 


MIS RECUERDOS SOBRE TOMÁS HARRIS
Por Sebel.lí


     Era joven e impresionable la primera vez que vi a Tomás, nuestro nuevo vecino; quizás por ello, con infantil curiosidad trataba de averiguar y saber más sobre aquel extranjero amable y cercano, “el inglés” para los vecinos de Camp de Mar, que acababa de instalarse en nuestra pequeña sociedad. A mis nueve años y con mucho tiempo libre tras la escuela, seguía los pasos de mi pintoresco vecino que, aunque retirado, recibía muchas visitas de extranjeros, lo que llamaba indudablemente la atención de la provinciana sociedad mallorquina de la época.

     Tomás pasaba horas enteras junto al mar, estudiando los mil colores que la luz mediterránea adoptaba. Algunas tardes se dejaba caer por nuestra casa, y pasaba un buen rato con mi padre, con quien siempre mantenía largas conversaciones. Era un hombre de amplia cultura y fino sentido del humor a quien mis padres apreciaban. No eran sólo ellos, sino que otras familias como los Enseñat o el dibujante José Bover, el doctor Mestre y  nuestro cura párroco de Andratx lo apreciaban y poco a poco fue haciéndose un hueco en nuestra pequeña sociedad. Tomás era muy niñero y muchas tardes, cuando veía que me asomaba por la puerta del despacho de mi padre sonreía y me invitaba a pasar y quedarme un rato junto a ellos,  escuchando así sus anécdotas sobre Londres o sus reflexiones sobre el último cuadro que estaba pintando. Era admirador de Van Gogh, pintor menos valorado en aquella época y a quien empecé a apreciar a raíz de sus explicaciones. También era un gran conocedor de Goya, llegando a elaborar un detallado Catálogo de sus grabados.

     Había ocasiones en que distanciaba sus visitas lo que coincidía invariablemente con la llegada de sus invitados, normalmente otros “ingleses”, en el decir de aquella época, que llegaban en barco a Palma y en automóvil hasta casa de Tomás provocando el correspondiente revuelo en aquellos años en que coches y combustible escaseaban. No puedo recordar mucho más de sus visitantes, pues en aquellas ocasiones Tomás, contrariamente a su carácter abierto y extrovertido, se mostraba huidizo y distante, tratando de evitar el contacto con los locales.

     Por lo demás, era un excelente y pródigo anfitrión, un destacado pintor y una presencia constante en mis recuerdos de la infancia.

     Años después, por azares de la vida, acabé destinado en Londres, y por casualidad acabé instalándome a pocas manzanas de Chesterfield Gardens, en la que había sido su casa en pleno Mayfair. Eran los años en que en el Parlamento, un 15 de noviembre de 1979, la primera ministra británica, Margaret Thatcher, desvelaba solemnemente la identidad del “cuarto hombre” de la red de espionaje al servicio de la Unión Soviética que se conocía como círculo de Cambridge: era nada menos que Sir Anthony Blunt, prestigioso historiador del arte, asesor de la Reina en este campo y uno de los más reputados miembros de la elite intelectual. A raíz de ese hecho, que conmocionó a la sociedad británica, mi memoria volvió hacia atrás y, casualidad o no, los recuerdos ligados a mi vecino Tomás volvían una y otra vez a mi mente.

     Fue entonces cuando, tras leer numerosas noticias y participar en numerosos debates sobre qué había llevado a un personaje como Blunt, investigador y erudito, profesor reconocido internacionalmente, hombre de gustos selectos y modales exquisitos, a embarcarse en aquella aventura y, por decirlo en los crudos términos de la prensa tabloide, a “traicionar a su patria”, decidí investigar más profundamente si había algo de cierto en los rumores que comenzaban a apuntar a Tomás como otro de los traidores a la Patria. 

     Había tenido oportunidad de charlar brevemente con Sir Anthony unos años antes, en 1975, durante la inauguración de la exposición de la obra de Tomás en el Courtauld Institute of Art, institución que entonces él dirigía con gran éxito. En aquella breve conversación y tras saber que yo era mallorquín, dejó caer su pesar sobre la muerte de Tomás, aquel desgraciado accidente que, según él, había sido causado por el mal genio de Hilda, su esposa, y sus continuas discusiones.

     Puede parecer extraño, pero a partir de ese breve encuentro se despertó de nuevo mi curiosidad por Tomás Harris, y decidí tratar por mi cuenta de averiguar si los rumores que apuntaban a mi vecino Tomás como espía de la red de Cambridge, que algunos sospechaban que contaba hasta con ocho miembros, carecían o no de fundamento. Para ello, aparte de la lectura de autores como Miranda Carter, Ben Macintyre o Peter Wright, he pasado horas en los archivos ingleses de Kew, siéndome de gran ayuda mi hija mayor, que pese a trabajar en la City siempre está dispuesta a acompañar a su padre y, a pesar de las críticas de mi esposa, dedicar parte de su fin de semana a los archivos, a ordenar mis notas o a ilustrarme sobre el uso de internet.

     Ofrezco ahora al lector, aprovechando la amabilidad de un amigo que me acoge en su bitácora, un breve resumen del resultado de mis lecturas y mis conclusiones, basadas en numerosos indicios, pero recordando al mismo tiempo lo que afirmaba Alfonso X el Sabio en las Partidas: "E aún hay otra manera de prouar, a que llaman presumpción: que quiere tanto dezir como grand sospecha", y que como estudiábamos en los ya lejanos tiempos de la Universidad, configura una categoría intermedia entre la prueba legal y la libre convicción. Sin la excesiva rigidez de la primera y sin la excesiva incertidumbre de la última...

*          *          *

     Las primeras sospechas sobre el papel desempeñado por Tomás Harris afloran en 1964. Hasta entonces en el mundillo del gobierno y los servicios secretos, su hoja de servicios era irreprochable, siendo el responsable de la Operación Fortitude que, con gran éxito, consiguió, a través del famoso espía Garbo, crear confusión en los mandos alemanes facilitando el éxito del desembarco aliado en Normandía. En agradecimiento por sus servicios, Tomás fue condecorado con la Orden del Imperio Británico por el rey Jorge VI por sus servicios al Reino Unido.

     Sin embargo, su impoluta hoja de servicios se vio cuestionada a partir de las informaciones transmitidas por el ruso Anatoli Golitsyn tras su deserción en 1961, en las que se apuntaba a la existencia de varios topos en el seno de los servicios secretos británicos. En marzo de 1962, Arthur Martin, jefe de la Sección D1 del MI5, entrevistó a Golitsyn. Golitsyn afirmó que Kim Philby, Donald Maclean y Guy Burgess eran miembros de un Ring of Five con base en Gran Bretaña, estrechando así el círculo en torno a Philby, sobre el que se cernían las sospechas desde la huida a Moscú en 1951 de Guy Burgess y Donald Maclean. Una vez que Philby dejó el servicio secreto, su primer destino fue España y, en concreto Mallorca, donde fue acogido por su buen amigo Tomás.

     Una antigua amiga de Philby, Flora Solomon, desaprobaba lo que ella consideraba los artículos pro-árabes de Philby en The Observer. En agosto de 1962, durante una recepción en el Instituto Weizmann, le dijo a Victor Rothschild, que había trabajado con el MI6 durante la Segunda Guerra Mundial y que tenía estrechas relaciones con el Mossad, el servicio de inteligencia israelí: "¿Cómo es que The Observer emplea a un hombre como Kim? ¿No sabe que es comunista? Luego pasó a decirle a Rothschild que sospechaba que Philby y su amigo, Tomas Harris, habían sido agentes soviéticos desde la década de 1930; en sus propias palabras: "Esos dos eran tan amigos que siempre tuve la intuición de que había algo más".

     Lo indudable es que la relación entre Tomás y Philby era más que estrecha. Philby cuenta en sus memorias cómo fue Tomás Harris quien costeó la educación de uno de sus hijos; también fue Harris quien lo introdujo en el mundo de los servicios secretos. Y es Tomás quien acude junto a Philby a ver al MI5 el 30 de mayo de 1951, tras la huida de Burgess y Maclean, como recoge un testimonio incluido en el expediente de Philby, abierto recientemente al público en los archivos de Kew, a los que hice numerosas excursiones y que curiosamente omiten varios de los biógrafos del Círculo de Cambridge.

     Philby jamás ocultó su admiración por Tomás, que casualmente había fallecido en 1964, días antes de su interrogatorio, como se relata en varias páginas de internet en que se deja entrever la “oportunidad” del accidente que le arrebató la vida, justo en el momento en que las sospechas sobre su relación con Kim Philby y las dudas que lo rodeaban comenzaban a crecer exponencialmente.

     En el curso de mi investigación topé con una cuestión apenas tratada y que, a mi juicio, reviste extraordinaria gravedad, teniendo en cuenta el carácter de mecenas que algunos han atribuido a Tomás.

     Fue mi hija la que encontró un artículo, hoy desaparecido, publicado en el National Post del Canadá el 14 de diciembre de 2000. En él, su autora Isabel Vincent es la primera persona en descubrir el nexo real que une a Blunt con Harris. A partir de sus artículos, la catarata de trapicheos, falsificaciones y negocios oscuros que ha desatado la revisión de los negocios de Harris y Blunt ha sido continua.

     En la época del apogeo de los voraces coleccionistas de arte de finales del siglo XIX y principios del XX, el agudo olfato de Lionel Harris, padre de Tomás, lo llevó a fundar, primero en Madrid y luego en Londres, la “Spanish Art Gallery”, galería especializada en arte español donde también recalaron,entre otras piezas, dos tablas góticas del retablo de San Martín de Riglos, una tabla del retablo mayor del monasterio de Sijena y dos pinturas atribuidas al Maestro de Torralba.

     Como explica su sobrino José Antonio Buces, la verdadera vocación de Tomás fue la pintura, pero su padre insistía en que de eso no podía vivir y que se tenía que dedicar al negocio de las antigüedades, y así se inició de manera precoz como galerista, primero con un negocio propio y después asumiendo con gran éxito las riendas de la “Spanish Art Gallery”.

     Isabel Vincent relata, en un artículo publicado en el National Post del Canadá el 14 de diciembre de 2000, cómo Harris vendió a la National Gallery de Ottawa diversas obras, unas veces con la colaboración de Blunt y otras sin ella. Hizo varios viajes a España durante la Guerra Civil y, supuestamente, se benefició del arte expoliado por los soviéticos. Las obras de arte se robaron de monasterios, museos y galerías y fueron vendidas a una red de marchantes de Londres, Bruselas y París. Los beneficios fueron al ejército soviético para financiar su ayuda a los republicanos españoles [1]. He llegado incluso a encontrar en internet un catálogo sobre obras de procedencia dudosa o ilícita con las que traficó la familia [2].

     Las denuncias de Isabel Vincent venían a sumarse a las declaraciones hechas años antes por el falsificador de pinturas Eric Hebborn, amigo de Blunt y de su pareja y heredero John Gaskin, que ponían en evidencia que Blunt era conocedor de las falsificaciones. Hebborn murió asesinado en Roma en 1996, y aún se está investigando el alcance del engaño y a través de qué galerías llegaron las falsificaciones a los museos de medio mundo. Otro medio de comunicación canadiense, The Telegraph, continuó devanando los hilos de la madeja y publicó en febrero de 2001 un interesante artículo. En 2006 Eric Frattini en su obra “MI6: Historia de la Firma”, sostiene y se hace eco de las investigaciones posteriores, que demuestran cómo la obra con la que comerciaba mi antiguo vecino Tomás procedía del expolio que llevaron a cabo los republicanos durante nuestra guerra civil. Queda también por aclarar el papel de su hermana Enriqueta Harris, íntima colaboradora de Blunt [3].

*           *           *

     Mientras iba compilando artículos de prensa y haciendo anotaciones al margen de mis libros, una pregunta volvía una y otra vez a mi mente: ¿Qué hubiera pasado si Tomás no hubiera encontrado la muerte en su coche camino de Palma? ¿Qué resultados habría arrojado su interrogatorio? ¿Hubiera acabado sus días en Moscú acompañando a su íntimo amigo Kim Philby? ¿Qué de cierto hay en las acusaciones sobre el robo de las obras de arte? En su caso, ¿financiaba así Tomás a la red de sus amigos de Cambridge? ¿Merece Tomás ser recordado como mecenas y gran galerista o como un vulgar expoliador de nuestros tesoros artísticos?

     Como me responde siempre mi hija, cuando muchos domingos en la sobremesa vuelvo a plantear estas y otras preguntas, podemos especular hasta el infinito y nunca lo sabremos con absoluta certeza pero, lo que es indudable y está demostrado con hechos, es que Tomás tenía lazos estrechos no sólo con Kim Philby, sino también con Anthony Blunt. Aunque siempre en un segundo plano, cada vez que aparecen Philby o Blunt la sombra de Tomás está allí. El hecho de que el accidente, que tan oportunamente evitó que fuera interrogado, tuviera lugar en un tramo de carretera con muy buena visibilidad y que Hilda resultara ilesa, tampoco contribuye a que su muerte parezca inocente, recordando la oportuna desaparición temporal de su agente Pujol en Venezuela, en la que él tomó parte.

     Quizás algún día, cuando se desvelen nuevos documentos clasificados, mi hija, fiel a su promesa, encuentre respuestas a estas y a las demás preguntas. Entre tanto, invito al lector a que navegue en internet, lea y trate de sacar sus propias conclusiones.

__________________________

     [1] La periodista de investigación Isabel Vincent es muy clara en este punto: “At least one of his contacts, Tomas Harris, is suspected of having dealt in art looted from Spain by the Soviet-backed republican side during Spanish Civil War from 1936 to 1939 […] Harris made several trips to Spain during the civil war and allegedly profited from the sale of art looted by Soviet-backed troops. […] The profits went to the Soviet army to finance its aid to the Spanish republicans”.

     [2] Entre otras destacan en 1937 en plena Guerra Civil española, la venta a la National Gallery de Ottawa de un cuadro de un pintor español, Jusepe Leonardo, titulado “San Juan Bautista”. Según los registros de la National Gallery, la pintura estaba en una colección privada en Inglaterra, cuyo nombre no consta, antes de ser adquirida por Harris. Antes de esto hay una laguna de más de 40 años. Los registros de propiedad más antiguos del museo muestran que el San Juan Bautista estaba en posesión del Conde Pedro Daupias en Lisboa, a principios de siglo.
     Por consejo de Blunt, la misma National Gallery de Ottawa compró “Augusto y Cleopatra” en 1953. Por aquel entonces el cuadro se le atribuía al pintor francés Nicolas Poussin. Blunt, un experto en Poussin de fama mundial, ayudó a que el museo adquiriera la pintura por 500 libras en la Spanish Art Gallery de Harris en Londres. La procedencia bastante imprecisa de la obra indica que Harris la adquirió en 1938; antes había estado en una colección privada en Gran Bretaña cuyo nombre no consta.
     Blunt también aconsejó a la National Gallery para que comprara “Abraham y los tres ángeles”, obra pintada en el siglo XVII por Murillo. Aunque esta pintura no fue adquirida a través de Harris en Londres, también tiene una procedencia dudosa. El cuadro, encargado para adornar un hospital en la ciudad natal de Murillo, Sevilla, fue robado por las tropas napoleónicas durante sus saqueos en Europa.
     El catálogo detallado se puede encontrar en el siguiente enlace:

     [3] Jimmy Burns Marañón en su obra “Papá espía” relata el fuerte rechazo de Enriqueta a comentar sus actividades y las de su hermano. “Enriqueta también negó que su hermano Tomás fuera un espía ruso, en contra de lo que afirmaban algunos expertos en los servicios de inteligencia. Más adelante me di cuenta de que no le había preguntado por su hermano cuando mencionó su nombre al hablar de los tres de Cambridge”. Ante su reacción, hay quien podría recordar el viejo aforismo romano “excusatio non petita, accusatio manifesta”.


                                                                                                        Sebel.lí


viernes, 17 de marzo de 2017

Don Javier de Mora-Figueroa (1941-2017)


El Teniente de Navío Rector del Santuario de Torreciudad



     ― Consigues compaginar la virtud de la resignación cristiana, propia de un sacerdote, con la virtud pagana del estoicismo, propia de un militar.
     ― Hombre, yo creo que son compatibles― contestó Don Javier, ya muy enfermo, con una media sonrisa.

     Don Javier en la Iglesia, el Teniente de Navío Mora-Figueroa en la Marina, Javier para casi todos sus compañeros en ambos oficios, era un hombre de fe y principios muy firmes. Pidió la admisión en el Opus Dei en 1962 y fue ordenado sacerdote en 1981. Su temperamento era tan recto en su vertiente de viejo militar como en la de viejo cura, palabra que él no rehuía, tal vez porque la cura de almas, el cuidarlas o el sanarlas, le parecía la misma cosa que el don sacro del sacerdote.

     Por eso desempeñó con tanta entrega y tanto acierto el cargo de Rector del Santuario de Torreciudad. Lo ejerció durante diecisiete años, desde 1998 hasta 2015, cuando ya estaba muy afectado por el cáncer. Disfrutaba cada momento de ese trabajo.

     ― Torreciudad es como un barco. Me gusta ocuparme de la navegación, de la intendencia, del personal, de las visitas.

     Y lo hacía. Paseaba y hablaba con todo el mundo en la gran explanada y en los soportales, en la iglesia y en las capillas, preguntando o dando órdenes a propios y extraños, habitantes y peregrinos. Hacía siempre lo que le gustaba, porque le gustaba todo lo que tenía que hacer.

     Le gustaba la música e hizo que en Torreciudad la música sacra fuese una actividad importante de la vida espiritual del santuario. Reconocía que la Via Pulchritudinis hacia Dios no había sido bastante explorada durante los tiempos recientes. Ante la pregunta de por qué Juan Sebastián Bach no ha sido canonizado por la Iglesia Católica, se quedaba pensativo y no alegaba ninguna de las razones habituales, de tan poco fundamento.

     Se recreaba en diversas lecturas, desde las novelas policiacas hasta la poesía religiosa de John Donne. Por este último sentía ternura y admiración, sobre todo por sus poemas a la Virgen María.

     ―Pero Javier, si Donne saqueó Cádiz y fue un apóstata y delator de católicos. Era un canalla, ¿no?
     ― Sí, pero algo más…

     Conocía bien la obra y la vida de algunos de los principales escritores ingleses católicos, conversos o no, muchos de ellos del grupo de Chesterton, Tolkien y C. S. Lewis. Publicó en Scripta de Maria ensayos sobre Donne, Chesterton y también sobre el Cardenal Newman. Le interesó mucho descubrir el largo ensayo titulado Enthusiasm, de Monseñor Knox, tan ortodoxo en su catolicismo como desconfiado de los excesos entusiásticos de la Iglesia primitiva y de las herejías del siglo XVI y XVII. Y le fascinó el cuento de Kipling On the gate donde aparece San Ignacio de Loyola (“an officer and gentleman”) luchando para arrancar al Demonio el alma de los traidores muertos en los combates de la I Guerra Mundial.

Santiago de Mora-Figueroa,
Marqués de Tamarón


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PD: Lo que antecede es exactamente lo que envié al ABC ayer 16 de Marzo. Pero hoy apareció publicado con varios cambios, entre otros el retrato de Don Javier de Mora-Figueroa. Así es que he decidido, en recuerdo de mi amigo, primo y compañero, reactivar esta bitácora excepcionalmente. Me parece lo adecuado, tratándose de una bitácora y de un marino.

Enlaces relacionados:
Botones de muestra (XXIX): Javier de Mora-Figueroa
Botones de muestra (XV): Maurice Baring y Javier de Mora-Figueroa

domingo, 5 de febrero de 2017

Hasta pronto


     Esta bitácora, que pronto cumplirá nueve años, va a quedar en reposo durante unos meses. Pretendo dedicar ese tiempo a escribir un libro ya empezado pero que requiere dedicación exclusiva. Más que exclusividad en el tiempo lo que busco es concentrar la atención en ese empeño literario, probablemente el último de mi vida. Éste es el momento de abordarlo, por dos motivos. El primero porque a los 75 años es temerario confiar en que durará una cierta capacidad intelectual. El segundo porque el día 27 de Enero de este año de 2017, a petición propia, cesé por Real Decreto en mi último puesto diplomático, Embajador de España para la Diplomacia Cultural. Este último trabajo no era agobiante, pero sí me siento ahora más libre para decir lo que pienso e incluso pensar lo que digo.

     Así pues celebraré el comienzo de mi nueva vida -no tan nueva- agradeciendo a todos mis compañeros de oficio y a todos mis amigos el haber soportado mis manías. Y me permito reiterar una de esas manías, la exigencia de concisión en los textos, profesionales o no. Aprendí mucho de mis primeros jefes, hace medio siglo en una embajada perdida en el desierto. Allí los mensajes se cifraban todavía con métodos rudimentarios; en especial las circulares, con sus interminables sumas -¿o eran restas?- de grupos de cinco números, seguidas de la consulta del diccionario especial. Los viejos diplomáticos habían aprendido de jóvenes a redactar con brevedad y laconismo, lo que ahorraba tiempo al cifrar, al descifrar y al leer el mensaje. Y casi siempre el estilo conciso hacía más comprensible la información.

     Obsérvese por ejemplo como Winston Churchill, Primer Ministro británico en el otoño más sombrío de la historia de su país, razonaba en esta carta, del 17 de Octubre de 1940, a Lord Halifax, su Ministro de Negocios Extranjeros, ordenando que los diplomáticos en el extranjero fuesen breves en sus telegramas en aras del trabajo en los departamentos de cifra y de los que tenían que leer sus mensajes:

El número y la longitud de los mensajes enviados por un diplomático no dan la medida de su eficacia.
Perdona este grito de dolor.
Tuyo muy sinceramente, 
Winston S. Churchill

Carta de Churchill a Halifax (PREM 11/1374, Prime Minister's Office, National Archives, GB)

     He intentado en esta página no ser prolijo -una bitácora nunca lo es- y espero que me sirva de entrenamiento para tampoco serlo en mi próximo libro.

     Mientras tanto dejaré descansar a los lectores que busquen novedades, aunque siempre podrán leer o releer lo ya publicado. Pero no publicaré nuevos comentarios. Todo ello sin perjuicio de alguna nueva y ocasional entrada, abierta a ulterior discusión.

     En fin, adiós. O si prefieren algo más pagano y menos tajante,

     agur

     Santiago

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo

 
La Adoración de los Magos.
Maíno (1581-1649)
Museo del Prado

- Dígame, Rey Mago,
quién lo trajo aquí.
- De mi torre pina,
estrella que vi.
- Y a ti, pastorcillo,
¿quién te lo anunciaba?
- Por mis soledades,
Un Ángel pasaba...
Escribas cerraron
puertas y ventanas.
Huyen mercaderes
de visiones vanas.
Para calar pronto
si viene el Señor,
cuídate ser Mago
si no eres Pastor.

Eugenio d'Ors (1882-1954)

La Adoración de los Pastores.
Maíno (1581-1649)
Museo del Prado

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Botones de muestra (XXXIII)


Prólogo a
  Vida y embajadas de Girolamo Farnese, Veneciano
Novela de José Antonio Martínez-Climent

     Todas las colecciones de clásicos cometen un error fatal. Ponen prólogos a los libros. Y los prólogos destripan el contenido de la obra, inevitablemente. Me refiero, claro está, a las novelas. Es sabido que la diferencia entre una tragedia griega y una novela policiaca – y todas las novelas son policiacas – es que la fuerza de la primera estriba en que el espectador se sobrecoge viendo acercarse el terrible desenlace, de sobra conocido por todos, y ahí se produce la catarsis. La fuerza de la segunda consiste en que no sabemos hasta el final quién es el asesino. Así es que el riesgo del destripe -hoy llamado spoiler por los exquisitos- tan sólo se evita escribiendo un epílogo en lugar del prólogo. Es trampa deleznable recurrir a cambiar de nombre el prólogo creyendo que con llamarlo prefacio o introducción todo vale. Y es imposibilidad editorial moderna escribir un epílogo; el último que logró el doblete fue Ortega en La rebelión de las masas con su Prólogo para franceses y su Epílogo para ingleses.

     Pues bien, Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano, tiene una trama, muy sólida y muy rica, tal vez resistente al destripe, pero no quiero privar al lector del pleno disfrute de esta insólita narración.

     No se trata de una utopía. Al contrario, la acción se ubica inequívocamente en Venecia, siempre presente aun cuando muchos episodios tengan lugar en el resto del mundo. Sí tiene mucho de ucronía. El punto en el que se apoya la trama es la subsistencia hasta nuestros días de la Serenísima República de Venecia. Decadente, venida a menos, “Venecia agoniza sin un Dux histérico de oro y poder que renueve el aire con sus comercios y sus dispendios”. Por eso la novela termina –y no destripo, se lo juro- con gallardía, así: “Somos embajadores del arte de morir entre el lujo y el esplendor que nos presta nuestra ciudad, que huele a pescado muerto y brilla con el fuego de mil láminas de pan de oro”.

     Pero aparte de esa espléndida reliquia histórica contrafactual, el resto de los escenarios en el tiempo y en el espacio donde transcurre la acción de Vida y embajadas... es el propio de los años presentes. No está colocado en un futuro de pesadilla sorprendente como el 1984 de George Orwell o el Mundo feliz de Aldous Huxley. Los lugares donde se desarrollan las peripecias –que son muchas y sabrosas- ilustran casi todos la atracción mutua entre la Europa brumosa y la Europa mediterránea donde “florece el limonero”. Esa Europa meridional, a menudo italiana, que Goethe ansiaba y Freud, el charlatán de Viena, que diría Nabokov, temía hasta el punto de sufrir de una fobia peculiar cada vez que llegaba al Paso del Brennero, se supone que debida a la aproximación a la Roma eterna.

     Esta novela, como la anterior del mismo autor, La tierra del grajo, presenta un mosaico deslumbrante de paisajes que van de lo arcádico a lo desértico, del sol de justicia a las negras nubes. Los describe con la precisión del biólogo que es y del poeta que también lleva dentro. Nada aviva tanto el ritmo narrativo como una descripción fuerte y cortante del paisaje, igual que nada amortigua la narración tanto como la pintura pobre y premiosa del escenario. José Antonio Martínez Climent claramente consigue lo primero y hace buena en su caso la opinión tan discutible de Unamuno cuando aseguraba que  el paisaje no tenía por qué figurar en las novelas más que si desempeñaba un papel tan relevante como el de cualquier personaje humano. En esta novela los paisajes tanto terrestres como marítimos, nocturnos, diurnos o crepusculares, urbanos o agrestes, están vivos. Son atractivos o inquietantes, hermosos y apacibles pero con espíritus escondidos no del todo tranquilos.

     Por esos páramos y huertas, salones y muelles, campos de batalla y alcobas (“a batallas de amor, campo de pluma”),  cancillerías y tabancos, deambulan y se afanan cientos de personajes, a veces burilados con cuatro trazos, otras con cuatro páginas y siempre con destreza. Esa muchedumbre compuesta de individuos con fuerte personalidad recuerda a veces las legiones variopintas de personajes de Cunqueiro. El propio autor cree que se trata de una fantasmagoría, y es posible que esa fuera su intención al poblar las páginas de tan numeroso elenco, pero en realidad creó una plétora de actores muy diversos y muy definidos. Tal vez el autor piensa que la obra que representan es fantasmagórica puesto que el mundo que a él –y por cierto también al lector- cautiva es un mundo agonizante aunque con los brillos de viejos esmaltes y pan de oro.

     En todo caso al releer Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano, me vino a la mente no sé por qué una duda sobre si le serían aplicables los versos de Oliver Goldsmith en su poema El viajero:

          How small, of all that human hearts endure,
          That part which laws or kings can cause or cure!

          “¡Cuán poco, de cuanto el humano corazón soporta,
          lo causan o curan leyes o reyes!”

     Puede que sí, pese a que desde la Revolución Francesa estas palabras escritas por Goldsmith 25 años antes, en 1764, dejaron de ser ciertas. Y desde luego tampoco respondieron en el siglo anterior a los feroces destrozos de la Guerra de los Treinta Años. Pero lo que llama la atención en la obra de Martínez Climent es que configura un mundo donde, pese a estar situado en la época cataclísmica del siglo XX, tienen más realidad la naturaleza y las pasiones humanas que las catástrofes históricas o sociales. Claro que incluso eso tiene una excepción fundamental: por debajo de la acción en esta novela y en la anterior se extiende el lago subterráneo de la añoranza triste de quien sabe que el mundo es cada día más feo, más mezquino y más hipócrita.

     La otra asociación sin mayor fundamento, puesto que aún no he tenido el gusto de conocer en persona a José Antonio Martínez Climent, es su talante literario y quizás humano tan parecido al de Robert Louis Stevenson. Compruebo que nuestro autor es, como Stevenson, un teller of tales, un contador de cuentos nato, capaz de cautivar a un corro de polinesios que no entendían el inglés pero apodaron a su ilustre huesped Tusitala, que en lengua samoana quiere decir precisamente eso, cuentacuentos. O, si eso nos parece poco, rapsoda. Por todo ello me perdonará José Antonio que haga algo impropio de un andaluz. Le aconsejo que disponga –eso sí, para dentro de medio siglo- su epitafio, calcado del que redactó Stevenson y está en su tumba en Samoa, donde murió en 1894:

          Here he lies where he longed to be
          Home is the sailor, home from sea
          And the hunter home from the hill.

          “Aquí yace donde ansiaba estar
          A casa volvió el navegante, volvió de la mar
          Y el cazador volvió del monte.”

     Y mientras tanto le pido que siga escribiendo sobre otras vidas y embajadas y glorias y miserias de un mundo donde se van apagando muchas luces, como ocurrió en la noche del 4 de Agosto de 1914, tal como observó desde la terraza de su Foreign Office el propio ministro británico, Sir Edward Grey. Era un liberal y perdió sus ilusiones al atardecer de ese día fatídico.

El Marqués de Tamarón













Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano
José Antonio Martínez-Climent
Editorial Verbum
Madrid, 2016

Enlaces relacionados:
Portentos y presagios de la fenología
Botones de Muestra XXX: La tierra del grajo

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Habrá menos liberalismo y más democracia

Cuando esta madrugada llegó desde Nueva York al Otro Mundo la noticia del día —¿O del siglo? ¿O del milenio? — hay que suponer que Don José Ortega y Gasset miró con melancolía a Aristóteles y le murmuró:

  No es esto, no es esto.

A lo que el griego contestó con sequedad:

  Ya os lo decía yo.

Es posible que San Alcuino terciase:

  Nunca pensé que en siglos venideros mi frase Vox populi vox Dei cayese en manos de letrados tan torpes, tan carentes de ironía que tomasen esas palabras al pie de la letra. Carlomagno bien que lo entendió.

El caso es que al comprender la decisión del pueblo de los Estados Unidos de América, que ungió contra todo vaticinio a su futuro presidente, recordé una intervención que me encargaron en la Universidad Menéndez Pelayo en Santander, hace algo más de un año. Se trataba de contestar a la pregunta: “Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?”.

A continuación reproduzco mi contestación, tal como apareció en la Nueva Revista, número 156 (2015).



 HABRÁ MENOS LIBERALISMO Y MÁS DEMOCRACIA

La primera responsabilidad es de la pregunta que se hace, quien responda por derecho entra ya con el paso marcado, y más en materia de ideologías. El seminario de la revista planteó a sus invitados la cuestión del más y el menos del porvenir liberal, a lo cual, y por deferencia, Tamarón mal podía hacer otra cosa que aclararla con el clásico en la mano.
   
      Entiendo que el título de la sesión de esta mañana del 4 de Septiembre La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015— coincide con el del curso que nos reúne Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?— y que los dos se aclaran y refuerzan mutuamente.

      Pues bien, ambos descansan sobre una pregunta, no del todo retórica y menos aún profética, puesto que las preguntas nunca son proféticas aunque las contestaciones a veces lo sean.

      La pregunta sobre si habrá más o menos liberalismo después del presente año de 2015 nos obliga a hacernos otras preguntas previas: ¿Qué ha de entenderse por liberalismo? ¿Qué suele entenderse hoy por liberalismo? ¿Existe hoy una cascada de sinónimos sagrados: Democracia, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, Libertad, Libertades? (en inglés la precisión es mayor puesto que Liberty y freedoms subrayan las diferencias) ¿Se trata en rigor de sinónimos, o de conceptos multívocos, o de antónimos? ¿O tal vez son palabras de una misma familia que desfilan en solemne hierofanía?

      Los dos pensadores más citados en España a la hora de reflexionar sobre el liberalismo y la democracia disfrutarán desde el cielo platónico en el que sin duda se encuentran y se sonreirán oyendo tanto despropósito. Me refiero a Aristóteles y a Ortega y Gasset.

      Y se maravillarán al observar que casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen por ignorancia o por prudente hipocresía— que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático declarando que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, tener que recordar que tales palabras son una tergiversación, por muy políticamente correcta que sean. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente.

      Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente:
  "La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra «democracia» está en nuestros días desprovista de toda idea desfavorable, y no habría en absoluto traducido el pensamiento del filósofo griego. [...] Por lo demás hay que observar que Aristóteles siempre toma la palabra «pueblo» como la parte más pobre y más numerosa de los ciudadanos, del cuerpo político...".
      En resumen, este erudito político republicano se escuda en que el demos griego era a los ojos de Aristóteles algo tan deplorable como le peuple de la república burguesa en Francia.

      En fin, puede que el buen humor de Aristóteles ahora que está en las nubes se haya visto turbado por un pellizco doloroso de melancolía ante la tergiversación moderna de sus palabras: tal vez se acordará de Sócrates, el maestro de su maestro Platón, el hombre ejemplar para muchos que olvidan, porque no les conviene recordarlo, que fue asesinado por la Democracia.

      Por otro lado, recuérdese que la misma voz griega politeia fue traducida a veces por régimen de gobierno o constitución, o incluso estado de derecho, y se comprenderá la magnitud del problema, la angostura de la aporía. Tan sólo se me ocurre un remedio: el muy tradicional de releer a Ortega. A veces saca al lector de dudas, a veces lo hunde más en la incertidumbre. En este caso nos ayudaría a salir de las ambigüedades interesadas de la postmodernidad pasar media hora leyendo sus Ideas de los castillos, en Notas del vago estíoEl espectador - V (1926). Allí, el maestro de la ironía socrática se atreve a declarar que democracia y liberalismo no sólo son siempre bien distintos sino con frecuencia antitéticos:  
 "Pues acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico.  
  Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas.  
  La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el Poder público? La respuesta es: [...] la colectividad de los ciudadanos. 
  El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quien quiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? [...] el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado.  
   [...] Se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal.  
   [...] Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos. Por eso, el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por decirlo así, se limita a sí mismo".
      Hasta aquí Ortega en sus funciones de moderado optimista que aspira a serenar predicando los ideales de la democracia moderada por los principios liberales, presentes en todo Estado de Derecho. Es decir, que Ortega es partidario de la politeia (πολιτεία), mucho más que de la democracia (δημοκρατία). Es consciente de que la democracia se asienta sobre la igualdad y el liberalismo sobre la libertad. La democracia absoluta es tan irrespirable como el oxígeno puro. Lo único que evita que la democracia sea invivible es mitigarla con las precauciones de un Estado de Derecho. 
      
      Por cuanto antecede resulta inexcusable la creciente sinonimia en usos periodísticos y políticos entre democracia estado de derecho. No son la misma cosa; nunca lo han sido. Ni lo eran para Aristóteles. Ni siquiera en la oficialmente llamada por los historiadores democracia ateniense (del 508 al 322 a.C.) votaban más de uno de cada diez habitantes. 

      Asunto distinto es si debemos o no seguir acudiendo a don José Ortega y Gasset como maestro cuando escribe sobre la democracia deprimido por los acontecimientos de ciertos momentos históricos. En 1917, en su artículo titulado Democracia morbosa, escrito a los 34 años, dice:
  "En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe. [...] 
  Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. [...] 
  La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones. [...] 
  Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos «opinión pública» y «democracia» no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas".
      No hace falta recordar que eso fue escrito en el mismo año de la Revolución Bolchevique, 1917. Y que pocos años después, en 1930, el mismo Ortega escribió su artículo Delenda est Monarchia, que tanto influjo tuvo en la llegada de la República a España, tras la cual, pocos meses después, publicó Un aldabonazo, para insistir en "no es esto, no es esto" ante los excesos del nuevo régimen. Pero la cumbre de su rechazo del concepto de democracia, desvirtuado en la práctica, la alcanzó en 1949, en la Universidad Libre de Berlín, auténtica "isla en el Mar Rojo", donde en una conferencia ante una multitud de estudiantes dijo:
"La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aún era siquiera como idea, como significación algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera..."
      En fin, que puestos a añorar utopías, tal vez para Ortega la mejor hubiese sido la Politeia con sendos ramalazos de las otras dos utopías aristotélicas, la Monarquía y la Aristocracia. Y hubiera querido olvidarse de las tres distopías tan presentes en esta nuestra sobornable contemporaneidad: tiranía, oligarquía y democracia (o demagogia, si prefieren ustedes los eufemismos de la corrección política, que Aristóteles desconocía). 

      Claro que tampoco conocía esos dos útiles neologismos helenistas alumbrados veinte siglos más tarde en la brumosa Albión, utopía y distopía. 

      Por eso y al llegar a consideraciones pesimistas siempre me viene a la mente lo que hace muchos años oí decir al director de un centro de análisis y prospectiva internacionales:
  “Los que vivimos de una bola de cristal hemos de resignarnos a terminar a veces masticando vidrios rotos”.
      Lo peor es que ese miedo, casi certidumbre, del error probable en sus palabras que siente el propio augur, surge por igual al emitir dictámenes optimistas o zozobras pesimistas. Y hoy, esta semana, los ecos ominosos que nos llegan de Oriente Medio nos recuerdan el verso de Coleridge, ancestral voices prophesying war, voces ancestrales que profetizan guerra.

      Tal vez, ojalá no sea así, precisamente un aumento del poder del demos llamémoslo democracia o demagogia, qué más da— constituirá el explosivo mortal que haga añicos el débil liberalismo que algunos creyeron que se estaba construyendo en tantas llamadas primaveras árabes.


PD del 14 de Noviembre del 2016:

      Nunca lo hubiera creído si no acabase de leerlo en el Financial Times del 12/13 Noviembre, 2016. Francis Fukuyama, dechado de virtudes políticamente correctas y epígono de Hegel y Kojève, en un artículo titulado US against the world?, analiza "lo que la llegada de la América de Trump significa ahora para el orden global". Y se atreve a desdecirse de sus previos análisis (véase La fin del mundo y el fin de la historia), concluyendo con resignación que "the democratic part of the political system is rising up against the liberal part". Más vale tarde que nunca, comprender que democracia y liberalismo son cosas distintas.


Enlace relacionado:
Habrá menos liberalismo y más democraciapor el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Febrero 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Feliz cumpleaños

Un hombre leyendo. 1630. Por un seguidor de Rembrandt.
© National Gallery, Londres

     El azar me deparó la sorpresa de que el 18 de Octubre pasado, septuagésimo quinto cumpleaños de la persona que más ha influido en mi vida, se publicara este artículo mío en el ABC, en el que conmemoro una efeméride bien distinta, aunque de la misma fecha.

     Lo reproduzco aquí con el asombro -no siempre exento de desaprobación- que merecen quienes culminan el esfuerzo titánico de expresarse a contracorriente y entre líneas.

ENTRE LÍNEAS Y A CONTRACORRIENTE

     Hace setenta y cinco años, el 18 de Octubre de 1941, almorzaron el Capitán de la Wehrmacht  Ernst Jünger y el Catedrático de Derecho Carl Schmitt en el Ritz del París ocupado. El profesor citó a Macrobio: “No puedo escribir contra quien puede proscribir” (Non possum scribere contra eum, qui potest proscribere). La alusión entre líneas a Hitler era evidente para los demás comensales.

     Schmitt había sido militante del Partido Nacional Socialista pero ya en 1941 se había distanciado. Al terminar la guerra fue encarcelado en Berlín por las tropas soviéticas pero enseguida, tras una corta comparecencia, fue puesto en libertad. Luego los americanos lo tuvieron en diversos campos de internamiento durante un año. Unos meses después volvió a la cárcel en Nurenberg hasta que el fiscal Kempner lo liberó sin cargos en 1947. Pero la República Federal de Alemania lo inhabilitó para enseñar.

     Schmitt, admirador de Donoso Cortés, fue apreciado por pensadores muy diversos, sobre todo de izquierdas como Walter Benjamin, Georg Lukács, Habermas, Kojève, Derrida, Tierno Galván, los “maoístas” del 68 o incluso, horresco referens, Íñigo Errejón. También, naturalmente, por otros de derechas o conservadores como Francisco Javier Conde, Samuel Huntington o Alain de Benoist. Sobre todo fue muy amigo de Ernst Jünger y se influyeron mutuamente. Pero Schmitt al final de su vida, tal vez por una enfermedad degenerativa, se comportó con odiosa deslealtad hacia su viejo compañero.

     Jünger fue muy conservador y por tanto nunca hitleriano. De hecho sí escribió contra Hitler en su novela Sobre los acantilados de mármol, parábola bastante evidente. Pero su “gran fondo de prudencia puntuado por audacias calculadas”, según  Hervier, su biógrafo, era la seña de identidad de sus dos arquetipos, el Rebelde y el Anarca. Su hijo, sin embargo, no entendió ese requisito del disimulo sin el que no hay odisea posible. Siendo guardiamarina a los 17 años lo oyeron criticar a Hitler. Acusado de derrotismo, pasó como soldado raso a una unidad de granaderos y murió en combate en una cantera de mármol, en Carrara. Al terminar la guerra Jünger fue detenido y en la zona británica de ocupación se le prohibió publicar durante cuatro años.

     De los otros comensales, el Coronel Speidel estuvo involucrado en la conjura de Stauffenberg, fue encarcelado por Hitler y después por los americanos hasta 1949, tras lo cual Adenauer lo nombró asesor militar y luego fue General Jefe del Mando Centroeuropeo de la OTAN. El Capitán Grüninger desapareció en el Frente del Este al final de la guerra. El Conde Podewils fue prisionero de los británicos desde 1944 hasta 1946.

     Por esas fechas Alexandre Kojève, otro pensador sobremanera multívoco, interrumpió sus reflexiones sobre Hegel y el Fin de la Historia para escribir una Notice sur l’autorité, que según Dominique Auffret, biógrafa y exégeta del ruso francés, “acepta la idea de que, en el caso de que los nazis saliesen victoriosos, habría que contemplar el trabajar con ellos para preparar contra ellos el post-nazismo”. No se sabe si tal astucia emula el Pacto Molotov-Ribbentrop o algún proyecto del Mariscal Pétain. Kojève tuvo una doble o triple carrera brillante, como pensador de moda (más tarde inspirador póstumo de Fukuyama) y como alto funcionario, asesor del Gobierno francés en cuestiones de comercio internacional. Nunca ocultó que se consideraba hombre de izquierdas, pero fue muy admirado también por escritores y políticos de derechas. Según Raymond Barre, futuro Primer Ministro, uno de los lemas de Kojève era “la vida es una comedia y hay que representarla seriamente”. Mantuvo correspondencia con Leo Strauss, con Schmitt y con otros pensadores conservadores.  En 1999 se descubrió que había sido agente de la KGB soviética durante 30 años, desde 1938 hasta su muerte repentina en 1968.

     También al comienzo de la Segunda Guerra Mundial trabajaban en uno o en varios servicios secretos a la vez, y celebraban sus éxitos en una buena mesa Philby, Maclean, Burgess y Blunt, todos ellos agentes soviéticos infiltrados en los servicios secretos británicos. La mesa corría por cuenta de un rico angloespañol, Tomás Harris. Fue él quien dirigió al agente doble español Juan Pujol, alias Garbo. Murió en Mallorca en circunstancias sospechosas. Graham Greene escribió a favor de Philby, pero nunca dijo que fue a verlo cuatro veces en Moscú y que luego informó al Director del MI6 británico. Greene decía que un espía comunista en Inglaterra era lo mismo que cuatro siglos antes un espía católico del Rey de España en la Inglaterra de Isabel I.

     Mucho peor que los comensales antes mencionados -pero con idénticos recelos políticos- comía Leo Strauss por aquel entonces en su destierro londinense, donde fue a estudiar a Hobbes (por cierto que pese a ser judío lo recomendó Carl Schmitt). Escribió a Kojève, al principio de su amistad, “estoy muy sediento en este momento y no tengo el bueno y barato vino francés. Pero en su lugar tenemos el maravilloso desayuno inglés. Los jamones están demasiado buenos para ser cerdo y por tanto están permitidos por la ley mosaica con arreglo a una interpretación atea; son maravillosos los postres y dulces ingleses; y, además, la gente inglesa es mucho más cortés que los franceses”.

     Tanto Jünger como Schmitt, Kojève y Strauss tienen dos rasgos fundamentales en común. Su pensamiento es poliédrico, de tantas caras como tiene. Por eso los cuatro cautivaron a diestra y a siniestra. Y su magisterio fue esotérico y no exotérico.

     Así pues todos los mencionados escribieron y vivieron entre líneas y a contracorriente. O lo intentaron. Pero no creo que muchos pudieran ver realizado el deseo que expresó Ernst Jünger: “cuando hay que nadar a contracorriente hay que pedir al menos que las aguas sean limpias”. Habrá que preguntarse si alguna vez la corriente contra la que se nada es clara y no turbia. Contra las aguas claras no hace falta nadar.

     Conviene no olvidarlo. La corrección política, por asimétrica y escorada a babor que sea, es la forma de censura más eficaz desde el ejemplo de autocensura antes citado, que recoge Macrobio. Se lo dijo el poeta Asinio Polión a Augusto. Mas ocurre que Augusto era un emperador ilustrado y la corrección política es igual de imperiosa pero carente de ilustración.

     Muchos interlineados a contracorriente habrá que idear para dejar constancia de lo que cada cual piensa. No hay otra solución. Eso o, como Schmitt en aquel almuerzo parisino, declararse y creerse en la misma situación que el Benito Cereno de Melville, capitán de un barco de esclavos amotinados.


Enlaces relacionados:
La fin del mundo y el fin de la historia, por el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Junio 1992.
El acabose, por el Marqués de Tamarón, Nueva Revista, Febrero 1990.