Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

jueves, 12 de marzo de 2009

Persons and Places, de Santayana

Acabo de terminar las memorias de Santayana, Persons and Places. Pocas veces he disfrutado tanto de un libro, y quiero ofrecer a quienes miren en esta bitácora unos párrafos que muestran la belleza, la profundidad y la complejidad del pensamiento de Santayana y a la vez la aparente sencillez de su estilo literario. Por eso no he querido traducirlo; quizá no hubiera sido capaz de hacerlo como el original se merece.

Tan sólo quiero añadir lo que muchos sin duda saben: Santayana hacía años que había perdido la fe católica cuando escribió sus memorias, e incluso cuando en 1905 asistió a la escena en Italia aquí descrita. Y sin embargo... Juzguen ustedes.


Doric purity is not a thing to be expected again in history, at least not yet. It indicates a people that knows its small place in the universe and yet asserts its dignity. In early Christian art there may be simplicity and naïveté, but never self-knowledge. The aspiration in it is childlike. For anything like Doric fortitude in the West we must look to the castles, not to the churches; and the castles are Christian only by association. Here then was an ultimate point of reference, a principle of manly purity, to mark one extreme in the moral scale of all human arts, and to give me the points of the compass in my travels. And by a curious chance, during this same excursion to Paestum, I came upon the opposite extreme of the moral scale also, in a form that I have never forgotten. The reader may think it trivial, but I assure him that to me it has the most serious, the most horrible, significance.

At Paestum there was only the railway station and no hotel, but travellers might spend the night comfortably at La Cava, not far away. I had done so, and in the morning was waiting at the station for the train to Naples. The only other persons on the platform were a short fat middle-aged man and a little girl, evidently his daughter. In the stillness of the country air I could hear their conversation. The child was asking questions about the railway buildings, the rails, and the switches. “Where does the other line go?” she asked as if the matter interested her greatly. “Oh, you can see”, the father replied, slightly bored, “It runs into that warehouse.” “It doesn´t go beyond?” “No, it stops there.” “And where does this line go?” “To Naples.” “And does it end there?” “No, it never ends. It goes on for ever.” “Non finisce mai?” the girl repeated in a changed voice. “Allora Iddio l´ha fatto?” “No,” said her father dryly, “God, didn´t make it. It was made by the hand of man. Le braccia dell´uomo l´hanno fatto.” And he puffed his cigar with a defiant resentful self-satisfaction as if he were addressing a meeting of conspirators.

I could understand the irritation of this vulgarian, disturbed in his secret thoughts by so many childish questions. He was some small official or tradesman of the Left, probably a Free Mason, and proud to utter the great truth that man had made the railway. God might have made the stars and the deserts and all other useless things, but everything good and progressive was the work of man. And it had been mere impatience that led him to say that the Naples line never ended. Of course it couldn’t run on for ever in a straight line. The child must have known that the earth is round, and that the continents are surrounded by water. The railways must stop at the sea, or come round in a circle. But the poor little girl’s imagination had been excited and deranged by religious fables. When would such follies die out? Commonplaces that had been dinned all my life into my ears: yet somehow this little scene shocked me. I saw the claw of Satan strike that child´s soul and try to kill the idea of God in it. Why should I mind that? Was the idea of God alive at all in me? No: if you mean the traditional idea. But that was the symbol, vague, variable, mythical, anthropomorphic; the symbol for an overwhelming reality, a symbol that named and unified in human speech the incalculable powers on which our destiny depends. To observe, record, and measure the method by which these powers operate is not to banish the idea of God; it is what the Hebrews called meditating on his ways. The modern hatred of religion is not, like that of the Greek philosophers, a hatred of poetry, for which they wished to substitute cosmology, mathematics, or dialectic, still maintaining the reverence of man for what is superhuman. The modern hatred of religion is hatred of the truth, hatred of all sublimity, hatred of the laughter of the gods. It is puerile human vanity trying to justify itself by a lie. Here, then, most opportunely, at the railway station returning from Paestum, where I had been admiring the courage and the dignity with which the Dorians recognised their place in nature, and filled it to perfection, I found the brutal expression of the opposite mood, the mood of impatience, conceit, low-minded ambition, mechanical inflation, and the worship of material comforts.

George Santayana, Persons and Places, Capítulo XXVII. Critical Edition, The MIT Press, 1986.

viernes, 6 de marzo de 2009

Los Parerga de Fontán

Este artículo mío sobre el libro Príncipes y humanistas de Antonio Fontán aparece en el número de Febrero del 2009, de la Nueva Revista de Política, Cultura y Arte:

LOS PARERGA DE FONTÁN

El hombre culto desconfía de la “insobornable contemporaneidad”, que le parece sobornable por antonomasia y contemporánea per accidens. Me refiero, claro está, al hombre, no al solo varón, y culto, no mero erudito. La gente culta vive la cultura y la cultura les ayuda a vivir todas las tareas de su vida. De hecho el hombre culto suele estar más abierto a los quehaceres públicos y privados, salvo que decida retirarse y entonces también sacará más provecho de sus reflexiones.

Pensaba en todo esto mientras disfrutaba del trato con estos Príncipes y humanistas de la mano de Antonio Fontán. Pensaba en el propio don Antonio – por darle su tratamiento que, con tú o con usted, sigue afable una ya vieja tradición académica española – y en cómo la cultura – pasión y no adorno – continúa hermanada en su vida con el trabajo empresarial y periodístico, todo ello tras cumplir y celebrar sus ochenta y cinco años y agradecer la merced regia del Marquesado de Guadalcanal: el Príncipe y el Humanista desempeñaron bien su papel, cosa rara hoy en día.

Y recordaba también a otros viejos amigos, felizmente activos, que han querido y sabido vivir la cultura junta con otras labores. Veo a José Antonio Muñoz Rojas, próximo a los cien años, corrigiendo la edición de sus poesías completas, en sus tierras que siempre llevó como buen labrador y criador, que se decía antes. Y a Valentín García Yebra, pasados los noventa y tras varios decenios llevando una editorial, que persevera en su labor lexicográfica. Por no olvidar un caso insólito de combinación de cultura y guerra, mezcla en sí frecuente pero no tal como la hizo Sir Patrick Leigh Fermor. Había hecho prisionero a un general alemán, en 1944, y lo llevaba a través de Creta encañonado y sin quitarle el ojo de encima cuando lo oyó murmurar algo mientras miraba el Monte Ida al amanecer, cubierto de nieve:

Vides ut alta stet nive candidum
Soracte…


El comandante inglés continuó:

…nec iam sustineant onus
silvae laborantes…”


Y así hasta terminar las seis estrofas de la oda I, IX de Horacio, a partir de cuyo momento el General Kreipe cambió de actitud y hasta sonrió. “Durante un largo instante pareció que la guerra había dejado de existir. Los dos, mucho tiempo atrás, habíamos bebido en las mismas fuentes”, concluye Fermor.

Fontán hubiese podido escribir esa frase, pues sabe muy bien que beber en las mismas fuentes es compartir cultura y eso tiene consecuencias literalmente incalculables y literariamente previsibles. Por eso me conmueve leer su dedicatoria manuscrita de Príncipes y humanistas “para Santiago Tamarón, con el que comparto todas las lealtades históricas y culturales a España”. Aunque -añadiría cualquiera- las lealtades de don Antonio tengan mucho más fundamento en lecturas, conocimientos y experiencias que las de casi todos nosotros.

Además, para el autor existe otra dimensión, en rigor no coincidente con la cultura: la sabiduría. Y al llegar aquí es menester escuchar a Fontán resumiendo a Vives, pues no conozco mejor resumen de la doble raíz del pensamiento de éste -y quizá de aquél-, la religiosa y la clásica:

“Todo el empeño de Luis Vives fue la búsqueda de la sabiduría […] La Sabiduría es Cristo. Alcanzarla es una tarea del alma. El estudio, cuando el alma está limpia de pasiones, la vuelve sabia y prudente. Pero resulta que esta es una frase de Aristóteles y que en las palabras del teólogo [uno de los participantes del diálogo El sabio] se mencionan también otras dos de las que Platón pone en boca de Sócrates. [Vives], profundamente teísta y cristiano, identificaba la sabiduría con Dios; su plenitud y, por tanto, la felicidad, con la otra vida; las almas sabias son las que Sócrates -y el teólogo con él- llamaba ultramundanas y ultraterrenales; y el camino para alcanzar esa sabiduría es el ejercicio de la virtud según Cristo. Pero ese conocimiento no exime al intelectual Luis Vives de su afanosa búsqueda para iluminar y traspasar las caliginosas tinieblas que se interponen entre la presente realidad del hombre y la luz absoluta que es Dios”.

Fontán no exagera al dibujar el paisaje espiritual de Vives, cristiano sincero y convencido, como tampoco oculta la tragedia religiosa familiar: la Inquisición envió a su padre a la hoguera y más tarde inició un “proceso contra la fama y memoria de la madre, Blanquina March, que concluyó en la penosa y cruel sentencia de exhumación y quema de sus restos más de veinte años después de la muerte”. Se comprende que Vives no se decidiese a volver a España y muriera en Brujas, su segunda patria. Pero no se le conocen muestras de resentimiento anti-cristiano o anti-español, sino muy al contrario, y no parece que mostrase por escritos públicos y privados tales creencias y afectos por cautela sino porque los llevaba en el corazón. Otro admirador de Vives me comentó hace unos días que él lo estudió a fondo con la esperanza de descubrir indicios de duplicidad en el pensamiento del gran humanista, pero que al final hubo de rendirse a la sorprendente evidencia: Vives siempre se sintió cristiano y español.

Otra cosa -y Fontán lo explica con la misma lucidez que el personaje estudiado- es que Vives no se percatase de las contradicciones doctrinales y políticas de la época que le había tocado vivir. Las vió con justeza. Intentó ayudar a superar las discordias eclesiásticas, escolásticas y dinásticas allí donde vivió, en Francia, Inglaterra o Flandes. Aconsejó prudencia a reyes y magnates, se inquietó por el avance turco mucho más que los demás humanistas como su amigo Erasmo, dedicó libros y recomendaciones a los grandes de este mundo e incluso al Papa, directamente o por persona interpuesta. En fin, como escribió Ortega y Gasset, Vives brilló por sus dos virtudes intelectuales de la seriedad y la serenidad. Pero nunca fue ingenuamente optimista. Diríase que barruntaba los horrores de un siglo después, con la Guerra de los Treinta Años. Su veredicto político final fue me horum temporum miseret (siento compasión por estos tiempos). A todas luces, Vives desconfiaba de la “insobornable contemporaneidad”.

No sé si es por eso, pero Fontán parece identificarse más con el gran humanista valenciano que con los demás que retrata en este libro, y eso que a todos ellos muestra considerable simpatía y comprensión, incluso al para algunos poco edificante Maquiavelo, pensador comprensible si se atiende a las circunstancias históricas de la Italia de su tiempo. En puridad, ocurre que el autor de esta sugestiva galería de Príncipes y humanistas es fiel al título de su libro y está subyugado -y nos subyuga a los lectores- ante todo por las mejores cabezas del humanismo que aplicaron su talento en buena parte a aleccionar a los Príncipes. Y resulta que Juan Luis Vives reúne en su persona la doble condición, intelectual y política, en grado sumo. A veces por pura casualidad -si es que tal cosa existe en la Historia- que no se le escapa a don Antonio, y que nos revela sin apenas insistir en ciertas afinidades, electivas o aleatorias. Así el lector medio, como el que esto escribe, descubre de pasada que los Diálogos o Excercitatio Linguae Latinae -manual para aprender latín, dedicado al futuro Felipe II, a la sazón de once años- no era el primero que Vives escribía, pues hizo otro quince años antes, destinado a María Tudor, otra niña…que terminó casándose con su primo Felipe. Como el aprendizaje del latín no era entonces un mero adorno para los príncipes sino una obligación política (“tengo por muy principal en un príncipe ser buen latino, así para saberse regir a sí como a otros, especialmente quien espera tener debajo de sí tanta diferencia de lenguas…” escribía Juan de Zúñiga al Emperador) no es difícil imaginar la importancia de ciertos empeños didácticos y áulicos de Vives.

Estos polos de la atención de Fontán quedan bien claros en dos de los mejores ensayos reunidos en este libro: “El humanismo cristiano europeo. Erasmo-Moro-Vives”, fascinante relato de la amistad entre estos tres egregios personajes, y “1516, el Annus Mirabilis de la filosofía política”, referido a la publicación o redacción de El Príncipe de Maquiavelo, el Institutio de Erasmo y la Utopía de Moro, con una post-data de Vives, como pueden considerarse sus Declamationes Sullanae de 1520.

Pero el hecho es que toda esta rica colección de ensayos que versan sobre tantos y tan singulares personajes del Renacimiento, desde el andaluz Nebrija al polaco Juan Dantisco, pasando por el Cardenal y Obispo catalán Margarit, entusiasta defensor del restablecimiento de la unidad de España, constituyen un libro dotado de sólida unidad. Con sencillez, el autor lo explica al final: “Durante toda mi vida académica y profesional he venido ocupándome de los escritores y asuntos de que trata este libro…” y alude luego a “las estrenas de Navidad que suelo enviar pro manuscripto a unos centenares de amigos”, y donde a lo largo de años ha tratado ya de algunos de estos asuntos.

Muchos de estos escritos conservan el espíritu festivo de sus orígenes de regalo y conmemoración navideños. A veces, inevitablemente, se trasluce también un punto de melancolía, como si el autor se percatase de que la unidad del libro está basada en la unidad de propósito -ocasional o no- entre el consejo del filósofo y el empeño del príncipe, y que esa unidad corresponde a un periodo histórico acaso irrepetible. Como lo es, y en mayor grado, la unidad de naturaleza pre-moderna entre Rey, Profeta y Sacerdote, unidad de la que aún queda un eco en el ritual del Bautismo, al dar ese triple don sacramental al nuevo cristiano. O la unidad todavía más antigua, de la que hay un resto en la épica griega, entre el rey, el héroe, el pontífice, el profeta y el médico o brujo.

O quizás a Fontán no le hubiera gustado del todo lo pre-moderno. A fin de cuentas los humanistas se consideraban modernos, al menos los italianos antiescolásticos. Pero, claro, si los humanistas eran en el fondo modernos, tan sólo lo serían juxta modum. Y es que el humanista que hoy nos ocupa, don Antonio Fontán, Marqués de Guadalcanal, sabe a la perfección ejercer algo muy antiguo, el auténtico magisterio. Y éste consiste en aspirar al viejo ideal de la unidad de las cualidades del individuo y en reunir y sacar de cada uno por mayéutica lo mejor, no en convertir en rebaño homogéneo a todos y cada uno de los discípulos. Aquello quizá es lo que buscaban los maestros humanistas. Más de uno se preguntaría qué fue exactamente lo que Aristóteles enseñó o hizo brotar en Alejandro. Cabe suponer que Fontán también meditaría sobre ese asunto -mucho más práctico de lo que parece- mientras bregaba por restaurar la Monarquía, el Senado, la Biblioteca Nacional… Todas esas meditaciones acompañaron y ayudaron a estas labores esforzadas, al igual que los Parerga ocurrieron al mismo tiempo que los Trabajos de Hércules.

Pues bien, quien lea este libro es probable que piense que se trata de unos parerga que permiten suponer en su autor fundados recelos ante la contemporaneidad, insobornable o no. Aunque acaso Fontán no llegue a aplicar a nuestros tiempos el sombrío dictamen de Vives sobre los suyos.

(c) El Marqués de Tamarón

domingo, 1 de marzo de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. VIII)

VIII

El siguiente rapapolvo, unos días después, fue peor pero más justificado. Echamos a andar por la vertiente Norte de la Sierra para subir al Cerro de la Cebollera ─ellos se negaban a llamarlo por el nuevo nombre de Pico de las Tres Provincias pues, aunque alto, no es un pico y además lo de las tres provincias les parecía burocrático─ y llevamos víveres abundantes para poder quedarnos también a cenar. La umbría estaba fresca, mucho más que la solana de nuestras marchas de costumbre, y sólo teníamos ropa ligera, así es que al caer la noche y pararnos a comer entre un arroyo y unas peñas yo tuve frío y me empeñé en encender una hoguera.

─ Bueno, si vas tú a buscar la leña. Pero veremos menos la Luna.

Me alejé del prado y tardé algún tiempo en encontrar en un pinar un par de troncos secos aprovechables. Volví arrastrándolos trabajosamente y hallé a los hermanos inmóviles en la penumbra, callados y mirando la Luna llena que se levantaba, solemne, de algún lugar incalculable de la estepa soriana. Permanecieron absortos mientras yo troceaba la leña menuda para preparar la candela. Cuando hube terminado los preparativos y antes de prender el fuego me tendí un rato junto a ellos. Respiré hondo el aire frío y seco que llegaba del Norte. Se oyó a lo lejos un búho real y después otro pájaro desconocido para mí. Me guardé de preguntar por él para no turbar el silencio, acompañado ahora, más que roto, por el leve y modesto susurro del regato. Advertí algo en lo que nunca antes había reparado: el murmullo de un arroyo pequeño jamás es constante sino desigual en intensidad y tono, cambiante cada pocos segundos, aunque el caudal sea siempre el mismo y no fluya a borbotones. Tampoco me atreví a comentar mi descubrimiento, que me hacía feliz como un niño. Por fin había descubierto por qué se dice un arroyo cantarín.

Elena rozó mi mano con la suya y enseguida me ofreció su chaleco de lana.

─ Yo no me lo voy a poner y tú estás helado.

Iba a protestar por el insulto a mi hombría pero al palpar la suave lana y oler el perfume tibio de la muchacha la terneza pudo más que el orgullo y acepté el jersey. Me arrellané en la gloria.

─ Yo estoy contento, ¿y vosotros?
─ También.

En ese momento una nube tapó la Luna. De la oscuridad salió la voz indulgente de Miguel.

─ Anda, ahora ya puedes encender el fuego. Pasaremos a ser felices de otra manera , comiendo.

Y así fue; pasamos sin estorbo del misterio al ágape, de la contemplación al chorizo y vino tinto. La resina del pino crepitando alegre y el aroma de las chistorras asadas en las brasas creaban un aura de seguridad en torno a nuestro mínimo vivaque.

─ Así de seguros se sentirían de noche nuestros mayores en la Edad de las Cavernas, ¿no creéis?
─ No sé, yo no estoy tan convencida. Para empezar, no estarían comiendo chistorras sino grasa de oso o algo así...
─ ¡Mujer, no empieces! Ya sé que por muy primitivos que sean los vascos, la chistorra no es manjar neolítico. Pero tú me entiendes, el fuego, la comida, la compaña, todo eso tranquilizaría el ánimo de los trogloditas, después de los sobresaltos de la caza.
─ Sí te entiendo, pero no estoy de acuerdo contigo. Los hombres primitivos estarían ahora cavilando sobre la manera de congraciarse con el espíritu del oso que habían matado. O cómo aplacar a otros espíritus aún peores.
─ Pues yo no me los imagino callados y taciturnos mientras comían.
─ Taciturnos no, porque no sirve para nada y ellos eran gente práctica. Estarían haciendo conjuros o encantaciones. O recitando crónicas heroicas. Yo creo que para los antiguos la magia, la historia, la poesía y la política eran lo mismo, y todo ello lo expresaban cantando. Y bailando, claro. Pero sobre todo con largas melopeyas que iluminaban el pasado, exorcizaban el presente y amañaban el futuro. Seguro que aprendieron antes a cantar que a hablar, y antes la poesía con ritmo que la prosa sin él. Y cantaban... tenían que cantar...
─ ... para no morirse de miedo ─añadió su hermano.

Contemplé sus rostros a la luz del fuego y me parecieron más hermosos que nunca. Miguel miraba fijamente las llamas y Elena la negrura de la noche. Ambos semblantes eran de una perfección grave pero no triste, al contrario, parecían llenos de un gozo sereno. Tenían los labios entreabiertos y su respiración era muy lenta. A la luz de la hoguera los cabellos de Miguel tenían reflejos castaños y los de Elena algo cobrizos. Los ojos de ésta ya no parecían ni azulados ni verdosos, como si fuesen puro brillo. Me hubiese quedado toda la noche contemplándola, pero ella volvió el rostro hacia mí y sonrió levantando las cejas como en muda pregunta. Me azaré y dije lo primero que se me ocurrió.

─ ¿Pues por qué no cantamos nosotros también?
─ Hombre, porque, después de hablar del canto primordial, "El batallón de modistillas" estaría fuera de lugar, ¿no?
─ Quizá, pero es que el canto primordial desapareció hace milenios.
─ ¿Tú crees? ─preguntó Elena como hablando consigo misma. Instantes después, el suspiro del viento y el susurro del agua parecieron espesarse, como si juntos entonaran una melodía muy grave y profunda, arrancada de las raíces de las rocas. Tardé unos momentos en comprender que el sonido venía de Miguel, con un tono más bajo que su voz habitual, y lo continuaba Elena, en tono más alto que de costumbre. Después, más fuerte, articularon la letra de aquel ejercicio a dos voces. Era el kirie gregoriano, recio y sutil, con su poderosa reiteración irisada de matices. Luego volvió el silencio, y los leves ruidos del monte cobraron un nuevo sentido, signos amigos de esperanza. El exorcismo estaba hecho.

Miguel me adivinó el pensamiento.

─ Tú dirás que esto no es canto primigenio, que no vale de ejemplo porque es magia moderna, cristiana. Pero piensa que es una imprecación, dicha en lengua de tres mil años, a la Divinidad, llamándola Señor y Ungido, para pedirle una y otra vez que se apiade de los mortales. Y todo eso en un rito que es a la par Sacrificio y Banquete sacros. Comprenderás que la cosa tiene poco de cristianismo a la Saint Sulpice y mucho de prehistórico.
─ No creía que fueses tan pío ─procuré ironizar, a sabiendas de que estaba siendo necio e injusto, pero es que empezaba a sentir la necesidad de liberarme de hechizos.
Miguel se encogió de hombros.
─ Sólo intentaba que vieses cómo no todo lo viejo está muerto.

Nos quedamos callados, yo sintiéndome algo ridículo y ellos recuperando impasibles la noche ahora que el fuego se apagaba. Las brasas ya casi no alumbraban. La Luna, cada vez más fría y brillante, parecía ir cubriendo de polvo de mármol a los hermanos yacientes. Sentí una punzada de remordimiento, esta vez práctico.

─ Elena, ten tu jersey que te vas a helar.
─ No, quédate tú con él. Pero vámonos que mañana es Lunes.
─ Sólo quedan dos horas para la media noche. Estaría muy bien entrar en el Lunes bajo la Luna.
─ Ojalá fuera posible, pero... ¡venga, andando!

Los tizones silbaron con furia de serpiente cuando les vacié encima la cantimplora.

El camino de vuelta se hacía fácil, cuesta abajo y por un sendero bien iluminado al principio por la Luna. Veíamos bastante, aun para coger unas endrinas que Miguel necesitaba para mejorar cierto aguardiente blanco, regalo extremeño de Paco su ordenanza. A medida que bajábamos al valle el aire perdía dureza y adquiría olores húmedos. La noche era tan perfecta que cualquier lance mínimo ─la rebusca de endrinas, un cencerro lejano, el roce de la falda de Elena con una zarza─ se me antojaba indicio de una aventura fabulosa. El misterio había regresado, ahora con disfraz pastoril.

Así es que volví a equivocarme. El camino atravesaba un soto sombrío, donde casi no entraba la luz de la Luna. En mi euforia recordé el hexámetro perfecto:

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram. ¿ A que no sabéis qué es eso?
─ Tú sí que no lo sabes ─replicó Elena.
─ ¿Cómo que no? Es de la Eneida, "Iban obscuros, bajo la noche solitaria, por la sombra". Decía el Abate Bremond que es el verso latino más bonito...
─ ¡Bonito! ¡Atreverse a llamarlo bonito! ¡Qué sabría de estas cosas un abate dieciochesco de salón!
─ Bremond no era del siglo XVIII sino de hace unos años, doña sabelotodo.
─ Es igual, estaría inficionado por la manía de la lindura. Lo estoy oyendo decir mientras tomaba rapé: " Quel joli veeers!" ─Y Elena imitaba hábilmente una voz cascada, arrastrando la sílaba final como un balido de oveja pedante.
─ Bueno, la verdad es que a lo mejor dijo que era bello y no bonito.
─ Mira, Saturnino, no sé quién era el cura ése ni me importa, pero tú me desesperas. Y eso que hice propósito de no discutir más contigo. Pero es que me da pena ver que todo esto lo tomas como adornos fosilizados. Así nunca serás un buen clasicista. Con lo fácil que es. Tú sólo tienes que aprender bien griego y latín y sobre todo imaginar cómo pensaban ellos. Lo demás son chorradas.
─ Con todo respeto te diré que sé tanto latín como tú y quizá algo más de griego.
─ Aunque así fuese, pero además no es cierto. Has traducido mal el verso.
─ ¡Pero si cada palabra suena igual en castellano!
─ Por eso mismo has confundido todo el sentido, y no digamos el sonido. En realidad ese hexámetro es intraducible, pero fijándote en el contexto podrías haberlo entendido. Virgilio no está describiendo una escena umbrosa sino tenebrosa. ¿Sabes dónde está Eneas?
─ Pues en la silva antiqua...
─ ¡No señor! Esto es después de encontrar las manzanas de Proserpina en la silva antiqua, que no es más que el bosque inviolado y espeso, mágico pero de este mundo. Pero ahora está ya entrando en el mundo de ultratumba con la Sibila, y no precisamente para llevársela al río creyendo que era mozuela. Están empezando a recorrer los reinos de Plutón, que son terroríficos y no bucólicos, bajo la lux maligna de una luna inconstante. En sus mismas puertas moran cosas horribles, y algunas lo son tanto que ni sabemos bien en qué consisten... mala mentis Gaudia... Discordia demens...
Habíamos salido del soto y estábamos los tres de pie junto a un riachuelo que había que vadear. La luna palidecía a Elena y su voz había enronquecido. Se me acercó y preguntó acuciante:

─¿Tú sabes qué son los mala mentis Gaudia?
─ Supongo que "los gozos culpables del alma". Pero no sé qué significa eso.
─ Pues yo espero morirme sin averiguarlo. Ni antes ni después.

Pese a la Luna inconstante Elena cruzó el río saltando de piedra en piedra, y Miguel también. Yo resbalé y pegué una culada que me dejó empapado hasta el ombligo. Seguí sus sombras en silencio y tiritando. Al llegar a la moto abracé a Elena y le dije:

─ Te quiero mucho. Y a ti también, Miguel ─pero la declaración la deslucí con un fuerte estornudo─ Perdonadme que sea tan torpe.
─ Anda, ponte tú en el sidecar, que pasarás menos frío.

Volvimos a Madrid cantando La cucaracha, mayormente ellos, pues yo me había quedado afónico.

* * *



Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

domingo, 22 de febrero de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. VII)

VII

Sigo sin entender todos los motivos de mi alivio. El más obvio era que ya había cumplido con mi obligación fatal de enamorado y las cosas estaban claras para los dos. Y sospecho que también para Miguel, que esa noche, cenando, propuso un brindis.

─ Por Rafael. Es un tenientillo joven, de Córdoba. Hoy se cayó del caballo y se dio un batacazo espectacular. El Sargento, que lo recogió del suelo medio inconsciente, me tranquilizó enseguida. "No se preocupe, mi Capitán, que el Teniente no tiene nada roto. Sólo está reventado por dentro". Le dimos un trago de coñac y el chico se empeñó en seguir montando. Ahora está en la enfermería. Mañana estará bien.

Levantamos las copas y bebimos los tres sin más comentarios.

Supongo que también me quitó un peso de encima y contribuyó a una nueva tranquilidad en mi ánimo el aceptar de manera definitiva la absoluta singularidad bicéfala de los hermanos. No eran idénticos, pero a mí me lo parecían desde la distancia psicológica, aumentada por la proximidad física. Usaban el mismo jabón y ella a veces se ponía camisas de él que le quedaban grandes y que en mi imaginación calenturienta le realzaban los pechos, cosa imposible, claro está, cuando su cuerpo se perdía entre los severos pliegues de color caqui. Pero todo eso dejó poco a poco de turbarme. Sentí cómo me abandonaba a un disfrute sin ansias y a una curiosidad candorosa. Desatendí mis ocupaciones políticas pero no el trabajo en el Monte de Piedad, que realizaba como un autómata apacible, pensando en otras cosas. Mi jefe hasta me felicitó por mi "renovado celo en el servicio"; supongo que fue porque por primera vez me veía sonreír con cara de idiota. En cambio sí me afané con toda mi alma en los estudios clásicos, que cada día cobraban más sentido para mí.

Cuando me surgía alguna duda ─en general exegética más que sintáctica─ acudía a Elena. Tenía el don de ir al grano, con una rara mezcla de sentido común y sentido histórico que Miguel, sorprendentemente en alguien que no había estudiado lenguas clásicas, compartía con ella. Debió de adquirir el latín y el griego por mímesis o por gracia pentecostal, como el resto de las lenguas que manejaba con soltura. Cuando preguntaba a los hermanos cuándo y dónde habían aprendido tal o cual idioma, siempre se sonreían y contestaban con los modestos versos:

El deleite en el oficio
al siniestro face diestro

Y era verdad que aparte de sus viajes al extranjero , que debían de favorecer su poliglotismo, mostraban un interés por las lenguas más variadas que quedaba atestiguado en sus estanterías llenas de clásicos y diccionarios. Faltaban, por contra, gramáticas, como si para ellos las estructuras fuesen innatas, en una especie de improbable e incoherente presagio de Chomsky avant la lettre. Por palabras sueltas, y sobre todo tras conocer años después a sus congéneres centroeuropeos ─con su alegre algarabía de francés con acento ruso, inglés con acento alemán y alemán con acento italiano─ deduzco ahora que Elena y Miguel habían ido más lejos: habían aprendido desde niños a pensar y no sólo a hablar como el guardabosques polaco o el piconero extremeño o el capellán tirolés, al igual que cuando imitaban el ulular del cárabo o el aullido del lobo se sentían fieras honorarias durante unos instantes.

Pero todo eso no son más que interpretaciones a toro pasado, que yo entonces tan sólo intuía. Lo que sí comprendí muy pronto es que con ellos no era conveniente ser pedante ni tampoco presumir de sentimientos líricos. De un manotazo desbarataban con ferocidad cualquier desliz juvenil por la pendiente de la jactancia erudita o, peor aún, de la exquisitez de sentimientos.

Llegué a pensar que me estaban sometiendo a otro juicio de Dios como aquella primera caminata, pero esta vez sería una ordalía prolongada y de índole moral más que física. Tuve varios tropezones, pero tampoco me importaron mucho porque en el fondo sabía que llevaban razón y que con ellos aprendía lo que no venía en los libros y sin embargo necesitaba conocer.

El primer pescozón lo recibí el mismo día en que estrenamos la moto con el sidecar. Estrenar es mucho decir pues la máquina era vetusta y asmática, pero a caballo regalado no hay que mirarle el diente y aquel vehículo incomodísimo era regalo de un compañero de Miguel que se había ido destinado a Villa Cisneros. Nos cambió la vida porque dejamos de depender de los horarios de los trenes y omnibuses, y además pudimos descubrir nuevos rincones en la Sierra de Ayllón , que caía muy de trasmano.

Esa mañana llegamos temprano, pues, a un valle perdido, espacioso y más bucólico que agreste, donde todavía unos jirones de niebla se pegaban a las praderas más cercanas al arroyo. Junto a la aldea había huertas, luego manzanares y, algo más arriba, un castañar. Después de andar unos kilómetros nos paramos a contemplar el paisaje sereno y rico. Con su disfraz otoñal de húmedos tonos verdosos, dorados y rojizos, y si no se miraban los duros riscos que lo rodeaban, el fondo del valle parecía tan blando, tan atlántico y comestible como un cacho de campiña normanda. Es la peculiar falacia patética de los valles de montaña. No resistí la tentación de exhibir mi último descubrimiento lírico y empecé a recitar Season of mists and mellow fruitfulness! Pensé que le agradaría a Elena, ya que esa oda al Otoño ─cuyo autor he olvidado, quizá por berrinche juvenil, aunque me sigue gustando el poema─ la había encontrado en un libro suyo, y había ensayado la pronunciación a solas durante un buen rato. Pero ya fuese porque mi tono le pareció declamatorio o porque estaba malhumorada, me interrumpió desabrida:

─ Pues yo, en cambio, estos comienzos de Otoño serrano los asocio con las cagarrutas violáceas.
─ ¿Cómo?
─ Como la que está donde te acabas de sentar. En esta época los zorros se hartan de moras y eso se nota en sus... deyecciones, si prefieres esa palabra. De todas formas así aprenderás a no sentarte en una piedra de una cuarta de alto sin mirar; los zorros las usan para marcar su territorio cagándose encima. Y en tierras más calientes los alacranes anidan debajo.

Me sacudí los fondillos con toda la dignidad que le puede quedar a uno en un caso así, mientras buscaba palabras para reprochar a Elena su exabrupto sin que se notase que me había lastimado. Pero se me adelantó Miguel:

─ Oye, niña, ¿qué mosca te ha picado? Ni que todo eso a nuestro alrededor fuese un tapiz de verdure hecho por ti y nadie pudiese opinar más que tú.
─ No, el monte no es mío, pero menos todavía es de los poetas románticos, y no digamos de los modernos que no han salido del Café Pombo. La naturaleza es bravía y cruel, o, si quieres más citas para aprender inglés, "red in tooth and claw". Esa arboleda idílica de ahí abajo no es más que un campo de batalla donde cada árbol lucha por el agua, la luz y la tierra contra todos los demás y, si puede, mata al vecino. Aquella cochina jabalí que vimos seguida de tres rayones de líneas tan decorativas andaría buscando alguna cría de corzo recién nacida y dejada sola un momento por su madre, y ¿sabes para qué? Para comerse al tierno corcino encamado. Los cochinos jabalíes son omnívoros, como nosotros, y serían igual de abyectos que los hombres si hubiesen leído a Juan Ramón Jiménez. La dignidad de la naturaleza está implícita en su propio nombre: es natural, no almibarada. Todo lo que no sea aceptar esa sustancia áspera equivale a acaramelar lo montuno. Eso se llama antropomorfismo y a mí me joroba...
─ Pero si tú misma me hablabas la semana pasada del jopo alegre del corzo... ¿Y eso no es antropomorfismo? ─la interrumpí triunfante.
─ No, porque en el monte sí hay alegría, como hay dolor y ternura y coraje. Aquel corzo estaría alegre porque acababa de cubrir a una hembra y de comerse los primeros hayucos de la montanera, y estaría inquieto por olores o ruidos extraños. En el monte lo que no hay es cursilería humana.

Miguel se echó a reír con su risa honda y clara como una laguna de montaña y atrajo a Elena por el talle.

─ ¡Ay, hermanita, qué artera eres porfiando! Todo menos admitir que tienes una pizca de humanidad...
Elena lo miró con ojos serios y pareció pensativa al desgranar la contestación.
─ Es que no sé si me siento muy humana... O si me convendría sentirme así... En fin ─añadió dirigiéndose a mí en tono más afable─ perdóname si he estado áspera.
─ Más que un bocadillo de bellotas. Pero te perdono.

Creo que cuando miró a su hermano los ojos eran verdosos y azulados cuando me miró a mí.

* * *

martes, 3 de febrero de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. VI)

VI

─ ¿De quién era la cuarteta? ─le espeté nada más verla en la Estación del Norte, mientras Miguel , entre dos baúles, daba órdenes a Paco el ordenanza. Yo estaba algo cortado, como los niños que se encuentran con los amigos del colegio tras la eternidad de las vacaciones, y me turbaba más que nunca su presencia física. Quizá había cambiado en algo; acaso estaba menos morena pero su tez no parecía más pálida sino más rosada.
─ ¿Qué cuarteta?
The sadness of the seasons, the madness of the moons, y no te rías de mi acento inglés, que ha empeorado por culpa de tu ausencia.
─ No sé quién escribió los versos; me los enseñó un viejo pariente mío, ruso emigrado. Pero ¿qué formas son ésas de recibirme? Dame por lo menos un beso.

Elena había cambiado de agua de colonia; luego supe que la nueva no tenía nombre sino número, 4711. La mantuve abrazada cuanto pude, unas décimas de segundo. Ya no sé si la solté por miedo o ella se soltó por lo que fuese.

Les hice entrega formal de la casa, con todo en orden salvo la novedad del gato, que se asustó al verlos llegar.

─ Es negro... ─murmuró Elena, pensativa.
─ Eso salta a la vista. ¿Significa algo?
─ No lo sé... En fin, pobrecito... ven.

El gato clavó en ella sus ojos amarillos y de inmediato depuso la actitud de recelo inquieto. Se acercó sinuoso a la mano extendida y se frotó contra ella.

─ A los gatos nunca hay que acariciarlos. Son ellos los que se acarician contra uno. Cuando ellos quieren, claro ─añadió Elena sonriéndome.
─ ¡Venid a ayudarme! ─gritó Miguel desde la cocina─ He traído algo de comer de cada sitio donde hemos estado. Vamos a hacer una comilona exótica y ecléctica.

La hicimos, y en medio del entusiasmo desordenado del festín me costó trabajo entender el itinerario preciso de su viaje.

─ Estos ajos se los compramos a unos gitanos en Transilvania.
─ Pues no saben distinto de los de Chinchón.
─ No, pero éstos sirven contra los vampiros.
─ Y el queso de la fondue es del Valais.
─ ¿Ah, sí? ¿Y cómo son los Alpes suizos?
─ Decepcionantes. Tienen peligro pero no misterio. Será porque todo se puede ver desde lejos. No te lo vas a creer, pero las veredas están llenas de flechas y letreros. Terribly middle-class, decía tía Muriel ─ contestó Elena poniendo voz de vieja impertinente.
─ ¿Y quién es tía Muriel?
─ Nos convidó al Hôtel Royal en Crans. Es inglesa, rica, gorda e indomable. Se torció los dos tobillos en un nevero y tuvimos que llevarla a cuestas. Se quejaba, pero no del dolor ─que debía de ser horrible─ sino de que andábamos despacio y ella iba a llegar tarde a tomar el té con Mitzi. Le reprochaba a Miguel que no fuese como los españoles del siglo pasado. Se dice que tuvo amores con el Duque de Osuna. "Esos sí que eran hombres", gemía entre el dolor y la nostalgia, "pero ahora os habéis vuelto terribly middle-class". Entonces Miguel se picó y se puso a trotar. Tendrías que haber visto nuestra entrada en el hotel con la gorda muerta de risa a lomos de Miguel resoplando mientras aquella momia de Mitzi dejaba caer el pince-nez y aplaudía frenética.

Miguel me rellenó el vaso con vino blanco del Rin.

─ Se deja beber como agua, porque es de efecto retardado. Pablo intentó emborracharnos a todos en Johannisberg, yo creo que para pellizcar a la prima Tina, la de los ojos brillantes, pero ella no estaba por la labor y lo mandó al cuerno con una mirada de diosa ofendida...
─ ¿Cómo dices que se llama? ─interrumpí.
─ Pablo Me...
─ ¡ No, hombre, la chica!
─ Christine Werneck, pero todos la llamamos Tina with the flashing eyes.
─ Pero ¿de qué color son los ojos? ¿Como los de tu hermana?
─ Pues quizás, pero es que los de Tina cambian con su humor o según el tiempo que hace, y a mi hermana le pasa algo parecido, ahora que no nos escucha. ¿A que tú no sabrías ponerle nombre a su color?

Me sonrojé un poco y ambos nos quedamos un momento callados mientras se oía el trajín de Elena en la cocina.

─ Elena, ven por favor, que tenemos una discusión sobre tus ojos y los de Tina ─le gritó su hermano.

Elena se recortó en el hueco luminoso de la puerta de la cocina. Se había puesto un delantal largo, de peto, y llevaba el tenedor y el cuchillo grandes de trinchar, uno en cada mano. El cabello, a contraluz, parecía una aureola. La aparición, entre cómica y bélica, era en todo caso esplendorosa.

─ ¡Sois unos zánganos y encima no me dejáis trabajar!

Lo único que vimos de sus ojos antes de que se volviese a la cocina fue un brillo iracundo; no sé si eran celos de Tina o celos de Atenea.

Luego, sorbiendo ya un aguardiente báltico y engañoso, me atreví a volver al asunto, en tono profesional.

─ Pero vamos a ver, mujer, ¿cómo traduces tú a Homero cuando habla de glaukopis Athene?
─ Es que no tiene traducción... No vamos a decir Atenea, la diosa de los ojos brillantes como los de una lechuza o como las olas.
─ Pero sí podemos decir ojos zarcos o garzos.
─ No, porque esas palabras se refieren al color y Homero estaba hablando de otra cosa. Las lechuzas y los búhos y los mochuelos suelen tener ojos amarillos y las mujeres y las diosas, no. Pero la lechuza es sabia y también, no lo olvides como si fueras un vulgar intelectual, es ave de presa y tan colérica como el mar.
─ Pues entonces traduzcamos por glaucos.
─ Tampoco se puede; suena fatal. Debe de ser un galicismo reciente. El caso es que hace pensar en una enfermedad o en Veinte mil leguas de viaje submarino o en una revista francesa de decoración describiendo un cuarto de baño. Los ingleses a veces lo traducen por flashing eyes, pero eso tampoco es solución, claro.
─ Así es que vuestra prima tiene un mote divino...
─ Tina en realidad copia a Elena desde niña en todo. No es fea, pero no puede compararse con mi hermana ─concluyó Miguel besándole la mano con un gesto galante y tierno.
Ella lo miró con una media sonrisa burlona y volvieron a brillarle los ojos, pero esta vez no era el brillo de quien entra en batalla sino de quien disfruta apacible de la victoria. Otro día yo acaso me hubiese sentido triste y excluido, pero esa noche todo era beatífico para mí. Había bebido bastante y por la ventana entraban hojas de acacia como moneditas de oro, trayendo la blanda humedad de un otoño prematuro. Me levanté.
─ Estaréis cansados. Os dejo tranquilos, pero sólo si me prometéis que iremos a la Sierra el Domingo para oler las primeras lluvias. Y sin los hospicianos.
─ Los niños por ahora se van a quedar sin excursiones, por culpa de los que tienen familia. Las madres de los niños abandonados aparecen de vez en cuando por el orfanato para hostigar a las monjas, y ahora las acusan de dejar a los churumbeles en manos de unos señoritos muy malos que los ponen a trabajar en sus latifundios y así vuelven las criaturas, destrozadas ─explicó Miguel encogiéndose de hombros─ Y además yo estaré de cuartel el Domingo.
Debió de verme cara de entierro, pues añadió:
─ Pero vosotros dos no dejéis de ir por mí.
─ No sé si tendré ganas ─dijo Elena.
Al instante se esfumaron de mi mente los vapores cálidos de la comida y del vino y la euforia tierna del reencuentro. La heroica estupidez de los veinte años me poseyó: la ocasión acaso única de pasar horas a solas con Elena, de abrirle mi corazón y escudriñar el suyo, de dar un vuelco a nuestras vidas o al menos de aclarar la mía, esa ocasión estaba ahí y perderla sería una cobardía ignominiosa.
─ Anímate, Elena. No vamos a desperdiciar la oportunidad de coger las primeras setas y traer un quintal de moras. Luego nos las comemos con Miguel y así premiamos su labor de centinela de Occidente.

Se dejó convencer, aunque a duras penas, y no porque mostrara oposición sino desgana, lo más humillante para un enamorado. Me volví a casa andando, algo mohíno pero firme en mis convicciones polémicas. El largo paseo por las calles desiertas, con las aceras pegajosas del fruto de las acacias, no hizo más que fortalecer mi decisión: había llegado el momento de la verdad, el equívoco no podía durar más. Y así, como siempre en la historia del género humano desde la Caída, el joven héroe tonto partía a la guerra de los sexos prefiriendo en su ceguera lo bélico a lo edénico.

El monte estaba glorioso, como corresponde a este rincón de Europa donde no existe la Primavera pero sí el Otoño, un Otoño largo y tibio, lleno de mañas como una mujer madura que sabe convertir su Octubre en un Mayo ideal y perfecto que ni siquiera ella conoció en su juventud. Ningún árbol tiene un esplendor primaveral comparable al incendio otoñal del chopo, los rosales silvestres lucen más el rojo escaramujo que la pálida rosa, la llama postrera del serbal de los cazadores es más osada que el más frenético brote abrileño. Y todo huele a gloria; la montaña en Otoño, calmado su ardor veraniego con las primeras lluvias, exhala una mezcla de olores satisfechos ─setas y hornos de picón─ como la Primavera exhibe una mezcla de colores nerviosos: amarillo piorno y violáceo cantueso.

Elena mostraba esa mañana un humor acorde con la naturaleza, yo no. Sonriente y algo pensativa, por una vez no se daba prisa al andar, mientras yo estaba inquieto y ansioso de llegar a la cumbre donde habíamos previsto el almuerzo. Pero ella insistió en seguir el camino más largo, que faldeaba por un rebollar muy extenso antes de subir a los pinares y luego a los pastos alpestres y los roquedales. Al cabo de un buen rato de recorrer aquel bosque húmedo y templado aspirando la pourriture noble sentí agobio físico y también miedo a que me flaquease el ánimo. Temí que mi decisión de sincerarme con Elena no resistiese a aquel paseo enervante y le propuse descansar en una de las eras de hacer picón que abundaban en ese monte.

─ ¿Descansar en un alfanje? ─me contestó con sorna.
─ ¿Cómo...?
─ Sí, estos quemaderos se llaman alfanjes, supongo que por su hechura. Siempre que me paro en ellos siento claustrofobia. Pero no importa, desembucha tus zozobras.
─ ¿Y por qué crees que estoy preocupado?
─ Pues ya se sabe, para una vieja el pecho de un niño es de cristal.
─ Ni tú eres vieja ni yo soy niño ni ninguno de los dos es Campoamor.
─ Tú sí tienes un ramalazo campoamoroso, pero es cierto que lo vas perdiendo. Estás madurando, Saturnino. En estos pocos meses he visto cómo perdías los mofletes y hasta el pulpejo de la mano y el de la oreja. Se conoce que tu atavismo de pastor es más fuerte que tu vida de cagatintas. O serán los tutes que te pegamos por montes y valles. El caso es que estás volviéndote enjuto. Y ya, cuando frunces el ceño como ahora, pareces casi feroz. Morenazo y feroz, como un bandolero corso ─concluyó con una mirada entre socarrona y de orgullo maternal.

Me quedé callado y me temo que me sonrojé un poco. No era así como yo había previsto el inicio de la conversación, recibiendo una andanada de piropos irónicos. Pero era verdad, y yo mismo lo había pensado esa mañana mientras me afeitaba, que me estaba ocurriendo lo mismo que a todos los montañeros: me estaba amojamando. Bueno, a casi todos los montañeros, porque Miguel y Elena eran excepciones notables. Sin que les sobrara un gramo de peso, tampoco estaban magros. Su piel no parecía resecarse con los vientos helados o ardientes ─en la montaña no hay término medio─ y ni siquiera el sol de Julio los tostaba más allá de un tono suave. Miré a Elena de reojo. Su rostro perfecto, sin una arruga, había pasado de la sonrisa a una expresión serena y un punto melancólica, como si supiese lo que le iba a decir y estuviese resignada a escucharlo, una vez más, de otro hombre, de otro mero hombre, simple y torpe.

Se levantó una brisa que jugó con su pelo, acariciándole la oreja con un mechón castaño claro. Durante un instante me sentí derrotado y amargo. ¿Por qué hasta el viento gozaba de más derechos que yo? Pero pronto me invadió ese peligroso optimismo propio del amor extremo. Aunque no consiguiese nada, mi situación tampoco iba a empeorar si le decía lo que sentía. Tragué saliva.

─ Elena, tú sabes que te quiero, ¿verdad?

Me miró fijamente, sin ninguna expresión en el rostro, pero su voz tenía el tono grave y afable que empleamos con los animales nerviosos como los caballos o los fox-terriers.

─ Claro. Tengo veinticinco años, no quince.
─ Y tú... ¿y tú me quieres a mí?
─ No. Mejor dicho, sí te quiero y me hace gracia tu alma cándida pero no tonta, y admiro tu integridad y tu hombría... pero no estoy enamorada de ti ni creo que vaya a estarlo, si es eso lo que quieres saber.

Confieso que sentí un cierto alivio, no por el fracaso, que me entristecía, sino porque al menos mi amor propio quedaba a salvo: yo había ido a derechas y a las claras, y si me había estrellado no era por mi culpa, era por culpa... ¿de quién? De ella, sin duda. Si notó desde el principio que me enamoraba, debió cortar a tiempo. Se lo dije, simulando frialdad en el reproche.

Ella me miró con asombro, y no era asombro fingido.

─¿Y por qué nos íbamos a privar ambos, o los tres, de una compañía agradable? Recuerda cómo nos reíamos de aquella señora rusa tan guapa que le había escrito a mi madre en plena Gran Guerra contándole que tenía que pedir el traslado como enfermera militar a un hospital de ciegos porque donde estaba, con los heridos normales, los pobres chicos se enamoraban todos de ella...
─ Pero yo me reía de su vanidad.
─ Pues yo no; era de verdad guapísima y nada presumida. A mí lo que me hacía reír era su puritanismo. Seguro que estaba demasiado influida por los popes de aldea, barbudos y primitivos. O mejor dicho, no bastante primitivos.
─ O sea que tú no ves nada malo en dejarte querer ─le repliqué, exasperado.
─ No, no me parece mal, siempre que yo devuelva el cariño. A mi manera, claro.
─ ¿Y cuál es tu manera de devolverme el cariño? ¿Reírte de mí?
─ No, reírme contigo. Reírme contigo y con Miguel y con ese roble que hay ahí y que tendrá varios siglos, reírnos todos juntos, aunque seamos pocos, de ese mundo atroz que nos acecha desde las llanuras, en Madrid y en Berlín y en Moscú, ese mundo que avanza y que acaso pronto termine destruyéndonos. ¿No comprendes que tenemos un pacto tácito de la risa contra el siglo XX?

Preferí no explicarle una vez más mi discrepancia con su hostilidad hacia lo moderno y lo utópico; ya sólo me importaban las tristes calabazas.

─ Total, que me ves como un firme aliado, algo amigo y nada amante.
─Muy amigo, Saturnino. Más de lo que tú crees. No tenemos muchos Miguel y yo, ¿sabes?
Nos quedamos callados, supongo que cada cual con su pena. Pero la suya no duró mucho, pues enseguida me señaló, con una sonrisa de felicidad absoluta, un corzo que se alejaba por la ladera de enfrente.
─ No hay nada más alegre que un jopo blanco de ésos paseándose por la espesura. Aunque sea señal de que el bicho está asustado... Bueno, vámonos que quiero llegar allí arriba para almorzar y tengo hambre.

Se irguió de un brinco y me tendió la mano. Se la di sentado, entre displicente y melancólico, creyendo que era un gesto de paz, pero ella me levantó de un fuerte tirón, me despeinó restregándome la cabeza y me plantó en la mejilla un beso ruidoso, de ama, llamándome tonto turdetano. Luego echó a correr, sendero arriba.

Dos horas después nos sentábamos a comer en una pradera, apoyados en un galayo de la misma cuerda de la sierra, despreciando la llanura en cuyo confín una niebla oportuna ocultaba Madrid. En la cumbre hacía frío y calor a la vez, el sol picaba pero el suelo estaba mojado, las flores cárdenas de los quitameriendas otoñales brillaban tanto como sus gemelas de la Primavera, los azafranes serranos, el vino tinto estaba rico con su sabor a la pez de la bota y yo ya había quemado en la subida parte de las toxinas segregadas por la frustración. Pero me quedaba una duda.

─¿Por qué me llamaste turdetano?
─ No sé, me sentiría romana.
─ Pero los romanos eran los modernos y los turdetanos los antiguos. ¿Y no quedamos en que tú eres la antigua?
─ ¡Qué sabrás tú de los romanos y de los antiguos!
─ Si sé poco es porque tú no quieres enseñarme.
─ Pues mira siempre a tu alrededor y comprenderás "the sadness of the seasons , the madness of the moons". Es todo lo mismo.

Miré al cielo y en efecto una luna loca y pálida se paseaba intentando reflejar el sol todavía fuerte de la tarde.

* * *



Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

domingo, 18 de enero de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. V)

V

─ ¿Por qué no pasas aquí el mes de Agosto? Te ahorrarías un mes de pensión y tendrías menos calor.
─ Pero me sentiría un intruso. Vuestra intimidad...
─ Lo que tú llamas nuestra intimidad no estará aquí, nos la llevaremos a la otra punta de Europa durante esas semanas, como sabes. Además estaremos más tranquilos pensando que tú cuidas de la casa. No hay nada que robar, pero eso los rateros no lo saben, y una vez dentro... Anda, quédate. Nos harías un favor.

Miguel era maestro en el arte, ya desaparecido, de simular que recibía un favor cuando lo estaba haciendo él. Sigo sin saber si era pudor o cortesía anticuada.

Acepté su ofrecimiento. Pensaba ir a mi pueblo cinco días —más era imposible, allí no me dejaban estudiar ni escribir— y luego encerrarme en la pensión con los libros y papeles. Pero aquello era un horno maloliente en verano. La casita del Viso me parecía un oasis y además allí resultaría más llevadera la ausencia de Elena. No fue así, como era de prever, pero a los veintiún años nada es previsible y menos aún el vértigo.

La primera noche en la casa la pasé escuchando discos y curioseando en los libros. Durante todos los días que allí estuve no abrí un cajón ni un armario, aunque me moría de ganas. Pero lo que estaba a la vista era suficiente para descubrir mucho sobre Miguel y Elena. Los detalles aislados, las pistas inconexas, terminaban componiendo una historia bastante comprensible. El primer libro que hojeé, una hermosa edición de la Iliada en francés, llevaba una dedicatoria fechada en 1921 à mon jeune camarade de guerre Michel Cienfuegos. Pensé que se trataría de uno de los innumerables parientes de Miguel, pero luego encontré, haciendo de marcapáginas en una historia de la primera invasión bolchevique de Polonia, una fotografía de mi amigo a caballo, con cara de niño, vestido de oficial de caballería polaca, con la peculiar gorra de los lanceros. Así es que Miguel ahora, en 1935, no podía tener menos de treinta años. ¿Y qué demonios hacía, con diecisiete o dieciocho, en aquella sangrienta guerra báltica entre rojos y blancos?

Las sorpresas continuaron durante toda la noche. Aparecieron fotografías de Miguel en la guerra de Marruecos, de Elena vestida de enfermera no se sabe dónde, encontré un árbol genealógico del que deduje que Miguel tenía treinta años y Elena veinticinco. Eran huérfanos desde niños: su madre había muerto al dar a luz a Elena y su padre en Marruecos, donde le concedieron la Laureada a título póstumo, así es que el eterno agregado de Embajada y gentilhombre del Rey no se había limitado a ser un militar mundano.

Al final, casi amanecido el día, me atreví a entrar en el cuarto de Elena. Olía limpio y tibio; me pareció menos indiscreto abrir la ventana y más decoroso sentarme en el suelo. Vi cómo la luz gris iba revelando cien fotografías pobremente enmarcadas y colgadas de la pared. Me empezaron a danzar ante los ojos escenas de esquí, de bailes, de caza del zorro, desfiles de húsares, retratos de mastines, de cocineros, de coroneles viejos y tenientes jóvenes, cosacos con caftán, escoceses con kilt y legionarios con chilaba, a pie, a caballo y en avión, vistas de castillos, parques y huertos, nevados y floridos, señoras con diadema o con cofia de la Cruz Roja, y la imagen de una cabra, dedicada con letra grande y picuda De Amaltea para Elena, y ya ves que no te di fiebres de Malta. Sin saber si estaba ya soñando o en vela, me quedé dormido.

Me despertó un gato maullando en el jardín. Era negro, estaba maltrecho y maganto; le di leche y lo dejé dormir, exangüe, en la cocina. Yo me tumbé en el catre que había puesto en el salón —acostarme en la cama de Miguel hubiera sido una osadía, pese a su ofrecimiento— y tuve pesadillas, que por desgracia mi severo racionalismo de entonces me impidió detallar en el diario.
Sí apunté, en cambio, las cábalas que se agolparon en mi cabeza durante los días siguientes. ¿Por qué los hermanos tenían tan pocos amigos, al menos en España? Nadie podía ser indiferente a su atractivo y a su simpatía, así es que el aislamiento de Miguel y Elena había de obedecer a su propia voluntad. Pero ¿por qué? Mis ideas políticas me inclinaban a atribuirlo al justo recelo de mis amigos hacia la maldad esencial de la oligarquía, pero el sentido común me obligaba a abandonar esa explicación. Si ellos se sentían a gusto con los poderosos en el resto de Europa, ¿por qué no iban a estarlo en España? Es cierto que la reclusión no era absoluta; en ocasiones asistían a bautizos o funerales, a veces hablaban de días pasados en alguna casa perdida al pie del Pico Almanzor o en las marismas del Guadalquivir, e incluso de una peregrinación a caballo a Santiago de Compostela, con algunos compañeros de Miguel. De estos oficiales de Caballería conocí a varios unas semanas después, ya en Otoño, tomando unas copas en casa de los hermanos. Uno se llamaba Gonzalo Fernández de Córdoba, otro Rodrigo Ponce de León y hasta apareció un Pérez de Guzmán el Bueno... Me desconcertó aquella hueste de fantasmas enjutos y nervudos, indiferentes a la ley Azaña; creí que me miraban con altanería y seguramente era con curiosidad, pues ellos, medio parientes casi todos de su compañero de armas, debían de hacerse las mismas preguntas que yo.

Y es que el misterio en el fondo no era qué hacían los hermanos sino qué demonios hacía yo allí, por qué me habían admitido en su vida. En mi ingenuidad, pasaba de la obsesiva fe en la igualdad de todos los hombres al no menos craso error de creer que un aldeano tímido como yo no podía tener nada en común con los vestigios de la nobleza del Antiguo Régimen. Nunca me paré a pensar que acaso un lado de ellos, el primitivo, se hallaba más próximo a un montuno leonés que a alguno de sus pares en apariencia y que mi infancia en chozas era tan arcaica y tan irrepetible como la de ellos en castillos.

Pero aunque hubiese reparado en esa hipotética afinidad, ello no hubiera bastado para explicar otras cosas, como su paciencia con mi dogmatismo ideológico. Tal vez no se lo tomaban en serio. Yo debía de ser insufrible con mis teorías, pero ellos no creían en ninguna teoría. Tan sólo les interesaban los grandes mitos y los hechos menudos: la Comunión de los Santos y la fecha en que se oía el primer cuco del año, la transmigración de las almas y la migración de las ánades, la Música de las Esferas y cómo afinar el piano. Ahora supongo que no debían de escuchar con mucha atención mis grandes declaraciones programáticas, aunque en rigor hubiesen podido fortalecer su afable pesimismo y su fe pétrea en la estupidez suicida del Nuevo Hombre. O quizá creían que tarde o temprano afloraría en mí el recio fondo maragato y que en los guijarros del Páramo terminarían agostándose las flores endebles del pensamiento moderno. En esto último sí que acertaron, pero como carecían de todo espíritu de catequesis, estaba claro ya entonces que su amistad no obedecía a ningún ánimo proselitista.

En todo caso quedaba sin despejar la mayor incógnita: ¿Elena era tonta o era desalmada? Si no se había dado cuenta de mi pasión por ella es que era idiota en el sentido más griego y puro de la palabra. Si se había percatado de mis sentimientos, su trato desenfadado, casi coqueto, era una crueldad innecesaria, puesto que de manera contradictoria dejaba a la vez bien claro el carácter amistoso o fraternal de la aparente coquetería. Si alguna vez me atrevía a lanzarle una mirada de súplica muda, la contestación tácita era siempre un chiste o una pirueta, como si me estuviera diciendo: "¿No te consideras tan moderno? Pues acepta la camaradería entre sexos, que es lo progresista y está de moda". Pero yo me sentía cada día menos moderno y empezaba a zozobrar en la ansiedad, a sabiendas de que cualquier movimiento mío en falso, cualquier precipitación, echaría por tierra mis frágiles esperanzas. La desproporción entre el deseo y la esperanza siempre ha embrollado mi vida.

Tampoco veía nada claro el motivo del afecto que me mostraba Miguel, pero eso ya me importaba menos. Llegué a atribuirlo a una nueva conjura militar, que necesitaría información sobre las fuerzas contrarias, en una de las cuales yo militaba. Enseguida, sin embargo, descarté la posibilidad, que insultaba por igual a la mirada franca de Miguel y a mi propia inteligencia: cada vez que yo hablaba de política práctica los hermanos bostezaban o me replicaban con un mito glorioso y burlón.

Una mañana, abrumado por tanta conjetura estéril e incapaz de centrarme en el estudio, tomé un tren y me fui a la Sierra. Pasé el día junto a una cascada, entrando y saliendo del agua frígida. En el camino de vuelta oí la ladra del corzo y cogí berros en una fuente, buenos presagios. Al llegar a casa de los hermanos me encontré con una tarjeta postal de ellos, mandada desde los Cárpatos. Representaba una especie de incongruente palacio veneciano en medio de los abetos alpinos, obra sin duda de algún potentado excéntrico; era muy fácil ser excéntrico con mucho dinero, pensé. Mientras el gato negro olisqueaba desdeñoso los boñigos de vaca pegados a mis botas, leí:

Hemos conocido a un rumano que se llama Mircea no sé qué y dice que la Terreur de l'Histoire sólo es soportable con una percepción cíclica del Tiempo.
Miguel
Así es que recuerda al poeta inglés y dedícate a su traducción y exégesis para cuando volvamos:
I cannot give the reasons,
I only sing the tunes :
The sadness of the seasons,
The madness of the moons.
Elena

Primero me atormentó un rato la mención del tal Mircea; seguro que era un guapo príncipe Sturdza o Cantacuzeno, un voivode feudal pero cosmopolita, uno de esos fanariotas con siglos de crueldad y refinamiento en su árbol genealógico, en suma, un beau ténébreux que estaría tirándole los tejos a Elena. Y seguro que por eso ellos, que ni siquiera habían leído a Spengler, me arrojaban a la cara en mofa esa idea retrógrada de un neopagano arrogante. ¿Cómo podía yo, un materialista dialéctico, competir con las dulces y turbias heces del cáliz de la Historia? Sé que pensaba así de barroco porque así lo escribí en mi diario, y además tuve el valor de enseñárselo años después a Mircea Eliade cuando el pobre intelectual rumano, feo y modesto, pasó por Cambridge en su destierro errabundo. Al buen profesor se le saltaron las lágrimas de risa y a mí de pena.

Luego leí con atención la cuarteta y me calmé. Venía a decir lo mismo que el sofista balcánico, pero era más fácil de perdonar porque la poesía siempre es más fácil de perdonar; en rigor será eso lo que llamamos la licencia poética, el guiño cómplice del poeta que pide indulgencia y desarma nuestro desacuerdo de fondo merced a su soberano buen hacer en la forma. La alusión de Elena a la exégesis era una broma sobre mi manía de analizar los textos hasta el agotamiento, pero estos versos eran tan simples que aún en inglés los encontraba límpidos. Cierto es que su fondo resultaba inaceptable para mi doctrina, basada en razones y no en canciones, mas sin éstas yo no podía entender las lunas, ni el verano o el invierno, ni la locura ni la melancolía.
Me volví, pues, a la Sierra al día siguiente y pasé allí la noche envuelto en una manta. Dormí poco, miré la luna reflejada en el arroyo y me dio miedo su frialdad demente, escuché a la lechuza y no entendí lo que decía; los mil ruidos nocturnos —el hozar lejano del jabalí, el corzo bebiendo, la huida del ratón, el susurro de alas invisibles— no se comprendían sin la clave de la canción, y yo tan sólo conocía unas cuantas notas.

El gris también tiene sus momentos de gloria, y la grisalla más gloriosa y fugaz es el amanecer en la montaña. Aparté la manta de un puntapié, hundí la cabeza en el agua y aproveché el momento sagrado y quedo del relevo de la guardia de los pájaros de la noche por los del día para jurarme que si había de perder a Elena y también a Miguel, al menos antes aprendería de ellos la música de las estaciones y la locura de las lunas.

* * *

martes, 30 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. IV)

IV

Llegamos a un acuerdo tácito. Eran ellos quienes me proponían ir a la sierra, o a su casa para algo que yo nunca sabía si iba a ser una clase de inglés, una lección de baile, un diálogo socrático —imposible, ahora lo comprendo, pues yo era platónico y ellos presocráticos— o una mezcla de todo ello. Me mandaban una nota con el ordenanza, que se llamaba Paco y era tartaja y de Trujillo.

─ ¿Tiene usted contestación para mi ca-ca-ca-pitán?
─ Si, Paco, dígale que sí, que no faltaba más.

El arreglo era malo para mi trabajo y mis estudios, pues los días en que no estaba hecho un flan esperando la convocatoria estaba hecho unos zorros reponiéndome del trasnoche, y siempre pensando en ella o en los dos.

Las caminatas por la sierra nunca volvieron a ser tan duras como la primera, pero siempre fueron largas y penosas, al menos para mí, hasta que fui acostumbrándome al ritmo: cincuenta y cinco minutos de marcha rápida seguidos de cinco de descanso, con una buena hora para almorzar. Por la tarde los descansos duraban más, cuando menos falta hacían puesto que íbamos cuesta abajo. Pero era cuando ellos se fijaban más en la naturaleza. No se tumbaban exangües como yo, sino que escrutaban las peñas próximas y lejanas, olisqueaban el aire y sabían qué plantas había en los alrededores, aunque estuviesen ocultas, oían e identificaban los pocos pájaros que hay en la montaña y palpaban el musgo suavemente, a veces, en otoño, frotándolo con la mejilla. No sólo comían las moras, fresas silvestres y escaramujos, sino que mordisqueaban otros frutos que a mí me parecían de lo más venenosos. En otoño volvíamos cargados de setas, algunas dudosas.

─ Esta debe de ser la cabeza de fraile, pero no estoy seguro.
─ Haré un guiso esta noche —anunciaba Miguel, que era el cocinero de la casa.
─ ¡No, por Dios!— Yo siempre picaba en la broma, sin comprender que los hermanos, por ciencia o por instinto, sabían muy bien lo que comían.
─ No te preocupes, que para ti haré una sopa de ortigas.

Usaban los cinco sentidos en el monte, como los bichos. Olfateaban si había pasado por allí un zorro o un cochino jabalí. Sonreían a veces sin mayor motivo y se quedaban inmóviles, como si hubiesen detectado algún aroma secreto o un leve susurro en las hojas o el trueno muy lejano. Yo no me atrevía a preguntar nada, pero daba gloria verlos quietos y alerta, como una pareja de corzos en un claro del bosque.

También tenían al menos un sexto sentido, el de la orientación. Nunca me perdí con ellos, ni siquiera en los rebollares muy cerrados, ya cercanos al valle, ni en las mañanas de nieblas altas o nubes bajas en las cumbres, cuando habían desaparecido del cielo y de la tierra los puntos de referencia y yo llegaba a sentir la necesidad angustiosa de apartar con las manos la espesa bruma. No llevaban brújula, ni aun cuando fuimos a Gredos, que conocíamos mal.

─ Sois primitivos hasta en eso.
Acabábamos de llegar a una fuente y ellos se habían puesto de bruces a beber mientras yo llenaba la cantimplora.
─ Da más gusto así —contestó Elena sacudiéndose el agua del pelo.
Miguel se echó a reír y me ofreció un puñado de nueces.
─ Sé lo que estás pensando, Saturnino. Que somos de otra época y no tenemos sitio en ésta. Y es verdad. Pero, ¿crees en serio que el Brave new world que tú anhelas va a durar mucho? Desde luego su historia no se medirá en milenios como la del mundo arcaico.
─ Es que yo no soy un utópico; la praxis...
─ No, hombre, no, si no me refiero a tus ansias revolucionarias. Eso son chiquilladas de aprendices de brujo que como mucho costarán unos pocos centenares de millones de vidas. Me refiero al pacto fáustico de la modernidad, concluido por izquierdas y derechas con el Progreso. ¿O es que tú no crees en el Progreso?
─ Sí, claro, pero...
─ Pero Mr.Roosevelt también, y el Hitler ese del bigotito, y el gordo italiano y hasta el Conde de Romanones...
─ ¿Y tú no, Miguel?
─ Yo no —contestó en voz queda, sin asomo de suficiencia, casi con pena.
─ Entonces eres un reaccionario.
─ Sí, claro. Pero no un tonto. Sé que nada de lo que haga va a cambiar el rumbo de los acontecimientos, salvo en lo accesorio. Aunque a veces lo accesorio es cuestión de vida o muerte para muchos y hay que actuar; además es más divertido actuar que lloriquear. Pero a la larga el estúpido mesianismo del Progreso, capitalista o socialista, acabará destruyendo todo lo bello y en su lugar tan sólo habrá hormigueros histéricos y colmenas dulzonas y pegajosas. Todo esto desaparecerá —Y señaló moviendo el brazo el valle solitario del Lozoya, el Monasterio del Paular acurrucado contra la ladera de Peñalara y al fondo la cúspide de la Maliciosa, donde ahora está la monstruosa Bola del Mundo.
─ Me estáis cansando, con tanta política —interrumpió Elena— Por no oír hablar de esas cosas dejé de ir a casa de tía Ma, y eso que los Primo de Rivera son guapos y simpáticos... ¡Mirad, mirad, un ánsar rezagado! Va hacia el Norte solo, con meses de retraso, después de todos los bandos de sus compañeros. Estará agotado y sediento. Ha debido de retrasarse por alguna herida. No llegará a Escandinavia.

Se oía el batir de alas, heroicas y cansinas. Me eché a llorar. Los hermanos fingieron no notarlo.

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Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008