Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El Rompimiento de Gloria (cap. XXII)

lunes, 30 de noviembre de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. XXII)

XXII


Temprano por la mañana entró en mi cuarto, donde yo llevaba toda la noche fumando, un compañero con la buena noticia del asesinato de Calvo Sotelo; buena no porque no me pareciese un desatino, sino porque ahora la inevitable inminencia de la guerra me obligaba a pensar en otras cosas.

Me tiré a la calle como un sonámbulo. Pasaron cinco días frenéticos de mítines y reuniones casi permanentes de diversos comités políticos. Por la noche, ronco y con los ojos inyectados de sangre, volvía a mi cuarto con una botella de aguardiente para dormirme borracho y seguir sin pensar en lo otro, en lo importante.

Pero sí pensaba en aquello, al menos con una parte de mi mente, o con mi corazón. Mientras discutía de táctica revolucionaria, en mis adentros hacía cábalas y luego las desechaba: ella se había vuelto loca y había dado rienda suelta a sus fantasmas inconfesables, que carecían de fundamento en la realidad (pero entonces, ¿por qué él no me daba una explicación?), o los dos habían tramado la escena para despedirme cuando ya no les interesaba (pero, ¿por qué les había interesado alguna vez?). Un día llegué a interrumpir mi propio alegato en una reunión y me quedé mudo, al invadirme de pronto el recuerdo de sus ojos. Los compañeros atribuyeron mi fallo a las emociones del momento, y en cierto modo acertaban.

Al día siguiente, el Viernes 17, comprendí al despertarme que tenía que agarrar el toro por los cuernos aunque sólo fuese durante una hora y pensar cabalmente en el horror y en el vacío. Me encerré en mi cuarto, me tomé dos aspirinas y me senté con un tazón de café y una cajetilla de Ideales, acodado en la mesa de pino donde tanto solía trabajar, frente a la única ventana, que daba a un mísero patinillo interior. Tan sólo veía una cosa que no fuese sórdida, una mata de fresa que florecía en la sombra, arraigada en la bajante de aguas negras. Así había quedado mi vida; la única belleza de mi entorno nacía del cieno. Intenté no chapotear en la sensiblería autocompasiva, apuré el café amargo y me replanteé todo en el lenguaje del momento, ¿qué hacer? En rigor no cabía más que una contestación: nada. Hay revelaciones que son puntos finales, hay hierofanías que no admiten exégesis. Me engañé a mí mismo, sin embargo, y decidí cauterizar la herida hablando con ellos. Esa noche iría a su casa.

Pero esa tarde se corrió por Madrid como la pólvora la noticia de que los militares se habían sublevado en Melilla. Todo cambió, para todos los españoles y para siempre. A mí el torbellino me arrastró más que a muchos aunque menos que a algunos. Perdí el rastro de los hermanos. Hasta el Domingo por la noche no pude acercarme a la casa del Viso. Estaba vacía y saqueada; en la puerta habían clavado al gato negro. Me tragué la furia y el asco e hice averiguaciones aprovechando mi autoridad de miliciano. Aquello lo habían hecho los parientes de Manolito, en venganza de que los señoritos se habían llevado al niño al campo para torturarlo y el angelito había vuelto hecho un cristo, pero los fascistas aquellos habían huido ya cuando ellos llegaron a la casa.

Pensé que Miguel estaría en el Cuartel de la Montaña o en alguno de los cantones, pero pronto, tras ser reducidos los focos de la sublevación en Madrid, pude comprobar que no había estado en ninguno de ellos. En cuanto a Elena, era imposible encontrar la menor pista. Las monjas, que seguían con su trabajo como siempre, no sabían nada o no querían decírmelo. Paco el asistente había desaparecido también.

En mi mundo político empezaron a mirarme con otros ojos al cabo de una semana, cuando se vio que no me había equivocado al decir el día 17, y creo que incluso desde el 13, que no habría un pronunciamiento sino una guerra. La verdad es que lo decía porque lo creía y lo creía porque lo deseaba. Había dejado de interesarme la construcción de un nuevo mundo, justo y perfecto. En cambio me atraía, necesitaba, el fuego purificador de la guerra. Por desgracia la mayoría de mis compañeros daba la lucha por ganada y se interesaba más por la revolución en la retaguardia.

Me encomendaron misiones políticas fuera de Madrid, quizá para alejarme de los centros de decisiones. El azar me llevó a Talavera y me acerqué a la dehesa de San Francisco. Me encontré a don Gabriel de cuerpo presente, velado tan sólo por Jesús su factótum.

— Es una suerte que se muriera ayer. Hoy pensaban darle el paseo; en el pueblo decían que don Grabié se carteaba con los fascistas alemanes y que había venido aquí a darle órdenes un oficial alemán mandado por la Embajada. También decían que los que aparecieron en Mayo para arreglar la antena de radio eran del Regimiento de Transmisiones del Pardo, que ahora se ha pasado al enemigo, y que eso prueba que le montaron una emisora para participar en la conjura militar.

Saqué de la cárcel al cura tonto de la Ceda para que echase un responso al cadáver y mandé a mis milicianos cavar una fosa en el cementerio, mirando a Gredos, porque el sepulturero se había ido a Madrid. Con mi visita pensé que había asegurado la vida de Jesús, pero a las pocas semanas lo fusilaron los del otro bando, por rojo y sospechoso de haber matado a don Gabriel, según denuncia del sacristán, que era cazador furtivo y había sido apaleado por Jesús años atrás.

A mi regreso a Madrid pretendieron mandarme a Alcalá de Henares para dirigir unas requisas. Me negué y me fui a Guadarrama. Por entonces, en Madrid el frente era por definición el de la Sierra. Yo la conocía mejor que nadie y además tenía ganas de que me matasen, así es que debí de distinguirme en algunos combates, si bien de manera aparatosa y estúpida que ahora me da vergüenza relatar. Pero aprendí deprisa y recordé mucho de lo que me había enseñado Miguel, entre otras cosas que no suele uno caer cuando quiere morir sin alegría. Sobre todo, lo recordé a él y deseé con toda mi alma no encontrármelo enfrente para no matarlo. Otras veces sí deseaba verlo para abrazarlo y llorar.

Ninguno de los prisioneros que tuve ocasión de interrogar sabía nada de él. Solían ser soldados ignorantes que añadían confusión a la historia, de por sí confusa, de los primeros días de la guerra. Se habían enterado de muy poco del desarrollo de las operaciones y su imaginación atropellaba los acontecimientos con lances absurdos. Pero la guerra es confusa desde Homero por lo menos, y yo escuchaba las incoherencias con paciencia.

— ... y entonces llegaron dos tíos, pegando tiros como locos...

— ¿Nuestros o vuestros?

— No lo sé.

La segunda vez que me contaron un suceso similar, pero acaecido en un sitio distinto, sentí mucha curiosidad. Las apariciones coincidían en el número —dos combatientes uniformados— y en su corta duración. La tercera fuente, un chico más listo o con más miedo, me añadió el detalle más revelador: uno de los dos, el más alto, parecía llevar estrellas de capitán y el otro era un soldado raso. Ambos eran del bando sublevado y su intervención había sido fulminante y muy eficaz. Quedé convencido, con muy poca base, de que se trataba de Miguel y Paco. Todavía recibí otras dos informaciones parecidas, pero con pocos detalles. Lo que más me desconcertaba era que los informes, que en parte pude verificar con nuestras propias fuerzas, se referían a tres acciones distintas, muy próximas en el tiempo pero muy alejadas en el espacio. Los dos hombres habían intervenido el 19 de Julio en los combates de Somosierra, de manera decisiva, el 20 en una escaramuza en Navacerrada —el único susto que nos dieron los sublevados cuando ocupamos ese puerto— y el 21 y el 22 en el Alto del León. No se me alcanzaba cómo habían podido ir de un puerto a otro en horas, ni tampoco para qué. El para qué, la utilidad táctica, condicionaba además el cómo, la logística. No era imposible transitar por carreteras que bordeaban la cara Norte de la Sierra, más o menos en poder de los sublevados desde el primer día de las hostilidades, pero en el bando enemigo había mucha más disciplina que en el republicano y en cuanto alguien se incorporaba a una columna quedaba integrado en ella con todas sus consecuencias. El irse por su cuenta a otro sector del frente hubiese sido una deserción, aunque los interesados dispusiesen de sus propios medios de transporte, por ejemplo una motocicleta. O caballos como el que Miguel tenía en la umbría de la Sierra.

Estudié los planos para asegurarme de que no me traicionaba la memoria. Comprobé los escasos senderos a medias laderas, septentrional y meridional, y no me salían las cuentas de tiempos y distancias. En cuanto a crestear, el trayecto era más corto y más despejado el terreno, y teniendo en cuenta que el 18 de Julio había luna nueva, quizá de noche... Pero entre Navacerrada y el Alto del León habrían tenido que evitar el desvío hacia el Norte del camino que pasa por la Mujer Muerta... Y aun así todo me parecía casi imposible. Claro que Miguel era el hombre más adiestrado que yo había conocido en mi vida, pero... Y, sobre todo, quedaba sin contestar la pregunta táctica sobre la finalidad de la loca marcha agotadora, salpicada de acciones de gran arrojo y peligro. Como tampoco aquello parecía una misión de reconocimiento, no se le veía ninguna utilidad práctica que justificase la aventura. Y Miguel era muy práctico.

Desvió mi atención de aquellas indagaciones la urgencia en descartar la posibilidad de que Elena estuviese detenida u oculta en Madrid y corriendo graves riesgos. Me sumergí en el torvo mundo carcelario, pero los carceleros no sabían nada de la muchacha y los presos tampoco, o quizá desconfiaban de mis intenciones.

— La pájara ésa estará dándose la gran vida en alguna embajada extranjera y su hermano el señorito fascista, igual —me dijo un chequista.

Asqueado por aquella retaguardia, me esforcé en alejarme de Madrid y obtuve el traslado a un frente menos urbano. Empezaba a funcionar de manera más profesional el recién creado Ejército Popular de la República y en él me integré. Me sentía más a gusto con esa relativa disciplina que permitía alguna eficacia. Pero a veces caíamos en el defecto opuesto a la anarquía inicial. No digo que nos volviésemos ordenancistas, pero sí que perdimos la imaginación táctica. Me consolaba adivinando que en el Ejército Nacional pasaba tres cuartos de lo mismo: de otro modo no se explicaba que, dueños de dos de los tres puertos principales al Norte de Madrid, los sublevados no diesen algún golpe de mano sobre la llanura. ¿En qué estaba pensando Miguel, qué hacía? Seguro que tascaba el freno en alguna unidad poco importante y sin movimiento, donde lo habrían destinado los burócratas. ¿Y Elena? Pero en Elena seguía sin poder pensar.

Yo ya no quería morir, aunque tampoco tenía muchas ganas de vivir. Ni siquiera ponía especial empeño en matar; sí en doblegar con fuerza y astucia la voluntad del enemigo. Un enemigo al que rara vez desprecié y a menudo admiré, no por creer que aquel carajal sanguinario era la Guerre en Dentelles sino por elemental prudencia. Nunca sometí a mis hombres a riesgos inútiles, mas sí a muchos que eran necesarios.

Siempre tuve presente la norma de Miguel: hay que mirar a la vez lo cercano y lo lejano, hay que ver los árboles y el bosque, por muy cansado que se esté, de lo contrario lo matan a uno.

No me mataron pero me hirieron. En una operación necia, decidida por un comisario político para dar gusto a los corresponsales de la prensa extranjera, me pegaron un balazo en la pierna. No era grave pero fui a parar al hospital de sangre, junto con otro capitán, ése enemigo, herido en un brazo y hecho prisionero. Le ofrecí un cigarrillo.

— Gracias, capitán.

— ¡Hombre! Es la primera vez que un... uno de los suyos me reconoce mi grado y empleo militar —respondí con una media sonrisa que quería ser irónica y era en realidad agradecida.

— Ya sé que no es usted compañero mío de la Academia, pero sí de oficio. No sé cómo, pero lo ha aprendido bien; lo he observado a usted y a su compañía desde enfrente.

Como tardaban en evacuarnos y las heridas, aunque leves, dolían, nos habían dado calmantes y cazalla, que me soltaron la lengua.

— Tuve un buen maestro, un compañero de usted, de Caballería. Andábamos por el monte. Pero eso era en la Prehistoria.

El Capitán me miró con asombro.

— ¿No se llamará usted Sátur... Saturnino, por casualidad?

Noté su acento cordobés y comprendí que era Rafael, el tenientillo de Miguel, ahora madurado, fogueado y ascendido por un año de guerra. Era mi ocasión, quizás única, de saber lo ocurrido. Fue la segunda noche peor de mi vida. No por el dolor, que continuamos combatiendo con analgésicos y aguardiente. Rechacé dos intentos de evacuarnos al hospital de retaguardia, el segundo amenazando con mi revólver a los enfermeros. Hablamos varias horas y al final me desmayé. Aprovecharon para meternos en la ambulancia. Me desperté con los baches del camino y mandé parar en un lugar que conocía bien. Le señalé a Rafael por dónde podía volver a sus líneas antes del amanecer.

En el hospital estuve varios días entre la vida y la muerte. Medio en sueños oí hablar al médico del riesgo de gangrena y septicemia y de la necesidad de amputarme la pierna; reuní fuerzas para negarme aunque ya me habían quitado el revólver. Ahora sí que quería morirme cuanto antes.

Sin embargo mejoré. Durante la convalecencia vino a verme mi jefe inmediato, un Comandante de carrera, procedente de Academia.

— Has cometido una falta muy grave al liberar por tu cuenta a un oficial enemigo. Y ante testigos... Por menos se fusila a la gente. Voy a declarar que estabas enajenado. Pero te licenciarán por inútil total para el servicio. Adiós y suerte.

Necesitaba estar a solas para pensar. Conseguí que me permitiesen terminar la convalecencia en una choza en medio del campo, al cuidado de una pareja de viejos anarquistas.

— Tú tienes mala cara, muchacho, y no es sólo por la herida que te han hecho los fascistas. Tú come migas con ajo y ya verás como te curas —me dijo la vieja.

Pero seguí sobre todo el consejo de Elena. Era verdad que cuando algo le hacía a uno mucho daño no había que intentar olvidarlo enseguida, sino recordar primero todos los detalles. Me puse a ordenar y escribir cuanto había sabido por Rafael, o al menos todo lo que recordaba tras los dolores, la borrachera y la anestesia.

El Sábado 11 de Julio, Rafael, que era falangista, le dijo a Miguel que esa noche iba a tener una reunión política importante y que necesitaba entrevistarse con él después, a solas y en secreto. Miguel aceptó de mala gana y quedaron a medianoche cerca del Viso. La entrevista no tuvo mayor interés pues Miguel estaba al cabo de la calle sobre la actividad de las células de las MAOC comunistas en el cuartel, acerca de las que Rafael quería prevenirlo. Pero el caso es que no era puro delirio el recuerdo de Elena al día siguiente: se había despertado y su hermano no estaba allí, se lo hubiese o no avisado antes.

La noticia del asesinato de Calvo Sotelo hizo que Miguel —que a todo esto debía de mantenerse más sereno que yo, lo cual era natural pues lo revelado en la Sierra fue una sorpresa para mí pero no para él— desplegase toda su eficacia durante esa semana. Comprendió que iba a haber una guerra, que su unidad, muy trabajada por las MAOC, nunca se sumaría a la sublevación y que Madrid entero sería una ratonera para la gente como él. Incitó a la dispersión, sin éxito pues muchos se inclinaban a concentrarse en el Cuartel de la Montaña. Entonces ya se sintió tan sólo responsable de Elena, de Rafael y de Paco su asistente. Me mencionó a mí:

— Sátur seguirá otro camino, pero lo seguirá bien.

Dio permiso a Paco para volverse a su pueblo y el Viernes por la tarde, en cuanto supo lo de Marruecos, embarcó a Elena y a Rafael en la moto y el sidecar, dirigiéndose los tres al esquileo segoviano por el Puerto de Navafría, que intuían más expedito que los pasos principales. Antes de alcanzar el puerto tuvieron que abandonar la motocicleta, con las bielas fundidas. Siguieron a pié hasta el esquileo y el viejo rabadán les dio albergue en el caserón. Rafael decidió ir de allí a La Granja, donde tenía amigos veraneando y pensaba que podía ser útil.

— Entonces —interrumpí a mi enemigo herido —el otro que según todos los testigos acompañaba a Miguel no eras tú, ni tampoco Paco...

— No, era Elena. Se puso el uniforme de Paco y se recogió el pelo bajo el gorrillo cuartelero. Estaba muy guapa y con semblante alegre.

Me tapé la cara con las manos, como si me doliese mucho la pierna, pero seguí escuchando a Rafael.

— Intenté convencer a los hermanos para que se fuesen conmigo a La Granja, pero tenían otros planes, que no llegué a entender del todo. Ya sabes, Miguel siempre sostuvo que en circunstancias apuradas podían efectuarse pequeñas intervenciones repentinas que diesen un vuelco inesperado a la situación...

Deus ex machina.

— ¿Qué dices?

— Nada, sigue por favor.

— El rabadán les aconsejó que cogiesen una buena yegua que Miguel tenía allí, pero él dijo que llegarían más lejos a pie que los dos en un solo caballo, y se echó a reír citando a un capitán de quien yo no había oído hablar...

— ¿El Capitán Aldana?

-—Quizá, bueno, el caso es que yo me fuí a caballo hacia el Oeste y ellos, a pie y cresteando, hacia el Este. Según mis noticias intervinieron fugazmente en Somosierra el día 19; llegaron en el momento más oportuno para ayudar a los 42 chicos que había allí, asediados por unos ... bueno, por los tuyos, perdona.

— También a mí me llegaron esas noticias.

— En Somosierra hubo un cuerpo a cuerpo y ellos combatieron con armas cortas. En Navacerrada aparecieron el día 20 ya con fusiles, pero tan sólo pudieron paquear a los ocupantes republicanos; retrasaron su descenso por las Siete Revueltas, lo que no fue poco.

Imaginé a Elena en aquella enorme e impetuosa marcha, casi toda de noche, por los riscos de Peña Cabra, del Reventón, los Claveles, Peña del Aguila, llevando el máuser con toda la gallardía feroz de Atenea con su lanza, escrutando la oscuridad con sus ojos de ave de presa nocturna, riéndose con su hermano, como un par de animales montunos y soberbios.

— ... y en el Alto del León yo ya los vi actuar en la tarde del 22 —continuó Rafael con voz cada vez más cansada —pero un prisionero nos dijo que ya habían estado hostigando al enemigo en la madrugada anterior, cuando llegó la columna de Castillo. Desde luego lo que yo les vi hacer el 22 fue de Laureada. Pero, claro...

— ¿Pero qué? Explícate, te lo ruego. Ya comprenderás que en esto no somos enemigos —insté.

— Hombre, que todo aquello había sido una cabalgata enloquecida... No había habido misión ni órdenes...

— Pero fue eficaz. Y siempre se puede pensar en órdenes tácitas —repliqué, sin percatarme de lo absurdo de mi alegato a favor del enemigo más cruento.

— Sí, pero el reconocimiento de méritos así requiere un juicio contradictorio, muy estricto. Y lo peor es que... al decirse que el Capitán Cienfuegos iba con su hermana... pues se hubiesen recrudecido las habladurías... Ya sabes, se hubieran acordado de aquel duelo con motivo de una calumnia sobre Miguel y su hermana...

Rafael debía de estar muy borracho para hablar de eso creyendo que yo lo sabía todo. Yo también estaba borracho pero me despejé con las punzadas en la pierna y en el corazón.

— Entiendo —dije, con la cabeza gacha.

— Así es que se echó tierra al asunto y se dijo que las apariciones eran pura fantasía. Pero yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi... —repetía Rafael con la voz quebrada.

Le apreté la mano.

— Por los clavos de Cristo, ¿qué viste?

Él me miró con sorpresa. Tenía los ojos llorosos.

— Pues eso, que salían de detrás de una peña... bayoneta calada... otro y yo nos habíamos quedado sin munición... llegaron unos guardias de Asalto, llevaban granadas... Miguel destripó a uno y Elena a otro... pero un tercero le disparó a Elena, a bocajarro. Ella se tronchó hacia atrás pero Miguel la sostuvo. Se la echó a cuestas y entonces a ella se le cayó el gorro cuartelero y el pelo se soltó... le dio el sol... ¿Te acuerdas del color de su pelo? —sollozó el chico.

— Sí, me acuerdo —respondí.

— Y entonces Miguel se retiró con ella hacia un barranco, pero al llegar al borde le dieron un balazo en la espalda, y los dos se despeñaron, abrazados... Yo lo vi, ¿sabes? Y el que estaba conmigo también, pero a él lo mataron cuando nos retiramos. El barranco quedó en tierra de nadie. Era muy hondo. Intenté bajar una noche. Imposible. Fue hace casi un año. No quedará nada de ellos... las alimañas...

Fue entonces cuando me desmayé de dolor y nos metieron en la ambulancia.

Pero ahora ya estaba curado, al menos de la pierna. En realidad la herida había sido poca cosa; lo malo fue la infección, y quizá lo otro influyó en mi larga postración. Salí del trance endurecido. La infinita variedad de sentimientos que me inspiraban los hermanos, juntos y cada uno de ellos por separado, se decantó en admiración, con algo de envidia, por ambos y amor por ella, sin celos de él. Elena y Miguel se habían querido durante toda su vida, sin separarse. Al final habían podido escoger la muerte del todo adecuada, sin que un amante dejase solo al otro, haciendo a la perfección aquello para lo que estaban prodigiosamente dotados, guerrear. Nec metu nec spe, pero con alegría, pues de lo contrario no hubiesen caído. Por eso no había muerto yo, por falta de alegría. Y yo seguía triste, y enamorado de Elena, pero al menos sin celos ya. ¿Cómo iba a sentir celos de Miguel? Él le había dado a ella lo que ni en mí ni en nadie hubiese Elena podido encontrar, su propia imagen en un espejo.

Lo único que turbaba mi tristeza —honda pero sin ambigüedades ya— era la pregunta de siempre, ¿por qué se habían metido en mi vida y, sobre todo, por qué me habían metido en la suya? Pero estaba tan agotado que al llegar ahí cerraba los ojos y procuraba pensar en otra cosa, por ejemplo en mis lecturas y estudios, abandonados hacía ya un año. Me entraron ganas de volver a ellos, quizá para sentirme más cerca de Elena, acaso también como único remedio a mi desmovilización militar. Del frente de batalla me echaban, la retaguardia me repugnaba. Había perdido todas las ilusiones políticas. Seguía creyendo que ganaríamos la guerra, pero en el fondo empezaba a darme igual. La post-guerra sería sórdida de todas formas, llena de imposturas y de imposiciones. Casi mejor que los desengaños se los llevasen los otros.

El problema inmediato estaba en que aquella guerra, civil pero total, no dejaba resquicio por donde respirar otros aires que no fuesen bélicos —vedados ahora para mí— o administrativos de la represión y de la penuria. Volví a Madrid. Rechacé puestos de chequista, de delegado de abastos y de intérprete de las Brigadas Internacionales, este último por no gustarme la cara gélida del inglés que me lo proponía. Al final surgió una salida inesperada. Un buen hombre que trabajaba en el Ministerio de Estado y que tenía empeño en darme las gracias en persona por haber yo salvado del paredón a un hermano suyo faccioso —de quien ni me acordaba— me ofreció un empleo, medio cultural, medio de propaganda republicana, en Londres.




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