Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

jueves, 31 de julio de 2008

El humor en la novela española y en la inglesa. (5/8)

Ayer y para terminar este apartado, me hizo una admonición un hombre que era el retrato de Sancho Panza visto por Gustavo Doré, verdaderamente la vera efigie. Fue en el campo. Yo estaba trajinando allí. Como oigo mal, él estaba gritando en la puerta porque quería decirme algo (es mi vecino). Y yo no oía nada. Al final lo oí, me acerqué para abrir y le dije: «Usted perdone, como estoy medio sordo no lo había oído». Se me quedó mirando, muy digno, como diciendo: este tío es tonto. Me dijo: «Sabe usted, no hay por qué dar a conocer las propias faltas de uno». En fin, comprendí que eso excluye ese ramalazo inglés y americano que llaman self deprecating. Y no digamos el self derogatory. Aquí es absolutamente impensable, porque al que es tan idiota como para hacerlo lo consideran eso, un imbécil. Para eso está el vecino, para decir: sabéis, mi vecino está sordo. Él, por cierto, está cojo. Yo no le dije nada pero me hizo mucha gracia, porque era Sancho Panza, de pronto serio, de pronto digno y, sobre todo, defensor del decoro. Y quizás esa sea la esencia del humor literario español en que por un lado está el decoro y por otro lado la transgresión irresistible, cosa que a veces comprende uno. Gracias.

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X Foro Hispano Británico. Noviembre de 2006. Fundación Hispano Británica.
(c) Marqués de Tamarón 2008

El humor en la novela española y en la inglesa. (6/8)

Y ahora me atrevo a comentar la segunda intervención de Carmen Posadas:

Es verdad que las mujeres en la literatura española consiguen un humor donde se burlan de ellas mismas, cosa que a los hombres no les gusta hacer. Hablando ayer por la tarde, mientras preparaba esta sesión con Julia Escobar, le pedí un ejemplo claro y el más señero para ella y, curiosamente, citó como Carmen Posadas a Emilia Pardo Bazán. Lo que pasa es que me contó un cuento, que yo no he leído nunca, que se llama La mayorazga de Bouzas; debería contarlo Julia luego, pero como ya tendrá otra ponencia prevista, quiero decirles que es una historia absolutamente tronchante, probablemente autobiográfica según Julia, porque la tal mayorazga de Bouzas representa a un tipo de mujer con mucho temple y mando en plaza, fea, gorda, que coge su caballo porque sospecha que su marido la engaña y, en efecto, lo encuentra con otra y desoreja a la otra, lo cual tiene mucha gracia, supongo que para doña Emilia, que debió de sufrir bastante con su marido, y quizá él con ella. Pues bien, hay ejemplos notables en la literatura española de hoy de mujeres que se ríen de ellas mismas, la propia Julia Escobar en Nadie dijo que fuera fácil, una novela muy entretenida pero con mucho drama y por la que la acusaron de machista porque se reía de sus congéneres. Carmen Posadas en su libro de Pequeñas infamias, que le valió el Premio Planeta, y en otros libros suyos, también mezcla el humor y el reírse, reírse de lo suyo y de los demás también, desde luego, con lo más dramático.

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X Foro Hispano Británico. Noviembre de 2006. Fundación Hispano Británica.
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El humor en la novela española y en la inglesa. (7/8)

Pero es que ayer ocurrió —todo me pasó ayer y no me resisto a contarlo— que leí en el ABC dos artículos y luego leí unos poemas de Dorothy Parker. Un artículo era de Carmen Posadas, «La eterna guerra de los sexos», y había otro, también muy divertido, que se llamaba «Más que animal de compañía» de Rosa Belmonte, a quien no tengo el gusto de conocer por lo que nadie me puede acusar de darle coba. Y ambos artículos son típicos de mujeres con sentido del humor, capaces de burlarse de ellas mismas y de lo que son ellas y su época y su mundo. Y la mejor manera de escribirlos es, si ustedes me lo permiten, que les lea dos poemas muy cortos de Dorothy Parker, la mujer con más sentido del humor de la literatura en lengua inglesa, salvo en una cosa, fue militante del partido comunista americano. Siendo millonaria realmente demostró que tenía poco sentido del humor en eso, pero en fin lo hizo. El primero resume el artículo de Carmen y dice:

Ultimatum

I’m wearied of wearying love, my friend,
Of worry and strain and doubt;
Before we begin, let us view the end,
And maybe we’ll do without.
There’s never the pang that was worth the tear,
And toss in the night I won’t –
So either you do or you don’t my dear,
Either you do or you don’t!
The table is ready, so lay your cards
And if they should augur pain,
I’ll tender you ever my kind regards
And run for the fastest train.
I haven’t the will to be spent and sad;
My heart’s to be gay and true –
Then either you don’t or you do, my lad,
Either you don’t or you do.

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El humor en la novela española y en la inglesa. (8/8)

El artículo de Carmen era menos feroz pero por ahí iba. Luego el de la señorita Belmonte, donde hablaba de los animales con una ferocidad políticamente incorrecta también, se resume en cuatro versos de Dorothy Parker que se llaman

Thought for a Sunshiny Morning

It costs me never a stab nor squirm
To tread by chance upon a worm.
“Aha, my little dear,” I say,
“Your clan will pay me back one day.”


Bueno, pues con ese sentimiento, muy poco franciscano debo decir, muy poco políticamente correcto pero muy real, yo ya no puedo añadir nada más sin que me detenga la Guardia Civil enseguida. Así que sigan ustedes, señoras, por ese camino de regeneración de la literatura patria. Ánimo.


X Foro Hispano Británico. Noviembre de 2006. Fundación Hispano Británica.
(c) Marqués de Tamarón 2008

viernes, 18 de julio de 2008

Entrevista en "El País" abril 1997

El País (edición internacional del 7 de abril de 1997). Entrevista realizada por el periodista Tomás Bárbulo con el Marqués de Tamarón

Atrevámonos a ser catetos

El 7 de abril se inaugura en México un congreso de periodistas y académicos de todo el mundo hispánico. Lo organiza el Instituto Cervantes, que dirige el marqués de Tamarón.

TOMÁS BÁRBULO

El título nobiliario que encabeza esta página figura ahí por deseo expreso de su beneficiario, Santiago de Mora Figueroa y Williams, de 55 años. El director del Instituto Cervantes opina que no sería honorable disimularlo ahora que los blasones enmohecen. Esto le define como hombre fiel a sus tradiciones. No es el único rasgo evidente de, su carácter: posee un excelente sentido del humor, que demuestra al responder a la primera pregunta:

Pregunta: Señor marqués, ¿dice usted “sostén” o “sujetador”?

Respuesta: Si recuerdo de mi juventud cierta familiaridad con tan dulces prendas, se decía sostén. Pero me parece que ahora las opiniones andan divididas. Supongo que la alusión a las diferentes palabras para designar ciertas cosas la ha sacado de un pecado de juventud mío, un artículo recogido en un libro que se llama El guirigay nacional. Por cierto, en lo de “señor marqués” sobra el señor”.

P. Es curioso que el primer director del Instituto, con el PSOE [Nicolás Sánchez Albornoz], fuera hijo de un presidente de la República; y que el segundo, con el PP, sea un marqués.

R. El padre de mi predecesor era, probablemente, el hombre más tradicional que ha habido en el siglo XX español. De todas formas, salvo que capemos a los marqueses para que no se reproduzcan, cambiemos la Constitución para que no puedan acceder a la función pública o suprimamos los títulos del reino, veo difícil evitar estas situaciones.

P. ¿Qué problemas son más difíciles de resolver: los del español en el mundo o los internos del Instituto Cervantes?

R. El español es una de las lenguas que tienen más capacidad de triunfar. El Instituto hace todo lo que puede por ayudar a ese triunfo. En cuanto a las dificultades, existen, pero yo creo que no son mayores, y quizá sí menores, que las de cualquier órgano de la Administración.

P. Poco antes de llegar al Gobierno, José María Aznar afirmó que la defensa del español en el mundo era una de sus prioridades. ¿Qué siente usted cuando le oye pronunciar la palabra Maastricht?

R. Lo mismo que cuando en su periódico, hace pocos días, vi un chiste muy gracioso, por cierto de Forges en el que aparecía Maastricht sin la te final. Si me hubieran hecho caso cuando se firmó el tratado y se hubiera utilizado la vieja forma española que ya usaba Lope de Vega, de Mastrique, nos ahorraríamos esos problemas.

P. Se ha publicado que les han reducido el presupuesto.

R. Pues tengo que decirle, que ha sido aumentado en, 300 millones, un 7%.

P. En un ensayo, usted ha definido el logotipo de España como “un torvo huevo frito con hollín”. Hombre, ¿qué tiene usted contra Joan Miró?

R. En efecto, dije eso al hilo de una reflexión más general sobre lo que considero que es un problema pendiente para nuestro país: la imagen de España en el exterior. Creo que esa imagen no se corresponde con la realidad desde hace doscientos años. Ha estado llena de patetismo y vacía de armonía o lógica. Incluso los tres eslóganes turísticos de los últimos cuarenta años, que técnicamente eran muy buenos, subrayaban ese aspecto. A saber: “España es diferente”, “Todo bajo el sol” y “Una pasión por la vida”. Con las palabras clave de esos tres eslóganes —diferente, sol y pasión— es muy difícil vender un Talgo.

P. ¿Esa imagen afecta también a la lengua española?

R. En efecto. De resultas de la imagen de nuestra cultura, el extranjero tiende a pensar que la lengua española es puro fuego y pasión, con poca lógica.

P. Su segundo apellido es Williams. ¡Tenemos el inglés hasta en la dirección del Cervantes!

R. Ja, ja. Quizá eso me permita observar con cierto pragmatismo algunas cuestiones. Creo que podemos ver con bastante tranquilidad el futuro del español. En cambio, creo que no hay que dar por hecho que se va a mantener siempre su unidad. El riesgo de la fragmentación siempre existe cuando una lengua está tan extendida como la nuestra. De todos estos asuntos se hablará en el congreso que comienza el día 7 de abril en la localidad mexicana de Zacatecas.

P. ¿Qué haría usted con una frase como ésta?: “El cash-flow ha sido positivo gracias al cash que ha proporcionado el cobro de royalties”.

R. Hay países hispanoamericanos que han tenido la gallardía de traducir royalties por regalías. Me parece que no está mal como ejercicio de estilo.

P. Si dice regalías, tal vez no le entiendan los brokers españoles.

R. Ja, ja. Mire, a mí no me asustan las importaciones de palabras. Siempre se han hecho. Lo que sí me preocupa es la manera en la que se importan ahora. Antes, el pueblo cogía la palabra extranjera y la metabolizaba. Así jambon se convertía en jamón y sustituía a pernil. ¿Quién piensa hoy que jamón sea una palabra extraña? No lo es porque hemos cambiado la ortografía y la pronunciación. Si hubiéramos pretendido hacer lo que hacemos hoy con whisky, escribirlo como los ingleses, se habría resentido la estructura del idioma.

P. Tal vez la solución esté en una ley como la de Jacques Toubon, el ministro francés que hace tres años amenazó con la cárcel a los que firmaran contratos con términos ingleses.

R. Eso no es solución. El propio ministro se encontró después con que Francia podía tener problemas para lanzar empréstitos en los mercados de valores internacionales si se aplicaba su ley. La coerción no soluciona nada en el campo lingüístico. Sería más práctico intentar convencer a los hablantes del español de que se atrevan a ser catetos.

P. No me negará que los anuncios íntegramente en inglés que aparecen en los periódicos y las televisiones invitan a excesos como ése.

R. Son anuncios que deben de gustar a la gente muy esnob.

P. Una empresa privada puede hacer su publicidad en el idioma que quiera. Pero que una empresa pública española inunde las ciudades con carteles de Fortuna en inglés es, sorprendente. Tal vez antes de predicar en el extranjero el Instituto Cervantes debería darse una vuelta por Tabacalera.

R. Ja, ja. He visto esos carteles. Hombre, yo no soy políticamente correcto en nada. Soy fumador y no me considero obseso de las privatizaciones. Así que prefiero no entrar en ese asunto. Sí le aseguro que el Cervantes hace sus anuncios en español.

P. La ortografía deja de ser condición imprescindible para aprobar un examen, en el año 2000 los planes de estudio dedicarán sólo 19 horas a la literatura española... Son noticias recientes. Usted, que está en la primera línea de defensa del idioma, ¿no siente que le falla la retaguardia?

R. Sí. Y permítame que conteste a esta pregunta como aficionado a la literatura. No entiendo cómo una sociedad abocada a que sus miembros tengan cada día más horas de ocio no piensa que sería una inversión enseñar a los jóvenes a disfrutar con la cultura y concretamente con la literatura.

P. Trasladémonos de guardia a la vanguardia. Uno de los frentes más importantes del Instituto es Estados Unidos…

R. Por primera vez, en Estados Unidos hay una inmigración muy intensa y muy concentrada en personas de habla española. Eso ha provocado allí inquietud respecto a la unidad lingüística. Yo creo que lo que España puede hacer ante esta situación es ayudar, junto a los demás países hispánicos, a los inmigrantes a recuperar el orgullo de sus raíces.

P. ¿Y eso, cómo se consigue?

R. Con exposiciones, con cine, con teatro, con cultura de gran calidad que llevemos allí o usando a fondo un instrumento tan nuevo como es Internet.

P. El jueves hice un recorrido por la información que tiene el Instituto en Internet y hallé 38 faltas de ortografía y sintaxis en sólo dos folios. Los he traído impresos para que lo compruebe.

R. [Gesto de disgusto mientras se cala las gafas y repasa los folios con atención] Tiene usted razón. Podría alegar que se trata de una exposición y que los textos son del autor. Pero esto no debe ser una disculpa. Hay ocasiones en que la censura es recomendable. En este caso habría sido necesaria.

P. Uno de sus grandes proyectos es la edición del Quijote que Francisco Rico está preparando a partir de las primeras impresiones de la obra, que por cierto se publicaron llenas de erratas hace 450 años.

R. Se trata de una edición lo más próxima posible al texto auténtico, que no tiene por qué coincidir siempre con la primera edición. Irá acompañada de numerosas notas redactadas por un equipo de cervantistas de alto nivel. Con esto creo que el Instituto Cervantes también cumple con la misión que tiene encomendada.

La vanidad de un jardinero

Hace tres siglos, el señor de la villa burgalesa de Tamarón supo tomar la opción adecuada en la guerra que enfrentaba a los partidarios del pretendiente Borbón con los del archiduque Carlos. Coronado ya como Felipe V, el Borbón le agradeció los servicios prestados con el título de marqués. Desde entonces, han pasado por el registro, con desigual fortuna, nueve marqueses de Tamarón. De aquel episodio le quedan a Santiago de Mora-Figueroa un indisimulado orgullo y unos tarros de miel que, de vez en cuando, le envían los habitantes del viejo señorío de su antepasado.

Pero la vanidad de Tamarón —así quiere que le llamen— no se colma con su escudo de armas. Tampoco con mandar en el Instituto Cervantes, ni con ser autor de cinco libros “poco distribuidos y menos leídos”. Ni siquiera con sobrevolar el mundo a 1,95 metros de altura, característica física que le hace sufrir bastante en los aviones. La vanidad de Tamarón es ser "el mejor jardinero al sur de Despeñaperros". Quien quiera pruebas, que vaya a Cádiz y contemple su jardín de Arcos de la Frontera.

Su árbol genealógico —hijo de un marqués andaluz y de una inglesa— y su lugar de nacimiento —Jerez de la Frontera— parecían predestinarlo a convertirse en un experto en escanciar manzanilla. Sin embargo, eligió la carrera diplomática.

Hasta que llegó al Instituto Cervantes siempre encontró tiempo para escribir. Lo hacía todos los domingos, ocho horas seguidas durante las cuales sólo se alimentaba con pan de ajo —“para que no se me acercaran ni mi mujer ni mis dos hijos”—, café y vitamina B. Ese tesón es el que avala la única palabra cuyo significado le gustaría alterar: Bogavante. Según su curiosa teoría, el idioma inglés tiene una palabra, trendy, para designar a la persona ansiosa por estar a la última moda. “Bogavante no sólo significa ese marisco tan rico, sino también el que remaba primero en las galeras. Y realmente sufre tanto el esnob...”. Cosas de marqueses.

sábado, 12 de julio de 2008

Prólogo a “La muerte. El final de los tiempos II”

Esta insólita novela tiene varias singularidades, casi todas indecibles. Y digo indecibles pues resulta difícil explicar cómo coexisten algunas de ellas, cualidades que casi siempre se excluyen mutuamente en la narrativa, como la acción y las ideas. Pero su singularidad más indecible es la agilidad de la intriga, que mantiene en vilo al lector como cuando a los diez años descubrió a Stevenson. Esta capacidad de sorprender y cautivar al lector es la esencia de la novela, pero exige que se llegue al libro con una ignorancia casi edénica: es lo contrario de la tragedia, donde el efecto catártico en el espectador en nada depende de la sorpresa, ni ésta, si la hay, de la ignorancia. De ahí que sea indecible el argumento de La Muerte, so pena de ser tachado de desleal al lector y al autor.

Ni siquiera cabe esbozar el argumento del anterior volumen de la trilogía, El Dolor, pues quienes lo han leído no necesitan resúmenes y quienes no lo conocen deberían preservar su ignorancia para disfrutar de la recapitulación que el propio autor hace en la primera parte de esta segunda novela. Basta, pues, con describir el escenario histórico de estas estupendas aventuras futuristas. Se desarrollan en una distopía surgida tras revoluciones y guerras –descritas también en El Dolor– que dan a luz un mundo física, moral y espiritualmente enfermo. No se crea, sin embargo, que el tenebroso escenario y los sombríos títulos de estas dos novelas albergan unas aventuras tristes. Muy al contrario –quizá porque el título general de la trilogía es El final de los tiempos, pero más aún por la esencial alegría del relato– el lector intuye que más allá de las humaredas y estrépitos apocalípticos hay algún tipo de salvación.

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Prólogo a la novela de José Javier Esparza "La muerte. El final de los tiempos II" . Editorial Áltera. Barcelona. 2008
Marqués de Tamarón 2008

viernes, 11 de julio de 2008

Prólogo a “La muerte. El final de los tiempos II” / 2

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La acción, como en toda buena novela, tiene un ritmo juvenil. No se ve entorpecida en ningún momento por el hondo trasfondo filosófico o religioso. Es curioso que un novelista tan cristiano como Esparza invente un mundo enteramente nuevo, e incluso una religión post-cristiana, aunque cabe suponer que el culto a la Madre es una primera etapa en el regreso al cristianismo. Bien mirado, más curioso aún es que otro escritor muy católico, Tolkien, inventase otro mundo de arriba abajo, hasta con lengua propia, pero sin ninguna religión, más que unos leves ecos marianos y celestiales al final. Por cierto que Tolkien, con su gran lucha entre el Bien y el Mal, no es del todo ajeno al mundo de Esparza, aunque el mayor influjo literario y político en El final de los tiempos sea, a mi entender, Ernst Jünger. Me refiero al Jünger de Sobre los acantilados de mármol y demás novelas entre utópicas y distópicas. A veces piensa el lector de La Muerte que Esparza, con su philosophia perennis y su amor gozoso por la aventura, es una mezcla de Jünger y Tintin, hasta que cae uno en la cuenta de que eso sería una tautología, puesto que el propio Jünger es una mezcla de Jünger y Tintin. Aunque Esparza dice que no, que Jünger es una mezcla de Goethe y Tintin, y uno le replica que de dónde viene entonces el lado guerrero, y dónde nos dejamos a Hölderlin y a Nietzsche, y la cuenta telefónica es astronómica, ya que Esparza es polémico y culto y simpático…

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jueves, 10 de julio de 2008

Prólogo a “La muerte. El final de los tiempos II” y 3

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Pero el análisis psicológico de los personajes no es ni juvenil ni filosófico, está en la sólida tradición novelística europea: algunos malvados conservan su dignidad aun en el mal y otros incluso se redimen. Sobre todo, no cae en la torpeza de buena parte del pensamiento cristiano de los últimos cien o doscientos años, que parece creer que la civilización contemporánea, al ser materialista o impía (o ambas cosas a la vez como el mundo comunista o el nacionalsocialista), es pagana. ¡Ojalá! –decía otro católico lúcido, Christopher Dawson– pues el paganismo está lleno de sentido espiritual, cosa de la que carecen los seguidores de Stalin y los de Hitler. Eso lo sabe muy bien Esparza, uno de los pocos escritores españoles de hoy que saben ver las hierofanías allí donde se producen y no sólo donde tienen que producirse. Por eso esta novela, además de ser una alegoría política del presente y barrunto del futuro, y un relato de aventuras, y una historia de amor, y una descripción, a veces cómica, de la estupidez suicida del género humano, es una búsqueda de lo sagrado. El que esa búsqueda, como en la épica clásica, pero con formas estilísticas modernas, incluya persecuciones, batallas, conjuras, traiciones y amores, hace que el lector lea los dos volúmenes ya publicados con la rapidez y curiosidad que se tributa a las novelas que cautivan, categoría poco numerosa hoy, y con la esperanza de que pronto podemos leer el tercer tomo. Confieso que a mí eso no me pasaba desde que, hace ya muchos años, me encontré en un verano parisino sin el tercer volumen Los gozos y las sombras y un año después, en pleno invierno danés sin el tercero y final tomo de La espada de honor. Quien como Esparza provoca hambre de letra impresa como Gonzalo Torrente y Evelyn Waugh es todo un novelista.


Prólogo a la novela de José Javier Esparza "La muerte. El final de los tiempos II" . Editorial Áltera. Barcelona. 2008


Marqués de Tamarón 2008