Mi infancia, una infancia de niño pedante y precoz, navegó entre islas fascinantes e incluso angustiosas. Antes de los diez años me había quedado cautivo en esas islas desiertas y misteriosas.
El niño que empezó -tal vez demasiado pronto- a leer, aprendió, o creyó aprender, mucho de cada uno de sus autores favoritos. La curiosidad por entender el Universo a través de las ciencias visto por Julio (sic) Verne, fue un regalo para mi niñez, ávida de misterio:
El aguante -hoy lo llamarían resiliencia- de Robinson Crusoe visto por Daniel Defoe:
El espíritu aventurero en la Isla del Tesoro, de Stevenson:
Pero lo más curioso de estas obras inolvidables es que resurgen constantemente. Así, cuando a los veintitantos años empecé a fumar, recordé la cita inmortal: "-¡Tabaco, verdadero tabaco!- exclamó Pencroft". Sospechaba que fumar era suicida pero la heráldica suele correr ese albur para acatar esas servidumbres.



Qué bueno es recordar los libros que nos enseñaron a viajar sin movernos de casa, a los diez años, una isla misteriosa podía ser un mundo entero y Verne, Stevenson o Defoe, los mejores cómplices posibles, creo que nunca dejamos del todo aquellas islas, simplemente aprendimos a llamarlas de otra manera! Es bonito encontrarse en tu blog con aquel Santiago que soñaba con ser un aventurero más de todas aquellas historias y quizá por eso da tanto gusto leerte cuando vuelves a ellas y nos haces a todos tener ganas de volver a la niñez y acompañarte en los clásicos.
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