Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El Guirigay Nacional
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lunes, 20 de abril de 2026

Las noches blancas, Marqués de Tamarón - El guirigay nacional.





    En el programa "Las noches blancas", el Marqués de Tamarón presentó su libro El guirigay nacional, en entrevista con Fernando Sánchez Dragó en Telemadrid, el 13 de Mayo de 2014.


Pincha para ver la entrevista



Primera edición de El Guirigay Nacional, 1988. Portada e ilustraciones interiores Diego de Mora-Figueroa.




Segunda edición de El Guirigay Nacional, 2005. Portada de Francisco de Goya.




jueves, 24 de septiembre de 2015

El triunfo de Calibán

Calibán bailando por Johann Heinrich Ramberg (1763-1840)
     El azar —o la misericordia divina— ha hecho que cuando empezaba a agobiarnos el estudio de la estupidez y de la ignorancia humanas cayeran en nuestras manos dos libros inteligentes: el discurso de ingreso en la Real Academia de don Valentín García Yebra y After Babel, de George Steiner. Acaso habríamos ido demasiado lejos en nuestra curiosidad —¿masoquista?— por el lenguaje pobre y mendaz de la política y del periodismo. Quizá tenía ribetes morbosos nuestra caza de la presuntuosa traducción errónea. O no; puede que esa catarsis sea necesaria. De cualquier manera, cansa a la larga vivir rodeado de idiotismos y de idioteces, de falsos amigos y de amigos falsos, de traidores y de traductores, con solo el sarcasmo por defensa. No es bueno reducir las emociones a la ironía. A veces hay que volver los ojos a la belleza y admirarla.

     Pues bien, a eso nos incitan García Yebra y Steiner, cada cual a su manera, a propósito de las traducciones. Ambos son políglotas —de los de verdad, no de los que pululan en TVE— y conocen a fondo tanto la cultura clásica como la moderna. Dicho de otra manera, son fósiles vivientes. Pertenecen a la noble tribu —hostigada, diezmada y ya casi extinta— de los humanistas capaces de leer a Horacio en latín y a Proust en francés, y además disfrutarlo. Eso, no nos engañemos, está desapareciendo. Cierto sistema común de referencias culturales, en vigor durante muchos siglos, ha sido eliminado de los planes educativos y ya empiezan a surgir generaciones de jóvenes bárbaros, afables y bien nutridos, limpitos de cuerpo y de mirada, lobotomizados por un bachillerato analfabético, a quienes nada dicen el misterio del Gólgota o los de Delfos, la belleza de Helena o la de María Magdalena. J. J. Rousseau (il a été laquais et cela se voit, decía de él Voltaire) ha triunfado. Cuando el buen salvaje entra en el Museo del Prado y ve a un imponente barbudo con cuernos de luz y unas lápidas en la mano, o a tres mujeres en cueros ante un joven que ofrece una manzana, sonríe con la mirada beatífica del mulo y sigue su camino. No sabe, no puede saber, de qué va.

     García Yebra sí sabe de qué va. Su reciente discurso, Traducción y enriquecimiento de la lengua del traductor, síntesis de una vida de trabajo y de disfrute intelectual, es a primera vista un resumen de la historia de la traducción y del catálogo de las influencias mutuas entre las lenguas. En el fondo es mucho más, es un retrato del entramado que une a unas culturas con otras tras siglos de fértiles cruces. Es el árbol genealógico de la cultura humana. No busca limpiezas de sangre; cuando encuentra a un abuelo pirata o cuatrero lo reseña complacido. La raigambre latina de nuestra lengua no ningunea al vocablo moruno o caribeño. Todos concurren a crear un idioma viejo, rico y sutil, en perpetua transformación. García Yebra no es inmovilista ni menos retrógrado. Acepta sin miedo la evolución lingüística. Pero toda su exposición rezuma una pregunta no formulada: ¿y ahora, qué? ¿Continuará la evolución enriquecedora o hemos entrado en la evolución empobrecedora, es decir, la degeneración lingüística, camino del «español básico» de mil palabras, casi todas ambiguas e imprecisas?

     George Steiner, más pesimista, aborda el problema y no ve solución. En realidad no necesitaba mencionarlo; también en su obra —más filosófica que la antes citada— hay implícito un retrato casi póstumo de nuestra civilización. Un detalle hacia el final de After Babel nos parece revelador. Cuando decide citar dos ejemplos supremos de traducción perfecta, el autor —judío y liberal, no se olvide— acude a un reaccionario católico y a un jesuita del siglo pasado. El primero es G. K. Chesterton, autor de una versión inglesa exacta y a la vez conmovedora del famoso soneto «Heureux qui, comme Ulysse...», de Joachim du Bellay. El segundo es Gerard Manley Hopkins, cuya poesía religiosa, tan rica y compleja que a veces anonada, ha sido objeto de una traducción al francés por Pierre Leyris rayana en el prodigio. Al leer Pied Beauty (Beauté Piolée) en versión bilingüe fuerza es preguntarse quién será capaz de hacer algo comparable dentro de cin­cuenta años. ¿Cómo traducir Calderón al español básico? Será un empeño vano, tanto como esperar generosidad ecléctica en un crítico literario.

     Y es que la guerra contra Calibán la hemos perdido, aunque por fortuna no nos hayamos enterado. Tan sólo cabe seguir amando la causa perdida y, en los raros momentos de triste lucidez, consolarnos con el famoso epitafio de A. E. Housman: «What God abandoned, these defended». No, no es difícil de traducir. Hasta nuestros nietos mostrencos podrán decirlo en español básico: «Lo que Dios había aban­donado, éstos defendieron».

(Este artículo se publicó en el ABC del 19 de Octubre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).

Enlaces relacionados:
Belleza maculada
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón

lunes, 6 de julio de 2015

Deliberando groserías

   
"Lunchtime at the grocery", por Albert W. Hampson
© The Saturday Evening Post. Agosto 1940

     Un muchacho portorriqueño se encuentra con otro en Nueva York, acarreando paquetes. «¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Qué es de tu vida?», le pregunta. «Pues ya ves, deliberando groserías». Y no es que el chico perteneciese al consejo de redacción de alguna revista ilustrada y tuviera que debatir qué zafiedades convenía ofrecer al público; el chico lo único que hacía era repartir comestibles de una tienda de ultramarinos. Pero eso en inglés se dice delivering groceries, y la tentación del falso amigo lingüístico fue irresistible a la hora de traducir su honrada tarea.

     La anécdota es conocida y, como todo lo popular, debe de ser apócrifa. Basta, sin embargo, con enchufar la televisión media hora al año —como hacemos nosotros en abnegado sacrificio por nuestros lectores— para oír varios disparates comparables. A veces traducen guiados por falsos amigos y llaman, por ejemplo, hierbas salvajes al benéfico poleo o a la humilde yerbaluisa, como si de feroces plantas carnívoras se tratase (no saben que el adjetivo francés sauvage significa en muchas ocasiones silvestre y no salvaje, como ocurre con el wild inglés). Otras veces usan vocablos que no tienen nada que ver con el original extranjero. Y, por último, ocurre en ocasiones que una palabra no les suena, y la dejan en la lengua original, como observamos hace poco en aquella serie tontiloca llamada «V», donde un bueno le dice a un malo, «eh, tú, Rascal» (rascal es palabra inglesa tan común como lo que designa, pillo o sinvergüenza, pero el supuesto traductor la desconocería cuando la tomó por un nombre propio).

     El cine, aunque con más pretensiones intelectuales, es tan ignaro como la televisión. El feo título de película Mujer entre perro y lobo es burda traducción literal de un bello juego de palabras francés, Femme entre chien et loup, que hacía referencia con ambigüedad deliberada al crepúsculo de la tarde (también en castellano existe el término entrelubricán o lubricán, y con el mismo origen que la expresión francesa, la incierta luz vespertina en que se confunde al lobo con el can, lupus y canis, disfrutando además de una connotación adicional —fonética y acaso etimológica por cruce— que haría el título más taquillero: lo lúbrico). En cuanto al Yo te saludo, María (por Je vous salue, Marie, es decir, Avemaría o Dios te salve, María), sólo la hipocresía podría justificar tamaña torpeza, si lo que se buscaba era no provocar demasiado escándalo.

     Otro fenómeno interesante es el de la ubicuidad, en el mundo de la erudición, de un sabio germano llamado Undsoweiter. Aparece citado como autoridad en libros de cristalografía, teología, sociología y de muchas otras disciplinas. ¿Será un polígrafo desmadrado, un Leibniz redivivo, el único hombre universal del siglo XX? No, pronto descubre uno con pena que etcétera en alemán se dice und so weiter, y que lo ocurrido es que más de un futuro tratadista español, al escribir apuntes en las lejanas aulas germánicas, tomaba el etcétera, broche final de la retahíla de autores, por nombre de un estudioso más, que luego citaría muy ufano. Tres cuartos de lo mismo pasa con Guardasigilli, docto jurista italiano según ciertas fuentes españolas, y según el diccionario el ministro de Justicia (guardián de los Sellos). O con el notable jurisperito alemán Derselbe (el mismo) mencionado en su memoria de cátedra por alguien que llegaría a ser luminaria de la Universidad de Sevilla.

     No se le ocultará al perspicaz lector que cuantas más lenguas sepa uno menos traducciones leerá. En primer lugar porque las necesitará menos, y en segundo porque desconfiará más. Llegados a este punto hemos de confesar que nosotros rara vez las leemos. Y aunque tememos que los que sí las leen no puedan percatarse de los desatinos, agradeceríamos al respetable que nos mandase ejemplos regocijantes (a ser posible con fotocopia de la página y referencia bibliográfica de la obra). Al remitente del gazapo más sabroso le daremos de premio un diploma bilingüe en bable y chino. En serio.

* * *

     No era broma lo del premio, era una firme promesa cuyo cumplimiento me obligó a abusar de la ciencia y la paciencia del Cronista Oficial de Llanes y del Embajador de España en Pequín. Gracias a ambos —don José Ignacio Gracía Noriega y don Mariano Ucelay— pude disponer del diploma bilingüe en bable y en chino, y entregar a don Valentín García Yebra el Premio Ojo Avizor (Güeyu espabilau en bable) «por su atención vigilante a las traducciones espurias y en general por su meritorio despioje del idioma» («meritoriu escarpir de la fala»).

     Mereció accésit don Juan Domínguez Hocking, que el 16 de octubre de 1985 me escribía:

     «Hace poco se estrenó en Madrid una película que en versión original se titulaba Dressed to kill. Ni cortos ni perezosos lo tradujeron por Vestida para matar, ignorando que se trataba de un juego de palabras, pues Dressed to kill significa ir vestido con mucha elegancia».

(Este artículo se publicó en el ABC del 12 de Octubre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).

Enlaces relacionados:

viernes, 19 de junio de 2015

Los falsos amigos

Torre de Babel, Libro de Horas de Bedford (circa 1420)
British Library / Wikimedia Commons

Cuando un restorán traduce, como es frecuente, la tarta de la casa palabra por palabra y al pie de la letra al inglés quizá aumenta la clientela, porque está ofreciendo en la carta, por un módico precio, la furcia de la casa (the tart of the house). Pero acabará teniendo problemas y reclamaciones, como siempre que se acude a lo que los lingüistas llaman falsos amigos. Ya en alguna ocasión hemos advertido de este riesgo a nuestros discretos lectores, mas a la vista del abyecto nivel de las traducciones de hoy quizá convenga insistir en este asunto. Cuando se ve por doquier el compass inglés (brújula) traducido por compás, notorious (escandaloso) por notorio o sensible (sensato) por sensible, algo huele a podrido en la República de las Letras, y es de temer que pronto nos traducirán el burro italiano (mantequilla) por un fino asno.

Es probable que el origen de estos dislates sea que el español medio de hoy está convencido de que posee el don de lenguas. Además los pocos que se saben monóglotas se avergüenzan de confesarlo, se sienten inseguros. No siempre fue así; el padre de un eminente políglota de hoy solía comentar —acaso harto del guirigay a su alrededor— que el saber idiomas extranjeros estaba muy bien para los criados de hoteles. El primero que se creyó que la glosolalia era un don común fue Unamuno. Tradujo las famosas palabras últimas de Hamlet, «the rest is silence» («el resto es silencio»), por «el descanso es silencio», con gran regocijo de Madariaga, el único escritor español de veras trilingüe (aunque de él dijera Ortega que era tonto en varios idiomas, pero eso es otra historia y por lo demás injusta).

El caso es que la gente de antes daba por supuesto lo que el sentido común sigue mostrándonos: tenemos una lengua propia y existen otras que nos son ajenas y que por eso mismo llamamos extranjeras o extrañas. Lenguas difíciles de aprender y de rango diverso, como señalaba Damasio de Frías, un vallisoletano del siglo xvi  que las dividía en lenguas peregrinas (francés, italiano y alemán) y lenguas bárbaras (todas las demás, salvo las clásicas y bíblicas).

Hoy no. Hoy cualquiera —y más si es formador de opinión, o sea, periodista o político— se cree un cosmopolita nato. Hace poco, cierto diario, en un arranque de internacionalismo mezclado con igualitarismo cristianodemócrata, se lamentaba de que el protocolo español siguiese prescribiendo el frac, aseguraba que dicha prenda estaba abandonada en todo el mundo salvo en Alemania (lo cual es falso como puede verse en cualquier periódico ilustrado), y apoyaba su clamor democrático en el hecho de que hasta en «Buckingham Palace el único requisito en la etiqueta es la white tie (la pajarita blanca)» (Ya, 4 de agosto de 1985). Claro, como que frac en inglés se dice white tie. En tiempos pasados y más modestos el periodista hubiera mirado un diccionario. Ahora no. Cree tener ciencia infusa.

Tal presunción empuja a los más exquisitos resbalones lingüísticos, deleite de cuantos han visto la piel de plátano (por cierto que les filles se promenaient à l’ombre des platanes = las hijas paseaban al hombre del plátano es clásico muy afamado, imputable a determinado opositor a diplomático), y no es de extrañar, pues, que uno de los terrenos más resbaladizos sea este de los falsos amigos. Por ejemplo, es casi imposible entender la radio si no sabe uno al menos inglés y francés para imaginar lo que quieren decir con sus cómicas versiones de los despachos de agencias extranjeras. Antena 3 hablaba el 17 de agosto pasado del gran largo, y no se refería a jugador alguno de baloncesto sino a la alta mar (le grand large en francés). Radio Nacional de España mencionaba el 24 de agosto un sitio reforzado (por site, que quiere decir emplazamiento), base de lanzamiento de cohetes. Y cierta revista con estampas, de esas para analfabetos de todas las clases sociales, ensalzaba un programa satírico de la televisión inglesa llamado Spitting image, que traducía por Escupiendo imagen (si hubieran consultado el diccionario habrían escrito Retrato clavado, conservando el doble sentido irónico del original).

Y no se crea que los falsos amigos sólo engañan a los semialfabetizados. Un jurista de fuste divulgó en España el principio del Derecho Administrativo francés point d’intérêt, point d’action (sin interés no hay acción legal) con la fórmula castellana de punto de interés, punto de acción, y se quedó tan fresco. Otro sedicente perito en lenguas tradujo La Morsa (la prensa o el cepo en italiano), de Pirandello, por La Morsa, y para que no cupiesen dudas pintaron al susodicho animal (al primo de la foca, no al traductor) en la portada.

En fin, Dios es irónico y ha agravado el castigo de Babel añadiendo a la confusión de lenguas el espejismo de los falsos amigos, para humillación de presuntuosos y cautela de prudentes.

 * * *
  
Con una rapidez vertiginosa (al día siguiente, 22 de septiembre de 1985, en el ABC) y muy de agradecer, don Lorenzo López Sancho completó así mi anterior florilegio de insensateces:

Tamarón, que no sé quien es, pero que es muy agudo, recuerda a aquel opositor que traducía á l’ombre des platanes por «el hombre del plátano». En mis tiempos, que me imagino poco lejanos a los suyos, traducíamos pas encore como «pasa un cura», pero era en cachondeo. Hace no mucho descubrí en la banda sonora del filme Gritos y susurros que un traductor profesional traducía «Twelfth night», como «duodécima noche» sin sospechar siquiera que Shakespeare titulaba así, Noche de reyes, «or what you will», una de sus obras más bellas.
El insomnio hace dar vueltas y vueltas en el «torrado» a estas pequeñeces. Después de todo, admirado Tamarón, piensa uno, equivocar traducciones puede constituir todo un juego poético. L’enfant est perdu, traducido por un compañero mío de bachillerato como «el elefante y la perdiz», ganaba peso y vuelo. No recuerdo ahora cuál de los románticos franceses ¿Mallarmé quizá?, gustaba de mirar en el diccionario palabras nuevas, tapando las definiciones e inventar otras.
Hace unas semanas hablaba yo aquí del gusto francés por las «contrepèteries»: No es lo mismo, decía Rabelais, «femme folle á la messe» que «femme molle à la fesse». ¿Cómo se dirá en español «contrepèterie»?

A propósito de contrepèterie (literalmente contrapedorreta, literariamente «lapsus burlesco de contraposición de letras») le contesté:

«No quiero saber cómo traducirá el diccionario “contrepèterie”, prefiero pensar en “retruécano” (no es lo mismo ni mucho menos, pero conserva “el ruido y la furia”, ya que de música no se debe hablar).»



(Este artículo se publicó en el ABC del 21 de Septiembre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).


Enlaces relacionados:
Tontos en varios idiomas
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008


jueves, 27 de noviembre de 2014

Nada nuevo bajo el sol

   
La carrera de cuadrigas, de Alexander von Wagner, 1882.
© Manchester Art Gallery

     De cuando en cuando conviene preguntarse si todo lo que parece nuevo es tan nuevo como parece. Suele uno llevarse sorpresas, y en el campo del lenguaje más que en otros. Consultado el diccionario, resulta a menudo que el supuesto neologismo no es sino pervivencia o resurrección lingüística. Otra cautela aconsejable es desconfiar del panse­xualismo, tan propio de nuestra obsesa raza. Valga como botón de muestra de nuestra índole maniática el siguiente comentario de J. L. Pensado (en «Una crisis en la lengua del imperio», Salamanca, 1982) a cierta recomendación del maestro Correas: «La obsesión sexual, resultado de la represión eclesiástica, llegaba a aislar en la cadena sonora secuen­cias de una —OD— más vocal que, por atenuación de la H­(o J-) se asociaban al verbo (h)oder». No se sabe quién es más obseso, si el maestro del siglo XVII o su glosador del XX, este último convencido, al parecer, de que todos los clérigos de la historia de España eran unos puritanos paca­tos, a modo de maristas de 1940, como si el arcipreste de Hita, Góngora o Tirso de Molina, con su robusta franqueza al llamar al pan pan y al vino vino, no hubiesen sido eclesiásticos.

     Veamos, pues, unas cuantas palabras y expresiones que no son lo que parecen, o al menos no son tan sólo lo que parecen. Chorrada (necedad o nimiedad), por ejemplo, sue­na mal. Pero su origen, según el Diccionario de la Real Academia, es de lo más inocente: «Porción de líquido que se suele echar de gracia después de dar la medida.» Así es que honni soit qui mal y pense.

     ¡Jo macho! Se toma por vigorosa grosería moderna. El Diccionario de argot español, de Víctor León, 1986, asegura que ¡Jo! es una interjección eufemística, equivalente a ¡Jo­der! Sin embargo el otro día, leyendo las Premáticas y Aranceles Generales (1610) de Quevedo, me encontré con que éste condena por expresión superflua «a los que, llevando la rienda en la mano, dijeren: Jo, macho, pues le pueden (al macho de tiro o montura, se entiende) tener con ella». Por un instante pensé que el menos eufemístico de nuestros clásicos había caído en el eufemismo, pero enseguida me tranquilizó Corominas: según su Diccionario Etimológico, jo y so, voces ambas para detener las caballerías, descienden por igual de xo. Claro que la etimología es objetiva y la semántica puede ser subjetiva e intencional, pero en todo caso resulta imposible que jo venga del futuere latino, origen de nuestro joder.

     «Pérfida Albión (expresión acuñada también por la derecha)», escribe en El País del 22-1-87 don Luis Yáñez Barnuevo. Comprendo que para un hombre de izquierdas sea tentador creer que la muletilla la inventó alguien como Franco o, haciendo un esfuerzo de memoria, algún francés como Pétain. Pero acudiendo a un diccionario de citas se comprueba que la expresión perfide Albion fue acuñada en París en 1793 por el Marqués de Ximénéz, amigo íntimo de Voltaire y progre como el que más.

     Negociado distinto aunque cercano es el de las palabras nuevas para designar cosas de siempre, vino viejo en odres nuevos. Salta a la vista un ejemplo curioso de hoy mismo. Siempre hubo bandas de maleantes aficionados a la violencia caprichosa, sin tener siguiera el robo por motivo principal y mucho menos las ideas políticas. Pero vivimos en un siglo tan ofuscado por las ideas políticas como los anteriores lo estuvieron por las religiosas, y se tiende a atribuir a estos facinerosos alguna ideología, en general la contraria a la que uno profesa. Y hemos visto estos días cómo unos grupos de salvajes llamados ultrasur (por el graderío de cierto estadio que frecuentan) u otros denominados jevis (les gusta la atroz música heavy rock) recibían gratuitas etiquetas políticas. Sabido es también que uno de los trucos más habilidosos de Marx fue inventar el término lumpenproletariat para aplicarlo a cualquier clase de pobres reaccionarios o apolíticos. Pero en España el término, hoy de moda, se ha trivializado y a la vez desvirtuado lingüísticamente al dejarlo en lumpen (literalmente andrajos en alemán) y llamar así a los gamberros, como hace el decano de la Facultad de Ciencias Biológicas en carta a El País del 16-12-86, sobre las barbaridades del día de San Teleco.

     Si los padrinos de todas estas palabras supiesen historia, comprenderían que la maldad multitudinaria gratuita es aún más frecuente que la maldad multitudinaria política. Aunque a veces ambas bestialidades coincidan, como en Bizancio, con sus dos bandos, los azules y los verdes, forofos de sus respectivos equipos de aurigas y asimismo partidos políticos y sectas religiosas, pero, ante todo, turbas destructivas.

* * *

     Uno de los aquí mentados —menos agudo que Quevedo y más respetable que los ultrasur— se sintió ofendido y me lo hizo saber. Le ofrecí añadir a mi artículo su réplica, pero eso no le bastaba. Lástima.
Otro también se picó, pero —poderoso— no dijo nada, me la guardó y me la jugó desde el poder ¡Oh pérfida Coria del Río!

     (Este artículo se publicó en el ABC del 14 de Febrero de 1987, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).

     Quizá resumí demasiado el uso políticamente correcto del lumpenproletariat. La cita de Don Rafael Hernández, a la sazón Decano de la Facultad de Ciencias Biológicas, en carta a El País (16/12/1986) no tiene desperdicio. Primero se queja con toda razón de la bestialidad de los estudiantes de telecomunicaciones borrachos que invadieron entre otros el campus de Ciencias en la Universidad Complutense, y los llama el lumpen, a secas, suprimiendo toda alusión al proletariado. Pero al final no resiste la tentación de dejar constancia de que él, claro está, es santurrón de la postmodernidad. Termina, pues, con estas palabras:

     "Por otra parte, estos etílicos feligreses de san Teleco están, sin ser conscientes de ello, insultando al movimiento estudiantil y a lo que éste representa: un profundo espíritu crítico, solidario e inconformista que, de una u otra forma, ha estado siempre presente en todas las batallas que por los derechos civiles se han librado en la Europa de las últimas décadas".

     Da gusto ver que tan tarde como Diciembre de 1986 todavía había profesores que se rebajaban a halagar a los estudiantes salvajes atribuyendo a su tribu de origen "un profundo espíritu crítico, solidario e inconformista".

     Claro que aquellos polvos trajeron estos lodos indignados.

Enlaces relacionados:
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

viernes, 12 de abril de 2013

"...alienum puto"

      Para ser excéntrico —para ponerse el mundo por montera— conviene tener pingües rentas. Cierta familia de hacendados andaluces produjo excéntricos notables en el siglo XIX. Uno de ellos, que vivía en Cádiz durante el asedio francés, no sólo se ponía el mundo por montera sino el cielo por capelo, ya que se disfrazaba de cardenal para dar de comer a las gallinas. Pero es su hijo, el Conde de V., quien aquí nos interesa, por su lógica rigurosa aunque extravagante. Llamó un día a su secretario y le dijo: «Le voy a dictar una lista de nombres». «Sí, señor». «Titúlela Gente que me cae antipática sin saber por qué». «Sí, señor». «Póngase usted el primero». «Pero ¿por qué?». «Lea lo que acabo de dictarle: sin saber por qué».

      Por higiene mental todos, si pudiésemos, deberíamos dictar listas así. Y otras, quizá menos arriesgadas, de palabras y expresiones que nos repugnan sin que podamos tacharlas de craso error, sólo de torpeza o cursilería. Se trata, en suma, de ejercer el derecho a una sana arbitrariedad en los juicios estéticos. Nosotros la empezaríamos así:

      Hombre soy y nada humano me es ajeno. La frase, trivial en sí, no irritaría si sólo la oyésemos un par de veces al año. Pero se ha convertido en la muletilla diaria de cualquier indocumentado que quiera acreditar su condición de filántropo laico y progre culto. Incluso la Asociación pro Derechos Humanos —más activa en sus campañas contra la OTAN que original en su publicidad— se anuncia de esta manera: «Nada humano te es ajeno. Si crees en los Derechos Humanos. Si crees en los ideales de paz, libertad y justicia social. Si crees que esos ideales no se le pueden arrebatar al hombre en ninguna circunstancia y en ningún lugar, lucha por ellos. Porque nada humano te debe ser ajeno» (El País, 30-11-85). Suena noble y hermoso hasta que se entera uno de que el personaje autor de la frase era un viejo que en tiempos había abandonado a su hija recién nacida porque sólo quería descendencia masculina, y que en el momento de pronunciar las palabras inmortales acababa de encarecer a su interlocutor que forzase a sus esclavos a trabajar más. Cuando éste le preguntó por qué se metía donde no lo llamaban, aquél contestó: «Homo sum; humani nil a me alienum puto». Todo un paladín de los derechos humanos, como se ve: machista, infanticida y esclavista. El éxito de la cita puede deberse a que los humanistas que la usan no han leído nunca El atormentador de sí mismo, de Publio Terencio Afer (185-159 a. de C.), comedia entre cuyas primeras líneas aparece ésta que ha llegado a convertirse en santo y seña de nuestros altruistas modernos. Puede también ser la palabra puto lo que les atraiga; tan sólo quiere decir considero pero producía risitas en los bancos del colegio, y estos santurrones son como niños.

      Cohabitación dulce. Desde que comenzó a sospecharse que los franceses —gente muy mirada con sus dineros— van a votar en marzo contra los socialistas que los empobrecen, empezaron las cábalas sobre la probable paradoja de un Gobierno de derechas compartiendo el poder con un presidente de izquierdas. Una de las soluciones que se barajan es la de la cohabitation douce, que quiere decir cohabitación suave, sin choques ni roces, especie de coexistencia pacífica (es probable que esta última expresión no fuese empleada porque ya significa otra cosa en la política internacional). Sin embargo nuestros periodistas se empeñan en traducirla por cohabitación dulce (por ejemplo en ABC, 11-1-86) como si se previese una luna de miel. Debe de ser que en España todo lo que toca a Francia se ve sub specie erotica. O sub specie culinaria.

      Masivo. En lo que va de año, la mayor densidad de inexactitudes en una traducción fue alcanzada por la emisora Radio El País, con el titular «Evidencias irrefutables de la masiva corrupción de los Marcos» (22-1-86). Huele a traducción macarrónica del inglés, donde el término jurídico evidence puede significar indicio, prueba o deposición (con perdón), corruption un delito traducible por cohecho, prevaricación o peculado y massive no quiere decir más que muy grande. Masivo en español es sólo aplicable a las dosis de fármacos. Y no es que no se entienda aplicado al robo, es que nos cae gordo sin saber por qué. O, si ustedes prefieren, nos cae masivo.


(Este artículo fue publicado en el ABC del 15 de Febrero de 1986, y recogido después en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))


Postdata, Abril de 2013. 

      Por desgracia acerté al predecir el uso creciente y equivocado de la expresión Nada humano me es ajeno. Pero ni siquiera pude imaginar el ridículo comentario que oí el pasado 24 de Febrero, en la emisora de radio Onda Cero: "al Papa, como a Jesús, nada humano le es ajeno". Se refería, con soberana estupidez, a Benedicto XVI, que para colmo es un buen latinista y hombre con sentido del humor, así es que seguro que si no hubiera tenido entonces cosas más importantes que hacer y hubiese oído al cursi pedante radiofónico, le habría hecho gracia.

      Y por fortuna tuve confirmación de lo relatado al principio de este ensayo a propósito del Conde de V., como lo llamé para no poner el nombre completo, Conde de Villacreces. El actual Conde de Villacreces, Álvaro Pacheco y Bohórquez, me escribió con fecha del 9 de Agosto de 2012:

              Querido Santiago:
 
[…]

      Adjunto te envio un articulo antiguo del Diario de Cádiz con una anécdota curiosa sobre el duque de Rivas y mi tatarabuelo Villacreces. Este era el que mandó escribir a su secretario el listado de personas que me caen mal sin saber por qué. La fecha de ocurrencia debió ser alrededor de 1830-40, ya que él murió en 1860. 
 
Seguramente conoces la anécdota, pero yo no la había oido nunca.


            Diario de Cádiz (3 de Julio de 2012)
            El duque y la viuda de Larios
   A finales del pasado siglo XIX, Diario de Cádiz recordaba dos simpáticas anécdotas de célebres aristócratas
Diego Joly

      CUENTA el Diario que en 1897, el Duque de Rivas escribió en una ocasión a su amigo el Conde de Villacreces que, deseando pasar una larga temporada por la provincia de Cádiz, viera si por permiso de la condesa podría proporcionarle una buena doncella para su señora. No tardó mucho en recibir contestación, diciéndole que podía contar con una joven que, sabiendo bien su obligación para el caso, era además recogida y recatada, según los informes.

      Con tales recomendaciones, fue admitida al servicio; pero no pasó mucho tiempo sin que la duquesa notara algo que no le parecía correcto en su conducta. Un día, el duque, al visitar la cochera de su casa, sorprendió a la muchacha con otro sirviente.

      Indignado con Villacreces, le escribió una severa carta lamentándose de la recomendación que le había hecho, mucho más cuando se trataba de persona al inmediato servicio de su señora, a lo que le contestó el conde extrañándole su queja, tanto más injusta cuanto que venia de un gran literato y académico de la lengua por añadidura, y que, si repasaba su primera carta, podría ver, que en la recomendación era recogida (vuelta a coger) y recatada (vuelta a catar), y, por tanto, no había lugar a la queja.

      En la sesión de la Academia a que asistió el duque leyó la carta de Villacreces, y tras unas carcajadas de risas por su contenido, convinieron en la razón, dándoles al mismo tiempo una lección a los inmortales.

      Por otra parte, en 1891, narraba el Diario que en Sevilla ocurrió un lance curioso a la señora viuda de Larios. Esta dama, al partir para la Corte, encargó a una imprenta para que le hicieran unas tarjetas de despedida y dio una lista de familias a quienes debían ser enviadas dichas postales. El error no pudo ser rectificado porque cuando se apreció ya la mayor parte de ellas estaban en manos de sus destinatarios. La señora quedó desagradablemente sorprendida cuando se enteró que en la tarjeta había sido equivocada una letra, en la que se leía:

PILAR LEÓN, VIUDA DE VARIOS.



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viernes, 13 de abril de 2012

El habla de 1988 y la de 2006, con posdata de 2012

La única tarea útil del lingüista sería azuzar a los catetos contra los cursis. Quiero decir que fuera de la erudición, en el terreno práctico, podrían los filólogos hacer una labor no por vulgar menos salutífera: explicar al pueblo supuestamente soberano que nunca en su historia ha tenido unas minorías dirigentes tan cursis como las de ahora. Y que lo único sensato es desobedecer a las tales minorías rectoras. No se trata de saltarse los semáforos o defraudar al fisco —eso es ya lo normal— sino de rechazar el habla ridícula pero insidiosa de publicitarios, políticos, periodistas y burócratas. No se olvide que quien domina el lenguaje domina la sociedad. Merece la pena, pues, resistir. Aunque sólo sea para retrasar el cumplimiento de la profecía de Flaubert: «Todo el sueño de la democracia consiste en elevar al proletario al nivel de estupidez del burgués. Dicho sueño está ya en parte alcanzado». La frase es de 1871; no estará de más ver hasta dónde se ha llegado, siglo y pico después, en la realización del democrático sueño de entontecimiento general. Se ha avanzado mucho, a juzgar por un breve muestreo de los más populares medios de comunicación, que a continuación resumo:

«Francia figura (para Burguiba) como su mater ego» (ABC, 15-11-87). Véase cómo el periodista, ansioso de redimir al proletariado ignorante, decide darle una lección de latín, pese a desconocer él mismo dicha lengua. Cree que es igual alma mater (madre nutricia, nombre dado en la época romana a las diosas Ceres y Venus, y en tiempos modernos a la Universidad, madre que alimenta espiritualmente a sus alumnos) que alter ego (otro yo, un segundo yo), da a luz al híbrido monstruoso mater ego y, si éste prospera en el habla común, habrá conseguido acercar el pueblo un poco más a la confusa pedantería del burgués moderno. Lo curioso es que otro artículo del mismo número del ABC habla de «Tomás Herranz, el jefe de cocina y alma mater de El Cenador del Prado»; este otro periodista o bien sabía latín de verdad y volvía la expresión alma mater a su original sentido alimenticio, o bien rizando el rizo de la metáfora hacía sonar la flauta por casualidad.

«El Ministro para las Administraciones Púbicas convocará las primeras elecciones en el ámbito de la Administración del Estado» (Ley 9/1987 del 12 de mayo, Boletín Oficial del Estado, 17-6-87). Más que lúbrica errata esto parece un freudiano acto fallido. Me explico. Hace ya años se impuso la moda de llamar relaciones públicas a cierto tipo de propaganda. La expresión venía del inglés, public relations. Algunos finolis siguen diciéndolo en inglés, y como no suelen saber inglés se les traba la lengua. Yo he oído a un señor decir que su hija se dedicaba a las pubic relations (y era verdad que se dedicaba a las relaciones púbicas, pero no públicas sino privadas, afortunadamente). Pues bien, es posible que por esta vía del gazapo el subconsciente del Estado, siempre deseoso de jorobar a los administrados, esté reconociendo sus turbias apetencias. Se comprende que para conseguirlo le convenga entontecernos.

Sí, se ha adelantado mucho en la realización del sueño democrático. Queda, no obstante, algún camino por recorrer. Todavía hay catetos que hablan español, que se expresan con sencillez y precisión, que no han ascendido a la categoría de cursis. Nuestros mentores querrán sin duda regenerarlos, reciclarlos que dirían ellos. Pero a estos grupos residuales no es fácil seducirlos a golpe de mater ego y otras finezas. Es posible, por ello, que los formadores de opinión empleen tácticas radicalmente nuevas. Una de ellas podría ser declarar de moda, rabiosamente de moda, viejas costumbres muy triviales y desconcertar así a los catetos. Cuando un jerifalte de la movida, tras saltar la tapia de un monasterio, se acerque a un cartujo cavando en su huerta y le diga, «lo tuyo sí que es un rollo cachondo», habrá desarmado al monje.

Tal parece ser la treta de Marie Claire 16, revista hecha por y para bogavantes de la moda. En su número de diciembre de 1987 publica una detallada guía de «Todo lo que haremos en 1988». Entre otras novedades glamurosas a punto de imponerse cita «acentuar nuestras curvas y conservar la piel muy blanca» (¿qué otra cosa habrán hecho de siempre las mujeres que no querían dejar de gustar a los hombres ni tener cáncer de piel?) y «cocinar con productos de calidad» (¿quién ha guisado jamás productos malos teniendo dinero para comprarlos buenos?). Pero también —ojo al lenguaje— pronostica la moda de «tratar de usted a camareros, taxistas y desconocidos» y la de «no decir tacos ni usar expresiones de jergas chelis». Es el colmo de la perfidia. Como me descuide me van a tomar ustedes por discípulo de Marie Claire. O sea, por cateto elevado al nivel de estupidez del burgués bogavante.

Hasta ahí, lo escrito y publicado en enero de 1988. Al disponerme en enero de 2006 a actualizar la descripción de algunos rasgos de la evolución lingüística de esta peculiar jerga politiquera y gacetillera, me encuentro con que hay pocas novedades importantes: las cosas van tranquilamente a peor con la misma mezcla de imprecisión y cursilería. La imprecisión semántica sigue siendo a veces interesada (no conviene ser explícitos, piensan muchos) y a veces producto de la pereza (no en vano el término vago quiere decir tanto holgazán como impreciso). La cursilería tan sólo ha aumentado durante estos veinte últimos años el número de los eufemismos políticamente correctos, no su ruindad intelectual y estética. No es este el momento de catalogar todas las novedades, pero sí cabe detenerse en dos que son buenos ejemplos y compendio de las tendencias señaladas.

Me refiero en primer lugar al uso como muletilla política del substantivo talante, sin adjetivo expreso pero sí el implícito de simpático, afable, tolerante. Ocurre, sin embargo, que talante tiene cuatro acepciones según el DRAE: «1. Modo o manera de ejecutar algo. 2. Semblante o disposición personal.3. Estado o calidad de algo. 4. Voluntad, deseo, gusto». Las cuatro acepciones son variadas, pero está claro que todas ellas requieren algún tipo de adjetivación. Las cosas se pueden ejecutar a derechas o torticeramente, el semblante puede ser hosco o amable, puede haber buena o mala voluntad y así sucesivamente. Hacía siglos que no se empleaba talante a secas, como se desprende de la minuciosa y amena disquisición que Corominas y Pascual hacen en su Diccionario Etimológico de dicho término y de su primo el talento (el DRAE en cambio no cree que sean primos, pues atribuye ascendencia arábiga a talante y griega a talento, pero esa es otra historia, que quizá explique la Alianza de Civilizaciones). Hay más, y sonroja revelarlo: donde sí aparecía talante como término no necesitado de adjetivo, de puro explícito que resulta, era, mucho antes, en el vocabulario español-latino de Nebrija, que en esencia recoge el castellano de finales de la Edad Media, cuando talante quería decir cachondez (líbido) y talantoso era salido (voluptuosus). Puestos a resucitar palabras para aplicarlas elogiosamente a un prócer que se declara «defensor de las mujeres», podían haber escogido algo más morigerado. Hubiera bastado con seguir imitando a José Antonio Primo de Rivera y a José Luis López Aranguren, que, como nos recuerda don Amando de Miguel, son los últimos que pusieron de moda esa voz, pero debidamente adjetivada para evitar malentendidos rijosos.

Mas no se crea que la degradación de la lengua a través de la imprecisión y la cursilería es falta exclusiva de los pedantes. Aunque con menos frecuencia, a veces algunas gentes sencillas nos sorprenden mostrándonos cómo han alcanzado el nivel de estupidez del burgués, que decía Flaubert. Recuérdese un ejemplo del pasado otoño, un ejemplo de verdad tragicómico y muy revelador. Cientos de inmigrantes ilegales irrumpieron por la fuerza en Ceuta y Melilla. Los poderes públicos destacaron a la frontera fuerzas militares, se supone que para hacer respetar la soberanía territorial española. Muchos extranjeros siguieron entrando en España por la fuerza. Una “dama legionaria” (sic) de la guarnición de Melilla, armada de una porra y fusil con prohibición de usarlo (y sin munición, según se dijo) declaró a una periodista que, por cierto, aprobaba su comportamiento (ABC 4-10-05): «¿Que qué hice yo?... Ver como actuaban los compañeros, pero no he pegado a ninguno porque me daba cosa...» (la cursiva es mía, la cursilería es de la dama legionaria). ¿Qué pensará Millán Astray desde el Valhalla? En su época no había damas legionarias en el Tercio, pero las cantineras y cicatriceras tenían bastantes más arrestos; las milicianas del Frente Popular también. Y en cuanto a su querida Celia Gámez, carecía, que se sepa, de mayores melindres. Claro que ninguna de ellas tenía un mando político que decía que «prefiero que me maten a matar». ¿Y que pensará el Obispo don Opas, desde el Infierno ahora que el Papa acaba de declarar que el Limbo no existe? A ése sí le gustará ver que a los españoles vuelve a darles cosa.

No es de extrañar que en el extranjero se comente ese darnos cosa generalizado, o al menos ministerializado a través de las peculiares Reglas de Enfrentamiento dictadas a nuestras tropas. «Si, al igual que el contingente español de la Otan ahora desplegado [en el Afganistán], los británicos salen pocas veces de su campamento, no les pasarán muchas cosas desagradables [...]. Eso que Alemania o España o Italia llama sus soldados son, en el campo de batalla, hombres fingiendo que realizan tareas de soldados sin más convicción que el coro de la Royal Opera disfrazado de uniforme para el primer acto de Carmen», acaba de decir Max Hastings (The Spectator, 4-2-06).

Y es que las palabras no carecen de consecuencias, ni los usos lingüísticos dejan de revelar cobardías, ambigüedades y sandeces muy hondas, y a veces muy peligrosas. Sobre todo cuando ya casi no hay catetos sino sólo cursis, tan incapaces de hablar claro como de defenderse.

Posdata de 2012.
Las tendencias patológicas se han acelerado últimamente. Anteayer, Miércoles 11 de Abril, me desayuné con la portada del ABC donde un hombre culto, al que respeto, decía "Nunca he escuchado al BCE hablar de intervenir España". Don Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Gobernador del Banco de España, se pasaba a la mayoría juvenil y semialfabetizada de los españoles que confunden oír con escuchar. Sin quererlo y sin creerlo, supongo, este señor muy respetable y bastante sensato está diciendo que el Banco Central Europeo habla de intervenir a España pero que él, como Gobernador del Banco de España, púdicamente hace oídos sordos. Ya ni merece la pena señalar esa confusión que empobrece nuestra lengua y la vuelve confusa. Pronto también se usará siempre ver por mirar, y visionar y visualizar por ver. Pero la novedad más notable de este último lustro y también la menos penosa y más divertida es la irresistible atracción que la letra equis ejerce sobre un pueblo, el español, que nunca supo pronunciarla. La moda más rabiosa y ya extendida por todas las clases sociales y no solamente entre burgueses cursis, es hablar con una mezcla extraña de orgullo y resignación de "mi ex". Naturalmente todos lo pronuncian "mi es", convirtiendo en un tiempo verbal presente lo que en esencia es un prefijo que denota un pretérito más o menos opresivo. Y luego los progres hablan todo el tiempo de praxis en vez de práctica, por aquello del abolengo marxista de tal palabra, mientras que los capitalistas se refieren con temblores en la voz a las catástrofes del IBEX 35 (y parecen decir "y ves 35", como en una borrachera siniestra).

Claro que el paroxismo quiásmico empezó ya hace medio siglo o más con los pasos elevados que se hicieron en Madrid recibiendo en el habla popular de los tasistas y sus usuarios más distinguidos el nombre de un juguete impronunciable: Scalextric. Todo el mundo lo llamó escalestris, salvo los andaluces que lo llamábamos ehcaletri.

En fin, otro día seguiré con la Insobornable Contemporaneidaz de la equis.

(La primera parte de este artículo apareció en el ABC del 16 de Enero de 1988 y fue recogido en el libro El Guirigay Nacional (1988). Con su primer añadido, volvió a aparecer en el libro El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



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viernes, 23 de marzo de 2012

Concisión o silencio

«¿Quieres saber quién soy? Fui. ¿Preguntas qué hago? Me pudro» (Scire quis sim cupis? Fui. Quid agam requiris? Tabesco). Así dice, brutal y elegante, uno de los mejores epitafios barrocos. Lo cito ahora para volver a la cuestión, ya otro día abordada, de la elegancia en el sentido científico de la palabra: economía de medios en una formulación. Como se vio, esta clase de elegancia, pulcra y concisa, es aplicable al lenguaje y compatible con el desgarro de algunas pintadas, con la ambigüedad de ciertos lemas heráldicos y aun con la grosería. Y tal como muestra el epitafio arriba citado, la sobria elegancia de expresión puede también compaginarse con lo macabro. El latigazo final —Me pudro— repele y a la vez maravilla con su garbo atroz.

Tampoco el tosco donaire excluye la elegancia lacónica. Se cuenta que determinado diplomático, expedientado y sancionado por el ministro, le envió cuando éste perdió la poltrona política de mala manera un telegrama cuyo texto íntegro era Ja, ja, ja, seguido de la firma. Ese telegrama me parece un modelo de elegancia, por burdo que fuese el sarcasmo. A veces el estilo telegráfico es piedra filosofal que transmuta la sal gorda en sal ática.

La elegancia a que nos referimos puede acompañar y dar forma apodíctica a casi todo: a la grandeza iluminada (En el principio era el Verbo), al ímpetu revolucionario (Los trabajadores no tienen nada que perder más que las cadenas), a la impasibilidad aburrida (Doctor Livingstone, I presume?, preguntó Stanley, a cientos de kilómetros de cualquier otro blanco), a la vulgaridad publicitaria (Es cosa de hombres, se anuncia un coñac) e incluso a la cursilería (Poesía eres tú), aunque reconozco que este último ejemplo es un poco fuerte y cabe rechazarlo.

Tan sólo con tres cosas no se compadece la elegancia lapidaria: con la verbosidad, la imprecisión y la memez. En todo caso habrá una identificación en un concepto medianamente progresista de las intervenciones profesionales en una sociedad de futuro, pero no más, contestó el presidente del Consejo de Aparejadores cuando le preguntaron si los de su profesión apoyaban al PSOE (Ya, 16-2-87). Lo menos que puede decirse de tal frase es que no es elegante. Pero en descargo de su autor habrá que añadir que casi todo cuanto se lee en los periódicos o se escucha en la radio y la televisión está igual de reñido con la elegancia culta o popular. Y sin embargo ésta, insisto, pervive en los sitios más insospechados. Aflora de vez en cuando en piropos insólitos (¡Olé ahí qué vieja tan guapa!, le dijeron en Jerez a una amiga mía, y se le saltaron las lágrimas) o en estereotipos surrealistas (disfrutó como una cerda en una charca) y suelen estos hallazgos populares tener un toque mágico común con la elegancia de otros productos más elaborados, como el decimocuarto verso, perfecto, definitivo, de ciertos sonetos.

A menudo me he preguntado en qué radica la gracia elegante de estos versos últimos. El brillante soneto de Lope de Vega sobre Varios efectos del amor tiene trece versos de apretado catálogo, irónico y tierno, donde ni uno solo de los síntomas del enamoramiento falta. Y un decimocuarto verso, final, en que el autor, habiendo acostumbrado ya al lector al ritmo del galope, al alegre desfile nervioso de infinitivos y adjetivos, lo sorprende con quiebro y cabriola: Esto es amor. Quien lo probó lo sabe. Tras la sorpresa deliciosa, uno lee y relee este verso y comprende que tenía que ser así, que por fuerza eran éstas y así ordenadas las palabras que habían de cerrar el soneto. El lector tiene una sensación contradictoria de sorpresa e inevitabilidad. Comprende que se podría pasar la vida intentando mejorar esta expresión y no lo conseguiría, como nunca lograría mejorar el teorema de Pitágoras. a2 + b2 = c2 no es una ecuación perfectible; tampoco lo es aquella serie de ocho palabras vulgares y corrientes tal como las dispuso Lope. Ambas formulaciones son perfectas, luego elegantes.

Otro tanto podría decirse de los versos finales en ciertos sonetos de Garcilaso (A quien fuera mejor nunca haber visto), Quevedo (Polvo serán, mas polvo enamorado) o Bocángel (¿Quién puede amar seguro en su firmeza?). Pero hay que reconocer que la forma completa del soneto es en sí tan concisa y perfecta que resulta en general imprescindible contemplarlo entero para apreciarlo, o releer al menos el último terceto. En los de Shakespeare los dos últimos versos, consonantes, suelen ser broche con luz propia, hecho de palabras sencillas que el genio hace brillar y sorprender. Cuando tras ensalzar al ser amado se erige en garante de lo imperecedero de su belleza, terminando So long as men can breathe, or eyes can see / So long lives this, and this gives life to thee, no sabe uno qué admirar más, si su orgullo de poeta o la elegancia de su concisión.

Pero acaso la última palabra en elegancia y también en orgullo no sea nada de esto. Tal vez haya que dejársela a Vigny, o mejor dicho al lobo que muere, estoico, en su poema. Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse. Sí, quizá sólo el silencio es grande, debilidad el resto.


***


A propósito de esta curiosa inevitabilidad de ciertos sonetos y la concisión lapidaria de sus finales, me recuerda don Luis Jessen un admirable terceto último de Garcilaso de la Vega, que culmina con un verso final de rara perfección sencilla:


Sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.


De su antología de sonetos del siglo de oro español, don Antonio Elías entresaca y me regala estos versos:

ÚLTIMOS VERSOS


Más quiero estar caído que pendiente

(Antonio de Solís)



Amar es fuerza, y esperar locura

(Villamediana)


DÍSTICOS FINALES


Que no por sed de peregrinos bienes
te han de ver las estrellas peregrino

(Bartolomé L. de Argensola)



Huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura

(Quevedo, El Parnaso Español)


TERCETOS FINALES


Por costumbre los yerros hacen curso
y la constancia inútil, en el daño,
por honra tiene ya lo que es porfía

(Villamediana)



Derrita el sol las atrevidas alas,
que no podrá quitar al pensamiento
la gloria, con caer, de haber subido

(Villamediana)



Perdona lo que soy por lo que amo,
y cuando desdeñosa te desvíes
llévate allá la voz con que te llamo

(Quevedo, Las tres musas últimas castellanas)


ESTROFAS O VERSOS AFORÍSTICOS NO FINALES


Muerto sí me verán, mas no distinto

(Bocángel, Lira de voces sacras)



Quejas de la virtud tiene la vida,
pues causa fue su perfección temprana
de evitarle más años, por ociosos

(A. de Salazar y Torres)



Ayer se fue, mañana no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto,
soy un fue y un será y un es cansado

(Quevedo)


(Este artículo apareció en el ABC del 23 de Mayo de 1987 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Enlaces relacionados:
Ánima clara

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viernes, 17 de febrero de 2012

Ánima clara

El otro día oí algo muy certero en una conferencia sobre la oratoria. Don Joaquín Calvo-Sotelo, el conferenciante, vino a decir que parecen vanos los esfuerzos de tantos oradores por alcanzar la fama a través de una larga obra de discursos cuando se comparan con la instantánea ascensión del general Cambronne a la celebridad, merced a un solo discurso de una sola palabra. El auditorio de la conferencia era joven y dudo que más de uno o dos oyentes entendiesen la alusión del señor Calvo-Sotelo. Los jóvenes de hoy se privan de mucho honesto placer por falta de cultura, erróneamente convencidos de que cultura equivale a aburrimiento. Ignoraban que la arenga de Cambronne, pronunciada en Waterloo tras ser conminado a rendirse, consistió en la respuesta Merde!

Está claro que el apóstrofe de aquel general es un discurso elegante, si aplicamos el concepto de elegancia tal como se usa en ciencias físicas y naturales. «La elegancia de cualquier generalización científica —dice Edward O. Wilson, el biólogo— se mide por su simplicidad en relación con el número de fenómenos que abarca». Cambronne pudo haber pronunciado un discurso prolijo declarando que por sentido del honor, oportunidad táctica y vergüenza torera no pensaba rendirse sino seguir matando prusianos. Prefirió resumirlo todo en el exabrupto Merde! Fue elegante. Pasó a la Historia.

Esta elegancia, hecha de concisión, precisión y claridad a partes iguales, es tan compatible con el desgarro como con la exquisitez. Puede darse en pintadas, gritos callejeros o maldiciones gitanas, pero también en lemas heráldicos, epitafios o viejos textos legales. Donde hoy es ya inútil buscarla es en el Boletín Oficial del Estado o en los diarios de sesiones parlamentarias. Así es que más vale fijarse en las sucias vallas. Hace un mes observé en Palencia, cerca de la catedral, esta notable afirmación teológico-política pintarrajeada en una casa en ruinas: Dios hubiera votado no y el diablo sí. Aparte de una ingenua fe en el talante democrático de Dios y del diablo, la pintada revela cierto gusto por el misterio, ya que no aclara de qué votación se trataba. ¿OTAN, aborto, LODE? Otra mano, queriendo acaso aclarar, había complicado la cosa al añadir, tajante, hijos de puta. Resultaba en cambio inequívoca la ironía de otro letrero de autor anónimo visto en Venta de Baños, importante nudo ferroviario donde es de suponer que los trenes atropellan de vez en cuando a algún borracho en los pasos a nivel: RENFE, te quiero sin barreras.

Así pues, la ambigüedad, en general deliberada, es compatible con la claridad formal que exige la elegancia concisa. Buenos ejemplos de ello encontramos en los lemas heráldicos. Nec metu nec spe (ni miedo ni esperanza) es gallardo orgullo bastante comprensible, pero en el mismo tono de desencanto valeroso cuesta ya más entender el Fiel pero desdichado que aparece —en español, por cierto— en el escudo de la familia Churchill. ¿Quiere decir que se mantendrá la fidelidad a costa de la propia dicha? ¿O a pesar de la deslealtad del soberano? La cuestión, para un hombre de honor, no era baladí. También abunda la concisión misteriosa en las empresas, figuras enigmáticas acompañadas de una divisa, muy apreciadas en el siglo XVII. Una de las «Empresas políticas» de Saavedra Fajardo reza Más que en la tierra nocivo y representa un alacrán entre estrellas. Luego aclara el autor que, «aun trasladado el escorpión en el cielo y colocado entre sus constelaciones, no pierde su malicia, antes es tanto mayor que en la tierra cuanto es más extendido el poder de sus influencias venenosas sobre todo lo criado», y que por ello los príncipes han de poner buen cuidado en escoger a quien encumbren, pues «las inclinaciones y vicios naturales crecen siempre». ¿A qué periodista moderno se le hubiese ocurrido un titular tan conciso y elegante como Más que en la tierra nocivo?

Pero a veces los hallazgos en este campo lacónico son fortuitos. Leyendo la Revista General de Marina, de febrero de 1987, encuentro esta frase de un oficial tras disparar los cañones de un barco de guerra: «Artillería sin novedad en material y personal; ánima clara». Esto último significa que las piezas ya no están cargadas y los cañones se hallan limpios. Consultado un amigo Capitán de Artillería, me dice que ellos en el Ejército de Tierra dirían ánima libre. Celebro la variedad de expresión, que es lo que salpimenta el lenguaje. Pero cualquiera de las dos expresiones sería un buen lema heráldico, y un deseable suspiro antes de morir. El general Cambronne, hecho su grosero y elegante discurso de Merde!, agotada la munición, creyéndose al borde de la muerte, hubiera podido declarar con igual concisión y orgullo «ánima clara». Incluso «ánima libre». A la postre, sólo lo conciso es claro y libre.

(Este artículo apareció en el ABC del 16 de Mayo de 1987)

Proceden dos addenda, uno culto y otro cutre, ambos tajantes.
Addendum cutre:
Nos están meando y dicen que llueve (pintada suscrita con la A de los anarquistas, vista en octubre de 1987 en la calle de Melquiades Biencinto, Vallecas).

Addendum culto:
Nihil obstat (no me refiero al uso habitual de la frase nada se opone —resolución favorable de la censura eclesiástica— sino al uso propuesto por Maurice Baring en 1917: lema heráldico de la nueva arma, los carros de combate).


(El artículo y esta nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))


De haber escrito hoy el anterior comentario, hubiese sido más severo con las burdas pintadas. Quizás antes había algunas con gracia o con vigor, pero ahora, desde que las llaman grafitis (sic) en vez de pintadas, los letreros y monigotes se han vuelto cursis además de feos. Para colmo, dicen que en la próxima edición del Diccionario van a admitir el barbarismo analfabeto de grafiti, aunque otro informador más solvente me asegura que no, que lo que van a hacer es remitir desde grafiti a grafito, cuyo plural sería grafitos. Parece plausible puesto que en italiano, de donde viene la voz, en singular se dice graffito y en plural graffiti.


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Concisión o silencio


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viernes, 27 de enero de 2012

El ciempiés culilargo

Sigamos elaborando un disparatorio o necedario con las principales temas —latiguillos mágicos— de nuestros modernos formadores de opinión. Destaca entre estas ideas fijas la manía de usar adverbios modales terminados en mente. Así, nadie importante dice hoy en día está claro que. Hay que decir obviamente. Salvo raras excepciones —don Miguel Herrero de Miñón dice en un alarde de concisión es claro que, pero aún no sabemos qué será de su carrera política si sigue empeñado en hablar de forma que se entienda— nuestros hombres públicos andan encandilados con estos fetiches. Primero descubrieron evidentemente, y ahora el Santo y seña para reconocerse entre iniciados es obviamente, traducción consciente o inconsciente del «obviously» inglés. No importa que en español la be y la uve seguidas sean casi impronunciables. Obviamente viste mucho.

Dos son los inconvenientes de estos adverbios modales. El primero y principal es de orden práctico: el sufijo -mente tiene tal peso fonético (mucho más que el ingrávido -ly inglés o el borroso -ment francés) que estorba a la transmisión del pensamiento que pretende recoger la frase. Alguien —¿Borges?— dijo que el énfasis de esas dos sílabas finales distrae de las anteriores, y termina uno oyendo o leyendo solo «mente» y no las precisiones que se pretendía dar. En todo caso es cierto que nadie con prisas y ganas de ser claro dice «ve rápidamente a casa, abre completamente las ventanas y vuelve directamente aquí» sino «ve corriendo a casa, abre de par en par las ventanas y vuelve derecho aquí».

En general el engorro citado se evita usando una preposición (las preposiciones suelen tener talante menos prepotente y ruidoso) seguida de un substantivo. ¿No resulta más vigoroso por completo o con energía que completamente o enérgicamente? ¿No suena más tierno con ternura que tiernamente?

El segundo inconveniente de los citados adverbios es que son feos. Destrozan con su pesadez todo ritmo en el lenguaje, escrito o hablado. No hay literatura posible con esos ciempiés culilargos. Recordemos el delicioso madrigal de Gutierre de Cetina que empieza Ojos claros, serenos,/ si de un dulce mirar sois alabados,/ ¿por qué si me miráis, miráis airados? Pues bien, sólo con introducir dos de las macizas desinencias hoy en boga, sin cambiar ninguna raíz, queda este adefesio: Si sois alabados por mirar dulcemente/ ¿por qué, si me miráis, miráis airadamente?

Si la poesía no sobrevive a semejantes palabrejas, tampoco las soporta la elegancia lacónica de un epigrama. La necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces (Gracián) se convertiría en la necedad habitual mente se introduce inopinada y abusivamente, ya que todos los necios obran audazmente. Claro que los formadores de opinión ya han advertido que lo que quieren es cambiar nuestra cultura y nuestra sociedad, así es que acaso encuentren vulgar el sonó la flauta por casualidad de Iriarte y quieran cambiarlo por sonó la flauta aleatoriamente. Desde luego esta última palabra es uno de sus fetiches.

Ya sabemos que ni la claridad ni la belleza importan mucho a los formadores de opinión. Pero, ¿y la vergüenza? ¿No les dará azaro a veces pensar que pueda escucharlos su abuela del pueblo, que sin saber lo que era un adverbio modal hablaba en cristiano y se le entendía? ¿O no tendrán abuela? Porque lo que está claro es que el pueblo que tanto invocan (bueno, si son políticos lo evocan por gozar de otro fetiche verbal) se ríe del galimatías en —mente. En los años cuarenta, época del racionamiento, corría un chiste que decía: «con la Monarquía realmente se tomaba café, con don Miguel Primo de Rivera generalmente se tomaba café, con la República ordinariamente se tomaba café, ahora francamente no se toma café». Uno sospecha que la gente no se reía sólo de la malta y las bellotas, sino también del retumbar vacuo y pomposo de aquellos adverbios extraños —tan sucedáneos de los términos tradicionales como la cebada tostada lo era del café— que empezaban a proliferar en boca y pluma de las entonces llamadas jerarquías, padres de los formadores de opinión de ahora.

Lo malo, como siempre, no es el uso aislado de estos adverbios monótonos, sino su abuso. En proporción de más de uno por página parece que empachan. Además los hay pésimos (como obviamente), los hay malos y los hay hasta graciosos. Entre estos últimos podríamos incluir dos de los más antiguos, viejas palabras venidas a menos en la sociedad, rancios términos que hoy suenan paletos, pero no cursis: mayormente (el Manual de Estilo de TVE dice que «es poco elegante y debe evitarse»; Cervantes no siguió este consejo del Sr. Calviño) y mismamente. No estarán tan mal cuando nuestros formadores de opinión no los usan y sus abuelas de pueblo sí.


(Este artículo apareció en el ABC del 13 de Julio de 1985 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

martes, 22 de noviembre de 2011

Un abrazo

Si cual espías del Poder leyésemos hoy mil cartas particulares, de seguro encontraríamos que novecientas noventa terminan con «un abrazo» (el vulgo) o «un fuerte abrazo» (los políticos) o «un gran abrazo» (los banqueros). Así, a secas, sin tan siquiera el verbo enviar. Y, por supuesto, sin distinguir a la hora de la fórmula de despedida entre los destinatarios: padre, amante, amigo, conocido o dentista. Tenemos noticia de una señora de edad provecta —y por cierto relacionada con el mundo de la política, donde debe de ser la excepción que confirma la regla de la monotonía cursi— que se ha rebelado contra el estereotipo uniforme y se despide de sus amigos escribiendo «achuchones». Dice que si a los cabecillas autonómicos manda abrazos algo más íntimo tendrá que enviar a los amigos de verdad.

España nunca destacó en la literatura epistolar. El porqué es uno de los pequeños misterios de nuestra idiosincrasia cultural o quizá psicológica. Nuestros poetas, dramaturgos y, en menor medida, novelistas han sido tan buenos como los mejores extranjeros; nuestros autores de cartas no. En general brillan los españoles tan poco en este género como en el autobiográfico. ¿Será que escriben pocas cartas, que éstas no se conservan, que los descendientes tienen miedo a publicarlas? Algo de todo eso habrá, pero nos inclinamos a pensar que el motivo principal de la escasez de buenos epistolarios —tan abundantes, por ejemplo, en los países de lengua inglesa— es que somos un pueblo de teólogos y la petite histoire nos deja fríos. Olvidamos que la Historia no es sino la suma de muchas pequeñas historias, con sus mezquindades, ternuras y grandezas individuales que en ningún lado quedan más al descubierto que en las cartas. Recordémoslo con estas letras de un padre a su hija hace cuatrocientos años justos: «Vuestros hermanos y yo estamos buenos y con mucha calor que hace estos días; como os debe escribir vuestra hermana y por no volver el papel no digo sino os guarde Dios como deseo. Vuestro buen padre». (Felipe II a la Duquesa de Saboya).

Pero había algo al menos donde hasta hace poco lucía nuestra imaginación epistolar: en las fórmulas iniciales y finales. Tomemos como ejemplo la monumental —y muy amena— correspondencia entre Juan Valera y Menéndez Pelayo. Aquellos dos hombres tan distintos —el andaluz era viejo, liberal, aristocrático y cosmopolita, mientras que el santanderino era joven, reaccionario, burgués y nacionalista— intercambiaron durante treinta años cientos de cartas donde lo primero que maravilla es la infrecuencia de las repeticiones de fórmulas. Diríase que Valera modula sus despedidas según las circunstancias. Desde «No imite mi desidia; escríbame y créame su afmo. y constante amigo» hasta «Adiós. Escríbame, quiérame y consuéleme» (cuando acaba de morir su hijo de dieciséis años). Igual ocurre con las cartas de Valera a Gumersindo Laverde, donde abundan variadas fórmulas que hoy nos parecen extravagantes y que no eran sino sabias mezclas cambiantes de originalidad y lugares comunes de la cortesía, como «Dispénseme Vd. de que mis muchísimas ocupaciones no me permitan escribirle hoy de mi propia mano y mande cuanto guste a su apasionado amigo».

Hoy todas estas sutilezas habrían quedado confundidas en el sempiterno «abrazo». Entre españoles, que no entre franceses (el Bottin de 1985 trae diez páginas de modales escritos) ni entre ingleses (el Debrett’s Correct Form tiene doscientas). ¿Serán más tontos que nosotros, más conservadores o más irónicos? Nosotros creemos que nuestra época es más franca y directa que las anteriores. En realidad es igual de insincera, pero mucho más aburrida. Obsérvense los mensajes que se cruzaban en 1739 un marino inglés y otro español, en guerra en el Caribe: «Yo soy, Señor, de VE su más humilde servidor, D. Eduardo Vernon Burford», terminaba el uno. «Yo quedo para servir a VE con la más segura voluntad, y deseo lo guarde Dios muchos años. Besa la mano de VE su más atento servidor D. Blas de Lezo», acababa el otro. ¿Cómo se escribirían hoy un oficial ruso y otro americano perdidos en el Ártico? «¿Saludos proletarios» y «Saludos democráticos»?

La verdad es que las fórmulas nunca pueden ser sinceras, pero siempre son necesarias. Aunque sólo sea para indicar que el cuerpo de la carta ha terminado y evitar que un tercero añada algo. Y puestos a buscar el laconismo por encima de todo quedaba menos ridículo el bene tibi latino que el «abrazo» moderno: es más hipócrita prometer a un casi desconocido el éxtasis de una estrecha soba que desearle el bien.
Para evitar la uniformidad totalitaria sería conveniente conservar las pocas fórmulas arcaicas que subsisten. Pero ya el «Dios guarde a Ud. muchos años» suscita censuras de algunos progres. ¿Qué dirían si supiesen que el Rey sigue dirigiendo a ciertos monarcas cristianos cartas credenciales —para acreditar embajadores— que terminan: «Señor mi buen hermano y primo, de Vuestra Majestad buen hermano y primo Juan Carlos Rey»? No vemos más fórmula para modernizar la anterior que «adhesión democrática inquebrantable». ¿O el ubicuo «abrazo»?

(Este artículo se publicó en el ABC el 8 de Junio de 1985)

Estas reflexiones fueron un triste barrunte premonitorio de la desaparición del Dios guarde a Ud. muchos años, consumada el martes 22 de julio de 1986. En esa fecha publicó el Boletín Oficial del Estado una orden aboliendo las «fórmulas de salutación o despedida» y las de «tratamiento o cortesía» en los escritos administrativos. Todo un récord: por primera vez en la historia se suprime la cortesía por Orden Ministerial. Y el firmante fue un ministro, el Sr. Moscoso del Prado, que ya no lo era más que en funciones; pese a sus méritos progresistas perdió el cargo días después.

Notable contraste con Agustina de Aragón, en quien nunca lo cortés quitó lo valiente y que se despedía en carta al general británico Doyle diciéndole: «Quédese V. a Dios y mande a su apasionada y fina amiga que más le quiere de veras». Don Luis Jessen, que me facilita este texto, aclara que la carta no es en modo alguno amorosa, pese a la reputación de Agustina; es cortés y no cortesana. El Sr. Moscoso la hubiese fulminado. Bueno, la hubiera fulminado si hubiese tenido más agallas que ella, cosa difícil.

(Este artículo y su nota posterior fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón