Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

viernes 24 de febrero de 2012

Fiel pero desdichado


Volviendo a lo aludido en la anterior entrada (Ánima clara), sí parece extraño que el lema heráldico de la familia Churchill esté en español: Fiel pero desdichado. No es oscuro su significado, pues el primer Sir Winston Churchill (1629-1688) perdió todos sus bienes y sufrió heridas de batalla por apoyar la causa monárquica en la Guerra Civil inglesa (1642-1651). Al restaurarse la monarquía en 1661, Carlos II lo hizo caballero pero no le compensó sus pérdidas patrimoniales. Así es que Sir Winston Churchill escogió el lema Faithful though disinherited. Pero nadie sabe por qué se puso en español, quizá porque sonaba mejor que en latín, franco-normando o inglés.

Véase http://www.churchill-society-london.org.uk/fielpero.html

Desde luego no fue -como algunos dicen erróneamente- porque las victorias militares que dieron lugar a la concesión del Ducado de Marlborough y al regalo (a medias) del Palacio de Blenheim al General Sir John Churchill fuesen parte de la Guerra de Sucesión de España, ya que la adopción de la divisa familiar es bastante anterior. Quizá en este caso el español desempeñó el papel del griego o del latín en las obras de Edward Gibbon: "the obscurity of a learned language". En otras palabras, se usó una lengua que no sonaba escandalosamente clara a los oídos del soberano. Acaso era esa la única posible réplica tácita del fiel súbdito al sempiterno, mudo encogimiento de hombros de las restauraciones y transiciones, "es que a quienes tenemos que cuidar ahora es a los otros…”.

En todo caso la familia Churchill no olvidó la lección. Mantuvo el lema heráldico pero no tuvo ya necesidad de vivirlo. El hijo de Sir Winston Churchill, Sir John, luego primer Duque de Marlborough y Príncipe del Sacro Imperio Romano-Germánico, sirvió a Carlos II de Inglaterra y luego a Jacobo II, pero cuando este actuó con gran vigor católico contra los protestantes, Churchill lo abandonó por Guillermo de Orange. Luego se indispuso con él, o Guillermo III con Churchill, y después se llevó bien con la Reina Ana y luego mal, y luego cuando empezaba a reinar Jorge I hubiera seguido obteniendo beneficios y poder gracias a su genio militar y político, pero murió de un ataque cerebral.

En cuanto a su descendiente moderno, el segundo y gran Sir Winston Churchill (1874-1965), mantuvo el lema Fiel pero desdichado, incluso cuando rechazó el ducado que tanto el gobierno británico como, sobre todo, el Rey Jorge VI y después la actual Reina Isabel II al llegar al trono le rogaron que aceptase. Hay dos explicaciones que suelen citarse para este rechazo, extraño en tan notable conservador y héroe nacional como fue Churchill. Una es que no quería condicionar a su hijo Randolph impidiéndole al heredar un título (herencia difícil de renunciar en aquel entonces) ejercer la política en la Cámara de los Comunes. Y la otra es que no quería ser el único duque británico pobre, y ya en 1945 o 1950 se habían acabado las larguezas oficiales para recompensar a sus héroes nacionales.

En fin, hay que reconocer que el Primer Ministro que evitó la derrota de su país en la Segunda Guerra Mundial tuvo una actitud romántica ante la vida, mucho más que su antepasado el primer Duque de Marlborough, aunque también heredó algo de su lado práctico y ambicioso e incluso adoptó tácticas propias de la Real politik de Bismark. Como familia y en conjunto se merecieron el lema Fiel pero desdichado: fueron fieles a su propio destino, personal y tribal, en una suerte de Amor fati.

Enlaces relacionados:
Ánima clara

viernes 17 de febrero de 2012

Ánima clara

El otro día oí algo muy certero en una conferencia sobre la oratoria. Don Joaquín Calvo-Sotelo, el conferenciante, vino a decir que parecen vanos los esfuerzos de tantos oradores por alcanzar la fama a través de una larga obra de discursos cuando se comparan con la instantánea ascensión del general Cambronne a la celebridad, merced a un solo discurso de una sola palabra. El auditorio de la conferencia era joven y dudo que más de uno o dos oyentes entendiesen la alusión del señor Calvo-Sotelo. Los jóvenes de hoy se privan de mucho honesto placer por falta de cultura, erróneamente convencidos de que cultura equivale a aburrimiento. Ignoraban que la arenga de Cambronne, pronunciada en Waterloo tras ser conminado a rendirse, consistió en la respuesta Merde!

Está claro que el apóstrofe de aquel general es un discurso elegante, si aplicamos el concepto de elegancia tal como se usa en ciencias físicas y naturales. «La elegancia de cualquier generalización científica —dice Edward O. Wilson, el biólogo— se mide por su simplicidad en relación con el número de fenómenos que abarca». Cambronne pudo haber pronunciado un discurso prolijo declarando que por sentido del honor, oportunidad táctica y vergüenza torera no pensaba rendirse sino seguir matando prusianos. Prefirió resumirlo todo en el exabrupto Merde! Fue elegante. Pasó a la Historia.

Esta elegancia, hecha de concisión, precisión y claridad a partes iguales, es tan compatible con el desgarro como con la exquisitez. Puede darse en pintadas, gritos callejeros o maldiciones gitanas, pero también en lemas heráldicos, epitafios o viejos textos legales. Donde hoy es ya inútil buscarla es en el Boletín Oficial del Estado o en los diarios de sesiones parlamentarias. Así es que más vale fijarse en las sucias vallas. Hace un mes observé en Palencia, cerca de la catedral, esta notable afirmación teológico-política pintarrajeada en una casa en ruinas: Dios hubiera votado no y el diablo sí. Aparte de una ingenua fe en el talante democrático de Dios y del diablo, la pintada revela cierto gusto por el misterio, ya que no aclara de qué votación se trataba. ¿OTAN, aborto, LODE? Otra mano, queriendo acaso aclarar, había complicado la cosa al añadir, tajante, hijos de puta. Resultaba en cambio inequívoca la ironía de otro letrero de autor anónimo visto en Venta de Baños, importante nudo ferroviario donde es de suponer que los trenes atropellan de vez en cuando a algún borracho en los pasos a nivel: RENFE, te quiero sin barreras.

Así pues, la ambigüedad, en general deliberada, es compatible con la claridad formal que exige la elegancia concisa. Buenos ejemplos de ello encontramos en los lemas heráldicos. Nec metu nec spe (ni miedo ni esperanza) es gallardo orgullo bastante comprensible, pero en el mismo tono de desencanto valeroso cuesta ya más entender el Fiel pero desdichado que aparece —en español, por cierto— en el escudo de la familia Churchill. ¿Quiere decir que se mantendrá la fidelidad a costa de la propia dicha? ¿O a pesar de la deslealtad del soberano? La cuestión, para un hombre de honor, no era baladí. También abunda la concisión misteriosa en las empresas, figuras enigmáticas acompañadas de una divisa, muy apreciadas en el siglo XVII. Una de las «Empresas políticas» de Saavedra Fajardo reza Más que en la tierra nocivo y representa un alacrán entre estrellas. Luego aclara el autor que, «aun trasladado el escorpión en el cielo y colocado entre sus constelaciones, no pierde su malicia, antes es tanto mayor que en la tierra cuanto es más extendido el poder de sus influencias venenosas sobre todo lo criado», y que por ello los príncipes han de poner buen cuidado en escoger a quien encumbren, pues «las inclinaciones y vicios naturales crecen siempre». ¿A qué periodista moderno se le hubiese ocurrido un titular tan conciso y elegante como Más que en la tierra nocivo?

Pero a veces los hallazgos en este campo lacónico son fortuitos. Leyendo la Revista General de Marina, de febrero de 1987, encuentro esta frase de un oficial tras disparar los cañones de un barco de guerra: «Artillería sin novedad en material y personal; ánima clara». Esto último significa que las piezas ya no están cargadas y los cañones se hallan limpios. Consultado un amigo Capitán de Artillería, me dice que ellos en el Ejército de Tierra dirían ánima libre. Celebro la variedad de expresión, que es lo que salpimenta el lenguaje. Pero cualquiera de las dos expresiones sería un buen lema heráldico, y un deseable suspiro antes de morir. El general Cambronne, hecho su grosero y elegante discurso de Merde!, agotada la munición, creyéndose al borde de la muerte, hubiera podido declarar con igual concisión y orgullo «ánima clara». Incluso «ánima libre». A la postre, sólo lo conciso es claro y libre.

(Este artículo apareció en el ABC del 16 de Mayo de 1987)

Proceden dos addenda, uno culto y otro cutre, ambos tajantes.
Addendum cutre:
Nos están meando y dicen que llueve (pintada suscrita con la A de los anarquistas, vista en octubre de 1987 en la calle de Melquiades Biencinto, Vallecas).

Addendum culto:
Nihil obstat (no me refiero al uso habitual de la frase nada se opone —resolución favorable de la censura eclesiástica— sino al uso propuesto por Maurice Baring en 1917: lema heráldico de la nueva arma, los carros de combate).


(El artículo y esta nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))


De haber escrito hoy el anterior comentario, hubiese sido más severo con las burdas pintadas. Quizás antes había algunas con gracia o con vigor, pero ahora, desde que las llaman grafitis (sic) en vez de pintadas, los letreros y monigotes se han vuelto cursis además de feos. Para colmo, dicen que en la próxima edición del Diccionario van a admitir el barbarismo analfabeto de grafiti, aunque otro informador más solvente me asegura que no, que lo que van a hacer es remitir desde grafiti a grafito, cuyo plural sería grafitos. Parece plausible puesto que en italiano, de donde viene la voz, en singular se dice graffito y en plural graffiti.



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

viernes 10 de febrero de 2012

Con perdón

El lenguaje suele revelar la idiosincrasia nacional, pero no siempre. Así, un observador superficial podría quedarse con la impresión de que los españoles son unos monstruos de altanería, pues nunca piden perdón, y los ingleses unas hermanitas de la Caridad, siempre con el I’m sorry a flor de labios para excusarse. Nada más lejos de la realidad. Y ello no porque sea cierto el viejo dicho castellano todos somos hijos de Dios (a lo sumo metáfora optimista), sino porque todos somos hijos de Caín, y eso sí que está acreditado en la Biblia (véase el Génesis, IV, 17-24, V y VI) y por la experiencia diaria. A todos los humanos se nos da una higa el prójimo, todos pensamos «¿acaso soy el guardián de mi hermano?». Lo que pasa es que los ingleses tienden a la hipocresía y lo ocultan, y los españoles al cinismo y lo exhiben.

El caso es que los extranjeros comentan la incapacidad española de decir «me equivoqué y lo lamento» o «te he hecho daño, perdóname». Es cierto que hasta la expresión española pedir disculpas es equívoca: puede significar pedir a alguien que se disculpe o pedir a alguien que lo disculpe a uno. Pero da igual porque en ambos casos se topará uno con las levantadas cejas de la dignidad ofendida. También es verdad que en España tiene ecos épicos la frase sostenella y no enmendalla, mientras que su equivalente en el mundo anglosajón, I never apologise, resulta tan cómica que Shaw la empleó para hacer reír con uno de los personajes de Arms and the man. A nosotros nos cuesta Dios y ayuda reconocer un error o haber agraviado a alguien, y ello por igual en los lances cotidianos más nimios (el pisotón en el Metro, el coche mal aparcado que bloquea a otro, etcétera) y en las injurias más graves de una vida. Donde un inglés hubiera exclamado al instante y con hipócrita desenvoltura I'm sorry nosotros apretamos los dientes y gruñimos con montaraz sinceridad.

Pues ¿qué decir de los franceses? Tanto les gusta excusarse de boquilla que, si tras muchas zalemas pasan los primeros por una puerta, dirán pardon, cuando un español cortés diría gracias. Incluso acuden como sinónimo al «estoy desolado», prodigio de cortesanía hiperbólica. «Monsieur, está usted pisándome el dedo gordo». «Désolé», y sigue pisándoselo. No en vano fue un francés, el Duque de La Rochefoucauld, quien dijo que «la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud». Ojalá los españoles fuésemos más hipócritas. Tendríamos mejores modales y la convivencia entre nosotros sería menos áspera.

Con suerte, algo de eso ocurrirá en breve. Según el semanario Tiempo (8-12-86), «en Barcelona se acaba de crear la primera academia de usos, modos y costumbres (...). Ha nacido bajo el auspicio de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Cataluña y de hecho está dirigida para enseñar buenos modos a ejecutivos». Muy bien -piensa uno al leer esto— por fin los tales ejecutivos aprenderán a decir por favor y perdón antes y después de robar. Pero entra la duda con el siguiente párrafo: «El curso cuesta 75.000 pesetas al mes e incluye doce clases prácticas. En el curso básico se enseña fundamentalmente a comer bien, además de algunos temas de protocolo». ¿Cómo? ¿Será esto otra estafa como la de la educación sexual, que pretende cobrar por enseñar lo que la Naturaleza dejó bien claro en el instinto? ¿Quién va a necesitar maestros para «comer bien», para ponerse morado de fabada o de langostinos? Mas no, la clave está en los llamados «temas de protocolo». Lo que de verdad preocupa a los señores Gargallo y Tobía, inspiradores de la Academia, es impartir doctrinas como ésta: «En cuanto a los huevos, se utiliza tenedor, si son fritos, para mojar el pan, y si son pasados por agua, se pueden comer con cucharilla cuando queda poco.» ¿Y cuando queda mucho del huevo pasado por agua? ¿Se comerá con tenedor? ¿Y la clara del huevo frito, una vez mojado el pan en la yema con tenedor, se comerá metiéndola en la boca con cuchillo? Suponemos que al que pague 75.000 pesetas le revelarán esos últimos arcana imperii. Y esperamos que al que con maniobra desafortunada de los cubiertos haga volar el huevo frito y caer en el escote de la comensal de enfrente le aconsejen decir ¡Perdón! Aunque desde luego no podrá añadir España y yo somos así, señora.


(Este artículo apareció en el ABC del 20 de Diciembre de 1986 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Enlaces relacionados:
En los albores de la corrección política
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves 2 de febrero de 2012

Jaime Otero Roth

Hace tres días murió un hombre inteligente y bueno, Jaime Otero. Era analista de relaciones internacionales y autor de excelentes estudios de su especialidad. A lo largo de sus actividades profesionales había trabajado en diversas instituciones científicas y en distintos países. De todo ello espero escribir en esta página más adelante, pero hoy, día en el que nos reuniremos muchos de sus amigos con su familia para recordarlo en un funeral, quiero escribir sobre otra cosa, sobre su carácter y su personalidad.

Jaime tenía dos de las virtudes que más escasean en nuestra época. Era modesto y era culto. La modestia es virtud de sabios y de señores; ni siquiera los santos son siempre modestos aunque sí suelen ser humildes, cosa distinta. La cultura no es mera erudición; en Jaime, como en todas las personas cultas y a la vez modestas, esa doble condición era producto de sólidos conocimientos aderezados con un pellizco de ironía.

Nuestro amigo tenía un fuerte influjo -del que acaso no era del todo consciente- de cierto humanismo renacentista. Disfrutaba de la belleza en el arte y en la naturaleza sin asomo de pedantería y disfrutaba cuando leía, también con absoluta naturalidad. Brindaba su amistad -es decir, su afecto, su tiempo y su trabajo- con una generosidad perfectamente insólita en esta época. Siempre estaba disponible para sus amigos, y eso que al ser hombre minucioso y concienzudo no le sobraba tiempo. Sus favores constantes y a muchos nos los hacía con una sonrisa, como quitándole importancia a sus desvelos.

Tenía un sentido del humor poco frecuente en España, pues era capaz de reírse de él mismo y de todos los demás pero jamás de forma hiriente. Por eso, porque era un hombre inteligente y bueno.

En espera de poder escribir sobre él con más detalle, reproduzco a continuación su propio autorretrato tal como aparece en su blog pese al título (Lo que no se ve) y pese a su pudor innato que lo hacía ser un modelo de buena educación.




Y sobre la trayectoria profesional de Jaime Otero igualmente reproduzco este artículo necrológico de Emilio Lamo de Espinosa, también amigo y antiguo jefe suyo, publicada en el ABC de anteayer 31 de Enero.




Postdata- Este retrato de Jaime Otero escrito por Isabel Fernández Peñuelas, su mujer, me parece lo más certero y a la vez hermoso que se ha dicho sobre él:
http://netfictions.wordpress.com/2012/02/06/bon-voyage-a-jaime/

viernes 27 de enero de 2012

El ciempiés culilargo

Sigamos elaborando un disparatorio o necedario con las principales temas —latiguillos mágicos— de nuestros modernos formadores de opinión. Destaca entre estas ideas fijas la manía de usar adverbios modales terminados en mente. Así, nadie importante dice hoy en día está claro que. Hay que decir obviamente. Salvo raras excepciones —don Miguel Herrero de Miñón dice en un alarde de concisión es claro que, pero aún no sabemos qué será de su carrera política si sigue empeñado en hablar de forma que se entienda— nuestros hombres públicos andan encandilados con estos fetiches. Primero descubrieron evidentemente, y ahora el Santo y seña para reconocerse entre iniciados es obviamente, traducción consciente o inconsciente del «obviously» inglés. No importa que en español la be y la uve seguidas sean casi impronunciables. Obviamente viste mucho.

Dos son los inconvenientes de estos adverbios modales. El primero y principal es de orden práctico: el sufijo -mente tiene tal peso fonético (mucho más que el ingrávido -ly inglés o el borroso -ment francés) que estorba a la transmisión del pensamiento que pretende recoger la frase. Alguien —¿Borges?— dijo que el énfasis de esas dos sílabas finales distrae de las anteriores, y termina uno oyendo o leyendo solo «mente» y no las precisiones que se pretendía dar. En todo caso es cierto que nadie con prisas y ganas de ser claro dice «ve rápidamente a casa, abre completamente las ventanas y vuelve directamente aquí» sino «ve corriendo a casa, abre de par en par las ventanas y vuelve derecho aquí».

En general el engorro citado se evita usando una preposición (las preposiciones suelen tener talante menos prepotente y ruidoso) seguida de un substantivo. ¿No resulta más vigoroso por completo o con energía que completamente o enérgicamente? ¿No suena más tierno con ternura que tiernamente?

El segundo inconveniente de los citados adverbios es que son feos. Destrozan con su pesadez todo ritmo en el lenguaje, escrito o hablado. No hay literatura posible con esos ciempiés culilargos. Recordemos el delicioso madrigal de Gutierre de Cetina que empieza Ojos claros, serenos,/ si de un dulce mirar sois alabados,/ ¿por qué si me miráis, miráis airados? Pues bien, sólo con introducir dos de las macizas desinencias hoy en boga, sin cambiar ninguna raíz, queda este adefesio: Si sois alabados por mirar dulcemente/ ¿por qué, si me miráis, miráis airadamente?

Si la poesía no sobrevive a semejantes palabrejas, tampoco las soporta la elegancia lacónica de un epigrama. La necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces (Gracián) se convertiría en la necedad habitual mente se introduce inopinada y abusivamente, ya que todos los necios obran audazmente. Claro que los formadores de opinión ya han advertido que lo que quieren es cambiar nuestra cultura y nuestra sociedad, así es que acaso encuentren vulgar el sonó la flauta por casualidad de Iriarte y quieran cambiarlo por sonó la flauta aleatoriamente. Desde luego esta última palabra es uno de sus fetiches.

Ya sabemos que ni la claridad ni la belleza importan mucho a los formadores de opinión. Pero, ¿y la vergüenza? ¿No les dará azaro a veces pensar que pueda escucharlos su abuela del pueblo, que sin saber lo que era un adverbio modal hablaba en cristiano y se le entendía? ¿O no tendrán abuela? Porque lo que está claro es que el pueblo que tanto invocan (bueno, si son políticos lo evocan por gozar de otro fetiche verbal) se ríe del galimatías en —mente. En los años cuarenta, época del racionamiento, corría un chiste que decía: «con la Monarquía realmente se tomaba café, con don Miguel Primo de Rivera generalmente se tomaba café, con la República ordinariamente se tomaba café, ahora francamente no se toma café». Uno sospecha que la gente no se reía sólo de la malta y las bellotas, sino también del retumbar vacuo y pomposo de aquellos adverbios extraños —tan sucedáneos de los términos tradicionales como la cebada tostada lo era del café— que empezaban a proliferar en boca y pluma de las entonces llamadas jerarquías, padres de los formadores de opinión de ahora.

Lo malo, como siempre, no es el uso aislado de estos adverbios monótonos, sino su abuso. En proporción de más de uno por página parece que empachan. Además los hay pésimos (como obviamente), los hay malos y los hay hasta graciosos. Entre estos últimos podríamos incluir dos de los más antiguos, viejas palabras venidas a menos en la sociedad, rancios términos que hoy suenan paletos, pero no cursis: mayormente (el Manual de Estilo de TVE dice que «es poco elegante y debe evitarse»; Cervantes no siguió este consejo del Sr. Calviño) y mismamente. No estarán tan mal cuando nuestros formadores de opinión no los usan y sus abuelas de pueblo sí.


(Este artículo apareció en el ABC del 13 de Julio de 1985 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles 18 de enero de 2012

Botones de muestra (VII)



Empecé a leer este libro con cierta duda inquieta que un antiguo nunca hubiera entendido: ¿era una novela? ¿o un ensayo histórico? ¿o quizá un ensayo antropológico sobre el recuerdo y el olvido? Un antiguo se hubiera limitado a constatar que La chica que dejamos atrás es una crónica con elementos épicos, líricos y religiosos, es decir un mito. Claro que en todas las civilizaciones la literatura –oral e incluso escrita– empieza con el mito. La diversificación de los géneros literarios viene mucho después; esa distinción puede muy bien interpretarse como el primer signo de decadencia en cualquier cultura humana. Pero ocurre que Rafael Garranzo, el autor de este trozo vivo de la historia reciente –o quizá intemporal– de la América del Norte, es antropólogo de formación y diplomático de profesión, con lo cual sabe muy bien que cuanto más pueda uno acercarse a los orígenes y a las raíces de un mito histórico mejor entenderá el incendio del que siempre queda algún rescoldo. Sabe incluso que ningún incendio en la historia se apaga del todo; siempre quedan brasas. Y son brasas que queman. Nadie puede removerlas con impunidad.

El método narrativo empleado se adapta muy bien a la realidad mítica -huelga decir que no son términos antitéticos- que describe. Se presenta como una obra coral y en el coro se mezclan los personajes y los narradores más variopintos, pero ninguno traído caprichosamente. La historia está contada por Buffalo Bill y Calamity Jane, por blancos y por indios, hombres y mujeres, muertos y vivos, perros, militares y escritores y pintores, y el Dr Jekyll y Mr Hyde, y hasta Robert Louis Stevenson aparece en alguna escena. Sobre todo, claro está, el principal narrador es es autor del libro, por más que no busque protagonismo y quiera dejárselo todo, con generosidad de auténtico escritor, a los memorialistas, historiadores, aventureros, héroes y malvados que cruzan las vastas praderas del Oeste. Rafael Garranzo, antropólogo seguidor de Lévi-Strauss (pero no rousseauniano, puesto que no cree en la inane dicotomía Hombre Bueno/Sociedad Mala), relata con vigor el drama de las guerras entre indios y colonos y soldados en los Estados Unidos. Garranzo es a la vez un contador de cuentos, como llamaban a Robert Louis Stevenson los polinesios, y un antropólogo que al final del día comprende el fondo del drama: a veces el olvido es el único remedio. No siempre el recuerdo sirve para el exorcismo de los demonios del pasado. T.S. Eliot no andaba descaminado al decir “humankind cannot bear very much reality”.

Por último, qué buen título el de este libro, que condensa la ironía de la historia, o quizá de toda la Historia. La chica que dejamos atrás (The girl I left behind) es el título de una vieja canción, considerada como una de las señas de identidad de los Estados Unidos. Pero resulta que, según nos asegura la Wikipedia, sus orígenes son ingleses o irlandeses. Luego la llevaron las tropas británicas a América y allí la adoptó el ejército de la revolución americana. Así es que también habrá que olvidar los orígenes de las canciones de marcha (también Lili Marleen y La Madelon) para ir incorporándolas a las señas de identidad de un bando o de otro. O, quizá, de los dos.



















La chica que dejamos atrás
Por Rafael Garranzo
Ediciones Atlantis
Madrid, Septiembre 2011

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Botones de muestra (VI)
Botones de muestra (V)
Botones de muestra (IV)
Botones de muestra (III)
Botones de muestra (II)
Botones de muestra

jueves 5 de enero de 2012

Feliz Noche de Reyes

La adoración del Niño Dios por los Reyes Magos –y por los pastores y por los animales y por los ángeles y la Estrella, y la persecución por Herodes– conforman un conjunto tan mágico y tan increíble que tiene que ser verdad. Nadie puede inventar algo así. Eso decía, hace muchos años, alguien muy próximo a mí. Luego, cuando murió, costó Dios y ayuda convencer al cura anglicano para que incluyese el evangelio de la Natividad en su funeral ("no es costumbre"). En cambio en su funeral católico el cura no tuvo inconveniente en mezclar la vida con la muerte. Comprendió además que no se trataba de un credo quia absurdum. No, era credo quia magicum. Para eso los Reyes eran magos, y acaso los demás también.

De todos los pintores que han reproducido la escena gloriosa y humilde, acaso sea Botticelli el que le dio un sesgo más misterioso. La Sagrada Familia desprende bondad, pero una bondad melancólica en el caso del Niño y de la Virgen, mientras que San José se muestra meditabundo. Los tres Reyes, al igual que la Familia, transmiten la gravedad propia de los Magos, que intuyen el trágico final de la encarnación divina en el Niño pobre, desnudo y lleno de luz. Pero lo más notable es la actitud del resto de los personajes, que se supone que forman parte del séquito de los Reyes Magos. No inspiran la menor confianza. Casi todos los que miran al pintor tienen una expresión francamente odiosa: son guapos, chulos y quizá criminales. Diríase que los acompañantes de los Magos, al llegar al humilde portal de Belén, se empeñaban en mostrar desprecio y ver qué beneficio podían sacar de todo ello. Sorprende leer que uno de los personajes menos siniestros (pero no del todo fiable), el vestido de color naranja, es el propio Botticelli.

Seguro que me equivoco y que en media hora el sabio y amable Mr Google me sacaría del error y me explicaría el porqué de esas caras torvas en algunos casos y tristes en otros. Quizá quien encargase el cuadro quiso reprender de manera indirecta a ciertos italianos renacentistas muy principales. Pero hoy no es día para entrar en esas cábalas. Mejor será buscar lo divino in verbis in herbis et lapidibus –o sea, en las palabras, en las plantas y en las piedras, que decía Paracelso– y no en las miradas esquinadas de los humanos.

Observemos, pues, un detalle pétreo y tierno a la vez del cuadro:


La planta que crece en ese rincón del Portal se llama Ombligo de Venus (Umbilicus rupestris). Sin entrar en sus cualidades medicinales, ni tampoco en simbologías confusas, merece la pena ir a las palabras y admirar la inventiva derrochada en todas las lenguas para dar nombre a esta planta. Además del suyo principal –religioso a fin de cuentas por pagano que sea– el sabio botánico Pío Font Quer reseña en su libro Plantas medicinales, el Dioscórides renovado los siguientes sinónimos en castellano:

Ombliguera, orejas de abad, de monje o de fraile, basilios, vasillos, escudetes, sombreritos o sombrerillos, gorros de sapo, angüejo, zumillo, hierba de bálsamo.

En portugués y gallego, y también en catalán, reaparecen los mismos nombres, en cambio en vascuence pasa a llamarse orma belarr (“hierba de hielo” por su frescura) y begarri belarr.

De todos estos nombres cabe sacar una conclusión: el nombre venusino, grácil y hermoso, no gusta a la mayoría. Esta parece tentada por el feo pecado de la pulcrofobia y enseguida cambia los encantos de la diosa por grotescas orejas y por sapos.

Pero esta noche recordemos que un pintor de mirada limpia y luminosa (todavía no había enloquecido por culpa de Savonarola) quiso poner junto al Niño Dios esa humilde hierba, que no desmerece de las testas coronadas y mágicas de los adoradores.


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In verbis in herbis
Felices Pascuas

jueves 22 de diciembre de 2011

Felices Pascuas


En tiempos remotos -calculo que cerca de la Navidad de 1997- pedimos un villancico para felicitar las Pascuas desde el Instituto Cervantes. En aquel entonces la corrección política todavía no consideraba subversivos los villancicos. Tampoco a un viejo luchador de izquierdas como José Hierro, que había pasado años en la cárcel al final de la Guerra Civil, le repugnaba esa forma popular de celebrar las Pascuas. Como no podíamos, por motivos burocráticos, pagarle el trabajo, le pedí por teléfono que aceptara unas botellas de vino, preguntándole si prefería tinto o blanco. Todos son buenos, me contestó. Te equivocas, me atreví a decirle, es sabido que en España el mejor blanco es el rojo. Divertido al parecer por lo que podía interpretarse como un guiño político -aunque yo lo había dicho porque no me gustan los vinos blancos españoles y sí los tintos-, me escribió una letrilla de agradecimiento reconociendo que el tinto rojo es mejor que el blanco. Y es que él era un rojo y no un progre. Entre otras cosas porque el progre suele ser de medio pelo y él era rigurosamente calvo.

Así es que felices Pascuas a todos, incluido Pepe Hierro y nuestros demás amigos ya en el otro mundo; este año se nos han ido varios.