Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

martes, 29 de marzo de 2011

San Jerónimo (V)


Carpaccio pinxit 1502


En realidad reproduzco este cuadro por capricho. No representa a San Jerónimo sino a San Agustín, pero en algún sitio he visto que lo llamaban Aparición de San Jerónimo a San Agustín, como aquel feísimo que publiqué en San Jerónimo (III). El caso es que en este otro podemos pensar que San Agustín estaba viendo la aparición, quizá a través de la ventana, o en otra hoja de un tríptico. Pero San Agustín está aquí tan cómodo, casi en un confort burgués, y para colmo, con un caniche en vez de un león como su amigo y adversario San Jerónimo.

La verdad es que no entiendo la mayoría de los símbolos que aparecen en este cuadro. El escenario no es gemütlich, se salva gracias a un algo de ironía y a un mucho de simbología. Sin embargo, en los otros cuadros que he visto de Carpaccio no encuentro mucho de ambas características. Bueno, algo de ironía sí hay en la irrupción del león con San Jerónimo en el convento (San Jerónimo II).

En fin, una vez más me atrevo a pedir a los paseantes por esta su bitácora, casi todos más cultos que yo, que nos aclaren el misterio del caniche de este San Agustín algo mundano.

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San Jerónimo

miércoles, 23 de marzo de 2011

San Jerónimo (IV)

Bien mirado, es tan feo el cuadro aquí colgado ayer, tan mal encarados aparecen los santos Jerónimo y Agustín, que conviene contemplar este otro de ambos Padres de la Iglesia. Vuelven a ser venerables, aunque adustos. Y el león también impone, como si quisiera defender a su amo Jerónimo del hosco Agustín. Pero no entiendo por qué figura esa especie de maqueta de la Ciudad de Dios en manos de San Jerónimo y no de San Agustín. ¿Podrá alguien ilustrarnos? Lo que salta a la vista -intenciones teológicas aparte- es que Carlo Crivelli pintaba mejor que Giovanni di Paolo.

Carlo Crivelli pinxit circa 1490


martes, 22 de marzo de 2011

San Jerónimo (III)

Aparte del lado apacible de San Jerónimo, rodeado de libros y protegido por su león, conviene, en un paréntesis, mencionar su disputa con San Agustín a propósito de Jonás. La polémica (a principios del siglo V) acabó en violentos disturbios callejeros entre los partidarios de la calabaza y los de la hiedra al nombrar la planta que cobijó a Jonás en las afueras de Nínive. El caso es que la cosa no parece tan excéntrica si se analiza: San Agustín reprochó a San Jerónimo que al fundamentar su traducción al latín de la Biblia (la Vulgata) en la versión original hebrea más que en la versión griega de los Setenta, estaba separando a los cristianos orientales de los occidentales, asunto nada baladí.

Lo trató con tanta ciencia como amenidad mi viejo amigo Valentín García Yebra, recientemente muerto, en este artículo de hace un cuarto de siglo, publicado en el ABC (5/4/1987):




Así es que con esta curiosa controversia pretendo contestar a la pregunta de otro amigo, Jaime Otero, que quería recordar viejas charlas nuestras sobre la vitalidad de las polémicas intelectuales muy anteriores a la invención de los medios modernos de comunicación. Y aprovecho para reproducir esta otra imagen de San Jerónimo apareciéndosele a San Agustín (éste murió en el 430, diez años después de aquél):



Giovanni di Paolo pinxit circa 1456

Por cierto que si algún lector puede ilustrarnos refiriendo el significado de la escena, se le agradecerá mucho. Tan sólo se me ocurre que quizá al morirse San Jerónimo se le apareció a San Agustín para hacer las paces. También supongo que los dos santos figuran oscuros de tez porque San Agustín nació en Numidia, hoy Argelia, y San Jerónimo, aunque era dálmata, quizá se creía, gracias a la historia del león, que tenía aspecto más exótico. Lo que ya no puedo ni columbrar es el porqué de esa especie de Siva en la hornacina sobre la puerta del monasterio, y en la misma puerta un portero también sombrío. En todo caso el gabinete de San Agustín es cómodo y acogedor aunque no tanto como el que le atribuyen a su adversario San Jerónimo. En fin, cuán cierto es el viejo dicho Genus irritabile vatum.


(Les recuerdo que para ver bien el artículo del ABC y la imagen basta con pinchar una o dos veces en ellas)

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miércoles, 16 de marzo de 2011

San Jerónimo (II)


Steinwick pinxit circa 1600



Seguimos con San Jerónimo, en otra imagen fascinante por su perfección arquitectónica y su luz, entre el templo y el escenario teatral. Seguro que más de un observador sabrá deducir mucho, y más si se fija en la distancia en el tiempo y en el espacio entre este cuadro y el de Antonello de Mesina. Este otro cuadro está pintado hacia 1600, unos 125 años después y en Flandes, no en Sicilia. Y aquí hay menos símbolos. Yo sólo veo el león manso y el capelo cardenalicio. Por cierto que el león manso, al que espero volver la semana que viene, más que símbolo es anécdota, o quizá anécdota simbólica. Pero ¿de qué? Supongo que de la bondad taumatúrgica del santo. Bueno, no resisto la tentación y coloco ya otro cuadro que explica cómo entró en la vida y en el monasterio de San Jerónimo el citado león. Llega siguiendo apaciblemente al santo (que le ha quitado una espina de la pata) mientras huyen despavoridos los monjes. Para mí que tanto el león como el santo miran el revuelo de hábitos con condescendencia casi irónica.


Carpaccio pinxit 1502



Ustedes han hecho comentarios inteligentes al cuadro de Antonello de Mesina y yo poco puedo añadir. En los libros que he consultado veo que el pavo real es símbolo de inmortalidad, pero recuerdo la bronca que me echaron de niño cuando cogí en un jardín, creo que en Segovia, una pluma de pavo real y pretendí llevármela a casa. Yo no sabía que esas plumas traen mala suerte. Me obligaron a tirarla. Por cierto que hay una colección llamada Los diccionarios del arte (editorial Electa) con muy buena iconografía y muy mal texto donde casi todos los objetos son símbolos de varias cosas y de sus contrarios, sin aclarar el influjo de los contextos, autores o épocas. Y encima están mal traducidos del italiano. Pero son un regalo para los ojos ya que no para la inteligencia. Y eso es mucho.

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martes, 8 de marzo de 2011

San Jerónimo

Si hay un santo envidiable para todos los aficionados a traducir, o simplemente a escribir, o incluso tan sólo a leer, es San Jerónimo. Me refiero a San Jerónimo en su faceta de traductor de la Biblia, no a San Jerónimo como padre del yermo, haciendo penitencia muy dura, cosa esta última admirable para todos pero envidiable únicamente para unos pocos.

Ya Valery Larbaud, excepcional políglota y traductor, escribió Sous l’invocation de Saint Jérôme. Pero lo que más nos puede acercar a él, más aún para algunos que la lectura de la Vulgata en latín –hoy ya tristemente postergada–, es contemplar algunos de los muchos retratos que lo representan trabajando en un cuarto lleno de libros pero también de animales que simbolizan episodios de la vida del santo. Desde niño me fascinaban esas escenas; me parecía que el lugar era lo más acogedor, cómodo y seguro (gracias al león) y que allí se sería muy feliz leyendo. Lo sigo pensando y durante un tiempo voy a hacer la vida un poco más agradable a los que entren en esta bitácora, pues se van a encontrar con una imagen, que irá cambiando, de San Jerónimo en lugar de ver mi cogote.

Procuraré escribir un comentario de cada cuadro, pero para no hacerlos esperar a ustedes empezaré con el de Antonello de Mesina (pintado hacia 1475), sin pretender mejorarlo con palabras quizá superfluas.

Ah, y si quieren ver la imagen más grande, pinchen sobre el cuadro.



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jueves, 3 de marzo de 2011

Excelentes y serenos señores

Cuando Dios, ataviado con un guardapolvo y un sombrero hongo color café, volvió a la Tierra (en «La tournée de Dios», de Jardiel Poncela), lo primero que hizo fue ordenar que lo llamasen «Señor y de tú, como en el Padrenuestro». Cuentan también que Alfonso XIII morigeró a un ciudadano que lo había tratado de usted, diciéndole: «Hombre, me suelen hablar en tercera persona. Algunos prefieren el vos, y hasta hay quienes me tutean, pero nunca me habían hablado de usted». Bueno, pues ahora gracias al caos lingüístico y de tratamientos —del que todos somos algo responsables, empezando por el propio Alfonso XIII— es posible oír cualquier cosa.

Se puede, por ejemplo, leer a don Luis Solana dirigiéndose al Rey (en una carta abierta, Diario 16, 28-7-81) de usted (en lugar de Vuestra Majestad) pero usando Majestad como vocativo (en lugar de Señor). Su simpaticona frase «comprendo, Majestad, que es una lata, pero no tiene usted más remedio que ir a Santiago» es una lata gramatical más aún que protocolaria. En cambio, los mismos políticos deponen toda campechanería en cuanto les conviene. Así, uno de los defectos de forma que alegó el Senado para denegar el suplicatorio para procesar al senador del PNV don Joseba Elósegui (presunto autor del robo de una ikurriña en el Museo del Ejército) fue que el juez había tratado de señor don al senador cuando éste debía ser tratado de excelentísimo señor, según el reglamento del Senado.

Lo paradójico del caso es que en un país como el nuestro, que, contra lo que creen los extranjeros, lleva un par de siglos desconociendo o desconfiando de sus raíces históricas, el Senado se acordase, al elaborar su reglamento en 1982, de una tradición del siglo XIX que hizo extensivo a todos los senadores el tratamiento de excelentísimo señor, en un principio reservado a aquellos que a la vez eran Grandes de España. Pero lo cierto es que, gracias a su capacidad autonormativa, nuestra Cámara Alta se ha mantenido dentro de la legalidad al atribuir tantas excelencias a sus miembros. Más dudoso es el caso del Congreso, cuyos diputados parecen ser excelentes sólo por remedo de los senadores. Y lo más curioso es que los demás tratamientos que se dan en España suelen carecer de base legal sólida: se fundan en disposiciones antiguas de discutible vigencia o en la mera costumbre. Nadie ha pensado o se ha atrevido a hacer una recopilación completa y actualizada, como tampoco hay una norma general para las precedencias.

No es de extrañar, pues, que cada cuál use para sí o para los demás el tratamiento o apelativo que le venga en gana. El pasado 17 de noviembre pudimos oír, por ejemplo, cómo la emisora de radio Antena 3 declaraba alborozada: «El Príncipe de Borbón acaba de llegar a Muscat.» Primero pensamos con zozobra que hablaban de algún pueblo catalán ocupado por otro Duque de Angulema. Luego comprendimos que se referían a lo que siempre se ha llamado en español Mascate, hoy capital del sultanato de Omán. Por último, caímos en que el ilustre viajero no era otro sino el Príncipe de Asturias, que representaba muy dignamente a su Soberano en las fiestas del aniversario de la coronación del Sultán. Pero entonces, ¿por qué llamarlo Príncipe de Borbón, como si fuera un francés? Además de llamarlo como está mandado, Príncipe de Asturias, podían haberle dado, con mayor o menor grado de corrección legal o histórica, el apelativo de Infante don Felipe, Heredero de la Corona, Príncipe de España (hay precedentes y no sólo próximos) e incluso, si les daba gustirrín republicano, Don Felipe de Borbón a secas. En aras de la brevedad podría llamársele el Príncipe, sin más, y ello sería correcto, porque en España se considera tradicionalmente que no hay más príncipe que el de Asturias, y los demás miembros de la Familia Real pueden ser o no Infantes de España, tener un título del Reino o no tenerlo, gozar de tratamiento de Alteza Real o no.

Por cierto que, puestos a dar a cada cual lo suyo, bien podríamos recordar que el completo apelativo propio de los Infantes es Su Alteza Real el Serenísimo Señor Infante de España don... Aunque sólo sea porque el Príncipe debe (de) ser por lo menos tan sereno como excelentes los señores senadores.


(Este artículo se publicó en el ABC del 23 de Noviembre de 1985 y luego fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional, ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves, 24 de febrero de 2011

El usted amoroso

Los partes de guerra que nos llegan de los distintos frentes son confusos y aun contradictorios. Rápidos avances en Escandinavia, fuerte presión en Europa Central, relativa estabilización en Francia, pocos combates en la Unión Soviética, guerra relámpago en España, ligera recuperación del bando perdedor en Cuba. Nos referimos a la guerra mundial entre el y el usted. Hace un par de meses enviamos un cuestionario a diversos amigos en una docena de países, de cinco lenguas diferentes. Podríamos tabular los resultados, pero no conseguiríamos más que aburrir al respetable. A los españoles sólo nos gustan las conclusiones trascendentes. Ahí van, pues, transmutadas «de anécdota en categoría».

El avance del como forma única de trato continúa en casi todo el mundo, pero con menor ímpetu que hace quince años. Hoy por hoy parece más aventurado que en 1970 vaticinar que a principios del siglo XXI ya no existirá el usted. La reacción ha sido fuerte. Los Srs. Mitterrand, Tierno Galván y Fidel Castro, por citar sólo a tres reaccionarios, no están nada por la labor del tuteo generalizado. Mas por mucho que su ejemplo enardezca a la «famélica legión» que invocan cada vez que cantan la Internacional, dudamos que consigan educar a la otra legión, la que de verdad marca la moda que luego imitan sus mayores para no parecer viejos, la legión del porro y la caja tonta.

En los países nórdicos el tuteo está más cerca del triunfo absoluto porque a la natural simpleza de los jóvenes se ha unido la catequesis progre de unos maestros de escuela convencidos de que su misión histórica era instaurar la fraternidad universal suprimiendo el usted del léxico de sus alumnos, con lo que empiezan a escasear no ya quienes quieran usarlo, sino quienes sepan hacerlo. El proceso está más avanzado aún en Suecia que en Dinamarca. En el mundo germánico, además de los matices que determinan los distintos países y religiones, se da la circunstancia curiosa de que en la nobleza católica (sobre todo la austriaca y por contagio la bávara) se tendía por tradición a usar el al hablar entre iguales, y en los estados del norte y este de Alemania la aristocracia, protestante en su mayoría, tendía al usted. En ambos casos se trataba de lo que Julio Cerón llama palabras levadizas, que aíslan a un grupo social de su entorno. Claro está que los que escogieron el tuteo se encuentran ahora con que al convertirse en práctica general ya no les sirve de santo y seña, mientras que los que se aferran al usted todavía obtienen alguna que otra satisfacción. De todas maneras éste subsiste en la Suiza alemánica ultracapitalista como en la Alemania oriental comunista, así es que algún discreto encanto postfeudal tendrá.

Pero donde menos predomina el tuteo es en Francia. Aún hoy conocemos alguna pareja de menos de cincuenta años en la que marido y mujer se hablan de vous, como era frecuente en generaciones anteriores. A fin de cuentas, hasta J. P. Sartre y Simone de Beauvoir, tanto monta monta tanto en el pensamiento revolucionario, se hablaron siempre de usted, como nos recuerda don Emilio Lorenzo (ABC, 25-7-1985). Nada de lo cual obsta para que también en el mundo francófono —más en Bélgica y menos en Suiza que en Francia— progrese el tuteo entre los jóvenes. El único país donde no ocurre otro tanto es Cuba. Ya en anterior ocasión hemos comentado las frecuentes notas del Ministerio de Educación que publica el diario habanero Juventud Rebelde exhortando a la juventud (rebelde, pero dentro de un orden) a hablar de usted a superiores y desconocidos. Precisamente donde se hubiera podido pensar que la revolución acabaría con el usted está intentando conservarlo. En la Unión Soviética, adrede o no, también se mantiene.

Si el caso cubano puede sorprender a algunos españoles, no resulta extraño en el ámbito hispanoamericano, mucho más conservador del usted que el nuestro. Ese apego puede llegar a extremos paradójicos como en Chile, donde se tratan de usted los que no se conocen bien, de los amigos y de nuevo de usted los novios o esposos, o los adultos a los niños cuando quieren mostrarse cariñosos. Este usted bis amoroso es tan revelador que una mujer puede decirle a una amiga: «Ten cuidado, que se te empieza a notar que estás enredada con Fulanito. Ayer se te escapó un usted hablando con él en público». Puede que todas estas sutilezas lingüísticas sean restos decadentes del pasado, pero si seguimos suprimiéndolas, ¿quedará algo más que el gruñido prehistórico?


(Publicado en el ABC del 30 de Noviembre de 1985 y en El Guirigay Nacional (1988) y en El Guirigay Nacional, ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Cuando yo trabajaba en ese extraño medio, entre académico y político, que es el mundo de los centros de análisis, llamados por los pedantes think tanks, palabra que habría que haber traducido - pero nos faltó empuje, o humor- por pensaderos, se decía que quienes viven de la bola de cristal tienen que resignarse a una dieta de cristales rotos. Por aquellas fechas, y sin tener nada que ver con mi trabajo principal, fue cuando escribí estos artículos sobre el lenguaje, el guirigay nacional, y cuando ahora releo los pronósticos de hace un cuarto de siglo me sonrío. Pero este de que "hoy por hoy parece más aventurado que en 1970 vaticinar que a principios del siglo XXI ya no existirá el usted" fue una previsión más bien prudente. El usted existe, o mejor dicho subsiste, con precariedad, en España. Veremos por cuanto tiempo más.

Por lo demás, tampoco la serie estaba exenta de errores. Los reconocí reproduciendo -al recopilar los artículos en libros- los deslices que me iban señalando amables e iracundos lectores. O los que me señalaba mi propia conciencia inquieta. Aun hoy de vez en cuando me apuntan o me reprochan alguna equivocación cometida en la noche de los tiempos. La última me la anota Antonio Burgos en su comentario a mi anterior entrada (Muerte de uno). Tenía razón mi amigo sevillano y se la reconocí en la bitácora, que si fuera una bitácora de barco haría fe, tanta como un acta notarial. Vale.

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

viernes, 18 de febrero de 2011

Muerte de uno

A punto ya de consumarse la tragedia histórica de la desaparición de la vieja mitología clásica con la implantación del cristianismo —fin de una serena concepción cíclica del tiempo histórico y orto de las angustias semíticas, cristianas o marxistas del tiempo lineal, del Alfa al Omega— se oyeron voces en los mares griegos gritando: «¡El gran dios Pan ha muerto!». Quizá por eso nuestros terrores sean ahora sórdidos (el sida, la bomba atómica, el cáncer) y no pánicos (el rumor inquietante del viento en las encinas, el brillo maligno de la luna en el arroyo, el olor montuno del rapto y de la muerte al aire libre). Todo ello es triste e irreparable, pero al menos Pan tuvo sus exequias nobles: el grito de desgarro que cuenta Plutarco.

No así la lengua castellana. Desde Forner nadie se ha molestado en oficiar un digno funeral por nuestra lengua, acaso porque las exequias habrían de llevar aneja una denuncia de los «traductores hambrientos y charlatanes ambiciosos», autores, según Forner, del asesinato, y ya nos advertía el propio polemista extremeño que «las escuadras de la ignorancia han sido siempre invencibles». Pero es que no ha habido ni una mala esquela por la muerte de algunos de nuestros vocablos o construcciones idiomáticas. No faltan, eso sí, lamentos fúnebres por la desaparición del usted. Mas, ¿quién nos ha avisado, por ejemplo, del óbito del uno? No, no queremos insinuar que el Uno y Trino haya seguido el camino del dios Pan. Nos referimos al pronombre indeterminado que tan útil resultaba para describir, con un verbo en tercera persona, una acción de sujeto indefinido. Hasta hace poco lo habitual era decir «siempre está uno jorobado». Ahora se dice «siempre estás jorobado», fórmula que se nos antoja alarmante para el que la escucha. ¿Seré yo el único jorobado?, se pregunta el interlocutor mirando de reojo a sus espaldas. Y, claro, no es así. Jorobados estamos todos.

Por eso es mejor usar la primera persona del plural («estamos jorobados») o el discreto y delicado pronombre uno. Con diversos matices subsisten fórmulas parecidas en inglés, francés o alemán. En francés el on —que no equivale con exactitud a uno, ni a se, ni a nosotros— es un delirio exquisito de ambigüedad. Los franceses sin el on no podrían ni escribir la Historia de la Humanidad, es decir, la de Francia. Sabida es la adivinanza: «Qui a fait la Révolution?» «On a fait la Révolution».

Además, el uno tiene la ventaja de no implicar tuteo ni usteo. Pero de moribundo que está, aun los que se resisten al tuteo se olvidan de acudir a remedio en ocasiones tan sencillo. Se leen frases paradójicas como «es que ya te tutean hasta para multarte» (Moncho González, La Vanguardia, 22-9-85), o «ya todo el mundo se atreve a hablarte de tú» (Antonio Burgos, ABC, 15-8-85). Si al escritor no le gusta que lo tuteen, ¿por qué tutea al lector? ¿Por qué no dice «lo tutean a usted» o «lo tutean a uno»? Claro que en las frases citadas puede que hubiese intención irónica. O no.

El caso es que el uso del uno apenas subsiste, y sólo en el pueblo llano. Nuestras supuestas minorías rectoras prefieren el agresivo. Sería vano esperar de ellas otra cosa cuando no saben ni hablarse en las Cortes ni dirigirse a su Soberano. En el Congreso se tratan de Vuestra Señoría, por más que don Gregorio Peces-Barba les explique que, según la costumbre, todo orador se dirige al presidente, por lo que habla de otro diputado, nunca a otro diputado, y debe decir Su Señoría. Al Rey, en cambio, hablan con un cómico Su Majestad, en lugar de Vuestra Majestad, y ni se les ocurre que el vocativo correcto es Señor y no Majestad. Los franceses suelen cumplir con la gramática y con el protocolo, porque se saben de memoria las palabras del cordero al lobo en la fábula de La Fontaine: «Sire, que Votre Majesté ne se mette pas en colère...». En España sólo los artilleros suelen estar al abrigo de aquel error sintáctico, y ello por un curioso motivo histórico: que la tradición inmemorial en su Arma es contestar Señor al superior, como en el Ejército británico, y no «mi coronel» o el grado de que se trate.

En fin, tout lasse, tout passe. Desde Pan hasta el uno. Y sin que suenen voces de muerte, ni siquiera cerca del Guadalquivir.

(Este artículo se publicó en el ABC del 16 de Noviembre de 1985)

Si alguien quiere estudiar en serio este serio asunto, le aconsejo Novedades sobre la segunda persona y la expresión «impersonal», de don Emilio Lorenzo, documentado y ameno trabajo que por desgracia yo desconocía al escribir el anterior artículo.


(Tanto el artículo como la nota fueron publicados en El Guirigay Nacional (1988) y en El Guirigay Nacional, ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
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(c) Marqués de Tamarón 2008