Artículo en La Iberia, escrito por Esperanza Ruiz.
El Marqués de Tamarón llevaba un tiempo enfrascado en la tarea de «cazar» pensadores, escritores que encajaran en su definición.
ESPERANZA RUIZ – 1 de Enero de 2026
Debo reconocer que cuando Santiago de Mora-Figueroa
me habló por primera vez del concepto que da título a su último libro, levanté
una ceja. El marqués de Tamarón llevaba un tiempo enfrascado en la
tarea de «cazar» pensadores, escritores —¡personajes históricos!— que encajaran
en su definición. Tenía ya una lista solvente encabezada por José Ortega y
Gasset, arquetipo de la cosa.
«¡Tú misma eres liberal reaccionaria!» —me espetó por
teléfono. Y eso sí que no. Una no es muy amiga de las etiquetas pero comparto
el análisis de Adriano Erriguel en Blasfemar en el Templo (Ediciones
Monóculo) cuando explica que el liberalismo moderno (especialmente su versión
neoliberal dominante) y el conservadurismo tradicional no encajan sin
tensiones serias. Para el autor mexicano el liberal-conservadurismo no
es más que una construcción histórica contingente, una alianza
pragmática que nace cuando ambos bloques se alían durante la Guerra Fría contra
el comunismo.
Sin embargo dicha asociación fue más táctica que ideológica:
no surgió de una síntesis coherente entre ambas filosofías, sino de una fusión
circunstancial. En su opinión, el liberal conservadurismo es un
«ensamblaje forzado» que intenta casar dos lógicas distintas sin resolver sus
contradicciones esenciales. Éstas serían: la emancipación individual, el
cambio constante, sin límites, basado en la expansión del mercado y la ruptura
de tradiciones versus la preservación de lo permanente, lo cual requiere cotos
y contención frente al cambio.
Por tanto, ¿pretende Tamarón provocar con semejante
título? Pues, un poquito. Pero sobre todo, a don Santiago le gusta jugar. Y
juega haciendo trampas, que es la única manera de divertirse jugando. Liberales
reaccionarios comienza con una aclaración en la que el marqués ser
sirve de los contornos de la definición del Diccionario de la Lengua Castellana
de 1780 para arrimar el ascua liberal a su sardina. Lean, si no, la definición
de la discordia: «Generoso, bizarro y que sin fin particular ni tocar en el
extremo de prodigalidad, graciosamente da y socorre, no sólo a los
menesterosos, sino á los que no lo son tanto, haciéndoles todo bien».
Sobre los reaccionarios (término que a lo largo del libro
irá alternando y asimilando con el de «conservador» a conveniencia) nos explica
que, en su origen, «era uno que no tenía ganas de que los
revolucionarios franceses le cortaran la cabeza». Estas líneas bastan para
aclarar que no estamos ante un tratado de filosofía política. Son, en todo
caso, una promesa de disfrute que se cumplirá con creces al finalizar la
lectura.
Aún así, a Tamarón no le acaban de caer bien del todo los
reaccionarios y, a regañadientes y haciendo uso de su liberalidad, trae a uno
de sus más ilustres, Gómez Dávila, para darles algo de crédito. El escritor
colombiano dice que el reaccionario no escribe para convencer. Sino que
meramente transmite a sus futuros cómplices el legajo de un pleito
sagrado. El lector advertirá pronto que las categorías no están para
fijar límites, sino para desplazarlos; y que Tamarón no clasifica tanto
como invita a acompañarle en el recorrido.
El marqués de Tamarón, en ocasiones, se reconoce como uno de
los liberales-reaccionarios a los que pone bajo la lupa pero, cuando no le
conviene el asunto, hace mutis por el foro o, lo que es lo mismo, abandona el
plural mayestático. Y eso nos hace toda la gracia. Porque, el último
libro publicado del otrora director del Instituto Cervantes es ecléctico
—«soberanamente ecléctico» como califica él a Schopenhauer— pero la nota común
a todos los capítulos es el humor. Cada texto del marqués está
atravesado por una deliciosa y suave ironía. Ese eclecticismo, tan gozoso como
deliberado, exige también un lector dispuesto a perder el hilo para ganar
matices.
En esta obra ha reunido algunas entradas de su blog —él
prefiere el castellano «bitácora»—, artículos publicados en Ideas,
el suplemento cultural de La Gaceta, entrevistas que le han
realizado, o cuestionarios que él ha propuesto a algunos personajes. A modo de
ejemplo, dedica una sección a recopilar los libros más sobrevalorados y
otros injustamente menospreciados según las opiniones de un buen puñado de
amigos. A saber: Fernando Sánchez Dragó, Álvaro Delgado Gal, Amando de
Miguel, Carmen Posadas, José María Beneyto, Inocencio Arias o nuestra añorada
Julia Escobar.
No importa tanto que Santiago hable de san Jerónimo, Erasmo
de Rotterdam, el rey Salomón o Wittgenstein, lo fundamental en Liberales
Reaccionarios es la erudición con una inclinación maravillosa a la
anécdota y a la sonrisa.
Santiago de Mora Figueroa escribe en el otoño de la
varonil edad, como dice Baltasar Gracián, con plena lucidez, generosidad y con
esa pasmosa ligereza de los hombres sabios que sabemos irrepetibles.
Que reconocemos como representantes del fin de una época y por ello debemos
prestarles máxima atención.
La obra ha sido autopublicada en Amazon por una razón de
peso: don Santiago no quiere vérselas con editores que le sugieran adoptar
moderneces de la RAE. No sólo ha conseguido así que su impecable gramática haya
quedado a salvo de injerencias, sino que la maquetación del libro, en el que se
reproducen fotografías y obras de arte que ilustran los textos, es inmejorable.
***
Gracias, querida
Esperanza, una vez más, Nomen est omen. Da gusto comprobar que tu nombre
es presagio de generosidad y prueba de que eres liberal y reaccionaria.
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