Leí anteayer este artículo que me llamó la atención por su
fondo inusual y forma medida. Con el permiso de su autora lo publico en esta mi
bitácora:
(El ensayo que aparece a continuación ha sido publicado el Martes 3 de Octubre en la Gaceta de la Iberosfera)
Somos peores
Señalaba Feijoo la semana pasada
en las Cortes que Óscar Puente, diputado socialista y exalcalde de Valladolid,
era peor que Gregorio Peces-Barba, expresidente, también socialista, del
Congreso de los Diputados.
Últimamente ando enfrascada en
una recopilación de artículos de César González-Ruano (SND Editores). En el
titulado La pobre vida española, publicado en ABC el 29 de abril de 1934, el
periodista habla del momento español «tan ingrato, tan miserable, tan pazguato,
y dado al éxito de toda causa mezquina y bárbara» que vive el pueblo. Cierto es
que, con estos mimbres, tengo difícil tejer el cesto de la confrontación
favorable a un pasado que, si bien no pretendo idealizar, sí quiero ponderar
justamente. Pero verán, González-Ruano continúa su texto: «¡Ay, pobre y grande
España…! Su peligro de muerte es lo que importa. Que una bala perdida nos entre
en el corazón no es cosa que importa». Comparen el sentimiento del escritor, al
que preocupa el destino de la nación más que el propio, con un Sánchez
ensimismado en su proyecto personal y tratando de esquivar su bala a expensas
del despiece del país.
Óscar Puente es peor que
Peces-Barba, Sánchez Castejón es peor que González-Ruano, Irene Montero es peor
que Clara Campoamor —qué sé yo—, y yo soy peor que mi abuela.
Somos peores. Hijos de nuestro
tiempo, de un tiempo resultante de cincuenta años de demolición de
trascendentales. Somos individuos débiles, rotos, regocijados en la miseria,
acechados y doblegados por la inmundicia. También nietos de gentes que todavía
conservaban dioses fuertes impresos en sus códigos. Elegimos ser peores porque
costaba esfuerzo emularlos.
Cada uno de nosotros es un jodido
milagro. El resultado de personas que se quisieron, o de un accidente. El
producto del amor de unos padres o de la indiferencia de unos amantes. Hijos de
mujeres que no abortaron o bisnietos de un suertudo cuyo sistema inmunitario
destruyó un bacilo, Gram negativo y cabrón, que arrasó todo un vecindario.
Estamos aquí porque alguno de nuestros antepasados tuvo coraje o fortuna.
Porque unos milicianos no lo encontraron o porque se conmutó su pena de
ejecución a última hora. Porque un tío descubrió la penicilina por azar o
porque unas monjas recogieron y alimentaron a un bebé que encontraron en un
torno. Estamos aquí porque antes de que Él nos formara en el vientre de nuestra
madre, ya nos conocía.
No tenemos ningún derecho a ser
peores. A no honrar con nuestra vida las de aquellos que se sacrificaron, que
tuvieron hambre y heridas, que perdonaron lo imperdonable, que acariciaron con
manos encallecidas por el trabajo de sol a sol, o que no tuvieron tiempo para
pensar en sí mismos. Que daban su palabra como aval de su honor y conocían el
valor de los compromisos.
No tenemos ningún derecho a hacer
el gañán como si el mundo debiera quedar fascinado por nuestro talento ni a
desperdiciar nuestra existencia frente a la cámara de un móvil. A no hacer de
nuestros días un tributo a la sangre, el sudor y las lágrimas de los que nos
precedieron. No tenemos derecho a sucumbir frente a ideales de cartón piedra,
hedonismo prefabricado y primario, consumo indiscriminado y apaciguador de
todas nuestras ansiedades o «libertades» que resultan ser cárceles
embrutecedoras.
Escribía Ramón Gómez de la Serna
en un libro sobre el Greco¹: «Voy a pintar las apariciones del cielo y a los
hombres de la tierra, los caballeros orgullosos de su alma». Y Doménikos pintó
el entierro del Conde de Orgaz, a san Pedro y san Pablo y al Caballero de la
mano en el pecho. Captó que la esencia del español del siglo XVI y comienzos
del XVII, de Cervantes y los hombres de Breda, no se hallaba en las riquezas o
en la posición, ni en la belleza o en la vida expuesta a la masa acéfala sino
en la íntima conciencia de que su valor residía en el revés positivo de la
soberbia: la dignidad.
Aquella que mantenían
independientemente de la salud, el beneplácito de la chusma, las comodidades
materiales o los pecados y vergüenzas. La integridad acompañaba a los hombres y
mujeres de la historia que atraviesa España mientras no abandonasen las
exigencias del alma.
No sé si cualquier tiempo pasado
fue mejor pero sí que lo que vendrá será bueno sólo si dejamos de comprar
estafas intelectuales que apelan al agostamiento moral, a la desidia mental y
al sentimentalismo obsceno. Si cesamos de abalanzarnos en brazos de placeres
facilones y de entregarnos a reconocimientos espurios. Si entendemos que la
felicidad no es un derecho ni un objetivo y ponemos nuestro empeño, mejor, en
la reciedumbre y en la dignidad. En aquello que es más grande que nosotros y
nos libera. En ser individuos que podamos sostener la mirada al tipo del
espejo. En estar orgullosos de nuestra alma.
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¹Artículo Orgullosos de su alma
de Julián Marías en ABC (22/09/94)
ESPERANZA RUIZ
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.