Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

jueves, 13 de agosto de 2015

Los hideputas hacen su agosto

Fotografía: EFE

     Este verano vuelve a ser ardiente con rabia. Y vuelven a encogerse de hombros muchos que deberían hacer algo.

     El peor incendio por ahora es el de la Sierra de Gata, en Extremadura. Los incendiarios han conseguido plenamente su propósito; ya llevan 8.000 hectáreas quemadas. El Presidente de la Junta de Extremadura dijo que eran incendios provocados puesto que es imposible que el azar haga estallar cinco focos a la vez en el monte. Pero no ha atribuido la autoría a alguien en concreto, ni siquiera a algún grupo social o psicopático; cosa que se comprende puesto que habrá que esperar los resultados de las investigaciones, si es que los hay alguna vez.

     Mientras ardía buena parte de España se declararon en huelga indefinida los llamados brigadistas, miembros de las Brigadas de Refuerzo contra Incendios Forestales (BRIF). Sus jefes sindicales aseguraron que no dejarían de trabajar contra el fuego "voluntariamente". El caso es que ha habido sabotajes de helicópteros y coches destinados a luchar contra el fuego (véase el artículo de El País "Sabotajes a helicópteros y coches en la huelga de los brigadistas antiincendios").

     La otra coincidencia es que se ha modificado la legislación haciendo menos difícil la reclasificación de los terrenos forestales quemados.

     Así es que resultan reveladores, en el artículo de El País "A la búsqueda del incendiario" (...) estos párrafos finales:
Un informe confeccionado por el Ministerio de Medio Ambiente, que recopila los incendios registrados en España entre 2001 y 2010, recoge que solo detrás del 4,3% de todos estos fuegos había causas naturales; y del 23,3%, negligencias y accidentes. Del resto, un 15% se desconoce qué los provocó; y un 54,7% fueron intencionados. "Estos últimos son los más numerosos, representan el 60% de la superficie afectada", explica el documento, que señala que, de ellos, un 68,3% corresponden a quemas ilegales agrícolas, eliminación de matorral y regeneración de pastos que se hicieron "de forma incontrolada"; un 11,9% a venganzas y vandalismo; y un 9,7% a pirómanos. 
Los investigadores distinguen, por ello, dos perfiles. El del incendiario: "Un hombre de 30 a 50 años, con domicilio cerca del lugar y sin cualificación profesional; que actúa por motivos de maldad, interés económico, venganza... Son frecuentes las personas desestructuradas, tanto familiarmente como socialmente", explica un informe de la Guardia Civil de Galicia. Y los pirómanos: "Son gente enferma, con un trastorno de conducta, que no pueden controlarse y que requieren tratamiento", sentencia el integrante de Greenpeace.
     La última frase es inefable y cabe imaginar cómo la musita, melifluo, el onegero anónimo de Greenpeace. Eso, los pirómanos son igual que los violadores y asesinos de niños, enfermos que requieren tratamiento y, mientras, hay que soltarlos para que entren en razón. Por mucho que los médicos avisen de que esos hideputas siempre seguirán delinquiendo.

     El caso es que ya caben pocas dudas: los incendios de los montes españoles son en un 95 % provocados, por negligencia o, sobre todo, con ánimo delictivo.

     Y tampoco caben dudas en cuanto a la inoperancia de la justicia, que en muy pequeña proporción detiene, juzga y condena a los culpables. Y aún de ese pequeño porcentaje no se sabe cuántos cumplen la sentencia puesto que entre 2007 y 2013 tan sólo ocho personas fueron condenadas a penas de prisión superiores a dos años, el mínimo para que suponga el ingreso obligatorio en la cárcel. Es más, no se sabe cuántos han entrado en prisión firme ni por cuánto tiempo. Y lo peor no es eso, sino que hay motivos para suponer que la ausencia de datos no es ocultación de las administraciones sino ignorancia impura y simple, como se desprende de este informe de la Fundación Civio, elaborado con admirable tesón y rectitud por Marcos García Rey y Hugo Garrido:
¿Quién quema el monte?
     Por último, este asunto de extrema gravedad está degenerando en un cruce de acusaciones impropio de un país serio que se supone un Estado de Derecho. Aparece la tendencia a atribuir los incendios -una vez que está claro que han sido provocados- a una de estas dos causas: la nueva ley que facilita edificar en terrenos quemados y la nueva ley que quita facultades a los agentes forestales. En el primer caso los sospechosos de haber prendido el fuego son unos ricos explotadores del pueblo (aunque no creo que para edificar sea necesario y ni siquiera conveniente convertir 8.000 hectáreas en terreno calcinado). Y en el segundo caso los agentes forestales estarían justificados al defender sus legítimos intereses, como explicó un espontáneo en comentario en El País el 30 de Julio:
Demonizar a los trabajadores que pelean por sus derechos, es propio de regímenes fascistas. Los derechos amparan nuestras libertades, y el de huelga es sagrado.Así, la huelga se ideó para dañar a la otra parte y hacerla ceder en sus pretensiones, protegiendo de esa manera los derechos laborales del trabajador............................. Hablar de huelgas agresivas o sabotajes , es desconocer la legislación y los derechos humanos por completo. ¡¡Más de un periodista debería volver a la universidad.......si es que ha estado alguna vez!!!.
     Aunque también puede ser este comentario obra no de un saboteador sino de un provocador del bando opuesto al proletario indignado.

     A este respecto, el anterior Presidente de la Junta de Extremadura, José Antonio Monago,
ha recordado que en 2003, "con un gobierno socialista", se quemaron en Extremadura 50.000 hectáreas en Valencia de Alcántara (Cáceres) "y no existía esta ley de Montes, lo que existía era lo mismo que existe ahora: gente con deseo de querer quemar el monte". 
Ha recalcado que detrás del inicio de un incendio como el de Sierra de Gata "siempre está la mano del hombre, de una o varias malas personas" y "no el marco normativo". (El Periódico de Extremadura)
     En fin, lo único seguro del incendio de la Sierra de Gata es que ha sido provocado. Y casi igual de seguro es que los culpables no irán a la cárcel.

     Otra victoria, pues, del estúpido optimismo antropológico de Rousseau contra el cauto pesimismo de Hobbes.

Enlace relacionado:
Verano de bochorno

viernes, 7 de agosto de 2015

Botones de muestra XXVIII



     Sabido es que el pecado capital de los ingleses -tal vez de los británicos en general- es la hipocresía. Con tres salvedades: la clase baja, la clase alta y los católicos no son en Inglaterra hipócritas sino cínicos, que es lo contrario. Como en este libro esas tres categorías están muy presentes, la hipocresía está bastante ausente. Por eso es tan disfrutable este diccionario. La Pérfida Albión, que diría un francés, brilla aquí con todo su esplendor, rodeada de matices irónicos en ocasiones, tiernos en otras, con frecuencia melancólicos.

     El título forma parte del esplendor esencial. Todos recordamos la música de Sir Edward Elgar, un prócer, católico, por cierto, y de origen humilde, con lo cual no podía ser hipócrita y sí podía titular la marcha tomando sin remilgos el verso de Shakespeare "Pride, pomp, and circumstance of glorious war!". Pero Ignacio Peyró es realista y se atreve a reconocer que "el resultado de la anglofilia suele ser el amor rechazado". Es cierto que los ingleses pueden rechazar a los admiradores, y a veces lo hacen hipócritamente y otras con cínica ironía. Pero no siempre ocurre eso, y no tan sólo ocurre en las Islas Británicas. En ocasiones el rechazo puede nacer de la timidez, y los ingleses de la honrada clase media se sienten a veces tímidos ante lo que consideran mayor soltura mundana de los europeos "continentales".

     El subtítulo del libro, Diccionario sentimental de la cultura inglesa, es tan atinado como el título e igual lo es la imagen en la cubierta del oficial y los soldados de uno de los regimientos de la Guardia Real. Todo ello marca el tono elegíaco y a la vez lúcido de este libro que proporciona muchas horas de lectura placentera veraniega pese a los reflejos otoñales de tantas de sus hojas. Está organizado en efecto como un diccionario que agrupa en 350 entradas con reenvíos muy diversos personajes, cosas, objetos y conceptos que van desde el Abate Ponz (Antonio Ponz, el proto-anglófilo ilustrado y moderado) hasta Young Fogeys (jóvenes carcas que copian el estilo de Brideshead en los años 30). Entre estas dos entradas hay un arca de Noé de seres atractivos, repelentes, de curiosidades etnográficas, de manías y de entes de razón. Lo mejor de todo es que es imposible encontrar a un lector que esté de acuerdo con Ignacio Peyró en todo lo ahí escrito; para mí que incluso es imposible que Ignacio Peyró esté de acuerdo en todo con lo escribe Ignacio Peyró. Gracias a eso el lector apasionado pero bien instalado bajo una sombrilla con este libro de 1.062 páginas se despertará de su innoble torpor playero dando bufidos de ira, carcajadas de alegría o sonrisas aprobatorias.

     Pregunté al autor cuál era su propia entrada favorita, y me dijo que la dedicada a los exiliados españoles en Inglaterra. Tiene 16 páginas por las que desfila un gran elenco de emigrados, desterrados, transterrados y extrañados, que de todo hubo. El autor es generoso y se apiada de todos. Salvo de los de derechas. No aparecen el futuro Alfonso XII ni el Conde de Barcelona. A Madariaga no lo menciona en esta entrada, aunque es verdad que no estuvo exiliado sino emigrado, y de los carlistas tan sólo veo al General Cabrera (el mejor militar del siglo XIX español, que no tuvo más instrucción que la del seminario y que no se amilanó ni cuando los liberales fusilaron a su madre). Peyró reprocha a Cabrera estar "muy bien casado con una fortuna británica".

     Da la impresión de que los españoles de izquierdas en Inglaterra no estaban a gusto, menos sin duda que los españoles en Méjico o incluso en Francia. Es triste leer las palabras de Cernuda embarcado ya para ir de la Gran Bretaña a las Américas:
Adiós al fin, tierra como tu gente fría,
un error me trajo y otro me lleva.
Gracias por todo y por nada. No volveré a pisarte.
     La verdad es que en general lo inglés es mucho menos atractivo para los españoles y otros mediterráneos que España para los británicos. Para nosotros lo inglés es un gusto adquirido, como los espárragos y los nísperos. Este libro -profundo e irónico- ayudará a los españoles a conocer a los ingleses y tal vez a los ingleses a conocerse a ellos mismos mirándose en un espejo exótico.

Pompa y circunstancia
Diccionario sentimental de la cultura inglesa
Ignacio Peyró
Fórcola Ediciones
Madrid, 2014

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Botones de muestra (XXVII): Miguel-Ángel Ochoa Brun
En los albores de la corrección política


viernes, 17 de julio de 2015

Verano de bochorno

© Angel M. Sánchez 2005

Verano de bochorno. Y mientras:

1. Mis amigos de la derechona dicen que no hay calentamiento global. O que sí lo hay pero no importa. O que tal vez importe pero es demasiado caro o imposible resolverlo.

2. Mis amigos de la izquierdona dicen que sí hay calentamiento global, pero no proponen nada para mitigarlo. No creen en la energía nuclear como mal menor; tan sólo creen en los patibularios y ruinosos generadores eólicos.

3. Mis amigos ecologistas se encogen de hombros ante los incendios devastadores, casi todos provocados. El único remedio que se les ocurre es dar más dinero a los agentes forestales, al grito de "los incendios de montes se apagan en invierno".

4. Mis amigos de las autoridades competentes siguen sin contestar a preguntas tan sencillas como "¿cuántos de los incendiarios del año pasado siguen todavía en la cárcel?". Es probable que no lo sepan. Pero el público tampoco sabe, ahora que se cumplen los diez años del incendio de Guadalajara que costó once vidas y muchos miles de hectáreas de monte, si alguno de los culpables de imprudencia punible en torno a una barbacoa o desde un despacho fue a la cárcel.

5. Mis amigos más creyentes y obedientes al Papa han acogido con cierto interés su Encíclica Laudato si. Eso ya es algo. Pero nadie ha reparado en que el Pontífice no ha mencionado la posibilidad de cambiar la doctrina de la Encíclica Humanae vitae, que en 1968 prohibió el uso de la píldora anticonceptiva. Y nadie ha apuntado que todas las apasionadas exhortaciones del Papa Francisco para salvar el planeta son inútiles si no se empieza por enmendar la plana a su predecesor Pablo VI.

6. El hombre es el único animal que tropieza dos y aun mil veces en la misma piedra. Tengamos paciencia y acabaremos destruyendo el planeta.

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viernes, 10 de julio de 2015

Botones de muestra XXVII

      Urge a veces recordar el pasado para entender el presente y precaverse del futuro. Valga de botón de muestra esta observación de un prudente historiador, Miguel-Ángel Ochoa Brun, sobre unos prudentes soberanos, Isabel y Fernando:

          "LOS LÍMITES DE LA DEVOCIÓN

     En el reinado de los Católicos, no sólo había límites [se refiere al Tratado de Tordesillas] en los dominios; los hubo también entre los dos campos de la Política y la Religión. Nadie hubo más devoto que los monarcas que merecieron muy justamente el título de Católicos que, concorde con una tradición de los Reinos hispánicos, les otorgó el Papa Alejandro VI y que ostentan hasta hoy los soberanos españoles. Pero esta devoción no implicó nunca sumisión en la política, antes bien convivió con una pugna, ora larvada y latente, ora -más a menudo- patente y actuante, entre la Iglesia y el Estado. «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» es ni más ni menos que un innegable mandato evangélico. De otra manera formulado, se muestra en una carta que parece haber enviado Fernando el Católico a su Virrey en Nápoles: «ellos al Papa y vos a la Capa». [...]. Los Reyes Católicos respetaron devotamente a la Sede Romana, la defendieron frente a sus atacantes, propugnaron su independencia, pero nunca hicieron ante ella renuncia de sus propios derechos, ni por ella se separaron de sus fácticos objetivos".
          (Miguel-Ángel Ochoa Brun, Miscelánea diplomática, pgs. 28-29)

     En su Historia de la Diplomacia Española, que ya ha alcanzado en el volumen décimo el ocaso del siglo XVIII, este brillante diplomático e historiador ofrece multitud de ejemplos de cómo una nación y sus dirigentes y embajadores, por católicos que sean, o, mejor dicho, cuanto más católicos sean, deben velar celosamente por sus fueros. Una de las cosas que a la fuerza hay que evitar es que un dignatario eclesiástico, ni siquiera -y sobre todo- el Soberano Pontífice, pida perdón a nadie por lo que ha hecho una nación como España. Y menos a quien contesta con una hoz y un martillo.

      Por eso confío en que al llegar con su magna obra al siglo XX, el Embajador Ochoa confirme, desmienta o detalle lo ocurrido en la audiencia que Pío XI dio en 1936 al nuevo Embajador de España, el Almirante Marqués de Magaz, cuando este aprovechó un ataque de asma del Santo Padre para decirle lo que pensaba sobre la protección que el Vaticano daba al clero separatista vasco.

      En cambio y como contraste, da gusto leer cómo transcurrieron las dos embajadas que envió en 1401 y en 1403 Enrique III de Castilla a Oriente. Tamerlán, uno de los hombres más feroces de la historia, se comportó caballerosamente con los embajadores Don Payo Gómez de Sotomayor y Don Hernán Sánchez de Palazuelos. Incluso les entregó a dos damas griegas cautivas, señoras de gran belleza que casaron con nobles castellanos y de ellas descienden muchos otros hidalgos españoles hasta nuestros días. Los acompañó de vuelta, tras haber Tamerlán vencido a Bayaceto, un embajador mongol a Enrique III. Lo ocurrido fue que en Europa occidental había empeño en atajar los avances otomanos, y se creía que ello era posible buscando una alianza con Tamerlán, aunque de hecho los dos imperios rivales estaban gobernados por sendos déspotas musulmanes. El caso es que hubo una segunda embajada, esta vez dirigida por Ruy González de Clavijo, que salió del Puerto de Santa María y llegó a Samarkanda en septiembre de 1404, al cabo de año y medio de viaje arriesgado y penoso. El libro escrito por Clavijo es fascinante y lleno de pormenores sobre las costumbres, la fauna y los paisajes de las enormes regiones de Asia que cruzó. Pero lo más curioso es cómo Tamerlán, ya viejo, recibió a los castellanos:

     "Tamerlán les preguntó cortesmente cómo estaba el rey y si era bien sano; escuchó el discurso de los embajadores y luego se volvió a sus cortesanos y les dijo: «Catad aquí estos embajadores que me envía mi hijo el rey de España, que es el mayor rey que hay en los francos, que son en el un cabo de mundo; y son muy gran gente y de verdad; y yo le daré mi bendición a mi hijo el rey». En los días siguientes, los embajadores castellanos participaron de los festejos de la corte y de muchos agasajos en su honor. Tamerlán dispuso que se les otorgase precedencia sobre los embajadores del emperador del Catay, que también allí estaban por entonces."
          (Miguel-Ángel Ochoa Brun, Historia de la Diplomacia Española, volumen I, pgs. 229-245)

      Al leer la solemne bendición que invoca el feroz tirano mongol sobre el Rey de Castilla recordé algo que decía Evelyn Waugh en un artículo sobre la visita de Tito a Inglaterra: puede ser honorable partir el pan con un enemigo en una tregua, pero no es honorable hacerlo con un aliado traidor. Tamerlán no tuvo tiempo de faltar a su bendición, pues murió días después. Puede que la misión diplomática castellana no fuese productiva, pero vive Dios que aburrida no debió de ser.

      Nada de lo que escribe el Embajador Ochoa es aburrido. Precisamente en el tomo donde se refiere la embajada al Asia Central pone el dedo en la llaga de tantos sucesores nuestros al decir:

     "...la relación de Clavijo es también una pieza literaria, obra de quien se revela como un verdadero escritor. Es curioso que, pese a esa su indudable condición, el autor no incurra en uno de los habituales vicios del intelectual -sobre todo del intelectual político- que, llamado a describir hechos o circunstancias memorables de que fue testigo, cae por lo general en la tentación de puntualizar y destacar antes que nada su propia participación y su personal protagonismo [...]. La pedantería inherente al intelectual, su frecuente autoconsideración como centro del mundo o su tendencia a arrimar -reformándolos- los datos empíricos a sus propios prejuicios ideológicos, restan muchas veces valor a sus testimonios. No es este el caso de Clavijo".
          (Ibid 244)

      Tampoco es el caso de Ochoa, QUI SAPIENTIAM AC BONITATEM ELEGANTISSIME IRONIA CELAT.















Historia de la Diplomacia Española, volúmenes I a X
Miguel-Ángel Ochoa Brun
Ministerio de Asuntos Exteriores
Madrid 1990-2012













Miscelánea diplomática
Miguel-Ángel Ochoa Brun
Real Academia de la Historia
Madrid 2012

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Botones de muestra (XXVI): Nicolás Gómez Dávila, José Miguel Serrano Ruiz-Calderón
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Botones de muestra (XXIII): Charles Powell
Botones de muestra (XXII): Calendario Zaragozano
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Botones de muestra (XX): Nicolás Gómez Dávila
Botones de muestra (XIX): El peso de la lengua española en el mundo
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Botones de muestra: Fernando Ortiz

lunes, 6 de julio de 2015

Deliberando groserías

   
"Lunchtime at the grocery", por Albert W. Hampson
© The Saturday Evening Post. Agosto 1940

     Un muchacho portorriqueño se encuentra con otro en Nueva York, acarreando paquetes. «¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Qué es de tu vida?», le pregunta. «Pues ya ves, deliberando groserías». Y no es que el chico perteneciese al consejo de redacción de alguna revista ilustrada y tuviera que debatir qué zafiedades convenía ofrecer al público; el chico lo único que hacía era repartir comestibles de una tienda de ultramarinos. Pero eso en inglés se dice delivering groceries, y la tentación del falso amigo lingüístico fue irresistible a la hora de traducir su honrada tarea.

     La anécdota es conocida y, como todo lo popular, debe de ser apócrifa. Basta, sin embargo, con enchufar la televisión media hora al año —como hacemos nosotros en abnegado sacrificio por nuestros lectores— para oír varios disparates comparables. A veces traducen guiados por falsos amigos y llaman, por ejemplo, hierbas salvajes al benéfico poleo o a la humilde yerbaluisa, como si de feroces plantas carnívoras se tratase (no saben que el adjetivo francés sauvage significa en muchas ocasiones silvestre y no salvaje, como ocurre con el wild inglés). Otras veces usan vocablos que no tienen nada que ver con el original extranjero. Y, por último, ocurre en ocasiones que una palabra no les suena, y la dejan en la lengua original, como observamos hace poco en aquella serie tontiloca llamada «V», donde un bueno le dice a un malo, «eh, tú, Rascal» (rascal es palabra inglesa tan común como lo que designa, pillo o sinvergüenza, pero el supuesto traductor la desconocería cuando la tomó por un nombre propio).

     El cine, aunque con más pretensiones intelectuales, es tan ignaro como la televisión. El feo título de película Mujer entre perro y lobo es burda traducción literal de un bello juego de palabras francés, Femme entre chien et loup, que hacía referencia con ambigüedad deliberada al crepúsculo de la tarde (también en castellano existe el término entrelubricán o lubricán, y con el mismo origen que la expresión francesa, la incierta luz vespertina en que se confunde al lobo con el can, lupus y canis, disfrutando además de una connotación adicional —fonética y acaso etimológica por cruce— que haría el título más taquillero: lo lúbrico). En cuanto al Yo te saludo, María (por Je vous salue, Marie, es decir, Avemaría o Dios te salve, María), sólo la hipocresía podría justificar tamaña torpeza, si lo que se buscaba era no provocar demasiado escándalo.

     Otro fenómeno interesante es el de la ubicuidad, en el mundo de la erudición, de un sabio germano llamado Undsoweiter. Aparece citado como autoridad en libros de cristalografía, teología, sociología y de muchas otras disciplinas. ¿Será un polígrafo desmadrado, un Leibniz redivivo, el único hombre universal del siglo XX? No, pronto descubre uno con pena que etcétera en alemán se dice und so weiter, y que lo ocurrido es que más de un futuro tratadista español, al escribir apuntes en las lejanas aulas germánicas, tomaba el etcétera, broche final de la retahíla de autores, por nombre de un estudioso más, que luego citaría muy ufano. Tres cuartos de lo mismo pasa con Guardasigilli, docto jurista italiano según ciertas fuentes españolas, y según el diccionario el ministro de Justicia (guardián de los Sellos). O con el notable jurisperito alemán Derselbe (el mismo) mencionado en su memoria de cátedra por alguien que llegaría a ser luminaria de la Universidad de Sevilla.

     No se le ocultará al perspicaz lector que cuantas más lenguas sepa uno menos traducciones leerá. En primer lugar porque las necesitará menos, y en segundo porque desconfiará más. Llegados a este punto hemos de confesar que nosotros rara vez las leemos. Y aunque tememos que los que sí las leen no puedan percatarse de los desatinos, agradeceríamos al respetable que nos mandase ejemplos regocijantes (a ser posible con fotocopia de la página y referencia bibliográfica de la obra). Al remitente del gazapo más sabroso le daremos de premio un diploma bilingüe en bable y chino. En serio.

* * *

     No era broma lo del premio, era una firme promesa cuyo cumplimiento me obligó a abusar de la ciencia y la paciencia del Cronista Oficial de Llanes y del Embajador de España en Pequín. Gracias a ambos —don José Ignacio Gracía Noriega y don Mariano Ucelay— pude disponer del diploma bilingüe en bable y en chino, y entregar a don Valentín García Yebra el Premio Ojo Avizor (Güeyu espabilau en bable) «por su atención vigilante a las traducciones espurias y en general por su meritorio despioje del idioma» («meritoriu escarpir de la fala»).

     Mereció accésit don Juan Domínguez Hocking, que el 16 de octubre de 1985 me escribía:

     «Hace poco se estrenó en Madrid una película que en versión original se titulaba Dressed to kill. Ni cortos ni perezosos lo tradujeron por Vestida para matar, ignorando que se trataba de un juego de palabras, pues Dressed to kill significa ir vestido con mucha elegancia».

(Este artículo se publicó en el ABC del 12 de Octubre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).

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viernes, 19 de junio de 2015

Los falsos amigos

Torre de Babel, Libro de Horas de Bedford (circa 1420)
British Library / Wikimedia Commons

Cuando un restorán traduce, como es frecuente, la tarta de la casa palabra por palabra y al pie de la letra al inglés quizá aumenta la clientela, porque está ofreciendo en la carta, por un módico precio, la furcia de la casa (the tart of the house). Pero acabará teniendo problemas y reclamaciones, como siempre que se acude a lo que los lingüistas llaman falsos amigos. Ya en alguna ocasión hemos advertido de este riesgo a nuestros discretos lectores, mas a la vista del abyecto nivel de las traducciones de hoy quizá convenga insistir en este asunto. Cuando se ve por doquier el compass inglés (brújula) traducido por compás, notorious (escandaloso) por notorio o sensible (sensato) por sensible, algo huele a podrido en la República de las Letras, y es de temer que pronto nos traducirán el burro italiano (mantequilla) por un fino asno.

Es probable que el origen de estos dislates sea que el español medio de hoy está convencido de que posee el don de lenguas. Además los pocos que se saben monóglotas se avergüenzan de confesarlo, se sienten inseguros. No siempre fue así; el padre de un eminente políglota de hoy solía comentar —acaso harto del guirigay a su alrededor— que el saber idiomas extranjeros estaba muy bien para los criados de hoteles. El primero que se creyó que la glosolalia era un don común fue Unamuno. Tradujo las famosas palabras últimas de Hamlet, «the rest is silence» («el resto es silencio»), por «el descanso es silencio», con gran regocijo de Madariaga, el único escritor español de veras trilingüe (aunque de él dijera Ortega que era tonto en varios idiomas, pero eso es otra historia y por lo demás injusta).

El caso es que la gente de antes daba por supuesto lo que el sentido común sigue mostrándonos: tenemos una lengua propia y existen otras que nos son ajenas y que por eso mismo llamamos extranjeras o extrañas. Lenguas difíciles de aprender y de rango diverso, como señalaba Damasio de Frías, un vallisoletano del siglo xvi  que las dividía en lenguas peregrinas (francés, italiano y alemán) y lenguas bárbaras (todas las demás, salvo las clásicas y bíblicas).

Hoy no. Hoy cualquiera —y más si es formador de opinión, o sea, periodista o político— se cree un cosmopolita nato. Hace poco, cierto diario, en un arranque de internacionalismo mezclado con igualitarismo cristianodemócrata, se lamentaba de que el protocolo español siguiese prescribiendo el frac, aseguraba que dicha prenda estaba abandonada en todo el mundo salvo en Alemania (lo cual es falso como puede verse en cualquier periódico ilustrado), y apoyaba su clamor democrático en el hecho de que hasta en «Buckingham Palace el único requisito en la etiqueta es la white tie (la pajarita blanca)» (Ya, 4 de agosto de 1985). Claro, como que frac en inglés se dice white tie. En tiempos pasados y más modestos el periodista hubiera mirado un diccionario. Ahora no. Cree tener ciencia infusa.

Tal presunción empuja a los más exquisitos resbalones lingüísticos, deleite de cuantos han visto la piel de plátano (por cierto que les filles se promenaient à l’ombre des platanes = las hijas paseaban al hombre del plátano es clásico muy afamado, imputable a determinado opositor a diplomático), y no es de extrañar, pues, que uno de los terrenos más resbaladizos sea este de los falsos amigos. Por ejemplo, es casi imposible entender la radio si no sabe uno al menos inglés y francés para imaginar lo que quieren decir con sus cómicas versiones de los despachos de agencias extranjeras. Antena 3 hablaba el 17 de agosto pasado del gran largo, y no se refería a jugador alguno de baloncesto sino a la alta mar (le grand large en francés). Radio Nacional de España mencionaba el 24 de agosto un sitio reforzado (por site, que quiere decir emplazamiento), base de lanzamiento de cohetes. Y cierta revista con estampas, de esas para analfabetos de todas las clases sociales, ensalzaba un programa satírico de la televisión inglesa llamado Spitting image, que traducía por Escupiendo imagen (si hubieran consultado el diccionario habrían escrito Retrato clavado, conservando el doble sentido irónico del original).

Y no se crea que los falsos amigos sólo engañan a los semialfabetizados. Un jurista de fuste divulgó en España el principio del Derecho Administrativo francés point d’intérêt, point d’action (sin interés no hay acción legal) con la fórmula castellana de punto de interés, punto de acción, y se quedó tan fresco. Otro sedicente perito en lenguas tradujo La Morsa (la prensa o el cepo en italiano), de Pirandello, por La Morsa, y para que no cupiesen dudas pintaron al susodicho animal (al primo de la foca, no al traductor) en la portada.

En fin, Dios es irónico y ha agravado el castigo de Babel añadiendo a la confusión de lenguas el espejismo de los falsos amigos, para humillación de presuntuosos y cautela de prudentes.

 * * *
  
Con una rapidez vertiginosa (al día siguiente, 22 de septiembre de 1985, en el ABC) y muy de agradecer, don Lorenzo López Sancho completó así mi anterior florilegio de insensateces:

Tamarón, que no sé quien es, pero que es muy agudo, recuerda a aquel opositor que traducía á l’ombre des platanes por «el hombre del plátano». En mis tiempos, que me imagino poco lejanos a los suyos, traducíamos pas encore como «pasa un cura», pero era en cachondeo. Hace no mucho descubrí en la banda sonora del filme Gritos y susurros que un traductor profesional traducía «Twelfth night», como «duodécima noche» sin sospechar siquiera que Shakespeare titulaba así, Noche de reyes, «or what you will», una de sus obras más bellas.
El insomnio hace dar vueltas y vueltas en el «torrado» a estas pequeñeces. Después de todo, admirado Tamarón, piensa uno, equivocar traducciones puede constituir todo un juego poético. L’enfant est perdu, traducido por un compañero mío de bachillerato como «el elefante y la perdiz», ganaba peso y vuelo. No recuerdo ahora cuál de los románticos franceses ¿Mallarmé quizá?, gustaba de mirar en el diccionario palabras nuevas, tapando las definiciones e inventar otras.
Hace unas semanas hablaba yo aquí del gusto francés por las «contrepèteries»: No es lo mismo, decía Rabelais, «femme folle á la messe» que «femme molle à la fesse». ¿Cómo se dirá en español «contrepèterie»?

A propósito de contrepèterie (literalmente contrapedorreta, literariamente «lapsus burlesco de contraposición de letras») le contesté:

«No quiero saber cómo traducirá el diccionario “contrepèterie”, prefiero pensar en “retruécano” (no es lo mismo ni mucho menos, pero conserva “el ruido y la furia”, ya que de música no se debe hablar).»



(Este artículo se publicó en el ABC del 21 de Septiembre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).


Enlaces relacionados:
Tontos en varios idiomas
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
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lunes, 25 de mayo de 2015

Ópera y drama de Wagner


     Coincidiendo con el 202 aniversario del nacimiento de Ricardo Wagner, mi amigo Joaquín Torrente García de la Mata, jurista y tan aficionado a la ópera como a la literatura, ha escrito este ensayo sobre el gran músico alemán y su libro Ópera y drama, de 1851, traducido por el musicólogo Ángel Fernando Mayo Antoñanzas. Lo publicamos con agradecimiento.

Ópera y drama

Por Joaquín Torrente García de la Mata

     “El error en el género artístico de la ópera consistió en que un medio de la expresión –la música- se convirtió en el fin y que el fin de la expresión –el drama- se ha convertido en el medio”. Con estas tres líneas sentenciaba Richard Wagner la decadencia del drama musical en el siglo XIX, que convirtió el libreto en simple pretexto para la composición y subordinó el argumento dramático al lucimiento de artistas y cantantes, al divismo en su más banal manifestación. La melodía irrelevante, la música independizada del argumento y sin conexión con el texto, el canto vacío de significado eran signos visibles de la profanación de una forma artística –el drama musical- que para Wagner estaba llamado a tener una dignidad pareja a la de la tragedia griega, el teatro español del Siglo de Oro o el de la Inglaterra de la primera reina Isabel.

     Richard Wagner escribe Ópera y Drama –de cuya introducción procede la cita- en 1851 cuando vive su exilio zuriqués, tras su participación en la revuelta revolucionaria de Bakunin en Dresde. Y lo hace –nos cuenta el traductor de la obra- a borbotones, como respuesta a un artículo ocasional, sin un esquema cerrado, lejos de su biblioteca que ha quedado en la Corte de Sajonia donde desempeñaba el cargo de Kapellmeister, sin acopio de fichas y de notas, con conocimientos no musicológicos sobre los orígenes del género, utilizando una terminología difícil y desarrollando personalísimas teorías lingüísticas, elaborando en suma, con poderoso ingenio y una pasión superior a su capacidad de síntesis, una interpretación original y rica del mito y de la tragedia griegos.

     Wagner divide su obra en tres partes. La primera tiene como argumento la ópera propiamente dicha y su evolución histórica hasta los días en que escribe su manifiesto. La segunda está dedicada al Drama y, más particularmente, al drama poético. Y en la tercera habla del drama del futuro y del modo en que concibe la obra de arte total. No es Ópera y Drama una obra sencilla ni pacífica; como escribió Nietzsche y nos recuerda Miguel Ángel González Barrio, prologuista de esta edición, “los escritos en prosa de Wagner son difíciles de comprender porque él no quiere poner el énfasis y en los períodos más amplios de frase no hace distingos entre el tono mayor y el tono menor; todo le resulta importante, como si tuviera que quedar subrayado”.

     Las afirmaciones de Wagner cuando traza la historia del drama musical son audaces y polémicas; revisa las aportaciones al género de Gluck, Mozart y sus propios contemporáneos Meyerbeer y Rossini y no tiene reparo en presentarse como el único compositor capaz de llevar a cabo la reforma radical del género. No sería difícil encontrar imprecisiones y arbitrariedades en el texto literario del compositor –como también infidelidades de Wagner compositor a sus propios postulados-, pero como ya señalara años atrás un traductor francés de esta obra, con Ópera y Drama sucede como con el prefacio de Cromwell de Victor Hugo. Lo importante no es saber si lo que dice Victor Hugo es verdad, sino saber qué es lo que dice Victor Hugo. El interés de Ópera y Drama no es tanto si los anatemas que lanza Wagner están justificados, o si sus opiniones sobre el drama y su historia son científicas. La preocupación por la verdad histórica no es primordial, ya que Wagner escribe siempre con una finalidad. Y su objetivo es la obra de arte total –la Gesamtkunstwerk-, concepto actualísimo que conjuga el texto, el gesto, la música, la escenografía y lo que hoy llamamos dirección artística; en definitiva lo que él denomina la obra de arte del futuro.

     Ángel-Fernando Mayo, autor de esta traducción, de cuyo prematuro fallecimiento se cumplirá dentro de escasos días una docena de años, fue sin duda el más completo especialista wagneriano contemporáneo en lengua española. Unía a su dominio de la lengua, la cultura, la literatura, la filosofía y la historia alemana una genuina y contagiosa pasión por la música. Sus libros, sus escritos diversos que incluyen crónicas, notas para programas de mano, críticas, comentarios o recensiones y, muy especialmente, sus rigurosas y cuidadas traducciones, siguen siendo indispensables para el que quiera acercarse a la obra literaria y musical de Richard Wagner. Asiduo visitante de Bayreuth desde los años sesenta, conoció los años de gloria vocal, orquestal y escénica del Festival. Desde las páginas de las revistas musicales españolas Mayo creó escuela, fomentó afición, formó el gusto de una generación de wagnerianos y supo despertar el interés por las grabaciones históricas, los registros en vivo, los cantantes del pasado y los directores de orquesta herederos de la gran tradición.

     Ángel Mayo había traducido y anotado ya para Alianza Editorial en 1983 la fundamental biografía de Wagner escrita por Martin Gregor-Dellin; y años más tarde abordó con respeto y reverencia la versión española de Ópera y Drama, “la obra más inteligente de toda la ensayística musical”, en palabras de Richard Strauss. Advertía Gregor-Dellin que de todos los ensayos de Wagner éste era el más peligroso, porque en él la visión del porvenir alcanza hasta la técnica artística, y constituye un programa ideológico completo con disgresiones sobre historia de la música, lingüística y filosofía.

     Dice con razón Ángel Mayo que mientras ya nadie discute el Wagner músico, no sucede lo mismo con el hombre y el pensador. Y es verdad que en cuanto al filósofo o ideólogo del drama musical contemporáneo apenas es posible encontrar a nadie que lo defienda o haga propósito de comprenderlo. De ahí el empeño de Mayo en dar a conocer esta obra y posibilitar su acceso al lector español. Le obsesionaba el hecho de que no existiera un texto digno en nuestra lengua desde que Editorial Austral publicara en 1952 una traducción de la tercera parte que presenta serios problemas de inteligibilidad, ya que, como escribía entonces, el lenguaje de Wagner puede resultar en sí difícil, denso, farragoso incluso ya que no era un filólogo ni un musicólogo y su expresión se corresponde con las intuiciones del artista, con largos períodos y párrafos complejos con una estructura interna musical y transicional que requiere cierta familiaridad. Y sin leer y estudiar Ópera y Drama resulta imposible la correcta comprensión de las causas, los propósitos y el contenido de la magna obra wagneriana, ni puede llegar a percibirse su falseamiento en las actuales producciones escénicas.

     La primera traducción integral de Ópera y Drama fue publicada en 1997 por la Asociación Sevillana de Amigos de la Ópera en colaboración con la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Ahora Editorial Akal ha querido presentar otra vez este texto en una esmerada edición de su colección AKAL MUSICA. La obra viene precedida de una introducción de Miguel Ángel González Barrio, fervoroso wagneriano, y sucesor de Mayo en el difícil y noble arte de la crítica musical. Y también incluye el Epílogo que escribiera Mayo para la primera edición de su traducción y su hermosísimo ensayo “La obra de una vida”, sobre el Anillo del Nibelungo, que revisó pocos días antes de su muerte. Ensayo que aúna la pasión, la precisión, el rigor histórico y musicológico, la visión completa del drama musical por antonomasia, y que nos proporciona, en definitiva, las claves para la comprensión de una de las obras cumbres de nuestra civilización.

     En las notas al programa de mano del Tristán e Isolda que presentó el Teatro Real en la temporada 1999-2000 decía Ángel Mayo que “Richard Wagner, quien tantas cosas nos ha dicho en sus obras dramáticas y tanto escribió sobre sí mismo o de él mismo para el mundo, todavía está hoy muy lejos de ser comprendido por los más, cuando al contrario –como bien sabe el lector- suele ser despachado con perversos, por estúpidos, tópicos frutos de la más crasa ignorancia o del sectarismo, que viene a ser lo mismo”. Bienvenida sea la publicación de esta traducción, cuidadosamente anotada, del gran manifiesto wagneriano por el arte, la belleza y la verdad dramática.

Ópera y Drama
Richard Wagner
Prólogo de Miguel Ángel González Barrio
Traducción de Ángel-Fernando Mayo Antoñanzas
Ediciones Akal SA, Madrid
2013

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jueves, 7 de mayo de 2015

Adiós a las fresnedas


Fraxinus Angustifolia © Wikimedia Commons

La mayor amenaza contra el paisaje boscoso de Europa –desde la grafiosis que acabó con el olmo– es la que ahora está devastando buena parte de Europa Central y Occidental al matar los fresnos. La inquietud es muy grande en toda Europa pero también se toman medidas más o menos eficaces y se dan avisos y consejos para evitar este desastre ecológico. Ello es fácilmente comprobable tecleando en Google Chalarose du frêne en francés o Ash dieback en inglés, o Chalara fraxinea o Hymenoscyphus pseudoalbidus en latín. Aparecerán detalladas informaciones en varias lenguas (pero no en español) sobre esta plaga de hongos que empezó en Polonia en 1992. Ya se ha extendido hacia el Sur incluyendo Francia y el Norte de Italia, así como Rumanía al Este. Al Oeste ya casi ha acabado con el fresno en las Islas Británicas. Allí, aunque tarde, al menos han prohibido la importación de plantas de los viveros polacos. En España ni eso. O será que no ha trascendido.

Sorprende, pues, la absoluta falta de interés en nuestro país por ese problema que tarde o temprano nos afectará en España, si no ha llegado ya. No he encontrado ninguna mención de esta plaga en las páginas del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medioambiente, ni en ninguna de las Consejerías del mismo ramo en nuestras 17 autonomías ni en ninguna de las grandes asociaciones ecologistas, por más que he buscado en Google. Ni siquiera aparece mencionada en la Wikipedia en español, salvo que aparezca con otro nombre distinto de los nombres científicos en latín antes citados.

Los druidas celtas pensaban que el fresno nunca era herido por el rayo. Pero, claro está, nunca previeron que el rayo de la estupidez humana fulminase ese hermoso árbol, tan sagrado como útil para hacer desde el mango del contundente martillo hasta delicados muebles. Todo eso se perderá pronto salvo que Odín, su divino patrono, proteja a nuestros fresnos. O que se ocupe San Blas, cuyas varas y cayados no siempre son de avellano sino a veces de fresno.

Lo que no cabe esperar es que las administraciones públicas o los oenegeros hagan algo.


Fresno enfermo © Wikimedia Commons