Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

viernes, 19 de junio de 2015

Los falsos amigos

Torre de Babel, Libro de Horas de Bedford (circa 1420)
British Library / Wikimedia Commons

Cuando un restorán traduce, como es frecuente, la tarta de la casa palabra por palabra y al pie de la letra al inglés quizá aumenta la clientela, porque está ofreciendo en la carta, por un módico precio, la furcia de la casa (the tart of the house). Pero acabará teniendo problemas y reclamaciones, como siempre que se acude a lo que los lingüistas llaman falsos amigos. Ya en alguna ocasión hemos advertido de este riesgo a nuestros discretos lectores, mas a la vista del abyecto nivel de las traducciones de hoy quizá convenga insistir en este asunto. Cuando se ve por doquier el compass inglés (brújula) traducido por compás, notorious (escandaloso) por notorio o sensible (sensato) por sensible, algo huele a podrido en la República de las Letras, y es de temer que pronto nos traducirán el burro italiano (mantequilla) por un fino asno.

Es probable que el origen de estos dislates sea que el español medio de hoy está convencido de que posee el don de lenguas. Además los pocos que se saben monóglotas se avergüenzan de confesarlo, se sienten inseguros. No siempre fue así; el padre de un eminente políglota de hoy solía comentar —acaso harto del guirigay a su alrededor— que el saber idiomas extranjeros estaba muy bien para los criados de hoteles. El primero que se creyó que la glosolalia era un don común fue Unamuno. Tradujo las famosas palabras últimas de Hamlet, «the rest is silence» («el resto es silencio»), por «el descanso es silencio», con gran regocijo de Madariaga, el único escritor español de veras trilingüe (aunque de él dijera Ortega que era tonto en varios idiomas, pero eso es otra historia y por lo demás injusta).

El caso es que la gente de antes daba por supuesto lo que el sentido común sigue mostrándonos: tenemos una lengua propia y existen otras que nos son ajenas y que por eso mismo llamamos extranjeras o extrañas. Lenguas difíciles de aprender y de rango diverso, como señalaba Damasio de Frías, un vallisoletano del siglo xvi  que las dividía en lenguas peregrinas (francés, italiano y alemán) y lenguas bárbaras (todas las demás, salvo las clásicas y bíblicas).

Hoy no. Hoy cualquiera —y más si es formador de opinión, o sea, periodista o político— se cree un cosmopolita nato. Hace poco, cierto diario, en un arranque de internacionalismo mezclado con igualitarismo cristianodemócrata, se lamentaba de que el protocolo español siguiese prescribiendo el frac, aseguraba que dicha prenda estaba abandonada en todo el mundo salvo en Alemania (lo cual es falso como puede verse en cualquier periódico ilustrado), y apoyaba su clamor democrático en el hecho de que hasta en «Buckingham Palace el único requisito en la etiqueta es la white tie (la pajarita blanca)» (Ya, 4 de agosto de 1985). Claro, como que frac en inglés se dice white tie. En tiempos pasados y más modestos el periodista hubiera mirado un diccionario. Ahora no. Cree tener ciencia infusa.

Tal presunción empuja a los más exquisitos resbalones lingüísticos, deleite de cuantos han visto la piel de plátano (por cierto que les filles se promenaient à l’ombre des platanes = las hijas paseaban al hombre del plátano es clásico muy afamado, imputable a determinado opositor a diplomático), y no es de extrañar, pues, que uno de los terrenos más resbaladizos sea este de los falsos amigos. Por ejemplo, es casi imposible entender la radio si no sabe uno al menos inglés y francés para imaginar lo que quieren decir con sus cómicas versiones de los despachos de agencias extranjeras. Antena 3 hablaba el 17 de agosto pasado del gran largo, y no se refería a jugador alguno de baloncesto sino a la alta mar (le grand large en francés). Radio Nacional de España mencionaba el 24 de agosto un sitio reforzado (por site, que quiere decir emplazamiento), base de lanzamiento de cohetes. Y cierta revista con estampas, de esas para analfabetos de todas las clases sociales, ensalzaba un programa satírico de la televisión inglesa llamado Spitting image, que traducía por Escupiendo imagen (si hubieran consultado el diccionario habrían escrito Retrato clavado, conservando el doble sentido irónico del original).

Y no se crea que los falsos amigos sólo engañan a los semialfabetizados. Un jurista de fuste divulgó en España el principio del Derecho Administrativo francés point d’intérêt, point d’action (sin interés no hay acción legal) con la fórmula castellana de punto de interés, punto de acción, y se quedó tan fresco. Otro sedicente perito en lenguas tradujo La Morsa (la prensa o el cepo en italiano), de Pirandello, por La Morsa, y para que no cupiesen dudas pintaron al susodicho animal (al primo de la foca, no al traductor) en la portada.

En fin, Dios es irónico y ha agravado el castigo de Babel añadiendo a la confusión de lenguas el espejismo de los falsos amigos, para humillación de presuntuosos y cautela de prudentes.

 * * *
  
Con una rapidez vertiginosa (al día siguiente, 22 de septiembre de 1985, en el ABC) y muy de agradecer, don Lorenzo López Sancho completó así mi anterior florilegio de insensateces:

Tamarón, que no sé quien es, pero que es muy agudo, recuerda a aquel opositor que traducía á l’ombre des platanes por «el hombre del plátano». En mis tiempos, que me imagino poco lejanos a los suyos, traducíamos pas encore como «pasa un cura», pero era en cachondeo. Hace no mucho descubrí en la banda sonora del filme Gritos y susurros que un traductor profesional traducía «Twelfth night», como «duodécima noche» sin sospechar siquiera que Shakespeare titulaba así, Noche de reyes, «or what you will», una de sus obras más bellas.
El insomnio hace dar vueltas y vueltas en el «torrado» a estas pequeñeces. Después de todo, admirado Tamarón, piensa uno, equivocar traducciones puede constituir todo un juego poético. L’enfant est perdu, traducido por un compañero mío de bachillerato como «el elefante y la perdiz», ganaba peso y vuelo. No recuerdo ahora cuál de los románticos franceses ¿Mallarmé quizá?, gustaba de mirar en el diccionario palabras nuevas, tapando las definiciones e inventar otras.
Hace unas semanas hablaba yo aquí del gusto francés por las «contrepèteries»: No es lo mismo, decía Rabelais, «femme folle á la messe» que «femme molle à la fesse». ¿Cómo se dirá en español «contrepèterie»?

A propósito de contrepèterie (literalmente contrapedorreta, literariamente «lapsus burlesco de contraposición de letras») le contesté:

«No quiero saber cómo traducirá el diccionario “contrepèterie”, prefiero pensar en “retruécano” (no es lo mismo ni mucho menos, pero conserva “el ruido y la furia”, ya que de música no se debe hablar).»



(Este artículo se publicó en el ABC del 21 de Septiembre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).


Enlaces relacionados:
Tontos en varios idiomas
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008


lunes, 25 de mayo de 2015

Ópera y drama de Wagner


     Coincidiendo con el 202 aniversario del nacimiento de Ricardo Wagner, mi amigo Joaquín Torrente García de la Mata, jurista y tan aficionado a la ópera como a la literatura, ha escrito este ensayo sobre el gran músico alemán y su libro Ópera y drama, de 1851, traducido por el musicólogo Ángel Fernando Mayo Antoñanzas. Lo publicamos con agradecimiento.

Ópera y drama

Por Joaquín Torrente García de la Mata

     “El error en el género artístico de la ópera consistió en que un medio de la expresión –la música- se convirtió en el fin y que el fin de la expresión –el drama- se ha convertido en el medio”. Con estas tres líneas sentenciaba Richard Wagner la decadencia del drama musical en el siglo XIX, que convirtió el libreto en simple pretexto para la composición y subordinó el argumento dramático al lucimiento de artistas y cantantes, al divismo en su más banal manifestación. La melodía irrelevante, la música independizada del argumento y sin conexión con el texto, el canto vacío de significado eran signos visibles de la profanación de una forma artística –el drama musical- que para Wagner estaba llamado a tener una dignidad pareja a la de la tragedia griega, el teatro español del Siglo de Oro o el de la Inglaterra de la primera reina Isabel.

     Richard Wagner escribe Ópera y Drama –de cuya introducción procede la cita- en 1851 cuando vive su exilio zuriqués, tras su participación en la revuelta revolucionaria de Bakunin en Dresde. Y lo hace –nos cuenta el traductor de la obra- a borbotones, como respuesta a un artículo ocasional, sin un esquema cerrado, lejos de su biblioteca que ha quedado en la Corte de Sajonia donde desempeñaba el cargo de Kapellmeister, sin acopio de fichas y de notas, con conocimientos no musicológicos sobre los orígenes del género, utilizando una terminología difícil y desarrollando personalísimas teorías lingüísticas, elaborando en suma, con poderoso ingenio y una pasión superior a su capacidad de síntesis, una interpretación original y rica del mito y de la tragedia griegos.

     Wagner divide su obra en tres partes. La primera tiene como argumento la ópera propiamente dicha y su evolución histórica hasta los días en que escribe su manifiesto. La segunda está dedicada al Drama y, más particularmente, al drama poético. Y en la tercera habla del drama del futuro y del modo en que concibe la obra de arte total. No es Ópera y Drama una obra sencilla ni pacífica; como escribió Nietzsche y nos recuerda Miguel Ángel González Barrio, prologuista de esta edición, “los escritos en prosa de Wagner son difíciles de comprender porque él no quiere poner el énfasis y en los períodos más amplios de frase no hace distingos entre el tono mayor y el tono menor; todo le resulta importante, como si tuviera que quedar subrayado”.

     Las afirmaciones de Wagner cuando traza la historia del drama musical son audaces y polémicas; revisa las aportaciones al género de Gluck, Mozart y sus propios contemporáneos Meyerbeer y Rossini y no tiene reparo en presentarse como el único compositor capaz de llevar a cabo la reforma radical del género. No sería difícil encontrar imprecisiones y arbitrariedades en el texto literario del compositor –como también infidelidades de Wagner compositor a sus propios postulados-, pero como ya señalara años atrás un traductor francés de esta obra, con Ópera y Drama sucede como con el prefacio de Cromwell de Victor Hugo. Lo importante no es saber si lo que dice Victor Hugo es verdad, sino saber qué es lo que dice Victor Hugo. El interés de Ópera y Drama no es tanto si los anatemas que lanza Wagner están justificados, o si sus opiniones sobre el drama y su historia son científicas. La preocupación por la verdad histórica no es primordial, ya que Wagner escribe siempre con una finalidad. Y su objetivo es la obra de arte total –la Gesamtkunstwerk-, concepto actualísimo que conjuga el texto, el gesto, la música, la escenografía y lo que hoy llamamos dirección artística; en definitiva lo que él denomina la obra de arte del futuro.

     Ángel-Fernando Mayo, autor de esta traducción, de cuyo prematuro fallecimiento se cumplirá dentro de escasos días una docena de años, fue sin duda el más completo especialista wagneriano contemporáneo en lengua española. Unía a su dominio de la lengua, la cultura, la literatura, la filosofía y la historia alemana una genuina y contagiosa pasión por la música. Sus libros, sus escritos diversos que incluyen crónicas, notas para programas de mano, críticas, comentarios o recensiones y, muy especialmente, sus rigurosas y cuidadas traducciones, siguen siendo indispensables para el que quiera acercarse a la obra literaria y musical de Richard Wagner. Asiduo visitante de Bayreuth desde los años sesenta, conoció los años de gloria vocal, orquestal y escénica del Festival. Desde las páginas de las revistas musicales españolas Mayo creó escuela, fomentó afición, formó el gusto de una generación de wagnerianos y supo despertar el interés por las grabaciones históricas, los registros en vivo, los cantantes del pasado y los directores de orquesta herederos de la gran tradición.

     Ángel Mayo había traducido y anotado ya para Alianza Editorial en 1983 la fundamental biografía de Wagner escrita por Martin Gregor-Dellin; y años más tarde abordó con respeto y reverencia la versión española de Ópera y Drama, “la obra más inteligente de toda la ensayística musical”, en palabras de Richard Strauss. Advertía Gregor-Dellin que de todos los ensayos de Wagner éste era el más peligroso, porque en él la visión del porvenir alcanza hasta la técnica artística, y constituye un programa ideológico completo con disgresiones sobre historia de la música, lingüística y filosofía.

     Dice con razón Ángel Mayo que mientras ya nadie discute el Wagner músico, no sucede lo mismo con el hombre y el pensador. Y es verdad que en cuanto al filósofo o ideólogo del drama musical contemporáneo apenas es posible encontrar a nadie que lo defienda o haga propósito de comprenderlo. De ahí el empeño de Mayo en dar a conocer esta obra y posibilitar su acceso al lector español. Le obsesionaba el hecho de que no existiera un texto digno en nuestra lengua desde que Editorial Austral publicara en 1952 una traducción de la tercera parte que presenta serios problemas de inteligibilidad, ya que, como escribía entonces, el lenguaje de Wagner puede resultar en sí difícil, denso, farragoso incluso ya que no era un filólogo ni un musicólogo y su expresión se corresponde con las intuiciones del artista, con largos períodos y párrafos complejos con una estructura interna musical y transicional que requiere cierta familiaridad. Y sin leer y estudiar Ópera y Drama resulta imposible la correcta comprensión de las causas, los propósitos y el contenido de la magna obra wagneriana, ni puede llegar a percibirse su falseamiento en las actuales producciones escénicas.

     La primera traducción integral de Ópera y Drama fue publicada en 1997 por la Asociación Sevillana de Amigos de la Ópera en colaboración con la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Ahora Editorial Akal ha querido presentar otra vez este texto en una esmerada edición de su colección AKAL MUSICA. La obra viene precedida de una introducción de Miguel Ángel González Barrio, fervoroso wagneriano, y sucesor de Mayo en el difícil y noble arte de la crítica musical. Y también incluye el Epílogo que escribiera Mayo para la primera edición de su traducción y su hermosísimo ensayo “La obra de una vida”, sobre el Anillo del Nibelungo, que revisó pocos días antes de su muerte. Ensayo que aúna la pasión, la precisión, el rigor histórico y musicológico, la visión completa del drama musical por antonomasia, y que nos proporciona, en definitiva, las claves para la comprensión de una de las obras cumbres de nuestra civilización.

     En las notas al programa de mano del Tristán e Isolda que presentó el Teatro Real en la temporada 1999-2000 decía Ángel Mayo que “Richard Wagner, quien tantas cosas nos ha dicho en sus obras dramáticas y tanto escribió sobre sí mismo o de él mismo para el mundo, todavía está hoy muy lejos de ser comprendido por los más, cuando al contrario –como bien sabe el lector- suele ser despachado con perversos, por estúpidos, tópicos frutos de la más crasa ignorancia o del sectarismo, que viene a ser lo mismo”. Bienvenida sea la publicación de esta traducción, cuidadosamente anotada, del gran manifiesto wagneriano por el arte, la belleza y la verdad dramática.

Ópera y Drama
Richard Wagner
Prólogo de Miguel Ángel González Barrio
Traducción de Ángel-Fernando Mayo Antoñanzas
Ediciones Akal SA, Madrid
2013

Enlaces relacionados:
Más sobre democracias y distopías
Botones de muestra XIV
Arcades Ambo
Más sobre la sucesión de los títulos nobiliarios
La cabeza de la hidra
Auto de fe
¿Neutralia es España?


jueves, 7 de mayo de 2015

Adiós a las fresnedas


Fraxinus Angustifolia © Wikimedia Commons

La mayor amenaza contra el paisaje boscoso de Europa –desde la grafiosis que acabó con el olmo– es la que ahora está devastando buena parte de Europa Central y Occidental al matar los fresnos. La inquietud es muy grande en toda Europa pero también se toman medidas más o menos eficaces y se dan avisos y consejos para evitar este desastre ecológico. Ello es fácilmente comprobable tecleando en Google Chalarose du frêne en francés o Ash dieback en inglés, o Chalara fraxinea o Hymenoscyphus pseudoalbidus en latín. Aparecerán detalladas informaciones en varias lenguas (pero no en español) sobre esta plaga de hongos que empezó en Polonia en 1992. Ya se ha extendido hacia el Sur incluyendo Francia y el Norte de Italia, así como Rumanía al Este. Al Oeste ya casi ha acabado con el fresno en las Islas Británicas. Allí, aunque tarde, al menos han prohibido la importación de plantas de los viveros polacos. En España ni eso. O será que no ha trascendido.

Sorprende, pues, la absoluta falta de interés en nuestro país por ese problema que tarde o temprano nos afectará en España, si no ha llegado ya. No he encontrado ninguna mención de esta plaga en las páginas del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medioambiente, ni en ninguna de las Consejerías del mismo ramo en nuestras 17 autonomías ni en ninguna de las grandes asociaciones ecologistas, por más que he buscado en Google. Ni siquiera aparece mencionada en la Wikipedia en español, salvo que aparezca con otro nombre distinto de los nombres científicos en latín antes citados.

Los druidas celtas pensaban que el fresno nunca era herido por el rayo. Pero, claro está, nunca previeron que el rayo de la estupidez humana fulminase ese hermoso árbol, tan sagrado como útil para hacer desde el mango del contundente martillo hasta delicados muebles. Todo eso se perderá pronto salvo que Odín, su divino patrono, proteja a nuestros fresnos. O que se ocupe San Blas, cuyas varas y cayados no siempre son de avellano sino a veces de fresno.

Lo que no cabe esperar es que las administraciones públicas o los oenegeros hagan algo.


Fresno enfermo © Wikimedia Commons


lunes, 20 de abril de 2015

Todo vale, sobre todo en moto

     En las primeras palabras del texto adjunto hay una errata absurda o una grave inexactitud.

"Rutas en moto

Hoces del río Duratón

(Guía Repsol, bajado el día 18/04/2015 )
GUÍA REPSOL 

Recorrer este espectacular cañón, que en algunos puntos llega hasta los cien metros de profundidad, es una de las mejores excursiones que podemos hacer en Castilla y León.
Contemplar las hoces mientras buitres leonados, águilas y halcones peregrinos nos sobrevuelan es una experiencia única, más aún cuando lo hacemos sobre una moto, mientras cortamos el aire por carreteras serpenteantes."

     Lo primero que piensa el lector es que el redactor de esta guía se equivocó de verbo al escribir "recorrer este espectacular cañón" y "contemplar las hoces mientras buitres leonados, águilas y halcones peregrinos nos sobrevuelan es una experiencia única, más aún cuando lo hacemos sobre una moto". Es de suponer que quiso decir destruir. Todo lo que atrae de ese hermoso y único paraje castellano se esfumará pronto gracias al estruendo y a los humos de los graciosos moteros, ebrios de insobornable contemporaneidad.

     Tal vez, sin embargo, no hubo errata sino intención de incitar a los moteros a darse una vuelta por ese lugar protegido legalmente, violando las normas vigentes. Renuncio a calificar la intención, más allá de aumentar un poco los beneficios de la empresa que publica esta guía.

     Hace no mucho tiempo visité la ermita de San Frutos, para lo cual se podía ir en vehículo de motor hasta una buena distancia de la ermita, distancia que aún así me pareció insuficiente para desanimar a los bárbaros vagos que renuncian a andar. Dudo que ahora esté permitido llegar sobre ruedas hasta la misma ermita, y menos bajar hasta las hoces del río Duratón. Si me equivoco, retiro lo dicho pero exhorto a quienes esto lean a quejarse cortésmente a las autoridades de la Junta de Castilla y León y pedirles que ejerzan su obligación de custodia de la Naturaleza y de los monumentos arquitectónicos. No debería ser necesario recordar que esas hoces y cañones son un Parque Natural y además, en la legislación comunitaria una Zona de Especial Protección para las Aves, y como tal forma parte de la Red Natura 2000. Por todo eso del 1 de Enero al 31 de Julio no se puede acceder a los cortados del Duratón, ni siquiera a pie, y no digamos en moto.

     Si acierto, pido a la propia Junta y a Repsol que supriman ese texto de la guía citada.

     Y de paso me atrevo a esperar de mis amigos ecologistas, verdes y otros progresistas que digan o hagan algo sobre esto. ¿O hay que temer que una vez más un asunto menor pero muy característico quede considerado tabú como otros bastante peores, por ejemplo el castigo de los incendiarios del monte, hoy impunes en la práctica? Todo el mundo sabe -pero pocos lo reconocen- que motos y quads circulan a sus anchas por lugares que les están vedados por ley.

     Pero, claro, aquí todo vale. O por lo menos todo sale gratis. Sobre todo en moto.

lunes, 6 de abril de 2015

El Cuervo

      Visto en el Piedemonte Segoviano

      El cuervo es sabio y viejo como San Pablo el Ermitaño. El cuervo alimentó a San Pablo con medio pan diario, salvo cuando recibió la visita de San Antonio Abad, que llegó guiado por un fauno y un centauro. El cuervo entonces llevó un pan entero. Dos leones cavaron su tumba. Los siete personajes -el Ermitaño, el Abad, el Cuervo, el Fauno, el Centauro, el León y la Leona- son héroes supervivientes de la Antigüedad en el yermo de la Modernidad.


San Pablo Ermitaño recibe la visita de San Antonio Abad (1638)
Velázquez. Museo del Prado, Madrid.

      Cuanto antecede es prueba de que erraban los vascos al decir (según Don Resurrección María de Azkue) que "las urracas (mika) son del Purgatorio y los cuervos (eroiak) del Infierno". Salta a la vista que las urracas son del Limbo y los cuervos del Cielo.

Enlaces relacionados:
La Urraca
Prudente como un roble
Quis custodiet ipsos custodes


miércoles, 25 de marzo de 2015

La Urraca

     Visto en el Piedemonte Segoviano

La urraca (1869), de Claude Monet. Musée d'Orsay, París

     La urraca es caníbal, ladrona y blasfema, como Nietzsche. Pero todo se le perdona por su alegre risa sarcástica, como a Schopenhauer.

Enlaces relacionados:
Prudente como un roble
Quis custodiet ipsos custodes

miércoles, 18 de marzo de 2015

Botones de muestra XXVI

   
     No es fácil hacer un excelente libro sobre el mejor autor de aforismos de los últimos siglos y más difícil aún es hacer una reseña aceptable de tal libro. La competencia con aforismos perfectos, donde no sobra ni falta una palabra, es insostenible. Salvo, claro está, acudir a la cita constante del autor de las máximas y convertir el libro en una antología y la reseña en una quintaesencia.

     Hay que decir en honor del Profesor José Miguel Serrano Ruiz-Calderón que no acude a la solución de facilidad y sí a analizar con rigor y humor a la vez la obra de Nicolás Gómez Dávila. Su análisis, además, pone orden en la obra del brillante pensador colombiano, que brilla en todo, como un puñado de brillantes, menos en el orden.

     El esquema de Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila queda aclarado desde el principio, en un índice que luego el intérprete español cumple con natural claridad y lealtad al interpretado colombiano. Me permito subrayar este extremo ya que me reconcilia con la prosa de los juristas españoles especializados en la Filosofia del Derecho, cuyos libros allá a mediados del siglo pasado yo frecuenté sumido en las brumas oscuras de un invencible tedio.

     Bastaría en realidad con reproducir el índice para dar cumplida noticia del contenido de la obra, pero no cumpliría entonces con la obligación de ofrecer botones de muestra de los libros que van suscitando y alimentando mi curiosidad.

     El primer capítulo, Una vida sustrato de una obra, resume lo que sabemos del culto y refinado misántropo criollo que fue Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). No es mucho, pero suficiente para atraer al lector curioso de autores al margen de las modas literarias e ideológicas. Don Nicolás añade a esta condición otras dos circunstancias gustosas para ciertos lectores: primero no fue a ninguna universidad y luego no hizo nada por darse a conocer ni por dar a conocer su obra. Sí parece haber recibido una excelente educación secundaria en su niñez transcurrida en Francia. Dicen que estudió en un colegio benedictino, pero ello no está comprobado. En todo caso le queda en su bella prosa española la impronta de la educación francesa, que desde luego enseña a pensar. Hasta tal punto que el lector se siente tentado de ver en Gómez Dávila un autor francés que escribe en español, como Borges puede parecer un autor inglés que escribe en español. Después de todo Oscar Wilde parece un autor francés que escribe en inglés, y así ad infinitum. O ad nauseam.

     Pero no es así. Nicolás Gómez Dávila es más bien el autor -tal vez el mejor autor- de una prosa española fulgurante pero mucho más influido en el fondo de su pensamiento por los escritores franceses, ingleses y alemanes que por los españoles, y nada por los "latinoamericanos". Diríase que era un apasionado de la lengua española pero no de los escritores hispanos. Quizá pensaba, como George Borrow, que la lengua española era superior a la literatura española. En todo caso este aspecto está perfectamente documentado a través del inventario de su biblioteca, 27.582 volúmenes que corresponden a 16.935 títulos. La mayor parte de la biblioteca está en francés, 7.106 títulos que incluyen traducciones de muchos de los clásicos grecolatinos y de los rusos. En inglés había 4.937 títulos, en alemán 2.816 y en italiano 454. En versiones originales griegas y latinas había 298 títulos, y 69 títulos en portugués.

     Lo más interesante es los libros que había en español: 718 títulos, con sorpresas tales que yo no me atrevería a juzgar. Sentía afición notable por Antonio Machado. También por Azorín. Dos grandes escritores cursis. Señal, cabe suponer, de que tan sólo le importaba cómo decían lo que decían, la forma y no el fondo. Había "mucho Eugenio d'Ors respecto a obras de pensamiento". A alguien he oído comentar que Gómez Dávila no apreciaba la obra de Ortega y Gasset. Confieso que para mí son hermanos gemelos el bogotano y el madrileño, pero también en esto me equivoco.

     Dice José Miguel Serrano:

     "La descripción que de sí mismo realiza en el primer libro que publicó Don Colacho no era ciertamente complaciente, otro de los rasgos de su carácter.
     «Casi rico, casi buen mozo, casi inteligente, casi con talento; mi vida ha consistido en un perpetuo perder el tren por unos pocos minutos de retraso», Notas, pg. 162".

     Su autorretrato tiene gracia pero acaso no sea del todo sincero, sino un recurso a la ironía para poner de su parte al lector. Por lo demás, incluso si Don Nicolás no era lector habitual de Don José Ortega, aquí parece haber ecos de la famosa diatriba orteguiana contra los diplomáticos, "hombres del universal casi". Pero aquella diatriba se debía al rencor contra Juan Valera por haberse burlado de Ortega y Munilla en el acto de ingreso de éste en la Real Academia, y el párrafo de Nicolás Gómez Dávila suena a hábil táctica, ya que masoquista no era.

     Hasta ahora, tan sólo me he referido al capítulo I de este libro. Tiene cinco más, así es que no podré prestar la atención que se merece. Basta con insistir en que los títulos de los capítulos e incluso los subtítulos y aun los epígrafes subordinados son un modelo de claridad y buen orden. El capítulo II trata precisamente de lo que anuncia (Obra, bibliografía e influencias), el III (El estilo del escoliasta), el IV (Rechazo de la pedagogía y de la profesionalización de la cultura), el V (Texto o textos implícitos en la obra de Nicolás Gómez Dávila) y el VI también (Dios y la nada. La superación del nihilismo). De todo ello se desprende que este escritor lo fue de aforismos, aunque él se empeñaba en llamarlos escolios. Todos los cinco volúmenes de escolios llevan en su título "a un texto implícito". La discusión sobre a qué se refería la expresión Escolios a un texto implícito, y qué era el aludido texto, ha provocado largas discusiones. El Profesor Serrano Ruiz-Calderón recoge nueve o diez interpretaciones de las palabras "texto implícito". Mi preferencia personal es la propia de José Miguel Serrano:

     "Al final, si ese texto existe, solo puede componerse a través del conjunto de las lecturas comentadas del propio Don Colacho, es decir, no es un texto autónomo al autor sino el conjunto de textos con escolios anotados."

     Cuestión aparte es el porqué de este recurso críptico. Algunos lo atribuyen a un cierto temor del qué dirán los del mundo universitario; me parece increíble dado el gusto irrefrenable que sentía Don Nicolás al provocar a los profesores y maestros de su época, a los que despreciaba. Tal vez tampoco quería ser demasiado explícito en su discrepancia radical del mundo post-conciliar. Una cosa era escribir "Más que un cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo", y otra era dar categoría de sistema a sus constantes pero dispersas observaciones, siempre aceradas, sobre la historia de la Iglesia. Aquí el botón de muestra sería bien breve:

     "La Iglesia, al caer en la tentación del jesuitismo, comienza utilizando y acaba utilizada". (Escolios, Ed. 2009, pag. 670)

     Mucho debemos, pues, los admiradores de Nicolás Gómez Dávila a este libro y a su autor José Miguel Serrano Ruiz Calderón, que en ningún momento sacrifica la verdad en el altar de la corrección política y tampoco en el de sus convicciones tal vez más firmes.

     Por eso me atrevo a pedirle, como lector y amigo suyo, que continúe aclarando muchas dudas que quedan en el ánimo de los lectores de Nicolás Gómez Dávila.

* * *

Ayer 17 de Marzo, de madrugada, garabateé estas notas:

Quedan, sin embargo, en mi mente muchas preguntas. Me las hago a mí mismo en noches de insomnio, y se las haré a mis amigos para trasladarles los desvelos de imposible respuesta. Ahí van algunas.

¿Es N.G.D. esencialmente un hereje?

¿Existió el "texto implícito" como un monstruo tautológico?

¿Monstruo en la acepción musical de la palabra? ¿O en el sentido goyesco del sueño de la razón?

Si hereje, ¿en qué corriente herética cabe ubicarlo?

Nada New Age, claro. La horterada esotérica no era su fuerte. Las versiones mediopelo de herejías honorables antiguas como los cátaros conviene dejarlas a Dan Brown y sus epígonos.

¿Qué pretenden sus constantes avisos de la inutilidad de oponerse al pensamiento moderno? ¿Será un mensaje de prudencia o un auto-exorcismo?

Más de un lector -¿yo, por ejemplo?- se siente cómodo leyendo a N.G.D. porque disfruta del tono irónico de la melodía sin reparar en su fondo trágico.

"Don Colacho" es contemplado a veces como un personaje de la Comedia del Arte, cuando es un personaje de la tragedia griega. Patricio sombrío, su risa es a veces desgarrada. O desgarradora.

La exégesis más solvente de N.G.D. deja muchos rincones sin alumbrar. ¿Por pudor? ¿Por miedo? ¿Por simple incapacidad de emprender la exploración?

La prueba: hay escolios que se citan poco.

Y no tan sólo sus feroces denuncias de los desatinos del aggiornamento post-conciliar.

¿Y si las famosas, pero poco conocidas, tertulias de Don Nicolás hubiesen sido otra cosa? ¿Algo así como el círculo de Leo Strauss o el de Stefan George?

¿Por qué descartar el nihilismo gracias a la teofanía? ¿Y si más que teofanía hubiese sido un deus ex machina? ¿O un as de la propia manga de Don Nicolás?

¿Será ésta la razón por la que nadie se ha atrevido a hacer algo tan fácil como un índice temático de los escolios?... con un simple ordenador...













Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila

José Miguel Serrano Ruiz-Calderón
Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona
2015

Enlaces relacionados:
Botones de muestra (XXV): Elizabeth Bowen, Charles Ritchie, Victoria Glendinning
Botones de muestra (XXIV): F. Fernández-Armesto
Botones de muestra (XXIII): Charles Powell
Botones de muestra (XXII): Calendario Zaragozano
Botones de muestra (XXI): Stanley Payne
Botones de muestra (XX): Nicolás Gómez Dávila
Botones de muestra (XIX): El peso de la lengua española en el mundo
Botones de muestra (XVIII): Mario Vargas Llosa
Botones de muestra (XVII): John Elliott
Botones de muestra (XVI): Hugh Thomas
Botones de muestra (XV): Maurice Baring y Javier de Mora-Figueroa
Botones de muestra (XIV): Marqués de Tamarón
Botones de muestra (XIII): Mariano Ucelay de Montero
Botones de muestra (XII): Eugenio d'Ors
Botones de muestra (XI): Paul Johnson
Botones de muestra (X): Enrique García-Máiquez
Botones de muestra (IX): Miguel Albero
Botones de muestra (VIII): Fernando Ortiz
Botones de muestra (VII): Rafael Garranzo
Botones de muestra (VI): Almudena de Maeztu
Botones de muestra (V): Miguel Albero
Botones de muestra (IV): Julio Vías
Botones de muestra (III): Beltrán Domecq y Williams
Botones de muestra (II): Leopoldo Calvo-Sotelo
Botones de muestra: Fernando Ortiz
Citas desde la caverna (V): Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 4 de marzo de 2015

Más sobre democracias y distopías

     Sorprende ver que ya en 1835, cien años antes de la distopía de Aldous Huxley, Brave new world, o Un mundo feliz, hubo quien pensó en lo que ocurriría si una civilización nueva tutelase en todo a los ciudadanos: "¡Ah, si pudiera evitarles del todo la molestia de pensar y el dolor de vivir!", exclamaba inquieto Tocqueville. Debo a mi amigo Joaquín Torrente García de la Mata, que en otras ocasiones ha aclarado asuntos que interesaban en estas páginas, esta nueva entrada.

Tocqueville y la democracia

Por Joaquín Torrente García de la Mata

Alexis de Tocqueville, por Chasseriau.
Palacio de Versalles

     Si se habla de Ortega y de la democracia es inevitable hacerlo también de Alexis de Tocqueville, a quien nuestro filósofo dedicó unos apuntes que se publicaron con carácter póstumo bajo el título “Tocqueville y su tiempo”. Tocqueville, quien según Ortega era incapaz de escribir por escribir, contempla los acontecimientos históricos y la conducta de los pueblos sin prejuicio ni pasión, y tras un lúcido e inteligente análisis establece unas conclusiones que se imponen con la inexorable fuerza de la lógica.

     Tocqueville vio con lucidez que, después de la Revolución, la organización de la vida política en democracia sería el mayor problema de la humanidad, y que este sistema de gobierno se perfila como una peligrosa encrucijada que puede conducir a la libertad pero aún con mayor facilidad al despotismo.

     Y es que el poder en los regímenes democráticos tiende a ser absoluto: "il n'y a rien de si irrésistible qu'un pouvoir tyrannique qui commande au nom du peuple, parce que étant revêtu de la puissance morale qui appartient aux volontés du plus grand nombre, il agit avec la décision, la promptitude et la ténacité qu'aurait un seul homme", dice en su célebre "De la démocratie en Amérique". (Libro I, II, v).

     Y más adelante se cuestiona si está en contradicción consigo mismo: “Considero impía y detestable la máxima según la cual en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene derecho a hacerlo todo, aunque emplazo en la voluntad de la mayoría el origen de todo poder”. La solución estriba en limitar y moderar dicho poder: “Je pense donc qu’il faut toujours placer quelque part un pouvoir social supérieur à tous les autres, mais je crois la liberté en péril lorsque ce pouvoir ne trouve devant lui aucun obstacle qui puisse retenir sa marche et lui donner le temps de se modérer lui-même” (“De la démocratie en Amérique”, Libro I, II,cap. vii).

     El pensamiento del jurista francés es tan nítido y está tan precisamente formulado que debe ser leído en su formulación original, sin ayuda de intermediarios ni glosadores. Pero sí me gustaría destacar en Tocqueville la descripción profética del futuro de los pueblos en el Capítulo VI del Libro II: “Quelle espèce de despotisme les nations démocratiques ont à craindre”. Allí leemos: «El tipo de opresión que amenaza a los pueblos democráticos no se parecerá a nada de lo que le ha precedido en el mundo: nuestros contemporáneos no podrían hallar esa imagen en sus recuerdos. Yo mismo busco en vano una expresión que reproduzca exactamente la idea que me hago de ello y que lo exprese; las viejas palabras de despotismo y tiranía ya no sirven. La cosa es nueva. Hace falta, pues, intentar definirla, puesto que no soy capaz de darle nombre. Si trato de imaginar cuáles puedan ser los nuevos rasgos con los que pueda llegar a implantarse el despotismo, veo una multitud ingente de hombres semejantes e iguales que giran incesantemente sobre sí mismos a la busca de pequeños y vulgares placeres, con los que satisfacen las necesidades de su alma. […] Por encima de ellos se eleva un poder inmenso y tutelar que es el único que se encarga de asegurar su disfrute y de velar por su suerte. Sería como la patria postestad si, al igual que ella, tuviese como finalidad preparar a los hombres para la edad viril; mas, muy al contrario, no persigue otra cosa que fijarlos irrevocablemente en la infancia; lo que desea este poder es que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar; se esfuerza de buen grado en hacerlos felices, pero quiere ser el único agente y el único árbitro; se ocupa de su seguridad, sale al paso de sus necesidades, las cuales resuelve, facilita sus goces, gestiona sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias. ¡Ah, si pudiera evitarles del todo la molestia de pensar y el dolor de vivir!”

     Después de haber amaestrado al individuo, continúa Tocqueville, el nuevo soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie de una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes a través de las cuales los espíritus más originales y las almas más vigorosas no sabrían abrirse camino; no quebranta las voluntades pero las ablanda, las pliega y las dirige; rara vez obliga a actuar pero se opone sin cesar a que se actúe; no destruye, sino que impide que algo nazca; no tiraniza, entorpece, comprime, enerva, apaga, adormece, reduce cada nación a no ser más que un rebaño de animales tímidos e industriosos, de los que el gobernante es el pastor.

     Este régimen de servidumbre, continúa diciendo, es compatible con algunas formas externas de libertad; no tiene dificultad para conciliarse con la soberanía del pueblo.

     “Nuestros contemporáneos se ven asediados por dos pasiones contrarias: sienten a la vez la necesidad de ser guiados y el deseo de ser libres. Al no poder destruir estos instintos contrarios, se esfuerzan en satisfacer ambos. Imaginan un poder único, tutelar, omnipotente, pero elegido por los ciudadanos. Concilian la centralización del poder con la soberanía del pueblo. Se consuelan de estar bajo tutela, pensando que han escogido a sus tutores. Todo individuo soporta que se le ate, porque no es un hombre ni una clase social, sino el pueblo mismo, el que sujeta la cadena”.

     “Dans ce système –concluye- les citoyens sortent un moment de la dépendance pour indiquer son maître, et y rentrent”. La conclusión es devastadora: “Es imposible pensar que un gobierno liberal, enérgico y sabio pueda emanar jamás de un pueblo de siervos. Los vicios de los gobernantes y la imbecilidad de los gobernados no tardarán en traer la ruina, y el pueblo, cansado de sus representantes y cansado de sí mismo creará instituciones más libres o volverá, más bien, a postrarse a los pies de un único amo”.

Enlaces relacionados:
Democracia, régimen y república
Demagogia y populismo