Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

viernes, 13 de febrero de 2015

Democracia, régimen, república

Aristóteles contemplando el busto de Homero, por Rembrandt, 1653
Metropolitan Museum of Art, Nueva York

          Quedamos en que la evolución del español moderno no hace sino oscurecer conceptos muy fundamentales (por ejemplo, Demagogia y populismo) atribuyéndoles nombres que ya estaban asignados a otras realidades. La confusión resultante es a menudo cómica, a veces trágica y siempre peligrosa.

Volviendo a la noble y esperanzadora idea griega de la Politeia (πολιτεία), vimos cómo las traducciones modernas de Aristóteles la convierten abusivamente en Democracia. Pero en otras ocasiones la traducen por República, pasando por el latín. Es el caso de la República de Platón. Sin embargo, la propia palabra república ya ha perdido todo nexo con su origen griego, politeia. Se ha convertido en bandera de un régimen político. Y, por cierto, la misma palabra Régimen (llegada a través del francés y procedente del latín regimen, o sea, dirección o mando) también ha cambiado de sentido en pocos años. Ahora se califica de régimen cualquier gobierno que no nos gusta, del presente o del pasado. La confusión es cómica porque basta con leer los diarios de Azaña para admirar la fuerza de sus argumentos encomiásticos a favor de la república que él presidía. En la época de Franco, por supuesto, sus gobiernos nunca usaron peyorativamente el término régimen, y sí meliorativamente, al menos al aplicarlo a su propio gobierno. Y antes de 1931 naturalmente se hablaba del régimen monárquico sin asomo de menosprecio.

 Recuérdese que la misma voz griega politeia fue traducida a veces por régimen de gobierno o constitución, o incluso estado de derecho, y se comprenderá la magnitud del problema, la angostura de la aporía. Tan sólo se me ocurre un remedio: el muy tradicional de releer a Ortega. A veces saca al lector de dudas, a veces lo hunde más en la incertidumbre. En este caso nos ayudaría a salir de las ambigüedades interesadas de la postmodernidad pasar media hora leyendo sus Ideas de los castillos, en Notas del vago estíoEl espectador - V (1926). Allí, el maestro de la ironía socrática se atreve a declarar que democracia y liberalismo no sólo son siempre bien distintos sino con frecuencia antitéticos: 
   
 "Pues acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico. 
Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas. 
La democracia responde a esta pregunta: ¿Quién debe ejercer el Poder público? La respuesta es: [...] la colectividad de los ciudadanos.
El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quien quiera el Poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? [...] el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado. 
 [...] Se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal. 
 [...] Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos. Por eso, el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por decirlo así, se limita a sí mismo".

Hasta aquí Ortega en sus funciones de moderado optimista que aspira a serenar predicando los ideales de la democracia moderada por los principios liberales, presentes en todo Estado de Derecho. Es decir, que Ortega es partidario de la politeia (πολιτεία), mucho más que de la democracia (δημοκρατία). Es consciente de que la democracia se asienta sobre la igualdad y el liberalismo sobre la libertad. La democracia absoluta es tan irrespirable como el oxígeno puro. Lo único que evita que la democracia sea invivible es mitigarla con las precauciones de un Estado de Derecho. 

Por cuanto antecede resulta inexcusable la creciente sinonimia en usos periodísticos y políticos entre democracia y estado de derecho. No son la misma cosa; nunca lo han sido. Ni lo eran para Aristóteles. Ni siquiera en la oficialmente llamada por los historiadores democracia ateniense (del 508 al 322 a.C.) votaban más de uno de cada diez habitantes. 

Asunto distinto es si debemos o no seguir acudiendo a don José Ortega y Gasset como maestro cuando escribe sobre la democracia deprimido por los acontecimientos de ciertos momentos históricos. En 1917, en su artículo titulado Democracia morbosa, escrito a los 34 años, dice: 

"En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe. [...]

Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. [...]

La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones. [...]

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos «opinión pública» y «democracia» no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas".

No hace falta recordar que eso fue escrito en el mismo año de la Revolución Bolchevique, 1917. Y que pocos años después, en 1930, el mismo Ortega escribió su artículo Delenda est Monarchia, que tanto influjo tuvo en la llegada de la República a España, tras la cual, pocos meses después, publicó Un aldabonazo, para insistir en "no es esto, no es esto" ante los excesos del nuevo régimen. Pero la cumbre de su rechazo del concepto de democracia desvirtuado en la práctica la alcanzó en 1949, en la Universidad Libre de Berlín, auténtica "isla en el Mar Rojo", donde en una conferencia ante una multitud de estudiantes dijo:

"La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aún era siquiera como idea, como significación algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera..."

En fin, que puestos a añorar utopías, tal vez para Ortega la mejor hubiese sido la Politeia con sendos ramalazos de las otras dos utopías aristotélicas, la Monarquía y la Aristocracia. Y hubiera querido olvidarse de las tres distopías tan presentes en esta nuestra sobornable contemporaneidad: tiranía, oligarquía y democracia (o demagogia, si prefieren ustedes los eufemismos de la corrección política, que Aristóteles desconocía). 

Claro que tampoco conocía esos dos útiles neologismos helenistas alumbrados veinte siglos más tarde en la brumosa Albión, utopía y distopía. 


     

jueves, 5 de febrero de 2015

Demagogia y populismo


Aristóteles, Palazzo Altemps, Roma
   
     Hoy en día se usa más populismo que demagogia. Me refiero, claro está, a las palabras, a los términos, porque lo que es la acción demagógica y la acción populista se usan y abusan por igual. Tal vez, incluso, porque son la misma cosa. ¿O no?

     Cabe preguntarse a qué se debe la decadencia lingüística de la demagogia y el auge paralelo del populismo.

     ¿Será para fastidiar a los llamados partidos populares en Europa? Me extrañaría, pues creo poco en la teoría conspirativa de la historia, como la llamaba Karl Popper. Sobre todo porque para las conjuras hace falta más inteligencia y constancia de lo habitual en el mundo político y periodístico.

     ¿O quizá para proteger el término sagrado de Democracia? Sería raro, aunque posible. Demos y Populus son sinónimos; el primero quiere decir Pueblo en griego y el segundo Pueblo en latín. Pero tampoco es probable que muchos periodistas lo sepan.

     ¿O será por una inconsciente y heroica exhibición de fidelidad a sus fuentes? Fundada, por supuesto, en la atracción fonética que conduce a una etimología cruzada o asociativa pseudocientífica. Y es que el gran parecido de populismo con botulismo puede llevar al error feliz y fértil de pensar en una relación causal y en todo caso conceptual entre ambas voces. Ocurre que la peligrosa enfermedad del botulismo sobreviene a menudo por comer embutidos en mal estado. De ahí que el nombre dado venga de botulus, salchicha o chorizo. Un paso etimológico más lleva a la atrevida posibilidad de que en la mente de algunos se asocie el populismo con el botulismo, en el sentido supuesto de este último de abundancia o preeminencia de los chorizos.

     En todo caso no está de más preguntarse por qué en la 22.ª edición del Diccionario de la Real Academia Española no aparece la palabra populismo y sí la palabra demagogia. Puede que el populismo ya se haya incorporado en todo su esplendor a la 23.ª edición del DRAE, pero esa todavía no se puede consultar en la red y no me he decidido a gastarme cien euros para salir de esta duda. En cambio sí aparece en la 22.ª edición el término populista: adj. Perteneciente o relativo al pueblo. Partido populista. Así, en tono neutral y no de censura. Y sí aparecen en tonos vibrantes de rechazo las siguientes palabras:

demagogia.
(Del gr. δημαγωγία).
1. f. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.
2. f. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

demagogo, ga.
(Del gr. δημαγωγός).
1. adj. Que practica la demagogia. U. t. en sent. fig.
2. m. y f. Cabeza o caudillo de una facción popular.
3. m. y f. Orador revolucionario que intenta ganar influencia mediante discursos que agiten a la plebe.

demagógico, ca.
(Del gr. δημαγωγικός).
1. adj. Perteneciente o relativo a la demagogia o al demagogo.

     Cabe además señalar que, acudiendo al nunca bastante ponderado Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, de J. Corominas y J. A. Pascual, el único diccionario que podemos usar como diccionario histórico de la lengua española, vemos que democracia viene del griego y quiere decir gobierno del pueblo (primer uso en castellano, 1640), mientras que demagogo es un compuesto de pueblo y conducir, y parece entrar en nuestra lengua en el siglo XIX, probablemente a través del francés.

     Pero no termina ahí la cosa. En un escandaloso ejercicio de hipocresía, casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático diciendo que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, informar a los lectores de que tal versión es un burdo engaño, por muy políticamente correcto que sea. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente.

     Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente:

     "La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra «democracia» está en nuestros días desprovista de toda idea desfavorable, y no habría en absoluto traducido el pensamiento del filósofo griego. [...] Por lo demás hay que observar que Aristóteles siempre toma la palabra «pueblo» como la parte más pobre y más numerosa de los ciudadanos, del cuerpo político...". En resumen, este erudito político republicano se escuda en que el demos griego era a los ojos de Aristóteles algo tan deplorable como le peuple de la república burguesa en Francia.

     Pero seguiré buscando las raíces y los frutos de este árbol tan señero en el bosque de la corrección política.

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Democracia, régimen, república

miércoles, 21 de enero de 2015

Botones de muestra XXV

     Es saludable descubrir que uno estuvo equivocado durante medio siglo y poder luego reconocerlo. Este libro, Love's Civil War, me permite pedir perdón a varias sombras y ejercitar un poco la humildad, virtud que escasea entre los escritores tanto como entre los diplomáticos.

     Encargué este libro porque no me había fijado en la cubierta ni en la tipografía del título, ambas cosas algo cursis, ni tampoco había visto la cita, en la portada, del juicio inane del Times: "A delicate, sensual and beautiful affair", errado en los tres adjetivos. Lo compré porque me acordaba de Charles Ritchie, a quien traté un poco en Ottawa, y pese a que nunca había querido leer los libros de Elizabeth Bowen que mi madre tenía en casa, pensando que debían de ser novelas rosas, y eso que mi madre nunca leía ese género. Ritchie me producía curiosidad porque su carrera había sido un ejemplo -único, me parece- de trayectoria diplomática brillante: entre 1954 y 1971 había sido Embajador del Canadá en Alemania, en la ONU, en Washington, en la OTAN y en Londres, sin contar con los otros destinos diplomáticos previos, pero no como jefe de misión, entre 1934 y 1954. En 1981, cuando lo conocí, estaba jubilado pero conservaba una claridad inquietante en sus fríos análisis políticos o literarios; imponía pero no resultaba simpático. Había tenido la mejor formación académica imaginable; después de ir a la universidad en el Canadá estudió en Sciences Politiques en París, luego fue a Oxford y por último a Harvard. Es el único canadiense que yo haya conocido desprovisto por completo de acento de su país, quizá porque era nativo de Nueva Escocia. Su mujer, Sylvia, era callada y observaba todo a través de una nube de humo de cigarrillos.

     Leí el libro de un tirón y cambió mi forma de ver a los protagonistas, que fueron amantes durante 32 años, hasta la muerte de ella. Elizabeth Bowen aparece como una mujer inteligente, alegre, valerosa y, sobre todo, una gran escritora. Charles Ritchie resulta ser un egoísta colosal, tacaño y soberbio, pero extrañamente blando. Todo eso creo que queda claro a la vista de las cartas de la inglesa a su amante y de los extractos del diario de éste. Conviene señalar que al morir ella, volvieron a Ritchie las cartas que él le había escrito, y él las destruyó. Se quedó sin saber qué hacer con las cartas de ella a él, que había guardado cuidadosamente. Al final no las destruyó pero las censuró expurgando meses enteros de correspondencia o páginas de muchas cartas. En cuanto a su diario, están publicados tres volúmenes que no recogen más que el diez por ciento de los textos. Los fui comprando en su día pero se conoce que eliminó cuanto podía tener interés  psicológico o político. No me provocaron mayor interés, aunque ahora estoy tentado de buscarlos y leerlos con ojos más críticos.

     La recopiladora de este volumen, Victoria Glendinning, ella misma una excelente novelista y biógrafa, reconoce que con los mimbres de que disponía subsiste la impresión de que Elizabeth era la que más se esforzaba para mantener vivo ese amor. Pero, con un recurso muy ingenioso, advierte en el prólogo que la clave está en la última frase del libro. Está sacada del diario de Charles escrito el 19 de Diciembre de 1973. Se despierta en Nueva York asqueado de sí mismo, y recuerda angustiado a Elizabeth muerta el 22 de Febrero del mismo año en Londres, acompañada por él. Y escribe:

     "I need to know again from her that I was her life. I would give anything I have to give to talk to her again, just for an hour. If she ever thought that she loved me more than I did her, she is revenged".

     "Necesito saber de nuevo de ella que yo era su vida. Daría cualquier cosa que pueda dar por hablar con ella de nuevo, nada más que una hora. Si ella alguna vez pensó que me quería más que yo a ella, queda vengada".

     Conmueve el patetismo de sus palabras, no exentas de cierta ambigüedad egocéntrica. No cabe duda de que la muerte de su amante fue un golpe muy duro que marcó el resto de su vida. Elizabeth, ya en su lecho de muerte, escribió este poema de Alexander Blok* que entregó a Charles:
I have forebodings of Thee. Time is going -
I fear for all that in Thy face I see. 
The sky's aflame, intolerably glowing;
Silent I wait in love and agony 
And in me thou dost awake a bold suspicion, -
Thy face will change from what it used to be. 
How shall I fall! How sorrowful and lowly,
Unmastered all my mortal fantasy! 
The sky's aflame. Draws near thy splendour holy,
But it is strange. Thy look will change on Thee.
     Renuncio a traducir al español este poema, que sin embargo tiene ecos religiosos y humanos nada ajenos a ciertas corrientes de nuestra poesía. Charles, a juzgar por los restos de su diario que aparecen en este libro tras sobrevivir al menos a tres depuraciones, se consoló repitiendo lo que le había dicho un amigo de ambos, "era una bruja pero una bruja buena". Pero no pareció ayudarle el poema que le entregó poco antes de morir, pues escribió "nunca la veré más en este mundo o en el próximo. Nunca, nunca, nunca. Y ella nunca verá las rosas de nuevo, y lo sabía...".

     Quedan muchas preguntas en la mente del lector de este libro fascinante pero insuficiente. ¿Por qué tanta censura de las fuentes por parte de Charles? ¿Para protegerse él? ¿Para protegerla a ella? ¿Por prudencia política? (tal vez su reacción profesional de diplomático fuese ocultar las actividades de Elizabeth Bowen como espía británica en la República de Irlanda, y sin duda tampoco quiso dar a la imprenta el texto completo de sus voluminosos diarios diplomáticos). Me propongo leer más sobre ambos personajes. Me gustaría saber si el amor de él siempre estuvo viciado por el narcisismo y si ella tenía tanta fe en su amante como parecen reflejar los fragmentos en Love's Civil War publicados.

* Victoria Glendinning parece creer que Elizabeth Bowen era la autora del poema, pero el buscador Google nos saca del error: el autor es Alexander Blok, lo escribió en ruso y fue traducido al inglés por Sir Maurice Bowra, amigo de Elizabeth Bowen. Blok fue un poeta simbolista y tuvo épocas místicas, interrumpidas por un periodo pro-bolchevique que le costó la vida pues el gobierno soviético no lo dejó salir de Rusia para seguir el tratamiento médico que necesitaba. El caso es que este descubrimiento me hace pensar que Elizabeth entregó a Charles un poema religioso. En otras palabras, Thou podría ser Dios, la Muerte o incluso Charles Ritchie, en la mente de Elizabeth Bowen, pero diríase que ésta pensaba en ese momento en Dios y quería que Charles hiciese lo mismo. Pero me quedan dudas. Si yo supiese ruso intentaría traducir la versión original, porque no confío mucho en los conocimientos de Bowra.













Love's Civil War
Elizabeth Bowen and Charles Ritchie
Letters and Diaries
1941-1973
Edited by Victoria Glendinning
Simon & Schuster UK
2009

Enlaces relacionados:
Botones de muestra (XXIV): F. Fernández-Armesto
Botones de muestra (XXIII): Charles Powell
Botones de muestra (XXII): Calendario Zaragozano
Botones de muestra (XXI): Stanley Payne
Botones de muestra (XX): Nicolás Gómez Dávila
Botones de muestra (XIX): El peso de la lengua española en el mundo
Botones de muestra (XVIII): Mario Vargas Llosa
Botones de muestra (XVII): John Elliott
Botones de muestra (XVI): Hugh Thomas
Botones de muestra (XV): Maurice Baring y Javier de Mora-Figueroa
Botones de muestra (XIV): Marqués de Tamarón
Botones de muestra (XIII): Mariano Ucelay de Montero
Botones de muestra (XII): Eugenio d'Ors
Botones de muestra (XI): Paul Johnson
Botones de muestra (X): Enrique García-Máiquez
Botones de muestra (IX): Miguel Albero
Botones de muestra (VIII): Fernando Ortiz
Botones de muestra (VII): Rafael Garranzo
Botones de muestra (VI): Almudena de Maeztu
Botones de muestra (V): Miguel Albero
Botones de muestra (IV): Julio Vías
Botones de muestra (III): Beltrán Domecq y Williams
Botones de muestra (II): Leopoldo Calvo-Sotelo
Botones de muestra: Fernando Ortiz

martes, 13 de enero de 2015

Pasos de Fernando Ortiz

     Siempre buen titulador de libros, Fernando Ortiz acertó de lleno y por desgracia con Pasos que se alejan. Así se llama su libro póstumo subtitulado Antología poética 1978-2013. Tituló la antología aprovechando el epígrafe de un poema contenido en otro libro, de 2007, Último espejo. El poema homónimo termina                    
Con mano de vejez manchada escribe
antes que el tiempo aviente sus cenizas.
     El último poema de este libro póstumo, terceto que Ortiz define como "un homenaje a todos nosotros cuando nos vamos", tiene un tono lírico bien distinto de la melancolía, a veces sombría, de muchos otros de este libro:                    
La Aurora, vestida de blanco,
con sus labios aspira mi aliento
y con ella me lleva hasta el sol.
     Sorprende el súbito cambio de tono en un colofón que, como el resto del libro, aparece como selección del autor. A menudo pensé que, al igual que tantos de nosotros, y pese a sus frecuentes declaraciones de agnosticismo, Fernando Ortiz en su fuero interno llevaba sentimientos y vislumbres diversos. Ahora que lo pienso, nunca hablé con él de Santayana, y no sé si nuestro amigo sevillano fue lector del madrileño-abulense-bostoniano, calificado de Catholic Atheist por su amigo el dominico Padre Richard Butler. Pero hay afinidades no electivas e inconscientes. El caso es que esta excelente antología fue seleccionada por el autor muy al final de su vida, y entiendo que lo hizo con toda libertad, así es que lo escogido es significativo en más de un sentido.

     Tuvo Ortiz una perfecta editora en Marina Bianchi, profesora de la Universidad de Bergamo. Su introducción a Pasos que se alejan es modelo de erudición y discernimiento nunca nublados por la evidente bienquerencia. Iguales méritos aparecen en el otro libro de la Profesora Bianchi que acaba de publicarse, Epistolario en verso (2012-2013) entre José Manuel Velázquez y Fernando Ortiz. En ambos ensayos aborda el interesante itinerario poético de Ortiz. Resalta la importancia del tiempo como centro de gravedad de toda su obra, pero observa que "en los primeros libros, hasta El verano de 1992, prima la nostalgia, la soledad, la tristeza y las anécdotas negativas". Más tarde, "desde Moneditas de 1996 algo cambia". Irrumpe el humor, a veces tierno y con frecuencia irónico. Tiene razón, aunque a veces nos olvidemos de esta última faceta de Ortiz. Valga esta soleá como botón de muestra:
Que nadie se llame a engaño:
lo mejor del siglo XX
ha sido el cuarto de baño.
     Cuando lo leí, le comenté a Fernando que me parecía oír ecos de Nabokov, que dijo algo parecido en una entrevista, con escándalo del periodista de izquierdas. Fernando no se acordaba de haberlo leído, pero sigo pensando en él como alguien que, a ratos, se muestra muy cercano en ideas al librepensador y reaccionario Nabokov.

     En esencia era un poeta estoico. Marina Bianchi nos recuerda lo que Ortiz dejó muy claro: “la poesía es mi profesión de fe, mi dicha y mi destino. Algo que ha dado sentido a mi vida y me ha hecho estar abierto al milagro en su acepción originaria de mirada, de visión. El milagro es una mirada que ve el lado nuevo u oculto de las cosas. Es, también, como en el «acorde» de Cernuda, «un instante que lleva en sí la eternidad»”.

     En cuanto al estoicismo, presente a lo largo de su obra, no fue en él mero recurso retórico. Le diagnosticaron cáncer de pulmón en Julio del 2010. Ese mismo año publicó su Homenaje al soneto barroco, uno de los sonetos más brillantes y sombríos de estos tiempos, al que incorpora elementos de Quevedo, Jáuregui y Rioja, y que termina con un inolvidable terceto final, muy suyo y nada amargo:
Siguiendo la común humana suerte,
a todos llegará el último día
como el último verso a este soneto.
     Un par de años después y con otro ánimo y estilo publicó El soneto que ves, donde se adivina la ironía que lo lleva a parodiar las coplas de ciego, con este otro terceto final:
Le quedan, a lo sumo, dos o tres.
¿Y qué hace el insensato? Pues cantar
y escribir el soneto que ahora ves.
     Mucho tienen en común estos dos sonetos postreros, sobre todo la entereza. Acertó Fernando en los “dos o tres” años que le quedaban de vida. Murió en la madrugada del 29 de Enero del 2014. En la víspera o la antevíspera hablé con él por teléfono larga y animadamente, como solían ser nuestras conversaciones. Empezó con la broma afectuosa frecuente en él: “¿Qué pasa, maestro?”. Ese día le contesté: “No me des coba, Fernando, que el maestro eres tú”. Ya no sé, ay, lo que me replicó, pero sí que fue un donaire, pues mi último recuerdo de su voz es alegre.

     En una cosa no estoy de acuerdo con él, y la dijo en su último artículo, aparecido póstumamente –gracias a la solícita atención de su admirada y admiradora Pilar Soldevilla- en estas páginas de la Nueva Revista (nº 148, 2014): “… la que algunos estudiosos han dado en llamar «Generación de la Transición» (pues en ella publican sus primeros libros). En esa generación, que es la mía, no hay grandes poetas…”. No podía él citar a un gran poeta, el mejor de su generación: Fernando Ortiz. Fue Il miglior fabro, el mejor artesano, por usar a conciencia las palabras de Eliot dedicadas a Ezra Pound y siglos antes por Dante a Arnaut Daniel, el inventor de la sextina, que con tan buena mano como cabeza cultivó Fernando en recuerdo del gran artesano provenzal.

     Disfruta, amigo, allá arriba en el Parnaso cuando visites a tus cuatro guías principales, Eliot, Pound, Dante y Arnaut. Dales las gracias, Fernando, no fueron malos mentores. Ni tú desaprovechaste sus lecciones.

(Se publicó como artículo en el número 150 de la Nueva Revista)













Pasos que se alejan. Antología poética 1978-2013

Fernando Ortiz
Edición crítica de Marina Bianchi. Prólogo y selección del autor
Editorial Viajera, Buenos Aires
2013













Epistolario en verso (2012-2013) entre José Manuel Velázquez y Fernando Ortiz
Marina Bianchi
Edizioni Nuova Cultura, Roma
2014

jueves, 8 de enero de 2015

Botones de muestra XXIV



     Hombre a la vez provocativo y afable en cualquiera de las tres lenguas en las que lo he oído hablar, Felipe Fernández-Armesto alcanza el grado sumo en esas dos cualidades cuando escribe. Puede sorprender, desconcertar, incluso enojar a sus lectores, pero es incapaz de aburrirlos. Al igual que su difunto amigo y compañero en Boston (Massachusetts), Samuel Huntington, pero con opiniones diametralmente opuestas, defiende pareceres tajantes con un vigor poco común pero nunca exento de ironía bienhumorada. Ambos fundamentaron sus respectivas visiones de los Estados Unidos de América con sólidos argumentos.

     En este su más reciente libro, Nuestra América, el Profesor Fernández-Armesto empieza aclarando que
     Los ciudadanos de los Estados Unidos han aprendido siempre la historia de su país como si hubiera ido conformándose exclusivamente de este a oeste. En consecuencia, muchos de ellos creen que su pasado ha creado una comunidad esencialmente -y hasta necesariamente- anglófona, con una cultura fuertemente ligada a la herencia del protestantismo radical y las leyes y valores ingleses. Los inmigrantes de otras identidades han tenido que contemporizar y adaptarse, sacrificando sus lenguas y conservando sólo un sentido residualmente diferenciador de sus peculiaridades en tanto que americanos con doble gentilicio. Los descendientes de esclavos han tenido que someterse al mismo proceso. Los nativos que precedieron a los colonos han tenido que renunciar y adaptarse.

     Continúa explicando con datos incontrovertibles que la cultura española ya estaba en lo que hoy constituye los Estados Unidos antes de la llegada del
Mayflower y que se extendió del Sur al Norte a la par que la cultura inglesa iba penetrando en la América del Norte de Este a Oeste. Así pues, la cultura hispánica no ocupó el lugar que hoy tiene llevada en el siglo XIX y XX por inmigrantes como los italianos, sino que estaba allí desde mucho antes: 
     [...] el Estados Unidos hispano abarca más que inmigrantes. Los hispanos precedieron a Estados Unidos en lo que es hoy su territorio nacional. Su presencia ha formado una parte más prolongada de la historia de esta tierra que la de ningún otro intruso del otro lado del Atlántico, incluidos los anglo-americanos.
     [...] La repulsa del multiculturalismo -que, hay que admitirlo, no funciona bien, pero debe sin duda ser alabado por funcionar aunque sea mínimamente- ha afectado profundamente a Estados Unidos, donde nunca fue fuerte y donde siempre se ha esperado que los inmigrantes arrojen su singularidad al «crisol». [...] voy a mantener que los estadounidenses no tienen por qué temer ante los cambios que hoy se están produciendo. 
     [...] Hace ya mucho tiempo que el protestantismo ha dejado de ser una tradición «americana» definidora. [...] Alrededor de una cuarta parte de los ciudadanos estadounidenses son hoy católicos.
     [...] La lengua inglesa sigue teniendo gran peso para quienes buscan principios unificadores. [...] El español es ya el segundo idioma de jure en algunas partes del país (aunque, por razones que veremos, dudo que el español vaya a ser tan privilegiado en Estados Unidos como, por ejemplo, el francés en Canadá).

     De esta manera, el profesor británico con la mitad de sangre española consigue transmitir una visión optimista y revolucionaria del futuro de los Estados Unidos. Siempre, claro está, que se cumpla con una obligación ineludible: 
     [...] es evidente que los estadounidenses necesitan repensar su historia para enfrentarse a su futuro.

     Quod erat demonstrandum.


 

Our America
Felipe Fernández-Armesto
W. W. Norton & Company
2014


Nuestra América
Felipe Fernández-Armesto
(Traducción de Eva Rodríguez Halfter)
Galaxia Gutenberg
2014



Enlaces relacionados:
Botones de muestra (XXI): Stanley Payne
Botones de muestra (XVIII): Mario Vargas Llosa

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Temblando estaba de frío

Gerard van Honthorst (1622). Wallraf-Richartz Museum

Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo,
sujeto al rigor del tiempo.

¡Ay, niño tierno!
¿cómo, si os quema amor, tembláis de hielo?

El que hizo con su mano
los discordes elementos,
naciendo está por el hombre
a su inclemencia sujeto.

¡Ay, niño tierno!
¿cómo, si os quema amor, tembláis de hielo?

Lope de Vega (1612)

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Botones de muestra (XXIII)


     Charles Powell es una de las pocas personas –que yo conozca– bilingües en inglés y en español. Lo es porque cuando escribe en español está pensando lo que dice también en español, y el mismo proceso lo lleva a cabo en inglés. Gracias a eso tiene una excepcional claridad de ideas al escribir, por ejemplo, sobre las relaciones hispano-norteamericanas en tiempos recientes, como se desprende del libro El amigo americano: España y Estados Unidos: de la dictadura a la democracia (2011).

     Con igual claridad ve cuestiones históricas muy anteriores tal que la Monarquía Hispánica y su notable duración. Como verán en la entrevista de esta entrada, realizada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, le hice la misma pregunta que he hecho a los seis historiadores hasta ahora entrevistados: ¿Por qué duró tanto el imperio español en el Nuevo Mundo? No hay dos contestaciones iguales y todas son interesantes. Seguro que Jorge Washington, testigo mudo y en efigie de nuestro encuentro, escuchó con su media sonrisa irónica las explicaciones de Charles Powell. Gracias, pues, al profesor por sus palabras habladas y escritas.

















El amigo americano: España y Estados Unidos: de la dictadura a la democracia
Charles Powell
Galaxia Gutenberg
2011

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Botones de muestra (II): Leopoldo Calvo-Sotelo
Botones de muestra: Fernando Ortiz

jueves, 27 de noviembre de 2014

Nada nuevo bajo el sol

   
La carrera de cuadrigas, de Alexander von Wagner, 1882.
© Manchester Art Gallery

     De cuando en cuando conviene preguntarse si todo lo que parece nuevo es tan nuevo como parece. Suele uno llevarse sorpresas, y en el campo del lenguaje más que en otros. Consultado el diccionario, resulta a menudo que el supuesto neologismo no es sino pervivencia o resurrección lingüística. Otra cautela aconsejable es desconfiar del panse­xualismo, tan propio de nuestra obsesa raza. Valga como botón de muestra de nuestra índole maniática el siguiente comentario de J. L. Pensado (en «Una crisis en la lengua del imperio», Salamanca, 1982) a cierta recomendación del maestro Correas: «La obsesión sexual, resultado de la represión eclesiástica, llegaba a aislar en la cadena sonora secuen­cias de una —OD— más vocal que, por atenuación de la H­(o J-) se asociaban al verbo (h)oder». No se sabe quién es más obseso, si el maestro del siglo XVII o su glosador del XX, este último convencido, al parecer, de que todos los clérigos de la historia de España eran unos puritanos paca­tos, a modo de maristas de 1940, como si el arcipreste de Hita, Góngora o Tirso de Molina, con su robusta franqueza al llamar al pan pan y al vino vino, no hubiesen sido eclesiásticos.

     Veamos, pues, unas cuantas palabras y expresiones que no son lo que parecen, o al menos no son tan sólo lo que parecen. Chorrada (necedad o nimiedad), por ejemplo, sue­na mal. Pero su origen, según el Diccionario de la Real Academia, es de lo más inocente: «Porción de líquido que se suele echar de gracia después de dar la medida.» Así es que honni soit qui mal y pense.

     ¡Jo macho! Se toma por vigorosa grosería moderna. El Diccionario de argot español, de Víctor León, 1986, asegura que ¡Jo! es una interjección eufemística, equivalente a ¡Jo­der! Sin embargo el otro día, leyendo las Premáticas y Aranceles Generales (1610) de Quevedo, me encontré con que éste condena por expresión superflua «a los que, llevando la rienda en la mano, dijeren: Jo, macho, pues le pueden (al macho de tiro o montura, se entiende) tener con ella». Por un instante pensé que el menos eufemístico de nuestros clásicos había caído en el eufemismo, pero enseguida me tranquilizó Corominas: según su Diccionario Etimológico, jo y so, voces ambas para detener las caballerías, descienden por igual de xo. Claro que la etimología es objetiva y la semántica puede ser subjetiva e intencional, pero en todo caso resulta imposible que jo venga del futuere latino, origen de nuestro joder.

     «Pérfida Albión (expresión acuñada también por la derecha)», escribe en El País del 22-1-87 don Luis Yáñez Barnuevo. Comprendo que para un hombre de izquierdas sea tentador creer que la muletilla la inventó alguien como Franco o, haciendo un esfuerzo de memoria, algún francés como Pétain. Pero acudiendo a un diccionario de citas se comprueba que la expresión perfide Albion fue acuñada en París en 1793 por el Marqués de Ximénéz, amigo íntimo de Voltaire y progre como el que más.

     Negociado distinto aunque cercano es el de las palabras nuevas para designar cosas de siempre, vino viejo en odres nuevos. Salta a la vista un ejemplo curioso de hoy mismo. Siempre hubo bandas de maleantes aficionados a la violencia caprichosa, sin tener siguiera el robo por motivo principal y mucho menos las ideas políticas. Pero vivimos en un siglo tan ofuscado por las ideas políticas como los anteriores lo estuvieron por las religiosas, y se tiende a atribuir a estos facinerosos alguna ideología, en general la contraria a la que uno profesa. Y hemos visto estos días cómo unos grupos de salvajes llamados ultrasur (por el graderío de cierto estadio que frecuentan) u otros denominados jevis (les gusta la atroz música heavy rock) recibían gratuitas etiquetas políticas. Sabido es también que uno de los trucos más habilidosos de Marx fue inventar el término lumpenproletariat para aplicarlo a cualquier clase de pobres reaccionarios o apolíticos. Pero en España el término, hoy de moda, se ha trivializado y a la vez desvirtuado lingüísticamente al dejarlo en lumpen (literalmente andrajos en alemán) y llamar así a los gamberros, como hace el decano de la Facultad de Ciencias Biológicas en carta a El País del 16-12-86, sobre las barbaridades del día de San Teleco.

     Si los padrinos de todas estas palabras supiesen historia, comprenderían que la maldad multitudinaria gratuita es aún más frecuente que la maldad multitudinaria política. Aunque a veces ambas bestialidades coincidan, como en Bizancio, con sus dos bandos, los azules y los verdes, forofos de sus respectivos equipos de aurigas y asimismo partidos políticos y sectas religiosas, pero, ante todo, turbas destructivas.

* * *

     Uno de los aquí mentados —menos agudo que Quevedo y más respetable que los ultrasur— se sintió ofendido y me lo hizo saber. Le ofrecí añadir a mi artículo su réplica, pero eso no le bastaba. Lástima.
Otro también se picó, pero —poderoso— no dijo nada, me la guardó y me la jugó desde el poder ¡Oh pérfida Coria del Río!

     (Este artículo se publicó en el ABC del 14 de Febrero de 1987, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).

     Quizá resumí demasiado el uso políticamente correcto del lumpenproletariat. La cita de Don Rafael Hernández, a la sazón Decano de la Facultad de Ciencias Biológicas, en carta a El País (16/12/1986) no tiene desperdicio. Primero se queja con toda razón de la bestialidad de los estudiantes de telecomunicaciones borrachos que invadieron entre otros el campus de Ciencias en la Universidad Complutense, y los llama el lumpen, a secas, suprimiendo toda alusión al proletariado. Pero al final no resiste la tentación de dejar constancia de que él, claro está, es santurrón de la postmodernidad. Termina, pues, con estas palabras:

     "Por otra parte, estos etílicos feligreses de san Teleco están, sin ser conscientes de ello, insultando al movimiento estudiantil y a lo que éste representa: un profundo espíritu crítico, solidario e inconformista que, de una u otra forma, ha estado siempre presente en todas las batallas que por los derechos civiles se han librado en la Europa de las últimas décadas".

     Da gusto ver que tan tarde como Diciembre de 1986 todavía había profesores que se rebajaban a halagar a los estudiantes salvajes atribuyendo a su tribu de origen "un profundo espíritu crítico, solidario e inconformista".

     Claro que aquellos polvos trajeron estos lodos indignados.

Enlaces relacionados:
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008