Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: Con perdón

viernes, 10 de febrero de 2012

Con perdón

El lenguaje suele revelar la idiosincrasia nacional, pero no siempre. Así, un observador superficial podría quedarse con la impresión de que los españoles son unos monstruos de altanería, pues nunca piden perdón, y los ingleses unas hermanitas de la Caridad, siempre con el I’m sorry a flor de labios para excusarse. Nada más lejos de la realidad. Y ello no porque sea cierto el viejo dicho castellano todos somos hijos de Dios (a lo sumo metáfora optimista), sino porque todos somos hijos de Caín, y eso sí que está acreditado en la Biblia (véase el Génesis, IV, 17-24, V y VI) y por la experiencia diaria. A todos los humanos se nos da una higa el prójimo, todos pensamos «¿acaso soy el guardián de mi hermano?». Lo que pasa es que los ingleses tienden a la hipocresía y lo ocultan, y los españoles al cinismo y lo exhiben.

El caso es que los extranjeros comentan la incapacidad española de decir «me equivoqué y lo lamento» o «te he hecho daño, perdóname». Es cierto que hasta la expresión española pedir disculpas es equívoca: puede significar pedir a alguien que se disculpe o pedir a alguien que lo disculpe a uno. Pero da igual porque en ambos casos se topará uno con las levantadas cejas de la dignidad ofendida. También es verdad que en España tiene ecos épicos la frase sostenella y no enmendalla, mientras que su equivalente en el mundo anglosajón, I never apologise, resulta tan cómica que Shaw la empleó para hacer reír con uno de los personajes de Arms and the man. A nosotros nos cuesta Dios y ayuda reconocer un error o haber agraviado a alguien, y ello por igual en los lances cotidianos más nimios (el pisotón en el Metro, el coche mal aparcado que bloquea a otro, etcétera) y en las injurias más graves de una vida. Donde un inglés hubiera exclamado al instante y con hipócrita desenvoltura I'm sorry nosotros apretamos los dientes y gruñimos con montaraz sinceridad.

Pues ¿qué decir de los franceses? Tanto les gusta excusarse de boquilla que, si tras muchas zalemas pasan los primeros por una puerta, dirán pardon, cuando un español cortés diría gracias. Incluso acuden como sinónimo al «estoy desolado», prodigio de cortesanía hiperbólica. «Monsieur, está usted pisándome el dedo gordo». «Désolé», y sigue pisándoselo. No en vano fue un francés, el Duque de La Rochefoucauld, quien dijo que «la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud». Ojalá los españoles fuésemos más hipócritas. Tendríamos mejores modales y la convivencia entre nosotros sería menos áspera.

Con suerte, algo de eso ocurrirá en breve. Según el semanario Tiempo (8-12-86), «en Barcelona se acaba de crear la primera academia de usos, modos y costumbres (...). Ha nacido bajo el auspicio de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Cataluña y de hecho está dirigida para enseñar buenos modos a ejecutivos». Muy bien -piensa uno al leer esto— por fin los tales ejecutivos aprenderán a decir por favor y perdón antes y después de robar. Pero entra la duda con el siguiente párrafo: «El curso cuesta 75.000 pesetas al mes e incluye doce clases prácticas. En el curso básico se enseña fundamentalmente a comer bien, además de algunos temas de protocolo». ¿Cómo? ¿Será esto otra estafa como la de la educación sexual, que pretende cobrar por enseñar lo que la Naturaleza dejó bien claro en el instinto? ¿Quién va a necesitar maestros para «comer bien», para ponerse morado de fabada o de langostinos? Mas no, la clave está en los llamados «temas de protocolo». Lo que de verdad preocupa a los señores Gargallo y Tobía, inspiradores de la Academia, es impartir doctrinas como ésta: «En cuanto a los huevos, se utiliza tenedor, si son fritos, para mojar el pan, y si son pasados por agua, se pueden comer con cucharilla cuando queda poco.» ¿Y cuando queda mucho del huevo pasado por agua? ¿Se comerá con tenedor? ¿Y la clara del huevo frito, una vez mojado el pan en la yema con tenedor, se comerá metiéndola en la boca con cuchillo? Suponemos que al que pague 75.000 pesetas le revelarán esos últimos arcana imperii. Y esperamos que al que con maniobra desafortunada de los cubiertos haga volar el huevo frito y caer en el escote de la comensal de enfrente le aconsejen decir ¡Perdón! Aunque desde luego no podrá añadir España y yo somos así, señora.


(Este artículo apareció en el ABC del 20 de Diciembre de 1986 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Enlaces relacionados:
En los albores de la corrección política
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

5 comentarios:

  1. Muy bueno Santiago. Me gusta lo de la hipocresía inglesa oculta frente al cinismo español exibicionista, no puede ser más acertado.

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  2. Hasta hace poco, The Times contenía una sección de consultas sobre buenos modales, a cargo de Phillip Howard. El tal caballero respondía a las más variopintas preguntas con una sensatez apabullante. Así, su principio básico era: no hagas nada que no desearías que te hicieran a tí. Y, por lo que hace a los modales de mesa: come como te sea más cómodo mientras no hagas mucho ruido ni salpiques al comensal de al lado.
    En relación a las diferencias España vs Inglaterra, quizás una vez más deberíamos buscar parte de la explicación en la carencia, por nuestras tierras, de una aristocracia con ganas de dar ejemplo. Allí no sólo impuso modales, sino que desarrolló el tan valorado humor inglés, impensable sin una clase social a la vez poderosa y escéptica sobre la realidad mundana.

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  3. Divertido el artículo, como divierten todos los artículos (bien escritos como este claro está) que rondan alrededor del carácter nacional de cada país. Dicho lo cual, como es bien sabido, dicho carácter nacional no existe, se trata de simples tópicos que permiten pasar un rato entretenido. Que si el español es así, que si el francés asá, que si el inglés de la otra forma. ¿Que español? ¿Que francés? ¿Que inglés? ¿Don Quijote, Bel Ami, Falstaff?

    Un francés conoce a un polaco y le dice:
    - En Francia decimos estar borracho como un polaco (“être saoul comme un polonais”).
    El polaco molesto le contesta:
    - Pues en Polonia a eso contestamos diciendo tener la educación de un francés.

    Puede apoyarse cualquier afirmación sobre el carácter o la forma de ser de los habitantes de un país en toda clase de citas históricas y literarias, y a renglón seguido sostener el rasgo contrario, también apoyado por toda clase de citas irrefutables. En cuando a deducir que la forma de ser de los españoles (como digo indemostrable) se debe a no se que carencia social (falta de aristocracia, falta de vigor en la sangre visigoda, y demás horrores) no deja de ser un comentario simplemente superficial, gracioso en el juego de los tópicos y generalidades, pero nada más.

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  4. Las expresiones y costumbres de cualquier grupo humano son tan observables y mesurables estadísticamente como sus hábitos de consumo de sardinas en escabeche o peras en almibar. Si se calcula cuánta cerveza beben los bávaros, los madrileños y los saudíes al año, está claro que cabe preguntar ¿qué bávaro, qué madrileño, qué saudí? Pero los datos serán, por lo general, de consumo medio per cápita. Otra cosa es que eso revele lo que el alma suele esconder. Quizá bajo un borracho se oculte un asceta frustrado. O bajo el lenguaje hipócrita de un inglés o el lenguaje cínico de un español latan corazones abnegados.

    Alguno sí habrá, desde luego. Como habrá otros más cínicos o hipócritas aún que la media.

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  5. Determinar el carácter nacional mediante una medición, francamente, me parece difícil. ¿Una estadística del cinismo o de la caballerosidad? Me parece más fácil sumar sardinas que sumar tipos de carácter. ¿Vamos a decir que en España hay tantos kilos de cínico, tantos de idealista, tantos de hipócrita? ¿Y las combinaciones entre sí? ¿Cómo las medimos? La verdad es que sería divertido. Pero no pasa de ser un juego y un desahogo, insisto que muy divertido y, a veces, orientativo. Pero pierde todo valor cuando se pretende convertir el juego en una certeza, o cuando se usa como en España normalmente para ponernos verdes a nosotros mismos con las más categóricas afirmaciones sobre nuestra forma de ser, siempre negativas. En general, en nuestro caso, la apreciación negativa de nuestro supuesto carácter suele ir acompañada, normalmente, de una enmienda a la totalidad al resto (educación, cultura, sociedad, historia, etc.). El otro día en las memorias de un señor respetable pude leer que “En España no hemos tenido administración”. Y se queda tan ancho. A bote pronto y para refutar la enormidad se me ocurría pensar en las leyes de Indias y en la organización de todo el territorio americano tras el descubrimiento, que digo yo que no es mal ejemplo de administración, tal vez sólo superado por la Roma antigua. En conclusión, el carácter nacional es un mito, simpático, interesante, muy a menudo útil como indicación o aproximación a una realidad, pero nada más.

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