Triste año este, cuando no se puede esperar al 25 de Julio para impetrar a Santiago, Hijo del Trueno, que fulmine a los hideputas que incendian los bosques de su tierra gallega. No, hay tantos hideputas sueltos por toda España que incluso –y sobre todo– arde el Noroeste y el litoral cantábrico apenas comenzada la Primavera, y el Domingo de Ramos se convierte en una sacrílega humareda que arrasa el pasado pagano de nuestros bosques atlánticos, tan sagrado como el pasado y el presente cristianos. Y se sabe que los incendios son provocados, y nadie duda que si capturan, juzgan y condenan a los criminales permanecerán muy poco tiempo en la cárcel. Y todo se vuelve suspiros bellacos de cobardes o de cómplices susurrando “es que en España todo sale gratis”.
Por supuesto, sigue sin saberse cuántos de los incendiarios condenados por fuegos del año pasado están aún en la cárcel. Es probable que ninguno y que por eso las diversas autoridades centrales y de las taifas no quieran revelar cifras. Me permito, pues, reproducir dos textos ya publicados en esta bitácora en Julio del 2009 y del 2010.
Y agradezco de nuevo a Antonio Mingote que me autorizara personalmente en 2009 a reproducir su viñeta en esta bitácora, y le ruego a Santiago que como recompensa al buen corazón y buena mano de Antonio Mingote, Marqués de Daroca, se ocupe de que se restablezca pronto de su dolencia.
La impunidad de los canallas
Por el Marqués de Tamarón
29 de Julio de 2009
Arde España, como cada verano. Y, como siempre, nadie hace – por distracción, por estupidez, por cobardía o por conveniencia política – a los poderes públicos nacionales, autonómicos o locales, la pregunta que salta a la mente de cualquiera: ¿cuántos de los autores de los incendios del verano pasado – casi todos provocados – están ahora mismo en la cárcel? Mientras salga gratis ese delito, como salen gratis en España otros delitos igual de atroces o más, seguirán produciéndose. A los canallas les da mucho gusto destruir lo que con razón ven como algo superior a ellos mismos.
El hecho es que hay motivos para sospechar que nadie sigue en la cárcel (y muy pocos entraron en ella) por prender fuego al monte, causen o no muertes y graves daños a la economía y a la naturaleza. Al menos yo no he conseguido obtener esa información, y llevo años pidiéndola a múltiples instancias oficiales.
En estos últimos días han aparecido dos excelentes estudios sobre este asunto.
WWF/Adena ha publicado el
Incendiómetro 2009
Greenpeace también acaba de publicar
Incendios forestales ¿El fin de la impunidad?
Recomiendo vivamente la lectura de ambos informes, y quizá alguien encuentre en ellos el dato que yo no he logrado ver: ¿cuántos de los condenados por el delito de prender fuego al monte cumplen su condena en la cárcel? ¿cuántos hay hoy en la cárcel por el daño inmenso que causaron en el verano pasado? Y no hablemos de los incendios dolosos o por negligencia que han causado tantos muertos en años pasados y en el presente verano. Da igual, eso también sale gratis en España. La verdad es que mi único consuelo en estos días ha sido que anteayer lunes 27 de julio de 2009 el diario
ABC y el diario
El País coincidieron gracias a la pluma de dos de los mejores dibujantes de España, Antonio Mingote y El Roto, en el tema de dos viñetas amargas y clarividentes que me permito reproducir a continuación. Quizá bien mirado no todos los españoles estamos de acuerdo con la impunidad de los canallas.
Antonio Mingote en ABC, Lunes 27/7/2009
El Roto en El País, Lunes 27/7/2009
Otra falacia patética
Una de las falacias más repetidas es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita -auténtica falacia patética, que diría Ruskin- cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo».
Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción: los vecinos se sonríen ante el atropello, el juez se encoge de hombros, el Ayuntamiento se inhibe, los Gobiernos callan o fingen. Es la más sincera de las connivencias. «Vaya usted a saber quién lo hizo, sería muy difícil probarlo, además el bosque era muy viejo, y ya es hora de que esto beneficie a las personas y no sólo a los pajaritos». Y suspiran satisfechos los especuladores urbanos, tratantes de madera quemada, cazadores furtivos, extorsionistas, camellos de la droga, piariegos y retenes renegados.
El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso -creo recordar que en La Codorniz- convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa.
Huelga decir que esa bellaquería en particular no es ya políticamente correcta. Pero otras sí, pues casi todo es turbio en ciertas actitudes sociales. Ni siquiera los delincuentes, que deberían ser fieles a su imagen social de dechado de lógica -lógica egoísta y amoral, pero lógica al fin- son tal cosa cuando se dedican a destruir la Naturaleza. Rara vez actúan con la frialdad de un delincuente puramente racional, como por ejemplo un monedero falso. Éste tan sólo busca el estricto provecho económico, mientras que el incendiario, con independencia del posible lucro, suele disfrutar haciendo daño. Diríase que en ese terreno hay tanto o más odio que codicia. A veces cabe preguntarse si ciertos vertidos tóxicos o incendios no tendrán más en común con los crímenes de los violadores que con los de malhechores supuestamente racionales como los ladrones. Después de todo es de suponer que el sueño de quien aspira a hacer el mal perfecto es mancillar a su madre y luego matarla, y eso es, en exacta metáfora, lo que hacen miles de autores de delitos ecológicos al año, sobre todo en verano. Si tan sólo buscasen el lucro, es probable que escogieran otros delitos más rentables y que causan menos dolor innecesario.
Lo más triste, sin embargo, es que lo turbio de las motivaciones de los delincuentes parece desdibujar las propias reacciones de la opinión pública, de las autoridades y de los periodistas. No conozco otro ámbito donde haya menos ideas claras y menos acciones decididas. Abunda, eso sí, la palabrería. Todas las fuerzas políticas coinciden en sus ansias retóricas de «preservar el medio ambiente» (artículo 38 de la Constitución de 1978), pero ninguna muestra respeto siquiera por su propio nombre; se conoce que no va con ellas lo de nomen est omen. Los socialistas valoran muy poco en la práctica el primer bien social, que es la Naturaleza. A los conservadores no les interesa mucho conservar esta vieja piel de toro, tan llena de mataduras. Los verdes, absortos en la izquierda unida, tienen mucho más de izquierdistas que de verdes. Y los llamados ecologistas nunca se manifiestan cuando el desastre ecológico ocurre donde gobiernan las izquierdas.
Prueba de lo que antecede es la anarquía urbanística en casi todos los municipios españoles. Sea cual sea su militancia política, el sueño megalómano de un alcalde es benidormizar entero su término municipal, edificarlo del uno al otro confín. Yerran quienes atribuyen el anhelo a un afán de beneficio personal. Por lo común no se trata de cohecho sino de una fe pétrea en el progreso, entendido éste como un aumento acelerado del casco urbano y del número de automóviles en circulación.
Contra creencia tan firme no hay leyes que valgan, y menos en un país latino, donde la tradición es legislar profusamente pero sin luego aplicar las normas con demasiado rigor. A veces, sin embargo, triunfan paradójicos escrúpulos y ocurre, por ejemplo, que se paraliza la declaración de tal Parque Nacional para no verse obligados a entorpecer los negocios de la construcción ni sufrir la consiguiente pérdida de votos.
Quizá por el mismo prurito oficial de discreción -acaso para evitar la llamada alarma social- no sea posible averiguar cuántos están en la cárcel tras los incendios, casi todos provocados, de 180.000 hectáreas forestales en toda España durante el pasado año 2005, o por cualquier otro delito ecológico (se dice oficiosamente que nadie está en prisión por un quítame allá esas pajas, aun ardientes). Pero cuesta creer que haya voluntad oficial de sigilo, pues los poderes públicos no pueden ignorar el auténtico sentir popular ante todos estos abusos y delitos: la sonrisa suficiente. Como mucho, los políticos evitarán en lo sucesivo reconocer las amplias complicidades del pueblo soberano con los incendiarios, después del revuelo causado en agosto pasado por la franqueza de la ministra de Medio Ambiente al admitir que existía «tolerancia social» en Galicia y en el resto de España, que impedía la identificación de los culpables.
A la tolerancia podía haber añadido la desidia. Mientras escribo estas líneas y para no perder el sentido de la realidad más humilde, tengo a mi lado una bolsa de carbón vegetal para barbacoas hecho en el Paraguay y comprado esta primavera en unos grandes almacenes madrileños. O sea, que mientras ardían los montes españoles porque nadie era capaz de atajar el fuego, ya que el sotobosque no se mantiene limpio desde que desapareció el piconeo, estábamos importando picón de una selva situada a diez mil kilómetros de distancia.
Y es que aquí, como en otros asuntos nacionales, el problema no está tanto en el Gobierno o los Gobiernos de la nación cuanto en la nación del Gobierno. Un pueblo que no cree en él mismo -en su historia ni en su naturaleza- mal puede exigir fe y voluntad a sus Gobiernos. Y éstos -unos más que otros, es cierto- tendrán la perpetua tentación de zanjar los problemas «como sea». Es decir, sin resolverlos.
El Marqués de Tamarón
Este artículo apareció en el ABC el 25 de Mayo de 2006 y en esta bitácora el 23 de Octubre de 2008 y el 25 de Julio del 2010.
Sí, suave lector, e incluso suave lectora, sé que me repito, pero ya decía André Gide que como nadie escucha hay que seguir diciendo lo mismo.
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