Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: 2021

jueves, 14 de enero de 2021

Amable Cuestionario

 Signo de los tiempos, esta conversación fue virtual a la par que virtuosa. Sigo sin conocer a doña Esperanza Ruiz, que me estrechó hábilmente a preguntas por correo electrónico. 


Las lecturas de Santiago de Mora-Figueroa y Williams, Marqués de Tamarón

LA SOLAPA





17 de diciembre de 2020

El marqués de Tamarón nació en Jerez de la Frontera en 1941. Su trayectoria profesional en la República de la Letras -como a él le gusta llamar a la literatura- hace que sea un lujo contar con sus respuestas al cuestionario de La Solapa. Su personalidad, elegancia y generosidad, un honor. Licenciado en Derecho, tras su paso por la Escuela Diplomática ha estado destinado en las embajadas de España en Mauritania, Francia, Dinamarca, Canadá y Reino Unido. Ha sido director del Instituto Cervantes entre los años 1996 y 1999 y como autor ha publicado El guirigay nacional (1988/ 2006) en cuya primera edición recopila sus artículos lingüísticos aparecidos en el diario ABC, El siglo XX y otras calamidades (1993), El peso del español en el mundo (1995), ensayo del que es director y coautor, Pólvora con aguardiente (1983) y Trampantojos (1990) – libros de relatos ambos- y El rompimiento de gloria, su novela publicada en 2003. Como articulista ha colaborado con ABC, Nueva Revista y Diario de Occidente. Mi agradecimiento por su disponibilidad y amabilidad.

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Culturilla general 

Ensayo, novela y poesía. ¿Sí a todo? Recomiéndenos tres.

Ensayos: los contenidos en El Teatro Crítico Universal, de Feijoo, en el siglo XVIII.


¿Qué tipo de lector es? ¿De pijama y mesita de noche? ¿De biblioteca y chimenea? ¿De metro o parque público?

En cualquier sitio, salvo en la playa, donde el sol brilla en el papel más que las palabras.

 

¿Tiene “manías” a la hora de leer (ediciones, doblar páginas, subrayar o hacer anotaciones)?

Subrayo a veces, otras pongo rayas verticales junto a los párrafos, y luego coloco marcadores. 

 

Usted tiene una bitácora de éxito. ¿Sigue la de algún otro autor?

Laudator Temporis Actide Michael Gilleland, un latinista. 

Humilladerode José Antonio Martínez Climent.

La Quimerade Julia Escobar.

José María Marco

Rayos y Truenos, de Enrique García-Máiquez. 

Salmonetes ya no nos quedan, de Ignacio Ruiz Quintano.

Julio Vias.

 

Ha contado que su madre, al cumplir los 75, dijo que había acabado para ella el tiempo de leer novelas.  ¿Cómo elige usted sus lecturas? 

Tengo 79 años. Cuando cumplí 75 noté el mismo creciente desinterés por las novelas que tuvo mi madre. Pero ahora he vuelto a las novelas. Me divierte mucho la ciencia ficción, pero sólo cuando la novela es catastrófica y termina mal.

 

Pierre Bayard nos explicaba cómo hablar de los libros que no se han leído. ¿Con cuál lo ha hecho alguna vez?

Con casi todos los rusos, pero sin fingir que los he leído; tan sólo quejándome de que las traducciones suelen ser malas. 

 

¿Lee traducciones o procura encontrar la obra en la lengua original?

Nunca leo traducciones del inglés o del francés. Los textos latinos procuro leerlos en versión bilingüe. Sé por experiencia propia que la traducción es una misión imposible. Como mucho, se puede reescribir el texto con gran hermosura, pero nunca se puede expresar los matices en otra lengua, salvo que sea extremadamente próxima a la del original.

 

Maquiavelo se acercaba a los libros con ropas curiales, ¿qué obra/autor le merece tal reverencia?

El Misal (de la misa tridentina en latín).

 

¿Lee como escritor? ¿Disfruta o sufre el talento ajeno?

Lo disfruto mucho y no recuerdo haber sentido nunca envidia. Tal vez porque la envidia es el único vicio que no se disfruta. 

 

¿Cuál es su escolio o aforismo de cabecera de Gómez Dávila?

El pueblo a veces acierta cuando se asusta; pero siempre se equivoca cuando se entusiasma. (Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito, página 1.365). 

He venido a hablar de mi/s libros

Como autor ha escrito relatos, cuentos, ensayos y novela. En la actualidad mantiene una bitácora ecléctica y muy visitada (marquesdetamaron.blogspot.com). ¿Qué género prefiere cultivar? ¿Le parece alguno de ellos menor?

No hay géneros menores. Si yo pudiera los cultivaría todos pero tan sólo soy capaz de escribir novelas, cuentos y ensayos.

 

Su novela  El rompimiento de Gloria, además de tener uno de los títulos más bellos, le permite hablar de su gran pasión por la naturaleza, a la que eleva casi a la categoría de divinidad.

Ocurre que nuestra fe tampoco está del todo opuesta al panteísmo:

Entonces Dios contempló todo lo que había hecho, y vio que era muy hermoso. 

(Génesis 1:31)

 

El Guirigay Nacional, escrito en 1988, surge cuando usted tras su regreso a España después de 14 años se da cuenta de que “no entiende a los nativos”. En 2006, revisa y amplia la edición. ¿Le quedan ganas de más? ¿Hacia dónde va el español en España?

Algo peor que en América, donde el español parece menos corrompido por la Insobornable Contemporaneidad. 

 

¿Y en el mundo? (El peso de la lengua española en el mundo es su ensayo tras su trabajo como director del Instituto Cervantes)

Se extiende el uso de nuestra lengua común, que conserva una homogeneidad superior a la del inglés, el francés o el portugués. Quiero decir que el español de un madrileño es más parecido al de un quiteño que el inglés de Brooklyn al del East End de Londres. Por cierto que ese largo ensayo lo escribí y se publicó antes de ser nombrado Director del Instituto Cervantes. 

 

Uno de sus caballos de batalla con el lenguaje es la cursilería. Usted, que se define como reaccionario, ¿no piensa que precisamente ese es uno de los peores “pecados” de la izquierda?

Más que la cursilería sería el pecado de la pedantería, pero hay que reconocer que la izquierda y la derecha son iguales en ese vicio. Los reaccionarios tenemos casi todos los vicios, salvo ese. 

 

Ramón J. Sender decía en una carta que sus editores en Méjico cometían errores incluso en los títulos, “lo que ya era un refinamiento”. Como director del Instituto Cervantes, ¿le tomó el pulso al español en Hispanoamérica?

Creo que el español es ya una lengua americana mucho más que europea. En España tan sólo hay 1 de cada 10 hablantes del español.

 

Se lamenta de que, a excepción de Muñoz Rojas, la poesía española no sigue la tradición bucólica de la inglesa. Usted, gran conocedor del campo, ¿se anima a publicar poesía?

¡Quién pudiera!

 

Quizá el diplomático-escritor más conocido sea Foxá.  Como diplomático no era muy ortodoxo y como escritor, anárquico y perezoso; producía a golpe de talento. Ignacio Peyró, actual director del Instituto Cervantes en Londres nos dejó una pregunta para usted: Si miramos las nuevas hornadas, ¿se mantiene la buena escritura de los diplomáticos?

Sí, algunos de mis compañeros son magníficos escritores tanto en el fondo como en la forma. Miguel Ángel Ochoa es el único español que yo conozco capaz de hacer parodias perfectas de un texto en griego, latín y español, aunque ahora está absorto en su monumental Historia de la Diplomacia Española, que va por el volumen XII. Fidel Sendagorta es un autor de perfectos sonetos y de excelentes análisis de política internacional en Harvard. 

 

Usted no es partidario de la coerción para solucionar nada en el campo lingüístico, ¿le preocupa el daño que pueda hacer al español el llamado “lenguaje inclusivo”?

En realidad sí soy partidario de la coerción, incluso con pena capital. Pero sé de sobra que ese ideal es inalcanzable. El “lenguaje inclusivo” es una fea necedad, y por eso mismo veo probable su triunfo. Ya lo dice la Biblia: 

El número de tontos es infinito.  (Eclesiastés 1:15)


¿Qué palabra importada le ha escandalizado recientemente?

Ninguna me escandaliza ya. Pero a veces recuerdo, de buen humor, la frase que mi madre, andaluza inglesa, oyó de niña con cierto escándalo: Zi zerán maloh loh inglezeh que a loh obispoh loh llaman bichoh. 

 

Adenda: En la actualidad, ¿está enfrascado en un nuevo proyecto literario?

Sí pero es secreto. 

 

Quiz show

Libro que más veces ha leído:

La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson.


Primera lectura que recuerda en la infancia:

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe


Autor del que haya leído toda su obra:

Julio Verne, John Buchan, Jorge Luis Borges.

 


Recomendación que nunca falle:

también La Isla del Tesoro de Stevenson. Álvaro Mutis me preguntó una vez: ¿Hace mucho que no lees La Isla del Tesoro? Es la mejor novela del mundo. Yo la leo todos los años. Desde entonces la he releído un par de veces. Tenía razón mi amigo colombiano.



Libro/s que tiene ahora entre manos:

La vuelta al mundo en la «Numancia», (uno de los Episodios Nacionales de Galdós). 


Libro que le hubiera gustado protagonizar:

Don Juan Tenorio


Película que haga justicia al libro en el que se basa:

El Tercer Hombre


Libro que supuso un antes y un después:

Robinson Crusoe

 

Libro que haya regalado para ligar:

Empecé a publicar cuando ya estaba casado, así es que… 

 

Necesita papel para hacer una barbacoa. Elija un libro de su biblioteca:

El Manual de Resistencia, aunque no hay más cera que la que arde.



jueves, 7 de enero de 2021

Nueva visita a "El Rompimiento de Gloria"

 En la reseña que aparece a continuación de la novela El Rompimiento de Gloria, cuya primera edición de 2003 está ya al borde de la mayoría de edad, Esperanza Ruiz le devuelve a sus protagonistas una frescura que este autor agradece:


La Solapa, 14 de diciembre de 2020

“Creo que cuando miró a su hermano los ojos eran verdosos, y azulados cuando me miró a mi”.

El color de los ojos de Elena ocupa algunas líneas en la primera y única, hasta la fecha, novela del Marqués de Tamarón (Jerez de la Frontera, 1941). Satur, el protagonista, no sabe si son zarcos o garzos pero a Santiago de Mora-Figueroa esta indefinición le sirve para explicarnos cómo se debería traducir a Homero (cuando habla de glaukopis Athene). 

“Las lechuzas y los búhos y los mochuelos suelen tener ojos amarillos y las mujeres y las diosas, no”. Tampoco son glaucos los ojos de Elena.

Por eso es un error clasificar El rompimiento de gloria entre las novelas de “género rosa” como he visto en alguna publicación; en realidad se trata de una clase magistral de esas a las que uno asiste sin saber que lo está haciendo.

La novela surge en la mente de Tamarón durante un paseo por la sierra acompañado por Siete, su Fox Terrier, al que por cierto, dedica –en latín– el libro. Era un día de los de principio de otoño, al lado de un arroyo y con la hierba corta. Siete acababa de recibir su comida y comenzó a explorar los alrededores. Tamarón, apoyado en un tronco, localizó con la vista un camino que se adentraba en el bosque y por tanto en el misterio según la idea heideggeriana. “¿Qué podría mejorar este momento? Nada, excepto que una mujer descendiera por ese camino. Pero esa mujer no estaría sola, así no funciona la vida. Iría acompañada de un hombre…”.

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En El rompimiento de gloria son los hermanos Elena y Miguel –criaturas casi celestiales– los que el narrador, Saturnino Prieto, encuentra en una de sus excursiones por la sierra. Se establece una relación entre los tres que no se desentraña hasta casi el final de la novela, y cuyas conversaciones se convierten en placenteras disertaciones que estimulan la inteligencia y cultura del lector. Así pues, no. Definitivamente no se trata de una novela romántica. Tampoco histórica, filosófica o filológica aunque tenga mucho de las tres cosas. Ni siquiera es un tratado sobre la naturaleza. Los protagonistas realizan numerosas visitas a la sierras de Guadarrama, Gredos o Ayllón, que no siempre quedan identificadas en el texto. Tamarón conoce mejor el léxico del campo andaluz, pero eso no es óbice para que deslumbre con su dominio de la naturaleza castellana. Las incursiones serranas no se hacen tediosas siquiera para el lector profano en esto de los piornos, el sonido de un búho real o el desacompasado murmullo de un arroyo. 

En El rompimiento de gloria, Tamarón merodea el paganismo: el protagonista comprende la divinidad de la naturaleza. Pero lo pagano no es anticristiano, sino precristiano. Hay destellos de la divinidad antes de él. Y, en cualquier caso, todo es redimido por Génesis 1:31. Aunque le tienta, no cae en el especismo; en detrimento del ser humano, claro. 

La novela comienza con Satur recordando el verano de 1935, en el que él era un joven estudiante de izquierdas, convencido de que el progreso llegaría tras la revolución, y sufriendo su propio rompimiento de gloria al encontrar a dos hermanos aristócratas reaccionarios y quedar fascinado por ellos. Miguel es capitán de caballería y conde de Fonseca. Elena es una diosa. No son ricos, ya no. Sólo lo son en belleza, que es una forma de generosidad. La generosidad que Satur no comprende hasta mucho tiempo después. Concretamente después de dos guerras y un exilio.

La trama sirve de soporte para que Tamarón nos haga reflexionar a partir de sus propias cavilaciones y para engañar al esfuerzo que eso supone con su bella prosa. Muestra el mismo celo por la traducción exacta del latín y del griego que por la de las estrofas de canciones de Cole Porter. A Santiago de Mora-Figueroa sólo le interesa la música popular americana entre los años 1928 y 1940.

Lejos de abrumar, consigue suscitar el interés con explicaciones, por ejemplo, como la de por qué “yo también estuve en Arcadia” está mal traducido, puesto que la traducción sencilla –“Yo también estoy en Arcadia”– es la correcta, al tratarse de un verbo implícito en una oración elíptica, y que, por tanto, no puede ir en pretérito. En Et in Arcadia ego es la Muerte quien habla convirtiendo la escena en un terrible memento mori. O con el impresionante pasaje en el que los hermanos entonan, y después valoran, el Kyrie gregoriano.

Algunos objetan una cierta inverosimilitud en los personajes. Pues claro, Tamarón no se cansa de hablarnos de que acontecen hierofanías. Y, en todo caso, ¿no merece la pena un poco de irrealidad si hay diálogos de este tipo?:

– ¿No criticabas tú antes la ética judeo-cristiana, Elena?

– La ética sí, pero el resto no. Además todo esto tiene que ser verdad. Un Niño Dios en medio de una turbamulta de Reyes y pastores y animales y estrellas, eso es tan glorioso que nadie puede haberlo inventado. Es el episodio menos terribly middle-class de la Historia.

El ambiente prebélico que Tamarón narra en algunas de las reuniones de anarquistas y republicanos a las que asiste Satur y el estallido de la contienda –el trasfondo político y social, en definitiva– nos recuerdan al mejor Foxá de Madrid, de Corte a checa.

La novela no carece de destellos irónicos pero es en el apéndice, que vale tanto la pena como la obra, donde Santiago de Mora-Figueroa muestra su inteligente sentido del humor y, de nuevo, su luminosa y elegante personalidad.

El concepto de rompimiento de gloria, uno de los más bellos títulos de novela que conozco, remite posiblemente al teatro barroco italiano, además de ser un término pictórico. “Vimos cómo se desgarraban las nubes plomizas sobre el valle y un chorro de luz parecía golpear con violencia un soto verde oscuro […]”. En el libro, además del obvio, del de la luz atravesando las nubes, hay rompimientos de gloria intelectuales, espirituales y psicológicos.

Santiago de Mora-Figueroa y Williams es el IX Marqués de Tamarón, licenciado en Derecho, diplomático, ex director del Instituto Cervantes entre 1996 y 1999 y escritor. Su obra comprende ensayo (El Guirigay NacionalEl siglo XX y otras calamidadesEl peso del español en el mundoEl avestruz: tótem utópico, y Entre líneas y a contracorriente), dos libros de relatos (Pólvora con aguardiente y Trampantojos) y su novela El rompimiento de gloria, que bien vale una lectura. O dos.




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