“……Querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”. Jorge Manrique escribió esto hace quinientos cincuenta años y Alejandro Royo-Villanova, que siempre admiró a Jorge Manrique, debió de pensar lo mismo cuando hace unos días sintió ya muy cercana la muerte.
Conocí a Royo-Villanova un día soleado de Septiembre
de 1958 a las puertas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid,
junto con José Guillermo García-Valdecasas, sentados en la escalera de granito
que llevaba a las puertas de la Facultad, recién edificada. Ya entonces y siempre después, Alejandro se
comportó con bondad y lealtad, en las duras y en las maduras. Por mi oficio de
diplomático pasé épocas en que lo vi poco y otras en que él demostró su
generosidad al recordar y ayudar a los amigos.
Era de admirar la sencillez en ese hombre que hubiera podido ser jactancioso por sus orígenes y éxitos profesionales. Siempre me llamó la atención su destreza con las manos para trabajar la madera, como hizo hasta el final de su vida, incluso cuando ya estaba muy debilitado. La misma destreza tenía al navegar ese hombre que supo compaginar lo físico con lo mental; un ejemplo poco común hoy.
En estos últimos años hemos tenido la fortuna de tratarnos con más frecuencia, los dos chocheando, y he admirado en él su valentía al enfrentarse con la enfermedad y la muerte. Cierta amiga de ambos me confiesa que se alegra de haber disfrutado de nuestras charlas estos últimos años en Madrid. Me asegura que Alejandro le decía que estaba muy preocupado por mí pues me veía con poca memoria, y yo le decía que me daba pena ver a Alejandro con tan poca movilidad. Dos viejos amigos sintiendo compasión uno del otro.
Mientras escribía esta parca descripción de un pasado tan próximo y tan lejano, me comenta Teresa Rubio Tió lo siguiente.
En una reunión en un bar en la Moncloa, Miguel Herrero de Miñón, Alejandro Royo-Villanova, Teresa Rubio y yo, tomábamos unos vinitos que costaban cada uno unas pobres pesetas. Estábamos allí sentados y la conversación se fue haciendo más seria y llegó a la pregunta que uno de nosotros nos hizo “pero ¿de qué vamos a vivir?”
Y volviendo a Jorge Manrique: “… dio el alma a quien se la dio, el cual la ponga en el
cielo y en su gloria, y aunque la vida perdió, nos dejó harto consuelo su memoria”. Consuelo, espero, para su mujer Leticia, y consuelo y ejemplo para sus
hijos Segismundo, Alejandro, Guillermo, Mariana y Leticia. Requiescat in Pace,
querido Alejandro.

Sí, Santiago, digno es recordar a quien bien nos hizo y testificar el recuerdo de un amigo que lo merece por sus actos de nobleza. Triste es pensar en la muerte, aunque sepamos por fe que no es el final. Al final, la muerte se nos aparece como una última seducción, inevitable, que nos devasta. Te acompaño en el sentir por tu pérdida y me congratulo de ser tu amigo en el respeto y la gratitud. Alejandro, seguro, en la Gloria está. Con afecto Santiago, siempre tuyo.
ResponderEliminarTengo que corregir el penúltimo párrafo: nada de "un bar en la Moncloa", estábamos en nada menos que en La Cervecería El Laurel de Baco...
ResponderEliminarQué bonito homenaje, se nota que está escrito desde el cariño y desde el privilegio de haber compartido muchos años de amistad. Da gusto leer recuerdos así, tan sinceros, que ponen en valor a las personas por cómo fueron y por la huella que dejaron. Un abrazo para toda la familia de Alejandro y para ti Santiago.
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