El lenguaje suele revelar la idiosincrasia nacional, pero no siempre. Así, un observador superficial podría quedarse con la impresión de que los españoles son unos monstruos de altanería, pues nunca piden perdón, y los ingleses unas hermanitas de la Caridad, siempre con el I’m sorry a flor de labios para excusarse. Nada más lejos de la realidad. Y ello no porque sea cierto el viejo dicho castellano todos somos hijos de Dios (a lo sumo metáfora optimista), sino porque todos somos hijos de Caín, y eso sí que está acreditado en la Biblia (véase el Génesis, IV, 17-24, V y VI) y por la experiencia diaria. A todos los humanos se nos da una higa el prójimo, todos pensamos «¿acaso soy el guardián de mi hermano?». Lo que pasa es que los ingleses tienden a la hipocresía y lo ocultan, y los españoles al cinismo y lo exhiben.
El caso es que los extranjeros comentan la incapacidad española de decir «me equivoqué y lo lamento» o «te he hecho daño, perdóname». Es cierto que hasta la expresión española pedir disculpas es equívoca: puede significar pedir a alguien que se disculpe o pedir a alguien que lo disculpe a uno. Pero da igual porque en ambos casos se topará uno con las levantadas cejas de la dignidad ofendida. También es verdad que en España tiene ecos épicos la frase sostenella y no enmendalla, mientras que su equivalente en el mundo anglosajón, I never apologise, resulta tan cómica que Shaw la empleó para hacer reír con uno de los personajes de Arms and the man. A nosotros nos cuesta Dios y ayuda reconocer un error o haber agraviado a alguien, y ello por igual en los lances cotidianos más nimios (el pisotón en el Metro, el coche mal aparcado que bloquea a otro, etcétera) y en las injurias más graves de una vida. Donde un inglés hubiera exclamado al instante y con hipócrita desenvoltura I'm sorry nosotros apretamos los dientes y gruñimos con montaraz sinceridad.
Pues ¿qué decir de los franceses? Tanto les gusta excusarse de boquilla que, si tras muchas zalemas pasan los primeros por una puerta, dirán pardon, cuando un español cortés diría gracias. Incluso acuden como sinónimo al «estoy desolado», prodigio de cortesanía hiperbólica. «Monsieur, está usted pisándome el dedo gordo». «Désolé», y sigue pisándoselo. No en vano fue un francés, el Duque de La Rochefoucauld, quien dijo que «la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud». Ojalá los españoles fuésemos más hipócritas. Tendríamos mejores modales y la convivencia entre nosotros sería menos áspera.
Con suerte, algo de eso ocurrirá en breve. Según el semanario Tiempo (8-12-86), «en Barcelona se acaba de crear la primera academia de usos, modos y costumbres (...). Ha nacido bajo el auspicio de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Cataluña y de hecho está dirigida para enseñar buenos modos a ejecutivos». Muy bien -piensa uno al leer esto— por fin los tales ejecutivos aprenderán a decir por favor y perdón antes y después de robar. Pero entra la duda con el siguiente párrafo: «El curso cuesta 75.000 pesetas al mes e incluye doce clases prácticas. En el curso básico se enseña fundamentalmente a comer bien, además de algunos temas de protocolo». ¿Cómo? ¿Será esto otra estafa como la de la educación sexual, que pretende cobrar por enseñar lo que la Naturaleza dejó bien claro en el instinto? ¿Quién va a necesitar maestros para «comer bien», para ponerse morado de fabada o de langostinos? Mas no, la clave está en los llamados «temas de protocolo». Lo que de verdad preocupa a los señores Gargallo y Tobía, inspiradores de la Academia, es impartir doctrinas como ésta: «En cuanto a los huevos, se utiliza tenedor, si son fritos, para mojar el pan, y si son pasados por agua, se pueden comer con cucharilla cuando queda poco.» ¿Y cuando queda mucho del huevo pasado por agua? ¿Se comerá con tenedor? ¿Y la clara del huevo frito, una vez mojado el pan en la yema con tenedor, se comerá metiéndola en la boca con cuchillo? Suponemos que al que pague 75.000 pesetas le revelarán esos últimos arcana imperii. Y esperamos que al que con maniobra desafortunada de los cubiertos haga volar el huevo frito y caer en el escote de la comensal de enfrente le aconsejen decir ¡Perdón! Aunque desde luego no podrá añadir España y yo somos así, señora.
(Este artículo apareció en el ABC del 20 de Diciembre de 1986 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
Enlaces relacionados:
En los albores de la corrección política
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
viernes, 10 de febrero de 2012
jueves, 2 de febrero de 2012
Jaime Otero Roth
Hace tres días murió un hombre inteligente y bueno, Jaime Otero. Era analista de relaciones internacionales y autor de excelentes estudios de su especialidad. A lo largo de sus actividades profesionales había trabajado en diversas instituciones científicas y en distintos países. De todo ello espero escribir en esta página más adelante, pero hoy, día en el que nos reuniremos muchos de sus amigos con su familia para recordarlo en un funeral, quiero escribir sobre otra cosa, sobre su carácter y su personalidad.
Jaime tenía dos de las virtudes que más escasean en nuestra época. Era modesto y era culto. La modestia es virtud de sabios y de señores; ni siquiera los santos son siempre modestos aunque sí suelen ser humildes, cosa distinta. La cultura no es mera erudición; en Jaime, como en todas las personas cultas y a la vez modestas, esa doble condición era producto de sólidos conocimientos aderezados con un pellizco de ironía.
Nuestro amigo tenía un fuerte influjo -del que acaso no era del todo consciente- de cierto humanismo renacentista. Disfrutaba de la belleza en el arte y en la naturaleza sin asomo de pedantería y disfrutaba cuando leía, también con absoluta naturalidad. Brindaba su amistad -es decir, su afecto, su tiempo y su trabajo- con una generosidad perfectamente insólita en esta época. Siempre estaba disponible para sus amigos, y eso que al ser hombre minucioso y concienzudo no le sobraba tiempo. Sus favores constantes y a muchos nos los hacía con una sonrisa, como quitándole importancia a sus desvelos.
Tenía un sentido del humor poco frecuente en España, pues era capaz de reírse de él mismo y de todos los demás pero jamás de forma hiriente. Por eso, porque era un hombre inteligente y bueno.
En espera de poder escribir sobre él con más detalle, reproduzco a continuación su propio autorretrato tal como aparece en su blog pese al título (Lo que no se ve) y pese a su pudor innato que lo hacía ser un modelo de buena educación.

Y sobre la trayectoria profesional de Jaime Otero igualmente reproduzco este artículo necrológico de Emilio Lamo de Espinosa, también amigo y antiguo jefe suyo, publicada en el ABC de anteayer 31 de Enero.

Postdata- Este retrato de Jaime Otero escrito por Isabel Fernández Peñuelas, su mujer, me parece lo más certero y a la vez hermoso que se ha dicho sobre él:
http://netfictions.wordpress.com/2012/02/06/bon-voyage-a-jaime/
Jaime tenía dos de las virtudes que más escasean en nuestra época. Era modesto y era culto. La modestia es virtud de sabios y de señores; ni siquiera los santos son siempre modestos aunque sí suelen ser humildes, cosa distinta. La cultura no es mera erudición; en Jaime, como en todas las personas cultas y a la vez modestas, esa doble condición era producto de sólidos conocimientos aderezados con un pellizco de ironía.
Nuestro amigo tenía un fuerte influjo -del que acaso no era del todo consciente- de cierto humanismo renacentista. Disfrutaba de la belleza en el arte y en la naturaleza sin asomo de pedantería y disfrutaba cuando leía, también con absoluta naturalidad. Brindaba su amistad -es decir, su afecto, su tiempo y su trabajo- con una generosidad perfectamente insólita en esta época. Siempre estaba disponible para sus amigos, y eso que al ser hombre minucioso y concienzudo no le sobraba tiempo. Sus favores constantes y a muchos nos los hacía con una sonrisa, como quitándole importancia a sus desvelos.
Tenía un sentido del humor poco frecuente en España, pues era capaz de reírse de él mismo y de todos los demás pero jamás de forma hiriente. Por eso, porque era un hombre inteligente y bueno.
En espera de poder escribir sobre él con más detalle, reproduzco a continuación su propio autorretrato tal como aparece en su blog pese al título (Lo que no se ve) y pese a su pudor innato que lo hacía ser un modelo de buena educación.

Y sobre la trayectoria profesional de Jaime Otero igualmente reproduzco este artículo necrológico de Emilio Lamo de Espinosa, también amigo y antiguo jefe suyo, publicada en el ABC de anteayer 31 de Enero.

Postdata- Este retrato de Jaime Otero escrito por Isabel Fernández Peñuelas, su mujer, me parece lo más certero y a la vez hermoso que se ha dicho sobre él:
http://netfictions.wordpress.com/2012/02/06/bon-voyage-a-jaime/
viernes, 27 de enero de 2012
El ciempiés culilargo
Sigamos elaborando un disparatorio o necedario con las principales temas —latiguillos mágicos— de nuestros modernos formadores de opinión. Destaca entre estas ideas fijas la manía de usar adverbios modales terminados en mente. Así, nadie importante dice hoy en día está claro que. Hay que decir obviamente. Salvo raras excepciones —don Miguel Herrero de Miñón dice en un alarde de concisión es claro que, pero aún no sabemos qué será de su carrera política si sigue empeñado en hablar de forma que se entienda— nuestros hombres públicos andan encandilados con estos fetiches. Primero descubrieron evidentemente, y ahora el Santo y seña para reconocerse entre iniciados es obviamente, traducción consciente o inconsciente del «obviously» inglés. No importa que en español la be y la uve seguidas sean casi impronunciables. Obviamente viste mucho.
Dos son los inconvenientes de estos adverbios modales. El primero y principal es de orden práctico: el sufijo -mente tiene tal peso fonético (mucho más que el ingrávido -ly inglés o el borroso -ment francés) que estorba a la transmisión del pensamiento que pretende recoger la frase. Alguien —¿Borges?— dijo que el énfasis de esas dos sílabas finales distrae de las anteriores, y termina uno oyendo o leyendo solo «mente» y no las precisiones que se pretendía dar. En todo caso es cierto que nadie con prisas y ganas de ser claro dice «ve rápidamente a casa, abre completamente las ventanas y vuelve directamente aquí» sino «ve corriendo a casa, abre de par en par las ventanas y vuelve derecho aquí».
En general el engorro citado se evita usando una preposición (las preposiciones suelen tener talante menos prepotente y ruidoso) seguida de un substantivo. ¿No resulta más vigoroso por completo o con energía que completamente o enérgicamente? ¿No suena más tierno con ternura que tiernamente?
El segundo inconveniente de los citados adverbios es que son feos. Destrozan con su pesadez todo ritmo en el lenguaje, escrito o hablado. No hay literatura posible con esos ciempiés culilargos. Recordemos el delicioso madrigal de Gutierre de Cetina que empieza Ojos claros, serenos,/ si de un dulce mirar sois alabados,/ ¿por qué si me miráis, miráis airados? Pues bien, sólo con introducir dos de las macizas desinencias hoy en boga, sin cambiar ninguna raíz, queda este adefesio: Si sois alabados por mirar dulcemente/ ¿por qué, si me miráis, miráis airadamente?
Si la poesía no sobrevive a semejantes palabrejas, tampoco las soporta la elegancia lacónica de un epigrama. La necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces (Gracián) se convertiría en la necedad habitual mente se introduce inopinada y abusivamente, ya que todos los necios obran audazmente. Claro que los formadores de opinión ya han advertido que lo que quieren es cambiar nuestra cultura y nuestra sociedad, así es que acaso encuentren vulgar el sonó la flauta por casualidad de Iriarte y quieran cambiarlo por sonó la flauta aleatoriamente. Desde luego esta última palabra es uno de sus fetiches.
Ya sabemos que ni la claridad ni la belleza importan mucho a los formadores de opinión. Pero, ¿y la vergüenza? ¿No les dará azaro a veces pensar que pueda escucharlos su abuela del pueblo, que sin saber lo que era un adverbio modal hablaba en cristiano y se le entendía? ¿O no tendrán abuela? Porque lo que está claro es que el pueblo que tanto invocan (bueno, si son políticos lo evocan por gozar de otro fetiche verbal) se ríe del galimatías en —mente. En los años cuarenta, época del racionamiento, corría un chiste que decía: «con la Monarquía realmente se tomaba café, con don Miguel Primo de Rivera generalmente se tomaba café, con la República ordinariamente se tomaba café, ahora francamente no se toma café». Uno sospecha que la gente no se reía sólo de la malta y las bellotas, sino también del retumbar vacuo y pomposo de aquellos adverbios extraños —tan sucedáneos de los términos tradicionales como la cebada tostada lo era del café— que empezaban a proliferar en boca y pluma de las entonces llamadas jerarquías, padres de los formadores de opinión de ahora.
Lo malo, como siempre, no es el uso aislado de estos adverbios monótonos, sino su abuso. En proporción de más de uno por página parece que empachan. Además los hay pésimos (como obviamente), los hay malos y los hay hasta graciosos. Entre estos últimos podríamos incluir dos de los más antiguos, viejas palabras venidas a menos en la sociedad, rancios términos que hoy suenan paletos, pero no cursis: mayormente (el Manual de Estilo de TVE dice que «es poco elegante y debe evitarse»; Cervantes no siguió este consejo del Sr. Calviño) y mismamente. No estarán tan mal cuando nuestros formadores de opinión no los usan y sus abuelas de pueblo sí.
(Este artículo apareció en el ABC del 13 de Julio de 1985 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
Dos son los inconvenientes de estos adverbios modales. El primero y principal es de orden práctico: el sufijo -mente tiene tal peso fonético (mucho más que el ingrávido -ly inglés o el borroso -ment francés) que estorba a la transmisión del pensamiento que pretende recoger la frase. Alguien —¿Borges?— dijo que el énfasis de esas dos sílabas finales distrae de las anteriores, y termina uno oyendo o leyendo solo «mente» y no las precisiones que se pretendía dar. En todo caso es cierto que nadie con prisas y ganas de ser claro dice «ve rápidamente a casa, abre completamente las ventanas y vuelve directamente aquí» sino «ve corriendo a casa, abre de par en par las ventanas y vuelve derecho aquí».
En general el engorro citado se evita usando una preposición (las preposiciones suelen tener talante menos prepotente y ruidoso) seguida de un substantivo. ¿No resulta más vigoroso por completo o con energía que completamente o enérgicamente? ¿No suena más tierno con ternura que tiernamente?
El segundo inconveniente de los citados adverbios es que son feos. Destrozan con su pesadez todo ritmo en el lenguaje, escrito o hablado. No hay literatura posible con esos ciempiés culilargos. Recordemos el delicioso madrigal de Gutierre de Cetina que empieza Ojos claros, serenos,/ si de un dulce mirar sois alabados,/ ¿por qué si me miráis, miráis airados? Pues bien, sólo con introducir dos de las macizas desinencias hoy en boga, sin cambiar ninguna raíz, queda este adefesio: Si sois alabados por mirar dulcemente/ ¿por qué, si me miráis, miráis airadamente?
Si la poesía no sobrevive a semejantes palabrejas, tampoco las soporta la elegancia lacónica de un epigrama. La necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces (Gracián) se convertiría en la necedad habitual mente se introduce inopinada y abusivamente, ya que todos los necios obran audazmente. Claro que los formadores de opinión ya han advertido que lo que quieren es cambiar nuestra cultura y nuestra sociedad, así es que acaso encuentren vulgar el sonó la flauta por casualidad de Iriarte y quieran cambiarlo por sonó la flauta aleatoriamente. Desde luego esta última palabra es uno de sus fetiches.
Ya sabemos que ni la claridad ni la belleza importan mucho a los formadores de opinión. Pero, ¿y la vergüenza? ¿No les dará azaro a veces pensar que pueda escucharlos su abuela del pueblo, que sin saber lo que era un adverbio modal hablaba en cristiano y se le entendía? ¿O no tendrán abuela? Porque lo que está claro es que el pueblo que tanto invocan (bueno, si son políticos lo evocan por gozar de otro fetiche verbal) se ríe del galimatías en —mente. En los años cuarenta, época del racionamiento, corría un chiste que decía: «con la Monarquía realmente se tomaba café, con don Miguel Primo de Rivera generalmente se tomaba café, con la República ordinariamente se tomaba café, ahora francamente no se toma café». Uno sospecha que la gente no se reía sólo de la malta y las bellotas, sino también del retumbar vacuo y pomposo de aquellos adverbios extraños —tan sucedáneos de los términos tradicionales como la cebada tostada lo era del café— que empezaban a proliferar en boca y pluma de las entonces llamadas jerarquías, padres de los formadores de opinión de ahora.
Lo malo, como siempre, no es el uso aislado de estos adverbios monótonos, sino su abuso. En proporción de más de uno por página parece que empachan. Además los hay pésimos (como obviamente), los hay malos y los hay hasta graciosos. Entre estos últimos podríamos incluir dos de los más antiguos, viejas palabras venidas a menos en la sociedad, rancios términos que hoy suenan paletos, pero no cursis: mayormente (el Manual de Estilo de TVE dice que «es poco elegante y debe evitarse»; Cervantes no siguió este consejo del Sr. Calviño) y mismamente. No estarán tan mal cuando nuestros formadores de opinión no los usan y sus abuelas de pueblo sí.
(Este artículo apareció en el ABC del 13 de Julio de 1985 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
miércoles, 18 de enero de 2012
Botones de muestra (VII)

Empecé a leer este libro con cierta duda inquieta que un antiguo nunca hubiera entendido: ¿era una novela? ¿o un ensayo histórico? ¿o quizá un ensayo antropológico sobre el recuerdo y el olvido? Un antiguo se hubiera limitado a constatar que La chica que dejamos atrás es una crónica con elementos épicos, líricos y religiosos, es decir un mito. Claro que en todas las civilizaciones la literatura –oral e incluso escrita– empieza con el mito. La diversificación de los géneros literarios viene mucho después; esa distinción puede muy bien interpretarse como el primer signo de decadencia en cualquier cultura humana. Pero ocurre que Rafael Garranzo, el autor de este trozo vivo de la historia reciente –o quizá intemporal– de la América del Norte, es antropólogo de formación y diplomático de profesión, con lo cual sabe muy bien que cuanto más pueda uno acercarse a los orígenes y a las raíces de un mito histórico mejor entenderá el incendio del que siempre queda algún rescoldo. Sabe incluso que ningún incendio en la historia se apaga del todo; siempre quedan brasas. Y son brasas que queman. Nadie puede removerlas con impunidad.
El método narrativo empleado se adapta muy bien a la realidad mítica -huelga decir que no son términos antitéticos- que describe. Se presenta como una obra coral y en el coro se mezclan los personajes y los narradores más variopintos, pero ninguno traído caprichosamente. La historia está contada por Buffalo Bill y Calamity Jane, por blancos y por indios, hombres y mujeres, muertos y vivos, perros, militares y escritores y pintores, y el Dr Jekyll y Mr Hyde, y hasta Robert Louis Stevenson aparece en alguna escena. Sobre todo, claro está, el principal narrador es es autor del libro, por más que no busque protagonismo y quiera dejárselo todo, con generosidad de auténtico escritor, a los memorialistas, historiadores, aventureros, héroes y malvados que cruzan las vastas praderas del Oeste. Rafael Garranzo, antropólogo seguidor de Lévi-Strauss (pero no rousseauniano, puesto que no cree en la inane dicotomía Hombre Bueno/Sociedad Mala), relata con vigor el drama de las guerras entre indios y colonos y soldados en los Estados Unidos. Garranzo es a la vez un contador de cuentos, como llamaban a Robert Louis Stevenson los polinesios, y un antropólogo que al final del día comprende el fondo del drama: a veces el olvido es el único remedio. No siempre el recuerdo sirve para el exorcismo de los demonios del pasado. T.S. Eliot no andaba descaminado al decir “humankind cannot bear very much reality”.
Por último, qué buen título el de este libro, que condensa la ironía de la historia, o quizá de toda la Historia. La chica que dejamos atrás (The girl I left behind) es el título de una vieja canción, considerada como una de las señas de identidad de los Estados Unidos. Pero resulta que, según nos asegura la Wikipedia, sus orígenes son ingleses o irlandeses. Luego la llevaron las tropas británicas a América y allí la adoptó el ejército de la revolución americana. Así es que también habrá que olvidar los orígenes de las canciones de marcha (también Lili Marleen y La Madelon) para ir incorporándolas a las señas de identidad de un bando o de otro. O, quizá, de los dos.
La chica que dejamos atrás
Ediciones Atlantis
Madrid, Septiembre 2011
Enlaces relacionados:
Botones de muestra (VI)
Botones de muestra (V)
Botones de muestra (IV)
Botones de muestra (III)
Botones de muestra (II)
Botones de muestra
jueves, 5 de enero de 2012
Feliz Noche de Reyes
La adoración del Niño Dios por los Reyes Magos –y por los pastores y por los animales y por los ángeles y la Estrella, y la persecución por Herodes– conforman un conjunto tan mágico y tan increíble que tiene que ser verdad. Nadie puede inventar algo así. Eso decía, hace muchos años, alguien muy próximo a mí. Luego, cuando murió, costó Dios y ayuda convencer al cura anglicano para que incluyese el evangelio de la Natividad en su funeral ("no es costumbre"). En cambio en su funeral católico el cura no tuvo inconveniente en mezclar la vida con la muerte. Comprendió además que no se trataba de un credo quia absurdum. No, era credo quia magicum. Para eso los Reyes eran magos, y acaso los demás también.
De todos los pintores que han reproducido la escena gloriosa y humilde, acaso sea Botticelli el que le dio un sesgo más misterioso. La Sagrada Familia desprende bondad, pero una bondad melancólica en el caso del Niño y de la Virgen, mientras que San José se muestra meditabundo. Los tres Reyes, al igual que la Familia, transmiten la gravedad propia de los Magos, que intuyen el trágico final de la encarnación divina en el Niño pobre, desnudo y lleno de luz. Pero lo más notable es la actitud del resto de los personajes, que se supone que forman parte del séquito de los Reyes Magos. No inspiran la menor confianza. Casi todos los que miran al pintor tienen una expresión francamente odiosa: son guapos, chulos y quizá criminales. Diríase que los acompañantes de los Magos, al llegar al humilde portal de Belén, se empeñaban en mostrar desprecio y ver qué beneficio podían sacar de todo ello. Sorprende leer que uno de los personajes menos siniestros (pero no del todo fiable), el vestido de color naranja, es el propio Botticelli.
Seguro que me equivoco y que en media hora el sabio y amable Mr Google me sacaría del error y me explicaría el porqué de esas caras torvas en algunos casos y tristes en otros. Quizá quien encargase el cuadro quiso reprender de manera indirecta a ciertos italianos renacentistas muy principales. Pero hoy no es día para entrar en esas cábalas. Mejor será buscar lo divino in verbis in herbis et lapidibus –o sea, en las palabras, en las plantas y en las piedras, que decía Paracelso– y no en las miradas esquinadas de los humanos.
Observemos, pues, un detalle pétreo y tierno a la vez del cuadro:

La planta que crece en ese rincón del Portal se llama Ombligo de Venus (Umbilicus rupestris). Sin entrar en sus cualidades medicinales, ni tampoco en simbologías confusas, merece la pena ir a las palabras y admirar la inventiva derrochada en todas las lenguas para dar nombre a esta planta. Además del suyo principal –religioso a fin de cuentas por pagano que sea– el sabio botánico Pío Font Quer reseña en su libro Plantas medicinales, el Dioscórides renovado los siguientes sinónimos en castellano:
Ombliguera, orejas de abad, de monje o de fraile, basilios, vasillos, escudetes, sombreritos o sombrerillos, gorros de sapo, angüejo, zumillo, hierba de bálsamo.
En portugués y gallego, y también en catalán, reaparecen los mismos nombres, en cambio en vascuence pasa a llamarse orma belarr (“hierba de hielo” por su frescura) y begarri belarr.
De todos estos nombres cabe sacar una conclusión: el nombre venusino, grácil y hermoso, no gusta a la mayoría. Esta parece tentada por el feo pecado de la pulcrofobia y enseguida cambia los encantos de la diosa por grotescas orejas y por sapos.
Pero esta noche recordemos que un pintor de mirada limpia y luminosa (todavía no había enloquecido por culpa de Savonarola) quiso poner junto al Niño Dios esa humilde hierba, que no desmerece de las testas coronadas y mágicas de los adoradores.
Enlaces relacionados:
In verbis in herbis
Felices Pascuas
De todos los pintores que han reproducido la escena gloriosa y humilde, acaso sea Botticelli el que le dio un sesgo más misterioso. La Sagrada Familia desprende bondad, pero una bondad melancólica en el caso del Niño y de la Virgen, mientras que San José se muestra meditabundo. Los tres Reyes, al igual que la Familia, transmiten la gravedad propia de los Magos, que intuyen el trágico final de la encarnación divina en el Niño pobre, desnudo y lleno de luz. Pero lo más notable es la actitud del resto de los personajes, que se supone que forman parte del séquito de los Reyes Magos. No inspiran la menor confianza. Casi todos los que miran al pintor tienen una expresión francamente odiosa: son guapos, chulos y quizá criminales. Diríase que los acompañantes de los Magos, al llegar al humilde portal de Belén, se empeñaban en mostrar desprecio y ver qué beneficio podían sacar de todo ello. Sorprende leer que uno de los personajes menos siniestros (pero no del todo fiable), el vestido de color naranja, es el propio Botticelli.
Seguro que me equivoco y que en media hora el sabio y amable Mr Google me sacaría del error y me explicaría el porqué de esas caras torvas en algunos casos y tristes en otros. Quizá quien encargase el cuadro quiso reprender de manera indirecta a ciertos italianos renacentistas muy principales. Pero hoy no es día para entrar en esas cábalas. Mejor será buscar lo divino in verbis in herbis et lapidibus –o sea, en las palabras, en las plantas y en las piedras, que decía Paracelso– y no en las miradas esquinadas de los humanos.
Observemos, pues, un detalle pétreo y tierno a la vez del cuadro:

La planta que crece en ese rincón del Portal se llama Ombligo de Venus (Umbilicus rupestris). Sin entrar en sus cualidades medicinales, ni tampoco en simbologías confusas, merece la pena ir a las palabras y admirar la inventiva derrochada en todas las lenguas para dar nombre a esta planta. Además del suyo principal –religioso a fin de cuentas por pagano que sea– el sabio botánico Pío Font Quer reseña en su libro Plantas medicinales, el Dioscórides renovado los siguientes sinónimos en castellano:
Ombliguera, orejas de abad, de monje o de fraile, basilios, vasillos, escudetes, sombreritos o sombrerillos, gorros de sapo, angüejo, zumillo, hierba de bálsamo.
En portugués y gallego, y también en catalán, reaparecen los mismos nombres, en cambio en vascuence pasa a llamarse orma belarr (“hierba de hielo” por su frescura) y begarri belarr.
De todos estos nombres cabe sacar una conclusión: el nombre venusino, grácil y hermoso, no gusta a la mayoría. Esta parece tentada por el feo pecado de la pulcrofobia y enseguida cambia los encantos de la diosa por grotescas orejas y por sapos.
Pero esta noche recordemos que un pintor de mirada limpia y luminosa (todavía no había enloquecido por culpa de Savonarola) quiso poner junto al Niño Dios esa humilde hierba, que no desmerece de las testas coronadas y mágicas de los adoradores.
Enlaces relacionados:
In verbis in herbis
Felices Pascuas
jueves, 22 de diciembre de 2011
Felices Pascuas

En tiempos remotos -calculo que cerca de la Navidad de 1997- pedimos un villancico para felicitar las Pascuas desde el Instituto Cervantes. En aquel entonces la corrección política todavía no consideraba subversivos los villancicos. Tampoco a un viejo luchador de izquierdas como José Hierro, que había pasado años en la cárcel al final de la Guerra Civil, le repugnaba esa forma popular de celebrar las Pascuas. Como no podíamos, por motivos burocráticos, pagarle el trabajo, le pedí por teléfono que aceptara unas botellas de vino, preguntándole si prefería tinto o blanco. Todos son buenos, me contestó. Te equivocas, me atreví a decirle, es sabido que en España el mejor blanco es el rojo. Divertido al parecer por lo que podía interpretarse como un guiño político -aunque yo lo había dicho porque no me gustan los vinos blancos españoles y sí los tintos-, me escribió una letrilla de agradecimiento reconociendo que el tinto rojo es mejor que el blanco. Y es que él era un rojo y no un progre. Entre otras cosas porque el progre suele ser de medio pelo y él era rigurosamente calvo.
Así es que felices Pascuas a todos, incluido Pepe Hierro y nuestros demás amigos ya en el otro mundo; este año se nos han ido varios.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Tres poemas irónicos
Al jubilarme en este otoño de la varonil edad, que diría Gracián, varios ingenios de esta corte y de otras en el extranjero han acrecentado mi júbilo con bromas cultas y poéticas. La contestación a mi maestro sevillano Fernando Ortiz, que figura al pie de su magnífico soneto gongorino, es aplicable al soneto de mi antiguo jefe Miguel Ángel Ochoa y a la décima de mi antiguo alumno Fidel Sendagorta. Todos se ríen -creo yo- conmigo y no de mí. Dos de los tres se refieren a mi "augusta altura" y a mi "alta atalaya". Me traen a la mente y al corazón el recuerdo de Conchita Guzmán, mi maestra tierna y burlona gracias a la cual puedo tomarme a mí mismo el poco pelo que me queda en lo más alto de la atalaya.
En fin, ahí van los tres poemas, con mi hondo y alegre agradecimiento a sus autores.
Qué mejor regalo, querido Fernando, por el día de mi cumpleaños que tu perfecta broma afectuosa que a Góngora hubiese satisfecho. Me recordó a mi maestra Conchita Guzmán que con tanto cariño me enseñó a reírme de mí mismo y que cuando a los doce o trece años medía yo más de un metro ochenta, ella, que era diminuta, cuando discutíamos sobre las guerras púnicas (ella, republicana y católica, era partidaria de los romanos y yo, no sé por qué, de los cartagineses), me decía con guasa, "hijo, es que yo no puedo tener tu altura de miras". Y yo alguna vez piqué con sonrisa fatua, hasta que los dos rompíamos en carcajadas.
Pues así me reí anteayer, al leer de tu pluma el tercer verso del segundo cuarteto
que descendáis de vuestra augusta altura
y me reí con mucha alegría y mucha admiración por tu capacidad de escribir tan hermosísimo soneto festivo que no burlesco, para reírte con y no de un amigo. Tienes un don especial para reproducir a la perfección el estilo de muchos y en ocasiones difíciles autores.
¿Cómo habría que llamar uno de esos ejercicios virtuosos de estilo? No valen parodia o pastiche por demasiado burlescos ¿Al estilo de? En música se diría variaciones sobre un tema de...
En fin, Fernando, muchas gracias, de corazón. Y Dios te lo pague
Santiago
(20 de Octubre de 2011)
En fin, ahí van los tres poemas, con mi hondo y alegre agradecimiento a sus autores.
A Don Santiago Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón,
ingenio de las letras patrias,
y de cómo en su escudo
esplenden sus virtudes.
Clarísimo Marqués, dos veces claro
por vuestro ingenio y vuestra donosura,
tan extraños en esta selva oscura
de bosquimanos. Y por eso es raro
y precioso y sutil ese preclaro
don que me deja lleno de ventura:
que descendáis de vuestra augusta altura
a dispensarme vuestro fiel amparo.
Vos, noveno Marqués, Naturaleza
con vuestra pluma defendéis de ultraje
-luce la higuera en el blasón gallarda-.
Que inclina a grandes causas la nobleza.
Y a la española lengua en homenaje
dos lanzas de oro en aspa le dan guarda.
Fernando Ortiz
ingenio de las letras patrias,
y de cómo en su escudo
esplenden sus virtudes.
Clarísimo Marqués, dos veces claro
por vuestro ingenio y vuestra donosura,
tan extraños en esta selva oscura
de bosquimanos. Y por eso es raro
y precioso y sutil ese preclaro
don que me deja lleno de ventura:
que descendáis de vuestra augusta altura
a dispensarme vuestro fiel amparo.
Vos, noveno Marqués, Naturaleza
con vuestra pluma defendéis de ultraje
-luce la higuera en el blasón gallarda-.
Que inclina a grandes causas la nobleza.
Y a la española lengua en homenaje
dos lanzas de oro en aspa le dan guarda.
Fernando Ortiz
Qué mejor regalo, querido Fernando, por el día de mi cumpleaños que tu perfecta broma afectuosa que a Góngora hubiese satisfecho. Me recordó a mi maestra Conchita Guzmán que con tanto cariño me enseñó a reírme de mí mismo y que cuando a los doce o trece años medía yo más de un metro ochenta, ella, que era diminuta, cuando discutíamos sobre las guerras púnicas (ella, republicana y católica, era partidaria de los romanos y yo, no sé por qué, de los cartagineses), me decía con guasa, "hijo, es que yo no puedo tener tu altura de miras". Y yo alguna vez piqué con sonrisa fatua, hasta que los dos rompíamos en carcajadas.
Pues así me reí anteayer, al leer de tu pluma el tercer verso del segundo cuarteto
que descendáis de vuestra augusta altura
y me reí con mucha alegría y mucha admiración por tu capacidad de escribir tan hermosísimo soneto festivo que no burlesco, para reírte con y no de un amigo. Tienes un don especial para reproducir a la perfección el estilo de muchos y en ocasiones difíciles autores.
¿Cómo habría que llamar uno de esos ejercicios virtuosos de estilo? No valen parodia o pastiche por demasiado burlescos ¿Al estilo de? En música se diría variaciones sobre un tema de...
En fin, Fernando, muchas gracias, de corazón. Y Dios te lo pague
Santiago
(20 de Octubre de 2011)
El soneto que hoy pongo ante tus ojos
Es inferior a tus merecimientos,
Pero alberga sinceros pensamientos
Aunque sus versos se te antojen flojos.
Mas los versos, ¿qué son? Sólo despojos
De un más hondo caudal de sentimientos.
Y en tus ensayos dices y en tus cuentos
Que en la vida habrá más que trampantojos.
De ellos se burla tu literatura.
Mojas tu pluma en tinta de ironía
Y el mundo pintas cual lo ve tu mente.
Sigue poniendo broma a tu cordura.
Carga de buen humor tu artillería:
Pólvora pon, pero con aguardiente.
Miguel Ángel Ochoa Brun
Décima para Tamarón
Desde su alta atalaya
trata de tú a los halcones
y no pide mil perdones
por sobrepasar la talla.
Con instinto que no falla
redescubre la belleza
olvidada en la maleza
de un pasado solo oscuro
para necios que en el muro
estrellan su atroz cabeza.
Fidel Sendagorta
Es inferior a tus merecimientos,
Pero alberga sinceros pensamientos
Aunque sus versos se te antojen flojos.
Mas los versos, ¿qué son? Sólo despojos
De un más hondo caudal de sentimientos.
Y en tus ensayos dices y en tus cuentos
Que en la vida habrá más que trampantojos.
De ellos se burla tu literatura.
Mojas tu pluma en tinta de ironía
Y el mundo pintas cual lo ve tu mente.
Sigue poniendo broma a tu cordura.
Carga de buen humor tu artillería:
Pólvora pon, pero con aguardiente.
Miguel Ángel Ochoa Brun
Décima para Tamarón
Desde su alta atalaya
trata de tú a los halcones
y no pide mil perdones
por sobrepasar la talla.
Con instinto que no falla
redescubre la belleza
olvidada en la maleza
de un pasado solo oscuro
para necios que en el muro
estrellan su atroz cabeza.
Fidel Sendagorta
viernes, 16 de diciembre de 2011
LOS QUINCE MINUTOS DE FAMA DE ZAPATERO
A continuación reproduzco mi artículo publicado en la Nueva Revista, número 134 (julio, 2011), que reseña el siguiente libro:
MEMORIA DE WASHINGTON:
EMBAJADOR DE ESPAÑA EN LA CAPITAL DEL IMPERIO
Por Javier Rupérez
Prólogo de José María Aznar
La esfera de los libros, Madrid, 2011.
Hace más de medio siglo, en 1958, compartimos Javier Rupérez y yo el primer día (y después cinco años más) de nuestros estudios universitarios en Madrid. En 1965 hicimos juntos las oposiciones a ingreso en la Carrera Diplomática y en 1966 compartimos nuestro primer despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con José Luis Vázquez Dodero, excelente ensayista y periodista muy conservador, que miraba con bondadosa indulgencia a aquellos dos jóvenes semiprogres que Rupérez y yo éramos a sus ojos. En la Dirección General de Relaciones Culturales de aquel entonces coexistían diplomáticos de muy diversas tendencias, desde el Director General, Alfonso de la Serna, hasta los dos Gonzalos, el rojo y el azul, Gonzalo Puente Ojea y Gonzalo Fernández de la Mora. Todos ellos nos trataron con compañerismo bien liberal. Y si en esa época remota de nuestras vidas nos hubieran dicho cómo iban a ser nuestras respectivas existencias individuales y, más importante, el curso histórico de nuestro país, nos habrían sorprendido mucho ciertas cosas y nada otras. Siempre es así, supongo.
Javier Rupérez se ha jubilado hace un par de meses (como funcionario, ojalá no de su vida pública) y este libro recoge su embajada en Washington entre 2000 y 2004 a la vez con precisión y con humor, con datos objetivos y emociones personales. Siempre fue aficionado a leer y a escribir –este es sus octavo libro- y siempre supo expresarse con claridad y pulcritud, insólitas en nuestros políticos y funcionarios modernos. Esta Memoria de Washington está construida –acertadamente- de acuerdo con las reglas tradicionales de los despachos diplomáticos, o más bien de las cartas de los embajadores al ministro, antes de que las constantes filtraciones entorpeciesen la labor informativa y, de paso, el estilo literario de los profesionales. A esas reglas –orden cronológico en los hechos y orden lógico en su interpretación, franqueza templada si es menester por la prudencia- añade las de un juego melódico. Cada capítulo tiene un título descriptivo precedido de una calificación musical, empezando por el Capítulo 1: Introducción y rondó caprichoso: el retorno a la diplomacia y terminando con el Capítulo 21: Finale ma non troppo: de Washington a Nueva York.
Entre ambos, Rupérez describe con lucidez no exenta de ironía a veces y otras de melancolía, o tristeza o incluso ira, los acontecimientos históricos –o de la vida diaria de una embajada- de los que fue testigo o actor. En llegando aquí hay que recordar que la diferencia esencial entre una tragedia y una novela policíaca es que en la primera el público sabe muy bien lo que va a ocurrir y es esa inevitabilidad del desenlace conocido lo que le produce horror, mientras que en la segunda la oscura incertidumbre produce mera curiosidad. Y quién podría sentir mejor el lado trágico de la matanza terrorista de Madrid, en el 11 de marzo del 2004, que Javier Rupérez, víctima en 1979 de un secuestro de la ETA.
Por eso escribe: “El lunes 15 de marzo organicé en la Catedral católica de San Mateo un funeral por las víctimas del atentado […]. Y no encontré mejor manera para reflejar mis sentimientos que inspirar [sus palabras] en la desolación del Salmo: De profundis clamavi ad te, Domine […] Dije lo que quería decir […] que la dignidad de la persona humana era imprescriptible y la mejor manera de hacerla respetar consistía en la práctica de la democracia”. Pero también el Embajador de España pide a Dios “fortaleza para todos los pueblos de la tierra que sufren el azote del terrorismo, para que nunca piensen que cediendo pueden acabar con la bestia”.
(Al leer lo que antecede recordé que precisamente ese 15 de marzo del 2004 también a mí me tocó presidir un funeral por las víctimas de la barbarie, en la Catedral católica de Westminster, en Londres. También me ofrecieron escoger un texto bíblico y leerlo. También opté por los Salmos pero no el De profundis, que es el 130, sino el 58 (“Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas”) y el 59 (“y tú, Señor Dios de los Ejércitos, no tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad… No los mates, para que mi pueblo no se olvide… Vuelvan a la tarde y ladren como perros y rodeen la ciudad”). Hay días en que los Embajadores, estén donde estén, no están para eufemismos).
Ya al final del libro y depués de lo relacionado con la tragedia del 11 de marzo del 2004, en esta Memoria de Washington comienzan a aflorar las miserias y ruindades de políticos y periodistas. A ese respecto, el penúltimo capítulo (Sonata disonante: España cambia de rumbo) no tiene desperdicio. El autor hace acopio de paciencia, y quizá de desprecio; ya lo dijo Chateaubriand, “hay tiempos en los que no se debe gastar el desprecio más que con parsimonia, de tantos necesitados como hay”. Describe con frialdad exasperada la retirada de las tropas españolas de Irak, empezando con la visita de José Bono, que todavía no era Ministro de Defensa, a Washington para entrevistarse con Donald Rumsfeld, el 5 de abril del 2004. Al parecer le hizo promesas que luego no fueron cumplidas cuando el 18 de abril el nuevo Presidente del Gobierno, Sr Rodríguez Zapatero, anunció que la retirada tendría lugar de manera inmediata. Así empezó la glaciación de las relaciones hispano-norteamericanas: por la forma tanto como por el fondo. En palabras de Javier Rupérez, “las excelentes relaciones que José María Aznar había sabido trabajosamente desarrollar con los Estados Unidos, y que recibían los parabienes de tirios y troyanos en aquel lado del Atlántico, fueron literalmente deshechas en los quince minutos que Zapatero empleó para anunciar la inmediata retirada de las tropas españolas de Irak”.
Todo el mundo tiene, según Warhol, quince minutos de fama en su vida. Triste fama será la del Sr Rodríguez Zapatero si queda centrada en esa aparición como oráculo fallido. Y bueno será, al escribir la historia de este comienzo de siglo, tener en cuenta el testimonio esclarecedor de Javier Rupérez.
MEMORIA DE WASHINGTON:
EMBAJADOR DE ESPAÑA EN LA CAPITAL DEL IMPERIO
Por Javier Rupérez
Prólogo de José María Aznar
La esfera de los libros, Madrid, 2011.
Hace más de medio siglo, en 1958, compartimos Javier Rupérez y yo el primer día (y después cinco años más) de nuestros estudios universitarios en Madrid. En 1965 hicimos juntos las oposiciones a ingreso en la Carrera Diplomática y en 1966 compartimos nuestro primer despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con José Luis Vázquez Dodero, excelente ensayista y periodista muy conservador, que miraba con bondadosa indulgencia a aquellos dos jóvenes semiprogres que Rupérez y yo éramos a sus ojos. En la Dirección General de Relaciones Culturales de aquel entonces coexistían diplomáticos de muy diversas tendencias, desde el Director General, Alfonso de la Serna, hasta los dos Gonzalos, el rojo y el azul, Gonzalo Puente Ojea y Gonzalo Fernández de la Mora. Todos ellos nos trataron con compañerismo bien liberal. Y si en esa época remota de nuestras vidas nos hubieran dicho cómo iban a ser nuestras respectivas existencias individuales y, más importante, el curso histórico de nuestro país, nos habrían sorprendido mucho ciertas cosas y nada otras. Siempre es así, supongo.
Javier Rupérez se ha jubilado hace un par de meses (como funcionario, ojalá no de su vida pública) y este libro recoge su embajada en Washington entre 2000 y 2004 a la vez con precisión y con humor, con datos objetivos y emociones personales. Siempre fue aficionado a leer y a escribir –este es sus octavo libro- y siempre supo expresarse con claridad y pulcritud, insólitas en nuestros políticos y funcionarios modernos. Esta Memoria de Washington está construida –acertadamente- de acuerdo con las reglas tradicionales de los despachos diplomáticos, o más bien de las cartas de los embajadores al ministro, antes de que las constantes filtraciones entorpeciesen la labor informativa y, de paso, el estilo literario de los profesionales. A esas reglas –orden cronológico en los hechos y orden lógico en su interpretación, franqueza templada si es menester por la prudencia- añade las de un juego melódico. Cada capítulo tiene un título descriptivo precedido de una calificación musical, empezando por el Capítulo 1: Introducción y rondó caprichoso: el retorno a la diplomacia y terminando con el Capítulo 21: Finale ma non troppo: de Washington a Nueva York.
Entre ambos, Rupérez describe con lucidez no exenta de ironía a veces y otras de melancolía, o tristeza o incluso ira, los acontecimientos históricos –o de la vida diaria de una embajada- de los que fue testigo o actor. En llegando aquí hay que recordar que la diferencia esencial entre una tragedia y una novela policíaca es que en la primera el público sabe muy bien lo que va a ocurrir y es esa inevitabilidad del desenlace conocido lo que le produce horror, mientras que en la segunda la oscura incertidumbre produce mera curiosidad. Y quién podría sentir mejor el lado trágico de la matanza terrorista de Madrid, en el 11 de marzo del 2004, que Javier Rupérez, víctima en 1979 de un secuestro de la ETA.
Por eso escribe: “El lunes 15 de marzo organicé en la Catedral católica de San Mateo un funeral por las víctimas del atentado […]. Y no encontré mejor manera para reflejar mis sentimientos que inspirar [sus palabras] en la desolación del Salmo: De profundis clamavi ad te, Domine […] Dije lo que quería decir […] que la dignidad de la persona humana era imprescriptible y la mejor manera de hacerla respetar consistía en la práctica de la democracia”. Pero también el Embajador de España pide a Dios “fortaleza para todos los pueblos de la tierra que sufren el azote del terrorismo, para que nunca piensen que cediendo pueden acabar con la bestia”.
(Al leer lo que antecede recordé que precisamente ese 15 de marzo del 2004 también a mí me tocó presidir un funeral por las víctimas de la barbarie, en la Catedral católica de Westminster, en Londres. También me ofrecieron escoger un texto bíblico y leerlo. También opté por los Salmos pero no el De profundis, que es el 130, sino el 58 (“Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas”) y el 59 (“y tú, Señor Dios de los Ejércitos, no tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad… No los mates, para que mi pueblo no se olvide… Vuelvan a la tarde y ladren como perros y rodeen la ciudad”). Hay días en que los Embajadores, estén donde estén, no están para eufemismos).
Ya al final del libro y depués de lo relacionado con la tragedia del 11 de marzo del 2004, en esta Memoria de Washington comienzan a aflorar las miserias y ruindades de políticos y periodistas. A ese respecto, el penúltimo capítulo (Sonata disonante: España cambia de rumbo) no tiene desperdicio. El autor hace acopio de paciencia, y quizá de desprecio; ya lo dijo Chateaubriand, “hay tiempos en los que no se debe gastar el desprecio más que con parsimonia, de tantos necesitados como hay”. Describe con frialdad exasperada la retirada de las tropas españolas de Irak, empezando con la visita de José Bono, que todavía no era Ministro de Defensa, a Washington para entrevistarse con Donald Rumsfeld, el 5 de abril del 2004. Al parecer le hizo promesas que luego no fueron cumplidas cuando el 18 de abril el nuevo Presidente del Gobierno, Sr Rodríguez Zapatero, anunció que la retirada tendría lugar de manera inmediata. Así empezó la glaciación de las relaciones hispano-norteamericanas: por la forma tanto como por el fondo. En palabras de Javier Rupérez, “las excelentes relaciones que José María Aznar había sabido trabajosamente desarrollar con los Estados Unidos, y que recibían los parabienes de tirios y troyanos en aquel lado del Atlántico, fueron literalmente deshechas en los quince minutos que Zapatero empleó para anunciar la inmediata retirada de las tropas españolas de Irak”.
Todo el mundo tiene, según Warhol, quince minutos de fama en su vida. Triste fama será la del Sr Rodríguez Zapatero si queda centrada en esa aparición como oráculo fallido. Y bueno será, al escribir la historia de este comienzo de siglo, tener en cuenta el testimonio esclarecedor de Javier Rupérez.
El Marqués de Tamarón
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