Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: 2008

martes, 30 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. IV)

IV

Llegamos a un acuerdo tácito. Eran ellos quienes me proponían ir a la sierra, o a su casa para algo que yo nunca sabía si iba a ser una clase de inglés, una lección de baile, un diálogo socrático —imposible, ahora lo comprendo, pues yo era platónico y ellos presocráticos— o una mezcla de todo ello. Me mandaban una nota con el ordenanza, que se llamaba Paco y era tartaja y de Trujillo.

─ ¿Tiene usted contestación para mi ca-ca-ca-pitán?
─ Si, Paco, dígale que sí, que no faltaba más.

El arreglo era malo para mi trabajo y mis estudios, pues los días en que no estaba hecho un flan esperando la convocatoria estaba hecho unos zorros reponiéndome del trasnoche, y siempre pensando en ella o en los dos.

Las caminatas por la sierra nunca volvieron a ser tan duras como la primera, pero siempre fueron largas y penosas, al menos para mí, hasta que fui acostumbrándome al ritmo: cincuenta y cinco minutos de marcha rápida seguidos de cinco de descanso, con una buena hora para almorzar. Por la tarde los descansos duraban más, cuando menos falta hacían puesto que íbamos cuesta abajo. Pero era cuando ellos se fijaban más en la naturaleza. No se tumbaban exangües como yo, sino que escrutaban las peñas próximas y lejanas, olisqueaban el aire y sabían qué plantas había en los alrededores, aunque estuviesen ocultas, oían e identificaban los pocos pájaros que hay en la montaña y palpaban el musgo suavemente, a veces, en otoño, frotándolo con la mejilla. No sólo comían las moras, fresas silvestres y escaramujos, sino que mordisqueaban otros frutos que a mí me parecían de lo más venenosos. En otoño volvíamos cargados de setas, algunas dudosas.

─ Esta debe de ser la cabeza de fraile, pero no estoy seguro.
─ Haré un guiso esta noche —anunciaba Miguel, que era el cocinero de la casa.
─ ¡No, por Dios!— Yo siempre picaba en la broma, sin comprender que los hermanos, por ciencia o por instinto, sabían muy bien lo que comían.
─ No te preocupes, que para ti haré una sopa de ortigas.

Usaban los cinco sentidos en el monte, como los bichos. Olfateaban si había pasado por allí un zorro o un cochino jabalí. Sonreían a veces sin mayor motivo y se quedaban inmóviles, como si hubiesen detectado algún aroma secreto o un leve susurro en las hojas o el trueno muy lejano. Yo no me atrevía a preguntar nada, pero daba gloria verlos quietos y alerta, como una pareja de corzos en un claro del bosque.

También tenían al menos un sexto sentido, el de la orientación. Nunca me perdí con ellos, ni siquiera en los rebollares muy cerrados, ya cercanos al valle, ni en las mañanas de nieblas altas o nubes bajas en las cumbres, cuando habían desaparecido del cielo y de la tierra los puntos de referencia y yo llegaba a sentir la necesidad angustiosa de apartar con las manos la espesa bruma. No llevaban brújula, ni aun cuando fuimos a Gredos, que conocíamos mal.

─ Sois primitivos hasta en eso.
Acabábamos de llegar a una fuente y ellos se habían puesto de bruces a beber mientras yo llenaba la cantimplora.
─ Da más gusto así —contestó Elena sacudiéndose el agua del pelo.
Miguel se echó a reír y me ofreció un puñado de nueces.
─ Sé lo que estás pensando, Saturnino. Que somos de otra época y no tenemos sitio en ésta. Y es verdad. Pero, ¿crees en serio que el Brave new world que tú anhelas va a durar mucho? Desde luego su historia no se medirá en milenios como la del mundo arcaico.
─ Es que yo no soy un utópico; la praxis...
─ No, hombre, no, si no me refiero a tus ansias revolucionarias. Eso son chiquilladas de aprendices de brujo que como mucho costarán unos pocos centenares de millones de vidas. Me refiero al pacto fáustico de la modernidad, concluido por izquierdas y derechas con el Progreso. ¿O es que tú no crees en el Progreso?
─ Sí, claro, pero...
─ Pero Mr.Roosevelt también, y el Hitler ese del bigotito, y el gordo italiano y hasta el Conde de Romanones...
─ ¿Y tú no, Miguel?
─ Yo no —contestó en voz queda, sin asomo de suficiencia, casi con pena.
─ Entonces eres un reaccionario.
─ Sí, claro. Pero no un tonto. Sé que nada de lo que haga va a cambiar el rumbo de los acontecimientos, salvo en lo accesorio. Aunque a veces lo accesorio es cuestión de vida o muerte para muchos y hay que actuar; además es más divertido actuar que lloriquear. Pero a la larga el estúpido mesianismo del Progreso, capitalista o socialista, acabará destruyendo todo lo bello y en su lugar tan sólo habrá hormigueros histéricos y colmenas dulzonas y pegajosas. Todo esto desaparecerá —Y señaló moviendo el brazo el valle solitario del Lozoya, el Monasterio del Paular acurrucado contra la ladera de Peñalara y al fondo la cúspide de la Maliciosa, donde ahora está la monstruosa Bola del Mundo.
─ Me estáis cansando, con tanta política —interrumpió Elena— Por no oír hablar de esas cosas dejé de ir a casa de tía Ma, y eso que los Primo de Rivera son guapos y simpáticos... ¡Mirad, mirad, un ánsar rezagado! Va hacia el Norte solo, con meses de retraso, después de todos los bandos de sus compañeros. Estará agotado y sediento. Ha debido de retrasarse por alguna herida. No llegará a Escandinavia.

Se oía el batir de alas, heroicas y cansinas. Me eché a llorar. Los hermanos fingieron no notarlo.

***

Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 15 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. III)

III

Aquellas ordalías me hicieron perder casi todas las uñas de los pies, pero también muchas de mis timideces. Si ellos me tomaban tal como era, ¿por qué no iba yo a aceptar su condición tan distinta de la mía? Además su naturaleza tampoco podía ser muy diferente, puesto que todos los hombres somos iguales. Ese prejuicio rousseauniano mío de entonces me costó muy caro, pero ni aun hoy sé si debo lamentar o celebrar mi error. En todo caso y pese a mi ingenuo acatamiento de las ideas del siglo, algo singular y peregrino debí de barruntar en los hermanos cuando me empeñé en aprender todo sobre ellos y sobre su mundo nebuloso. Ellos no rehuían mis preguntas y creo que las contestaban con franqueza, pero yo cuanto más sabía menos entendía; quizá las hojas me impedían ver el bosque o, más probable, me faltaba entonces cultura —más que erudición— para discernir. Cuántas veces, años después, en El Cairo o en Cambridge, he oído en mi mente el clic de una pieza del rompecabezas que por fin encajaba con las demás y daba sentido a uno de los muchos rincones oscuros de la vida de mis amigos o de sus raíces. Interrogando a refugiados de Europa del Este después de la Segunda Guerra Mundial, leyendo libros de memorias del siglo pasado, viajando, hasta hojeando trabajos etimológicos, he ido comprendiendo lo que al principio sólo podía amar, envidiar o detestar.


It will all end in tears, solía decir mi maestro inglés en Cambridge cuando notaba que un discípulo empezaba a idolatrarlo a él o a su ciencia. Pero es que todas las vocaciones y las pasiones terminan en lágrimas de frustración cuando no acaban en hastío. No debo, pues, quejarme; estoy llegando al final de una vida no exenta de amargura mas sí limpia de hastío. Ayer mismo comprendí algo que me dio una alegría pueril pero considerable. Siempre me había parecido una injusticia poética que Fonseca, el título español de la familia Cienfuegos, hiciese referencia a una fuente seca; era una antipática transgresión de la regla nomen est omen, que por cierto en mí sí se cumple puesto que me apellido Prieto y soy moreno. Pues bien, acabo de caer en la cuenta, con medio siglo de retraso, de que ese topónimo Fonseca debe de venir de Fuente del Sauce. Tendré que comprobarlo, pero al fin nomen est numen.


El caso es que ya entonces para mí en el principio era el verbo, y así empezó la velada de la horchata en las Vistillas.


─ Vosotros seréis asturianos, ¿no? Lo digo por vuestro apellido, Cienfuegos- Me gustaba pensar que en cierto modo éramos de comarcas vecinas.
─ Eso nos preguntan siempre, pero la realidad es más caprichosa. Descendemos de James Campbell of Glenlarig, un laird escocés jacobita. En nuestra familia siempre ha habido debilidad por las causas perdidas, pese a que el clan Campbell era en su mayoría protestante y partidario de los Hannover. Cuando fracasó el levantamiento de 1715 a favor de los Estuardo, a Sir James le requisaron sus tierras y, como sólo le quedaba su experiencia guerrera, buscó un soberano católico al que servir. Fue a parar a un principado italiano y allí lo primero que le hicieron fue cambiarle el nombre -por homofonía, creo que lo llamáis los lingüistas- a Campobello. A la generación siguiente, il Barone Campobello cruzó los Alpes y pasó al servicio de los Wittelsbach. Los bávaros, más concienzudos, tradujeron literalmente Campobello por Schönfeld. Tiempo después, a un Freiherr von Schönfeld se le ocurrió alistarse en los tercios españoles de Carlos IV, y vuelta a la adaptación homofónica, esta vez a las bravas. Dicen que el coronel de mi antepasado, harto del trabalenguas cada vez que pasaba revista, dispuso manu militari que se llamase Cienfuegos. "A mis primos asturianos no les disgustará que les salga un pariente así, hidalgo, cristiano viejo y buen mozo. Además Cienfuegos se parece a su nombre tudesco tan embrollado", concluyó el militar. Y en Cienfuegos nos hemos quedado, por ahora.

─ Miguel, vas a aburrir a Saturnino.

Pero no me aburría, me embobaba con las cosas de un mundo que se me antojaba tan exótico como el de los jíbaros reductores de cabezas, pero que los jíbaros sentían vivo, con sus ritos, parentescos, libertades nómadas y duras exigencias del decoro. Decidí preguntar todo lo que me resultase desconocido, disposición que requiere constantes esfuerzos de humildad pero que es la única alternativa a ir por la vida de enteradillo mediopelo.


─ ¿Qué es un laird?
─ Un señor feudal abominable en Escocia.
─ No te burles de mí. Estoy intentando aprender inglés, pero mi profesor es de Murcia.
─ Nosotros nacimos en Londres, pero por casualidad; nuestro padre estaba destinado allí como agregado militar a la Embajada. Si nuestras partidas de nacimiento te inspiran más confianza que la del murciano, podemos ayudarte de vez en cuando.


Quedamos en que a cambio yo echaría una mano a Elena corrigiendo ejercicios de latín y que otras veces les pagaría en especie, como a Sócrates.


La primera tarde llegué con jamón muy bueno y vino muy malo que me habían mandado del pueblo. Hacía mucho calor y decidimos regar el jardín y merendar antes de ponernos al trabajo. Nos alargamos y al final nos quedamos fuera un rato largo mirando en silencio un cielo espectacular con nubes de colores crepusculares inverosímiles.


You're the purple light of a summer night in Spain -canturreó Miguel- A ver, traduce, Saturnino.
─ Eres la luz púrpura de una noche de verano en España- contesté mirando de reojo a Elena.
─ Bien, bien. Suena cursi pero no con lo que sigue. Verás, no os mováis— Miguel entró en la casa por la ventana, de un salto, y se puso a tocar el piano, cantando con buena voz de barítono


You're the top!
You're Mahatma Gandhi.
You're the top!
You're Napoleon brandy.
You're the purple light of a summer night in Spain,
You're the National Gallery
You're Garbo's salary,
You're cellophane.


Me explicaron lo que era el papel de celofán y el coñac Napoleón. No me gustó la idea irreverente de mezclar a un anti-imperialista como Gandhi con Greta Garbo, protagonista de Ninotchka, una vulgar sátira contra la Unión Soviética. Me quejé y los hermanos me miraron con pasmo algo enternecido.


─ Eres más puritano que nuestras tías de Pamplona, Saturnino — y para burlarse de mí pusieron la misma canción en el gramófono y se lanzaron a bailar con gracia y con bríos.


Cuando hube escuchado tres veces seguidas el mismo disco, se me metió la tonadilla en la cabeza pero también me entró en el corazón un punto de envidia triste por no saber bailar el fox-trot. Elena lo notó en el acto.


─ Venga, ahora baila tú conmigo.
─ No sé.
─ Pues te enseñaré.


Y me hundí en el suplicio de mi azaro. Manoteaba y pataleaba para no ahogarme en las oleadas de agua de colonia, de risa ante mi torpeza, de inocente alegría animal entre mis brazos. Aguanté poco.


─ Elena, por favor vamos a descansar. ¿Qué es eso de You're the green and the mauve and the gold of the old school tie?
─ La corbata del equipo de cricket de Eton, un colegio oligárquico.
─ ¿Y quién era Lady Astor?
─ Es una señora de la sociedad, algo de izquierdas. Una especie de Carmen Yebes en Londres.
─ A ésa -añadió Miguel- le hizo tío José Antonio una letrilla:


La ciudadana Muñoz,
que a su marido aproveche,
me gusta más que el arroz
con leche.


─ En Viena hay otra señora por el estilo y en París dos o tres.
─ ¿Y vosotros por qué sois tan cosmopolitas? Yo creía que érais unos castizos de la caverna hispánica.
─ Es que no somos cosmopolitas, somos catetos en varios idiomas.


Y era verdad, según fui descubriendo. Los Campbell — Campobello — Schönfeld — Cienfuegos, en su deambular por Europa durante el Siglo de las Luces —más bien de la pólvora y del fuego para ellos, que lo husmeaban sin melindres— no habían hecho sino reanudar con la costumbre de su horda celta en milenios anteriores: dejar descendencia allí donde acampaban durante un par de generaciones. Sus nombres aparecían a veces en el Almanach de Gotha o en el Debrett's Peerage y más a menudo en el Freiherrlichen Taschenbuch y en el Burke's Landed Gentry. A medida de que la simiente de Sir James Campbell of Glenlarig se extendía por el litoral báltico y por las riberas del Danubio, por los valles del Tirol y las dehesas de Extremadura -alguno llegó hasta el Bósforo para servir a la Sublime Puerta y otro estuvo con Tolstoy en la campaña de Chechenia, como si más que añorar los moors escoceses quisiesen volver a los ralos pastos del corazón de Eurasia-, cuando ya, por la mayor fertilidad de las hembras sedentarizadas en castillos con goteras y castaños centenarios, abundaban más los lejanos primos Károlyi , Silfverstierna o Kermadec que los que llevaban en cualquiera de sus versiones el nombre de la línea de varonía, empezaron todos a perder el sentido tribal del parentesco por encima de las fronteras, de los ríos y de las montañas. Pero la rama española, menos numerosa, recobró bastante el trato con los demás pues tanto el abuelo como el padre de Elena y Miguel habían sido agregados militares en varias embajadas por Europa, y habían ido renovando la amistad con sus parientes à la mode de Bretagne.


Los hermanos se gastaban durante las vacaciones los ahorros del resto del año, viajando en tercera por toda Europa para visitar a sus primos y amigos. Entre éstos había hidalgos de aldea tan poco ricos como ellos, encastillados en sus casas solariegas de las que sólo salían para ir de caza, a la guerra, o al dentista. También había potentados con enormes tierras y palacios en Viena, Londres o Bucarest. Pero todos tenían más sentido de casta que de clase económica - nadie podía considerarse venido a menos si pertenecía a su estirpe; en el peor de los casos sería pobre, cosa molesta pero accesoria, como ser zurdo o haber hecho la guerra en el bando opuesto - así es que recibían a sus primos pobres españoles con largueza y naturalidad. El hidalgüelo abría sus últimas botellas buenas y el magnate daba un baile y le regalaba a Elena un vestido de Balmain para la ocasión, musitando:


Tu ressembles tellement à ta grand-mère... les mêmes yeux verts... non, plutôt bleus... Enfin , il faut te trouver un mari ici... tu sais, les Roumains ne sont pas de très bons maris, mais ils sont beaux garçons et sympathiques...


El que los dos fuesen tan guapos contribuía sin duda a su éxito, pero tanto o más debía de pesar su modestia y su buen humor, su don de adaptarse a cada circunstancia sin perder su personalidad propia. Ahora los imagino ayudando a la cocinera vieja a hacer mermelada de moras, al niño mal estudiante a preparar los exámenes de Septiembre y al Príncipe Ghyka, que llevaba treinta años estudiando el Número de Oro, a ordenar su biblioteca polvorienta de sabio balcánico. Y luego se arreglarían para ir a bailar con los jóvenes en un night - club hasta la madrugada. En cualquier ciudad de Europa estaban de moda las mismas canciones americanas de Cole Porter, Gershwin o Irving Berlin, a veces con la letra adaptada al gusto europeo. Casi todas y en mayor medida las de Porter, estaban dirigidas a un público de cierta instrucción y mucho dinero. No me parecía que ese fuese el ambiente preferido de Elena y Miguel.


─ No —contestó éste— pero me atrae el contraste entre las melodías, a veces tan buenas y quizá tan duraderas como los lieder de Schubert, y las letras, a la fuerza efímeras en cuanto se convierten en listas irónicas de los superlativos del momento.
─ Además las letras —añadió Elena— no son peores que las poesías de Browning. También me recuerdan a veces a Eliot.
─ ¡Pero es que Eliot es un reaccionario! —estallé.
─ ¿Y qué? No digas tonterías, Saturnino. Si sigues confundiendo el culo con las témporas no aprenderás nunca inglés. Ni inglés ni nada —me replicó Miguel, de pronto cansado.
Me levanté para irme, con el corazón en un puño.
─ Espera, una última lección, para que te vayas con buen sabor de boca —dijo Elena—- ¿Sabes lo que es esto?
Se acercó al piano y cantó:
You're the top! You're a tangy lipstick
Luego besó una cuartilla en blanco y me la dio.
─ Esto es un tangy lipstick.

Guardé el papel con la marca roja en un libro, hasta que lo perdí en Belchite.

* * *



He encontrado esta versión de You´re the top cantada y tocada al piano por el propio compositor, Cole Porter, en 1934, y creo que al lector puede ayudarle a sentirse ambientado en esta escena de la novela. Por mala que sea la grabación y la voz del maestro, tiene su encanto:



Bibliografía de El Rompimiento de Gloria


Bibliografía del Marqués de Tamarón

(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 1 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. II)

II


La jornada terminó al filo de la medianoche, tras una cena de queso, uvas pasas y mucho vino tinto en casa de los hermanos. Volví a mi sórdida pensión cerca de San Bernardo con la cabeza dándome vueltas. Por lo general en los días de caminata me dormía enseguida; al cerrar los ojos contemplaba alguna escena de la montaña y el sueño me invadía como el opio. Pero esa noche todo era distinto y excesivo: demasiado cansancio, demasiada euforia, demasiado vino, demasiada esperanza. Así es que decidí hacer una composición de lugar para serenarme. Mi sucinto diario había servido hasta entonces de mero registro de lecturas o de reuniones políticas; bien podía, aún a costa de mi pudor leonés, reflejar otras cosas.

Según iba escribiendo, la curiosidad se imponía a la exaltación primera. ¿Quiénes eran Miguel y Elena? Habitaban solos en una casa con jardín en el barrio del Viso, lo cual permitía suponer que eran ricos, y eso me molestaba por cuanto los alejaba de mí. Pero, bien mirada, la casa era modesta, tenía desconchones, el jardín estaba descuidado, la despensa casi vacía y los muebles desvencijados. El único lujo parecía ser un piano y muchos libros, así es que después de todo a lo mejor resultaban no ser de clase pudiente. Quizá vivían de su sueldo de Capitán de Caballería (lástima que no fuese brigada de Aviación) y de las clases de latín que ella daba (eso ya me parecía más acorde con mi talante). ¿Qué edad tenían? Él parecía tan mozo como yo y ella también muy joven, pero a mis veintiún años se intuían fácilmente las diferencias de edad y ellos con su aplomo tenían que ser mayores que yo.

Mas no importaba, serían distintos de mí y de mi mundo pero parecían estar a gusto conmigo; se reían conmigo y no de mí. Me miraban sin condescendencia y ella había prestado atención a mis explicaciones sobre los recientes hallazgos de papiros griegos en Egipto, aunque luego yo me trabuqué porque me fijé en sus ojos y volví a pensar si eran garzos o zarcos, y ella debió de notar mi azaro pues me interrumpió, contra su costumbre, diciendo:

─ Otro día le enseñaré los últimos textos clásicos bilingües de Loeb que acabo de recibir. ¿Quiere más vino?
─ Sí, sí- me apresuré a contestar, sin saber si me refería al vino o la gloriosa promesa de que habría otro día. Por si acaso era un voto vano, dejé en su casa mi mapa de la sierra como excusa para volver.

Me dormí muy ufano de mi ardid; si ella era diosa con ojos de color indecible yo era el astuto Ulises. Pero a la mañana siguiente apareció en la fonda un soldado con un sobre que contenía el mapa y una tarjeta del Conde de Fonseca. Al principio me quedé perplejo. ¿Quién sería aquel residuo del antiguo régimen que se entrometía en mi nueva vida? Luego me rebosó la amargura al comprender que el conde no era otro sino Miguel y que éste había deshecho mi artimaña para no tener que volver a verme. Yo creía haber congeniado con una gente maravillosa y resultaban ser unos rancios figurones que me despreciaban.

Tan sólo al cabo de unos minutos de despecho agitado reparé en que la tarjeta llevaba unas frases garrapateadas. De acuerdo con la costumbre -que yo desconocía- estaban escritas a lápiz y tan tenues que tardé en descifrarlas. Qdo. amigo, le propongo una excursión para el Domingo que viene, esta vez sin prole y en tren. Cenaremos luego en casa. Cita en la estación del Norte a las ocho. Su affmo. Miguel.

Creí que nunca llegaría el domingo, pero llegó y fue el día más agotador de mi vida. Yo había ayudado de niño en las faenas del campo, de sol a sol, y luego me tocaron jornadas de guerra abrumadoras, pero ninguna como aquella marcha de cincuenta kilómetros y mil doscientos metros de desnivel en nueve horas. Reunía todas las penalidades imaginables por un sargento vesánico de una compañía de castigo: sol de frente, dos kilómetros a través de un zarzal virgen, un kilómetro por una morrena movediza, subidas que parecían verticales, bajadas por senderos de guijarros de los que se hincan en los pies cuando no tuercen los tobillos. Fui esperando un bucólico déjeuner sur l´herbe y me encontré con un loco rito iniciático. Porque todo debía de estar minuciosamente preparado, salvo la tormenta que nos caló y atronó durante dos horas.
Conseguí no quejarme ni mostrar sorpresa alguna. Bueno, una sorpresa, sí. Creo que me quedé con la boca abierta cuando al acercarnos a un arroyo Elena gritó:

─ ¡Maricón el último que se zambulla en esa poza!
Y salió corriendo hacia la balsa, desnudándose por el camino. Miguel se sonrió.
─ Será mejor dejarla ganar y que se bañe ella antes que nosotros.

Esperamos nuestro turno vueltos de espaldas.

Pero la mayor sorpresa, y esa conseguí ocultarla, fue el aguante de Elena. Cuando yo no podía más y sentía que me iban a estallar el corazón y las sienes, ella me adelantaba toda risueña y hasta silbando. Que Miguel, con su constitución atlética y su entrenamiento militar, fuese más vigoroso que yo, pase. Pero la resistencia y los bríos de su hermana resultaban prodigiosos. Creo que fue ahí y no en los mítines de Victoria Kent donde perdí todo resto de machismo pueblerino.
Cuando ya cerca de la estación para coger el tren de vuelta nos sentamos un momento al sol, tiritando del remojón de la tormenta, vimos cómo se desgarraban las nubes plomizas sobre el valle y un chorro de luz parecía golpear con violencia un soto verde oscuro, casi negro, de pinos, rodeado de piornos color amarillo chillón.

─ ¿Sabe usted cómo se llama eso en pintura? —me preguntó Miguel.
─ Un rompimiento de gloria, ¿no?
─ Sí —terció Elena —¿Y qué prefiere usted, esto o un arco iris ?
─ El rompimiento de gloria. Por mi Primera Comunión me regalaron una caja de peladillas muy duras con Santa Teresita del Niño Jesús en la tapa, sobre un fondo de arco iris. Desde entonces no soporto el arco iris ni las peladillas.
─ Bien.
─ Entonces, ¿he pasado todas las pruebas? ¿O me van a seguir ustedes torturando? —pregunté con voz queda.
Los hermanos se miraron y prorrumpieron en risas y gritos.
─ ¡Ya pasó, ya pasó! ¡Eres más saturnal que saturnino!
─ ¡Casi pánico! ¡Cómo atravesaste la maleza! Claro que te dejaste allí media camisa... pero ya aprenderás a pasar de lado como los pájaros y no de frente como los cochinos jabalíes.
─ Eres jovial...
─ ¡Y jupiterino! El Tronante no te asustó...
─ Las náyades no te ahogaron en la poza; las dríadas te aman.

Nos abrazamos los tres y casi perdimos el tren. Del viaje recuerdo poco porque me dormí; de la cena menos porque me emborraché. O me emborracharon.

Creo que hablé mucho de mí. Debí de contarles que mi padre era veterinario en la aldea, que el cura me aficionó al latín pero no supo impedir que yo abandonase el opio del pueblo, que me gustaba Gorki, que estaba decepcionado con la República burguesa, en fin, lo que solía contar a cualquier nuevo conocido en la Universidad. O quizá bebí tanto que hasta les confesé que echaba de menos a mi perro mastín en León y que había llorado hacía poco leyendo un villancico de Lope de Vega.

Me desperté con resaca, con agujetas y con ampollas, en el sofá destartalado de la casita del Viso. Elena escribía en su mesa delante de la ventana, de espaldas a mí. Me quedé inmóvil unos minutos, observando las proporciones perfectas de sus hombros, el suave tono de miel clara de sus brazos —como si la víspera hubiese jugado apenas una hora al golf en Puerta de Hierro— y su respiración acompasada. La mía no debía de serlo tanto pues sin volverse me dijo:

─ Si estás ya despierto y si puedes moverte, encontrarás café y aspirinas en el comedor.
Allí estaba ya Miguel, devorando huevos fritos con chorizo, melón y pestiños, de uniforme impecable, con botas de montar y oliendo, como su hermana, a agua de colonia Álvarez Gómez.
─ ¿A donde vas así de elegante?
─ A montar a caballo, pero te dejo en casa de camino. Me han prestado una moto.
─ Oye, ¿dije muchas tonterías anoche?
─ Lo normal.
─ Yo querría invitaros algún día, pero...
─ Pero estás sin blanca. Nosotros también. Bueno, para tomar horchata en un aguaducho sí que tendremos. Y será menos duro que un juicio de Dios montuno.

* * *


Bibliografía de El Rompimiento de Gloria

Bibliografía del Marqués de Tamarón

(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 24 de noviembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. I)

SEPTIMIO
CANI AMICO QVONDAM ET FVTVRO
NECNON OMNIBVS CREATVRIS, NVMINIBVS, DIISQVE
OLIM PER AGRESTIA COMITANTIBVS ME

VEL IVGITER COMITATVRIS


I

A mis ochenta y tantos años reconforta mucho pensar en las tonterías que se dirán cuando me muera. Habrá artículos que alaben mi inteligencia versátil; otros criticarán veladamente mis cambios políticos. Pero todos los comentarios -los píos como los insidiosos- coincidirán en resaltar los constantes vaivenes de mi vida: la infancia aldeana, la militancia política de mis años estudiantiles, la Guerra Civil, el dorado destierro en Cambridge, la Guerra Mundial, el regreso a España cuando todavía eso no se llevaba, la parte activa que tomé en la vida cultural de los años sesenta y, sobre todo, el éxito de mi empresa editorial. Total, un paleto que se vuelve intelectual rojo, combatiente republicano, erudito en Cambridge, dinamitero, ensayista conservador y, al final, opulento hombre de negocios. Nadie sabrá que todas esas mudanzas fueron menudencias y fachadas, que el único vuelco de mi vida ocurrió un mediodía de Junio de 1935, a 1.800 metros de altura, sin testigos. Por culpa de una moneda, o gracias a ella.

Yo me costeaba los estudios trabajando, y además sacaba tiempo para conjuras, proclamas y algaradas políticas. Así es que la única manera de no volverme loco con aquella triple y agotadora vida de cagatintas, agitador estudiantil y ratón de biblioteca era andar por la Sierra cada domingo. No era pasear ni tampoco alpinismo, era andar rompiendo monte, subir y después trepar por canchales y rocas, hasta quedar rendido y dormirme luego en el tren de vuelta a Madrid. Solía hacerlo solo; a bastante gente soportaba ya durante el resto de la semana como para buscar compañía en mis únicos ratos de libertad.

Un día de los de noche corta, próximo a San Juan, decidí hacer una caminata larga por unos parajes muy agrestes que aún no conocía. Eché a andar temprano desde un pueblo del valle, subiendo el curso de un arroyo. Al principio había veredas de ganado por las márgenes, pero luego se perdían y tuve que abrirme camino entre zarzas bastante espesas. Hubiera podido buscar un sendero en cualquiera de las dos laderas del valle, que iban juntándose. Pero preferí no apartarme del riachuelo para poder seguir refrescándome cada poco trecho, y porque me interesaba la variedad de árboles y flores de aquel lugar. Un par de horas más tarde el sol empezaba a apretar y yo había avanzado poco y tenía la cara y las manos cubiertas de arañazos, es decir que con el masoquismo propio de los montañeros estaba comenzando a disfrutar.

Cerca ya de la altura donde hay más coníferas que árboles de hoja caduca, encontré de nuevo una vereda de ganado, que al cabo de poco me llevó a una pradera en donde se unían el arroyo principal, que yo iba siguiendo, con un afluente. Miré el mapa y deduje que cualquiera de los dos, remontándolo, me conduciría casi hasta la cuerda de cimas que quería alcanzar. Busqué una peseta en la mochila y eché a cara o cruz cuál camino tomaría. Salió el de la derecha. No deja de ser cosa de justicia poética que la moneda, mi prosaica herramienta de trabajo como cajero ayudante del Monte de Piedad y a la vez el objeto de mi reprobación antiplutocrática como ideólogo izquierdista, decidiera lanzarme por un camino tan ajeno a todo lo que hasta entonces había vivido, pensado y sentido.

Subí, pues, por el valle de la derecha, que enseguida se estrechó hasta el punto de convertirse en garganta rocosa. El agua encajonada saltaba de poza en poza, pero los salpicones, los traspiés y la lentitud de la subida no me importaban. Cada pocos pasos aparecía un nuevo rincón mágico, con helechos y ombligo de Venus creciendo a la sombra y brezos blancos y morados al sol. En uno de aquellos escalones de piedra crecía un acebo enorme, en el siguiente tan sólo había sitio para un par de acónitos seductores y venenosos, y en el de más allá el agua ocupaba todo salvo una mínima repisa donde una dedalera insolente exhibía sus flores purpúreas. Cada vez subía más despacio, no tanto por la dificultad creciente como por el pasmo que sentía ante la eternidad hecha a la vez piedra y flores efímeras. Me mojé la cabeza y me senté al sol. Recuerdo que pensé con cierta inquietud: "¿Y si la dialéctica fuese mentira? ¿Y si los cabrones de Hegel y Marx se hubiesen equivocado, y no hubiera más que el presente? Entonces el presente sería eterno, o el tiempo cíclico, da igual, el caso es que no habría progreso". Me consolé pensando que al menos Heráclito tendría razón con lo del río, pero tampoco estaba muy seguro. Sonreí ante mi propia puerilidad filosófica y me abandoné al aroma, entre dulzón y amargo, de los piornos en flor.

Pero unos gritos me despertaron de súbito. Eran una mezcla confusa de chillidos y risas. Al sobresalto siguió la ira. El más comunista de los montañeros piensa en el fondo de su alma arriscada que la montaña es de él solo y no un bien común. ¿Quién era aquella gentuza y qué demonios hacía allí? ¿Cómo habían conseguido invadir mis riscos, por qué los profanaban? Desde donde yo estaba no los veía, pero se había levantado una brisa que a cada instante me recordaba su presencia intrusa arroyo arriba. Debían de estar acampados allí cerca. O seguía remontando el torrente hasta cruzarme con ellos, dejarlos atrás y recobrar la soledad de la alta montaña, o tenía que desandar lo andado bajando hasta la bifurcación donde en mala hora el azar me había empujado a la derecha. Nunca me ha gustado desandar caminos - aunque luego en la vida lo hice al volver del destierro y alguna vez más - así es que opté por afrontar a los invasores, que serían necios señoritos del Real Club Peñalara.

Al llegar trabajosamente a un repecho contemplé mudo de asombro un espectáculo insólito. A unos veinte metros de mí, una mujer joven, vestida de blanco, entraba tranquila y sonriente en una laguna y agarraba por el cuello de la camisa a un niño que parecía ahogarse, diciéndole:

─No chilles tanto, Paquito, que no pasa nada.
─¡Seguro que se ha ahogado...! ¡...Mira cómo se hunde!- gritaban, felices con el drama, otros niños, todos rapados y feos.

La muchacha levantó en el aire sin esfuerzo al crío, que pateaba y escupía. Despacio, fue saliendo de la laguna. Al llegar a la orilla exhibió al rapaz salvado, como un trofeo, mirando a un hombre que le sonreía medio tumbado en una laja. Se detuvo un instante, chorreando agua, para recibir los aplausos frenéticos de los chiquillos y la mirada serena del hombre. Erguida, la ropa mojada se le pegaba a los pechos jadeantes, al vientre y a los muslos, se transparentaba y la hacía parecer desnuda. Los niños señalaban con el dedo aquel cuerpo perfecto, vigoroso, y se reían, desdentados como los viejos ante Susana. Pero no, no era una Susana bíblica y casta, se reía ella también al verse en cueros y no tenía el menor gesto de recato. No era púdica ni tampoco impúdica; las diosas carecen de esas debilidades. Sin apresurarse se acercó al hombre e inclinándose le dio un leve beso en la oreja. Luego se tumbó junto a él para secarse al sol.

Decir que en ese medio minuto me enamoré de ella sería decir una tontería. No se enamora uno de un mascarón de proa en alta mar o de la Victoria de Samotracia en el Louvre. Tan sólo enloquecí. Al parecer no me habían visto, absortos en su aventura, y aproveché para huir. Pasé media tarde vagando sin rumbo por unos canchales secos, lunares. Al final, acalorado y sediento, volví al riachuelo, pero más arriba de la laguna. Me refresqué y comí algo. A mis pies se extendía un pequeño valle colgante de origen glaciar, un circo protector de la laguna, el prado, el brezal y algunos abetos aislados. La extraña tribu seguía allí. De todas formas yo me iba a morir de añoranza al día siguiente, pero antes quería salir de dudas. ¿De qué color tenía los ojos? Seguro que garzos. ¿O se decía zarcos? Dios mío, ¿qué palabra griega usaba Homero?

Me precipité hacia el prado brincando por las rocas y al acercarme a ellos me puse a andar despacio, con cara de hombre cansado e indiferente.

─ Buenas tardes- dije mirando las teleras de pan con aceite y las sandías.
Los niños dejaron de comer y me escrutaron desconfiados, con la boca abierta. Los dos jóvenes, como por cumplido, contestaron.
─ ¿Gusta?

No daba crédito a mi suerte. Carraspeé:

─ Bueno, la verdad es que no traje fruta. Si me dan un poco se lo agradeceré... Hace tanto calor...
─ ¿Usted cree que hace calor?- me preguntó la muchacha sin dejar de comer y mirándome a los ojos. Los suyos eran, en efecto, entre verdosos y azulados. Estaba sentada al borde del agua, con los pies en la poza y la falda por encima de la rodilla.

No supe qué contestar. Me salvó del apuro el hombre, ofreciéndome un puñado de cerezas y la bota de vino.

─ Gracias. A todo esto... soy Saturnino Prieto. ¿Me puedo sentar con ustedes? Sólo un momento, voy con prisa.
─ Siéntese —y con gesto cortés e irónico se levantó y me ofreció la mano, añadiendo - Yo soy Miguel Cienfuegos, para servirle a Dios y a usted. Y sobre todo a Elena - terminó, señalando a la mujer.

El hombre era muy alto y se parecía a la mujer, pero tenía ojos azules claros y pelo negro mientras ella era rubia trigueña. Los dos estaban tostados, con ese color de miel que toma la piel blanca al sol. Sus rasgos eran finos y regulares, y sus movimientos, como sus voces, pausados. Yo nunca había visto una pareja tan hermosa, ni tampoco una patulea de niños tan horrendos. Era imposible que tuviesen una docena de hijos y sobrinos tan uniformemente enclenques y verdosos, de frentes abombadas y orejas de soplillo. Las criaturas sesteaban inquietas a la sombra de un peñasco.

Después de un par de tragos me sentí con fuerzas para observarlos mientras charlábamos sobre los vericuetos y rincones de la sierra. Los dos hablaban con calma y sin levantar la voz. Carecían de cualquier acento regional y tampoco se les notaba ningún deje extranjero, pero algo en ellos —un cierto vigor sosegado, un pararse a buscar la palabra exacta— me parecía poco hispánico. O quizá era el contraste con la incipiente algarabía iberoide de los niños, que empezaban a agitarse.

─ Les habrá costado trabajo a ustedes traer a los niños hasta aquí arriba, ¿no?
─ No demasiado, llegamos por una vereda fácil que viene faldeando de poniente. Pero hay que pastorearlos y empujarlos todo el tiempo. Se quejan de cualquier cosa y se cansan enseguida. No parece que se críen muy fuertes en el orfanato. Estas excursiones deben de sentarles bien —concluyó la mujer sin mucha convicción.
─ Ah, claro, entonces ustedes son empleados del orfanato.
─ ¿Nosotros? ¡Qué va!

La mujer se echó a reír y con el pié salpicó de agua al hombre.

─ ¡Despiértate, Miguel! ¿Te gustaría cambiar de trabajo y que te emplearan en Santa Eulalia?
─ Cambiar de trabajo sí, pero para buscar oro en el Canadá, no para colocarme en un asilo - contestó sonriente. Con el tiempo fui comprobando que una de sus peculiaridades era ser capaz, como los animales, de despertarse sin rastro de torpor, sin párpados pesados ni garganta seca. Tal vez no dormía nunca del todo.
─ Verá usted - me explicó la mujer - es que las monjas son muy pesadas y, como saben que solemos pasear por el campo, han convencido a mi hermano para que de vez en cuando birle un camión del cuartel y lo llenemos de chiquillos para traerlos de jira a la montaña. No todos son huérfanos, algunos están abandonados por sus padres y otros medio abandonados. Mi hermano piensa que sacarlos de Vallecas es como poner una maceta al sol. Yo a veces creo que son plantas demasiado endebles y viciadas para esto.

Los niños, en efecto, habían formado corrillos y jugaban a las tabas entre empujones y tacos. Un mocoso sacó una colilla y la encendió. El hombre se levantó de un salto y con un manotazo le quitó la colilla de la boca mellada.

─ Venga, niños, se acabó la holganza. Vamos a hacer una carrera. Esta perra chica es para el primero que llegue a esa peña.

Los hermanos se alejaron intentando poner orden en la estampida y yo me quedé hecho un mar de dudas. No podía pegarme a ellos, terminarían hartándose de mí. Pero tampoco iba, sin más, a perder de vista para siempre a una mujer así. Incluso él me caía bien ahora que había descubierto que no era su marido ni su novio. En cambio era militar, grave tacha, pero algo en esas montañas debilitaba la fuerza imperiosa de las sectas de la llanura. Además no podía despedirme a la francesa; esperaría a que volviesen de aquellos juegos absurdos y ya encontraría algún pretexto para pedirles sus señas.

A la media hora regresó una procesión lastimosa. El hombre llevaba a cuestas a un niño berreante que sangraba por una rodilla y la mujer sostenía en brazos a otro más pequeño que lloriqueaba porque se había torcido un pie. Vi el cielo abierto. Insistí en ayudarlos a llevar hasta el camión a la horda derrotada.


* * *


Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008


martes, 18 de noviembre de 2008

The Tornielli Enigma

Carta publicada en el
Times Literary Supplement
el 28 de enero de 1983

Esta carta originó algunos comentarios pero no obtuvo ninguna información. Me escribió una asociación de amigos de Giraudoux preguntando cautelosamente si yo sabía más de lo que revelaba. Les dije que no. Luego Quim Monzó recogió noticia de esta carta (¿o era la carta completa?) en un libro en catalán y después en su versión castellana. Se refirió también a este asunto en una entrevista. El conde italiano y el escritor francés debieron de reírse un rato juntos en el limbo, que todavía no había sido suprimido por el Papa.

Tamarón

miércoles, 12 de noviembre de 2008

No Getting Around It: English Is Global Tongue


No Getting Around It: English Is Global Tongue

MADRID: Linguistic problems are not the least cause of worldwide bewilderment as this century draws to a close.Most of us feel that our own language is an essential part of our national identity, yet at the same time we realize that in the emerging global civilization we need a world language, a sort of lingua franca.

Without a world language, plus several regional ones, international relations would succumb to the old curse of Babel.This, of course, has always been the case.Over the centuries, Greek, Latin, Spanish, French, Malay, Swahili and other languages have been used as international instruments for trade, diplomacy or religion.Many of them are still used in that capacity.

But three new elements have complicated the situation.The first is the rise of English to the hitherto nonexistent position of world language.This makes life easier for many people, but it irritates others.Many speakers of less widespread languages feel threatened by English.To use the old political metaphor, it is like sleeping next to an elephant;regardless of its intentions, the sheer size of the animal makes it dangerous. (continuar ...)

(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves, 6 de noviembre de 2008

Cleopatra en los brazos de Unamuno

Narcissus pseudonarcissus confusus hispanicus. Foto Marqués de TamarónFoto del 5 de abril, 2008, a unos 1600 metros de altura ladera norte del Guadarrama. Es una escena histórica, un sueño freudiano de Unamuno: un Narcissus pseudonarcissus confusus hispanicus (perífrasis y metáfora y vera descripción del gran farsante U.) en éxtasis al ser libado por una mariposa Cleopatra (Gonepterix cleopatra, variedad de la mariposa limonera), ambos rodeados de boñigas de vaca, o quizá cagajones de caballo.

(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles, 29 de octubre de 2008

Si al odio no respondes con más odio


LOS DIARIOS DE BERLÍN (1940-1945)


Marie "Missie" Vassiltchikov

Edición y comentarios de
George Vassiltchikov
Traducción de R. Vilagrassa
Acantilado, Barcelona, 2004
509 páginas, 25 euros


Las situaciones apocalípticas a veces empeoran, si cabe, y siempre cabe, por añadidura de la sordidez. Esto resulta evidente en las revoluciones, como la comunista o la nacional-socialista. Al dolor y a la muerte se les une el desánimo que producen en casi todos los hombres --pero no en todos-- la suciedad física y moral y el espectáculo repugnante de la crueldad. El heroísmo supremo consiste en sobreponerse no sólo al miedo y al dolor sino al asco. Missie Vassiltchikov lo hizo.

Mientras Hitler se refocilaba contemplando las películas que le pasaban de las ejecuciones de los conjurados del 20 de julio de 1944 --estrangulados con cuerdas de piano por orden del Führer, para que durara más la agonía-- Missie Vassiltchikov se jugaba la vida haciendo dos cosas que consideraba necesarias y de las que no se jacta: buscar un pope ruso para que dijese una misa por lo ya muertos y por los demás acusados (tan sólo pudo asistir ella) y llevar a la cárcel, con una amiga, paquetes de comida para los cautivos, de los que había sido confidente y correo, desechando la posibilidad de escaparse a Suiza. No le faltó valor a la joven princesa rusa, sobre todo si se tiene en cuenta que mientras tanto el pueblo alemán rugía pidiendo el castigo ejemplar de la clase alta, culpable a sus ojos de traición por el intento de asesinar a Hitler.

Fue entonces cuando éste --jaleado por quienes, como el periódico oficial de las SS, vociferaban contra "Los cerdos traidores de sangre azul"-- lamentó ante sus próximos no haber seguido mejor el modelo soviético y no haber purgado de nobles las fuerzas armadas alemanas, lo cual tenía cierta lógica nacional-socialista. Incluso declaró que debería haber apoyado al Frente Popular y no a los Nacionales en la Guerra civil española. Se comprende que aun hoy el Conde de Stauffenberg, hijo del principal autor del atentado contra Hitler, siga corrigiendo --en los periódicos, como antes en los parlamentos, alemán y europeo, donde fue diputado-- a quienes dicen nazi en lugar de nacional-socialista, que es como se llamaba y lo que era aquel partido político.

Hacía falta, sí, mucho valor, y no sólo físico, para nadar contra corriente, y aun contra varias corrientes cruzadas, en aquellos tiempos. Ese insólito valor lo tuvieron la autora y muchos de sus amigos que aparecen retratados con unos pocos trazos, simples pero que no ocultan los trágicos dilemas que afrontaban y los matices sutiles de sus personalidades, que afloraban bajo la presión terrible de la guerra y de la conjura. Adam von Trott, el diplomático y amigo íntimo de la autora, se duerme o finge dormir en una reunión de trabajo con su jefe, una especie de comisario político de las SS, al que suele tratar con desprecio ostensible (¿por clasismo suicida? ¿o peligroso sentido del humor?). El Príncipe Heinrich Wittgenstein, uno de los mejores pilotos de la Luftwaffe, solía volar de paisano, y alguna vez de esmoquin, echándose una gabardina por encima; hubiera muerto como el anterior, ejecutado por Hitler, si no se hubiese adelantado la RAF. La noche en que murió había ya derribado cinco aviones aliados y en total 83 durante la guerra, pese a lo cual --o acaso por ello mismo-- los ingleses dejaron caer una corona de flores donde había muerto su enemigo. El Conde Gottfried Bismarck, cuando la Gestapo estaba a punto de detenerlo, se resistía a deshacerse de los restos de explosivos en su despacho "para intentarlo otra vez". Fue apresado y torturado, pero no ejecutado. Causa tristeza leer que tras sobrevivir a tanto, Bismarck y su mujer se mataron poco después de la guerra en un accidente de automóvil. En cambio alegra leer que el juez sádico que presidió el Tribunal Popular que condenó a los conjurados del 20 de julio (Freisler, un antiguo comunista converso al nacional-socialismo) murió en un bombardeo mientras juzgaba a Fabian von Schlabrendorff, que se salvó tanto del bombardeo como de la sentencia.

Estos diarios de guerra se pueden leer como un documento histórico o como un testimonio psicológico, pero en cualquier caso cautivan por la evidente sinceridad de la autora y el vigor sencillo del relato ("si al odio no respondes con más odio, y encima / no te las das de justo, ni de sabio al hablar" traduce Ucelay a Kipling). Sin duda tienen más interés histórico las páginas consagradas a los años 1940-1944, tiempo que la autora pasó casi todo trabajando en el servicio de Prensa del Ministerio de Negocios Extranjeros, y por supuesto lo más notable es lo relacionado con el intento de magnicidio. Aunque sólo sea por el resultado --más de 11.000 ejecuciones, la flor y nata de una nación ya desangrada por la guerra, pero unos jirones de honor que se salvan-- el 20 de julio de 1944 es una fecha histórica señera.

La última parte de los diarios --1945 y el trabajo de Missie Vassiltchivkov como enfermera en Viena-- sigue teniendo un hondo interés humano. Los bombardeos de Viena --como los de Berlín en páginas anteriores-- son, junto con las visitas de la autora a la cárcel y sus experiencias en el hospital de sangre, páginas muy duras de leer pero tan desprovistas de autocompasión y tan llenas de modestia que no dejan un sabor amargo. Y el estilo literario es tan natural que sobrevive incluso a una traducción torpe.

Se echa de menos el excelente índice onomástico de la edición original inglesa. Y las fotos están peor reproducidas, lo cual es una pena pues no es frecuente ver una serie de personajes tan hermosos. Hace un par de años le comenté a Tatiana Metternich, una hermana de la autora que vive aún, cuánto me había llamado la atención la belleza de ella, su familia y sus amigos. Me miró pensativa:

- Dicen que es siempre así. Cuando un mundo va a desaparecer los jóvenes son especialmente guapos... Y luego mueren.


Si al odio no respondes con más odio
por el Marqués de Tamarón
ABC - Banco y Negro Cultural, 30 de Octubre, 2004


(c) Marqués de Tamarón 2008

domingo, 26 de octubre de 2008

¿Todo está lleno de dioses?

Este heroico oficial de artillería austríaco y millonario judío, filósofo abstruso, admirador de Nietzsche y jardinero de los monjes agustinos, ingeniero aeronáutico y enemigo de la ciencia moderna, ese perpetuo rehén de la izquierda bienpensante llamado Ludwig Wittgenstein, debía de tener un día muy poco izquierdista --como casi todos los de su vida-- cuando escribió esto, pensé al descubrir una nota suya de 1938, incluida en su libro Cultura y Valor. Wittgenstein citaba un poema de Longfellow --en inglés y de memoria, pues se equivoca en la palabra crucial-- cuyo último verso dice "pues los dioses ven por doquier", y añade "esto podría servirme de lema". Ahora bien, ocurre que Wittgenstein se confunde --felix culpa-- pues cita "for the gods are everywhere", con lo que convierte en pietas lo que en el texto original era miedo y eleva el verso de consejo cauteloso a norma de vida.

Claro que el error de Wittgenstein quizá se debiese a un eco de Tales de Mileto, como me apuntó Javier Gomá. Tales opinaba que "todas las cosas están llenas de dioses". El aforismo puede entenderse como un enunciado animista, como una visión protocientífica de las fuerzas naturales o como una forma politeísta del panteísmo, según un reciente ensayo, que encontré en Internet (también allí hay dioses, aunque menores), de Frost-Arnold. Éste se inclina, convincentemente, por una cuarta interpretación de las palabras de Tales: la literalidad del aforismo, no muy lejana de la visión arcaica de Homero o Hesíodo. Me agrada pensar que Wittgenstein no hubiese estado en desacuerdo con una exégesis tan próxima a su divisa. Y que el filósofo más austero haya escogido un lema tan espléndido, violando, para colmo, su propio apotegma del Tractatus que prohibe hablar de lo inefable.

Cualquiera que lea la muerte y el entierro de Wittgenstein, aun contados por el descreído Monk, sentirá emoción, como al leer las últimas notas recogida en Cultura y Valor, un mes antes de su muerte, en las que habla de su juicio por Dios, y del diablo. Pero ya para entonces se refiere a cada uno de ellos en singular. En fin, otros siguen hasta lo último viendo o queriendo ver una variedad de epifanías. Van desde hierofanías mínimas, aunque siempre misteriosas, hasta grandiosas teofanías. Se manifiestan mediante rompimientos de gloria, desgarros de las nubes por la luz. Ningún clásico --antiguo o moderno-- carece de destellos así. Y es que ningún clásico, salvo Protágoras el sofista, cree que el hombre sea la medida de todas las cosas, gracias a Dios. O a los dioses.


¿Todo está lleno de dioses?

por el Marqués de Tamarón

ABC D las Letras, 5 de Mayo, 2007


(c) Marqués de Tamarón, 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

Otra falacia patética

Otra falacia patetica. Imagen del diario ABC. Marques de Tamaron
UNA de las falacias más repetidas es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita -auténtica falacia patética, que diría Ruskin- cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo».

Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción: los vecinos se sonríen ante el atropello, el juez se encoge de hombros, el Ayuntamiento se inhibe, los Gobiernos callan o fingen. Es la más sincera de las connivencias. «Vaya usted a saber quién lo hizo, sería muy difícil probarlo, además el bosque era muy viejo, y ya es hora de que esto beneficie a las personas y no sólo a los pajaritos». Y suspiran satisfechos los especuladores urbanos, tratantes de madera quemada, cazadores furtivos, extorsionistas, camellos de la droga, piariegos y retenes renegados.

El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso -creo recordar que en La Codorniz- convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa.

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Otra falacia patética
Diario ABC, 25 de Mayo, 2006

lunes, 13 de octubre de 2008