Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ceso con este capítulo XXIV la publicación de la novela El rompimiento de Gloria. La editorial me señaló que lo apropiado era dejar de publicarla cuando faltaran tan sólo un capítulo y el apéndice, y advertir que sigue estando disponible en varias librerías, mencionadas en la nota que figura en la parte superior derecha de esta página.

martes, 16 de febrero de 2010

El Rompimiento de Gloria (cap. XXIV)

XXIV



Yo sí sobreviví, en parte por que los alemanes me hirieron a principios de 1945, me salvaron los soviéticos y quedé fuera de combate. El médico militar ruso que me atendió era un buen tipo, el comisario político era un hijoputa.

— Así es que la pierna derecha te la hirieron en defensa de la República y ahora la pierna izquierda en defensa del Reino Unido... Tendría que haber sido al revés. Ahora cuando vaya a cambiar el tiempo cojearás del lado derecho sintiéndote republicano y del izquierdo sintiéndote monárquico... —decía el Comandante médico y se reía.

El comisario político no sonreía nunca y miraba con prevención a un rojo español que en vez de luchar en las filas soviéticas o en las FFI lo hacía en las de una potencia imperialista. No quería que me repatriasen a la Gran Bretaña y llegué a pensar que terminaría en Siberia, pero al final sirvió mi Honorary Commission y me entregaron, piojoso y renqueante, en la Embajada británica en Moscú. Regresé a Londres pasando por Bakú, Teherán y El Cairo; en cada etapa me sentía más fuerte y también más vacío.

La guerra se terminaba y en aquella Primavera de 1945 me puse por fin a pensar en el futuro, mientras me reponía en la casa de campo de David Campbell, un compañero de armas, y de Cambridge antes, rico y generoso.

— ¿Qué vas a hacer ahora? —me preguntó una noche cuando fumábamos en su biblioteca.

— No lo sé. Estoy triste y desanimado.

— Deberíamos tú y yo montar un negocio... Por ejemplo asesorar a los moros, o a quien sea, en sus guerras. Clientes no nos van a faltar, tal como se presenta la post-guerra...

— No, yo llevo nueve años en estado de guerra y ya estoy cansado. Para mí es imposible recobrar el mundo anterior, pero para ti no.

— Para mí también sería ilusorio intentarlo. Tanto tú como yo podríamos volver a la Universidad, pero ¿para qué? ¿Para desasnar a los jóvenes fabianos con acné, que sólo quieren aprender sociología y edificar el Welfare State sobre las ruinas del decadente mundo pre-moderno? Y además en Oxford o en Cambridge lleva tiempo conseguir una posición relevante, y no digamos una cátedra; supongo que igual que en España.

— Bueno, es que yo en España ahora no conseguiría ni una plaza de ayudante, y eso suponiendo que me dejasen volver a mi país.

— Pues, chico, entonces no veo más salida que el mundo de los negocios. Mi familia solía ganar dinero importando papel y perderlo imprimiendo libros. Podríamos intentar resucitar una editorial pequeña que todavía conservamos.

— No sé, creo que yo por ahora voy a empezar mi tesis doctoral —contesté sin mucho entusiasmo, pensando, más que en el orgullo de convertirme en el Doctor Saturnino Prieto, en el vago deseo de volver a Homero y a Virgilio.

Pero mis jefes me encargaron una última misión antes de licenciarme. Había que apurar en la Alemania vencida los interrogatorios de ciertos oficiales todavía cautivos; antes de soltarlos podían tener información útil para la guerra fría o caliente que se veía venir con la Unión Soviética. A nuestros rivales del Field Security del MI5 no les gustaba que interviniéramos los del SOE, pero siempre podríamos alegar la necesidad de ajustar viejas cuentas con los alemanes.

Llegué una tarde al Sector Británico de Berlín, un montón de ruinas poblado de espectros, y me pusieron a trabajar de inmediato.

— Este primer prisionero que le voy a pasar ha debido de ser un pez gordo, un coronel que parece que trabajó en la Abwehr —me dijo un sargento galés, rollizo y mal afeitado, colocándome un expediente encima de la mesa.

Entró un hombre muy delgado, manco, que se quedó de pie, bajo la bombilla amarillenta que colgaba del techo. Era Adam. Lo abracé con formas poco británicas y ordené al sargento asombrado que se fuese.

El alemán sabía mucho sobre mi vida desde 1936 —“los chicos del Almirante Canaris no éramos tan tontos como creíais los aliados”, me aclaró con una sonrisa -así es que le pregunté por él, y no precisamente siguiendo el cuestionario oficial. De Madrid había regresado a Berlín, donde trabajó en los servicios de información militares, siguiendo desde lejos la guerra de España. Al empezar la Guerra Mundial se fue al frente y en la campaña de Francia perdió un brazo, con lo que tuvo que volver a Berlín, a la Abwehr de nuevo, que a su vez lo destinó a París. Estuvo implicado en la conjura militar contra Hitler de 1944; se libró de ser uno de los cinco mil ejecutados porque aquel 20 de Julio estaba en misión fuera de París. Me mordí la lengua para no preguntarle por qué la Wehrmacht no había actuado antes como freno automático del conductor loco, de acuerdo con la teoría que tan vívidamente nos había explicado en Gredos, un día lluvioso diez años atrás.

— ¿Quieres uno de estos pitillos pestilentes? —interrupí ofreciéndole un Woodbine.

— Sí, gracias.

— ¿Sigues usando aquella pitillera tan bonita?

— No... Me la robaron en Francia... bueno, la verdad es que me la quitó un compañero tuyo, lamento decirlo.

— ¿Cómo ocurrió?

— En el hotel Meurice, a fines de Agosto. Yo estaba con el comandante de la plaza, el General von Choltitz, porque había intervenido en las negociaciones para la rendición de París, ya sabes, cuando desobedecimos la orden de Hitler de incendiar la ciudad. En el grupo que nos hizo prisioneros había un español, creo que se llamaba Gutiérrez, que le quitó el reloj al General y a mí la pitillera. Pero, en fin, es lo menos que he perdido en esta guerra, eso y un brazo —concluyó, encogiéndose de hombros sin amargura.

Se abrió la puerta del cuchitril y entró, obsequioso, el sargento gordo, acompañado de un soldado que llevaba una bandeja opulenta con foie gras, burdeos y melocotones.

— Sargento, no sé dónde ha conseguido usted todo esto y prefiero no saberlo, para no tener que informar a su Coronel. Pero vuelva a donde lo sacó y tráigame una botella de sauternes y un paquete de cigarrillos turcos.

— Sí señor —murmuró el sargento, palideciendo y retirándose.

— Ni Miguel lo hubiera dicho mejor que tú, Sátur —se rió Adam.

Más tarde, ya entre brumas confortantes de Château Yquem y Balkan Sobranie, me atreví a preguntar por lo que me importaba.

— ¿Cuánto sabes de los hermanos, Adam?

— Todo lo que ellos me contaron, lo que observé por mi cuenta y lo que luego supe por Rafael; fui a verlo a Córdoba, en 1939. El muchacho no se ha repuesto de aquella escena terrible bajo el sol de Julio, esa tarde en Guadarrama. Estaba muy enamorado de Elena.

— ¿Y tú no?

— Yo comprendí... eso... a tiempo. ¿Cómo no lo viste tú, Sátur?

— No sé, supongo que porque era un palurdo de provincias. Y ellos se aprovecharon de mí —dije, y nada más pronunciar las palabras me arrepentí de ellas, pues eran injustas y ruines.

Adam me miró fijamente y echó una bocanada de humo azul.

— Sabes que eso no es verdad.

Permanecí unos instantes callado, hurgando en el dolor.

— Tienes razón, Adam, lo que he dicho es falso. Ellos no se aprovecharon de mí, me dieron mucho y yo no les di nada...

— Eso tampoco es verdad —interrumpió Adam con voz queda.

— ... sí, yo no les di nada, porque no me necesitaban, y eso es precisamente lo que sigue desconcertándome y humillándome. ¿Para qué demonios se metieron en mi vida tan simple y la sembraron de recuerdos tan... agridulces y tan hondos? Ellos tenían todo, se querían, sabían cuanto necesitaban saber...

— Elena y Miguel tenían el pasado y el presente, pero necesitaban tener alguna esperanza en el futuro. No esperanza personal de ellos, claro, pues ya cuando tú los conociste barruntaban que el tiempo se les acababa. Pero pensaban que muchas cosas —viejos saberes no escritos, tenues rastros del pasado, intuiciones paganas, osadías de su casta, cautelas del pueblo— podían y debían transmitírselas a alguien que a su vez fuese más tarde capaz de entregarlas a otros. Eso es la traditio, la aurea catena. Y al poco de conocerte y de que les gustaras debieron de caer en la cuenta de que tú eras un eslabón de oro.

— ¡Yo, un rojo paleto de pueblo! —rezongué sarcástico.

— Sí, tú, Saturnino Prieto, un universitario de clase media, izquierdista e ingenuo. Representabas el polo opuesto a ellos y por eso decidieron volcarse en ti: pasase lo que pasase en el mundo, la gente como tú gozaría luego de más crédito que los del “mundo decadente”, como nos llamaban los nazis y los comunistas. Si hubieran escogido a un sobrino suyo o mío, ahora nadie lo escucharía. Pero un intelectual de izquierdas...

— Ellos despreciaban a los intelectuales, de izquierdas o de derechas.

— Sí, Sátur, pero tú eras y eres, además, un hombre valeroso y con tesón. Y muy listo, capaz de aprender en poco tiempo todo lo que no viene en los libros. Pero íntegro, no listillo. ¿Sigue habiendo listillos en España?

— Supongo, que yo sepa en la guerra no murió ninguno, en ningún bando.

— Por eso Miguel te daba tantos consejos en el campo; no quería que te mataran y necesitaba mitigar tu audacia ingenua.

— Total, que adoptaron al más feo, por conveniencia.

— Estás fishing for compliments, o desahogando años de angustia. Pero podías haberte imaginado que nadie adopta a un niño feo, sino al más guapo, fuerte, alegre, digno del cariño que le van a dar.

— Y decidieron instruir deleitándome —dije, ya con más melancolía irónica que sarcasmo.

— No, decidieron sobre todo instruir deleitándose ellos. El placer socrático entiendo que lo sentía Sócrates; los discípulos sentirían otro placer, el de descubrir la verdad oculta tras la verdad oficial.

— ¿Y todo eso te lo confesaron ellos, Adam?

— No, todo eso lo observé yo.

— Pues déjame que te diga que ellos no eran socráticos sino presocráticos. Ella era una diosa homérica, creo que Atenea —dije, por primera vez sonriendo al recordar a Elena.

— Sí, glaukopis. ¡Qué gloriosa aparecía en las montañas!

— Así murió, qué suerte tuvieron los dos, qué envidia dan —añadí mirando a mi amigo mutilado y pensando en mis propias heridas.

— No, Sátur —me replicó inclinándose un poco hacia mí en la silla de pino —tú no puedes sentir envidia. Tienes ahora que cumplir con tu deber de depositario. Tienes que dar y contar. Hasta que al final puedas escribir cecini pascua, rura, duces.


* * *



Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008



Otras entradas relacionadas:

El Rompimiento de Gloria (cap. XXV)
El Rompimiento de Gloria (apéndice)

miércoles, 10 de febrero de 2010

LA HERIDA INFECTADA

Ayer Domingo 7 de Febrero, dando un paseo por un paraje de singular belleza e interés en flora y fauna en el piedemonte de la sierra del Guadarrama, me encontré con esta escena de devastación y basura plástica que aparece en las fotos adjuntas. El lugar es el cauce del río Ceguilla, cerca de Aldealengua de Pedraza en la provincia de Segovia.

Hace unos seis años se empezó una obra faraónica para hacer una presa en dicho río. El asunto era polémico, pues se trataba de una zona natural protegida por varios conceptos, entre otros el formar parte de la Red Natura 2000. El proyecto estaba financiado en un 65% por fondos europeos, el resto entre otros por la Junta de Castilla y León, y todo ello bajo la dirección del entonces llamado Ministerio de Medio Ambiente a través de la Confederación Hidrográfica del Duero y Aguas del Duero, S.A. La adecuación del proyecto a la legislación vigente fue dudosa, pero su realización no ofrece duda ninguna, ya que ha sido un desastre. Según los carteles triunfalistas que siguen decorando la comarca, la obra tenía que empezar en Mayo de 2004 y su plazo de ejecución era de 18 meses. Seis años después sigue sin haberse completado la ejecución, como puede apreciarse en las fotos.

El embalse sigue sin embalsar un litro de agua, aunque en Octubre del 2007 se inauguró y los periódicos publicaron fotos falsas donde aparecía un lago paradisíaco. Luego nos dijeron que probarían la capacidad de retener agua de la obra faraónica y harían la Estación de Tratamiento de Aguas Potables (ETAP) así como 89 kilómetros de conducciones para abastecer nuevos depósitos por toda la comarca. Pero tampoco aparecen los complementos faraónicos por ningún lado.

Así es que tenemos todos los inconvenientes del proyecto (destrucción a gran escala de la naturaleza) y ninguna de las ventajas anunciadas para los habitantes. Y el colmo es que nadie se ha molestado en limpiar de escombros el valle del arroyo de montaña destrozado. Peor aún, han dejado el lugar desolado sembrado de grandes trozos de plástico y de tuberías también plásticas, que se quedarán allí para toda la eternidad, y que ya en parte están sepultados por la erosión. Nada de ello es biodegradable y todo ello es nocivo, quizá venenoso, en un depósito destinado a dar de beber a toda la comarca.

Hace años que algunos de nosotros hemos avisado de todos estos abusos e irregularidades a las autoridades, empezando por el Ministerio de Medio Ambiente y terminando con la Comisión Europea. Algunos no contestan y otros aseguran blandamente que todo está en regla. Incluso el Defensor del Pueblo Europeo dice que “no considera justificado llevar a cabo una investigación”. Eso sí, ninguna autoridad contesta que ha ido a ver el atropello y comprueba que no existe.

En fin, cuando llegue el día, si es que llega, en que abran ustedes el grifo y aparezca agua quizá transparente pero muy poco de fiar, acuérdense de esto. Y la próxima vez que oigan hablar de “desarrollo sostenible” piensen también en esta desolación inútil, en esta herida sin restañar en las entrañas de la sierra de Guadarrama.



Este artículo lo publiqué en la bitácora llamada Desde la Sierra, en donde pueden ustedes entrar para contemplar las fotografías, tan deprimentes como los hechos descritos:

http://desdelasierradeguadarrama.blogspot.com

PD: Actualización a 15 de Noviembre de 2017. Como no estoy muy seguro de que sobreviva la página llamada Desde la Sierra, recojo de ella las fotografías que aparecieron en la entrada antes mencionada.




lunes, 25 de enero de 2010

Mínimo misterio cromático

La única pregunta interesante que he oído en lo que va del 2010 me la hizo durante el almuerzo del Día de Reyes una niña de cuatro años:

-¿Porrr qué exxisten lechugass de este color? – dijo señalando con curiosidad recelosa unas hojas de color entre verde pálido y morado, de esas lechugas que llaman hoja de roble.

Me acordé del capítulo XX de El Rompimiento de Gloria donde se discute sobre el mismo y mínimo (o grande, según se mire) misterio cromático. Pocas semanas atrás lo había colgado en este cuaderno de bitácora y desde entonces no había dejado de pensar en esa mezcla extraña de colores, la más rara y hermosa de las muchas rarezas que lucen en el monte.

No supe qué contestar a la niña. Y es que no sólo la verdad sale de la boca de los niños, sino el misterio, a través de preguntas sin contestación. “Por eso desde lejos el rebollar es indescriptible. Porque es incomprensible. Como todo.”

miércoles, 30 de diciembre de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. XXIII)

XXIII



Llegué a Inglaterra con pasaporte diplomático y un buen sueldo, pero ninguno me duró. No es que me los quitasen; renuncié yo a ambos cuando descubrí que no me los merecía puesto que no trabajaba. Y es que no me encargaban nada que hacer y yo, acostumbrado a la actividad frenética de los últimos años, no estaba para canonjías. Malviví dando clases particulares de español por las tardes y descargando de noche camiones en la lonja de pescado de Billingsgate. Perdí varios alumnos porque apestaba a pescado, pese a mis duchas frías de madrugada. Pero uno, que se llamaba Robin y estaba preparándose para el ingreso en la carrera diplomática, me dijo un día:

— Usted sabe bastante latín y griego y se ve que eso es lo que más le gusta y lo que se le da mejor. ¿Por qué no lo sigue estudiando en una universidad británica?

— Porque no tengo ni un penique —contesté con sequedad, pensando que había que ser señorito inglés, una especie de Bertie Wooster, para estar tan ciego ante la realidad social.

Pero la otra parte que trataba de la sociedad británica, el proletariado, me resultaba más ajena aún por la sencilla razón de que yo había aprendido con Elena y Miguel el King’s English y no entendía el habla cockney de mis compañeros de trabajo del East End, ni acento regional alguno. Este sí que es un país clasista, pensé, sintiéndome muy solo.

A esa crisis se añadió otra peor. Por fin pude recibir noticias de mi casa, y eran muy malas. Mi padre había muerto en Agosto de 1936, harto de esperarme y adivinando en qué bando luchaba yo. Me era imposible ir a ver a mi madre en la zona nacional. Me desesperé pensando en todas las ocasiones perdidas de ver a mis padres. Escribí a mi madre una carta, larga y cobarde, de descargo. La rasgué y escribí otra, corta y amarga. Me contestó perdonándome. Ya sólo quedaba una persona en el mundo que me importase y decidí traérmela a Inglaterra como fuese. Pensé en intentar recobrar mi trabajo en la Embajada de la República, e incluso pasarme a la otra Embajada, la oficiosa de Burgos, pero me sentí físicamente incapaz de adular o chaquetear. No fue entereza, fue una abdicación más. Había perdido la osadía, a los veinticuatro años estaba hecho un viejo.

Hasta que un día recibí carta de un abogado citándome para tratar un asunto de mi interés. El solicitor, con reticencias exasperantes, me comunicó que alguien cuya identidad había de permanecer secreta me quería hacer llegar, en nombre de un tercero también anónimo, una renta anual de doscientas libras durante dos años improrrogables, la cual renta quedaría anulada ipso facto e ipso iure si yo o alguien por encargo mío emprendía cualquier diligencia para averiguar la identidad de mi benefactor o mis benefactores.

Pese a las conminaciones intenté ponerme al habla con Robin, a todas luces convertido en Robín de los Bosques que robaba a los ricos para dárselo a los pobres como yo, pero acababa de pasar los exámenes y ya estaba camino de su destino en Pequín, sin duda por haber aprendido tanto español conmigo.

Me fui a Cambridge, donde pasé dos años tristes y provechosos. Conseguí llevar allí a mi madre y vivimos juntos con decorosa modestia. Nunca aprendió una palabra de inglés; yo la acompañaba a todos los sitios incluida la misa del Padre Gilbey, un cura medio español, reaccionario y simpático.

— Me paso el día rezando para que no te condenes; me das más trabajo que todos mis estudiantes marxistas de salón, pero tú al menos eres un rojo peludo en el pecho, ¿se dice así en castellano, no?

— Ya ni eso soy, don Alfred —le contesté sin pizca de broma.

Mi situación en Cambridge era a veces peregrina, un capitán rojo entre languideces juveniles. Mis compañeros, aunque sólo tenían un par de años menos que yo, me parecían muy niños. Algo, sin embargo, me quedaría de joven cuando pasé de Sátur —tan impronunciable para ellos como Saturnino— a Nino. Todo lo tomé con filosofía, hasta mis amoríos insulsos con la mujer de un dentista, más tonta que Madame Bovary y más histérica que la Regenta. Duró poco aquello, pero me hizo conocer el tedio infinito de la clase media inglesa, mucho más aburrida que la nuestra aunque mucho más sólida y útil. También a través de ella conocí a Paul Davidson, un estudiante que intentó sin éxito reclutarme para el Partido Comunista, como si yo no estuviese ya vacunado de casi todo.

— Ten cuidado con ese muchacho, que según el Padre Gilbey es de la cáscara amarga —me advirtió mi madre un día, tras una visita de Davidson.

— ¿Homosexual?

— No...

— Ah, bueno, entonces rojo como yo.

— No, tú no eres rojo, hijo mío, tú eres una bala perdida y ahora estás sentando cabeza.

Quizá tenía razón mi madre, pensé, pero qué difícil era ser una bala perdida y fracasada en todas las ilusiones propias de las balas. Y no estaba sentando cabeza del todo, estaba aprendiendo, sin entusiasmo pero con tesón, lo más inútil del mundo a los ojos de muchos, lenguas muertas, lenguas de los muertos puesto que ya no había inmortales.

— Sabe usted más de lo que yo creía. O entiende mejor. ¿Lo aprendió todo en la universidad de Madrid? —me preguntó un día mi tutor.

— No.

Como era inglés, no insistió. Descubrí que en Inglaterra hay pocos tontos, lo que pasa es que está mal visto parecer listo. Empecé a disfrutar de la compañía de algunos de aquellos gigantes aniñados, de vino brutal y ternura vergonzante, soñadores y prácticos.

Mi madre murió serenamente en el Otoño de 1938, apagada por las brumas británicas donde había encontrado refugio de la luz feroz de las sierras españolas. La lloré menos que a mi padre, aunque la quería más.

Se había roto mi última atadura a España. Se estaba además acabando la guerra, y la perdíamos. En eso, la verdad, pensaba menos pues mis compañeros habían ido muriendo o convirtiéndose en políticos. Yo iba echando nuevas raíces, por someras que fuesen, entre los líquenes y musgos que cubrían aquel canchal de piedras góticas y neogóticas, tudor y paladianas. Las bibliotecas eran muy buenas, la conversación menos convencional que en la Calle de San Bernardo y los compañeros de estudios me empezaban a tratar con afecto, nunca exento de un punto de curiosidad etnográfica, recíproca por lo demás.

— Nino, vamos a tomar una taza de té.

Yo me resignaba, pues el café allí era más vomitivo todavía.

Me quedaba menos de un curso en Cambridge, luego tendría que buscarme la vida sin las muletas de la generosa pensión, que por lo demás deseaba devolver en cuanto pudiese. Aproveché el tiempo, y no sólo aprendiendo cosas de memoria sino volviendo al griego y al latín como lenguas vivas, intentando de nuevo pensar con la mente de quienes hablaron y escribieron todo aquello. Conseguí quitar el polvo de las páginas vetustas y que desprendiesen la luz y el amor y el terror que encerraban. Eso volvió a abrir heridas mal cicatrizadas y más de una noche, en el silencio de mi cuarto en el colegio donde me alojaba desde la muerte de mi madre, tuve que dejar de leer a Homero o a Virgilio porque me parecía oír la voz de Elena velada por algo que no sabía identificar.

La familiaridad con los clásicos estaba bien vista en Cambridge y me dieron un First in Classics. Eso me abría varias puertas, pero yo no sabía cuál usar. Seguir en Cambridge y convertirme en un don erudito, bebedor y jovial me parecía fuera de lugar. En Londres habría otras posibilidades, pero tampoco me tentaba el bullicio de la capital imperial. Decidí tomarme un tiempo de reflexión y agarrando el macuto me fui a andar por las Tierras Altas de Escocia. Había montañas, muy distintas del lindo jardín suburbano que cubría el Sur de Inglaterra, y las montañas eran de granito, pero el granito estaba siempre mojado. Volví tan dubitativo como me había ido.

Una vez más, la inminencia de una guerra decidió por mí. Me ofrecieron un puesto en la BBC y lo acepté. Tenía mucho que agradecer a aquel país y ese trabajo era una manera, aunque blanda y bienpensante, de contribuir a la defensa de su peculiar civilización isleña. Pero pronto me aburrí, y además Londres empezó a transformarse, ya con la Phoney War. La retaguardia londinense no era aviesa como la madrileña, pero olía casi igual, a veces peor por la humedad: en lugar de fritanga y sudor rancio, manteca rancia y sudor rancio. Me daba claustrofobia y también sentía rabia de no poder combatir, pero yo era un ilota en la ciudad asediada.

Hasta que un día me llamó por teléfono un amigo del Padre Gilbey y me convidó a almorzar en su club. Aquello parecía un manicomio, estaba lleno de beodos, unos de uniforme y otros de paisano, hablando a voz en grito de derrotas en Europa, derrotas en Asia, derrotas en Oriente Medio, pero sin tono trágico, más bien como si discutiesen con vehemencia de la mala racha de su equipo de cricket. Descubrí una Inglaterra que yo no conocía, desprovista de flema británica, sin recato burgués, ni gravitas judicial, ni discreción burocrática ninguna. Era la clase alta inglesa, que se preparaba para la guerra a degüello como los salvajes, con una danza ritual celebratoria de los desastres pasados para exorcizarlos.

Mi anfitrión, sin hacer caso del alboroto, fue al grano.

— Sé todo sobre usted. Y ya ve, las cosas van mal para nosotros, diga lo que diga en público el Primer Ministro. Necesitamos encender hogueras en territorio ocupado por el enemigo. ¿Quiere usted ser incendiario?

— Depende dónde. Mi país...

— Su país ni es enemigo ni está ocupado. Olvídese de él. Piense en... no sé, Francia... O los Balcanes. Usted conoce bien el griego...

— Sí, pero el griego clásico, tan distinto del demótico como el Beowulf de lo que estamos hablando ahora.

— ¿Qué más da? —replicó, dejándome boquiabierto.

La guerra, la que me tocó hacer a mí, confirmó mi impresión inicial. Con esa ligereza brutal, que a su vez escondía una extraña eficacia y una voluntad de hierro, me enseñaron apresuradamente a tirarme en paracaídas y a manejar ciertas armas nuevas, se aseguraron de que el resto ya lo sabía hacer y luego me lanzaron, de noche, en una serranía agreste donde por cierto no se hablaba griego, ni antiguo ni moderno.

Me sacaron de allí al cabo de unas semanas, algo sorprendidos de que siguiera vivo, y me llevaron al Cairo. Desde allí desempeñé un par de misiones más de sabotaje en los Balcanes, y no debí de hacerlas mal porque me premiaron nombrándome Teniente. Eso me permitía entrar en el Shepheard’s Hotel en El Cairo y bailar con las chicas elegantes, aunque me llamasen Lieutenant Nino. El despacho de oficial era, sin embargo, una mera Honorary Commission y no The King’s Commission; supongo que ésta no querían dársela a un rojo español. Sí la prodigaron, en cambio, a comunistas ingleses como Davidson, con quien me crucé en Rustum Buildings, el Estado Mayor del Special Operations Executive, e hizo como si no me conociese. De hecho los militares de esas fuerzas especiales solían dividirse en dos grupos: los combatientes, casi siempre aventureros locos de familias conocidas, a menudo oficiales de la Guardia Real, tan sólo interesados por el combate, y por otro lado los del Estado Mayor, intelectuales obsesionados por la política, en general de izquierdas. Sí, ya sé que eso debería haberme complacido, pero vi incompetencias y hasta traiciones, y a un amigo mío no lo mataron precisamente los alemanes, así es que aprendí mucho y en cuanto vi al famoso Capitán Klugmann, con sus calcetines cortos, estorbar cierta operación, sospeché de él, y todavía siguen los ingleses discutiendo del asunto. Pero esa es otra historia y además hubo excepciones, como el brigadista aquél de mirada gélida, de quien no quise ser traductor en mi primera guerra. Murió a mi lado más que decorosamente, descanse en paz.

Hice lo que sabía hacer y no hice ascos a la faena. Pronto comprendí que todo aquello –sabotajes, secuestros, guerrillas- servía más que nada para levantar la moral de nuestros militares y evitar que se acostumbrasen a una guerra que durante demasiado tiempo se limitaba a operaciones defensivas y de retirada, en espera de las grandes contraofensivas, que tardarían años en llegar. Lo que siempre llegaba enseguida eran las represalias enemigas contra la población civil, pero eso era un precio que admitíamos de antemano, por más que algunos de los nuestros intentasen gallardamente bajarlo. Todavía recuerdo a dos compañeros asegurando (most emphatically, escribían) en una carta a los alemanes que la captura de su general la habían hecho sin ayuda de los cretenses, y lacrando el sobre con sus respectivos anillos de sello y además con sus insignias militares, lo cual me pareció una redundancia byroniana, pero me hizo gracia.

El caso es que volví a respirar el aire seco de las montañas. Allí recordé el aguante de los hermanos, y sus consejos, y los ojos de Elena. No sólo allí, también en el gran bosque polaco, llano e inabarcable, cuando cumplí una misión con un compañero temerario y borracho que se llamaba Peter Kemp, viejo enemigo mío en la anterior guerra, donde él había combatido primero en las filas del Requeté y luego de la Legión. Estuvimos en una fiesta celebrada en un castillo que al día siguiente iba a ser destruido. Los señores liquidaron la bodega y la despensa. Bailé con una muchacha de ojos azules. Seguimos bebiendo, se acercó su padre y al saber que yo era español, con esa ingenuidad centroeuropea de dar por hecho que todos los compatriotas se conocen, me preguntó por Miguel.

— Murió en la guerra de España. En el frente —puntualicé con cierto orgullo irracional.

— ¿Y Elena?

— Murió, también en el frente.

A todos les pareció normal que una mujer muriese en combate. Y yo me alegré de no haber tenido que mentir a sus amigos polacos, quienes por lo demás llevaban trazas de no sobrevivir tampoco a la guerra.



* * *




Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves, 10 de diciembre de 2009

Felices Pascuas y próspero Año Nuevo



“¿Quiénes fueron los primeros en exclamar Navidad?
Pues ocurrió que todos eran animales.”


And then they heard the angels tell
“Who were the first to cry Nowell?
Animals all, as it befell,
In the stable were they did dwell!
Joy shall be theirs in the morning!”

Carol of the field-mice from The Wind in the Willows by Kenneth Grahame
Wood engraving by Eric Gill

lunes, 30 de noviembre de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. XXII)

XXII


Temprano por la mañana entró en mi cuarto, donde yo llevaba toda la noche fumando, un compañero con la buena noticia del asesinato de Calvo Sotelo; buena no porque no me pareciese un desatino, sino porque ahora la inevitable inminencia de la guerra me obligaba a pensar en otras cosas.

Me tiré a la calle como un sonámbulo. Pasaron cinco días frenéticos de mítines y reuniones casi permanentes de diversos comités políticos. Por la noche, ronco y con los ojos inyectados de sangre, volvía a mi cuarto con una botella de aguardiente para dormirme borracho y seguir sin pensar en lo otro, en lo importante.

Pero sí pensaba en aquello, al menos con una parte de mi mente, o con mi corazón. Mientras discutía de táctica revolucionaria, en mis adentros hacía cábalas y luego las desechaba: ella se había vuelto loca y había dado rienda suelta a sus fantasmas inconfesables, que carecían de fundamento en la realidad (pero entonces, ¿por qué él no me daba una explicación?), o los dos habían tramado la escena para despedirme cuando ya no les interesaba (pero, ¿por qué les había interesado alguna vez?). Un día llegué a interrumpir mi propio alegato en una reunión y me quedé mudo, al invadirme de pronto el recuerdo de sus ojos. Los compañeros atribuyeron mi fallo a las emociones del momento, y en cierto modo acertaban.

Al día siguiente, el Viernes 17, comprendí al despertarme que tenía que agarrar el toro por los cuernos aunque sólo fuese durante una hora y pensar cabalmente en el horror y en el vacío. Me encerré en mi cuarto, me tomé dos aspirinas y me senté con un tazón de café y una cajetilla de Ideales, acodado en la mesa de pino donde tanto solía trabajar, frente a la única ventana, que daba a un mísero patinillo interior. Tan sólo veía una cosa que no fuese sórdida, una mata de fresa que florecía en la sombra, arraigada en la bajante de aguas negras. Así había quedado mi vida; la única belleza de mi entorno nacía del cieno. Intenté no chapotear en la sensiblería autocompasiva, apuré el café amargo y me replanteé todo en el lenguaje del momento, ¿qué hacer? En rigor no cabía más que una contestación: nada. Hay revelaciones que son puntos finales, hay hierofanías que no admiten exégesis. Me engañé a mí mismo, sin embargo, y decidí cauterizar la herida hablando con ellos. Esa noche iría a su casa.

Pero esa tarde se corrió por Madrid como la pólvora la noticia de que los militares se habían sublevado en Melilla. Todo cambió, para todos los españoles y para siempre. A mí el torbellino me arrastró más que a muchos aunque menos que a algunos. Perdí el rastro de los hermanos. Hasta el Domingo por la noche no pude acercarme a la casa del Viso. Estaba vacía y saqueada; en la puerta habían clavado al gato negro. Me tragué la furia y el asco e hice averiguaciones aprovechando mi autoridad de miliciano. Aquello lo habían hecho los parientes de Manolito, en venganza de que los señoritos se habían llevado al niño al campo para torturarlo y el angelito había vuelto hecho un cristo, pero los fascistas aquellos habían huido ya cuando ellos llegaron a la casa.

Pensé que Miguel estaría en el Cuartel de la Montaña o en alguno de los cantones, pero pronto, tras ser reducidos los focos de la sublevación en Madrid, pude comprobar que no había estado en ninguno de ellos. En cuanto a Elena, era imposible encontrar la menor pista. Las monjas, que seguían con su trabajo como siempre, no sabían nada o no querían decírmelo. Paco el asistente había desaparecido también.

En mi mundo político empezaron a mirarme con otros ojos al cabo de una semana, cuando se vio que no me había equivocado al decir el día 17, y creo que incluso desde el 13, que no habría un pronunciamiento sino una guerra. La verdad es que lo decía porque lo creía y lo creía porque lo deseaba. Había dejado de interesarme la construcción de un nuevo mundo, justo y perfecto. En cambio me atraía, necesitaba, el fuego purificador de la guerra. Por desgracia la mayoría de mis compañeros daba la lucha por ganada y se interesaba más por la revolución en la retaguardia.

Me encomendaron misiones políticas fuera de Madrid, quizá para alejarme de los centros de decisiones. El azar me llevó a Talavera y me acerqué a la dehesa de San Francisco. Me encontré a don Gabriel de cuerpo presente, velado tan sólo por Jesús su factótum.

— Es una suerte que se muriera ayer. Hoy pensaban darle el paseo; en el pueblo decían que don Grabié se carteaba con los fascistas alemanes y que había venido aquí a darle órdenes un oficial alemán mandado por la Embajada. También decían que los que aparecieron en Mayo para arreglar la antena de radio eran del Regimiento de Transmisiones del Pardo, que ahora se ha pasado al enemigo, y que eso prueba que le montaron una emisora para participar en la conjura militar.

Saqué de la cárcel al cura tonto de la Ceda para que echase un responso al cadáver y mandé a mis milicianos cavar una fosa en el cementerio, mirando a Gredos, porque el sepulturero se había ido a Madrid. Con mi visita pensé que había asegurado la vida de Jesús, pero a las pocas semanas lo fusilaron los del otro bando, por rojo y sospechoso de haber matado a don Gabriel, según denuncia del sacristán, que era cazador furtivo y había sido apaleado por Jesús años atrás.

A mi regreso a Madrid pretendieron mandarme a Alcalá de Henares para dirigir unas requisas. Me negué y me fui a Guadarrama. Por entonces, en Madrid el frente era por definición el de la Sierra. Yo la conocía mejor que nadie y además tenía ganas de que me matasen, así es que debí de distinguirme en algunos combates, si bien de manera aparatosa y estúpida que ahora me da vergüenza relatar. Pero aprendí deprisa y recordé mucho de lo que me había enseñado Miguel, entre otras cosas que no suele uno caer cuando quiere morir sin alegría. Sobre todo, lo recordé a él y deseé con toda mi alma no encontrármelo enfrente para no matarlo. Otras veces sí deseaba verlo para abrazarlo y llorar.

Ninguno de los prisioneros que tuve ocasión de interrogar sabía nada de él. Solían ser soldados ignorantes que añadían confusión a la historia, de por sí confusa, de los primeros días de la guerra. Se habían enterado de muy poco del desarrollo de las operaciones y su imaginación atropellaba los acontecimientos con lances absurdos. Pero la guerra es confusa desde Homero por lo menos, y yo escuchaba las incoherencias con paciencia.

— ... y entonces llegaron dos tíos, pegando tiros como locos...

— ¿Nuestros o vuestros?

— No lo sé.

La segunda vez que me contaron un suceso similar, pero acaecido en un sitio distinto, sentí mucha curiosidad. Las apariciones coincidían en el número —dos combatientes uniformados— y en su corta duración. La tercera fuente, un chico más listo o con más miedo, me añadió el detalle más revelador: uno de los dos, el más alto, parecía llevar estrellas de capitán y el otro era un soldado raso. Ambos eran del bando sublevado y su intervención había sido fulminante y muy eficaz. Quedé convencido, con muy poca base, de que se trataba de Miguel y Paco. Todavía recibí otras dos informaciones parecidas, pero con pocos detalles. Lo que más me desconcertaba era que los informes, que en parte pude verificar con nuestras propias fuerzas, se referían a tres acciones distintas, muy próximas en el tiempo pero muy alejadas en el espacio. Los dos hombres habían intervenido el 19 de Julio en los combates de Somosierra, de manera decisiva, el 20 en una escaramuza en Navacerrada —el único susto que nos dieron los sublevados cuando ocupamos ese puerto— y el 21 y el 22 en el Alto del León. No se me alcanzaba cómo habían podido ir de un puerto a otro en horas, ni tampoco para qué. El para qué, la utilidad táctica, condicionaba además el cómo, la logística. No era imposible transitar por carreteras que bordeaban la cara Norte de la Sierra, más o menos en poder de los sublevados desde el primer día de las hostilidades, pero en el bando enemigo había mucha más disciplina que en el republicano y en cuanto alguien se incorporaba a una columna quedaba integrado en ella con todas sus consecuencias. El irse por su cuenta a otro sector del frente hubiese sido una deserción, aunque los interesados dispusiesen de sus propios medios de transporte, por ejemplo una motocicleta. O caballos como el que Miguel tenía en la umbría de la Sierra.

Estudié los planos para asegurarme de que no me traicionaba la memoria. Comprobé los escasos senderos a medias laderas, septentrional y meridional, y no me salían las cuentas de tiempos y distancias. En cuanto a crestear, el trayecto era más corto y más despejado el terreno, y teniendo en cuenta que el 18 de Julio había luna nueva, quizá de noche... Pero entre Navacerrada y el Alto del León habrían tenido que evitar el desvío hacia el Norte del camino que pasa por la Mujer Muerta... Y aun así todo me parecía casi imposible. Claro que Miguel era el hombre más adiestrado que yo había conocido en mi vida, pero... Y, sobre todo, quedaba sin contestar la pregunta táctica sobre la finalidad de la loca marcha agotadora, salpicada de acciones de gran arrojo y peligro. Como tampoco aquello parecía una misión de reconocimiento, no se le veía ninguna utilidad práctica que justificase la aventura. Y Miguel era muy práctico.

Desvió mi atención de aquellas indagaciones la urgencia en descartar la posibilidad de que Elena estuviese detenida u oculta en Madrid y corriendo graves riesgos. Me sumergí en el torvo mundo carcelario, pero los carceleros no sabían nada de la muchacha y los presos tampoco, o quizá desconfiaban de mis intenciones.

— La pájara ésa estará dándose la gran vida en alguna embajada extranjera y su hermano el señorito fascista, igual —me dijo un chequista.

Asqueado por aquella retaguardia, me esforcé en alejarme de Madrid y obtuve el traslado a un frente menos urbano. Empezaba a funcionar de manera más profesional el recién creado Ejército Popular de la República y en él me integré. Me sentía más a gusto con esa relativa disciplina que permitía alguna eficacia. Pero a veces caíamos en el defecto opuesto a la anarquía inicial. No digo que nos volviésemos ordenancistas, pero sí que perdimos la imaginación táctica. Me consolaba adivinando que en el Ejército Nacional pasaba tres cuartos de lo mismo: de otro modo no se explicaba que, dueños de dos de los tres puertos principales al Norte de Madrid, los sublevados no diesen algún golpe de mano sobre la llanura. ¿En qué estaba pensando Miguel, qué hacía? Seguro que tascaba el freno en alguna unidad poco importante y sin movimiento, donde lo habrían destinado los burócratas. ¿Y Elena? Pero en Elena seguía sin poder pensar.

Yo ya no quería morir, aunque tampoco tenía muchas ganas de vivir. Ni siquiera ponía especial empeño en matar; sí en doblegar con fuerza y astucia la voluntad del enemigo. Un enemigo al que rara vez desprecié y a menudo admiré, no por creer que aquel carajal sanguinario era la Guerre en Dentelles sino por elemental prudencia. Nunca sometí a mis hombres a riesgos inútiles, mas sí a muchos que eran necesarios.

Siempre tuve presente la norma de Miguel: hay que mirar a la vez lo cercano y lo lejano, hay que ver los árboles y el bosque, por muy cansado que se esté, de lo contrario lo matan a uno.

No me mataron pero me hirieron. En una operación necia, decidida por un comisario político para dar gusto a los corresponsales de la prensa extranjera, me pegaron un balazo en la pierna. No era grave pero fui a parar al hospital de sangre, junto con otro capitán, ése enemigo, herido en un brazo y hecho prisionero. Le ofrecí un cigarrillo.

— Gracias, capitán.

— ¡Hombre! Es la primera vez que un... uno de los suyos me reconoce mi grado y empleo militar —respondí con una media sonrisa que quería ser irónica y era en realidad agradecida.

— Ya sé que no es usted compañero mío de la Academia, pero sí de oficio. No sé cómo, pero lo ha aprendido bien; lo he observado a usted y a su compañía desde enfrente.

Como tardaban en evacuarnos y las heridas, aunque leves, dolían, nos habían dado calmantes y cazalla, que me soltaron la lengua.

— Tuve un buen maestro, un compañero de usted, de Caballería. Andábamos por el monte. Pero eso era en la Prehistoria.

El Capitán me miró con asombro.

— ¿No se llamará usted Sátur... Saturnino, por casualidad?

Noté su acento cordobés y comprendí que era Rafael, el tenientillo de Miguel, ahora madurado, fogueado y ascendido por un año de guerra. Era mi ocasión, quizás única, de saber lo ocurrido. Fue la segunda noche peor de mi vida. No por el dolor, que continuamos combatiendo con analgésicos y aguardiente. Rechacé dos intentos de evacuarnos al hospital de retaguardia, el segundo amenazando con mi revólver a los enfermeros. Hablamos varias horas y al final me desmayé. Aprovecharon para meternos en la ambulancia. Me desperté con los baches del camino y mandé parar en un lugar que conocía bien. Le señalé a Rafael por dónde podía volver a sus líneas antes del amanecer.

En el hospital estuve varios días entre la vida y la muerte. Medio en sueños oí hablar al médico del riesgo de gangrena y septicemia y de la necesidad de amputarme la pierna; reuní fuerzas para negarme aunque ya me habían quitado el revólver. Ahora sí que quería morirme cuanto antes.

Sin embargo mejoré. Durante la convalecencia vino a verme mi jefe inmediato, un Comandante de carrera, procedente de Academia.

— Has cometido una falta muy grave al liberar por tu cuenta a un oficial enemigo. Y ante testigos... Por menos se fusila a la gente. Voy a declarar que estabas enajenado. Pero te licenciarán por inútil total para el servicio. Adiós y suerte.

Necesitaba estar a solas para pensar. Conseguí que me permitiesen terminar la convalecencia en una choza en medio del campo, al cuidado de una pareja de viejos anarquistas.

— Tú tienes mala cara, muchacho, y no es sólo por la herida que te han hecho los fascistas. Tú come migas con ajo y ya verás como te curas —me dijo la vieja.

Pero seguí sobre todo el consejo de Elena. Era verdad que cuando algo le hacía a uno mucho daño no había que intentar olvidarlo enseguida, sino recordar primero todos los detalles. Me puse a ordenar y escribir cuanto había sabido por Rafael, o al menos todo lo que recordaba tras los dolores, la borrachera y la anestesia.

El Sábado 11 de Julio, Rafael, que era falangista, le dijo a Miguel que esa noche iba a tener una reunión política importante y que necesitaba entrevistarse con él después, a solas y en secreto. Miguel aceptó de mala gana y quedaron a medianoche cerca del Viso. La entrevista no tuvo mayor interés pues Miguel estaba al cabo de la calle sobre la actividad de las células de las MAOC comunistas en el cuartel, acerca de las que Rafael quería prevenirlo. Pero el caso es que no era puro delirio el recuerdo de Elena al día siguiente: se había despertado y su hermano no estaba allí, se lo hubiese o no avisado antes.

La noticia del asesinato de Calvo Sotelo hizo que Miguel —que a todo esto debía de mantenerse más sereno que yo, lo cual era natural pues lo revelado en la Sierra fue una sorpresa para mí pero no para él— desplegase toda su eficacia durante esa semana. Comprendió que iba a haber una guerra, que su unidad, muy trabajada por las MAOC, nunca se sumaría a la sublevación y que Madrid entero sería una ratonera para la gente como él. Incitó a la dispersión, sin éxito pues muchos se inclinaban a concentrarse en el Cuartel de la Montaña. Entonces ya se sintió tan sólo responsable de Elena, de Rafael y de Paco su asistente. Me mencionó a mí:

— Sátur seguirá otro camino, pero lo seguirá bien.

Dio permiso a Paco para volverse a su pueblo y el Viernes por la tarde, en cuanto supo lo de Marruecos, embarcó a Elena y a Rafael en la moto y el sidecar, dirigiéndose los tres al esquileo segoviano por el Puerto de Navafría, que intuían más expedito que los pasos principales. Antes de alcanzar el puerto tuvieron que abandonar la motocicleta, con las bielas fundidas. Siguieron a pié hasta el esquileo y el viejo rabadán les dio albergue en el caserón. Rafael decidió ir de allí a La Granja, donde tenía amigos veraneando y pensaba que podía ser útil.

— Entonces —interrumpí a mi enemigo herido —el otro que según todos los testigos acompañaba a Miguel no eras tú, ni tampoco Paco...

— No, era Elena. Se puso el uniforme de Paco y se recogió el pelo bajo el gorrillo cuartelero. Estaba muy guapa y con semblante alegre.

Me tapé la cara con las manos, como si me doliese mucho la pierna, pero seguí escuchando a Rafael.

— Intenté convencer a los hermanos para que se fuesen conmigo a La Granja, pero tenían otros planes, que no llegué a entender del todo. Ya sabes, Miguel siempre sostuvo que en circunstancias apuradas podían efectuarse pequeñas intervenciones repentinas que diesen un vuelco inesperado a la situación...

Deus ex machina.

— ¿Qué dices?

— Nada, sigue por favor.

— El rabadán les aconsejó que cogiesen una buena yegua que Miguel tenía allí, pero él dijo que llegarían más lejos a pie que los dos en un solo caballo, y se echó a reír citando a un capitán de quien yo no había oído hablar...

— ¿El Capitán Aldana?

-—Quizá, bueno, el caso es que yo me fuí a caballo hacia el Oeste y ellos, a pie y cresteando, hacia el Este. Según mis noticias intervinieron fugazmente en Somosierra el día 19; llegaron en el momento más oportuno para ayudar a los 42 chicos que había allí, asediados por unos ... bueno, por los tuyos, perdona.

— También a mí me llegaron esas noticias.

— En Somosierra hubo un cuerpo a cuerpo y ellos combatieron con armas cortas. En Navacerrada aparecieron el día 20 ya con fusiles, pero tan sólo pudieron paquear a los ocupantes republicanos; retrasaron su descenso por las Siete Revueltas, lo que no fue poco.

Imaginé a Elena en aquella enorme e impetuosa marcha, casi toda de noche, por los riscos de Peña Cabra, del Reventón, los Claveles, Peña del Aguila, llevando el máuser con toda la gallardía feroz de Atenea con su lanza, escrutando la oscuridad con sus ojos de ave de presa nocturna, riéndose con su hermano, como un par de animales montunos y soberbios.

— ... y en el Alto del León yo ya los vi actuar en la tarde del 22 —continuó Rafael con voz cada vez más cansada —pero un prisionero nos dijo que ya habían estado hostigando al enemigo en la madrugada anterior, cuando llegó la columna de Castillo. Desde luego lo que yo les vi hacer el 22 fue de Laureada. Pero, claro...

— ¿Pero qué? Explícate, te lo ruego. Ya comprenderás que en esto no somos enemigos —insté.

— Hombre, que todo aquello había sido una cabalgata enloquecida... No había habido misión ni órdenes...

— Pero fue eficaz. Y siempre se puede pensar en órdenes tácitas —repliqué, sin percatarme de lo absurdo de mi alegato a favor del enemigo más cruento.

— Sí, pero el reconocimiento de méritos así requiere un juicio contradictorio, muy estricto. Y lo peor es que... al decirse que el Capitán Cienfuegos iba con su hermana... pues se hubiesen recrudecido las habladurías... Ya sabes, se hubieran acordado de aquel duelo con motivo de una calumnia sobre Miguel y su hermana...

Rafael debía de estar muy borracho para hablar de eso creyendo que yo lo sabía todo. Yo también estaba borracho pero me despejé con las punzadas en la pierna y en el corazón.

— Entiendo —dije, con la cabeza gacha.

— Así es que se echó tierra al asunto y se dijo que las apariciones eran pura fantasía. Pero yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi... —repetía Rafael con la voz quebrada.

Le apreté la mano.

— Por los clavos de Cristo, ¿qué viste?

Él me miró con sorpresa. Tenía los ojos llorosos.

— Pues eso, que salían de detrás de una peña... bayoneta calada... otro y yo nos habíamos quedado sin munición... llegaron unos guardias de Asalto, llevaban granadas... Miguel destripó a uno y Elena a otro... pero un tercero le disparó a Elena, a bocajarro. Ella se tronchó hacia atrás pero Miguel la sostuvo. Se la echó a cuestas y entonces a ella se le cayó el gorro cuartelero y el pelo se soltó... le dio el sol... ¿Te acuerdas del color de su pelo? —sollozó el chico.

— Sí, me acuerdo —respondí.

— Y entonces Miguel se retiró con ella hacia un barranco, pero al llegar al borde le dieron un balazo en la espalda, y los dos se despeñaron, abrazados... Yo lo vi, ¿sabes? Y el que estaba conmigo también, pero a él lo mataron cuando nos retiramos. El barranco quedó en tierra de nadie. Era muy hondo. Intenté bajar una noche. Imposible. Fue hace casi un año. No quedará nada de ellos... las alimañas...

Fue entonces cuando me desmayé de dolor y nos metieron en la ambulancia.

Pero ahora ya estaba curado, al menos de la pierna. En realidad la herida había sido poca cosa; lo malo fue la infección, y quizá lo otro influyó en mi larga postración. Salí del trance endurecido. La infinita variedad de sentimientos que me inspiraban los hermanos, juntos y cada uno de ellos por separado, se decantó en admiración, con algo de envidia, por ambos y amor por ella, sin celos de él. Elena y Miguel se habían querido durante toda su vida, sin separarse. Al final habían podido escoger la muerte del todo adecuada, sin que un amante dejase solo al otro, haciendo a la perfección aquello para lo que estaban prodigiosamente dotados, guerrear. Nec metu nec spe, pero con alegría, pues de lo contrario no hubiesen caído. Por eso no había muerto yo, por falta de alegría. Y yo seguía triste, y enamorado de Elena, pero al menos sin celos ya. ¿Cómo iba a sentir celos de Miguel? Él le había dado a ella lo que ni en mí ni en nadie hubiese Elena podido encontrar, su propia imagen en un espejo.

Lo único que turbaba mi tristeza —honda pero sin ambigüedades ya— era la pregunta de siempre, ¿por qué se habían metido en mi vida y, sobre todo, por qué me habían metido en la suya? Pero estaba tan agotado que al llegar ahí cerraba los ojos y procuraba pensar en otra cosa, por ejemplo en mis lecturas y estudios, abandonados hacía ya un año. Me entraron ganas de volver a ellos, quizá para sentirme más cerca de Elena, acaso también como único remedio a mi desmovilización militar. Del frente de batalla me echaban, la retaguardia me repugnaba. Había perdido todas las ilusiones políticas. Seguía creyendo que ganaríamos la guerra, pero en el fondo empezaba a darme igual. La post-guerra sería sórdida de todas formas, llena de imposturas y de imposiciones. Casi mejor que los desengaños se los llevasen los otros.

El problema inmediato estaba en que aquella guerra, civil pero total, no dejaba resquicio por donde respirar otros aires que no fuesen bélicos —vedados ahora para mí— o administrativos de la represión y de la penuria. Volví a Madrid. Rechacé puestos de chequista, de delegado de abastos y de intérprete de las Brigadas Internacionales, este último por no gustarme la cara gélida del inglés que me lo proponía. Al final surgió una salida inesperada. Un buen hombre que trabajaba en el Ministerio de Estado y que tenía empeño en darme las gracias en persona por haber yo salvado del paredón a un hermano suyo faccioso —de quien ni me acordaba— me ofreció un empleo, medio cultural, medio de propaganda republicana, en Londres.




* * *



Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

martes, 10 de noviembre de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. XXI)

XXI


— Dicen las monjas del hospicio que por qué no llevamos algún domingo a los niños a la Sierra. Se están asando allí encerrados y cada día parecen más verdosos. Las monjas aseguran que las madres de las criaturas ya no creen que somos unos sacamantecas, pero yo tengo mis dudas —dijo Elena una noche de mucho calor.

Miguel siguió absorto en Top hat, white tie and tails al piano, el gato saltó por la ventana para pasear en el jardín y yo me debatía en silencio entre el sentido común y el sentido político.

— Bueno, ¿qué pensáis? —preguntó Elena.

Miguel cerró el piano con un suspiro.

— Mañana preguntaré en el cuartel cuándo puedo robar el camión. Cuanto antes, mejor.

— ¿Crees que es prudente? Con la huelga de albañiles y todo eso... Las familias de los niños deben de andar revueltas, digan lo que digan las monjas —objetó Elena.

— De perdidos al río —replicó Miguel, encogiéndose de hombros.

Y al río nos fuimos, el domingo 12 de Julio. Al Jarama, que en su curso alto tenía buenas praderas y buena sombra de hayas, espesa y fresca, pero no tanta agua como para que corrieran peligro los niños. Miguel iba al volante del camión y en la cabina lo acompañábamos Elena y yo. Detrás, en bancos de madera, traqueteaba una veintena de hospicianos, vigilados por Paco el asistente, de uniforme y con una fusta en la mano.

— Es po - po - po- por si se desmandan, que están muy resabiados.

El día estaba hermoso, corría un poniente largo y yo sentía el muslo de Elena contra el mío en cada bache de la carretera. Los niños se desgañitaban cantando el Tápame, tápame:


En la playa se bañaba
una niña angelical
y acariciaban las olas
su figura escultural.
Al entrar en la caseta
y quedarse en bañador,
le decía a su bañero
con acento encantador:


Tápame, tápame, tápame,
tápame, tápame, que estoy helada.
Para mí será taparte
la felicidad soñada.
Tápame, tápame, tápame,
tápame, tápame, que tengo frío.
Si tu quieres que te tape
ven aquí cariño mío.



Seguro que las monjas les tienen prohibida esa copla en el hospicio, pensé. Iba contento, pero los hermanos parecían preocupados. Luego, en el prado junto al arroyo, todos nos reímos organizando juegos y manteniendo el orden.

— Pablito, ponte el sombrero —le dije a un bizco que bizqueaba más que de costumbre con el sofoco.

— Es que tengo calor.

— Pues por eso. Póntelo ahora mismo o te daré un fustazo.

— Sí, don Sátur, lo que usted mande.

— Veo que le has cogido gusto a la disciplina del Arma de Caballería, Sátur. Y eso que no has hecho todavía la mili —observó Miguel.

— En cuanto la haga perderé el gusto por las órdenes. Si es que la hago... —repliqué, pensando no en algún cataclismo social sino en mis esperanzas de que la Junta de Ampliación de Estudios me enviase al extranjero.

Pero dejé de pensar en el porvenir al ver a Elena vadeando el arroyo con las faldas subidas a medio muslo.

— Por aquí debe de haber nutrias, pero esta tropa que traemos las habrá ahuyentado.

— Pues podemos nosotros tres buscarlas río arriba y llegar hasta el manantial, detrás de ese pico, a unos dos mil metros. Paco se basta para lidiar con los chicos hasta que volvamos —sugerí.

— Ni hablar —contestó Miguel —Cuando se es responsable de la gente no la puede uno abandonar. Nunca. Nos jorobamos una de las últimas excursiones y ya está.

— Os vais a Hungría en Agosto, ¿no?

— Supongo. Sabe Dios...

Mi único proyecto era ir a León, pero tampoco eso lo veía claro, tal como estaban las cosas. Miré a los hermanos tumbados en la sombra. Aun taciturnos como hoy, y de seguro refractarios a la marcha de la Historia, me inspiraban ternura. Y el muslo de Elena era perfecto y ella, cerca de mí, olía a hierba. Continué pensando en voz alta.

— El futuro es que ésos —y señalé a la caterva de adefesios —sean un día como vosotros, no que vosotros dejéis de ser.

— Eso dependerá de la gente como tú, Sátur.

— Somos muchos.

— No, no me refiero a tus conmilitones sino a la gente de tu índole. Y la gente de tu índole es escasa. Siempre fuimos pocos y ahora somos menos todavía —terminó Miguel, bostezó y se durmió en el regazo de su hermana.

Elena me miró en silencio largamente, con ojos de interrogación, pero como yo no sabía qué me estaba preguntando, permanecí también callado. El tiempo se paró y dejé de oír los chillidos estridentes. La tarde quedó honda y serena.

Llegó la hora de irse. Las piernecitas flacas de los niños estaban cubiertas de arañazos, sus caras sonreían, algunas con expresión idiota, unos pocos cojeaban y todos parecían felices.

— ¿Estáis todos? —pregunté.

— ¡Sííí!

— Venga, a formar y a numerarse —ordenó Miguel.

— ¡Uno!

— ¡Dos!

— Deprisa, ¿quién tiene el número tres?

— Manolo —contestaron varios.

— ¿Cuál de los Manolos?

— Manuel Pérez Expósito.

— ¿Y dónde está?

— Se fue a orinar.

— ¿Cuándo?

— Hace un buen rato.

Lo llamamos todos a voz en grito y con la bocina del camión, pero Manolo no aparecía ni contestaba.

— Cuidado que les dije que no se apartaran sin avisarme, ni para mear. ¡Estos pu- puñeteros niños! - repetía Paco con rabia.

Pero al cabo la ira se convirtió en preocupación de los mayores y desasosiego de los niños, que se apiñaron inquietos alrededor de Elena. Por fin Miguel, que se había alejado un trecho, encontró huellas del niño en la ribera.

— Voy a buscarlo arroyo arriba. Habrá remontado el curso porque estaba cerca de nosotros cuando hablamos de las nutrias y sentiría curiosidad por verlas y quizá por descubrir el nacimiento del río.

— Te acompaño —dijo Elena con vehemencia.

— No, quedaos todos aquí y cuidad de los niños. Haced una hoguera de ramas verdes, para que se vea el humo, y cuando anochezca, de ramas secas, para que se vea el fuego. En cuanto sea noche cerrada, si no he vuelto, llevaos a los niños al hospicio y volved mañana temprano con la Guardia Civil.

— Por favor, Miguel, deja que vaya contigo —insistió Elena.

— No, te he dicho que eres más útil aquí.

Elena bajó la voz y su tono se hizo suplicante.

— Es que he tenido un presentimiento.

— Y yo otro; el chiquillo está allá arriba en las peñas y lo traeré sano y salvo. Adiós —zanjó Miguel.

Elena inclinó la cabeza como una niña castigada y se sentó en una piedra, con la mirada fija en la dirección por donde había desaparecido su hermano. Ahí siguió mientras Paco y yo repartíamos órdenes, consuelo y onzas de chocolate. Al final nos pareció más seguro subir a los niños en la batea del camión, para mantenerlos bien concentrados.

Encendí un pitillo y me fui a sentar con Elena.

— No te preocupes, que Manolo aparecerá.

Ella me miró con ojos apagados.

— ¿Quién es Manolo?

— Mujer, ¿quién va a ser? El chaval que se ha perdido.

Comprendí que en esa situación el niño le importaba un bledo.

— Y Miguel se mueve por el monte como un lobo, de día o de noche. Bien lo sabes tú.

Pero no me escuchaba, y me inquietó reconocer en su rostro, a la vez tenso e ido, la misma expresión que le había visto aquella vez en que hablamos de Aldana. Renuncié a razonar con una visionaria; le besé la mano, que estaba fría, y la frente ardiente. Le eché una manta sobre los hombros.

— Abrígate, que el crepúsculo es muy traicionero.

Paco empezaba a arrojar ramas secas al fuego, para que se viese desde lejos en el lubricán. Me llamó para cuchichear.

— Dentro de media hora tendremos que irnos. Pero la Señorita no querrá.

— Pues nos quedaremos un rato más.

— Pero las órdenes del Capitán...

En efecto, Elena ni siquiera escuchó nuestros ruegos cuando cayó la noche honda y sin luna. Siguió inmóvil con la mirada perdida en la oscuridad.

— Podemos colocar el camión con el morro un poco en alto y mirando hacia el Norte, y encender los faros —se me ocurrió.

Pero Elena salió de su letargo para quejarse con un hilo de voz:

— Con ese ruido no oigo, con esa luz no veo...

Abandonamos el intento y me senté con ella a escudriñar la negrura lejana. El fuego sólo iluminaba los primeros árboles, en el silencio sólo resaltaba el ulular del búho real.

— ¡Es él! ¡Lo oigo! —gritó Elena.

— ¡Cálmate por Dios, Elena! Es un búho.

— ¡Es él, me está llamando! ¡Está cantando triste!

Antes de que pudiera detenerla corrió hacia la linde del bosque. La seguí pero nos paramos los dos al aparecer Miguel entre los troncos. La incierta luz de la hoguera lo teñía todo de rojo, salvo la cara, negra de chorreones de sangre. Llevaba a cuestas al niño, inerte.

Elena se abalanzó sobre su hermano y lo besó en la boca entre sollozos. Con voz ronca gemía palabras incoherentes.

— Vida mía, mi amor... yo sabía que ibas a morir, anoche lo soñé, te vi así, con la cara ensangrentada... y me desperté y te busqué a mi vera en la cama pero no te encontré, mi vida... pero la cama estaba todavía caliente de tu cuerpo fuerte y del mío y de habernos abrazado... y no estabas, vida mía, ¿te habías muerto ya, te habías muerto?

Miguel, muy derecho y con la cara desencajada, me entregó al niño, cogió a su hermana por los hombros y se internó con ella en la espesura, murmurándole:

— Ya pasó, vida mía, ya pasó... Estoy muy bien, esto es sólo un rasguño, acompáñame a lavarlo en el arroyo... tú me lavarás... Beberemos agua.

Me volví al camión con Manolito, que lloriqueaba medio dormido. Paco se hizo cargo de él. El soldado no parecía haber oído nada y los niños, alborotados, menos.

— Sólo tiene un desguince y el susto. Ahora mismo hay que irse, antes de que sea demasiado tarde —me dijo sin sonreír y sin tartamudear.

Volví a Madrid en la batea del camión, con Paco y con los niños. Pedí que me dejaran en una boca del Metro, pero ya no había servicio y llegué a casa andando y llorando.




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Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
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