Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

viernes, 24 de octubre de 2014

El carlitos

Alicia vista por Arthur Rackham

A los mayores no les gustaban ni un pelo aquellos compañeros nuestros de juegos, forasteros de cuna desconocida, reciente arraigo en Andalucía y nombre impronunciable, cubiertos a menudo de jirones. Pero nosotros, indiferentes al esnobismo familiar, nos escapábamos de la casa a la hora de la siesta para reunirnos con los intrusos indeseables que, melena al viento y sin miedo a la canícula, se erguían en el jardín. Eran dos hermosos eucaliptos. Fáciles de trepar —cosa rara en ellos, salvo cuando han sido ramoneados de jóvenes— y de piel sedosa bajo los andrajos de corteza vieja, eran a la vez atalaya y gimnasio, montura agitada por el levante y lecho de siestas heroicas, barco pirata y penacho de rebeldía.

No entendíamos los reproches de las gentes cultas contra nuestros refugios: que eran plantas advenedizas, recién traídas de un país bárbaro llamado Australia, que desnaturalizaban con su silueta desgarbada el paisaje clásico mediterráneo, que nada crecía a su derredor y que ni aun sombra verdadera daban. Luego comprendí que las plantas, como las palabras, estaban sujetas a los crueles vaivenes de la moda, y que la moda, mal que les pese a los marxistas y demás hombres de fe, no siempre obedece al racional egoísmo y sí con frecuencia a la simple estupidez humana. Recuérdese la tulipomanía holandesa de 1638, cuando se especuló con los bulbos como hoy con acciones en plena histeria bursátil. El mismo eucalipto, aclimatado a principios del siglo XIX en los exquisitos invernaderos de la Malmaison como primor exótico, pronto se convierte en típico cultivo industrial, apto para producir celulosa, drenar pantanos o eliminar paludismo, pero desterrado de cualquier jardín que se respete.

Me he preguntado a veces si estos invasores exóticos (como algunos botánicos llaman a ciertas plantas aclimatadas con éxito excesivo) no habrían suscitado menos ojeriza de haberse aclimatado también el nombre a lo español. A fin de cuentas buena parte de nuestra flora es de origen foráneo. Pero, claro está, la mayoría de estas plantas fue introducida en épocas de vigor lingüístico capaz de adaptar a los idiomas peninsulares los vocablos exóticos, y a nadie se le ocurrió seguir llamando a la naranja por su nombre sánscrito, nagrunga, o al albaricoque por el suyo árabe, al birkuk, y ni siquiera mucho más tarde al aguacate por su nombre azteca, ahuacatl. Pero a partir del siglo pasado nos volvimos pedantes o acoquinados y aceptamos sin chistar los trabalenguas de los nombres científicos grecolatinos o del idioma de origen.

El pueblo andaluz tuvo un postrer destello de sentido común y bautizó carlitos o calisto o calistro al eucalipto, pero no ha logrado convencer a botánicos ni gramáticos, aferrados al vano purismo de que eucalyptus en griego quiere decir bien cubierto, en alusión inventada en 1788 por L’Héritier al descubrir este árbol de flor con pétalos que forman tapadera. Sin embargo, cuánto más natural y eufónico es el cateto andaluz diciendo un calistral que el ingeniero de montes hablando de una plantación de eucaliptos.

Problema distinto es el de otra planta de reciente introducción en España, el ailanto (ailanthus altissima). Árbol, ese sí, odioso y de expansión incontenible, seguirá siendo una plaga, aunque se imponga su otro nombre más lisonjero, árbol del cielo, que es lo que significa ailanto en chino según unos y en moluqués según otros. En cambio merecería nombre vernáculo más amable y menos frío el olmo siberiano (ulmus pumila), una de las pocas especies de olmos inmunes a la devastadora enfermedad del graphium ulmi y por ello de implantación creciente y muy de agradecer.

Por último, y en la esperanza de que alguno de mis lectores sea sabio micólogo —o, mejor aún, psicólogo perspicaz— y pueda ilustrarme, quiero exponer la curiosidad que me devora desde que durante el pasado otoño, tan lluvioso, hubo la habitual racha de muertes por ingerir setas venenosas. ¿Cómo puede haber insensatos capaces de comer un hongo tóxico que parece lo que su nombre dice, falo perruno (mutinus caninus)? Y, por el contrario, ¿a quién se le ocurrió denominar falo hediondo (phallus impudicus) a un hongo comestible e incluso sabroso? Por algo Platón desconfiaba de la teoría de Heráclito según la cual los nombres son justos por naturaleza. Sería que entendía de hongos.

                                              * * *

«Para su archivo le añadiré la versión cántabra del carlitos: es ocálito» (Carta de don Emilio Lorenzo, 14-2-87).
«Sobre el carlitos: en Galicia a los eucaliptos les llaman arcolitos» (Carta de don Ernesto López, 26-1-87).
«Aquí, en Asturias, se desprecia al eucalipto (se le llama eucálitro)» (Carta de don José Ignacio Gracia Noriega, 24-1-87).
Está claro, pues, que la palabra eucalipto se le atraganta al español; tal vez por eso lo use como expectorante.
En cuanto al sabio micólogo, cuya intervención yo impetraba, apareció bajo la forma de un joven diplomático, don Carlos Fernández-Arias, que con fecha 6-3-87 me escribió:
«Tal y como te prometí, te envío un breve comentario a tu artículo “El carlitos” publicado en “ABC” el pasado mes de enero. Al final del artículo hacías una referencia a la seta Phallus impudicus que deseo aclarar.
Primero debo decir en honor de quien bautizó este hongo como falo hediondo que pocas veces he visto un nombre mejor escogido y apropia do para una seta. El anónimo bautista no hizo sino describir fielmente lo que tenía ante sí, una seta de buenas proporciones que se erigía obscenamente en medio del bosque y de la que emanaba un olor fétido percibible —y de ello puedo atestiguar— a varios metros a la redonda.
Por otra parte, no es del todo correcta la referencia a la comestibilidad de esta seta que los franceses llaman satyre puant. Ni el Phallus impudicus ni su congénere el Phallus hadriani de menor tamaño —a pesar de su imperial apellido— son comestibles. Sin embargo, estas setas en su estadio juvenil viven bajo tierra con forma de huevo y reciben el nombre de huevo de bruja, ou del diable en Cataluña. Según algunos libros, los huevos de bruja son comestibles siendo incluso exquisitos. En cualquier caso, creo que hace falta algo más que una simple curiosidad micófaga para guisar y comer un falo hediondo o un huevo de bruja


(Este artículo se publicó en el ABC del 24 de Enero de 1987, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005). Ya que estamos en temporada otoñal, viciosa en setas, me ha parecido oportuno reproducirlo un cuarto de siglo después y reiterar mi agradecimiento a mi compañero diplomático y micólogo don Carlos Fernández-Arias. Y también agradecer a Alicia en el País de las Maravillas, a punto de cumplir 150 añitos, su aparición junto a la seta mágica y tal vez alucinógena). 


Enlaces relacionados:
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles, 8 de octubre de 2014

Emputecimiento

     
     Acabo de leer una memez periodística más. El País (13-12-86) me pregunta con un gran titular «¿Es usted un happy few?» Tan sólo me cabe contestar que ni soy ni puedo ser un happy few, pero me gustaría ser uno de los happy few. Y es que few en inglés es plural, y happy few quiere decir los pocos felices.

     Mas acaso no se trate de una simple memez; puede que sea algo mucho más grave. Sigo leyendo y descubro que happy few es el nombre extranjero que ahora se da en Alemania a los nuevos ricos, gente aficionada a comprarse cosas como «afeitadoras de oro de 1,7 millones de pesetas». Bueno, siempre ha habido nuevos ricos y siempre algunos de ellos han hecho compras estúpidas. Lo malo —y nuevo— es el nombre. Porque la expresión happy few tiene una vieja y honrosa historia, y aplicarla a una caterva de catetos timócratas —aun con ironía, cosa que dudo— es emputecimiento que dice mucho sobre la sociedad en que vivimos.

     La expresión la puso de moda Stendhal al dedicar La Cartuja de Parma (1839) To the happy few. Lo hizo en inglés por prudencia de heterodoxo deseoso de ocultar su olor a chamusquina y a la vez mostrar su afinidad política y literaria con las minorías liberales. Y, naturalmente, porque citaba del inglés. Mucho se ha discutido sobre el origen de la cita. Lo probable es que Stendhal la sacase de Goldsmith, cuyo vicario de Wakefield (1766) usa la expresión al confiar en el éxito minoritario y remoto de sus escritos. Pero el origen último —conocido o no por el francés— está en Shakespeare, y eso ya es otro cantar. No se trata de un guiño a compinches como en Stendhal ni de una dulce esperanza de clérigo erudito; trátase de la expresión vibrante de la hermandad entre un rey guerrero y sus soldados, y forma parte de uno de los pasajes más hermosos de la literatura inglesa, el cuarto acto de Enrique V.

     Horas antes de la batalla de Agincourt, el rey inglés pasea entre los vivaques del campamento y anima a sus escasas gentes (a little touch of Harry in the night). Al amanecer arenga por última vez al ejército, en tono heroico y familiar, incluyendo a todos —príncipes y pecheros, capitanes y tropa— en la misma compañía aventurera de amigos: «Nosotros pocos, nosotros felices pocos, nosotros, banda de hermanos; pues quien hoy vierta su sangre conmigo será mi hermano, y por villana que sea su condición el día de hoy la ennoblecerá, y habrá caballeros ahora en el lecho, en Inglaterra, que se sentirán malditos por no haber estado aquí y tendrán en poco su hombría mientras hable cualquiera que luchó a nuestro lado en el día de San Crispín».

     La arenga, ya se ve, es como para dar arcadas a un progre: «machista, reaccionaria, feudalpaternalista, aristocrática, militarista, belicista». Pero es que Shakespeare es así, guste o no, tan «de derechas» como Milton es «de izquierdas», si nos empeñamos en colocar etiquetas modernas a gente antigua. Se comprende, pues, que los intelectuales de hoy hagan ascos al sentido original de las palabras happy few, trallazo de alegría guerrera y de desprecio por el poltrón emboscado. Se entiende, incluso, que olviden el
sentido de cenáculo erudito que les da Goldsmith, y aun la simpática complicidad liberal que busca Stendhal. A fin de cuentas, todas son expresiones del mismo espíritu aristocrático y minoritario, y como tales caen bajo el mismo anatema contra lo que ahora se llama «elitismo». Pero, si tanto molestan hoy las minorías —de nobles, de sabios, de libre pensadores—, si hasta la ambigua dedicatoria de Juan Ramón Jiménez a la inmensa minoría parece reprobable ¿por qué entonces la progresía es tan indulgente con estos nuevos happy few amillonados, con los nuevos ricos que gastan el equivalente a un año de jornal obrero en una maquinilla de afeitar cursi?

     Una sola explicación se me ocurre: los horteras opulentos son el nuevo modelo universal, inalcanzable pero fascinante. Ningún intelectual, ni obrero, ni nadie en Europa quiere luchar en Agincourt o conjurarse con Stendhal o leer libros difíciles. Lo que quiere es que lo vean bailar con una zorra de lujo. Y como el tonto bogavante respeta la moda, grita ¡vivan los nuevos happy few!

 * * *
     «... ahora todas tus fans queremos que nos planchen la armadura para irnos a Agincourt. A través del esnobismo vas a conseguir el rearme moral español».
No acertó, ay, mi amiga doña Adela Sanz-Briz, que esto me escribía el 18 de enero de 1987. Ni con el esnobismo lograremos cauterizar el emputecimiento español. La prueba está en el titular ME PREOCUPA QUE MI HIJO DE CUATRO AÑOS NO MIENTA NI TENGA MIEDO (Ya, 5-3-87). Encabeza una carta que dice:

     Mi hijo, que cumplió cuatro años en el mes de febrero, de siempre ha sido muy inteligente. Va a la guardería desde que tiene un año, y siempre me han comentado la facilidad que tiene para aprender y su excepcional memoria. Es alegre y no tiene ningún problema de relación con los demás. Lo que me preocupa es que nunca miente. Dice siempre la verdad, aunque le suponga una regañina. He leído y hasta me ha dicho el psicólogo del colegio que es bueno y necesario que los niños mientan y tengan fantasía. El sólo fantasea cuando juega. Tampoco tiene miedo. De pequeño le asustaba el ruido; ahora, cuando sabe qué es lo que lo ha producido, se queda tranquilo. ¿Puede ser esto negativo para su desarrollo psíquico? Teresa. Madrid.

     O sea, que Teresa está disgustada de haber parido a un nuevo Bayard, el caballero sans peur et sans reproche. La pobre mujer hubiera preferido traer al mundo a un embaucador con porvenir político o de estraperlista. El encargado del consultorio del Ya no lo entiende y viene a decir a la madre que se dé con un canto en los dientes. Menudo carca, el del consultorio.


(Este artículo se publicó en el ABC del 17 de Enero de 1987, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005)).


Enlaces relacionados:
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 4 de agosto de 2014

AGOSTO DE 1914: EL GRAN SUICIDIO



En estos días se cumple el centenario del comienzo de la Gran Guerra, luego llamada Primera Guerra Mundial y que acaso algún día vuelva a llamarse la Gran Guerra, pues cada día parece más una nueva Guerra de los Treinta Años lo ocurrido entre Agosto de 1914 y Agosto de 1945. Ya en la borrosa memoria de los descendientes de quienes participaron en esas luchas, la Primera y la Segunda Guerra Mundial empiezan a verse como una sola contienda. Y si añadimos la Guerra Fría, las guerras asiáticas, las balcánicas, las de Oriente Medio –directa o indirectamente procedentes del terrorismo nacionalista en Sarajevo–  alcanzaremos una nueva Guerra de los Cien Años. El centenar y medio de millones de muertos puede aumentar aún. “Pienso –contra lo que es generalmente supuesto– que la guerra durará mucho. Más: que será un estado de guerra más que una guerra indefinidamente prolongada”, escribió Ortega el 12 de Agosto de 1914. 

También se cumple otro centenario: el de la búsqueda de culpables del apocalipsis. Ese vano empeño empezó casi instantáneamente. Todavía dura. Cada uno de los libros recientes sobre la Guerra Europea exhibe la prelación favorita del autor. Los más políticamente correctos suelen considerar a Alemania como la principal culpable, seguida de Austria-Hungría. Los más revisionistas colocan a la cabeza a Serbia, seguida de Rusia (que entró en guerra acuciada por Francia), y Alemania. Sin embargo, al llegar a los nombres de los soberanos, políticos y militares, todo se complica. Inglaterra no suele aparecer como especialmente culpable, pero su Primer Ministro Asquith y su Ministro de Negocios Extranjeros, Grey, ambos liberales, empiezan a ser muy atacados por haber mal informado a su propio gobierno y al Parlamento, para conseguir que su país mandase el ultimatum a Alemania.

En rigor todas las naciones, todos los gobiernos fueron culpables. O no, según se mire. Uno de los últimos y mejores análisis históricos, escrito por Christopher Clark, se titula Sonámbulos: cómo Europa fue a la guerra en 1914. Es difícil creer que un sonámbulo pueda ser culpable de algo, y menos de un suicidio. Quienes dirigían la Europa de 1914 barruntaban que la guerra podía ser larga y mortífera, aunque a veces dijesen lo contrario (“los chicos volverán a casa para Navidad”). En el tardío crepúsculo del Lunes 3 de Agosto de 1914, cuando faltaban veinticuatro horas para que el Reino Unido y su Imperio entrasen en guerra contra el Imperio Alemán, Sir Edward Grey, que tanto hizo hasta conseguir el ultimatum que haría la paz imposible, subió a la terraza de su ministerio y al ver cómo se iba encendiendo el alumbrado público de Londres, murmuró “las luces se están apagando ahora en toda Europa, y no las veremos de nuevo encendidas en toda nuestra vida”. Europe, entonces, quería decir el continente sin las islas británicas. Pero los bombardeos con dirigibles no atendieron a ese argumento y el blackout pronto oscureció también el cielo de Londres. Aunque tal vez los sonámbulos ni siquiera se fijaran en ello.

Consta, en cualquier caso, que muchos políticos y militares (Lloyd George, Haig, Kitchener) reconocieron en privado que la guerra sería cruenta y duradera. Moltke el joven vaticinó también que haría caer tronos. Lyautey fue el más desgarrado: “una guerra entre europeos es una guerra civil, la más monumental connerie jamás hecha en el mundo”.

Los monarcas fueron en general más prudentes, incluso Guillermo II, a veces. Más cautos, en todo caso, que el Presidente de la República Francesa, Poincaré. O que Winston Churchill, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo, que al recibir al amanecer del 3 de Agosto una carta de su mujer que terminaba “sería una guerra malvada”, contestó que “comprendía su punto de vista pero que el mundo había enloquecido y había que cuidarse de uno mismo y de sus amigos”. Y al día siguiente, quince minutos después de que expirase el ultimatum británico a Alemania, a las once de la noche, irrumpió Churchill en el Consejo de Ministros “radiante, alegre el rostro, con un torrente de explicaciones sobre las órdenes que estaba dando a la Royal Navy… se veía que era un hombre de verdad feliz”, según le escribió en carta privada Lloyd George a Mrs Asquith.

Pero lo más sorprendente fue la aceptación casi unánime por la izquierda europea de la causa nacional en cada país. En Francia se manifestó en L’Union Sacrée. En Alemania surgió la Burgfrieden. Hasta en la Duma rusa hubo un acuerdo de tregua en las luchas partidistas. Todo ello consternó a Lenin, escondido en la Galicia de los Cárpatos, entonces austríaca. Al comprobar que sus camaradas alemanes socialdemócratas habían resultado ser más alemanes que socialistas, exclamó “a partir de hoy dejaré de ser un socialista y me convertiré en un comunista”. Fue entonces cuando nació el término peyorativo “social-chovinismo” para calificar a quien se desvía del “internacionalismo proletario”.

Claro que, aunque sólo sea por los resultados, como señala Niall Ferguson, esa guerra fue esencialmente democrática: cayeron cuatro imperios y el mundo fue quedando en manos de movimientos políticos de masas y regímenes totalitarios. El demos, sin más. Ya al anochecer del Miércoles 5 lo intuyó Ortega, que se encontró con Pablo Iglesias en Madrid, caminando por el paseo de Rosales. “… Logro que hable algo de la guerra y opina, como yo, que será muy beneficiosa para los intereses del socialismo”.

Entonces, ¿qué ocurrió? Hubo suicidio de la civilización más culta y próspera de la historia, pero ¿quién hipnotizó a los sonámbulos y los empujó al abismo? En rigor, nadie. Todos fueron consciente o inconscientemente Caín. Pero como Abel, la víctima, fue la Civilización Occidental, judeo-greco-romana-cristiana, resulta que todos fueron Abel: todos fueron a la vez Caín y Abel. Por eso la única consecuencia racional e histórica que cabe sacar es que estamos ante la mayor tragedia conocida. Un fratricidio y a la vez suicidio.

Sin embargo, escudriñando en las sombras macabras de ese pasado tan cercano, cabe vislumbrar un asomo de lógica. Acaso todos los actores de esta tragedia, desde los emperadores hasta los soldados rasos, desde patricios liberales con un alto sentido moral como Sir Edward Grey o Theobald von Bethmann-Hollweg hasta el último demagogo, se movieron empujados por el mismo motivo: el miedo. Fueron a la guerra porque en el fondo la creían inevitable y temían una derrota si la guerra empezase un año o dos después, en circunstancias peores para ellos y para sus países respectivos.

Y derrota hubo, para todos. Nuestra civilización se volvió estéril porque “echó a sus hijos al fuego” (II Cron. 28, 3). Al cabo de cien años de guerra civil europea ya no creemos en nuestros ideales ni deberes; ni siquiera en nuestros intereses. Vivimos en la inane civilización del vacío.

EL MARQUÉS DE TAMARÓN

      
     Este artículo apareció ayer Domingo 3 en el ABC, conmemorando la fecha más importante del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Confieso que me costó trabajo escribirlo, entre otros motivos porque me trajo a la mente el recuerdo que perduraba en mi familia inglesa cuando yo era todavía joven, de mis dos tíos abuelos muertos en el frente de Flandes:

     Maurice Dingwall Williams, Alférez en el Queen's Royal West Surrey Regiment, muerto a los 20 años en combate en Ypres el 28 de Septiembre de 1914.

     Bertram Forster Buck, Teniente en el Batallón de los Sherwood Foresters, muerto a los 45 años en combate en Flandes (en Francia) el 3 de Septiembre de 1916.

     Así es que el Alférez murió demasiado joven para alistarse y el Teniente murió demasiado viejo para alistarse. Ambos cuñados se alistaron como voluntarios, ya que en Inglaterra no hubo reclutamiento obligatorio hasta más tarde.

      Por cierto que  el Teniente Buck, desaparecido en combate, fue durante un tiempo -hasta que se confirmó su muerte- objeto de la atención de la oficina generosamente creada por Alfonso XIII para intentar averiguar el paradero de contendientes desaparecidos.

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jueves, 19 de junio de 2014

De esta agua no beberé

 
      Renuncio a traducir al español esta minúscula, contundente y exacta crítica de la novela llamada The sea (El mar) de John Banville. Sé que su autor, M. U., a quien conozco desde hace muchos años, nunca escribe a humo de pajas. Por eso a mí me quita todas las ganas de leer esta obra, la principal, de quien se dice que alcanzará el Premio Nobel. Esta última conjetura tampoco me compensa el aburrimiento de su lectura, que preveo cruel.

      Tómese, pues, como aviso a navegantes de ese mar tedioso, lo contrario del mar color de vino que surcó Ulises.

      In The Sea, John Banville shows a wealth of otherwise common (and not so common) English vocabulary, alongside an almost impertinent ease in the use (at times verging on abuse) of English syntax - which, alas, makes his prose impeccably (if perhaps unwittingly) un-English*.

      By means of which, Banville succeeds in putting forward a drab, eminently forgettable set of colourless characters, moving in and ebbing out with the unclean, murky tides of past and present aflow from an ominously whitish sea. Hardly an inviting seascape.

                                                                           M. U.
                                   
      * Sí, ya sé que Banville es irlandés (y -según dicen- el más grande autor vivo en lengua inglesa).
      Agradezco a mi amigo su presencia cáustica en estas páginas y que me ahorre leer al Sr. Banville. Seguiré sufriendo, pero con Dostoievski, un valor más seguro.

miércoles, 11 de junio de 2014

De nuevo la infamia impune

En vísperas del comienzo de la infame temporada anual de incendios forestales impunes en España, es interesante observar este mapa infográfico publicado en El País el 23 de Mayo


No sobra nada, ni siquiera la amable errata (ANALUCÍA por ANDALUCÍA) que nos aleja a los andaluces de los vándalos y nos acerca a Santa Lucía, patrona de los ciegos, y a Santa Ana, patrona de las parturientas.

No sobra nada pero falta mucho. Se menciona una multitud de delitos ecológicos e infracciones graves, tanto por urbanizaciones ilegales como por minería y otras actividades que a menudo no respetan la ley. Se recuerda que en muchos casos ni siquiera se ejecutan sentencias de los más altos tribunales. Todo eso conviene decirlo y repetirlo: son abusos que en España tienden a "salir gratis".

Sin embargo nada se refleja en el mapa de lo relacionado con los delitos de incendios de bosques, muchas veces gravísimos por la importancia del paraje destruido (como la laurisilva de Garajonay, en La Gomera), o por su extensión y por las muertes causadas (como el incendio de Guadalajara de 2005, con 12.000 hectáreas quemadas y once bomberos muertos). Y no se alude a la impunidad habitual en estos delitos e imprudencias punibles.

Sabido es que muchos piensan que hay dos clases de delitos llamados medioambientales (podían llamarlos destrucción de la naturaleza pero eso suena poco moderno): los "delitos de ricos" y los "delitos de pobres".

Sí, así hablan en privado ciertos expertos en la materia. Los "delitos de pobres" como prender fuego al monte son por definición bastante excusables. Los "delitos de ricos" como las urbanizaciones ilegales o los vertidos industriales son menos excusables pero igual de excusados. En la práctica hay muy pocas condenas y menos aún encarcelaciones (Explorar los incendios y Responsables). De hecho ni se sabe cuántos incendiarios cumplen condena. Es más, hay personas bien informadas que se preguntan si las propias autoridades saben cuántos condenados están en la cárcel, e incluso si hay alguno.

Por cierto que los "delitos de ricos", hay que recordar, también suelen salir gratis en nuestro país. Todavía no se sabe por qué.

Y tampoco podemos olvidar que la Red Natura 2000, red ecológica europea de áreas de conservación de la biodiversidad, establece obligaciones internacionales y también ayuda a mantener las zonas protegidas en cada país. Como bien titula otro artículo de El País, son Espacios naturales protegidos en vano. Suman el 27 % del territorio nacional pero a fin de cuentas significan poco a los ojos de los responsables. No sirven más que para albergar nuestra menguante belleza natural y nuestra también menguante diversidad biológica. Total, nimiedades improductivas. 

Quizá tan sólo nos quede el remedio de rezar a Santa Lucía para que abra los ojos a los guardianes de la ley y que éstos castiguen a los vándalos en vez de dejarlos campar por sus respetos.

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martes, 20 de mayo de 2014

Los tres silencios

Dolmen en Otoño, Caspar David Friedrich (1774-1840)
Staatiche Kunstsammlungen Dresden 
© Wikimedia Commons
   
     Atruenan ciertos silencios tanto como el retumbar de los cañones de la cobardía y la estupidez.

     El silencio de las asociaciones feministas sobre centenares de niñas nigerianas raptadas, ultrajadas, violadas y prostituidas.

     El silencio de las asociaciones ecologistas sobre los incendios de los montes de España, que este año empiezan ya de nuevo.

     El silencio de demasiados cristianos progresistas ante la persecución y el martirio de sus hermanos en medio mundo.

     ¿Dije cobardía y estupidez? La mezcla de ambas con la codicia y la hipocresía tiene otro nombre: la corrección política.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Prudente como un roble

     Visto en el Piedemonte Segoviano

     Se dice fuerte como un roble. Pero debería decirse prudente como un roble.

     Véase la prueba:


     Muy a finales de Abril, este roble (rebollo, es de suponer) y todos sus compañeros a unos 1.400 metros de altura se negaban a correr riesgos de fuertes heladas tardías. Tan sólo exhibían pimpollos recatados; ni una hoja entreabierta. La hojarasca fea que se ve a sus pies corresponde a unos helechos, tan cautos como los robles. Detrás se ve un acebo, en general más atrevido que otras especies, tal vez gracias a que sus hojas perennes se sienten seguras bajo la brillante capa como de barniz que las recubre.

     Más justificada parece la prudencia de estos robles en Alemania, vistos hace un par de siglos por Caspar David Friedrich. El paisaje, con poca nieve, podría ser de principios de la Primavera; incluso muestran las ramas al trasluz algunos brotes. Pero hay que tener valor para echar hojas en un escenario tan sombrío. Osadía romántica y germánica, casi wagneriana.

Caspar David Friedrich (1774-1840). Alte Nationalgalerie, Berlín.
     
     Enlaces relacionados:

viernes, 25 de abril de 2014

Botones de muestra (XXII)

    
     El libro que con más maestría reúne ciencia y ficción es el Calendario Zaragozano. Recoge un Juicio Universal Meteorológico para todo el año, siendo así que ni la NASA con todos sus satélites y ordenadores gigantescos se atreve a prever el tiempo más allá de una semana con alguna garantía que no sea la sospecha estadística de que en Agosto hará en Córdoba más calor que en Ávila en Enero. Esa espléndida osadía narrativa, digna del más desmelenado poeta surrealista, la hace barruntar desde la portada del libro la siniestra mirada del hombre más feo y temible después de Boris Karloff y Jean-Paul Sartre, Don Mariano Castillo y Ocsiero. Este señor se calificó a sí mismo de "el Copérnico español" y así comenzó a publicar este calendario en 1840.

     En cuanto a su aspecto científico, no es menos notable pues este útil librito es el último refugio de la ortodoxia y la exactitud del santoral. Así, no se olvida de que el 31 de Diciembre en el Reino de Valencia siempre se celebró no a un San Silvestre Papa, santo sin duda respetable pero de poco interés histórico (salvo para los franceses que no saben hablar de la Nochevieja sino que se refieren siempre a "la Saint Silvestre", que se volvió viral para todos los maratonianos ansiosos de torcerse tobillos), sino que se colocó bajo la advocación de Nuestra Señora de la Leche y del Buen Parto. Como nos recuerda que el 12 de Enero es el día de San Benito, Abogado contra el Mal de Orina. O, más importante aún, que el 31 de Julio es la festividad de San Ignacio de Loyola, y que éste es Abogado contra las Calenturas, cosa que no nos ha recordado el actual Papa pese a ser hoy el más señero hijo de San Ignacio.

     Se comprende, pues, su éxito perdurable y notable fama, todo ello reforzado por la modestia de su precio (1,80 euros). No había ninguna necesidad de inventar el Realismo Mágico. Incluso podían haber dado el Premio Nobel de Literatura a este benemérito escritor, si es que no murió antes de que se instituyese ese gran galardón. Pero en realidad no ha muerto; su ejemplo y sus ideales perviven y continúan siendo solaz de la gente sencilla, mucho más que escritores más modernos convencidos de su labor redentora del campesinado oprimido.

     Lo único que me hace dudar es esto que acabo de leer: a Unamuno le entusiasmaba este calendario. Le dijo a Jorge Guillén que el Zaragozano fue inspiración de su Cancionero junto con el Cántico del propio Guillén y el Catecismo de Astete. La verdad es que yo creo que el orden de buen uso del castellano es Astete, Mariano Castillo y Ocsiero, Guillén y Unamuno. Orden descendente, claro. Así es que el bilbaíno no se inspiró bastante en el maño de Villamayor de Gállego, cabe Zaragoza.


Enlaces relacionados:
Botones de muestra (XXI): Stanley Payne
Botones de muestra (XX): Nicolás Gómez Dávila
Botones de muestra (XIX): El peso de la lengua española en el mundo
Botones de muestra (XVIII): Mario Vargas Llosa
Botones de muestra (XV): Maurice Baring y Javier de Mora-Figueroa
Botones de muestra (XIV): Marqués de Tamarón
Botones de muestra (XIII): Mariano Ucelay de Montero
Botones de muestra (XII): Eugenio d'Ors
Botones de muestra (X): Enrique García-Máiquez
Botones de muestra (IX): Miguel Albero
Botones de muestra (VIII): Fernando Ortiz
Botones de muestra (VII): Rafael Garranzo
Botones de muestra (VI): Almudena de Maeztu
Botones de muestra (V): Miguel Albero
Botones de muestra (III): Beltrán Domecq y Williams
Botones de muestra (II): Leopoldo Calvo-Sotelo
Botones de muestra: Fernando Ortiz