Emil Cioran, Eugène Ionesco y Mircea Eliade en París
«Personne n’est plus religieux que moi. Ni moins. Je suis à la fois plus près et plus loin de
l’Absolu que n’importe qui». (1) ¿Será Cioran el colmo de la vanidad? ¿O será el colmo de la soberbia? Tal vez no sea ni lo uno ni lo otro, sino cosa del bufón más grande de la historia contemporánea, que aprovechó la estupidez de la crema de la inteleztualidá francesa para entrar en el Parnaso.
En fin, hay que reconocer que el Parnaso ha debido de mejorar
de ambiente y de humor con la llegada de Cioran (1995), e incluso también con
la presencia de Eugène Ionesco (1994) y Mircea Eliade (1986).
Todos los escritores tienen -tenemos- una pizca de exhibicionismo. A veces se mezcla con proselitismo.
Cioran tiene algo más que una pizca. Incluso cuando se presenta como un anacoreta de la Tebaida o un fantástico hereje que chapotea en el Mar Negro.
Pero lo hace con ironía, no siempre amarga. Lo más interesante de su vida es Simon Boué, su mujer, siempre en la sombra, siempre ayudándolo.
Cioran hizo de su vida una tragicomedia: fue autor, actor y pintor del decorado.
Cioran suele mirarse el ombligo. Casi siempre usa la primera persona, «je» y otras on, o nous, pero siempre para hablar de si mismo y pontificar aunque sea burlándose de sí mismo.
«Il est possible à la rigueure d´imagineur Dieu parlant français. Jamais le Christ. Ses paroles ne passent pas dans une langue si mal à l´aise dans la näiveté ou le su sublime».(2)
Cioran, supuesta quintaesencia del pensamiento francés y en francés, no es tal cosa pues se atreve a decir que el francés es la lengua del cielo pero no de Cristo.