Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: Pólvora con aguardiente. Primer cuento.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Pólvora con aguardiente. Primer cuento.


     El lugar donde más llueve de España está en el corazón de la Andalucía árida y es un pueblo que se llama Aznalmara de los Membrillos. Está en medio de una de las sierras que componen la Serranía de Ronda, colocado en una ladera taumatúrgica que ordeña cuantas nubes le llegan del lejano mar. Como el paisaje es pedregoso y el paisanaje también, no se nota mucho que allí caen más de dos toneladas de agua por metro cuadrado al año, tres o cuatro veces lo que llueve en las comarcas circundantes. Sólo aflora algún verde entre las rocas del monte que domina el pueblo con sus dos mil metros grisáceos y tristones. Se llama la Peña Ciscada -por los abundantes excrementos de los buitres leonados que anidan en el farallón- pero en los mapas reza “Peña de Amargacena” desde que el equipo de cartógrafos que llegó allí a finales del siglo XIX para levantar los planos del Instituto Geográfico y Catastral fue embaucado por el notario del pueblo. Éste, estudioso con fina alma de poeta, comprendió la grosería del topónimo local y, recordando haber leído algo sobre un castillo de la región llamado Amargacena, convenció a los científicos madrileños de que ese era “el nombre culto y por ende primigenio de la noble mole rocosa”, como decía en su Informe Razonado. Pero los aznalmareños siguen llamando al monte la Peña Ciscada.

     Los aznalmareños son gente recalcitrante en todo lo demás. El único que no lo fue, Saturnino Acedo Pardal, estuvo a punto de ser un desdichado toda su vida, tan hoscos se mostraron con él sus paisanos. Nació hacia 1910 en una familia de pequeños propietarios agrícolas, fruto único del primer matrimonio de su padre. Creció -poco- rodeado de sus fornidos primos y medio hermano, pero sin compartir sus juegos infantiles. No disfrutaba haciendo fumar a un murciélago crucificado en una puerta o quemando vivo a un gato. Sus compañeros y parientes lo tenían por un poco marica, y él, sintiéndose diferente, envidiaba la viril rudeza de los otros. Era enclenque y se fue haciendo retraído. Para colmo, era el primero de la clase y cayó en gracia a la maestra. Al desprecio de los niños del pueblo se añadió una cierta ojeriza. Doña Araceli, la maestra, era partidaria de instruir deleitando y le prestó la “Vida de las abejas” de Maeterlinck. Saturnino la leyó de un tirón y ella le dejó luego otros libros. Por fin un día le dio “El Origen de las Especies” de Darwin. Quedó deslumbrado. Como en su descubrió allí el párroco. Éste quedó indignado por las lecturas del zagal. No es que supiese quién era Darwin, pero comprendía que era un autor científico, y que ello dificultaba sus proyectos de encaminar el niño hacia el seminario, la salida natural para una criatura tan esmirriada. El cura habló con el alcalde, el cual como era licenciado en Derecho y tenía un tío canónigo pudo informarse de que aquel libro contenía doctrinas perniciosas. Hizo las gestiones oportunas hasta que Doña Araceli fue trasladada a otra escuela.

     Saturnino fue a despedirla cuando la maestra cogió el coche de línea al amanecer de un día de primavera. Ella se iba contenta en el fondo, porque había conseguido ser mártir y además se marchaba a una capital de provincias. Él estaba anonadado, como cuando de muy niño le apagaban la luz en el dormitorio, señal del comienzo de los terrores nocturnos, de la soledad y de algún golpe de su medio hermano. Cuando el ómnibus empezaba a llenarse de pasajeros, Doña Araceli se percató de que Saturnino estaba tragándose las lágrimas. En parte por compasión y en parte porque al ver de reojo que la hermana del alcalde estaba mirándola desde el coche quiso darle una lección de longanimidad, sacó de un bolso de viaje tres gruesos cuadernos de lupas de hule y se los entregó al chico con gesto solemne:

     –Aquí tienes el producto decantado de muchas horas de afanes y desvelos científicos: mi herbario.
     Eres y serás siempre mi discípulo dilecto, aunque quedemos separados por espíritus vulgares.

     Y en diciendo eso se estiró hacia abajo un poco la faja, levantó la barbilla en dirección de la hermana del alcalde y subió al coche.

     Saturnino echó a andar hacia su casa, muy despacio. Iba convencido de que pronto se moriría de pena. Al pasar cerca de la iglesia vio las rocas donde solía leer y decidió refugiarse allí un rato para acunar su aflicción a solas. Se acurrucó contra una laja al sol y después de quedarse un rato con los ojos cerrados recordando la escena de la despedida abrió uno de los cuadernos. Las hojas y yerbas secas estaban primorosamente pegadas en las páginas, rodeadas de anotaciones -nombre vulgar, nombre latino, fechas- escritas con tinta violácea. Observaba con cierta extrañeza que lo que él siempre había conocido por su nombre popular de Leche de la Mala Mujer sólo ostentaba allí el científico de Euphorbia amigdaloides, cuando una pedrada le arrancó el cuaderno de las manos. Oyó risas en el cielo, miró hacia arriba y vio un circo infernal de bocas melladas, guiños y muecas asomándose al borde de la roca que lo dominaba. Un niño gritó “Araceli, ya se fue la Araceli”, y los demás cantaron:

Chiquillo, no me la mientes
Mira que voy a tomar
Pólvora con aguardiente

     Pudo momentáneamente más la cólera que el miedo en Saturnino al distinguir el hocico odioso de su hermanastro en el coro diabólico. Agarró un canto y lo arrojó al demonio principal. Le dio en plena frente, pero como era débil y tiraba hacia arriba sólo le hizo una brecha. Lo suficiente como para que sangrase en abundancia y aullase mientras los demás -bastante contentos de tener un casus belli a costa de un compañero temido y en contra de otro detestado- se descolgaban por las peñas llamando Caín a Saturnino. Cayeron sobre él y le arrancaron el herbario pese a sus puntapiés y mordiscos. Hubieran terminado hiriéndolo de consideración de no ser por la llegada del cura, que repartió capones con imparcialidad. Pero ya los cuadernos habían ido a parar al arroyo del Porcal.

     El lance amargó definitivamente a Saturnino pero le reportó una ventaja apreciable, el respeto hosco de sus paisanos. Éstos comprendieron que un alfeñique capaz de descalabrar a un hermano tan recio no era un cualquiera. Hasta su padre se quedó perplejo, lo que aprovechó el niño para obtener de él permiso y dinero para continuar sus estudios, llegado el momento, en Sevilla. Cuando volvía al pueblo de vacaciones hablaba poco y paseaba mucho por la sierra. Solía regresar de las caminatas con el zurrón lleno de hojas y yerbas, que clasificaba y guardaba de noche en gruesos tomos. La custodia del herbario -y otros problemas más- quedó resuelta al resultar evidente que la madrastra sentía una creciente simpatía por el muchacho. En todo caso más de la que tenía por él su padre, o la que ella mostraba a su propio hijo. Pensaba ella que en aquel pueblo de matones alternativamente taciturnos y truculentos Saturnino era tan distinto y admirable como aquel capuchino inolvidable que predicó la novena de la Virgen de las Nieves diez años atrás.

     Su intervención fue decisiva para convencer al viejo de que Saturnino podía y debía estudiar para boticario. Don Jesús el farmacéutico no iba a vivir siempre, y algún día Saturnino podría sucederlo en el pingüe monopolio de Aznalmara. En cuanto a Saturnino, lo único que sabía con certeza es que por nada del mundo quería pasarse la vida en su patria chica, y ni siquiera en su patria grande.

     Tampoco sentía especial ahínco por ser farmacéutico, pero pensaba que así podría indirectamente satisfacer su gran afición por la botánica. Al poco de iniciar los estudios universitarios comprendió que nadie en la Facultad entendía de plantas medicinales, pero fue alumno aplicado y cumplidor de los programas oficiales, continuando por su cuenta las investigaciones herborísticas. Descubrió que los científicos no sabían de hierbas y los curanderos y herbolarios no sabían ciencias naturales. Si alguien reuniese ambos saberes -pensaba- podría hacer grandes cosas. Le parecía normal que sus compañeros sólo aspirasen a casarse con la hija de un dueño de farmacia o medrar modestamente por otros medios mercenarios. Él, Saturnino Acedo Pardal, tenía otras miras. Desgraciadamente habría de pasar por el trámite de ejercer el oficio obscuramente en un pueblo, vendiendo linimento del tío del bigote y aspirina ad panem lucrandum. Ya que no tenía posibles para ampliar estudios en Alemania -aparte de que se le antojaba más prometedor el campo andaluz, donde todo pincha, o es veneno, o ambas cosas, que los mansos verdores germánicos- buscaría un buen pasar en Aznalmara, escudriñaría a solas los libros y la Naturaleza, y en cuanto ahorrase algo expendiendo bicarbonato abordaría más altas empresas científicas en tierras menos hurañas.

     Sus proyectos fueron madurando bien. A don Jesús el boticario se lo llevó la gripe cuando Saturnino terminaba la Licenciatura. Su madrastra al punto empezó el trato para obtener el traspaso del establecimiento. Al principio el asunto tomó mal cariz porque los herederos de don Jesús exigían un potosí, pero inesperadamente mejoró, al morir el padre de Saturnino víctima de la misma epidemia providencial. Con su parte de la herencia paterna y la ayuda del usufructo de su madrastra -que ésta le brindó- el Licenciado en Farmacia podía aspirar a ser farmacéutico. Desgraciadamente la plaga acabó también con su protectora, y como Ángel, su medio hermano, era el mejorado en el testamento del viejo, accedió al pleno disfrute de lo que por breve tiempo usufructuara su madre con intenciones de mecenazgo.

     El pleno disfrute consistió para Ángel en beber dos botellas de cazalla al día en lugar de una. Como tenía mal vino terminó tomándoselas solo en su casa, desterrado de las tabernas, convencido de que era un perseguido y de que en parte la culpa era de él mismo por no haber sabido imponerse en el pueblo con suficiente energía. Cada vez que llegaba a esa conclusión llamaba a voces a Nieves –una vieja coja, medio pariente pobre de su madre, medio ama, que seguía allí porque no tenía adonde ir y la apartaba de nuevo a empellones mandándole traer deprisa más aguardiente:

     ¡Venga, so bruja, que pareces tonta y eres una suave! Si es que soy demasiado bueno... Lo que yo tendría que hacer es mandarte al asilo, y cobrarme antes de tanto como has chupado quitándote las peluconas esas que llevas escondidas. –Sabía que toda su fortuna, que llevaba cosida al zagalejo, era un par de duros de Sevilla, y que su mayor terror era terminar en el asilo, así es que aprovechaba a menudo tan excelente ocasión de distraerse de su melancolía espantando a la vieja.

     Cuando aquella diversión empezaba a hacérsele fastidiosa por limitada y monótona, Ángel descubrió con gozo las intenciones de su hermano. Una mañana en que estaba sobrio porque las palpitaciones y arcadas lo tenían decidido a pasar unas horas sin beber, cayó en la cuenta de que podría entretenerse mortificando a Saturnino durante meses con el señuelo de prestarle algún día la ayuda necesaria para hacerse con la botica. Comenzó por decirle que estaba dispuesto a hipotecar su finquita y prestarle el dinero si Saturnino le garantizaba dos puntos más de rédito anual. Cuando Saturnino aceptó encantado la oferta, el borracho paró en días sucesivos con risotadas y regüeldos cualquier intento de concretarla. Al mismo tiempo iba subiendo en violencia y grosería el tono de sus bromas.

     –Si el cura pide la dispensa a Roma te podrías casar con la Nieves y sacarle las perras para tu botica. Claro que tendrías que estrenarte fabricando un remedio para tu mariconería y otro para componerle el virgo...

     Saturnino tragó saliva. Echó una mirada a la botella, pensando rompérsela en la cabeza al borracho. Pero vio cómo éste, congestionado y estallándole el torso en la chaqueta de pana, se quitaba delicadamente del ojo izquierdo una lágrima de risa con una manaza peluda. “Nunca le podría a las bravas”, pensó.

     –No mires la botella como un hipocritón, Nino. Bebe como un hombre.
     –No bebo aguardiente.
     –¿Que no bebes aguardiente? Vas a beberlo ahora mismo, y si hace falta con pólvora. ¡Ja, ja! ¡Con pólvora!

     Saturnino bebió. Tres vasos. Cuando pudo escaparse de la cueva maloliente de su hermano, buscó con paso incierto la salida del pueblo hacia el monte. No se dejó entretener por el médico, que se tropezó con él y empezó a advertirle que tenía que convencer a Ángel para que dejara la cazalla porque estaba delicado del corazón. Saturnino lo cortó.

     –¡Así es que mi hermano tiene un corazón delicado! -y se echó a reír. El médico observó las lágrimas que le rodaban por las mejillas y la risa entrecortada por el hipo, se encogió de hombros y lo dejó seguir su camino.

     Saturnino siguió la vereda que serpenteaba la falda de la Peña Ciscada. Por fin pasó a la ladera poniente del monte, desde donde no veía los tejados de Aznalmara. Algo sosegado, se tumbó junto a una piedra y se quedó dormido. Se despertó tiritando, y en seguida pensó que si había cogido la gripe no podía morirse sin antes vengarse. Como nunca se había emborrachado antes, atribuyó al morbo el dolor de cabeza de la resaca. Urgía detener el mal, aunque fuese provisionalmente, para tener tiempo de ajustar las cuentas a Ángel. Se le ocurrió que allí mismo en el monte encontraría algún remedio más eficaz que los fármacos sintéticos. Empezaba a buscarlo cuando le llamó la atención junto a una torrentera un arbusto que veía por primera vez fuera de los libros. Recordó haber leído que algunos niños catalanes, los que no están destinados a volverse avispados comerciantes, confunden a veces el fruto de la Coriaria myrtifolia con la zarzamora y mueren “después de minutos de horribles convulsiones”. Iba a continuar su búsqueda cuando le vino a la mente el nombre vulgar de la planta, emborrachacabras. Emborrachacabras… Saturnino se sentó en la yerba mojada, tiritando más aún, cubriéndose la cara con las manos. Al cabo de un rato se levantó y con movimientos rápidos y decididos vació la petaca de picadura de tabaco y fue llenándola con las bayas violáceas, casi negras, que iba cogiendo del matorral. Atardecía en el monte y casi era noche cerrada en el pueblo cuando volvió a Aznalmara.

     En otra tarde parecida, cuarenta años después, don Saturnino Acedo Pardal recordó con gravedad no exenta de ternura aquella encrucijada de su vida. El recuerdo le vino al comprobar que por fin había arraigado con vigor y salud la Coriaria myrtifolia en aquellos modestos contrafuertes de los Andes.

     La Coriaria japónica y la Coriaria ruscifolia, que también contienen coriamirtima, se habían aclimatado con facilidad. Pero no así el emborrachacabras, pese al empeño del sabio y a la variedad de suelo y microclimas que abarcaba el millón de aranzadas -él seguía pensando en aranzadas- de su finca. Los considerables medios científicos y económicos del Grupo de Empresas SATAPAR y de la Fundación de las Nieves habían sido empleados a fondo para hacer de la Hacienda Amargacena un inmenso jardín botánico, repleto de plantas procedentes de todo el mundo. La más difícil de aclimatar había sido el emborrachacabras, pero por fin media docena de hermosos plantones prendió, y ya alcanzaban las matas un metro y empezaban a formar espesura. Primero había mandado traer unos esquejes de Ibiza, que se perdieron, luego otros del Pirineo Catalán, hasta que prosperaron unos importados del Atlas. Menos mal que ahora no le faltaban recursos. Pensó en lo áspero de sus comienzos en América: un pobre emigrante desembarcado con el título de Licenciado en Farmacia por todo capital -bueno, y los dos duros de plata que le dio la Nieves- y con el temor a que cruzasen el Atlántico las sospechas que habían levantado en Aznalmara la muerte repentina de su hermanastro y su salida del pueblo.

     Afortunadamente al poco de irse él de España estalló la Guerra Civil, lo que le permitió en ultramar hacerse pasar por perseguido político, es decir alguien con buenas razones para ser discreto sobre su pasado. Como era un hombre recto y además moderado, empleó esa coartada lo menos posible y nunca agriamente. Al principio tuvo que alegar su condición de refugiado en busca de trabajo. A veces ni siquiera aclaraba de qué bando era, otras insinuaba levemente que se había ido por ser un poco masón, y en una ocasión que le habían hecho la vida difícil porque su abuelo había sido partidario de don Amadeo de Saboya. Pero cuando hubo encontrado un puesto fijo en unos laboratorios empezó a evitar toda alusión política que no fuese incitaciones a la reconciliación nacional:

     –Ya está bien de que en España se represente la tragedia de Caín y Abel cada pocos años.

     El dueño de los laboratorios apreciaba a aquel muchacho tan metódico y trabajador y terminó haciéndolo socio suyo. Saturnino Acedo alcanzó una posición desahogada, pero sus ratos libres los seguía consagrando al estudio y sus ahorros a las buenas obras. Fundó un Capítulo de Ultramar de la Asociación Española de Palabra Culta y Buenas Costumbres. La colonia española, tan dada a las discordias, era unánime en el respeto y afecto por aquel andaluz sencillo y bondadoso aunque poco comunicativo.

     –Claro, es que es un sabio; no va a pasarse las noches comiendo lacón con grelos en los centros gallegos y paella en los valencianos -decía la gente razonable. Los demás le atribuían un estómago tan delicado como el corazón.

     El sabio se hizo además millonario, pero sus compatriotas -y hasta los argentinos, e incluso Perón- se lo perdonaban porque en Buenos Aires siguió viviendo modestamente, y su enorme finca estaba tan a trasmano que únicamente era conocida de referencias. Además se decía que era tan sólo un centro científico. Era eso y mucho más: Shangri La, Arnheim y hasta un poco el Edén, pero visto por el Rousseau aduanero y no por el Rousseau lacayo.

     –El sueño de un boticario -murmuró mirando desde la altura el valle a sus pies. Presentaba el aspecto irreal de un chal de cachemira: manchones de colores desaforados ahora que diversas plantas estaban en flor en la llanura, líneas serpenteantes de distinto grosor según la clase de árboles, lunares negros donde varias especies de coníferas se agrupaban. Era lo más distinto de la Naturaleza que existía entre Manhattan y el Polo Sur. Don Saturnino Acedo Pardal contempló su obra y la halló buena. Sonreía con dulzura cuando oyó una voz a su vera. Había olvidado a su criado indio, que lo seguía a pie llevándole la mula de la brida.

     – ¿Qué?
      – Que si mandaba algo el Licenciado.
     – No. Preguntaba si se ven muchas serpientes por aquí.
     – Casi nunca, Licenciado. Casi nunca. Dicen que tanta yerba sabia las ahuyenta.

2 comentarios:

  1. Impresionante medio de leer libros digitales. Con un iTouch, es el libro digital perfecto.

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  2. Excelente idea "picarnos" a los lectores con un primer capítulo de los libros del Marqués de Tamarón. La aplaudo.

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