Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El Rompimiento de Gloria (cap. XXIV)

martes, 16 de febrero de 2010

El Rompimiento de Gloria (cap. XXIV)

XXIV



Yo sí sobreviví, en parte por que los alemanes me hirieron a principios de 1945, me salvaron los soviéticos y quedé fuera de combate. El médico militar ruso que me atendió era un buen tipo, el comisario político era un hijoputa.

— Así es que la pierna derecha te la hirieron en defensa de la República y ahora la pierna izquierda en defensa del Reino Unido... Tendría que haber sido al revés. Ahora cuando vaya a cambiar el tiempo cojearás del lado derecho sintiéndote republicano y del izquierdo sintiéndote monárquico... —decía el Comandante médico y se reía.

El comisario político no sonreía nunca y miraba con prevención a un rojo español que en vez de luchar en las filas soviéticas o en las FFI lo hacía en las de una potencia imperialista. No quería que me repatriasen a la Gran Bretaña y llegué a pensar que terminaría en Siberia, pero al final sirvió mi Honorary Commission y me entregaron, piojoso y renqueante, en la Embajada británica en Moscú. Regresé a Londres pasando por Bakú, Teherán y El Cairo; en cada etapa me sentía más fuerte y también más vacío.

La guerra se terminaba y en aquella Primavera de 1945 me puse por fin a pensar en el futuro, mientras me reponía en la casa de campo de David Campbell, un compañero de armas, y de Cambridge antes, rico y generoso.

— ¿Qué vas a hacer ahora? —me preguntó una noche cuando fumábamos en su biblioteca.

— No lo sé. Estoy triste y desanimado.

— Deberíamos tú y yo montar un negocio... Por ejemplo asesorar a los moros, o a quien sea, en sus guerras. Clientes no nos van a faltar, tal como se presenta la post-guerra...

— No, yo llevo nueve años en estado de guerra y ya estoy cansado. Para mí es imposible recobrar el mundo anterior, pero para ti no.

— Para mí también sería ilusorio intentarlo. Tanto tú como yo podríamos volver a la Universidad, pero ¿para qué? ¿Para desasnar a los jóvenes fabianos con acné, que sólo quieren aprender sociología y edificar el Welfare State sobre las ruinas del decadente mundo pre-moderno? Y además en Oxford o en Cambridge lleva tiempo conseguir una posición relevante, y no digamos una cátedra; supongo que igual que en España.

— Bueno, es que yo en España ahora no conseguiría ni una plaza de ayudante, y eso suponiendo que me dejasen volver a mi país.

— Pues, chico, entonces no veo más salida que el mundo de los negocios. Mi familia solía ganar dinero importando papel y perderlo imprimiendo libros. Podríamos intentar resucitar una editorial pequeña que todavía conservamos.

— No sé, creo que yo por ahora voy a empezar mi tesis doctoral —contesté sin mucho entusiasmo, pensando, más que en el orgullo de convertirme en el Doctor Saturnino Prieto, en el vago deseo de volver a Homero y a Virgilio.

Pero mis jefes me encargaron una última misión antes de licenciarme. Había que apurar en la Alemania vencida los interrogatorios de ciertos oficiales todavía cautivos; antes de soltarlos podían tener información útil para la guerra fría o caliente que se veía venir con la Unión Soviética. A nuestros rivales del Field Security del MI5 no les gustaba que interviniéramos los del SOE, pero siempre podríamos alegar la necesidad de ajustar viejas cuentas con los alemanes.

Llegué una tarde al Sector Británico de Berlín, un montón de ruinas poblado de espectros, y me pusieron a trabajar de inmediato.

— Este primer prisionero que le voy a pasar ha debido de ser un pez gordo, un coronel que parece que trabajó en la Abwehr —me dijo un sargento galés, rollizo y mal afeitado, colocándome un expediente encima de la mesa.

Entró un hombre muy delgado, manco, que se quedó de pie, bajo la bombilla amarillenta que colgaba del techo. Era Adam. Lo abracé con formas poco británicas y ordené al sargento asombrado que se fuese.

El alemán sabía mucho sobre mi vida desde 1936 —“los chicos del Almirante Canaris no éramos tan tontos como creíais los aliados”, me aclaró con una sonrisa -así es que le pregunté por él, y no precisamente siguiendo el cuestionario oficial. De Madrid había regresado a Berlín, donde trabajó en los servicios de información militares, siguiendo desde lejos la guerra de España. Al empezar la Guerra Mundial se fue al frente y en la campaña de Francia perdió un brazo, con lo que tuvo que volver a Berlín, a la Abwehr de nuevo, que a su vez lo destinó a París. Estuvo implicado en la conjura militar contra Hitler de 1944; se libró de ser uno de los cinco mil ejecutados porque aquel 20 de Julio estaba en misión fuera de París. Me mordí la lengua para no preguntarle por qué la Wehrmacht no había actuado antes como freno automático del conductor loco, de acuerdo con la teoría que tan vívidamente nos había explicado en Gredos, un día lluvioso diez años atrás.

— ¿Quieres uno de estos pitillos pestilentes? —interrupí ofreciéndole un Woodbine.

— Sí, gracias.

— ¿Sigues usando aquella pitillera tan bonita?

— No... Me la robaron en Francia... bueno, la verdad es que me la quitó un compañero tuyo, lamento decirlo.

— ¿Cómo ocurrió?

— En el hotel Meurice, a fines de Agosto. Yo estaba con el comandante de la plaza, el General von Choltitz, porque había intervenido en las negociaciones para la rendición de París, ya sabes, cuando desobedecimos la orden de Hitler de incendiar la ciudad. En el grupo que nos hizo prisioneros había un español, creo que se llamaba Gutiérrez, que le quitó el reloj al General y a mí la pitillera. Pero, en fin, es lo menos que he perdido en esta guerra, eso y un brazo —concluyó, encogiéndose de hombros sin amargura.

Se abrió la puerta del cuchitril y entró, obsequioso, el sargento gordo, acompañado de un soldado que llevaba una bandeja opulenta con foie gras, burdeos y melocotones.

— Sargento, no sé dónde ha conseguido usted todo esto y prefiero no saberlo, para no tener que informar a su Coronel. Pero vuelva a donde lo sacó y tráigame una botella de sauternes y un paquete de cigarrillos turcos.

— Sí señor —murmuró el sargento, palideciendo y retirándose.

— Ni Miguel lo hubiera dicho mejor que tú, Sátur —se rió Adam.

Más tarde, ya entre brumas confortantes de Château Yquem y Balkan Sobranie, me atreví a preguntar por lo que me importaba.

— ¿Cuánto sabes de los hermanos, Adam?

— Todo lo que ellos me contaron, lo que observé por mi cuenta y lo que luego supe por Rafael; fui a verlo a Córdoba, en 1939. El muchacho no se ha repuesto de aquella escena terrible bajo el sol de Julio, esa tarde en Guadarrama. Estaba muy enamorado de Elena.

— ¿Y tú no?

— Yo comprendí... eso... a tiempo. ¿Cómo no lo viste tú, Sátur?

— No sé, supongo que porque era un palurdo de provincias. Y ellos se aprovecharon de mí —dije, y nada más pronunciar las palabras me arrepentí de ellas, pues eran injustas y ruines.

Adam me miró fijamente y echó una bocanada de humo azul.

— Sabes que eso no es verdad.

Permanecí unos instantes callado, hurgando en el dolor.

— Tienes razón, Adam, lo que he dicho es falso. Ellos no se aprovecharon de mí, me dieron mucho y yo no les di nada...

— Eso tampoco es verdad —interrumpió Adam con voz queda.

— ... sí, yo no les di nada, porque no me necesitaban, y eso es precisamente lo que sigue desconcertándome y humillándome. ¿Para qué demonios se metieron en mi vida tan simple y la sembraron de recuerdos tan... agridulces y tan hondos? Ellos tenían todo, se querían, sabían cuanto necesitaban saber...

— Elena y Miguel tenían el pasado y el presente, pero necesitaban tener alguna esperanza en el futuro. No esperanza personal de ellos, claro, pues ya cuando tú los conociste barruntaban que el tiempo se les acababa. Pero pensaban que muchas cosas —viejos saberes no escritos, tenues rastros del pasado, intuiciones paganas, osadías de su casta, cautelas del pueblo— podían y debían transmitírselas a alguien que a su vez fuese más tarde capaz de entregarlas a otros. Eso es la traditio, la aurea catena. Y al poco de conocerte y de que les gustaras debieron de caer en la cuenta de que tú eras un eslabón de oro.

— ¡Yo, un rojo paleto de pueblo! —rezongué sarcástico.

— Sí, tú, Saturnino Prieto, un universitario de clase media, izquierdista e ingenuo. Representabas el polo opuesto a ellos y por eso decidieron volcarse en ti: pasase lo que pasase en el mundo, la gente como tú gozaría luego de más crédito que los del “mundo decadente”, como nos llamaban los nazis y los comunistas. Si hubieran escogido a un sobrino suyo o mío, ahora nadie lo escucharía. Pero un intelectual de izquierdas...

— Ellos despreciaban a los intelectuales, de izquierdas o de derechas.

— Sí, Sátur, pero tú eras y eres, además, un hombre valeroso y con tesón. Y muy listo, capaz de aprender en poco tiempo todo lo que no viene en los libros. Pero íntegro, no listillo. ¿Sigue habiendo listillos en España?

— Supongo, que yo sepa en la guerra no murió ninguno, en ningún bando.

— Por eso Miguel te daba tantos consejos en el campo; no quería que te mataran y necesitaba mitigar tu audacia ingenua.

— Total, que adoptaron al más feo, por conveniencia.

— Estás fishing for compliments, o desahogando años de angustia. Pero podías haberte imaginado que nadie adopta a un niño feo, sino al más guapo, fuerte, alegre, digno del cariño que le van a dar.

— Y decidieron instruir deleitándome —dije, ya con más melancolía irónica que sarcasmo.

— No, decidieron sobre todo instruir deleitándose ellos. El placer socrático entiendo que lo sentía Sócrates; los discípulos sentirían otro placer, el de descubrir la verdad oculta tras la verdad oficial.

— ¿Y todo eso te lo confesaron ellos, Adam?

— No, todo eso lo observé yo.

— Pues déjame que te diga que ellos no eran socráticos sino presocráticos. Ella era una diosa homérica, creo que Atenea —dije, por primera vez sonriendo al recordar a Elena.

— Sí, glaukopis. ¡Qué gloriosa aparecía en las montañas!

— Así murió, qué suerte tuvieron los dos, qué envidia dan —añadí mirando a mi amigo mutilado y pensando en mis propias heridas.

— No, Sátur —me replicó inclinándose un poco hacia mí en la silla de pino —tú no puedes sentir envidia. Tienes ahora que cumplir con tu deber de depositario. Tienes que dar y contar. Hasta que al final puedas escribir cecini pascua, rura, duces.


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Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
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