Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: San Jerónimo (II)

miércoles, 16 de marzo de 2011

San Jerónimo (II)


Steinwick pinxit circa 1600



Seguimos con San Jerónimo, en otra imagen fascinante por su perfección arquitectónica y su luz, entre el templo y el escenario teatral. Seguro que más de un observador sabrá deducir mucho, y más si se fija en la distancia en el tiempo y en el espacio entre este cuadro y el de Antonello de Mesina. Este otro cuadro está pintado hacia 1600, unos 125 años después y en Flandes, no en Sicilia. Y aquí hay menos símbolos. Yo sólo veo el león manso y el capelo cardenalicio. Por cierto que el león manso, al que espero volver la semana que viene, más que símbolo es anécdota, o quizá anécdota simbólica. Pero ¿de qué? Supongo que de la bondad taumatúrgica del santo. Bueno, no resisto la tentación y coloco ya otro cuadro que explica cómo entró en la vida y en el monasterio de San Jerónimo el citado león. Llega siguiendo apaciblemente al santo (que le ha quitado una espina de la pata) mientras huyen despavoridos los monjes. Para mí que tanto el león como el santo miran el revuelo de hábitos con condescendencia casi irónica.


Carpaccio pinxit 1502



Ustedes han hecho comentarios inteligentes al cuadro de Antonello de Mesina y yo poco puedo añadir. En los libros que he consultado veo que el pavo real es símbolo de inmortalidad, pero recuerdo la bronca que me echaron de niño cuando cogí en un jardín, creo que en Segovia, una pluma de pavo real y pretendí llevármela a casa. Yo no sabía que esas plumas traen mala suerte. Me obligaron a tirarla. Por cierto que hay una colección llamada Los diccionarios del arte (editorial Electa) con muy buena iconografía y muy mal texto donde casi todos los objetos son símbolos de varias cosas y de sus contrarios, sin aclarar el influjo de los contextos, autores o épocas. Y encima están mal traducidos del italiano. Pero son un regalo para los ojos ya que no para la inteligencia. Y eso es mucho.

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2 comentarios:

  1. Lo que más me llama la atención es como en ese inmenso y severo edificio, dónde hasta el león parece diminuto y casi insignificante, el pintor consigue que el rincón dónde trabaja el santo transmita sensación de paz y recogimiento, con ayuda de la madera de la tarima y del techo que presta su calidez al ambiente de ese rincón, en contraste con la piedra fría del resto y de la chimenea gigantesca y apagada.
    ¿Qué decir de Carpaccio? La respetuosa y sutil comicidad de la escena no es lo menos destacable desde luego, con ese Santo un tanto orondo y tal vez algo guasón, el ojillo encendido y como una sonrisa contenida, apenas esbozada tras la espesa y extraordinaria barba blanca.
    Supongo que mi aproximación es muy superficial, pero esto es lo que me sugiere a bote pronto.

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  2. Según la Leyenda Áurea de Jacobo de la Vorágine, una noche en la que San Jerónimo y los monjes escuchaban una lectura piadosa entró un león en el convento. Los monjes huyeron espantados, pero acercándose San Jerónimo hacia él como si fuera un huésped, y viendo que algo le molestaba en la pata, ordenó a sus hermanos que se la limpiaran y curaran y que le quitaran -ellos- una espina que tenía clavada en la planta. Giovanni d'Andrea, canonista medieval, escribió una obra dedicada al santo en la que es el mismo Jerónimo, y no los religiosos, quien sana al animal. La historia tiene un paralelismo evidente con la de Androcles y el león que cuenta Aulo Gelio, o con una fábula de Esopo que protagonizan un pastor y un león. Y es que, como explica Émile Male, todas estas leyendas encantaban al pueblo cristiano en la Edad Media, por más que la Iglesia pudiera recelar de ellas. Santos razonables como San Vicente de Paúl o San Francisco de Sales -dice Male- no hubieran gustado nada a los cristianos del siglo XIII. Un santo tenía que ser un hombre que mirara a la cara a los demonios y a los ángeles; que viviera en primera persona aventuras fantásticas y asombrosos milagros en los que se manifestara su poder sobre la naturaleza.

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