Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

lunes, 20 de abril de 2015

Todo vale, sobre todo en moto

     En las primeras palabras del texto adjunto hay una errata absurda o una grave inexactitud.

"Rutas en moto

Hoces del río Duratón

(Guía Repsol, bajado el día 18/04/2015 )
GUÍA REPSOL 

Recorrer este espectacular cañón, que en algunos puntos llega hasta los cien metros de profundidad, es una de las mejores excursiones que podemos hacer en Castilla y León.
Contemplar las hoces mientras buitres leonados, águilas y halcones peregrinos nos sobrevuelan es una experiencia única, más aún cuando lo hacemos sobre una moto, mientras cortamos el aire por carreteras serpenteantes."

     Lo primero que piensa el lector es que el redactor de esta guía se equivocó de verbo al escribir "recorrer este espectacular cañón" y "contemplar las hoces mientras buitres leonados, águilas y halcones peregrinos nos sobrevuelan es una experiencia única, más aún cuando lo hacemos sobre una moto". Es de suponer que quiso decir destruir. Todo lo que atrae de ese hermoso y único paraje castellano se esfumará pronto gracias al estruendo y a los humos de los graciosos moteros, ebrios de insobornable contemporaneidad.

     Tal vez, sin embargo, no hubo errata sino intención de incitar a los moteros a darse una vuelta por ese lugar protegido legalmente, violando las normas vigentes. Renuncio a calificar la intención, más allá de aumentar un poco los beneficios de la empresa que publica esta guía.

     Hace no mucho tiempo visité la ermita de San Frutos, para lo cual se podía ir en vehículo de motor hasta una buena distancia de la ermita, distancia que aún así me pareció insuficiente para desanimar a los bárbaros vagos que renuncian a andar. Dudo que ahora esté permitido llegar sobre ruedas hasta la misma ermita, y menos bajar hasta las hoces del río Duratón. Si me equivoco, retiro lo dicho pero exhorto a quienes esto lean a quejarse cortésmente a las autoridades de la Junta de Castilla y León y pedirles que ejerzan su obligación de custodia de la Naturaleza y de los monumentos arquitectónicos. No debería ser necesario recordar que esas hoces y cañones son un Parque Natural y además, en la legislación comunitaria una Zona de Especial Protección para las Aves, y como tal forma parte de la Red Natura 2000. Por todo eso del 1 de Enero al 31 de Julio no se puede acceder a los cortados del Duratón, ni siquiera a pie, y no digamos en moto.

     Si acierto, pido a la propia Junta y a Repsol que supriman ese texto de la guía citada.

     Y de paso me atrevo a esperar de mis amigos ecologistas, verdes y otros progresistas que digan o hagan algo sobre esto. ¿O hay que temer que una vez más un asunto menor pero muy característico quede considerado tabú como otros bastante peores, por ejemplo el castigo de los incendiarios del monte, hoy impunes en la práctica? Todo el mundo sabe -pero pocos lo reconocen- que motos y quads circulan a sus anchas por lugares que les están vedados por ley.

     Pero, claro, aquí todo vale. O por lo menos todo sale gratis. Sobre todo en moto.

lunes, 6 de abril de 2015

El Cuervo

      Visto en el Piedemonte Segoviano

      El cuervo es sabio y viejo como San Pablo el Ermitaño. El cuervo alimentó a San Pablo con medio pan diario, salvo cuando recibió la visita de San Antonio Abad, que llegó guiado por un fauno y un centauro. El cuervo entonces llevó un pan entero. Dos leones cavaron su tumba. Los siete personajes -el Ermitaño, el Abad, el Cuervo, el Fauno, el Centauro, el León y la Leona- son héroes supervivientes de la Antigüedad en el yermo de la Modernidad.


San Pablo Ermitaño recibe la visita de San Antonio Abad (1638)
Velázquez. Museo del Prado, Madrid.

      Cuanto antecede es prueba de que erraban los vascos al decir (según Don Resurrección María de Azkue) que "las urracas (mika) son del Purgatorio y los cuervos (eroiak) del Infierno". Salta a la vista que las urracas son del Limbo y los cuervos del Cielo.

Enlaces relacionados:
La Urraca
Prudente como un roble
Quis custodiet ipsos custodes


miércoles, 25 de marzo de 2015

La Urraca

     Visto en el Piedemonte Segoviano

La urraca (1869), de Claude Monet. Musée d'Orsay, París

     La urraca es caníbal, ladrona y blasfema, como Nietzsche. Pero todo se le perdona por su alegre risa sarcástica, como a Schopenhauer.

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Prudente como un roble
Quis custodiet ipsos custodes

miércoles, 18 de marzo de 2015

Botones de muestra XXVI

   
     No es fácil hacer un excelente libro sobre el mejor autor de aforismos de los últimos siglos y más difícil aún es hacer una reseña aceptable de tal libro. La competencia con aforismos perfectos, donde no sobra ni falta una palabra, es insostenible. Salvo, claro está, acudir a la cita constante del autor de las máximas y convertir el libro en una antología y la reseña en una quintaesencia.

     Hay que decir en honor del Profesor José Miguel Serrano Ruiz-Calderón que no acude a la solución de facilidad y sí a analizar con rigor y humor a la vez la obra de Nicolás Gómez Dávila. Su análisis, además, pone orden en la obra del brillante pensador colombiano, que brilla en todo, como un puñado de brillantes, menos en el orden.

     El esquema de Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila queda aclarado desde el principio, en un índice que luego el intérprete español cumple con natural claridad y lealtad al interpretado colombiano. Me permito subrayar este extremo ya que me reconcilia con la prosa de los juristas españoles especializados en la Filosofia del Derecho, cuyos libros allá a mediados del siglo pasado yo frecuenté sumido en las brumas oscuras de un invencible tedio.

     Bastaría en realidad con reproducir el índice para dar cumplida noticia del contenido de la obra, pero no cumpliría entonces con la obligación de ofrecer botones de muestra de los libros que van suscitando y alimentando mi curiosidad.

     El primer capítulo, Una vida sustrato de una obra, resume lo que sabemos del culto y refinado misántropo criollo que fue Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). No es mucho, pero suficiente para atraer al lector curioso de autores al margen de las modas literarias e ideológicas. Don Nicolás añade a esta condición otras dos circunstancias gustosas para ciertos lectores: primero no fue a ninguna universidad y luego no hizo nada por darse a conocer ni por dar a conocer su obra. Sí parece haber recibido una excelente educación secundaria en su niñez transcurrida en Francia. Dicen que estudió en un colegio benedictino, pero ello no está comprobado. En todo caso le queda en su bella prosa española la impronta de la educación francesa, que desde luego enseña a pensar. Hasta tal punto que el lector se siente tentado de ver en Gómez Dávila un autor francés que escribe en español, como Borges puede parecer un autor inglés que escribe en español. Después de todo Oscar Wilde parece un autor francés que escribe en inglés, y así ad infinitum. O ad nauseam.

     Pero no es así. Nicolás Gómez Dávila es más bien el autor -tal vez el mejor autor- de una prosa española fulgurante pero mucho más influido en el fondo de su pensamiento por los escritores franceses, ingleses y alemanes que por los españoles, y nada por los "latinoamericanos". Diríase que era un apasionado de la lengua española pero no de los escritores hispanos. Quizá pensaba, como George Borrow, que la lengua española era superior a la literatura española. En todo caso este aspecto está perfectamente documentado a través del inventario de su biblioteca, 27.582 volúmenes que corresponden a 16.935 títulos. La mayor parte de la biblioteca está en francés, 7.106 títulos que incluyen traducciones de muchos de los clásicos grecolatinos y de los rusos. En inglés había 4.937 títulos, en alemán 2.816 y en italiano 454. En versiones originales griegas y latinas había 298 títulos, y 69 títulos en portugués.

     Lo más interesante es los libros que había en español: 718 títulos, con sorpresas tales que yo no me atrevería a juzgar. Sentía afición notable por Antonio Machado. También por Azorín. Dos grandes escritores cursis. Señal, cabe suponer, de que tan sólo le importaba cómo decían lo que decían, la forma y no el fondo. Había "mucho Eugenio d'Ors respecto a obras de pensamiento". A alguien he oído comentar que Gómez Dávila no apreciaba la obra de Ortega y Gasset. Confieso que para mí son hermanos gemelos el bogotano y el madrileño, pero también en esto me equivoco.

     Dice José Miguel Serrano:

     "La descripción que de sí mismo realiza en el primer libro que publicó Don Colacho no era ciertamente complaciente, otro de los rasgos de su carácter.
     «Casi rico, casi buen mozo, casi inteligente, casi con talento; mi vida ha consistido en un perpetuo perder el tren por unos pocos minutos de retraso», Notas, pg. 162".

     Su autorretrato tiene gracia pero acaso no sea del todo sincero, sino un recurso a la ironía para poner de su parte al lector. Por lo demás, incluso si Don Nicolás no era lector habitual de Don José Ortega, aquí parece haber ecos de la famosa diatriba orteguiana contra los diplomáticos, "hombres del universal casi". Pero aquella diatriba se debía al rencor contra Juan Valera por haberse burlado de Ortega y Munilla en el acto de ingreso de éste en la Real Academia, y el párrafo de Nicolás Gómez Dávila suena a hábil táctica, ya que masoquista no era.

     Hasta ahora, tan sólo me he referido al capítulo I de este libro. Tiene cinco más, así es que no podré prestar la atención que se merece. Basta con insistir en que los títulos de los capítulos e incluso los subtítulos y aun los epígrafes subordinados son un modelo de claridad y buen orden. El capítulo II trata precisamente de lo que anuncia (Obra, bibliografía e influencias), el III (El estilo del escoliasta), el IV (Rechazo de la pedagogía y de la profesionalización de la cultura), el V (Texto o textos implícitos en la obra de Nicolás Gómez Dávila) y el VI también (Dios y la nada. La superación del nihilismo). De todo ello se desprende que este escritor lo fue de aforismos, aunque él se empeñaba en llamarlos escolios. Todos los cinco volúmenes de escolios llevan en su título "a un texto implícito". La discusión sobre a qué se refería la expresión Escolios a un texto implícito, y qué era el aludido texto, ha provocado largas discusiones. El Profesor Serrano Ruiz-Calderón recoge nueve o diez interpretaciones de las palabras "texto implícito". Mi preferencia personal es la propia de José Miguel Serrano:

     "Al final, si ese texto existe, solo puede componerse a través del conjunto de las lecturas comentadas del propio Don Colacho, es decir, no es un texto autónomo al autor sino el conjunto de textos con escolios anotados."

     Cuestión aparte es el porqué de este recurso críptico. Algunos lo atribuyen a un cierto temor del qué dirán los del mundo universitario; me parece increíble dado el gusto irrefrenable que sentía Don Nicolás al provocar a los profesores y maestros de su época, a los que despreciaba. Tal vez tampoco quería ser demasiado explícito en su discrepancia radical del mundo post-conciliar. Una cosa era escribir "Más que un cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo", y otra era dar categoría de sistema a sus constantes pero dispersas observaciones, siempre aceradas, sobre la historia de la Iglesia. Aquí el botón de muestra sería bien breve:

     "La Iglesia, al caer en la tentación del jesuitismo, comienza utilizando y acaba utilizada". (Escolios, Ed. 2009, pag. 670)

     Mucho debemos, pues, los admiradores de Nicolás Gómez Dávila a este libro y a su autor José Miguel Serrano Ruiz Calderón, que en ningún momento sacrifica la verdad en el altar de la corrección política y tampoco en el de sus convicciones tal vez más firmes.

     Por eso me atrevo a pedirle, como lector y amigo suyo, que continúe aclarando muchas dudas que quedan en el ánimo de los lectores de Nicolás Gómez Dávila.

* * *

Ayer 17 de Marzo, de madrugada, garabateé estas notas:

Quedan, sin embargo, en mi mente muchas preguntas. Me las hago a mí mismo en noches de insomnio, y se las haré a mis amigos para trasladarles los desvelos de imposible respuesta. Ahí van algunas.

¿Es N.G.D. esencialmente un hereje?

¿Existió el "texto implícito" como un monstruo tautológico?

¿Monstruo en la acepción musical de la palabra? ¿O en el sentido goyesco del sueño de la razón?

Si hereje, ¿en qué corriente herética cabe ubicarlo?

Nada New Age, claro. La horterada esotérica no era su fuerte. Las versiones mediopelo de herejías honorables antiguas como los cátaros conviene dejarlas a Dan Brown y sus epígonos.

¿Qué pretenden sus constantes avisos de la inutilidad de oponerse al pensamiento moderno? ¿Será un mensaje de prudencia o un auto-exorcismo?

Más de un lector -¿yo, por ejemplo?- se siente cómodo leyendo a N.G.D. porque disfruta del tono irónico de la melodía sin reparar en su fondo trágico.

"Don Colacho" es contemplado a veces como un personaje de la Comedia del Arte, cuando es un personaje de la tragedia griega. Patricio sombrío, su risa es a veces desgarrada. O desgarradora.

La exégesis más solvente de N.G.D. deja muchos rincones sin alumbrar. ¿Por pudor? ¿Por miedo? ¿Por simple incapacidad de emprender la exploración?

La prueba: hay escolios que se citan poco.

Y no tan sólo sus feroces denuncias de los desatinos del aggiornamento post-conciliar.

¿Y si las famosas, pero poco conocidas, tertulias de Don Nicolás hubiesen sido otra cosa? ¿Algo así como el círculo de Leo Strauss o el de Stefan George?

¿Por qué descartar el nihilismo gracias a la teofanía? ¿Y si más que teofanía hubiese sido un deus ex machina? ¿O un as de la propia manga de Don Nicolás?

¿Será ésta la razón por la que nadie se ha atrevido a hacer algo tan fácil como un índice temático de los escolios?... con un simple ordenador...













Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila

José Miguel Serrano Ruiz-Calderón
Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona
2015

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Botones de muestra: Fernando Ortiz
Citas desde la caverna (V): Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 4 de marzo de 2015

Más sobre democracias y distopías

     Sorprende ver que ya en 1835, cien años antes de la distopía de Aldous Huxley, Brave new world, o Un mundo feliz, hubo quien pensó en lo que ocurriría si una civilización nueva tutelase en todo a los ciudadanos: "¡Ah, si pudiera evitarles del todo la molestia de pensar y el dolor de vivir!", exclamaba inquieto Tocqueville. Debo a mi amigo Joaquín Torrente García de la Mata, que en otras ocasiones ha aclarado asuntos que interesaban en estas páginas, esta nueva entrada.

Tocqueville y la democracia

Por Joaquín Torrente García de la Mata

Alexis de Tocqueville, por Chasseriau.
Palacio de Versalles

     Si se habla de Ortega y de la democracia es inevitable hacerlo también de Alexis de Tocqueville, a quien nuestro filósofo dedicó unos apuntes que se publicaron con carácter póstumo bajo el título “Tocqueville y su tiempo”. Tocqueville, quien según Ortega era incapaz de escribir por escribir, contempla los acontecimientos históricos y la conducta de los pueblos sin prejuicio ni pasión, y tras un lúcido e inteligente análisis establece unas conclusiones que se imponen con la inexorable fuerza de la lógica.

     Tocqueville vio con lucidez que, después de la Revolución, la organización de la vida política en democracia sería el mayor problema de la humanidad, y que este sistema de gobierno se perfila como una peligrosa encrucijada que puede conducir a la libertad pero aún con mayor facilidad al despotismo.

     Y es que el poder en los regímenes democráticos tiende a ser absoluto: "il n'y a rien de si irrésistible qu'un pouvoir tyrannique qui commande au nom du peuple, parce que étant revêtu de la puissance morale qui appartient aux volontés du plus grand nombre, il agit avec la décision, la promptitude et la ténacité qu'aurait un seul homme", dice en su célebre "De la démocratie en Amérique". (Libro I, II, v).

     Y más adelante se cuestiona si está en contradicción consigo mismo: “Considero impía y detestable la máxima según la cual en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene derecho a hacerlo todo, aunque emplazo en la voluntad de la mayoría el origen de todo poder”. La solución estriba en limitar y moderar dicho poder: “Je pense donc qu’il faut toujours placer quelque part un pouvoir social supérieur à tous les autres, mais je crois la liberté en péril lorsque ce pouvoir ne trouve devant lui aucun obstacle qui puisse retenir sa marche et lui donner le temps de se modérer lui-même” (“De la démocratie en Amérique”, Libro I, II,cap. vii).

     El pensamiento del jurista francés es tan nítido y está tan precisamente formulado que debe ser leído en su formulación original, sin ayuda de intermediarios ni glosadores. Pero sí me gustaría destacar en Tocqueville la descripción profética del futuro de los pueblos en el Capítulo VI del Libro II: “Quelle espèce de despotisme les nations démocratiques ont à craindre”. Allí leemos: «El tipo de opresión que amenaza a los pueblos democráticos no se parecerá a nada de lo que le ha precedido en el mundo: nuestros contemporáneos no podrían hallar esa imagen en sus recuerdos. Yo mismo busco en vano una expresión que reproduzca exactamente la idea que me hago de ello y que lo exprese; las viejas palabras de despotismo y tiranía ya no sirven. La cosa es nueva. Hace falta, pues, intentar definirla, puesto que no soy capaz de darle nombre. Si trato de imaginar cuáles puedan ser los nuevos rasgos con los que pueda llegar a implantarse el despotismo, veo una multitud ingente de hombres semejantes e iguales que giran incesantemente sobre sí mismos a la busca de pequeños y vulgares placeres, con los que satisfacen las necesidades de su alma. […] Por encima de ellos se eleva un poder inmenso y tutelar que es el único que se encarga de asegurar su disfrute y de velar por su suerte. Sería como la patria postestad si, al igual que ella, tuviese como finalidad preparar a los hombres para la edad viril; mas, muy al contrario, no persigue otra cosa que fijarlos irrevocablemente en la infancia; lo que desea este poder es que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar; se esfuerza de buen grado en hacerlos felices, pero quiere ser el único agente y el único árbitro; se ocupa de su seguridad, sale al paso de sus necesidades, las cuales resuelve, facilita sus goces, gestiona sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias. ¡Ah, si pudiera evitarles del todo la molestia de pensar y el dolor de vivir!”

     Después de haber amaestrado al individuo, continúa Tocqueville, el nuevo soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie de una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes a través de las cuales los espíritus más originales y las almas más vigorosas no sabrían abrirse camino; no quebranta las voluntades pero las ablanda, las pliega y las dirige; rara vez obliga a actuar pero se opone sin cesar a que se actúe; no destruye, sino que impide que algo nazca; no tiraniza, entorpece, comprime, enerva, apaga, adormece, reduce cada nación a no ser más que un rebaño de animales tímidos e industriosos, de los que el gobernante es el pastor.

     Este régimen de servidumbre, continúa diciendo, es compatible con algunas formas externas de libertad; no tiene dificultad para conciliarse con la soberanía del pueblo.

     “Nuestros contemporáneos se ven asediados por dos pasiones contrarias: sienten a la vez la necesidad de ser guiados y el deseo de ser libres. Al no poder destruir estos instintos contrarios, se esfuerzan en satisfacer ambos. Imaginan un poder único, tutelar, omnipotente, pero elegido por los ciudadanos. Concilian la centralización del poder con la soberanía del pueblo. Se consuelan de estar bajo tutela, pensando que han escogido a sus tutores. Todo individuo soporta que se le ate, porque no es un hombre ni una clase social, sino el pueblo mismo, el que sujeta la cadena”.

     “Dans ce système –concluye- les citoyens sortent un moment de la dépendance pour indiquer son maître, et y rentrent”. La conclusión es devastadora: “Es imposible pensar que un gobierno liberal, enérgico y sabio pueda emanar jamás de un pueblo de siervos. Los vicios de los gobernantes y la imbecilidad de los gobernados no tardarán en traer la ruina, y el pueblo, cansado de sus representantes y cansado de sí mismo creará instituciones más libres o volverá, más bien, a postrarse a los pies de un único amo”.

Enlaces relacionados:
Democracia, régimen y república
Demagogia y populismo

viernes, 13 de febrero de 2015

Democracia, régimen, república

Aristóteles contemplando el busto de Homero, por Rembrandt, 1653
Metropolitan Museum of Art, Nueva York

          Quedamos en que la evolución del español moderno no hace sino oscurecer conceptos muy fundamentales (por ejemplo, Demagogia y populismo) atribuyéndoles nombres que ya estaban asignados a otras realidades. La confusión resultante es a menudo cómica, a veces trágica y siempre peligrosa.

Volviendo a la noble y esperanzadora idea griega de la Politeia (πολιτεία), vimos cómo las traducciones modernas de Aristóteles la convierten abusivamente en Democracia. Pero en otras ocasiones la traducen por República, pasando por el latín. Es el caso de la República de Platón. Sin embargo, la propia palabra república ya ha perdido todo nexo con su origen griego, politeia. Se ha convertido en bandera de un régimen político. Y, por cierto, la misma palabra Régimen (llegada a través del francés y procedente del latín regimen, o sea, dirección o mando) también ha cambiado de sentido en pocos años. Ahora se califica de régimen cualquier gobierno que no nos gusta, del presente o del pasado. La confusión es cómica porque basta con leer los diarios de Azaña para admirar la fuerza de sus argumentos encomiásticos a favor de la república que él presidía. En la época de Franco, por supuesto, sus gobiernos nunca usaron peyorativamente el término régimen, y sí meliorativamente, al menos al aplicarlo a su propio gobierno. Y antes de 1931 naturalmente se hablaba del régimen monárquico sin asomo de menosprecio.

 Recuérdese que la misma voz griega politeia fue traducida a veces por régimen de gobierno o constitución, o incluso estado de derecho, y se comprenderá la magnitud del problema, la angostura de la aporía. Tan sólo se me ocurre un remedio: el muy tradicional de releer a Ortega. A veces saca al lector de dudas, a veces lo hunde más en la incertidumbre. En este caso nos ayudaría a salir de las ambigüedades interesadas de la postmodernidad pasar media hora leyendo sus Ideas de los castillos, en Notas del vago estío, El espectador - V (1926). Allí, el maestro de la ironía socrática se atreve a declarar que democracia y liberalismo no sólo son siempre bien distintos sino con frecuencia antitéticos: 
   
 "Pues acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico. 
Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas. 
La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el Poder público? La respuesta es: [...] la colectividad de los ciudadanos.
El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quien quiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? [...] el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado. 
 [...] Se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal. 
 [...] Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos. Por eso, el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por decirlo así, se limita a sí mismo".

Hasta aquí Ortega en sus funciones de moderado optimista que aspira a serenar predicando los ideales de la democracia moderada por los principios liberales, presentes en todo Estado de Derecho. Es decir, que Ortega es partidario de la politeia (πολιτεία), mucho más que de la democracia (δημοκρατία). Es consciente de que la democracia se asienta sobre la igualdad y el liberalismo sobre la libertad. La democracia absoluta es tan irrespirable como el oxígeno puro. Lo único que evita que la democracia sea invivible es mitigarla con las precauciones de un Estado de Derecho. 

Por cuanto antecede resulta inexcusable la creciente sinonimia en usos periodísticos y políticos entre democracia y estado de derecho. No son la misma cosa; nunca lo han sido. Ni lo eran para Aristóteles. Ni siquiera en la oficialmente llamada por los historiadores democracia ateniense (del 508 al 322 a.C.) votaban más de uno de cada diez habitantes. 

Asunto distinto es si debemos o no seguir acudiendo a don José Ortega y Gasset como maestro cuando escribe sobre la democracia deprimido por los acontecimientos de ciertos momentos históricos. En 1917, en su artículo titulado Democracia morbosa, escrito a los 34 años, dice: 

"En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe. [...]

Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. [...]

La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones. [...]

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos «opinión pública» y «democracia» no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas".

No hace falta recordar que eso fue escrito en el mismo año de la Revolución Bolchevique, 1917. Y que pocos años después, en 1930, el mismo Ortega escribió su artículo Delenda est Monarchia, que tanto influjo tuvo en la llegada de la República a España, tras la cual, pocos meses después, publicó Un aldabonazo, para insistir en "no es esto, no es esto" ante los excesos del nuevo régimen. Pero la cumbre de su rechazo del concepto de democracia desvirtuado en la práctica la alcanzó en 1949, en la Universidad Libre de Berlín, auténtica "isla en el Mar Rojo", donde en una conferencia ante una multitud de estudiantes dijo:

"La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aún era siquiera como idea, como significación algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera..."

En fin, que puestos a añorar utopías, tal vez para Ortega la mejor hubiese sido la Politeia con sendos ramalazos de las otras dos utopías aristotélicas, la Monarquía y la Aristocracia. Y hubiera querido olvidarse de las tres distopías tan presentes en esta nuestra sobornable contemporaneidad: tiranía, oligarquía y democracia (o demagogia, si prefieren ustedes los eufemismos de la corrección política, que Aristóteles desconocía). 

Claro que tampoco conocía esos dos útiles neologismos helenistas alumbrados veinte siglos más tarde en la brumosa Albión, utopía y distopía. 


     

jueves, 5 de febrero de 2015

Demagogia y populismo


Aristóteles, Palazzo Altemps, Roma
   
     Hoy en día se usa más populismo que demagogia. Me refiero, claro está, a las palabras, a los términos, porque lo que es la acción demagógica y la acción populista se usan y abusan por igual. Tal vez, incluso, porque son la misma cosa. ¿O no?

     Cabe preguntarse a qué se debe la decadencia lingüística de la demagogia y el auge paralelo del populismo.

     ¿Será para fastidiar a los llamados partidos populares en Europa? Me extrañaría, pues creo poco en la teoría conspirativa de la historia, como la llamaba Karl Popper. Sobre todo porque para las conjuras hace falta más inteligencia y constancia de lo habitual en el mundo político y periodístico.

     ¿O quizá para proteger el término sagrado de Democracia? Sería raro, aunque posible. Demos y Populus son sinónimos; el primero quiere decir Pueblo en griego y el segundo Pueblo en latín. Pero tampoco es probable que muchos periodistas lo sepan.

     ¿O será por una inconsciente y heroica exhibición de fidelidad a sus fuentes? Fundada, por supuesto, en la atracción fonética que conduce a una etimología cruzada o asociativa pseudocientífica. Y es que el gran parecido de populismo con botulismo puede llevar al error feliz y fértil de pensar en una relación causal y en todo caso conceptual entre ambas voces. Ocurre que la peligrosa enfermedad del botulismo sobreviene a menudo por comer embutidos en mal estado. De ahí que el nombre dado venga de botulus, salchicha o chorizo. Un paso etimológico más lleva a la atrevida posibilidad de que en la mente de algunos se asocie el populismo con el botulismo, en el sentido supuesto de este último de abundancia o preeminencia de los chorizos.

     En todo caso no está de más preguntarse por qué en la 22.ª edición del Diccionario de la Real Academia Española no aparece la palabra populismo y sí la palabra demagogia. Puede que el populismo ya se haya incorporado en todo su esplendor a la 23.ª edición del DRAE, pero esa todavía no se puede consultar en la red y no me he decidido a gastarme cien euros para salir de esta duda. En cambio sí aparece en la 22.ª edición el término populista: adj. Perteneciente o relativo al pueblo. Partido populista. Así, en tono neutral y no de censura. Y sí aparecen en tonos vibrantes de rechazo las siguientes palabras:

demagogia.
(Del gr. δημαγωγία).
1. f. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.
2. f. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

demagogo, ga.
(Del gr. δημαγωγός).
1. adj. Que practica la demagogia. U. t. en sent. fig.
2. m. y f. Cabeza o caudillo de una facción popular.
3. m. y f. Orador revolucionario que intenta ganar influencia mediante discursos que agiten a la plebe.

demagógico, ca.
(Del gr. δημαγωγικός).
1. adj. Perteneciente o relativo a la demagogia o al demagogo.

     Cabe además señalar que, acudiendo al nunca bastante ponderado Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, de J. Corominas y J. A. Pascual, el único diccionario que podemos usar como diccionario histórico de la lengua española, vemos que democracia viene del griego y quiere decir gobierno del pueblo (primer uso en castellano, 1640), mientras que demagogo es un compuesto de pueblo y conducir, y parece entrar en nuestra lengua en el siglo XIX, probablemente a través del francés.

     Pero no termina ahí la cosa. En un escandaloso ejercicio de hipocresía, casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático diciendo que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, informar a los lectores de que tal versión es un burdo engaño, por muy políticamente correcto que sea. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente.

     Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente:

     "La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra «democracia» está en nuestros días desprovista de toda idea desfavorable, y no habría en absoluto traducido el pensamiento del filósofo griego. [...] Por lo demás hay que observar que Aristóteles siempre toma la palabra «pueblo» como la parte más pobre y más numerosa de los ciudadanos, del cuerpo político...". En resumen, este erudito político republicano se escuda en que el demos griego era a los ojos de Aristóteles algo tan deplorable como le peuple de la república burguesa en Francia.

     Pero seguiré buscando las raíces y los frutos de este árbol tan señero en el bosque de la corrección política.

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miércoles, 21 de enero de 2015

Botones de muestra XXV

     Es saludable descubrir que uno estuvo equivocado durante medio siglo y poder luego reconocerlo. Este libro, Love's Civil War, me permite pedir perdón a varias sombras y ejercitar un poco la humildad, virtud que escasea entre los escritores tanto como entre los diplomáticos.

     Encargué este libro porque no me había fijado en la cubierta ni en la tipografía del título, ambas cosas algo cursis, ni tampoco había visto la cita, en la portada, del juicio inane del Times: "A delicate, sensual and beautiful affair", errado en los tres adjetivos. Lo compré porque me acordaba de Charles Ritchie, a quien traté un poco en Ottawa, y pese a que nunca había querido leer los libros de Elizabeth Bowen que mi madre tenía en casa, pensando que debían de ser novelas rosas, y eso que mi madre nunca leía ese género. Ritchie me producía curiosidad porque su carrera había sido un ejemplo -único, me parece- de trayectoria diplomática brillante: entre 1954 y 1971 había sido Embajador del Canadá en Alemania, en la ONU, en Washington, en la OTAN y en Londres, sin contar con los otros destinos diplomáticos previos, pero no como jefe de misión, entre 1934 y 1954. En 1981, cuando lo conocí, estaba jubilado pero conservaba una claridad inquietante en sus fríos análisis políticos o literarios; imponía pero no resultaba simpático. Había tenido la mejor formación académica imaginable; después de ir a la universidad en el Canadá estudió en Sciences Politiques en París, luego fue a Oxford y por último a Harvard. Es el único canadiense que yo haya conocido desprovisto por completo de acento de su país, quizá porque era nativo de Nueva Escocia. Su mujer, Sylvia, era callada y observaba todo a través de una nube de humo de cigarrillos.

     Leí el libro de un tirón y cambió mi forma de ver a los protagonistas, que fueron amantes durante 32 años, hasta la muerte de ella. Elizabeth Bowen aparece como una mujer inteligente, alegre, valerosa y, sobre todo, una gran escritora. Charles Ritchie resulta ser un egoísta colosal, tacaño y soberbio, pero extrañamente blando. Todo eso creo que queda claro a la vista de las cartas de la inglesa a su amante y de los extractos del diario de éste. Conviene señalar que al morir ella, volvieron a Ritchie las cartas que él le había escrito, y él las destruyó. Se quedó sin saber qué hacer con las cartas de ella a él, que había guardado cuidadosamente. Al final no las destruyó pero las censuró expurgando meses enteros de correspondencia o páginas de muchas cartas. En cuanto a su diario, están publicados tres volúmenes que no recogen más que el diez por ciento de los textos. Los fui comprando en su día pero se conoce que eliminó cuanto podía tener interés  psicológico o político. No me provocaron mayor interés, aunque ahora estoy tentado de buscarlos y leerlos con ojos más críticos.

     La recopiladora de este volumen, Victoria Glendinning, ella misma una excelente novelista y biógrafa, reconoce que con los mimbres de que disponía subsiste la impresión de que Elizabeth era la que más se esforzaba para mantener vivo ese amor. Pero, con un recurso muy ingenioso, advierte en el prólogo que la clave está en la última frase del libro. Está sacada del diario de Charles escrito el 19 de Diciembre de 1973. Se despierta en Nueva York asqueado de sí mismo, y recuerda angustiado a Elizabeth muerta el 22 de Febrero del mismo año en Londres, acompañada por él. Y escribe:

     "I need to know again from her that I was her life. I would give anything I have to give to talk to her again, just for an hour. If she ever thought that she loved me more than I did her, she is revenged".

     "Necesito saber de nuevo de ella que yo era su vida. Daría cualquier cosa que pueda dar por hablar con ella de nuevo, nada más que una hora. Si ella alguna vez pensó que me quería más que yo a ella, queda vengada".

     Conmueve el patetismo de sus palabras, no exentas de cierta ambigüedad egocéntrica. No cabe duda de que la muerte de su amante fue un golpe muy duro que marcó el resto de su vida. Elizabeth, ya en su lecho de muerte, escribió este poema de Alexander Blok* que entregó a Charles:
I have forebodings of Thee. Time is going -
I fear for all that in Thy face I see. 
The sky's aflame, intolerably glowing;
Silent I wait in love and agony 
And in me thou dost awake a bold suspicion, -
Thy face will change from what it used to be. 
How shall I fall! How sorrowful and lowly,
Unmastered all my mortal fantasy! 
The sky's aflame. Draws near thy splendour holy,
But it is strange. Thy look will change on Thee.
     Renuncio a traducir al español este poema, que sin embargo tiene ecos religiosos y humanos nada ajenos a ciertas corrientes de nuestra poesía. Charles, a juzgar por los restos de su diario que aparecen en este libro tras sobrevivir al menos a tres depuraciones, se consoló repitiendo lo que le había dicho un amigo de ambos, "era una bruja pero una bruja buena". Pero no pareció ayudarle el poema que le entregó poco antes de morir, pues escribió "nunca la veré más en este mundo o en el próximo. Nunca, nunca, nunca. Y ella nunca verá las rosas de nuevo, y lo sabía...".

     Quedan muchas preguntas en la mente del lector de este libro fascinante pero insuficiente. ¿Por qué tanta censura de las fuentes por parte de Charles? ¿Para protegerse él? ¿Para protegerla a ella? ¿Por prudencia política? (tal vez su reacción profesional de diplomático fuese ocultar las actividades de Elizabeth Bowen como espía británica en la República de Irlanda, y sin duda tampoco quiso dar a la imprenta el texto completo de sus voluminosos diarios diplomáticos). Me propongo leer más sobre ambos personajes. Me gustaría saber si el amor de él siempre estuvo viciado por el narcisismo y si ella tenía tanta fe en su amante como parecen reflejar los fragmentos en Love's Civil War publicados.

* Victoria Glendinning parece creer que Elizabeth Bowen era la autora del poema, pero el buscador Google nos saca del error: el autor es Alexander Blok, lo escribió en ruso y fue traducido al inglés por Sir Maurice Bowra, amigo de Elizabeth Bowen. Blok fue un poeta simbolista y tuvo épocas místicas, interrumpidas por un periodo pro-bolchevique que le costó la vida pues el gobierno soviético no lo dejó salir de Rusia para seguir el tratamiento médico que necesitaba. El caso es que este descubrimiento me hace pensar que Elizabeth entregó a Charles un poema religioso. En otras palabras, Thou podría ser Dios, la Muerte o incluso Charles Ritchie, en la mente de Elizabeth Bowen, pero diríase que ésta pensaba en ese momento en Dios y quería que Charles hiciese lo mismo. Pero me quedan dudas. Si yo supiese ruso intentaría traducir la versión original, porque no confío mucho en los conocimientos de Bowra.













Love's Civil War
Elizabeth Bowen and Charles Ritchie
Letters and Diaries
1941-1973
Edited by Victoria Glendinning
Simon & Schuster UK
2009

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