“……Querer
hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”. Jorge Manrique escribió esto hace quinientos
cincuenta años y Alejandro Royo-Villanova, que siempre admiró a Jorge Manrique,
debió de pensar lo mismo cuando hace unos días sintió ya muy cercana la muerte.
Conocí a Royo-Villanova un día soleado de Septiembre
de 1958 a las puertas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid,
junto con José Guillermo García-Valdecasas, sentados en la escalera de granito
que llevaba a las puertas de la Facultad, recién edificada. Ya entonces y siempre después, Alejandro se
comportó con bondad y lealtad, en las duras y en las maduras. Por mi oficio de
diplomático pasé épocas en que lo vi poco y otras en que él demostró su
generosidad al recordar y ayudar a los amigos.
En 1975 me
llamó por teléfono a Copenhague, donde yo estaba destinado, para ofrecerme
llevarse a Madrid a mi hijo de siete años que acababa de ser amenazado por unos
defensores españoles del terrorismo de ETA. Tan sólo un diplomático israelí hizo el mismo
ofrecimiento de amparar a mis hijos. Aquel lance me enseñó que la naturaleza y el corazón de algunos,
de tan diversa condición e ideas, eran buenos y valientes. Y está claro que
Alejandro era eso, un hombre bueno y valiente.
Era de admirar la sencillez en ese hombre que hubiera
podido ser jactancioso por sus orígenes y éxitos profesionales. Siempre me
llamó la atención su destreza con las manos para trabajar la madera, como hizo
hasta el final de su vida, incluso cuando ya estaba muy debilitado. La misma
destreza tenía al navegar ese hombre que supo compaginar lo físico con lo
mental; un ejemplo poco común hoy.
En estos
últimos años hemos tenido la fortuna de tratarnos con más frecuencia, los dos
chocheando, y he admirado en él su valentía al enfrentarse con la enfermedad y la
muerte. Cierta amiga de ambos me confiesa que se alegra de haber disfrutado de
nuestras charlas estos últimos años en Madrid. Me asegura que Alejandro le
decía que estaba muy preocupado por mí pues me veía con poca memoria, y yo le
decía que me daba pena ver a Alejandro con tan poca movilidad. Dos viejos
amigos sintiendo compasión uno del otro.
Mientras
escribía esta parca descripción de un pasado tan próximo y tan lejano, me
comenta Teresa Rubio Tió lo siguiente.
En una reunión
en un bar en la Moncloa, Miguel Herrero de Miñón, Alejandro Royo-Villanova,
Teresa Rubio y yo, tomábamos unos vinitos que costaban cada uno unas pobres pesetas.
Estábamos allí sentados y la conversación se fue haciendo más seria y llegó a
la pregunta que uno de nosotros nos hizo “pero ¿de qué vamos a vivir?”
Y volviendo a Jorge Manrique: “… dio el alma a quien se la dio, el cual la ponga en el
cielo y en su gloria, y aunque la vida perdió, nos dejó harto consuelo su memoria”. Consuelo, espero, para su mujer Leticia, y consuelo y ejemplo para sus
hijos Segismundo, Alejandro, Guillermo, Mariana y Leticia. Requiescat in Pace,
querido Alejandro.