La única tarea útil del lingüista sería azuzar a los catetos contra los cursis. Quiero decir que fuera de la erudición, en el terreno práctico, podrían los filólogos hacer una labor no por vulgar menos salutífera: explicar al pueblo supuestamente soberano que nunca en su historia ha tenido unas minorías dirigentes tan cursis como las de ahora. Y que lo único sensato es desobedecer a las tales minorías rectoras. No se trata de saltarse los semáforos o defraudar al fisco —eso es ya lo normal— sino de rechazar el habla ridícula pero insidiosa de publicitarios, políticos, periodistas y burócratas. No se olvide que quien domina el lenguaje domina la sociedad. Merece la pena, pues, resistir. Aunque sólo sea para retrasar el cumplimiento de la profecía de Flaubert: «Todo el sueño de la democracia consiste en elevar al proletario al nivel de estupidez del burgués. Dicho sueño está ya en parte alcanzado». La frase es de 1871; no estará de más ver hasta dónde se ha llegado, siglo y pico después, en la realización del democrático sueño de entontecimiento general. Se ha avanzado mucho, a juzgar por un breve muestreo de los más populares medios de comunicación, que a continuación resumo:
«Francia figura (para Burguiba) como su mater ego» (ABC, 15-11-87). Véase cómo el periodista, ansioso de redimir al proletariado ignorante, decide darle una lección de latín, pese a desconocer él mismo dicha lengua. Cree que es igual alma mater (madre nutricia, nombre dado en la época romana a las diosas Ceres y Venus, y en tiempos modernos a la Universidad, madre que alimenta espiritualmente a sus alumnos) que alter ego (otro yo, un segundo yo), da a luz al híbrido monstruoso mater ego y, si éste prospera en el habla común, habrá conseguido acercar el pueblo un poco más a la confusa pedantería del burgués moderno. Lo curioso es que otro artículo del mismo número del ABC habla de «Tomás Herranz, el jefe de cocina y alma mater de El Cenador del Prado»; este otro periodista o bien sabía latín de verdad y volvía la expresión alma mater a su original sentido alimenticio, o bien rizando el rizo de la metáfora hacía sonar la flauta por casualidad.
«El Ministro para las Administraciones Púbicas convocará las primeras elecciones en el ámbito de la Administración del Estado» (Ley 9/1987 del 12 de mayo, Boletín Oficial del Estado, 17-6-87). Más que lúbrica errata esto parece un freudiano acto fallido. Me explico. Hace ya años se impuso la moda de llamar relaciones públicas a cierto tipo de propaganda. La expresión venía del inglés, public relations. Algunos finolis siguen diciéndolo en inglés, y como no suelen saber inglés se les traba la lengua. Yo he oído a un señor decir que su hija se dedicaba a las pubic relations (y era verdad que se dedicaba a las relaciones púbicas, pero no públicas sino privadas, afortunadamente). Pues bien, es posible que por esta vía del gazapo el subconsciente del Estado, siempre deseoso de jorobar a los administrados, esté reconociendo sus turbias apetencias. Se comprende que para conseguirlo le convenga entontecernos.
Sí, se ha adelantado mucho en la realización del sueño democrático. Queda, no obstante, algún camino por recorrer. Todavía hay catetos que hablan español, que se expresan con sencillez y precisión, que no han ascendido a la categoría de cursis. Nuestros mentores querrán sin duda regenerarlos, reciclarlos que dirían ellos. Pero a estos grupos residuales no es fácil seducirlos a golpe de mater ego y otras finezas. Es posible, por ello, que los formadores de opinión empleen tácticas radicalmente nuevas. Una de ellas podría ser declarar de moda, rabiosamente de moda, viejas costumbres muy triviales y desconcertar así a los catetos. Cuando un jerifalte de la movida, tras saltar la tapia de un monasterio, se acerque a un cartujo cavando en su huerta y le diga, «lo tuyo sí que es un rollo cachondo», habrá desarmado al monje.
Tal parece ser la treta de Marie Claire 16, revista hecha por y para bogavantes de la moda. En su número de diciembre de 1987 publica una detallada guía de «Todo lo que haremos en 1988». Entre otras novedades glamurosas a punto de imponerse cita «acentuar nuestras curvas y conservar la piel muy blanca» (¿qué otra cosa habrán hecho de siempre las mujeres que no querían dejar de gustar a los hombres ni tener cáncer de piel?) y «cocinar con productos de calidad» (¿quién ha guisado jamás productos malos teniendo dinero para comprarlos buenos?). Pero también —ojo al lenguaje— pronostica la moda de «tratar de usted a camareros, taxistas y desconocidos» y la de «no decir tacos ni usar expresiones de jergas chelis». Es el colmo de la perfidia. Como me descuide me van a tomar ustedes por discípulo de Marie Claire. O sea, por cateto elevado al nivel de estupidez del burgués bogavante.
Hasta ahí, lo escrito y publicado en enero de 1988. Al disponerme en enero de 2006 a actualizar la descripción de algunos rasgos de la evolución lingüística de esta peculiar jerga politiquera y gacetillera, me encuentro con que hay pocas novedades importantes: las cosas van tranquilamente a peor con la misma mezcla de imprecisión y cursilería. La imprecisión semántica sigue siendo a veces interesada (no conviene ser explícitos, piensan muchos) y a veces producto de la pereza (no en vano el término vago quiere decir tanto holgazán como impreciso). La cursilería tan sólo ha aumentado durante estos veinte últimos años el número de los eufemismos políticamente correctos, no su ruindad intelectual y estética. No es este el momento de catalogar todas las novedades, pero sí cabe detenerse en dos que son buenos ejemplos y compendio de las tendencias señaladas.
Me refiero en primer lugar al uso como muletilla política del substantivo talante, sin adjetivo expreso pero sí el implícito de simpático, afable, tolerante. Ocurre, sin embargo, que talante tiene cuatro acepciones según el DRAE: «1. Modo o manera de ejecutar algo. 2. Semblante o disposición personal.3. Estado o calidad de algo. 4. Voluntad, deseo, gusto». Las cuatro acepciones son variadas, pero está claro que todas ellas requieren algún tipo de adjetivación. Las cosas se pueden ejecutar a derechas o torticeramente, el semblante puede ser hosco o amable, puede haber buena o mala voluntad y así sucesivamente. Hacía siglos que no se empleaba talante a secas, como se desprende de la minuciosa y amena disquisición que Corominas y Pascual hacen en su Diccionario Etimológico de dicho término y de su primo el talento (el DRAE en cambio no cree que sean primos, pues atribuye ascendencia arábiga a talante y griega a talento, pero esa es otra historia, que quizá explique la Alianza de Civilizaciones). Hay más, y sonroja revelarlo: donde sí aparecía talante como término no necesitado de adjetivo, de puro explícito que resulta, era, mucho antes, en el vocabulario español-latino de Nebrija, que en esencia recoge el castellano de finales de la Edad Media, cuando talante quería decir cachondez (líbido) y talantoso era salido (voluptuosus). Puestos a resucitar palabras para aplicarlas elogiosamente a un prócer que se declara «defensor de las mujeres», podían haber escogido algo más morigerado. Hubiera bastado con seguir imitando a José Antonio Primo de Rivera y a José Luis López Aranguren, que, como nos recuerda don Amando de Miguel, son los últimos que pusieron de moda esa voz, pero debidamente adjetivada para evitar malentendidos rijosos.
Mas no se crea que la degradación de la lengua a través de la imprecisión y la cursilería es falta exclusiva de los pedantes. Aunque con menos frecuencia, a veces algunas gentes sencillas nos sorprenden mostrándonos cómo han alcanzado el nivel de estupidez del burgués, que decía Flaubert. Recuérdese un ejemplo del pasado otoño, un ejemplo de verdad tragicómico y muy revelador. Cientos de inmigrantes ilegales irrumpieron por la fuerza en Ceuta y Melilla. Los poderes públicos destacaron a la frontera fuerzas militares, se supone que para hacer respetar la soberanía territorial española. Muchos extranjeros siguieron entrando en España por la fuerza. Una “dama legionaria” (sic) de la guarnición de Melilla, armada de una porra y fusil con prohibición de usarlo (y sin munición, según se dijo) declaró a una periodista que, por cierto, aprobaba su comportamiento (ABC 4-10-05): «¿Que qué hice yo?... Ver como actuaban los compañeros, pero no he pegado a ninguno porque me daba cosa...» (la cursiva es mía, la cursilería es de la dama legionaria). ¿Qué pensará Millán Astray desde el Valhalla? En su época no había damas legionarias en el Tercio, pero las cantineras y cicatriceras tenían bastantes más arrestos; las milicianas del Frente Popular también. Y en cuanto a su querida Celia Gámez, carecía, que se sepa, de mayores melindres. Claro que ninguna de ellas tenía un mando político que decía que «prefiero que me maten a matar». ¿Y que pensará el Obispo don Opas, desde el Infierno ahora que el Papa acaba de declarar que el Limbo no existe? A ése sí le gustará ver que a los españoles vuelve a darles cosa.
No es de extrañar que en el extranjero se comente ese darnos cosa generalizado, o al menos ministerializado a través de las peculiares Reglas de Enfrentamiento dictadas a nuestras tropas. «Si, al igual que el contingente español de la Otan ahora desplegado [en el Afganistán], los británicos salen pocas veces de su campamento, no les pasarán muchas cosas desagradables [...]. Eso que Alemania o España o Italia llama sus soldados son, en el campo de batalla, hombres fingiendo que realizan tareas de soldados sin más convicción que el coro de la Royal Opera disfrazado de uniforme para el primer acto de Carmen», acaba de decir Max Hastings (The Spectator, 4-2-06).
Y es que las palabras no carecen de consecuencias, ni los usos lingüísticos dejan de revelar cobardías, ambigüedades y sandeces muy hondas, y a veces muy peligrosas. Sobre todo cuando ya casi no hay catetos sino sólo cursis, tan incapaces de hablar claro como de defenderse.
Posdata de 2012.
Las tendencias patológicas se han acelerado últimamente. Anteayer, Miércoles 11 de Abril, me desayuné con la portada del ABC donde un hombre culto, al que respeto, decía "Nunca he escuchado al BCE hablar de intervenir España". Don Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Gobernador del Banco de España, se pasaba a la mayoría juvenil y semialfabetizada de los españoles que confunden oír con escuchar. Sin quererlo y sin creerlo, supongo, este señor muy respetable y bastante sensato está diciendo que el Banco Central Europeo habla de intervenir a España pero que él, como Gobernador del Banco de España, púdicamente hace oídos sordos. Ya ni merece la pena señalar esa confusión que empobrece nuestra lengua y la vuelve confusa. Pronto también se usará siempre ver por mirar, y visionar y visualizar por ver. Pero la novedad más notable de este último lustro y también la menos penosa y más divertida es la irresistible atracción que la letra equis ejerce sobre un pueblo, el español, que nunca supo pronunciarla. La moda más rabiosa y ya extendida por todas las clases sociales y no solamente entre burgueses cursis, es hablar con una mezcla extraña de orgullo y resignación de "mi ex". Naturalmente todos lo pronuncian "mi es", convirtiendo en un tiempo verbal presente lo que en esencia es un prefijo que denota un pretérito más o menos opresivo. Y luego los progres hablan todo el tiempo de praxis en vez de práctica, por aquello del abolengo marxista de tal palabra, mientras que los capitalistas se refieren con temblores en la voz a las catástrofes del IBEX 35 (y parecen decir "y ves 35", como en una borrachera siniestra).
Claro que el paroxismo quiásmico empezó ya hace medio siglo o más con los pasos elevados que se hicieron en Madrid recibiendo en el habla popular de los tasistas y sus usuarios más distinguidos el nombre de un juguete impronunciable: Scalextric. Todo el mundo lo llamó escalestris, salvo los andaluces que lo llamábamos ehcaletri.
En fin, otro día seguiré con la Insobornable Contemporaneidaz de la equis.
(La primera parte de este artículo apareció en el ABC del 16 de Enero de 1988 y fue recogido en el libro El Guirigay Nacional (1988). Con su primer añadido, volvió a aparecer en el libro El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
viernes, 13 de abril de 2012
lunes, 2 de abril de 2012
Sigue la impunidad de los canallas
Triste año este, cuando no se puede esperar al 25 de Julio para impetrar a Santiago, Hijo del Trueno, que fulmine a los hideputas que incendian los bosques de su tierra gallega. No, hay tantos hideputas sueltos por toda España que incluso –y sobre todo– arde el Noroeste y el litoral cantábrico apenas comenzada la Primavera, y el Domingo de Ramos se convierte en una sacrílega humareda que arrasa el pasado pagano de nuestros bosques atlánticos, tan sagrado como el pasado y el presente cristianos. Y se sabe que los incendios son provocados, y nadie duda que si capturan, juzgan y condenan a los criminales permanecerán muy poco tiempo en la cárcel. Y todo se vuelve suspiros bellacos de cobardes o de cómplices susurrando “es que en España todo sale gratis”.
Por supuesto, sigue sin saberse cuántos de los incendiarios condenados por fuegos del año pasado están aún en la cárcel. Es probable que ninguno y que por eso las diversas autoridades centrales y de las taifas no quieran revelar cifras. Me permito, pues, reproducir dos textos ya publicados en esta bitácora en Julio del 2009 y del 2010.
Y agradezco de nuevo a Antonio Mingote que me autorizara personalmente en 2009 a reproducir su viñeta en esta bitácora, y le ruego a Santiago que como recompensa al buen corazón y buena mano de Antonio Mingote, Marqués de Daroca, se ocupe de que se restablezca pronto de su dolencia.
La impunidad de los canallas
Por el Marqués de Tamarón
29 de Julio de 2009
Arde España, como cada verano. Y, como siempre, nadie hace – por distracción, por estupidez, por cobardía o por conveniencia política – a los poderes públicos nacionales, autonómicos o locales, la pregunta que salta a la mente de cualquiera: ¿cuántos de los autores de los incendios del verano pasado – casi todos provocados – están ahora mismo en la cárcel? Mientras salga gratis ese delito, como salen gratis en España otros delitos igual de atroces o más, seguirán produciéndose. A los canallas les da mucho gusto destruir lo que con razón ven como algo superior a ellos mismos.
El hecho es que hay motivos para sospechar que nadie sigue en la cárcel (y muy pocos entraron en ella) por prender fuego al monte, causen o no muertes y graves daños a la economía y a la naturaleza. Al menos yo no he conseguido obtener esa información, y llevo años pidiéndola a múltiples instancias oficiales.
En estos últimos días han aparecido dos excelentes estudios sobre este asunto.
WWF/Adena ha publicado el Incendiómetro 2009
Greenpeace también acaba de publicar Incendios forestales ¿El fin de la impunidad?
Recomiendo vivamente la lectura de ambos informes, y quizá alguien encuentre en ellos el dato que yo no he logrado ver: ¿cuántos de los condenados por el delito de prender fuego al monte cumplen su condena en la cárcel? ¿cuántos hay hoy en la cárcel por el daño inmenso que causaron en el verano pasado? Y no hablemos de los incendios dolosos o por negligencia que han causado tantos muertos en años pasados y en el presente verano. Da igual, eso también sale gratis en España. La verdad es que mi único consuelo en estos días ha sido que anteayer lunes 27 de julio de 2009 el diario ABC y el diario El País coincidieron gracias a la pluma de dos de los mejores dibujantes de España, Antonio Mingote y El Roto, en el tema de dos viñetas amargas y clarividentes que me permito reproducir a continuación. Quizá bien mirado no todos los españoles estamos de acuerdo con la impunidad de los canallas.
Antonio Mingote en ABC, Lunes 27/7/2009
El Roto en El País, Lunes 27/7/2009
Otra falacia patética
Una de las falacias más repetidas es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita -auténtica falacia patética, que diría Ruskin- cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo».
Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción: los vecinos se sonríen ante el atropello, el juez se encoge de hombros, el Ayuntamiento se inhibe, los Gobiernos callan o fingen. Es la más sincera de las connivencias. «Vaya usted a saber quién lo hizo, sería muy difícil probarlo, además el bosque era muy viejo, y ya es hora de que esto beneficie a las personas y no sólo a los pajaritos». Y suspiran satisfechos los especuladores urbanos, tratantes de madera quemada, cazadores furtivos, extorsionistas, camellos de la droga, piariegos y retenes renegados.
El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso -creo recordar que en La Codorniz- convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa.
Huelga decir que esa bellaquería en particular no es ya políticamente correcta. Pero otras sí, pues casi todo es turbio en ciertas actitudes sociales. Ni siquiera los delincuentes, que deberían ser fieles a su imagen social de dechado de lógica -lógica egoísta y amoral, pero lógica al fin- son tal cosa cuando se dedican a destruir la Naturaleza. Rara vez actúan con la frialdad de un delincuente puramente racional, como por ejemplo un monedero falso. Éste tan sólo busca el estricto provecho económico, mientras que el incendiario, con independencia del posible lucro, suele disfrutar haciendo daño. Diríase que en ese terreno hay tanto o más odio que codicia. A veces cabe preguntarse si ciertos vertidos tóxicos o incendios no tendrán más en común con los crímenes de los violadores que con los de malhechores supuestamente racionales como los ladrones. Después de todo es de suponer que el sueño de quien aspira a hacer el mal perfecto es mancillar a su madre y luego matarla, y eso es, en exacta metáfora, lo que hacen miles de autores de delitos ecológicos al año, sobre todo en verano. Si tan sólo buscasen el lucro, es probable que escogieran otros delitos más rentables y que causan menos dolor innecesario.
Lo más triste, sin embargo, es que lo turbio de las motivaciones de los delincuentes parece desdibujar las propias reacciones de la opinión pública, de las autoridades y de los periodistas. No conozco otro ámbito donde haya menos ideas claras y menos acciones decididas. Abunda, eso sí, la palabrería. Todas las fuerzas políticas coinciden en sus ansias retóricas de «preservar el medio ambiente» (artículo 38 de la Constitución de 1978), pero ninguna muestra respeto siquiera por su propio nombre; se conoce que no va con ellas lo de nomen est omen. Los socialistas valoran muy poco en la práctica el primer bien social, que es la Naturaleza. A los conservadores no les interesa mucho conservar esta vieja piel de toro, tan llena de mataduras. Los verdes, absortos en la izquierda unida, tienen mucho más de izquierdistas que de verdes. Y los llamados ecologistas nunca se manifiestan cuando el desastre ecológico ocurre donde gobiernan las izquierdas.
Prueba de lo que antecede es la anarquía urbanística en casi todos los municipios españoles. Sea cual sea su militancia política, el sueño megalómano de un alcalde es benidormizar entero su término municipal, edificarlo del uno al otro confín. Yerran quienes atribuyen el anhelo a un afán de beneficio personal. Por lo común no se trata de cohecho sino de una fe pétrea en el progreso, entendido éste como un aumento acelerado del casco urbano y del número de automóviles en circulación.
Contra creencia tan firme no hay leyes que valgan, y menos en un país latino, donde la tradición es legislar profusamente pero sin luego aplicar las normas con demasiado rigor. A veces, sin embargo, triunfan paradójicos escrúpulos y ocurre, por ejemplo, que se paraliza la declaración de tal Parque Nacional para no verse obligados a entorpecer los negocios de la construcción ni sufrir la consiguiente pérdida de votos.
Quizá por el mismo prurito oficial de discreción -acaso para evitar la llamada alarma social- no sea posible averiguar cuántos están en la cárcel tras los incendios, casi todos provocados, de 180.000 hectáreas forestales en toda España durante el pasado año 2005, o por cualquier otro delito ecológico (se dice oficiosamente que nadie está en prisión por un quítame allá esas pajas, aun ardientes). Pero cuesta creer que haya voluntad oficial de sigilo, pues los poderes públicos no pueden ignorar el auténtico sentir popular ante todos estos abusos y delitos: la sonrisa suficiente. Como mucho, los políticos evitarán en lo sucesivo reconocer las amplias complicidades del pueblo soberano con los incendiarios, después del revuelo causado en agosto pasado por la franqueza de la ministra de Medio Ambiente al admitir que existía «tolerancia social» en Galicia y en el resto de España, que impedía la identificación de los culpables.
A la tolerancia podía haber añadido la desidia. Mientras escribo estas líneas y para no perder el sentido de la realidad más humilde, tengo a mi lado una bolsa de carbón vegetal para barbacoas hecho en el Paraguay y comprado esta primavera en unos grandes almacenes madrileños. O sea, que mientras ardían los montes españoles porque nadie era capaz de atajar el fuego, ya que el sotobosque no se mantiene limpio desde que desapareció el piconeo, estábamos importando picón de una selva situada a diez mil kilómetros de distancia.
Y es que aquí, como en otros asuntos nacionales, el problema no está tanto en el Gobierno o los Gobiernos de la nación cuanto en la nación del Gobierno. Un pueblo que no cree en él mismo -en su historia ni en su naturaleza- mal puede exigir fe y voluntad a sus Gobiernos. Y éstos -unos más que otros, es cierto- tendrán la perpetua tentación de zanjar los problemas «como sea». Es decir, sin resolverlos.
Este artículo apareció en el ABC el 25 de Mayo de 2006 y en esta bitácora el 23 de Octubre de 2008 y el 25 de Julio del 2010.
Sí, suave lector, e incluso suave lectora, sé que me repito, pero ya decía André Gide que como nadie escucha hay que seguir diciendo lo mismo.
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Por supuesto, sigue sin saberse cuántos de los incendiarios condenados por fuegos del año pasado están aún en la cárcel. Es probable que ninguno y que por eso las diversas autoridades centrales y de las taifas no quieran revelar cifras. Me permito, pues, reproducir dos textos ya publicados en esta bitácora en Julio del 2009 y del 2010.
Y agradezco de nuevo a Antonio Mingote que me autorizara personalmente en 2009 a reproducir su viñeta en esta bitácora, y le ruego a Santiago que como recompensa al buen corazón y buena mano de Antonio Mingote, Marqués de Daroca, se ocupe de que se restablezca pronto de su dolencia.
La impunidad de los canallas
Por el Marqués de Tamarón
29 de Julio de 2009
Arde España, como cada verano. Y, como siempre, nadie hace – por distracción, por estupidez, por cobardía o por conveniencia política – a los poderes públicos nacionales, autonómicos o locales, la pregunta que salta a la mente de cualquiera: ¿cuántos de los autores de los incendios del verano pasado – casi todos provocados – están ahora mismo en la cárcel? Mientras salga gratis ese delito, como salen gratis en España otros delitos igual de atroces o más, seguirán produciéndose. A los canallas les da mucho gusto destruir lo que con razón ven como algo superior a ellos mismos.
El hecho es que hay motivos para sospechar que nadie sigue en la cárcel (y muy pocos entraron en ella) por prender fuego al monte, causen o no muertes y graves daños a la economía y a la naturaleza. Al menos yo no he conseguido obtener esa información, y llevo años pidiéndola a múltiples instancias oficiales.
En estos últimos días han aparecido dos excelentes estudios sobre este asunto.
WWF/Adena ha publicado el Incendiómetro 2009
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Recomiendo vivamente la lectura de ambos informes, y quizá alguien encuentre en ellos el dato que yo no he logrado ver: ¿cuántos de los condenados por el delito de prender fuego al monte cumplen su condena en la cárcel? ¿cuántos hay hoy en la cárcel por el daño inmenso que causaron en el verano pasado? Y no hablemos de los incendios dolosos o por negligencia que han causado tantos muertos en años pasados y en el presente verano. Da igual, eso también sale gratis en España. La verdad es que mi único consuelo en estos días ha sido que anteayer lunes 27 de julio de 2009 el diario ABC y el diario El País coincidieron gracias a la pluma de dos de los mejores dibujantes de España, Antonio Mingote y El Roto, en el tema de dos viñetas amargas y clarividentes que me permito reproducir a continuación. Quizá bien mirado no todos los españoles estamos de acuerdo con la impunidad de los canallas.
Antonio Mingote en ABC, Lunes 27/7/2009
El Roto en El País, Lunes 27/7/2009
Otra falacia patética
Una de las falacias más repetidas es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita -auténtica falacia patética, que diría Ruskin- cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo».
Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción: los vecinos se sonríen ante el atropello, el juez se encoge de hombros, el Ayuntamiento se inhibe, los Gobiernos callan o fingen. Es la más sincera de las connivencias. «Vaya usted a saber quién lo hizo, sería muy difícil probarlo, además el bosque era muy viejo, y ya es hora de que esto beneficie a las personas y no sólo a los pajaritos». Y suspiran satisfechos los especuladores urbanos, tratantes de madera quemada, cazadores furtivos, extorsionistas, camellos de la droga, piariegos y retenes renegados.
El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso -creo recordar que en La Codorniz- convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa.
Huelga decir que esa bellaquería en particular no es ya políticamente correcta. Pero otras sí, pues casi todo es turbio en ciertas actitudes sociales. Ni siquiera los delincuentes, que deberían ser fieles a su imagen social de dechado de lógica -lógica egoísta y amoral, pero lógica al fin- son tal cosa cuando se dedican a destruir la Naturaleza. Rara vez actúan con la frialdad de un delincuente puramente racional, como por ejemplo un monedero falso. Éste tan sólo busca el estricto provecho económico, mientras que el incendiario, con independencia del posible lucro, suele disfrutar haciendo daño. Diríase que en ese terreno hay tanto o más odio que codicia. A veces cabe preguntarse si ciertos vertidos tóxicos o incendios no tendrán más en común con los crímenes de los violadores que con los de malhechores supuestamente racionales como los ladrones. Después de todo es de suponer que el sueño de quien aspira a hacer el mal perfecto es mancillar a su madre y luego matarla, y eso es, en exacta metáfora, lo que hacen miles de autores de delitos ecológicos al año, sobre todo en verano. Si tan sólo buscasen el lucro, es probable que escogieran otros delitos más rentables y que causan menos dolor innecesario.
Lo más triste, sin embargo, es que lo turbio de las motivaciones de los delincuentes parece desdibujar las propias reacciones de la opinión pública, de las autoridades y de los periodistas. No conozco otro ámbito donde haya menos ideas claras y menos acciones decididas. Abunda, eso sí, la palabrería. Todas las fuerzas políticas coinciden en sus ansias retóricas de «preservar el medio ambiente» (artículo 38 de la Constitución de 1978), pero ninguna muestra respeto siquiera por su propio nombre; se conoce que no va con ellas lo de nomen est omen. Los socialistas valoran muy poco en la práctica el primer bien social, que es la Naturaleza. A los conservadores no les interesa mucho conservar esta vieja piel de toro, tan llena de mataduras. Los verdes, absortos en la izquierda unida, tienen mucho más de izquierdistas que de verdes. Y los llamados ecologistas nunca se manifiestan cuando el desastre ecológico ocurre donde gobiernan las izquierdas.
Prueba de lo que antecede es la anarquía urbanística en casi todos los municipios españoles. Sea cual sea su militancia política, el sueño megalómano de un alcalde es benidormizar entero su término municipal, edificarlo del uno al otro confín. Yerran quienes atribuyen el anhelo a un afán de beneficio personal. Por lo común no se trata de cohecho sino de una fe pétrea en el progreso, entendido éste como un aumento acelerado del casco urbano y del número de automóviles en circulación.
Contra creencia tan firme no hay leyes que valgan, y menos en un país latino, donde la tradición es legislar profusamente pero sin luego aplicar las normas con demasiado rigor. A veces, sin embargo, triunfan paradójicos escrúpulos y ocurre, por ejemplo, que se paraliza la declaración de tal Parque Nacional para no verse obligados a entorpecer los negocios de la construcción ni sufrir la consiguiente pérdida de votos.
Quizá por el mismo prurito oficial de discreción -acaso para evitar la llamada alarma social- no sea posible averiguar cuántos están en la cárcel tras los incendios, casi todos provocados, de 180.000 hectáreas forestales en toda España durante el pasado año 2005, o por cualquier otro delito ecológico (se dice oficiosamente que nadie está en prisión por un quítame allá esas pajas, aun ardientes). Pero cuesta creer que haya voluntad oficial de sigilo, pues los poderes públicos no pueden ignorar el auténtico sentir popular ante todos estos abusos y delitos: la sonrisa suficiente. Como mucho, los políticos evitarán en lo sucesivo reconocer las amplias complicidades del pueblo soberano con los incendiarios, después del revuelo causado en agosto pasado por la franqueza de la ministra de Medio Ambiente al admitir que existía «tolerancia social» en Galicia y en el resto de España, que impedía la identificación de los culpables.
A la tolerancia podía haber añadido la desidia. Mientras escribo estas líneas y para no perder el sentido de la realidad más humilde, tengo a mi lado una bolsa de carbón vegetal para barbacoas hecho en el Paraguay y comprado esta primavera en unos grandes almacenes madrileños. O sea, que mientras ardían los montes españoles porque nadie era capaz de atajar el fuego, ya que el sotobosque no se mantiene limpio desde que desapareció el piconeo, estábamos importando picón de una selva situada a diez mil kilómetros de distancia.
Y es que aquí, como en otros asuntos nacionales, el problema no está tanto en el Gobierno o los Gobiernos de la nación cuanto en la nación del Gobierno. Un pueblo que no cree en él mismo -en su historia ni en su naturaleza- mal puede exigir fe y voluntad a sus Gobiernos. Y éstos -unos más que otros, es cierto- tendrán la perpetua tentación de zanjar los problemas «como sea». Es decir, sin resolverlos.
El Marqués de Tamarón
Este artículo apareció en el ABC el 25 de Mayo de 2006 y en esta bitácora el 23 de Octubre de 2008 y el 25 de Julio del 2010.
Sí, suave lector, e incluso suave lectora, sé que me repito, pero ya decía André Gide que como nadie escucha hay que seguir diciendo lo mismo.
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viernes, 23 de marzo de 2012
Concisión o silencio
«¿Quieres saber quién soy? Fui. ¿Preguntas qué hago? Me pudro» (Scire quis sim cupis? Fui. Quid agam requiris? Tabesco). Así dice, brutal y elegante, uno de los mejores epitafios barrocos. Lo cito ahora para volver a la cuestión, ya otro día abordada, de la elegancia en el sentido científico de la palabra: economía de medios en una formulación. Como se vio, esta clase de elegancia, pulcra y concisa, es aplicable al lenguaje y compatible con el desgarro de algunas pintadas, con la ambigüedad de ciertos lemas heráldicos y aun con la grosería. Y tal como muestra el epitafio arriba citado, la sobria elegancia de expresión puede también compaginarse con lo macabro. El latigazo final —Me pudro— repele y a la vez maravilla con su garbo atroz.
Tampoco el tosco donaire excluye la elegancia lacónica. Se cuenta que determinado diplomático, expedientado y sancionado por el ministro, le envió cuando éste perdió la poltrona política de mala manera un telegrama cuyo texto íntegro era Ja, ja, ja, seguido de la firma. Ese telegrama me parece un modelo de elegancia, por burdo que fuese el sarcasmo. A veces el estilo telegráfico es piedra filosofal que transmuta la sal gorda en sal ática.
La elegancia a que nos referimos puede acompañar y dar forma apodíctica a casi todo: a la grandeza iluminada (En el principio era el Verbo), al ímpetu revolucionario (Los trabajadores no tienen nada que perder más que las cadenas), a la impasibilidad aburrida (Doctor Livingstone, I presume?, preguntó Stanley, a cientos de kilómetros de cualquier otro blanco), a la vulgaridad publicitaria (Es cosa de hombres, se anuncia un coñac) e incluso a la cursilería (Poesía eres tú), aunque reconozco que este último ejemplo es un poco fuerte y cabe rechazarlo.
Tan sólo con tres cosas no se compadece la elegancia lapidaria: con la verbosidad, la imprecisión y la memez. En todo caso habrá una identificación en un concepto medianamente progresista de las intervenciones profesionales en una sociedad de futuro, pero no más, contestó el presidente del Consejo de Aparejadores cuando le preguntaron si los de su profesión apoyaban al PSOE (Ya, 16-2-87). Lo menos que puede decirse de tal frase es que no es elegante. Pero en descargo de su autor habrá que añadir que casi todo cuanto se lee en los periódicos o se escucha en la radio y la televisión está igual de reñido con la elegancia culta o popular. Y sin embargo ésta, insisto, pervive en los sitios más insospechados. Aflora de vez en cuando en piropos insólitos (¡Olé ahí qué vieja tan guapa!, le dijeron en Jerez a una amiga mía, y se le saltaron las lágrimas) o en estereotipos surrealistas (disfrutó como una cerda en una charca) y suelen estos hallazgos populares tener un toque mágico común con la elegancia de otros productos más elaborados, como el decimocuarto verso, perfecto, definitivo, de ciertos sonetos.
A menudo me he preguntado en qué radica la gracia elegante de estos versos últimos. El brillante soneto de Lope de Vega sobre Varios efectos del amor tiene trece versos de apretado catálogo, irónico y tierno, donde ni uno solo de los síntomas del enamoramiento falta. Y un decimocuarto verso, final, en que el autor, habiendo acostumbrado ya al lector al ritmo del galope, al alegre desfile nervioso de infinitivos y adjetivos, lo sorprende con quiebro y cabriola: Esto es amor. Quien lo probó lo sabe. Tras la sorpresa deliciosa, uno lee y relee este verso y comprende que tenía que ser así, que por fuerza eran éstas y así ordenadas las palabras que habían de cerrar el soneto. El lector tiene una sensación contradictoria de sorpresa e inevitabilidad. Comprende que se podría pasar la vida intentando mejorar esta expresión y no lo conseguiría, como nunca lograría mejorar el teorema de Pitágoras. a2 + b2 = c2 no es una ecuación perfectible; tampoco lo es aquella serie de ocho palabras vulgares y corrientes tal como las dispuso Lope. Ambas formulaciones son perfectas, luego elegantes.
Otro tanto podría decirse de los versos finales en ciertos sonetos de Garcilaso (A quien fuera mejor nunca haber visto), Quevedo (Polvo serán, mas polvo enamorado) o Bocángel (¿Quién puede amar seguro en su firmeza?). Pero hay que reconocer que la forma completa del soneto es en sí tan concisa y perfecta que resulta en general imprescindible contemplarlo entero para apreciarlo, o releer al menos el último terceto. En los de Shakespeare los dos últimos versos, consonantes, suelen ser broche con luz propia, hecho de palabras sencillas que el genio hace brillar y sorprender. Cuando tras ensalzar al ser amado se erige en garante de lo imperecedero de su belleza, terminando So long as men can breathe, or eyes can see / So long lives this, and this gives life to thee, no sabe uno qué admirar más, si su orgullo de poeta o la elegancia de su concisión.
Pero acaso la última palabra en elegancia y también en orgullo no sea nada de esto. Tal vez haya que dejársela a Vigny, o mejor dicho al lobo que muere, estoico, en su poema. Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse. Sí, quizá sólo el silencio es grande, debilidad el resto.
A propósito de esta curiosa inevitabilidad de ciertos sonetos y la concisión lapidaria de sus finales, me recuerda don Luis Jessen un admirable terceto último de Garcilaso de la Vega, que culmina con un verso final de rara perfección sencilla:
De su antología de sonetos del siglo de oro español, don Antonio Elías entresaca y me regala estos versos:
ÚLTIMOS VERSOS
DÍSTICOS FINALES
TERCETOS FINALES
ESTROFAS O VERSOS AFORÍSTICOS NO FINALES
(Este artículo apareció en el ABC del 23 de Mayo de 1987 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
Enlaces relacionados:
Ánima clara
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
Tampoco el tosco donaire excluye la elegancia lacónica. Se cuenta que determinado diplomático, expedientado y sancionado por el ministro, le envió cuando éste perdió la poltrona política de mala manera un telegrama cuyo texto íntegro era Ja, ja, ja, seguido de la firma. Ese telegrama me parece un modelo de elegancia, por burdo que fuese el sarcasmo. A veces el estilo telegráfico es piedra filosofal que transmuta la sal gorda en sal ática.
La elegancia a que nos referimos puede acompañar y dar forma apodíctica a casi todo: a la grandeza iluminada (En el principio era el Verbo), al ímpetu revolucionario (Los trabajadores no tienen nada que perder más que las cadenas), a la impasibilidad aburrida (Doctor Livingstone, I presume?, preguntó Stanley, a cientos de kilómetros de cualquier otro blanco), a la vulgaridad publicitaria (Es cosa de hombres, se anuncia un coñac) e incluso a la cursilería (Poesía eres tú), aunque reconozco que este último ejemplo es un poco fuerte y cabe rechazarlo.
Tan sólo con tres cosas no se compadece la elegancia lapidaria: con la verbosidad, la imprecisión y la memez. En todo caso habrá una identificación en un concepto medianamente progresista de las intervenciones profesionales en una sociedad de futuro, pero no más, contestó el presidente del Consejo de Aparejadores cuando le preguntaron si los de su profesión apoyaban al PSOE (Ya, 16-2-87). Lo menos que puede decirse de tal frase es que no es elegante. Pero en descargo de su autor habrá que añadir que casi todo cuanto se lee en los periódicos o se escucha en la radio y la televisión está igual de reñido con la elegancia culta o popular. Y sin embargo ésta, insisto, pervive en los sitios más insospechados. Aflora de vez en cuando en piropos insólitos (¡Olé ahí qué vieja tan guapa!, le dijeron en Jerez a una amiga mía, y se le saltaron las lágrimas) o en estereotipos surrealistas (disfrutó como una cerda en una charca) y suelen estos hallazgos populares tener un toque mágico común con la elegancia de otros productos más elaborados, como el decimocuarto verso, perfecto, definitivo, de ciertos sonetos.
A menudo me he preguntado en qué radica la gracia elegante de estos versos últimos. El brillante soneto de Lope de Vega sobre Varios efectos del amor tiene trece versos de apretado catálogo, irónico y tierno, donde ni uno solo de los síntomas del enamoramiento falta. Y un decimocuarto verso, final, en que el autor, habiendo acostumbrado ya al lector al ritmo del galope, al alegre desfile nervioso de infinitivos y adjetivos, lo sorprende con quiebro y cabriola: Esto es amor. Quien lo probó lo sabe. Tras la sorpresa deliciosa, uno lee y relee este verso y comprende que tenía que ser así, que por fuerza eran éstas y así ordenadas las palabras que habían de cerrar el soneto. El lector tiene una sensación contradictoria de sorpresa e inevitabilidad. Comprende que se podría pasar la vida intentando mejorar esta expresión y no lo conseguiría, como nunca lograría mejorar el teorema de Pitágoras. a2 + b2 = c2 no es una ecuación perfectible; tampoco lo es aquella serie de ocho palabras vulgares y corrientes tal como las dispuso Lope. Ambas formulaciones son perfectas, luego elegantes.
Otro tanto podría decirse de los versos finales en ciertos sonetos de Garcilaso (A quien fuera mejor nunca haber visto), Quevedo (Polvo serán, mas polvo enamorado) o Bocángel (¿Quién puede amar seguro en su firmeza?). Pero hay que reconocer que la forma completa del soneto es en sí tan concisa y perfecta que resulta en general imprescindible contemplarlo entero para apreciarlo, o releer al menos el último terceto. En los de Shakespeare los dos últimos versos, consonantes, suelen ser broche con luz propia, hecho de palabras sencillas que el genio hace brillar y sorprender. Cuando tras ensalzar al ser amado se erige en garante de lo imperecedero de su belleza, terminando So long as men can breathe, or eyes can see / So long lives this, and this gives life to thee, no sabe uno qué admirar más, si su orgullo de poeta o la elegancia de su concisión.
Pero acaso la última palabra en elegancia y también en orgullo no sea nada de esto. Tal vez haya que dejársela a Vigny, o mejor dicho al lobo que muere, estoico, en su poema. Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse. Sí, quizá sólo el silencio es grande, debilidad el resto.
***
A propósito de esta curiosa inevitabilidad de ciertos sonetos y la concisión lapidaria de sus finales, me recuerda don Luis Jessen un admirable terceto último de Garcilaso de la Vega, que culmina con un verso final de rara perfección sencilla:
Sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.
De su antología de sonetos del siglo de oro español, don Antonio Elías entresaca y me regala estos versos:
ÚLTIMOS VERSOS
Más quiero estar caído que pendiente
(Antonio de Solís)
Amar es fuerza, y esperar locura
(Villamediana)
DÍSTICOS FINALES
Que no por sed de peregrinos bienes
te han de ver las estrellas peregrino
te han de ver las estrellas peregrino
(Bartolomé L. de Argensola)
Huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura
lo fugitivo permanece y dura
(Quevedo, El Parnaso Español)
TERCETOS FINALES
Por costumbre los yerros hacen curso
y la constancia inútil, en el daño,
por honra tiene ya lo que es porfía
y la constancia inútil, en el daño,
por honra tiene ya lo que es porfía
(Villamediana)
Derrita el sol las atrevidas alas,
que no podrá quitar al pensamiento
la gloria, con caer, de haber subido
que no podrá quitar al pensamiento
la gloria, con caer, de haber subido
(Villamediana)
Perdona lo que soy por lo que amo,
y cuando desdeñosa te desvíes
llévate allá la voz con que te llamo
y cuando desdeñosa te desvíes
llévate allá la voz con que te llamo
(Quevedo, Las tres musas últimas castellanas)
ESTROFAS O VERSOS AFORÍSTICOS NO FINALES
Muerto sí me verán, mas no distinto
(Bocángel, Lira de voces sacras)
Quejas de la virtud tiene la vida,
pues causa fue su perfección temprana
de evitarle más años, por ociosos
pues causa fue su perfección temprana
de evitarle más años, por ociosos
(A. de Salazar y Torres)
Ayer se fue, mañana no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto,
soy un fue y un será y un es cansado
hoy se está yendo sin parar un punto,
soy un fue y un será y un es cansado
(Quevedo)
(Este artículo apareció en el ABC del 23 de Mayo de 1987 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
Enlaces relacionados:
Ánima clara
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
martes, 13 de marzo de 2012
Más sobre la sucesión de los títulos nobiliarios
Joaquín Torrente y García de la Mata, excelente jurista y amigo mío y de esta página, nos envía este comentario sobre el escabroso asunto tratado en la anterior entrada, La cizaña. Por su profundidad y extensión le he pedido que me permita publicarlo como entrada aparte.
Más sobre la sucesión de los títulos nobiliarios
Por Joaquín Torrente y García de la Mata
La Ley 33/2006 –que se denomina “sobre igualdad entre el hombre y la mujer en el orden de sucesión de títulos nobiliarios”- dice en su Exposición de Motivos, de manera tan ampulosa como pedestre, que "las normas que regulan la sucesión en los títulos nobiliarios proceden de la época histórica en que la nobleza titulada se consolidó como un estamento social privilegiado, y contienen reglas como el principio de masculinidad o preferencia del varón sin duda ajustadas a los valores del antiguo régimen, pero incompatibles con la sociedad actual en la cual las mujeres participan plenamente en la vida política, económica, cultural y social". Consta esta Ley de dos artículos y una disposición transitoria única, tan mal redactada, ambigua e imprecisa que de por sí es una poderosa carga de dinamita. Dice esta disposición que las transmisiones de títulos ya acaecidas (sic) no se considerarán inválidas por el hecho de haberse realizado al amparo de la legislación anterior, lo cual no es sino el lógico corolario del principio de no retroactividad de las normas jurídicas. Pero a continuación añade que la Ley se aplicará a todos los expedientes relativos a Grandezas de España y títulos nobiliarios que el día 27 de julio de 2005 estuvieran pendientes de resolución administrativa o jurisdiccional, tanto en la instancia como en vía de recurso, así como a los expedientes que se hubieran promovido a partir de aquella fecha, que es aquella en la cual se presentó la originaria proposición de ley en el Congreso de los Diputados. Y únicamente exceptúa de esta previsión aquellos expedientes en los que hubiera recaído sentencia firme en el momento de la entrada en vigor de la Ley.
Recientemente, una Sentencia del Tribunal Supremo ha interpretado de forma extensiva –y a mi parecer abusiva- la singular retroactividad así establecida. En Sentencia de 3 de abril de 2008, de la que fue ponente el Magistrado Don José Antonio Xiol, afirmó el alto Tribunal que el principio contrario a la retroactividad no comprende todos los derechos, ni siquiera los derechos adquiridos, sino que se refiere únicamente a las limitaciones introducidas en el ámbito de los derechos fundamentales y de las libertades públicas o en la esfera general de protección de la persona y a los derechos consolidados, asumidos e integrados en el patrimonio de la persona, pero no a los futuros o consistentes en expectativas. La regulación con efectos retroactivos–seguía diciendo el Tribunal Supremo- está permitida al legislador cuando es indispensable para el bien común, y cuando aparece justificada con arreglo a una ponderación de las razones que aconsejan la modificación del régimen jurídico.
Consagrada así, bajo vaporosos principios jurídicos, la aplicación arbitraria y caprichosa de las normas en el tiempo, no le ha costado demasiado esfuerzo al Supremo –en esta Sentencia y en otras aún más recientes, de las que ha sido ponente el mismo Magistrado- llegar a la conclusión de que la Ley de Igualdad puede aplicarse a demandas presentadas con marcada posterioridad al reconocimiento de un título por Real Carta y que carece de sentido la interpretación que pretende que la norma de derecho transitorio de la Ley debe ceñirse o bien a los asuntos relativos a Grandezas de España o títulos nobiliarios que el 27 de julio de 2005 estuvieran pendientes de resolución administrativa o jurisdiccional -siempre que en el expediente administrativo hubiera sido parte una mujer que hubiera reclamado o se hubiera opuesto alegando mejor derecho genealógico sobre la base de negar que el sexo otorgue preferencia sucesoria, y que además hubiera persistido en la defensa de esta tesis ante los tribunales- o a los expedientes relativos a Grandezas de España o títulos nobiliarios iniciados o promovidos en vía administrativa después del 27 de julio de 2005 en los que, por vía de solicitud o de oposición, una mujer haya planteado expresamente su derecho a suceder contra la preferencia masculina y, en su caso, sin conformarse con que su pretensión no haya sido acogida en vía administrativa antes del 21 de noviembre de 2006 (fecha de entrada en vigor de la Ley), haya hecho valer su pretensión y prolongado la controversia sobre su mejor derecho genealógico ante los tribunales. Que era la interpretación más sensata y lógica, dentro del despropósito jurídico que es esta Ley, en la que las normas de derecho transitorio (¿por qué será?) ocupan más espacio que las sustantivas.
Demasiado tecnicismo, se dirá, y tal vez con razón. En lo que no hay tecnicismo, sino algo mucho más perverso, es en los móviles ocultos tras los torpes mandatos de esta norma. La cizaña, como bien dice Tamarón, está sembrada y estamos empezando a advertir sus efectos aniquiladores.
Joaquín Torrente García de la Mata
Marzo 2012
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La cizaña
Más sobre la sucesión de los títulos nobiliarios
Por Joaquín Torrente y García de la Mata
La Ley 33/2006 –que se denomina “sobre igualdad entre el hombre y la mujer en el orden de sucesión de títulos nobiliarios”- dice en su Exposición de Motivos, de manera tan ampulosa como pedestre, que "las normas que regulan la sucesión en los títulos nobiliarios proceden de la época histórica en que la nobleza titulada se consolidó como un estamento social privilegiado, y contienen reglas como el principio de masculinidad o preferencia del varón sin duda ajustadas a los valores del antiguo régimen, pero incompatibles con la sociedad actual en la cual las mujeres participan plenamente en la vida política, económica, cultural y social". Consta esta Ley de dos artículos y una disposición transitoria única, tan mal redactada, ambigua e imprecisa que de por sí es una poderosa carga de dinamita. Dice esta disposición que las transmisiones de títulos ya acaecidas (sic) no se considerarán inválidas por el hecho de haberse realizado al amparo de la legislación anterior, lo cual no es sino el lógico corolario del principio de no retroactividad de las normas jurídicas. Pero a continuación añade que la Ley se aplicará a todos los expedientes relativos a Grandezas de España y títulos nobiliarios que el día 27 de julio de 2005 estuvieran pendientes de resolución administrativa o jurisdiccional, tanto en la instancia como en vía de recurso, así como a los expedientes que se hubieran promovido a partir de aquella fecha, que es aquella en la cual se presentó la originaria proposición de ley en el Congreso de los Diputados. Y únicamente exceptúa de esta previsión aquellos expedientes en los que hubiera recaído sentencia firme en el momento de la entrada en vigor de la Ley.
Recientemente, una Sentencia del Tribunal Supremo ha interpretado de forma extensiva –y a mi parecer abusiva- la singular retroactividad así establecida. En Sentencia de 3 de abril de 2008, de la que fue ponente el Magistrado Don José Antonio Xiol, afirmó el alto Tribunal que el principio contrario a la retroactividad no comprende todos los derechos, ni siquiera los derechos adquiridos, sino que se refiere únicamente a las limitaciones introducidas en el ámbito de los derechos fundamentales y de las libertades públicas o en la esfera general de protección de la persona y a los derechos consolidados, asumidos e integrados en el patrimonio de la persona, pero no a los futuros o consistentes en expectativas. La regulación con efectos retroactivos–seguía diciendo el Tribunal Supremo- está permitida al legislador cuando es indispensable para el bien común, y cuando aparece justificada con arreglo a una ponderación de las razones que aconsejan la modificación del régimen jurídico.
Consagrada así, bajo vaporosos principios jurídicos, la aplicación arbitraria y caprichosa de las normas en el tiempo, no le ha costado demasiado esfuerzo al Supremo –en esta Sentencia y en otras aún más recientes, de las que ha sido ponente el mismo Magistrado- llegar a la conclusión de que la Ley de Igualdad puede aplicarse a demandas presentadas con marcada posterioridad al reconocimiento de un título por Real Carta y que carece de sentido la interpretación que pretende que la norma de derecho transitorio de la Ley debe ceñirse o bien a los asuntos relativos a Grandezas de España o títulos nobiliarios que el 27 de julio de 2005 estuvieran pendientes de resolución administrativa o jurisdiccional -siempre que en el expediente administrativo hubiera sido parte una mujer que hubiera reclamado o se hubiera opuesto alegando mejor derecho genealógico sobre la base de negar que el sexo otorgue preferencia sucesoria, y que además hubiera persistido en la defensa de esta tesis ante los tribunales- o a los expedientes relativos a Grandezas de España o títulos nobiliarios iniciados o promovidos en vía administrativa después del 27 de julio de 2005 en los que, por vía de solicitud o de oposición, una mujer haya planteado expresamente su derecho a suceder contra la preferencia masculina y, en su caso, sin conformarse con que su pretensión no haya sido acogida en vía administrativa antes del 21 de noviembre de 2006 (fecha de entrada en vigor de la Ley), haya hecho valer su pretensión y prolongado la controversia sobre su mejor derecho genealógico ante los tribunales. Que era la interpretación más sensata y lógica, dentro del despropósito jurídico que es esta Ley, en la que las normas de derecho transitorio (¿por qué será?) ocupan más espacio que las sustantivas.
Demasiado tecnicismo, se dirá, y tal vez con razón. En lo que no hay tecnicismo, sino algo mucho más perverso, es en los móviles ocultos tras los torpes mandatos de esta norma. La cizaña, como bien dice Tamarón, está sembrada y estamos empezando a advertir sus efectos aniquiladores.
Joaquín Torrente García de la Mata
Marzo 2012
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La cizaña
lunes, 5 de marzo de 2012
La cizaña
Pocas veces me ha entristecido tanto acertar con una advertencia y un pronóstico como en el caso del artículo que reproduzco a continuación. Apareció como tercera en el diario ABC, en Octubre del 2005, cuando empezó a tramitarse en las Cortes la Proposición de Ley sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios. La norma fue promulgada un año después y ocurrió lo que era de prever dada la torpe redacción de la ley con su disposición transitoria: pleitos y pendencias familiares que casi no tienen fin pues la retroactividad llega en el tiempo hasta el primer poseedor, aunque la creación del título sea de hace mil años.
Si la intención de los que redactaron estas normas era destruir una institución tan antigua como la que más en nuestra historia y hundirla en el descrédito, han hecho muy bien las cosas; están consiguiendo su propósito. Y los que la votaron se merecen, en el mejor de los casos, el calificativo de imprudentes.
En cuanto a quienes aprovecharon la nueva ley para envenenar desde dentro a sus propias familias, prefiero no calificarlos.
Por último, aclaro de nuevo que no tengo ningún interés sucesorio -personal o familiar- en este triste asunto, aunque sí una preocupación general y grave: desazona ver a nuestro alrededor un panorama con tantos casos de falta de decoro. O, por emplear una expresión de moda, de comportamientos no ejemplares.
ABC, martes 25 de Octubre, 2005
La sucesión de los títulos nobiliariospor el Marqués de Tamarón
La Proposición de Ley sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios empieza ahora a ser tramitada en las Cortes. Pocos son todavía quienes se interesan en este asunto y menos aún los que entienden estas materias, pero cualquiera que lea este proyecto verá dos cosas en el acto: que va a tener consecuencias importantes para miles de personas y que esas consecuencias van a ser perjudiciales incluso para aquellos (o aquellas) en cuyo beneficio se supone que se dicta la ley. Y es que esta proposición, pese a estar presentada conjuntamente por el Partido Popular, el PSOE y la Coalición Canaria, no sólo es inútil sino que está tan sorprendentemente mal concebida y redactada que, de ser aprobada tal cual, heriría el principio de seguridad jurídica y daría pie a innumerables, inacabables y sucesivos pleitos. El provecho sería en exclusiva para los abogados, ya que sus clientes nunca sabrían cuando, en la perpetua inestabilidad jurídica que se crearía, podría surgir un nuevo litigante para quitarles su efímera victoria. Con la desafortunadísima redacción del art. 2º, que permite una interpretación favorable a la retroactividad ilimitada, este texto surrealista inventaría el deporte de buscar alguna antepasada a lo largo de los últimos ochocientos años que hubiese sido hermana mayor, y ello bastaría para conseguir un título de nobleza, hasta que otro alegase mejor derecho. La situación se convertiría literalmente en un juego de damas donde, por cierto, jugarían tantos hombres como mujeres y donde las victorias serían en general pírricas.
El actual orden sucesorio de los títulos da preferencia al varón pero ni excluye ni nunca excluyó a la mujer, al contrario de lo que ocurre en otros países europeos. El Tribunal Constitucional sentenció en 1997 que el orden tradicional no vulneraba la actual constitución española, al igual que el Tribunal de Derechos Humanos Europeos y el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declararon que no iba en contra del principio de la igualdad jurídica entre los sexos. Por todo ello, malamente se puede argumentar, como hace la Exposición de Motivos de esta Proposición de Ley, que el cambio legislativo es necesario para que el régimen sucesorio sea compatible con la Constitución de 1978. El propio sentido común nos dice que toda transmisión de un bien indivisible da preferencia al que lo recibe, sea
cual sea el criterio adoptado. El mismo principio de la primogenitura -que ahora se pretende reafirmarpodría ser calificado de discriminatorio. Habría entonces que acudir al sorteo entre hermanos y ante notario. Pero entonces, ¿por qué discriminar contra los demás españoles, sean o no descendientes del primer titular? ¿No sería más democrático sortear la sucesión nobiliaria entre todos? Y, bien mirado, ¿cómo se podría excluir a los extranjeros, tanto los inmigrados en nuestro país como los que siguen en el suyo?
Sería tan fácil hacer una reductio ad absurdum de la esencia misma de esta proposición de Ley que prefiero dejar el ejercicio a la imaginación de otros. Baste añadir que naciones como el Reino Unido y Suecia, que no son precisamente repúblicas bananeras, ni cavernas reaccionarias, no han considerado necesario cambiar sus regímenes sucesorios.
Pero, en fin, incluso lo inútil se puede hacer bien o mal. Como nadie pone en duda el derecho a legislar -con necesidad o sin ella- de las Cortes Generales, conviene centrarse en evitar que, por mala redacción, ignorancia u otro motivo inmencionable, termine aprobándose un texto tan defectuoso que se convierta en semillero de problemas. Algunos de éstos van mucho más allá del ámbito estricto de la nobleza titulada española. El reconocimiento en mayor o menor medida de las expectativas de derecho inmediatas en las sucesiones nobiliarias, o simplemente el retrasar la tramitación de esta Ley, evitaría precedentes embarazosos -o al menos comparaciones, no por excesivas del todo ajenas histórica y conceptualmente- si se va a modificar el artículo 57.1 de la Constitución actual.
Nadie negará, en todo caso, que el momento escogido para presentar esta modificación radical no es prudente en exceso, pues lo menos que se debe exigir a cambio de ceder y promulgar una ley ad personam son seguridades de que no se vaya a convertir en una discusión ad nauseam. Y ya marea -y pronto dará náuseas- oír el guirigay inicial en torno a este asunto, con intervenciones de tanta ignorancia en cuestiones de hecho como la de un diputado de ERC, que confundió a Alfonso XIII con Alfonso XII y a don Miguel Primo de Rivera con su tío, el primer Marqués de Estella, así titulado por su lucha denodada contra los carlistas. ¿O es que también Esquerra Republicana va a tener resabios carlistas?
En el fondo el problema está ahí, en la ignorancia general de la historia de España y, aun por parte de los más devotos seguidores de los llamados nacionalismos autonómicos, en la falta de interés por la historia verdadera de los antiguos reinos, regiones,marcas y comarcas de este nuestro viejo país. No anda hoy España tan sobrada de tradiciones y raíces como para poner en peligro la supervivencia de una institución que recoge un conjunto de señas de identidad históricas como son los títulos del Reino. Señas, recuérdese, que no lo son tan sólo, y ni siquiera primordialmente, de los actuales titulares, meros depositarios, sino de toda nuestra historia, que abarca cinco continentes en su evocadora toponimia, eco de quimeras y empeños pasados y presentes.
No en vano el más señero pensador liberal de nuestro siglo XX, Ortega y Gasset, advertía que no son aristócratas quienes reclaman más derechos, sino quienes exigen más obligaciones. Hoy en día y en España, llevar un título no da ninguna ventaja y sí acarrea más de un inconveniente. Quizá por eso parte de la nobleza titulada española oculta su condición, cosa impensable en la Gran Bretaña o incluso en alguna república como la alemana. Si a esos inconvenientes se añade ahora la cizaña que en muchas familias introduciría la incitación al litigio que supone esta Proposición de Ley, la institución nobiliaria podría acabar de la peor manera posible (y aquí se ve obligado a aclarar, quien esto firma, para que no se crea que predica pro domo, que el previsible descalabro no lo atañería personal e inicialmente, por motivos genealógicos, aunque sí al cabo del proceso, si la institución sufre un derrumbe general).
En resumen, hay motivos para pensar que al igual que tan sólo los árboles con raíces muy hondas aguantan las tormentas, únicamente las naciones que no renuncian a sus raíces históricas afrontan con éxito los retos de la modernidad. ¿Por qué, si no, la media docena larga de monarquías europeas, que están entre los países más avanzados del mundo, conservan, junto con otras señas de identidad, su sistema de títulos nobiliarios? Salvo en Noruega, que nunca los tuvo, parece que tales títulos ofrecen alguna ventaja a las sociedades nacionales de los países que nos gusta llamar nuestro entorno. Será que éstos sí entienden que los títulos forman parte de sus patrimonios históricos nacionales, igual que los monumentos arquitectónicos.
Sea como fuere, la Proposición de Ley es susceptible de enmiendas que remedien su disparatada traza jurídica. Cabe esperar que quienes pueden hacerlo estén ahora hablando con quienes pueden remediar las peores consecuencias. No se olvide que si lo que se busca con la Proposición es lo que se afirma en la Exposición de Motivos, y nada más, lo razonable sería declarar como mucho que a partir de la entrada en vigor de la nueva Ley se atendería en las sucesiones al principio exclusivo de la primogenitura.
Y no se olvide tampoco la frase del Papa a quien parecía más digno abolir la Compañía de Jesús que cambiarla: Sint ut sunt, aut non sint, que sean como son, o que no sean. Tal vez en última instancia sea más digno también aquí poner un brusco punto final a mil años de historia que entrar en un indecoroso callejón sin salida.
Si la intención de los que redactaron estas normas era destruir una institución tan antigua como la que más en nuestra historia y hundirla en el descrédito, han hecho muy bien las cosas; están consiguiendo su propósito. Y los que la votaron se merecen, en el mejor de los casos, el calificativo de imprudentes.
En cuanto a quienes aprovecharon la nueva ley para envenenar desde dentro a sus propias familias, prefiero no calificarlos.
Por último, aclaro de nuevo que no tengo ningún interés sucesorio -personal o familiar- en este triste asunto, aunque sí una preocupación general y grave: desazona ver a nuestro alrededor un panorama con tantos casos de falta de decoro. O, por emplear una expresión de moda, de comportamientos no ejemplares.
ABC, martes 25 de Octubre, 2005
La sucesión de los títulos nobiliariospor el Marqués de Tamarón
La Proposición de Ley sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios empieza ahora a ser tramitada en las Cortes. Pocos son todavía quienes se interesan en este asunto y menos aún los que entienden estas materias, pero cualquiera que lea este proyecto verá dos cosas en el acto: que va a tener consecuencias importantes para miles de personas y que esas consecuencias van a ser perjudiciales incluso para aquellos (o aquellas) en cuyo beneficio se supone que se dicta la ley. Y es que esta proposición, pese a estar presentada conjuntamente por el Partido Popular, el PSOE y la Coalición Canaria, no sólo es inútil sino que está tan sorprendentemente mal concebida y redactada que, de ser aprobada tal cual, heriría el principio de seguridad jurídica y daría pie a innumerables, inacabables y sucesivos pleitos. El provecho sería en exclusiva para los abogados, ya que sus clientes nunca sabrían cuando, en la perpetua inestabilidad jurídica que se crearía, podría surgir un nuevo litigante para quitarles su efímera victoria. Con la desafortunadísima redacción del art. 2º, que permite una interpretación favorable a la retroactividad ilimitada, este texto surrealista inventaría el deporte de buscar alguna antepasada a lo largo de los últimos ochocientos años que hubiese sido hermana mayor, y ello bastaría para conseguir un título de nobleza, hasta que otro alegase mejor derecho. La situación se convertiría literalmente en un juego de damas donde, por cierto, jugarían tantos hombres como mujeres y donde las victorias serían en general pírricas.
El actual orden sucesorio de los títulos da preferencia al varón pero ni excluye ni nunca excluyó a la mujer, al contrario de lo que ocurre en otros países europeos. El Tribunal Constitucional sentenció en 1997 que el orden tradicional no vulneraba la actual constitución española, al igual que el Tribunal de Derechos Humanos Europeos y el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declararon que no iba en contra del principio de la igualdad jurídica entre los sexos. Por todo ello, malamente se puede argumentar, como hace la Exposición de Motivos de esta Proposición de Ley, que el cambio legislativo es necesario para que el régimen sucesorio sea compatible con la Constitución de 1978. El propio sentido común nos dice que toda transmisión de un bien indivisible da preferencia al que lo recibe, sea
cual sea el criterio adoptado. El mismo principio de la primogenitura -que ahora se pretende reafirmarpodría ser calificado de discriminatorio. Habría entonces que acudir al sorteo entre hermanos y ante notario. Pero entonces, ¿por qué discriminar contra los demás españoles, sean o no descendientes del primer titular? ¿No sería más democrático sortear la sucesión nobiliaria entre todos? Y, bien mirado, ¿cómo se podría excluir a los extranjeros, tanto los inmigrados en nuestro país como los que siguen en el suyo?
Sería tan fácil hacer una reductio ad absurdum de la esencia misma de esta proposición de Ley que prefiero dejar el ejercicio a la imaginación de otros. Baste añadir que naciones como el Reino Unido y Suecia, que no son precisamente repúblicas bananeras, ni cavernas reaccionarias, no han considerado necesario cambiar sus regímenes sucesorios.
Pero, en fin, incluso lo inútil se puede hacer bien o mal. Como nadie pone en duda el derecho a legislar -con necesidad o sin ella- de las Cortes Generales, conviene centrarse en evitar que, por mala redacción, ignorancia u otro motivo inmencionable, termine aprobándose un texto tan defectuoso que se convierta en semillero de problemas. Algunos de éstos van mucho más allá del ámbito estricto de la nobleza titulada española. El reconocimiento en mayor o menor medida de las expectativas de derecho inmediatas en las sucesiones nobiliarias, o simplemente el retrasar la tramitación de esta Ley, evitaría precedentes embarazosos -o al menos comparaciones, no por excesivas del todo ajenas histórica y conceptualmente- si se va a modificar el artículo 57.1 de la Constitución actual.
Nadie negará, en todo caso, que el momento escogido para presentar esta modificación radical no es prudente en exceso, pues lo menos que se debe exigir a cambio de ceder y promulgar una ley ad personam son seguridades de que no se vaya a convertir en una discusión ad nauseam. Y ya marea -y pronto dará náuseas- oír el guirigay inicial en torno a este asunto, con intervenciones de tanta ignorancia en cuestiones de hecho como la de un diputado de ERC, que confundió a Alfonso XIII con Alfonso XII y a don Miguel Primo de Rivera con su tío, el primer Marqués de Estella, así titulado por su lucha denodada contra los carlistas. ¿O es que también Esquerra Republicana va a tener resabios carlistas?
En el fondo el problema está ahí, en la ignorancia general de la historia de España y, aun por parte de los más devotos seguidores de los llamados nacionalismos autonómicos, en la falta de interés por la historia verdadera de los antiguos reinos, regiones,marcas y comarcas de este nuestro viejo país. No anda hoy España tan sobrada de tradiciones y raíces como para poner en peligro la supervivencia de una institución que recoge un conjunto de señas de identidad históricas como son los títulos del Reino. Señas, recuérdese, que no lo son tan sólo, y ni siquiera primordialmente, de los actuales titulares, meros depositarios, sino de toda nuestra historia, que abarca cinco continentes en su evocadora toponimia, eco de quimeras y empeños pasados y presentes.
No en vano el más señero pensador liberal de nuestro siglo XX, Ortega y Gasset, advertía que no son aristócratas quienes reclaman más derechos, sino quienes exigen más obligaciones. Hoy en día y en España, llevar un título no da ninguna ventaja y sí acarrea más de un inconveniente. Quizá por eso parte de la nobleza titulada española oculta su condición, cosa impensable en la Gran Bretaña o incluso en alguna república como la alemana. Si a esos inconvenientes se añade ahora la cizaña que en muchas familias introduciría la incitación al litigio que supone esta Proposición de Ley, la institución nobiliaria podría acabar de la peor manera posible (y aquí se ve obligado a aclarar, quien esto firma, para que no se crea que predica pro domo, que el previsible descalabro no lo atañería personal e inicialmente, por motivos genealógicos, aunque sí al cabo del proceso, si la institución sufre un derrumbe general).
En resumen, hay motivos para pensar que al igual que tan sólo los árboles con raíces muy hondas aguantan las tormentas, únicamente las naciones que no renuncian a sus raíces históricas afrontan con éxito los retos de la modernidad. ¿Por qué, si no, la media docena larga de monarquías europeas, que están entre los países más avanzados del mundo, conservan, junto con otras señas de identidad, su sistema de títulos nobiliarios? Salvo en Noruega, que nunca los tuvo, parece que tales títulos ofrecen alguna ventaja a las sociedades nacionales de los países que nos gusta llamar nuestro entorno. Será que éstos sí entienden que los títulos forman parte de sus patrimonios históricos nacionales, igual que los monumentos arquitectónicos.
Sea como fuere, la Proposición de Ley es susceptible de enmiendas que remedien su disparatada traza jurídica. Cabe esperar que quienes pueden hacerlo estén ahora hablando con quienes pueden remediar las peores consecuencias. No se olvide que si lo que se busca con la Proposición es lo que se afirma en la Exposición de Motivos, y nada más, lo razonable sería declarar como mucho que a partir de la entrada en vigor de la nueva Ley se atendería en las sucesiones al principio exclusivo de la primogenitura.
Y no se olvide tampoco la frase del Papa a quien parecía más digno abolir la Compañía de Jesús que cambiarla: Sint ut sunt, aut non sint, que sean como son, o que no sean. Tal vez en última instancia sea más digno también aquí poner un brusco punto final a mil años de historia que entrar en un indecoroso callejón sin salida.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Botones de muestra (VIII)
Después del siglo XX
Por Fernando Ortiz
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, Enero 2012
(El libro se encuentra en Amazon.es)

En un lugar de la blogosfera de cuyo nombre conviene acordarnos (Apuntes y Reflexiones), abundan nuevos regalos en prosa y en verso que Fernando Ortiz hace a sus lectores con constancia, arte y hondura. Algunos acaban de aparecer en papel -por cierto, buen papel, buena tipografía, buena maquetación- bajo el título Después del siglo XX. El librito contiene entre otros este hermoso poema en endecasílabos blancos que no me resisto a reproducir entero como botón de muestra:
Memorias de un niño leído
Verano, la campiña, la cocina
a través de una puerta se abre al campo.
Trajinaban en ellas las mujeres.
Y por aquella puerta yo salía
al huerto, y arrancaba de la mata
un tomate al que daba algún mordisco.
Y escogía algún fruto bien maduro
del árbol, con pericia de un experto.
Agotado del juego matutino
a comer me llamaban, y el gazpacho
embaulaba y algún plato riquísimo.
Luego a dormir la siesta. Por la tarde,
en un sillón de mimbre me sentaba
bajo las buganvilias del jardín.
Y pensaba qué triste era mi vida.
Verano, la campiña, la cocina
a través de una puerta se abre al campo.
Trajinaban en ellas las mujeres.
Y por aquella puerta yo salía
al huerto, y arrancaba de la mata
un tomate al que daba algún mordisco.
Y escogía algún fruto bien maduro
del árbol, con pericia de un experto.
Agotado del juego matutino
a comer me llamaban, y el gazpacho
embaulaba y algún plato riquísimo.
Luego a dormir la siesta. Por la tarde,
en un sillón de mimbre me sentaba
bajo las buganvilias del jardín.
Y pensaba qué triste era mi vida.
Me trajo a la mente una frase del último artículo que publicó Joaquín Calvo-Sotelo, y la cito de memoria: "Lo único que reprocho a la vida es que no me avisó cuando más feliz era yo". Los endecasílabos de Fernando Ortiz tienen un claro y limpio tono elegíaco. Junto a poemas elegíacos, algunos ya fúnebres, hay otros de desengaño irónico. Y también hay uno que es pura sátira (es decir puro humor, según acabo de leer a Monseñor Ronald Knox), como este broche por soleares:
El siglo XX
Que nadie se llame a engaño:
Lo mejor del siglo XX
ha sido el cuarto de baño.
Que nadie se llame a engaño:
Lo mejor del siglo XX
ha sido el cuarto de baño.
No es chico valor decir eso. Nabokov dijo algo parecido pero con menos gracia y sin rima, y por poco no lo matan los progres.
Así es que preparémonos para defender a Fernando Ortiz ahora que se declara incrédulo sobre la existencia del Progreso. Desde luego en la poesía no hay ningún Progreso, que se sepa. Pero ya es mucho e inhabitual estar a la altura de lo mejor del pasado, como consigue Fernando Ortiz.
Gracias, maestro.
Enlaces relacionados:
Dos antologías poéticas de Fernando Ortiz
viernes, 24 de febrero de 2012
Fiel pero desdichado

Volviendo a lo aludido en la anterior entrada (Ánima clara), sí parece extraño que el lema heráldico de la familia Churchill esté en español: Fiel pero desdichado. No es oscuro su significado, pues el primer Sir Winston Churchill (1629-1688) perdió todos sus bienes y sufrió heridas de batalla por apoyar la causa monárquica en la Guerra Civil inglesa (1642-1651). Al restaurarse la monarquía en 1661, Carlos II lo hizo caballero pero no le compensó sus pérdidas patrimoniales. Así es que Sir Winston Churchill escogió el lema Faithful though disinherited. Pero nadie sabe por qué se puso en español, quizá porque sonaba mejor que en latín, franco-normando o inglés.
Véase http://www.churchill-society-london.org.uk/fielpero.html
Desde luego no fue -como algunos dicen erróneamente- porque las victorias militares que dieron lugar a la concesión del Ducado de Marlborough y al regalo (a medias) del Palacio de Blenheim al General Sir John Churchill fuesen parte de la Guerra de Sucesión de España, ya que la adopción de la divisa familiar es bastante anterior. Quizá en este caso el español desempeñó el papel del griego o del latín en las obras de Edward Gibbon: "the obscurity of a learned language". En otras palabras, se usó una lengua que no sonaba escandalosamente clara a los oídos del soberano. Acaso era esa la única posible réplica tácita del fiel súbdito al sempiterno, mudo encogimiento de hombros de las restauraciones y transiciones, "es que a quienes tenemos que cuidar ahora es a los otros…”.
En todo caso la familia Churchill no olvidó la lección. Mantuvo el lema heráldico pero no tuvo ya necesidad de vivirlo. El hijo de Sir Winston Churchill, Sir John, luego primer Duque de Marlborough y Príncipe del Sacro Imperio Romano-Germánico, sirvió a Carlos II de Inglaterra y luego a Jacobo II, pero cuando este actuó con gran vigor católico contra los protestantes, Churchill lo abandonó por Guillermo de Orange. Luego se indispuso con él, o Guillermo III con Churchill, y después se llevó bien con la Reina Ana y luego mal, y luego cuando empezaba a reinar Jorge I hubiera seguido obteniendo beneficios y poder gracias a su genio militar y político, pero murió de un ataque cerebral.
En cuanto a su descendiente moderno, el segundo y gran Sir Winston Churchill (1874-1965), mantuvo el lema Fiel pero desdichado, incluso cuando rechazó el ducado que tanto el gobierno británico como, sobre todo, el Rey Jorge VI y después la actual Reina Isabel II al llegar al trono le rogaron que aceptase. Hay dos explicaciones que suelen citarse para este rechazo, extraño en tan notable conservador y héroe nacional como fue Churchill. Una es que no quería condicionar a su hijo Randolph impidiéndole al heredar un título (herencia difícil de renunciar en aquel entonces) ejercer la política en la Cámara de los Comunes. Y la otra es que no quería ser el único duque británico pobre, y ya en 1945 o 1950 se habían acabado las larguezas oficiales para recompensar a sus héroes nacionales.
En fin, hay que reconocer que el Primer Ministro que evitó la derrota de su país en la Segunda Guerra Mundial tuvo una actitud romántica ante la vida, mucho más que su antepasado el primer Duque de Marlborough, aunque también heredó algo de su lado práctico y ambicioso e incluso adoptó tácticas propias de la Real politik de Bismark. Como familia y en conjunto se merecieron el lema Fiel pero desdichado: fueron fieles a su propio destino, personal y tribal, en una suerte de Amor fati.
Post data del 17 de Mayo de 2016:
Se me ocurre que la cautelosa melancolía del lema en español de la familia Churchill puede tener un precedente castellano todavía más antiguo, el verso número 20 del Cantar de Mío Cid (hacia 1200):
¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!Pero en seguida (ayudado por un ensayo de Alfonso Boix Jovani, http://bulletinhispanique.revues.org/787?lang=es) caigo en la cuenta de que el Cantar de Mío Cid tiene dos precedentes de sesgo parecido. El primero es el verso 3164 de la Chanson de Roland (finales del siglo XI):
Deus! quel baron, s’oust chrestientet!(con dos sentidos posibles Dieu! quel baron, s’il était chrétien! o ¡Dios, qué barón, si tuviera cristiandad!, o sea si mandara cristianos).
El segundo precedente son los versos 992-993 del Perceval (hacia 1180):
qu’il a esté a malvais mestre; encore puet preus vassax estre(que ha tenido mal maestro
mas todavía puede ser un valeroso vasallo)
Enlaces relacionados:
Ánima clara
viernes, 17 de febrero de 2012
Ánima clara
El otro día oí algo muy certero en una conferencia sobre la oratoria. Don Joaquín Calvo-Sotelo, el conferenciante, vino a decir que parecen vanos los esfuerzos de tantos oradores por alcanzar la fama a través de una larga obra de discursos cuando se comparan con la instantánea ascensión del general Cambronne a la celebridad, merced a un solo discurso de una sola palabra. El auditorio de la conferencia era joven y dudo que más de uno o dos oyentes entendiesen la alusión del señor Calvo-Sotelo. Los jóvenes de hoy se privan de mucho honesto placer por falta de cultura, erróneamente convencidos de que cultura equivale a aburrimiento. Ignoraban que la arenga de Cambronne, pronunciada en Waterloo tras ser conminado a rendirse, consistió en la respuesta Merde!
Está claro que el apóstrofe de aquel general es un discurso elegante, si aplicamos el concepto de elegancia tal como se usa en ciencias físicas y naturales. «La elegancia de cualquier generalización científica —dice Edward O. Wilson, el biólogo— se mide por su simplicidad en relación con el número de fenómenos que abarca». Cambronne pudo haber pronunciado un discurso prolijo declarando que por sentido del honor, oportunidad táctica y vergüenza torera no pensaba rendirse sino seguir matando prusianos. Prefirió resumirlo todo en el exabrupto Merde! Fue elegante. Pasó a la Historia.
Esta elegancia, hecha de concisión, precisión y claridad a partes iguales, es tan compatible con el desgarro como con la exquisitez. Puede darse en pintadas, gritos callejeros o maldiciones gitanas, pero también en lemas heráldicos, epitafios o viejos textos legales. Donde hoy es ya inútil buscarla es en el Boletín Oficial del Estado o en los diarios de sesiones parlamentarias. Así es que más vale fijarse en las sucias vallas. Hace un mes observé en Palencia, cerca de la catedral, esta notable afirmación teológico-política pintarrajeada en una casa en ruinas: Dios hubiera votado no y el diablo sí. Aparte de una ingenua fe en el talante democrático de Dios y del diablo, la pintada revela cierto gusto por el misterio, ya que no aclara de qué votación se trataba. ¿OTAN, aborto, LODE? Otra mano, queriendo acaso aclarar, había complicado la cosa al añadir, tajante, hijos de puta. Resultaba en cambio inequívoca la ironía de otro letrero de autor anónimo visto en Venta de Baños, importante nudo ferroviario donde es de suponer que los trenes atropellan de vez en cuando a algún borracho en los pasos a nivel: RENFE, te quiero sin barreras.
Así pues, la ambigüedad, en general deliberada, es compatible con la claridad formal que exige la elegancia concisa. Buenos ejemplos de ello encontramos en los lemas heráldicos. Nec metu nec spe (ni miedo ni esperanza) es gallardo orgullo bastante comprensible, pero en el mismo tono de desencanto valeroso cuesta ya más entender el Fiel pero desdichado que aparece —en español, por cierto— en el escudo de la familia Churchill. ¿Quiere decir que se mantendrá la fidelidad a costa de la propia dicha? ¿O a pesar de la deslealtad del soberano? La cuestión, para un hombre de honor, no era baladí. También abunda la concisión misteriosa en las empresas, figuras enigmáticas acompañadas de una divisa, muy apreciadas en el siglo XVII. Una de las «Empresas políticas» de Saavedra Fajardo reza Más que en la tierra nocivo y representa un alacrán entre estrellas. Luego aclara el autor que, «aun trasladado el escorpión en el cielo y colocado entre sus constelaciones, no pierde su malicia, antes es tanto mayor que en la tierra cuanto es más extendido el poder de sus influencias venenosas sobre todo lo criado», y que por ello los príncipes han de poner buen cuidado en escoger a quien encumbren, pues «las inclinaciones y vicios naturales crecen siempre». ¿A qué periodista moderno se le hubiese ocurrido un titular tan conciso y elegante como Más que en la tierra nocivo?
Pero a veces los hallazgos en este campo lacónico son fortuitos. Leyendo la Revista General de Marina, de febrero de 1987, encuentro esta frase de un oficial tras disparar los cañones de un barco de guerra: «Artillería sin novedad en material y personal; ánima clara». Esto último significa que las piezas ya no están cargadas y los cañones se hallan limpios. Consultado un amigo Capitán de Artillería, me dice que ellos en el Ejército de Tierra dirían ánima libre. Celebro la variedad de expresión, que es lo que salpimenta el lenguaje. Pero cualquiera de las dos expresiones sería un buen lema heráldico, y un deseable suspiro antes de morir. El general Cambronne, hecho su grosero y elegante discurso de Merde!, agotada la munición, creyéndose al borde de la muerte, hubiera podido declarar con igual concisión y orgullo «ánima clara». Incluso «ánima libre». A la postre, sólo lo conciso es claro y libre.
(Este artículo apareció en el ABC del 16 de Mayo de 1987)
Proceden dos addenda, uno culto y otro cutre, ambos tajantes.
Addendum cutre:
Nos están meando y dicen que llueve (pintada suscrita con la A de los anarquistas, vista en octubre de 1987 en la calle de Melquiades Biencinto, Vallecas).
Addendum culto:
Nihil obstat (no me refiero al uso habitual de la frase nada se opone —resolución favorable de la censura eclesiástica— sino al uso propuesto por Maurice Baring en 1917: lema heráldico de la nueva arma, los carros de combate).
(El artículo y esta nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
De haber escrito hoy el anterior comentario, hubiese sido más severo con las burdas pintadas. Quizás antes había algunas con gracia o con vigor, pero ahora, desde que las llaman grafitis (sic) en vez de pintadas, los letreros y monigotes se han vuelto cursis además de feos. Para colmo, dicen que en la próxima edición del Diccionario van a admitir el barbarismo analfabeto de grafiti, aunque otro informador más solvente me asegura que no, que lo que van a hacer es remitir desde grafiti a grafito, cuyo plural sería grafitos. Parece plausible puesto que en italiano, de donde viene la voz, en singular se dice graffito y en plural graffiti.
Entradas relacionadas:
Concisión o silencio
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
Está claro que el apóstrofe de aquel general es un discurso elegante, si aplicamos el concepto de elegancia tal como se usa en ciencias físicas y naturales. «La elegancia de cualquier generalización científica —dice Edward O. Wilson, el biólogo— se mide por su simplicidad en relación con el número de fenómenos que abarca». Cambronne pudo haber pronunciado un discurso prolijo declarando que por sentido del honor, oportunidad táctica y vergüenza torera no pensaba rendirse sino seguir matando prusianos. Prefirió resumirlo todo en el exabrupto Merde! Fue elegante. Pasó a la Historia.
Esta elegancia, hecha de concisión, precisión y claridad a partes iguales, es tan compatible con el desgarro como con la exquisitez. Puede darse en pintadas, gritos callejeros o maldiciones gitanas, pero también en lemas heráldicos, epitafios o viejos textos legales. Donde hoy es ya inútil buscarla es en el Boletín Oficial del Estado o en los diarios de sesiones parlamentarias. Así es que más vale fijarse en las sucias vallas. Hace un mes observé en Palencia, cerca de la catedral, esta notable afirmación teológico-política pintarrajeada en una casa en ruinas: Dios hubiera votado no y el diablo sí. Aparte de una ingenua fe en el talante democrático de Dios y del diablo, la pintada revela cierto gusto por el misterio, ya que no aclara de qué votación se trataba. ¿OTAN, aborto, LODE? Otra mano, queriendo acaso aclarar, había complicado la cosa al añadir, tajante, hijos de puta. Resultaba en cambio inequívoca la ironía de otro letrero de autor anónimo visto en Venta de Baños, importante nudo ferroviario donde es de suponer que los trenes atropellan de vez en cuando a algún borracho en los pasos a nivel: RENFE, te quiero sin barreras.
Así pues, la ambigüedad, en general deliberada, es compatible con la claridad formal que exige la elegancia concisa. Buenos ejemplos de ello encontramos en los lemas heráldicos. Nec metu nec spe (ni miedo ni esperanza) es gallardo orgullo bastante comprensible, pero en el mismo tono de desencanto valeroso cuesta ya más entender el Fiel pero desdichado que aparece —en español, por cierto— en el escudo de la familia Churchill. ¿Quiere decir que se mantendrá la fidelidad a costa de la propia dicha? ¿O a pesar de la deslealtad del soberano? La cuestión, para un hombre de honor, no era baladí. También abunda la concisión misteriosa en las empresas, figuras enigmáticas acompañadas de una divisa, muy apreciadas en el siglo XVII. Una de las «Empresas políticas» de Saavedra Fajardo reza Más que en la tierra nocivo y representa un alacrán entre estrellas. Luego aclara el autor que, «aun trasladado el escorpión en el cielo y colocado entre sus constelaciones, no pierde su malicia, antes es tanto mayor que en la tierra cuanto es más extendido el poder de sus influencias venenosas sobre todo lo criado», y que por ello los príncipes han de poner buen cuidado en escoger a quien encumbren, pues «las inclinaciones y vicios naturales crecen siempre». ¿A qué periodista moderno se le hubiese ocurrido un titular tan conciso y elegante como Más que en la tierra nocivo?
Pero a veces los hallazgos en este campo lacónico son fortuitos. Leyendo la Revista General de Marina, de febrero de 1987, encuentro esta frase de un oficial tras disparar los cañones de un barco de guerra: «Artillería sin novedad en material y personal; ánima clara». Esto último significa que las piezas ya no están cargadas y los cañones se hallan limpios. Consultado un amigo Capitán de Artillería, me dice que ellos en el Ejército de Tierra dirían ánima libre. Celebro la variedad de expresión, que es lo que salpimenta el lenguaje. Pero cualquiera de las dos expresiones sería un buen lema heráldico, y un deseable suspiro antes de morir. El general Cambronne, hecho su grosero y elegante discurso de Merde!, agotada la munición, creyéndose al borde de la muerte, hubiera podido declarar con igual concisión y orgullo «ánima clara». Incluso «ánima libre». A la postre, sólo lo conciso es claro y libre.(Este artículo apareció en el ABC del 16 de Mayo de 1987)
Proceden dos addenda, uno culto y otro cutre, ambos tajantes.
Addendum cutre:
Nos están meando y dicen que llueve (pintada suscrita con la A de los anarquistas, vista en octubre de 1987 en la calle de Melquiades Biencinto, Vallecas).
Addendum culto:
Nihil obstat (no me refiero al uso habitual de la frase nada se opone —resolución favorable de la censura eclesiástica— sino al uso propuesto por Maurice Baring en 1917: lema heráldico de la nueva arma, los carros de combate).
(El artículo y esta nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))
De haber escrito hoy el anterior comentario, hubiese sido más severo con las burdas pintadas. Quizás antes había algunas con gracia o con vigor, pero ahora, desde que las llaman grafitis (sic) en vez de pintadas, los letreros y monigotes se han vuelto cursis además de feos. Para colmo, dicen que en la próxima edición del Diccionario van a admitir el barbarismo analfabeto de grafiti, aunque otro informador más solvente me asegura que no, que lo que van a hacer es remitir desde grafiti a grafito, cuyo plural sería grafitos. Parece plausible puesto que en italiano, de donde viene la voz, en singular se dice graffito y en plural graffiti.
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Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
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