Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

martes, 19 de julio de 2022

El calor y la mala sangre


CESAR MANSO_AFP. 2022 

Este verano es uno de los peores de lo que va de siglo por el calor del tiempo y la mala sangre de algunos. Arden de nuevo miles y miles de hectáreas y seguimos tratándolo como un problema inevitable, insoluble y tan sólo debido a la sequía y al calor. Esa ceguera de la opinión pública y periodística es producto de la estupidez general y las quejas de los poderes públicos son por lo menos gemidos hipócritas. Puede que los  formadores de opinión, los influencers y el pueblo llano no estén al tanto de las causas de los incendios, casi siempre debidos a imprudencia jurídicamente punible o a dolo premeditado y gravísimo. Pero resulta increíble que los poderes públicos no lo sepan. 

En todo caso no comparten sus conocimientos con el pueblo soberano. Su obligación sería contestar a las siguientes preguntas:

¿Cuántos de los incendios parecen obra de individuos con intención delictiva o por torpeza punible? 
¿Cuántos han sido denunciados por las autoridades?
¿Cuántos han ido a los tribunales? 
¿Cuántos han sido condenados? 
¿Cuántos han cumplido su pena? 
¿Cuántos han pisado la cárcel y por cuánto tiempo? En 2016, el periódico digital La Información decía que sólo 8 de 325 condenados durante la década anterior entraron en la cárcel.  
¿Cuántos han pagado las multas o indemnizaciones debidas? 
¿Cuántos hay ahora mismo cumpliendo de alguna manera las condenas de otros años? 

Tal vez no haya ninguno cumpliendo condena. Sospecho que no hay muchos gobernantes o miembros de cualquiera de los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) que estén al tanto o que se muestren dispuestos a hacer públicos los datos pertinentes. 

Hace años visité a la Defensora del Pueblo a este propósito. Intentó ayudarme pero donde menos información pudo obtener fue en Cataluña donde no le facilitaron los datos.

En fin, publico aquí una vez más –sin miedo ni esperanza– un artículo que escribí para el ABC y apareció el 25 de Mayo del 2006. 


 Otra falacia patética 


   Una de las falacias más repetidas es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita -auténtica falacia patética, que diría Ruskin- cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo». 

   Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción: los vecinos se sonríen ante el atropello, el juez se encoge de hombros, el Ayuntamiento se inhibe, los Gobiernos callan o fingen. Es la más sincera de las connivencias. «Vaya usted a saber quién lo hizo, sería muy difícil probarlo, además el bosque era muy viejo, y ya es hora de que esto beneficie a las personas y no sólo a los pajaritos». Y suspiran satisfechos los especuladores urbanos, tratantes de madera quemada, cazadores furtivos, extorsionistas, camellos de la droga, piariegos y retenes renegados. 

   El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso -creo recordar que en La Codorniz- convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa. 

   Huelga decir que esa bellaquería en particular no es ya políticamente correcta. Pero otras sí, pues casi todo es turbio en ciertas actitudes sociales. Ni siquiera los delincuentes, que deberían ser fieles a su imagen social de dechado de lógica -lógica egoísta y amoral, pero lógica al fin- son tal cosa cuando se dedican a destruir la Naturaleza. Rara vez actúan con la frialdad de un delincuente puramente racional, como por ejemplo un monedero falso. Éste tan sólo busca el estricto provecho económico, mientras que el incendiario, con independencia del posible lucro, suele disfrutar haciendo daño. Diríase que en ese terreno hay tanto o más odio que codicia. A veces cabe preguntarse si ciertos vertidos tóxicos o incendios no tendrán más en común con los crímenes de los violadores que con los de malhechores supuestamente racionales como los ladrones. Después de todo es de suponer que el sueño de quien aspira a hacer el mal perfecto es mancillar a su madre y luego matarla, y eso es, en exacta metáfora, lo que hacen miles de autores de delitos ecológicos al año, sobre todo en verano. Si tan sólo buscasen el lucro, es probable que escogieran otros delitos más rentables y que causan menos dolor innecesario. 

   Lo más triste, sin embargo, es que lo turbio de las motivaciones de los delincuentes parece desdibujar las propias reacciones de la opinión pública, de las autoridades y de los periodistas. No conozco otro ámbito donde haya menos ideas claras y menos acciones decididas. Abunda, eso sí, la palabrería. Todas las fuerzas políticas coinciden en sus ansias retóricas de «preservar el medio ambiente» (artículo 38 de la Constitución de 1978), pero ninguna muestra respeto siquiera por su propio nombre; se conoce que no va con ellas lo de nomen est omen. Los socialistas valoran muy poco en la práctica el primer bien social, que es la Naturaleza. A los conservadores no les interesa mucho conservar esta vieja piel de toro, tan llena de mataduras. Los verdes, absortos en la izquierda unida, tienen mucho más de izquierdistas que de verdes. Y los llamados ecologistas nunca se manifiestan cuando el desastre ecológico ocurre donde gobiernan las izquierdas. 

   Prueba de lo que antecede es la anarquía urbanística en casi todos los municipios españoles. Sea cual sea su militancia política, el sueño megalómano de un alcalde es benidormizar entero su término municipal, edificarlo del uno al otro confín. Yerran quienes atribuyen el anhelo a un afán de beneficio personal. Por lo común no se trata de cohecho sino de una fe pétrea en el progreso, entendido éste como un aumento acelerado del casco urbano y del número de automóviles en circulación. 

   Contra creencia tan firme no hay leyes que valgan, y menos en un país latino, donde la tradición es legislar profusamente pero sin luego aplicar las normas con demasiado rigor. A veces, sin embargo, triunfan paradójicos escrúpulos y ocurre, por ejemplo, que se paraliza la declaración de tal Parque Nacional para no verse obligados a entorpecer los negocios de la construcción ni sufrir la consiguiente pérdida de votos. 

   Quizá por el mismo prurito oficial de discreción -acaso para evitar la llamada alarma social- no sea posible averiguar cuántos están en la cárcel tras los incendios, casi todos provocados, de 180.000 hectáreas forestales en toda España durante el pasado año 2005, o por cualquier otro delito ecológico (se dice oficiosamente que nadie está en prisión por un quítame allá esas pajas, aun ardientes). Pero cuesta creer que haya voluntad oficial de sigilo, pues los poderes públicos no pueden ignorar el auténtico sentir popular ante todos estos abusos y delitos: la sonrisa suficiente. Como mucho, los políticos evitarán en lo sucesivo reconocer las amplias complicidades del pueblo soberano con los incendiarios, después del revuelo causado en agosto pasado por la franqueza de la ministra de Medio Ambiente al admitir que existía «tolerancia social» en Galicia y en el resto de España, que impedía la identificación de los culpables. 

   A la tolerancia podía haber añadido la desidia. Mientras escribo estas líneas y para no perder el sentido de la realidad más humilde, tengo a mi lado una bolsa de carbón vegetal para barbacoas hecho en el Paraguay y comprado esta primavera en unos grandes almacenes madrileños. O sea, que mientras ardían los montes españoles porque nadie era capaz de atajar el fuego, ya que el sotobosque no se mantiene limpio desde que desapareció el piconeo, estábamos importando picón de una selva situada a diez mil kilómetros de distancia. 

   Y es que aquí, como en otros asuntos nacionales, el problema no está tanto en el Gobierno o los Gobiernos de la nación cuanto en la nación del Gobierno. Un pueblo que no cree en él mismo -en su historia ni en su naturaleza- mal puede exigir fe y voluntad a sus Gobiernos. Y éstos -unos más que otros, es cierto- tendrán la perpetua tentación de zanjar los problemas «como sea». Es decir, sin resolverlos. 


El Marqués de Tamarón   



Este artículo apareció en el ABC el 25 de Mayo de 2006 y en esta bitácora el 23 de Octubre de 2008, el 25 de Julio del 2010, el 2 de Abril del 2012, y el 9 de Julio de 2019. Y ahora mismo es más triste y verdadero que nunca.


Enlaces relacionados:

¿Por qué arde España? (2021)
La tragedia recurrente (2019)

Fuego, crimen y castigo II (2017)
Fuego, crimen y castigo (2016)
Los hideputas hacen su agosto (2015)
Verano de bochorno (2015)
De nuevo la infamia impune (2014) 
Más hideputas que pirómanos (2013)
España pronto en llamas (2013)
"España está que arde" y "Algo suyo se quema" (2012)
Más canallas impunes (2012)
Sigue la impunidad de los canallas (2012)
Otra falacia patética (2010)
La herida infectada (2010)
La impunidad de los canallas (2009)
¿Cleptocracia o pulcrofobia? ¿O simple amnesia colectiva? (2009)
Otra falacia patética (2008)

 

martes, 28 de junio de 2022

Don José Ortega y Gasset, novelista frustrado. Citas Proscritas VI


José Ortega y Gasset, 1883-1955

Ortega podría haber sido el mejor novelista de su época. Dos ejemplos, escritos en 1917, cuando tenía 32 años, dan que pensar. Aparecen recogidos en De Madrid a Asturias o los dos paisajes, y más tarde en el Tomo III de El Espectador (1921). 

Juzgue el lector con un par de modestos y perfectos botones de muestra narrativa:


DUEÑAS

Pocos kilómetros antes de llegar a Venta de Baños está Dueñas, un pueblo atroz. Se alza en la caída de un cabezo con aire de pueblo alerta. Es del color de la tierra. Las casas de adobe, bajo la luz de la siesta, casi incorpóreas, tiemblan, como hechas de luz y calígine, y una enorme iglesia se levanta en lo alto, defensora y hostil. En torno al pueblo, edificado sobre la tierra hay un pueblo de terrícolas, de hombres que viven como hormigas dentro del cabezo. Allí, sepultos en las entrañas del montículo, que debe arder con fuego sin llama y sin claror, con terrible fuego mudo, estos castellanos y castellanas, hermanos nuestros, duermen, aman, paren. Fuera, el sol amarillea a lo largo, calizo, polvoriento, y el sol de julio hincha con cada una de sus pulsaciones todo el horizonte como un alarido inmenso. 

Pero, más o menos, esto también es Baños, donde dejo el tren de Irún para tomar el mixto de León. Ví un árbol en las inmediaciones. En estas tierras el sol de mediodía crea una soledad mucho más medrosa que la de la noche profunda... Es preciso recogerse en el pobre restaurante de la estación. Al entrar no se ve nada. La claridad desesperada que inunda el exterior ha absorbido todo el vigor de la retina. Poco después comienza a restablecerse la sensibilidad, y vacilando, con paso de convaleciente, palpando, apoyándose aquí y allá, descubre el flanco sin lustre de un aparador, las filas de copas con las servilletas en forma de cucurucho, las gasas de los espejos mancilladas por las moscas, y en la pared, colgando, una litografía de un palmo no más delicadísima, exquisita, sutil, hecha con puro espíritu de línea y pura esencia de color. Es del Siglo XVIII y se titula Les Bouquets. Unos galanes de casaquín ofrecen, en paso de danza, unos ramos de flores a unas damas floridas en ingrávidas. (¡Fondista, cuidado con mi amigo Pío Baroja, que es coleccionista!).

Grabado de Dueñas (1808) por Robert Pollard sobre una obra de Henry Swinburne durante su viaje por España en 1775-1776.Única imagen que se conserva del castillo y las murallas, antes de su utilización para la construcción del Canal de Castilla a partir de 1830 (Wikipedia) 

LA HERMANA VISITADORA

Palencia, Grijota, Villa Umbrales, Paredes... Aquí, en Paredes, creo que nació Berruguete, el escultor. Es una aldea grande, tendida en el llano, con algunos edificios amplios que deben de ser hospitales. ¡Iglesias y hospitales! Obras de la fe, obras de la caridad. Pero en ninguna parte, sobre los techos rojizos de estos poblados se advierte la huella de los dedos de la esperanza. Ni verdura en la tierra, ni esperanza en los corazones. Cercado por esta aspereza tan ardiente, algo, gimiendo dentro de nosotros, exclama: «¡Esperanza!». Y como si acudiera a nuestra llamada, vemos en la fantasía una fontana de agua clara, fresca, que mana trémula... 

Hasta aquí he ido solo en el departamento. En Paredes suben tres monjas, tres Hermanas de la Caridad. Una es joven, pálida y escrofulosa. Otra, de mediana edad, con tez y perfil anglosajones. La tercera, a quien ambas atienden y regalan, es vieja, una de esas viejas muy viejas que conservan en sus facciones gruesas una grata blandura, que tienen la mano aún gordezuela, pero ya sin elasticidad en los tejidos musculares. Es dulce, simpática, sencilla, noble y aldeana a la vez. Es la vieja perfecta; debió [de] ser hermosa, y los arcos óseos de sus ojos siguen siendo dos bellos arcos de ruidos. 

Debe de ser esta monja una elevada autoridad en su Orden. Por lo que habla, una visitadora que va de hospital en hospital, inspeccionando los pequeños destacamentos de este ejército tan noble, tan respetable, tan arcaico. ¡Pero es tan vieja! Ha olvidado los nombres de las superioras de todos los conventos que visita. Confunde una sor con otra sor. ¡Ha visto tantas! Ni por casualidad acierta una vez. La monja anglosajona, en cambio, lo sabe todo, y cariñosamente corrije a la anciana, la cual sonríe, sonríe siempre, con una sonrisa blanda y universal.

El sol de occidente echa unos rayos rubio por la ventanilla que besan y aureolan la faz cetrina de la hermana visitadora. Saca ésta del bolso un abanico de los que venden en las ferias con figuras abigarradas en el país. 

–Es el abanico de mi tonto –dice–. En el hospital tenemos un tonto que es muy bueno. El último día de mi santo me dijo (y la anciana imitaba el balbuceo del tonto): «Hermana, yo le regalaré un abanico.» Yo le contesté: «¡Pero si ya tengo, Crispín!» Y él repuso: «No, que es negro; yo quió regalarle uno con gente.» Mi tonto llama a las figuras gente. 

Luego pregunta: 

–¿Qué día es hoy? 

–Dieciséis de julio –le contestan.

Y dá un hondo suspiro, mira la lejanía y dice: 

–Pues esta mañana, a las cinco, han hecho cuarenta y nueve años que salí de mi casa para ir al convento. ¡Qué mañana! No la olvido nunca. Salí con el corazón encogido y me iba acordando de lo que decía Santa Teresa de sí misma: «Cuando abandonaba la casa de mis padres me parecía que me crujían los huesos.»

Pero esto lo dice la hermana visitadora envolviendo el antiguo hecho amargo con la sonrisa universal de ahora. Y es como si alguien acariciando con la yema del dedo una espina dijera: «¡Pobrecilla! ¡Bastante desgracia tienes con ser tu misión herir ».


No sé quién o qué frustró esta actividad de Ortega que hubiera podido desembocar en novelas o cuentos propiamente dichos. El filósofo siguió ocasionalmente creando y colocando en sus ensayos episodios o viñetas, a veces cuadros vivos, que daban vida a sus pensamientos, ideas y opiniones. Azorín también lo hacía, pero mal. En toda su carrera no escribió nada como estos apuntes que el propio Ortega no valoró bastante. 


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lunes, 20 de junio de 2022

Valery Larbaud y Teócrito. Citas Proscritas V


 Fi des pays coloniaux, qui n'ont pour eux
Que les merveilles de la nature, et n'ont pas su
Même se procurer un Théocrite.

Valery Larbaud, A.O. BARNABOOTH, Poesies, 1913

O sea: 

Qué asco, los países coloniales, que no tienen más   
que las bellezas de la Naturaleza y ni siquiera han sabido 
procurarse un Teócrito.

Amable lector, antes de escandalizarte por la incorrección política de Valery Larbaud, espera que termine el cuento. Descubrí a Valery Larbaud a los veinte años, cuando estaba yo en Burdeos mejorando mis conocimientos de francés para presentarme a la oposición de ingreso en la carrera diplomática. El autor - que tenía unos treinta años cuando en 1913 publicó esa monumental fantasía enciclopédica e irónica - me atrajo, incluso al descubrir el sorprendente final del libro. No sé si me ayudó  a sacar la oposición o a desconfiar del cosmopolitismo.

El caso es que el único "país colonial" lo sufrí cuando en 24 horas de estancia en Guinea Ecuatorial cogí el paludismo. En rigor podría considerarse país colonial a Mauritania, donde viví felizmente tres años, o el Canadá, donde pasé uno. Pero Barnabooth / Larbaud no los hubieran llamado así y yo menos.

En el Journal Intime del libro A.O. BARNABOOTH, el autor juega con el lector pues precipita la decisión dramática del multimillonario narrador, que decide volver a América como Ulises a Ítaca pero con cientos de baúles, un loro que repite en español ¿Loro...lorito...?¡lorito real! y Concha, con quien se acaba de casar tres veces: selon l'église d'Angleterre, selon l'église de Rome, et selon le consulat du ***. Los tres astericos representan el nombre del país de donde es originario el protagonista y donde radica su enorme fortuna basada en el guano. Él se llamaba a sí mismo a veces Le roi du caca... 

Valery Larbaud cae simpático a cualquier lector capaz de ver a través de distintos planos cuál es la esencia de su mente y su corazón generosos. El lector medio, y yo desde luego, se angustia al saber que Larbaud tras vivir su juventud de rico heredero que viaja y reside en diversos lugares y en todos disfruta, especialmente en Alicante, a los 53 años tuvo una hemiplejia y afasia que lo dejó los 22 años restantes sentado en una silla y repitiendo lo único que podía decir, Bonsoir les choses d'ici-bas. Es decir, Buenas noches, cosas de aquí abajo. Angustia el pensarlo y más aún al saber que el cerebro sí le funcionaba. Se ocupó de él solícitamente un eminente neurólogo, el Dr. Théophile Alajouanine. Pero desazona a cualquiera preguntarse si el pobre millonario esteta hubiera preferido la eutanasia. 

Valery Larbaud hacia 1900


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jueves, 12 de mayo de 2022

Géneros literarios inefables

Los dos únicos géneros literarios del todo inefables son la Mística y la Novela Policíaca. No lo digo en broma irreverente sino por lectura propia y apasionada. 

Inefable es todo aquello que deja sin habla. A los 18 años hojeé y ojeé con pasión y sin orden ni concierto The Perennial Philosophy, la antología de literatura mística elaborada y comentada por Aldous Huxley. Poco después, en 1961, supe que el autor inglés había perdido toda su biblioteca en un incendio que arrasó su casa en California. Le escribí preguntándole si podía reponerle algún libro de los místicos españoles. Me lo agradeció y me pidió uno de San Juan de la Cruz y otro de Santa Teresa de Jesús. Se los mandé enseguida y creo que llegaron. Pero no sé si llegaría a releer sobre la música callada, la soledad sonora del carmelita y el muero porque no muero o la borrachez divina de Santa Teresa, pues murió el 22 de Noviembre de 1963, el mismo día en que asesinaron al Presidente Kennedy.









The Perennial Philosophy 
Aldous Huxley 
Primera edición en Estados Unidos, 1945.
Primera edición en el Reino Unido, 1946.


También es inefable cualquier novela policíaca bien hecha: deja sin habla al lector que habiendo llegado al desenlace final se siente obligado a callar la identidad del asesino. El spoiler o destripe está mal visto. Por eso es casi imposible escribir la reseña o resumen de cualquier novela o película policíaca. Desde que a los 15 años leí mi primer libro en inglés, The Thirty-Nine Steps, de John Buchan, leí el resto de las novelas del mismo autor y pasé enseguida a otras obras que pueden calificarse de novelas policíacas o de misterio, sobre todo escritas en lengua inglesa como las de Poe, Stevenson, Conan Doyle, H.G. Wells, Rider Haggard, Chesterton o Graham Greene. Me refiero sobre todo a los autores de lengua inglesa pues por algún extraño motivo siempre han sido los amos de este género. Pero también en español tenemos obras interesantes de Pedro Antonio de Alarcón, Emilia Pardo Bazán o Jorge Luis Borges.










The Thirty-Nine Steps
John Buchan 
Primera edición 1915


Reconforta comprobar que incluso un octogenario como yo, con tiempo tasado para una capacidad previsible de lecturas (¿diez libros por año durante cinco años?), puede descubrir por azar a un autor para mí del todo desconocido y quedar enganchado en sus novelas de misterio o suspenso o, valga el barbarismo, thrillers, como es Charles Cumming. Primero leí The Spanish Game, que se desarrolla en España donde el autor vivió dos o tres años. Lo leí, temblando de emoción e intriga, en un par de días. Confieso que me asustó pensar en otras conclusiones finales, pero por respeto a las normas del oficio, no entraré en más detalles salvo aclarar que me resultó un libro tan satisfactorio como capaz de enganchar. Y luego leí The Trinity Six, sobre un sexto miembro del grupo de espías soviéticos de Cambridge. Está muy bien inventado, aunque yo creía que el sexto de esa banda criminal fue otro sujeto muy distinto, que murió en España.

Perdóneme, pues, el novelista por no ser más explícito y agradézcame el lector la misma discreción. 













The Spanish Game
Charles Cumming
Primera edición 2006









The Trinity Six 
Charles Cumming
Primera edición 2006



(Creo que hay ediciones traducidas al español de todos estos libros)


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sábado, 9 de abril de 2022

Entrevista con Tamarón en El Correo de España

  

El Marqués de Tamarón. Fotografía por Analía Rodríguez Cabral





Entrevista con el Marqués de Tamarón. Por Jose Antonio Martinez-Climent


No cabe duda: hay momentos en la vida en que los preámbulos, mejor cuanto más cortos. Aquí los cerramos, y dejamos que hable D. Santiago de Mora-Figueroa y Williams, IX Marqués de Tamarón, también en su calidad de Embajador de España y escritor.


¿Qué edad tienes?

80 años y pico.

¿Qué se siente?

Como puede usted imaginar, cada uno siente cosas distintas, según sus circunstancias. Yo siento irritación por mi creciente torpeza, esperanza de morirme de repente pero no de inmediato y sorpresa al notar que mis recuerdos de infancia y primera juventud reverdecen.

¿Crees en Dios?

Eso es un asunto privado entre Dios y yo, como dijo Lope de Aguirre según Sender.

¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?

El sabor de los chuscos de pan negro en el racionamiento de la posguerra española.

¿Entonces se te puede aplicar lo de Góngora: Traten otros del gobierno/ Del mundo y sus monarquías/ Mientras gobiernan mis días/  Mantequillas y pan tierno?

No, porque ese pan de 1947 era negro y algo duro.

¿Te arrepientes de algo?

De mucho. Más que de haber hecho ciertas cosas, de no haber hecho otras. Me arrepiento de no haber aprendido a dibujar. También de no saber alemán.

¿Qué idiomas conoces bien?

Español, inglés y francés. Eso tiene ventajas pero también inconvenientes. Se escribe peor. Un monóglota casi siempre escribe mejor que un políglota. Madariaga escribió en español, inglés y francés, y bien en todos. Pero menos bien que, por ejemplo, Ortega y Gasset que tan sólo escribió en español. Por eso me interesó mucho cuando conocí a Madariaga en Oxford observar su reacción al preguntarle por Ortega. Se rió relatando el episodio de 1923 cuando Ortega pretendió interpretar a Einstein – y no sólo del alemán al español sino del pensamiento del físico al del filósofo – la Teoría de la Relatividad. Causó escándalo en el suizo y sorpresa en todos los demás.

¿Sigues hablando con acento andaluz?

Depende de dónde estoy y con quién hablo. Confieso que tengo algo del camaleón en lo relacionado con la lengua. Con mis hijos, hermano, primos y sobrinos hablo andaluz. Incluso cuando algún nieto ya ha perdido esa habla. Además, en cuanto voy hacia el sur (“I read, much of the night, and go south in the winter” escribió T.S. Eliot) mi acento nativo me domina.

¿Eres entonces un andaluz vergonzante?

No, soy un andaluz vergonzoso.

Perdona pero ¿no te parece que ya es hora de que me tutees?

No estoy seguro, porque no sé quién es usted…

Soy tu hermano gemelo… ¿o es que no me has reconocido?

No tengo ningún hermano gemelo. Pero me suena tu tono de voz, con tu leve acento andaluz. ¿Tan sólo te vuelve cuando hablas con otro andaluz? ¿o también cuando cruzas Despeñaperros?

Bueno, no te preocupes tanto que no soy tu Doppelgänger. No soy más que tu memoria y tu eco.

Sí, tu voz me suena.

¿Recuerdas aquella película inolvidable que vimos de niños?

Sí, Hamlet, de Laurence Olivier. En inglés, en el Teatro Villamarta, en Jerez.

Tendríamos unos ocho años, ¿verdad?

Así debió de ser, pues acabo de comprobar que la película es de 1948. Cuando terminó, con la muerte de todos los personajes, me levanté, bueno, nos levantamos, con la boca abierta. Demasiado fuerte para asustarnos, como una tempestad en el mar.

¿Recuerdas las visitas al Museo del Prado con mamá?

Sobre todo recuerdo el espanto de Saturno devorando a su hijo de Goya. La primera visita debió de ser cuando tenía 9 años. Pero luego fuimos muchos otros domingos. Yo cerraba los ojos al pasar delante de aquel horror. Seguí cerrándolos años después, cuando Luis tuvo edad de incorporarse a las visitas al Prado, e incluso un poco más tarde, cuando los primos Beltrán y Marcos también iban. Pero no recuerdo que ninguno de ellos sintiese tanta repulsión por ese Saturno.

¿Y te acuerdas del cine después de Shakespeare?

El puritanismo mediopelo de la época dejaba fuera del alcance de los menores de 18 años casi todas las películas (el Hamlet antes visto en Jerez era una excepción probablemente tolerada porque el incesto, el parricidio y demás crímenes estaban fuera del alcance de la imaginación de los censores).

Después, ya en Madrid, la dieta de cine era aburrida. Mucho Disney, aunque con cinco o seis años me eché a llorar al ver cómo las elefantas muy grandes despreciaban y humillaban a Dumbo de pequeño.

Años más tarde, ya empecé a ver magníficas películas de Hollywood, tristemente dobladas pero que permitían idolatrar a actores y sobre todo actrices incomparables. Sigo pensando que la mujer más guapa de la Historia Universal era Rita Hayworth. Mucho después he descubierto una cosa triste y otra alegre. Mi adorada Rita chocheó desde antes de los 40 años por la mezcla del alcohol y el alzheimer. El lado bueno es que Rita se llamaba Margarita Carmen Cansino y su familia era sefardita de Sevilla.

¿Cuál fue el primer libro que te marcó?

Sin duda fue Robinson Crusoe, la novela de Daniel Defoe. A los ocho años, ese libro escrito dos siglos antes me hizo pensar mucho, más quizá que ningún otro que haya leído en mi vida. El salvaje, llamado Viernes por el narrador, quiere entender la religión del blanco pero no comprende por qué un Dios todopoderoso permite que los malos hagan el mal. El narrador no sabe explicarlo. Yo tampoco.

¿Y de ahí, a qué otras lecturas pasaste?

Fui feliz durante cuatro o cinco años leyendo a Julio Verne. Lo leí de cabo a rabo hasta que se me cayó de las manos una de sus últimas novelas, El Castillo de los Cárpatos. La desilusión fue terrible: el fantasma de una bellísima mujer que provoca duelos entre dos enamorados resulta ser producto de una imagen cinematográfica acompañada de una grabación fonográfica. A partir de ahí juré no leer ninguna historia de fantasmas sin asegurarme de que eran fantasmas o monstruos de verdad, no trucos mecánicos. Gracias a eso leí varias veces Drácula, Frankenstein y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Pero mi sorpresa vino muchos años después, cuando leí La invención de Morel, de Bioy Casares, y descubrí que estaba más que inspirado por El Castillo de los Cárpatos, publicado medio siglo antes.

¿Cuándo pasaste a literatura más adulta?

Nunca. Kipling no tiene edad y lo sigo leyendo y releyendo. John Buchan lo descubrí con 15 años en The thirty-nine steps, el primer libro que leí en inglés. Y a partir de ahí, “degenerando, degenerando”, como decía Belmonte que un banderillero suyo había llegado a ser gobernador civil,  me lancé a Marcel Proust. El mayor error de mi vida de lector…

¿Por qué?

Porque es un pésimo novelista y un falso autobiógrafo. Me dejé deslumbrar por el revival de Proust. Leí la Recherche en la edición de la NRF. Quince volúmenes, 15. Los empecé con 17 años y los terminé con 24. Pasado el bache snob de Proust leí casi siempre por gusto. Todo Huxley (novelas y ensayos), todo Evelyn Waugh, casi todas las novelas de Juan Valera, Paul Morand, Maurice Baring. Narrativa popular a veces y en ocasiones difícil. Clásicos o no, siempre he buscado el placer de vivir otras vidas. Pura curiosidad. O impura. Ese móvil también empuja a leer ensayos de toda laya o historia de toda época. También a descubrir nuevos autores, o antiguos que tenía olvidados. Recientemente he redescubierto a Nabokov y descubierto a José Antonio Martínez-Climent.

¿Lees más inglés que español? ¿Pedantería snob?

No, tan sólo creo que hay más novela buena en inglés que en español o francés. Igual que hay mejor poesía en español y más teatro de los siglos XVI y XVII en español que en inglés. Aunque, claro está, Shakespeare… Él solo desequilibra a favor del inglés cualquier cálculo.

¿Sigues pensando que la lengua española es superior incluso a la literatura en español?

Sí, pero… Verás, eso fue una discusión que tuve hace muchos años, primero en mi fuero interno y después con varios compañeros de trabajo en un momento de ocio forzoso en la Plaza de la Provincia, 1. Lo mencioné en mi libro Por gusto pero no vuelvas  a preguntarme por eso.

¿Te alegras de haber sido diplomático?

Sí. De una u otra manera, desde que a los 23 años aprobé la oposición y hasta los 76 años me he ocupado de una u otra manera de las relaciones internacionales. No me aburrí nunca. Durante 17 años estuve destinado fuera de España. Como todos los diplomáticos de la historia, a veces suspiré “en Madrid no se dan cuenta”. Suspiros desde el extranjero, pero también desde el propio Ministerio. Incluso hoy, leyendo el periódico, gruñe el jubilado “¡el Sáhara!¡Ceuta y Melilla!¡Pero si ya se veía venir en 1975, con Franco enfermo!”.

¿Estuviste destinado en Mauritania, verdad?

De 1967 a 1970. Y después en París y más tarde en Copenhague, en Ottawa y, ya como Embajador, en Londres.

Y allí dimitiste…

No, un Embajador no debe dimitir. Yo pedí el cese y traslado a Madrid. Me molestó la decisión anunciada por el PSOE de huir del Irak en cuanto llegase él al Gobierno. Salí de Londres hacia las 10:30 del domingo 18 de abril del 2004. Zapatero entró en la Moncloa ese día hacia la misma hora o minutos después. De inmediato anunció la retirada de nuestras tropas en Irak. Dicen que los militares polacos y americanos entregaron plumas de gallina infamantes a los españoles de la Brigada Plus Ultra que abandonaban el frente. El Batallón de El Salvador que también estuvo en la Brigada Plus Ultra nos dió una lección: siguió en Irak cinco años más, hasta 2009.

¿Cómo te fue en los otros destinos en el extranjero?

Bien, de manera distinta en cada uno de ellos. En todos me hice amigos y en cada país encontré más curiosidad o afecto hacia España que rechazo. La Leyenda Negra existe, pero es más tenaz aquí dentro que allí afuera.

Tu otro oficio es el de escritor ¿no?

Sí, aunque también soy jardinero. Mediocre pero entusiasta. También me entusiasmó ser infante de Marina durante 14 meses y me aburrió ser bancario durante un año.

¿Cuál de tus libros te gusta más?

¿Pero no quedamos en que tú eres mi Sosias? Pues contesta tú.

A mí, tu no siempre fiel alter ego, me gusta mucho “El Rompimiento de Gloria”, tu única novela. Por cierto que en ella hay protagonista y deuteragonista. Lo dejo ahí para que se animen quienes esto lean y lean también tu novela, limpia y escabrosa.

Así pues con ese pío deseo dejemos aquí el interrogatorio en el que hábilmente estrechado a preguntas te has declarado liberal-reaccionario.

Es decir, liberal-reaccionario como Quevedo, Tocqueville, Lord Acton, Ortega y Gasset y Gómez Dávila. O, tal como este último lo explica:

“Si el progresista se vierte hacia el futuro, y el conservador hacia el pasado, el reaccionario no mide sus anhelos con la historia de ayer o con la historia de mañana. El reaccionario no aclama lo que ha de traer el alba próxima, ni se aferra a las últimas sombras de la noche. Su morada se levanta en ese espacio luminoso donde las esencias lo interpelan con sus presencias inmortales.

El reaccionario escapa a la servidumbre de la historia, porque persigue en la selva humana la huella de pasos divinos...

Ser reaccionario es defender causas que no ruedan sobre el tablero de la historia, causas que no importa perder.

[...]

El reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas.”

(Textos, de Nicolás Gómez Dávila)

 

“Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar.”

(Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila)

 

 



jueves, 10 de marzo de 2022

De fanáticos y frenéticos


© El País, 6 de Marzo de 2022.

«No son fanáticos, sino frenéticos, y a los frenéticos vamos a darles todo el peso de la ley», anunció el gobernador de Querétaro tras la batalla campal registrada en el estadio Corregidora y durante el encuentro liguero entre el Querétaro y el Atlas.
ABC, 7 de Marzo de 2022.

A este respecto me permito reproducir lo dicho en esta bitacora el 27 de Noviembre de 2014, bajo el título 


[...] la maldad multitudinaria gratuita es aún más frecuente que la maldad multitudinaria política. Aunque a veces ambas bestialidades coincidan, como en Bizancio, con sus dos bandos, los azules y los verdes, forofos de sus respectivos equipos de aurigas y asimismo partidos políticos y sectas religiosas, pero, ante todo, turbas destructivas.

La carrera de cuadrigas, de Alexander von Wagner, 1882.
© Manchester Art Gallery

En una de las ocasiones más sangrientas, en el año 501 A.D., el equipo de los Verdes tendió una emboscada a los Azules en el anfiteatro de Constantinopla, masacrando a 3.000 de ellos. 

No se sabe a ciencia cierta cuántos muertos hubo en Querétaro. Parece ser que reina un cierto pudor político al respecto. Se supone que el fusilamiento del Emperador Maximiliano en 1867, también en Querétaro, es más aceptable para la opinión pública porque, ya se sabe, es más políticamente correcto matar a un emperador, como éste: 

L'Exécution de Maximilien, Édouard Manet, 1868.© Kunsthalle Mannheim




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viernes, 18 de febrero de 2022

Botones de Muestra (XXXV)

 Homenaje a Goethe
Diplomacia y literatura

Miguel Ángel Ochoa Brun



Así pues, por más que resultase cautivador y atrayente, aquí no se ha optado por imitar a José Ortega y Gasset, quien —por cierto con su habitual perspicacia y maestría— elaboró un «Goethe desde dentro», un Goethe nach innen, sino por ofrecer un posible Goethe desde fuera. Ése sería el título ideal para este estudio, si no fuese porque siquiera remedar a Ortega sería cuando menos indecente. Se aspira en todo caso aquí a presentar a Goethe en el ámbito internacional que los contactos diplomáticos facilitan o muestran y colocarlo así en el entorno de los ejecutores de su tiempo. Él ya una vez sugirió que los diplomáticos tal vez no sean sino directores de escena (él que tanto sabía de teatro), que luego desaparecen y dejan que los verdaderos actores ejecuten la pieza, cuyo resultado por cierto forzosamente ha de dejarse al favor del público y al albur de la fortuna.
(Homenaje a Goethe, Diplomacia y literatura, página 11)

No se puede olvidar que Goethe además no sólo es el ilustre personaje de las Letras, es también hombre de su tiempo. Y ese tiempo en Europa es particularmente merecedor de toda atención por lo mucho que en él acaeció y por los caracteres que lo configuraron.
(Op. cit., página 12)

En un distinto ámbito, más prometedor y fructuoso, en el de la Cultura, también hay individualidades que traspasan esa linde de épocas y maneras, incluso se lucran de ambas y hasta son brillantes epígonos en una y adivinos precursores en la otra. Son a su vez representantes eximios de uno y otro tiempo. Uno de ellos es desde luego Francisco de Goya. Otro es Ludwig van Beethoven. 
Otro es Goethe. 
Se da en él esa estupenda dicotomía que es causa de que para unos sea Goethe el clásico por antonomasia, para otros el indiscutible romántico. Es el autor de la límpida Ifigenia, del arrebatado Werther y del colosal Fausto. Los inquietos avatares de su propia vida acreditan esa a veces desconcertante variedad que ciertamente no es contradicción, sino riqueza.
(Op. cit., página 13)

Miguel Ángel Ochoa Brun incluye en este volumen 23 sonetos de Goethe traducidos al español, más tres sonetos de Benvenuto Cellini, en italiano, en alemán traducidos por Goethe, y en español traducidos por Ochoa. 

Se atribuye al eximio traductor que fue San Jerónimo el dicho de que una versión no es sino una perversión. Según eso, toda traducción es una traición, más o menos encubierta: «traduttore traditore», dicen los italianos. Y a ese riesgo o castigo ha de someterse por cierto todo aquél que temerariamente a un trabajo de traducción se apreste. Muy raramente la traducción, más aún si de poesía se trata, podrá trasladar a una versión la belleza formal del texto original o, si eso lo consigue, el intrínseco mensaje de los pensamientos que albergue. 
Tanto más, si de sonetos se trata, donde ha de atenerse el traductor a las estrictas reglas que lo constituyen.
(Op. cit., página 293)

Permítaseme entrometerme en una tertulia tan ilustre de San Jerónimo, Benvenuto Cellini, Goethe y Miguel Ángel Ochoa para asegurar a quien nunca haya tenido la necesidad o el deseo de traducir que tal labor es tan ardua y exige tanta precisión que casi siempre su resultado es vano cuando no ridículo. No es así, de ningún modo, en el caso de estas traducciones de Goethe elaboradas con pasión, con ciencia y con paciencia por Miguel Ángel Ochoa. Valgan como botón de muestra estos dos sonetos (página 300-301): 

III. KURZ UND GUT

     Sollt’ich mich denn so ganz an sie gewöhnen?
Das wäre mir zuletzt doch reine Plage.
Darum versuch
’ich’s gleich am heut’gen Tage
Und nahe nicht dem vielgewohnten Schönen.

Wie aber mag ich dich, mein Herz, versöhnen,
Daß ich im wicht
gen Fall dich nicht befrage?
Wohlan! Komm her! Wir äußern unsre Klage
In liebevollen, traurig heitern Tönen.

Siehst du, es geht! Des Dichters Wink gewärtig,
Melodisch klingt die durchgespielte Leier,
Ein Liebesopfer traulich darzubringen.

Du denkst es kaum, und sieh, das Lied ist fertig!
Allein was nun? – Ich dächt
’, im ersten Feuer
Wir eilten hin, es vor ihr selbst zu singen.

IV. DAS MÄDCHEN SPRICHT

           Du siehst so ernst, Geliebter! Deinem Bilde
Von Marmor hier möcht
’ich dich wohl vergleichen:
Wie dieses gibst du mir kein Lebenszeichen.
Mit dir verglichen, zeigt der Stein sich milde.

Der Feind verbirgt sich hinter seinem Schilde,
Der Freund soll offen seine Stirn uns reichen.
Ich suche dich, du suchst mir zu entweichen;
Doch halte stand, wie dieses Kunstgebilde.

An wen von beiden soll ich nun mich wenden?
Sollt
 ich von beiden Kälte leiden müssen,
Da dieser tot und du lebendig heißest?

Kurz, um der Worte mehr nicht zu verschwenden,
So will ich diesen Stein so lange küssen,
Bis eifersüchtig du mich ihm entreißest.


Traducción de Miguel Ángel Ochoa Brun: 

III. DE UNA VEZ

           ¿Me veré a la costumbre esclavizado
de no poder vivir sin su presencia? 
Hoy quiero conocer lo que es la ausencia
pasando un día lejos de su lado.

  Mas, ¿cómo, corazón, no he consultado
en asunto tan grave tu experiencia? 
Ven, cantemos los dos esta inclemencia
de nuestro triste y solitario estado. 

 ¿Ves? Mi lira obediente ha respondido,
al gesto del poeta y ya escuchamos
el son de sus acordes melodiosos.

  Apenas lo pensaste y concluído
el poema está ya. ¿Y ahora? ¡Vamos
a llevárselo a ella presurosos!


IV. HABLA LA MUCHACHA

¿Por qué tan frío, amado? ¿De este mudo
marmóreo busto imitas la tiesura?
Si en ti no hay, tampoco en él ternura;
contigo comparado, es menos rudo.

Se esconde el enemigo tras su escudo, 
mas descubre el amigo su figura; 
si te busco, me huye tu premura;
aguarda y ve; tu estatua huir no pudo.  

¿A cuál, pues, de los dos mi amor entrego?
¿Habré de soportar dobles desvíos,
porque uno es mudo y otro desdeñoso?

Pero más no hablaré, sino que luego
de piedra besaré estos labios fríos
hasta que tú me arranques envidioso.------------------

Goethe dictando. Óleo de Johann Joseph Schmeller, 1834. 

¿Qué tiene esto que ver con Goethe y la Diplomacia de su tiempo? 
Poco, solamente, por no decir que nada. Además, el que esto escribe debiera aplicarse a sí mismo el cuento y recordar que en la limitación se muestra el buen autor. 
En algo sí pudiera hallarse conexión. La Diplomacia requiere respeto a las leyes y contención en las formas. Y eso tal vez sí lo explicó Goethe (magistralmente por cierto) usando para ello las formas poéticas más tajantemente exigentes de rigor y limitación: los sonetos. 
En ellos expuso Goethe lecciones tanto precisamente de literatura como de política, tanto para poetas como para ciudadanos, pero aplicables desde luego a quienes se afanen en las tareas de la Diplomacia: «en la limitación se define un maestro»y «sólo la ley nos da la libertad».
(Op. Cit., página 219-220)

Termina el autor este libro que de alguna manera abarca su vida entera, su vida intelectual y profesional, declarando: 

Y que mi admiración, muy de antaño cultivada, desde los tiempos que a la vista actual de uno mismo se antojan antiquísimos, quede probada, responde una osadía: la de atreverme a intentar una traducción en verso castellano de los sonetos goethianos y en forma de soneto. Y ello porque su serie ofrece un cerrado conjunto de variados asuntos. También porque el soneto es (para mí al menos) la expresión más consumada del cuidadoso quehacer y del remunerado resultado de todo poeta. «Catorce versos dicen que es soneto», sí, pero es desde luego mucho más. Y a esa gratísima tarea dediqué mis esfuerzos, allá por mediados del siglo pasado, en el año 1956, en parte en Madrid, en parte en Cambridge. No los he retocado, por más que bien conviniera, porque preferí dejarlos en el nostálgico estado que me inspiran. Y ahí están para que el lector los quiera o los desdeñe.
[...]
Porque a nadie quedará ya duda de que éste ha despertado de siempre mi admiración, aun cuando sus pensamientos sean tan insondables, su vida tan inabarcable como para que casi sea ilícito sumergirse todavía en ella a la búsqueda de más resultados. Convencido estoy de que a tal hombre, a tal poeta, lo único que puede ofrecérsele, es esto, un homenaje.
(Op. Cit., página 376-377)

Homenaje que, por cierto, yo debo al propio Miguel Ángel Ochoa Brun por lo mucho que aprendí de él más que de ningún otro jefe y compañero y amigo diplomático. Así pues, gracias y que Dios te guarde, querido Miguel Ángel.

P.S. Este su más reciente libro confirma la dedicatoria a Miguel Ángel Ochoa de mi libro El Guirigay Nacional:

MICHELANGELO OCHOA
QUI SAPIENTIAM AC BONITATEM
ELEGANTISSIME
IRONIA CELAT



Homenaje a Goethe. Diplomacia y literatura
Miguel Ángel Ochoa Brun
Publicado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España con la colaboración del Goethe Institut en Madrid
Madrid, 2022

Hay una versión digital disponible en la página del Ministerio de Asuntos Exteriores.


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Tres poemas irónicos: (2011) Miguel Ángel Ochoa 
Trampantojos: (2010) Miguel Ángel Ochoa