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jueves, 19 de marzo de 2026

Tres libros para tres Reyes (I): ‘Liberales reaccionarios’

Artículo en La Iberia, escrito por Esperanza Ruiz.


El Marqués de Tamarón llevaba un tiempo enfrascado en la tarea de «cazar» pensadores, escritores que encajaran en su definición. 

ESPERANZA RUIZ – 1 de Enero de 2026



Debo reconocer que cuando Santiago de Mora-Figueroa me habló por primera vez del concepto que da título a su último libro, levanté una ceja. El marqués de Tamarón llevaba un tiempo enfrascado en la tarea de «cazar» pensadores, escritores —¡personajes históricos!— que encajaran en su definición. Tenía ya una lista solvente encabezada por José Ortega y Gasset, arquetipo de la cosa.

«¡Tú misma eres liberal reaccionaria!» —me espetó por teléfono. Y eso sí que no. Una no es muy amiga de las etiquetas pero comparto el análisis de Adriano Erriguel en Blasfemar en el Templo (Ediciones Monóculo) cuando explica que el liberalismo moderno (especialmente su versión neoliberal dominante) y el conservadurismo tradicional no encajan sin tensiones serias. Para el autor mexicano el liberal-conservadurismo no es más que una construcción histórica contingente, una alianza pragmática que nace cuando ambos bloques se alían durante la Guerra Fría contra el comunismo.

Sin embargo dicha asociación fue más táctica que ideológica: no surgió de una síntesis coherente entre ambas filosofías, sino de una fusión circunstancialEn su opinión, el liberal conservadurismo es un «ensamblaje forzado» que intenta casar dos lógicas distintas sin resolver sus contradicciones esenciales. Éstas serían: la emancipación individual, el cambio constante, sin límites, basado en la expansión del mercado y la ruptura de tradiciones versus la preservación de lo permanente, lo cual requiere cotos  y contención frente al cambio.

Liberales reaccionarios

Por tanto, ¿pretende Tamarón provocar con semejante título? Pues, un poquito. Pero sobre todo, a don Santiago le gusta jugar. Y juega haciendo trampas, que es la única manera de divertirse jugando. Liberales reaccionarios comienza con una aclaración en la que el marqués ser sirve de los contornos de la definición del Diccionario de la Lengua Castellana de 1780 para arrimar el ascua liberal a su sardina. Lean, si no, la definición de la discordia: «Generoso, bizarro y que sin fin particular ni tocar en el extremo de prodigalidad, graciosamente da y socorre, no sólo a los menesterosos, sino á los que no lo son tanto, haciéndoles todo bien».

Sobre los reaccionarios (término que a lo largo del libro irá alternando y asimilando con el de «conservador» a conveniencia) nos explica que, en su origen, «era uno que no tenía ganas de que los revolucionarios franceses le cortaran la cabeza». Estas líneas bastan para aclarar que no estamos ante un tratado de filosofía política. Son, en todo caso, una promesa de disfrute que se cumplirá con creces al finalizar la lectura.

Aún así, a Tamarón no le acaban de caer bien del todo los reaccionarios y, a regañadientes y haciendo uso de su liberalidad, trae a uno de sus más ilustres, Gómez Dávila, para darles algo de crédito. El escritor colombiano dice que el reaccionario no escribe para convencer. Sino que meramente transmite a sus futuros cómplices el legajo de un pleito sagrado. El lector advertirá pronto que las categorías no están para fijar límites, sino para desplazarlos; y que Tamarón no clasifica tanto como invita a acompañarle en el recorrido.

El marqués de Tamarón, en ocasiones, se reconoce como uno de los liberales-reaccionarios a los que pone bajo la lupa pero, cuando no le conviene el asunto, hace mutis por el foro o, lo que es lo mismo, abandona el plural mayestático. Y eso nos hace toda la gracia. Porque, el último libro publicado del otrora director del Instituto Cervantes es ecléctico —«soberanamente ecléctico» como califica él a Schopenhauer— pero la nota común a todos los capítulos es el humor.  Cada texto del marqués está atravesado por una deliciosa y suave ironía. Ese eclecticismo, tan gozoso como deliberado, exige también un lector dispuesto a perder el hilo para ganar matices.

En esta obra ha reunido algunas entradas de su blog —él prefiere el castellano «bitácora»—, artículos publicados en Ideas, el suplemento cultural de La Gaceta, entrevistas que le han realizado, o cuestionarios que él ha propuesto a algunos personajes. A modo de ejemplo, dedica una sección a recopilar los libros más sobrevalorados y otros injustamente menospreciados según las opiniones de un buen puñado de amigos. A saber: Fernando Sánchez Dragó, Álvaro Delgado Gal, Amando de Miguel, Carmen Posadas, José María Beneyto, Inocencio Arias o nuestra añorada Julia Escobar.

No importa tanto que Santiago hable de san Jerónimo, Erasmo de Rotterdam, el rey Salomón o Wittgenstein, lo fundamental en Liberales Reaccionarios es la erudición con una inclinación maravillosa a la anécdota y a la sonrisa.

Santiago de Mora Figueroa escribe en el otoño de la varonil edad, como dice Baltasar Gracián, con plena lucidez, generosidad y con esa pasmosa ligereza de los hombres sabios que sabemos irrepetibles. Que reconocemos como representantes del fin de una época y por ello debemos prestarles máxima atención.

La obra ha sido autopublicada en Amazon por una razón de peso: don Santiago no quiere vérselas con editores que le sugieran adoptar moderneces de la RAE. No sólo ha conseguido así que su impecable gramática haya quedado a salvo de injerencias, sino que la maquetación del libro, en el que se reproducen fotografías y obras de arte que ilustran los textos, es inmejorable.

***

Gracias, querida Esperanza, una vez más, Nomen est omen. Da gusto comprobar que tu nombre es presagio de generosidad y prueba de que eres liberal y reaccionaria. 




jueves, 5 de octubre de 2023

Somos peores, por Esperanza Ruiz

 Leí anteayer este artículo que me llamó la atención por su fondo inusual y forma medida. Con el permiso de su autora lo publico en esta mi bitácora:

(El ensayo que aparece a continuación ha sido publicado el Martes 3 de Octubre en la Gaceta de la Iberosfera)

Somos peores 

        Señalaba Feijoo la semana pasada en las Cortes que Óscar Puente, diputado socialista y exalcalde de Valladolid, era peor que Gregorio Peces-Barba, expresidente, también socialista, del Congreso de los Diputados.

       Últimamente ando enfrascada en una recopilación de artículos de César González-Ruano (SND Editores). En el titulado La pobre vida española, publicado en ABC el 29 de abril de 1934, el periodista habla del momento español «tan ingrato, tan miserable, tan pazguato, y dado al éxito de toda causa mezquina y bárbara» que vive el pueblo. Cierto es que, con estos mimbres, tengo difícil tejer el cesto de la confrontación favorable a un pasado que, si bien no pretendo idealizar, sí quiero ponderar justamente. Pero verán, González-Ruano continúa su texto: «¡Ay, pobre y grande España…! Su peligro de muerte es lo que importa. Que una bala perdida nos entre en el corazón no es cosa que importa». Comparen el sentimiento del escritor, al que preocupa el destino de la nación más que el propio, con un Sánchez ensimismado en su proyecto personal y tratando de esquivar su bala a expensas del despiece del país.

       Óscar Puente es peor que Peces-Barba, Sánchez Castejón es peor que González-Ruano, Irene Montero es peor que Clara Campoamor —qué sé yo—, y yo soy peor que mi abuela.

          Somos peores. Hijos de nuestro tiempo, de un tiempo resultante de cincuenta años de demolición de trascendentales. Somos individuos débiles, rotos, regocijados en la miseria, acechados y doblegados por la inmundicia. También nietos de gentes que todavía conservaban dioses fuertes impresos en sus códigos. Elegimos ser peores porque costaba esfuerzo emularlos.

        Cada uno de nosotros es un jodido milagro. El resultado de personas que se quisieron, o de un accidente. El producto del amor de unos padres o de la indiferencia de unos amantes. Hijos de mujeres que no abortaron o bisnietos de un suertudo cuyo sistema inmunitario destruyó un bacilo, Gram negativo y cabrón, que arrasó todo un vecindario. Estamos aquí porque alguno de nuestros antepasados tuvo coraje o fortuna. Porque unos milicianos no lo encontraron o porque se conmutó su pena de ejecución a última hora. Porque un tío descubrió la penicilina por azar o porque unas monjas recogieron y alimentaron a un bebé que encontraron en un torno. Estamos aquí porque antes de que Él nos formara en el vientre de nuestra madre, ya nos conocía.

       No tenemos ningún derecho a ser peores. A no honrar con nuestra vida las de aquellos que se sacrificaron, que tuvieron hambre y heridas, que perdonaron lo imperdonable, que acariciaron con manos encallecidas por el trabajo de sol a sol, o que no tuvieron tiempo para pensar en sí mismos. Que daban su palabra como aval de su honor y conocían el valor de los compromisos.

       No tenemos ningún derecho a hacer el gañán como si el mundo debiera quedar fascinado por nuestro talento ni a desperdiciar nuestra existencia frente a la cámara de un móvil. A no hacer de nuestros días un tributo a la sangre, el sudor y las lágrimas de los que nos precedieron. No tenemos derecho a sucumbir frente a ideales de cartón piedra, hedonismo prefabricado y primario, consumo indiscriminado y apaciguador de todas nuestras ansiedades o «libertades» que resultan ser cárceles embrutecedoras.

         Escribía Ramón Gómez de la Serna en un libro sobre el Greco¹: «Voy a pintar las apariciones del cielo y a los hombres de la tierra, los caballeros orgullosos de su alma». Y Doménikos pintó el entierro del Conde de Orgaz, a san Pedro y san Pablo y al Caballero de la mano en el pecho. Captó que la esencia del español del siglo XVI y comienzos del XVII, de Cervantes y los hombres de Breda, no se hallaba en las riquezas o en la posición, ni en la belleza o en la vida expuesta a la masa acéfala sino en la íntima conciencia de que su valor residía en el revés positivo de la soberbia: la dignidad.

    Aquella que mantenían independientemente de la salud, el beneplácito de la chusma, las comodidades materiales o los pecados y vergüenzas. La integridad acompañaba a los hombres y mujeres de la historia que atraviesa España mientras no abandonasen las exigencias del alma.

        No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor pero sí que lo que vendrá será bueno sólo si dejamos de comprar estafas intelectuales que apelan al agostamiento moral, a la desidia mental y al sentimentalismo obsceno. Si cesamos de abalanzarnos en brazos de placeres facilones y de entregarnos a reconocimientos espurios. Si entendemos que la felicidad no es un derecho ni un objetivo y ponemos nuestro empeño, mejor, en la reciedumbre y en la dignidad. En aquello que es más grande que nosotros y nos libera. En ser individuos que podamos sostener la mirada al tipo del espejo. En estar orgullosos de nuestra alma.

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¹Artículo Orgullosos de su alma de Julián Marías en ABC (22/09/94)

ESPERANZA RUIZ
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.