Zombi es palabra de origen español, según William Safire en el New York Times del 17 de Mayo de 2009:
[...] in 1872, the early student of Americanisms Maximilian Schele de Vere defined the proper noun as “a phantom or a ghost, not infrequently heard in the Southern States in nurseries and among the servants” and speculated that “the word is a Creole corruption of the Spanish sombra.”
Alégrense, pues, ustedes. Nuestra lengua no sólo ha enriquecido el inglés y otros idiomas distintos y distantes con exportaciones como guerrilla, pronunciamiento o junta, sino con algo todavía más terrible. En fin, por lo menos no fuimos nosotros quienes usamos zombi como adjetivo aplicado a los bancos muertos y que se pasean causando pavor y estragos.
Para más detalles, pásense por: http://www.nytimes.com/2009/05/17/magazine/17wwln-safire-t.html?_r=1&scp=7&sq=those%20zombie%20banks&st=cse
miércoles, 27 de mayo de 2009
miércoles, 6 de mayo de 2009
Adiós a la biblioteca ociosa
El mejor ensayo que he escrito es el que reproduzco a continuación. Quizá sea el mejor porque es el último que escribí antes de dejar de fumar, así es que el mérito no es mío sino de la nicotina. Apareció primero bajo el título de La biblioteca ociosa en el número de otoño del 2002 en la revista literaria sevillana Nadie Parecía. Luego lo recogí en El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy, editorial Áltera, Barcelona, 2005. En su reaparición le modifiqué el título – y nada más que el título – que queda como aquí aparece:
Adiós a la biblioteca ociosa
Las bibliotecas no siempre, y menos en Agosto, están para leer, ni para escribir, y ni siquiera para guardar libros. Las bibliotecas a veces, y más en Agosto, están para sestear, soñar, comer chocolates y fumar. También conviene poder mirar por la ventana y poder escuchar música. Otros las prefieren para beber vino con los amigos, pero eso es impropio de gente seria y de orden («¡Qué error tener amigos!», decía Sir George Sitwell a sus tres hijos escritores).
Descansa mucho mirar los libros, pero no abiertos sino contemplando desde lejos los lomos bien ordenados en las estanterías. Es indiferente que el orden sea por tamaños o por colores, siempre que no sea por materias. La vista reposa más con las simples encuadernaciones en tela sajona; la piel y los dorados irritan los ojos con su lujo aparatoso y el papel plastificado es una abominación chillona, amén de su tacto viscoso. Lo más sedante es pasear la vista por vastos acantilados de lomos desvaídos, en tonos verdes oliváceos, rojos polvorientos o azules plomizos.
Para todo eso hacen falta, claro está, unos diez mil volúmenes en una estancia de más de cien metros cuadrados, alta de techo, con ventanas al Norte y al Sur, silenciosa y con buenos temples, de manera que para estar a gusto baste con un abanico en Verano y una chimenea en Invierno. Ya sé que todo ello es mucho, pero yo no estoy hablando del mundo real sino del ideal, que no suele existir y cuando existe dura poco. Se me objetará, por lo demás, que nadie es capaz de leer diez mil libros, lo cual es verdad pero no hace al caso. Si uno quisiera tener los libros que debe leer y que de seguro disfrutaría leyendo y releyendo, bastaría con reunir unos quinientos libros: la biblioteca de Erasmo, el hombre más culto de su época, es decir de cualquier época. A cualquiera se le alcanza que vale más leer cinco veces la Eneida que cinco libros distintos de Antonio Gala. Pero el hombre es imperfecto y necesita excusas para su indolencia. Y la mejor excusa para seguir holgazaneando en lugar de zambullirse en las mil páginas de Los hermanos Karamazov es mirar de reojo las enormes estanterías repletas de sabiduría, cultura, erudición y datos —en este orden descendente de importancia— y musitar, medio estoico, medio melancólico, y en todo caso con alivio:
—¡Dios mío, pensar que me moriré sin haber leído tantas cosas interesantes!
La frase es pura hipocresía, pues deberíamos concentrar nuestro interés en lo importante, y tampoco hay tantísimos libros importantes. Pero la hipocresía —la propia como la ajena— es lo que hace la vida llevadera. Y después de todo mirar por la ventana el vuelo airoso del cernícalo primilla —este Agosto hay muy pocos, será cosa de la química moderna, más vale disfrutarlos antes de que se extingan— o salir al jardín para cortar unas flores de caracola — este año, como siempre, han empezado el día de la Virgen de las Nieves y, como siempre, tienen ese olor singular, entre amargo y dulce— o pasear descalzo por la fresca solería de ladrillos, son distracciones honestas, decorosas y casi edificantes.
Pero, claro, una cosa es leer pocos libros —casi ninguno en agosto— y otra es no mirar los tejuelos con atención. Bien mirados, los lomos revelan algo portentoso. Nunca se lo he oído o leído a ningún observador perspicaz. Es el único descubrimiento rigurosamente original del que puedo jactarme al cabo de miles de horas dedicadas a dormitar en bibliotecas o pasear por librerías. Ahora que voy a confiar el secreto al lector, me siento como Sherlock Holmes a punto de abrirle los ojos al despistado Doctor Watson. Pues bien, ya se habrá percatado usted de que cuando el grosor del volumen es pequeño y el lomo no da para colocar el rótulo a lo ancho, éste se coloca a lo largo. Eso es de cajón. Pero lo curioso es que casi todos los libros españoles, como los franceses, lo llevan escrito de abajo arriba, y los ingleses siempre de arriba abajo. Así es que el lector de español, al escrutar la ciencia almacenada en los plúteos, inclina la cabeza a la izquierda, con cortés gesto de sordo siniestro, y el lector de inglés hace ademán de sordo diestro. Ambos acaban con tortícolis y el políglota descoyuntado.
El sistema inglés tiene una ventaja, y es que si el libro está tumbado en una mesa o estante, se puede leer el lomo y la tapa sin darle la vuelta. Pero lo más notable del sistema español es que no existe. No todos los editores lo siguen, con lo cual ya no es sistema sino vaga costumbre. El escrutador de librerías habrá de tener la cabeza, aun monóglota, siempre dispuesta al doloroso bamboleo. Es como si ciertos coches tuviesen el volante a la izquierda y otros a la derecha, sin ningún motivo conocido. Algún viejo editor puede recordar un origen práctico de la anomalía, pero no estoy seguro de querer enterarme. La explicación será baladí, mientras que todo misterio, por parvo que sea, tiene su dignidad.
Para el uso veraniego y perezoso de la biblioteca, conviene tenerla bien pertrechada de libros de consulta. Puede uno, entre bostezo y bostezo, sufrir un acceso de intensa curiosidad por algo. Ayer hojeé, tan sólo para comprobar su nueva encuadernación, mi viejo ejemplar de la Apología de Sócrates, de Jenofonte. Me tocó traducirla entera —dicho así suena heroico, pero es cortísima— en el colegio, pero ahora soy incapaz de entender más de una palabra griega de cada diez. Me fijé por casualidad en el término megalegoría y recordé que mi profesor, hace más de cuarenta años, nos dijo que la mejor traducción era longanimidad. Lo dijo en tono irónico; para mí que aquel profesor se alegraba de la condena a muerte de Sócrates, lo que tan sólo demuestra que era (el profesor, no Sócrates) un buen demócrata y un mal filósofo. El caso es que quise consultar un diccionario de griego, pero descubrí con irritación que los dos que tenía los había llevado a otros lugares donde pensaba, erróneamente, que me serían más útiles. Encontré, sin embargo, otra edición, bilingüe ésta, de la Apología. Allí traducían megalegoría al inglés de dos o tres maneras, ninguna de las cuales coincide con la palabra española longanimidad. Sigo sin fiarme. Acaso he sido injusto con aquel profesor; quizá su ironía era en previsión de que longanimidad nos recordaría longaniza a aquellos alumnos bestiales que él intentaba desasnar. ¡Qué brutos éramos!
Pero alguna simiente socrática quedaría en nuestras almas ruines, pues con frecuencia me hago la pregunta, honda y tenebrosa, de por qué los demócratas atenienses votaron por la muerte de Sócrates. Ninguna de las explicaciones al uso me satisfacen. Tres años atrás —también en Agosto y también en esta biblioteca— leí algunas de las pocas fuentes que existen sobre la muerte de Sócrates, y quedé cautivado por el Fedón, con su alta filosofía y su sobrecogedor realismo final. A las nueve en punto sonó la campana llamando a la cena, y en mala hora decidí escuchar el índice de las noticias de la radio, por aquello de que mi oficio me obliga a estar informado de la actualidad internacional. Todo el boletín estuvo destinado al Sr. Clinton y a sus miserias sexuales. ¡Si hubieran sido las del casi divino discípulo del discípulo (Aristóteles) del discípulo (Platón) de Sócrates, de Alejandro Magno…! Pero no, no eran orgías apoteósicas y fatales de un genio, sino sordideces de un mediocre, que para colmo luego resultaron carentes de consecuencias políticas. Me abrumó el contraste entre un hecho histórico de tanta importancia espiritual, humana e incluso política como aquella muerte y una vida tan deleznable como la que contaba la radio.
Ahora ya he aprendido y procuro durante el mes de Agosto oír pocas noticias y menos escucharlas. Aun así, algunas se filtran por las rendijas de las ventanas entornadas frente al atroz sol andaluz y suelen conturbarme. Se van los cartujos de Jerez, avanzan los incendios forestales por toda España, van a clonar seres humanos, seguro que clonarán pirómanos y no cartujos, ¿serán imparables el mal y la estupidez? Siempre he creído que sí, pero sería horrible tener razón. En fin, por la mañana temprano el sol todavía no agobia y salgo al patio para contemplar una modesta hierofanía diaria: el mochuelo que posado en una torre toma el sol antes de recogerse como una beata después de misa. Enseguida desecho la imagen inadecuada; el mochuelo es un ave feroz pese a su pequeñez. Me pregunto si sería él el pájaro de Atenea. En español suele traducirse por búho, pero el búho tiene orejas, y las imágenes de Atenea la representan con un ave que más bien parece una lechuza o un mochuelo. ¿O sería un cárabo? Se va pasando la mañana entre guías ornitológicas y libros clásicos, pero nunca aparece el libro que responde a las preguntas que a uno le importan.
En fin, hay que almorzar y ponerse luego a escribir para despedirse, por prudente pietas y por elemental cortesía, de los lares, manes y penates. Y uno para escribir necesita comer dieta de guerra, raciones de combate con las palabras: pan con aceite y ajo, higos chumbos, café y vitamina B. Aunque eso turbe mis últimos días de paz agosteña en la biblioteca ociosa.
Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
Adiós a la biblioteca ociosa
Las bibliotecas no siempre, y menos en Agosto, están para leer, ni para escribir, y ni siquiera para guardar libros. Las bibliotecas a veces, y más en Agosto, están para sestear, soñar, comer chocolates y fumar. También conviene poder mirar por la ventana y poder escuchar música. Otros las prefieren para beber vino con los amigos, pero eso es impropio de gente seria y de orden («¡Qué error tener amigos!», decía Sir George Sitwell a sus tres hijos escritores).
Descansa mucho mirar los libros, pero no abiertos sino contemplando desde lejos los lomos bien ordenados en las estanterías. Es indiferente que el orden sea por tamaños o por colores, siempre que no sea por materias. La vista reposa más con las simples encuadernaciones en tela sajona; la piel y los dorados irritan los ojos con su lujo aparatoso y el papel plastificado es una abominación chillona, amén de su tacto viscoso. Lo más sedante es pasear la vista por vastos acantilados de lomos desvaídos, en tonos verdes oliváceos, rojos polvorientos o azules plomizos.
Para todo eso hacen falta, claro está, unos diez mil volúmenes en una estancia de más de cien metros cuadrados, alta de techo, con ventanas al Norte y al Sur, silenciosa y con buenos temples, de manera que para estar a gusto baste con un abanico en Verano y una chimenea en Invierno. Ya sé que todo ello es mucho, pero yo no estoy hablando del mundo real sino del ideal, que no suele existir y cuando existe dura poco. Se me objetará, por lo demás, que nadie es capaz de leer diez mil libros, lo cual es verdad pero no hace al caso. Si uno quisiera tener los libros que debe leer y que de seguro disfrutaría leyendo y releyendo, bastaría con reunir unos quinientos libros: la biblioteca de Erasmo, el hombre más culto de su época, es decir de cualquier época. A cualquiera se le alcanza que vale más leer cinco veces la Eneida que cinco libros distintos de Antonio Gala. Pero el hombre es imperfecto y necesita excusas para su indolencia. Y la mejor excusa para seguir holgazaneando en lugar de zambullirse en las mil páginas de Los hermanos Karamazov es mirar de reojo las enormes estanterías repletas de sabiduría, cultura, erudición y datos —en este orden descendente de importancia— y musitar, medio estoico, medio melancólico, y en todo caso con alivio:
—¡Dios mío, pensar que me moriré sin haber leído tantas cosas interesantes!
La frase es pura hipocresía, pues deberíamos concentrar nuestro interés en lo importante, y tampoco hay tantísimos libros importantes. Pero la hipocresía —la propia como la ajena— es lo que hace la vida llevadera. Y después de todo mirar por la ventana el vuelo airoso del cernícalo primilla —este Agosto hay muy pocos, será cosa de la química moderna, más vale disfrutarlos antes de que se extingan— o salir al jardín para cortar unas flores de caracola — este año, como siempre, han empezado el día de la Virgen de las Nieves y, como siempre, tienen ese olor singular, entre amargo y dulce— o pasear descalzo por la fresca solería de ladrillos, son distracciones honestas, decorosas y casi edificantes.
Pero, claro, una cosa es leer pocos libros —casi ninguno en agosto— y otra es no mirar los tejuelos con atención. Bien mirados, los lomos revelan algo portentoso. Nunca se lo he oído o leído a ningún observador perspicaz. Es el único descubrimiento rigurosamente original del que puedo jactarme al cabo de miles de horas dedicadas a dormitar en bibliotecas o pasear por librerías. Ahora que voy a confiar el secreto al lector, me siento como Sherlock Holmes a punto de abrirle los ojos al despistado Doctor Watson. Pues bien, ya se habrá percatado usted de que cuando el grosor del volumen es pequeño y el lomo no da para colocar el rótulo a lo ancho, éste se coloca a lo largo. Eso es de cajón. Pero lo curioso es que casi todos los libros españoles, como los franceses, lo llevan escrito de abajo arriba, y los ingleses siempre de arriba abajo. Así es que el lector de español, al escrutar la ciencia almacenada en los plúteos, inclina la cabeza a la izquierda, con cortés gesto de sordo siniestro, y el lector de inglés hace ademán de sordo diestro. Ambos acaban con tortícolis y el políglota descoyuntado.
El sistema inglés tiene una ventaja, y es que si el libro está tumbado en una mesa o estante, se puede leer el lomo y la tapa sin darle la vuelta. Pero lo más notable del sistema español es que no existe. No todos los editores lo siguen, con lo cual ya no es sistema sino vaga costumbre. El escrutador de librerías habrá de tener la cabeza, aun monóglota, siempre dispuesta al doloroso bamboleo. Es como si ciertos coches tuviesen el volante a la izquierda y otros a la derecha, sin ningún motivo conocido. Algún viejo editor puede recordar un origen práctico de la anomalía, pero no estoy seguro de querer enterarme. La explicación será baladí, mientras que todo misterio, por parvo que sea, tiene su dignidad.
Para el uso veraniego y perezoso de la biblioteca, conviene tenerla bien pertrechada de libros de consulta. Puede uno, entre bostezo y bostezo, sufrir un acceso de intensa curiosidad por algo. Ayer hojeé, tan sólo para comprobar su nueva encuadernación, mi viejo ejemplar de la Apología de Sócrates, de Jenofonte. Me tocó traducirla entera —dicho así suena heroico, pero es cortísima— en el colegio, pero ahora soy incapaz de entender más de una palabra griega de cada diez. Me fijé por casualidad en el término megalegoría y recordé que mi profesor, hace más de cuarenta años, nos dijo que la mejor traducción era longanimidad. Lo dijo en tono irónico; para mí que aquel profesor se alegraba de la condena a muerte de Sócrates, lo que tan sólo demuestra que era (el profesor, no Sócrates) un buen demócrata y un mal filósofo. El caso es que quise consultar un diccionario de griego, pero descubrí con irritación que los dos que tenía los había llevado a otros lugares donde pensaba, erróneamente, que me serían más útiles. Encontré, sin embargo, otra edición, bilingüe ésta, de la Apología. Allí traducían megalegoría al inglés de dos o tres maneras, ninguna de las cuales coincide con la palabra española longanimidad. Sigo sin fiarme. Acaso he sido injusto con aquel profesor; quizá su ironía era en previsión de que longanimidad nos recordaría longaniza a aquellos alumnos bestiales que él intentaba desasnar. ¡Qué brutos éramos!
Pero alguna simiente socrática quedaría en nuestras almas ruines, pues con frecuencia me hago la pregunta, honda y tenebrosa, de por qué los demócratas atenienses votaron por la muerte de Sócrates. Ninguna de las explicaciones al uso me satisfacen. Tres años atrás —también en Agosto y también en esta biblioteca— leí algunas de las pocas fuentes que existen sobre la muerte de Sócrates, y quedé cautivado por el Fedón, con su alta filosofía y su sobrecogedor realismo final. A las nueve en punto sonó la campana llamando a la cena, y en mala hora decidí escuchar el índice de las noticias de la radio, por aquello de que mi oficio me obliga a estar informado de la actualidad internacional. Todo el boletín estuvo destinado al Sr. Clinton y a sus miserias sexuales. ¡Si hubieran sido las del casi divino discípulo del discípulo (Aristóteles) del discípulo (Platón) de Sócrates, de Alejandro Magno…! Pero no, no eran orgías apoteósicas y fatales de un genio, sino sordideces de un mediocre, que para colmo luego resultaron carentes de consecuencias políticas. Me abrumó el contraste entre un hecho histórico de tanta importancia espiritual, humana e incluso política como aquella muerte y una vida tan deleznable como la que contaba la radio.
Ahora ya he aprendido y procuro durante el mes de Agosto oír pocas noticias y menos escucharlas. Aun así, algunas se filtran por las rendijas de las ventanas entornadas frente al atroz sol andaluz y suelen conturbarme. Se van los cartujos de Jerez, avanzan los incendios forestales por toda España, van a clonar seres humanos, seguro que clonarán pirómanos y no cartujos, ¿serán imparables el mal y la estupidez? Siempre he creído que sí, pero sería horrible tener razón. En fin, por la mañana temprano el sol todavía no agobia y salgo al patio para contemplar una modesta hierofanía diaria: el mochuelo que posado en una torre toma el sol antes de recogerse como una beata después de misa. Enseguida desecho la imagen inadecuada; el mochuelo es un ave feroz pese a su pequeñez. Me pregunto si sería él el pájaro de Atenea. En español suele traducirse por búho, pero el búho tiene orejas, y las imágenes de Atenea la representan con un ave que más bien parece una lechuza o un mochuelo. ¿O sería un cárabo? Se va pasando la mañana entre guías ornitológicas y libros clásicos, pero nunca aparece el libro que responde a las preguntas que a uno le importan.
En fin, hay que almorzar y ponerse luego a escribir para despedirse, por prudente pietas y por elemental cortesía, de los lares, manes y penates. Y uno para escribir necesita comer dieta de guerra, raciones de combate con las palabras: pan con aceite y ajo, higos chumbos, café y vitamina B. Aunque eso turbe mis últimos días de paz agosteña en la biblioteca ociosa.
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Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
lunes, 27 de abril de 2009
El Rompimiento de Gloria (cap. XII)
XII
Volví a mi pueblo para pasar la Nochebuena con la familia. Me quedé pocos días y cada uno de ellos fue una mezcla insoportable de suplicios y delicias. Me irritaba mi padre ─cientifista pero menos, miembro del Círculo Agrario Católico, callado y sonriente─ por su optimismo conservador, me irritaba mi madre con su pesimismo reaccionario, me irritaba el señor cura con su carlismo jovial y hasta me irritaba el rojo de la aldea, un cabrero anarquista que no sabía nada del materialismo dialéctico aunque mucho de perchas para pájaros, lazos de conejo y cepos de lobos. Me irritaban todos ellos porque no entendían lo que se estaba preparando en España; ahora creo que en efecto no lo comprendían pero lo intuían muy bien y no les gustaba ni un pelo, salvo al anarquista, que estaba deseando empezar a repartir estopa y que, cosas de la vida, fue a morir un par de años después peleando como miliciano de la FAI contra los comunistas en Barcelona.
Y a la vez todos ellos me conmovían con sus callos y sus canas y sus expresiones anticuadas, como me enternecía el olor a espliego y a cera de mi cuarto, hasta el tufo a estiércol que entraba cuando abría la ventana al corral. Me acongojaba saberme el orgullo y la esperanza de mis padres y casi de la aldea entera, por mi fama de chico estudioso y ya capitalino. Pero lo que más me irritaba era mi propia irritación contra ellos. Ya se me alcanzaba que era una puerilidad, pero no la podía remediar. Dominé, eso sí, mi rebeldía en la Nochebuena y acompañé a mis padres a la Misa del Gallo, pero por pundonor no fui a comulgar y la cena después con el señor cura de invitado fue triste. Luego no me podía dormir, me vestí y fui a la cuadra a recoger al mastín para dar un paseo. El perro no tenía ganas de salir porque estaba viejo y mal de los cuartos traseros como todos los mastines, pero lo convencí hablándole muy bajo, igual que Miguel a la yegua.
La luna estaba en cuarto menguante pero alumbraba mucho en aquella noche frígida y calma. Dimos una vuelta despaciosa a la aldea y el perro fue animándose con los olores y ruidos que sólo él percibía. Al llegar a la ermita del cerro contemplé el villorrio a mis pies, dormido como un niño pobre sin pasado ni porvenir. La única chimenea que aún echaba humo era la de mi casa, pero en el aire inmóvil la tenue columna blanquecina se erguía en vertical perfecta y pronto, agotada, se estancaba formando una placa delgada y horizontal; a la altura de mis ojos parecían las dos líneas de un patíbulo. Iba a volverme a casa cuando el mastín gruñó, arrimándose a mí amedrentado. Un instante después noté que el paisaje empezaba a apagarse a medida que una sombra cubría la luna. La lobreguez se hizo opresiva además de triste. Luego el perro volvió a agitarse, pero esta vez parecía contento y movía la cola. Oí la voz de mi padre en las tinieblas.
─ ¿Tú también has salido a ver el eclipse, Sátur? No sabía que leías el Calendario Zaragozano. Pensé que lo considerarías oscurantista.
Aprovechando la negrura que nos volvía invisibles hice un gesto de exasperación con los hombros.
─ No me esperaba un eclipse. Quería pasear a solas.
Me arrepentí nada más decirlo, pero ya no tenía ánimo de mitigar la aspereza con una frase amable. Hubo un silencio, roto al fin por mi padre con voz triste.
─ Bueno, pues te dejo en paz. Y me llevo a Corregidor; está viejo y tiene ahogos con el frío.
Me quedé allí arriba hasta que pasó el eclipse, consolándome con la certidumbre de que todas las desapariciones históricas y sociales eran tan inevitables y tan previsibles científicamente como los movimientos celestes. El mundo de la aldea debía por desgracia desaparecer; el cariño familiar pasaría por un eclipse. Pero pronto la aurora roja nos calentaría de nuevo a todos en un abrazo universal y fraterno. No me lo creía por completo , pero las cosas no podían seguir así en España y en el mundo; el orden caduco era cada vez más agobiante y ya ni siquiera lograba salvaguardar la belleza que había producido cuando aún tenía vigor para procrear. No veía más salida que hacer tabla rasa del pasado, aunque lastimase a gentes tan débiles como las de mi aldea y a dioses tan vulnerables como los de la casita del Viso, aunque me hiriese a mí mismo. Mañana buscaría algún pretexto para adelantar mi salida y me alargaría hasta Asturias para ver a los compañeros de allí antes de volver a Madrid. Tomadas esas decisiones conseguí dormirme, pero soñé que me despeñaba; es curioso cómo los montañeros rara vez tenemos vértigo despiertos y sí a menudo en sueños.
Me despedí con prisas y sin mirar mucho a mis padres a la cara. Luego me hundí sin titubeos en el mundo minero y fabril del Norte. Apenas si recuerdo aquel torbellino de veinticuatro horas, que por precaución política no dejó huella en mi diario. Presentaciones, desconfianza inicial de ellos, discusiones, mala comida y peor bebida, hollín, sudor y tabaco, mucho tabaco hasta que el aire se podía cortar con un cuchillo. Y luego un mitin apasionado y patético, con toses silicóticas y voces desgarradas que gritaban su cólera, sin sutilezas y con entrega a algo que nos superaba a todos. Por primera vez, al cantar la Internacional, comprendí el alcance de la llamada a la famélica legión. Aquello no era una tertulia de intelectuales sino algo terrible y hermoso y hondo. Uno de los compañeros me ofreció su casa para pasar lo poco que quedaba de noche y entramos de puntillas procurando no despertar a la familia que vivía hacinada allí. Dormí en la cocina, envuelto en una manta. Me despertó Maruja, la mujer, bella y triste como una virgen gótica.
─ ¿No irá usted a marcharse sin comer algo?
No supe negarme y me temo que dejé a los niños con hambre. Durante el interminable viaje de vuelta, dormitando traqueteado en las tablas de tercera, recordé las caras ojerosas de los niños, el mal aliento del padre, la hermosura descorazonada de la madre, la sombría dignidad de todos ellos, de todos los compañeros de infortunio. Mis compañeros. Yo los ayudaría a dar un vuelco a sus vidas, a salir de la sordidez material en que estaban, y con ellos redimiríamos a los demás. Aquel tránsito por la meseta inhóspita fue mi rito de purificación, la vela de armas que alumbró mi juicio y fortificó mi voluntad de acción. Recordándolo ahora, cuando ya no me queda ni una de las convicciones y ni uno de los propósitos allí forjados, cuando ya sé que el sueño de la razón produce monstruos, me aterro pero no me avergüenzo.
Tampoco me asombro. Era natural, a mi edad, sentir esas ansias de entrega. La revolución socialista o la fascista era para muchos de nosotros ─no para todos, por desgracia, pues menudeaban los oportunistas y aun los asesinos─ el equivalente moderno de la entrega religiosa, de la negación del yo al servicio del otro o del Otro, con o sin mayúscula sacra. Era la vieja abnegación de servir al doliente, pero ahora, ya sin fe religiosa, dejaba de ser un medio para acercarse a Dios y se convertía en un fin en sí. Con ello abríamos la puerta sin saberlo al enemigo, el odio, que entraba en nuestras almas. Yo tuve suerte y pronto me di cuenta del horror. Otros cultivaron ya siempre en su corazón la simiente inmunda y por eso mataron y murieron suciamente.
Pero aquella tarde la dura luz del invierno castellano producía espejismos tan nítidos y fulgentes como el Sáhara. Estaba solo en el compartimento, bajé la ventanilla, respiré hondo el aire puro y contemplé la llanura adusta con manchones de nieve. La meseta ibérica se convirtió en la estepa rusa, el quejoso tren correo era un tren blindado bolchevique rumbo al futuro, no había límites a la acción decidida, el acontecer histórico estaba a nuestro favor.
─ Oiga, ¿quiere usted helar el coche entero, o qué?
El revisor era viejo, bizco y aguardentoso. Lo iba a mandar a la porra cuando sentí la punzada de la carbonilla en un ojo. Cerré la ventanilla con violencia desdeñosa y, resignado a las miserias cotidianas, intenté quitarme la carbonilla con la punta del pañuelo. Pero entonces sentí otra punzada. ¿Y si tuviesen razón Elena y Miguel, y si el progreso no existiese? Mis convicciones revolucionarias no serían más que hojarasca generosa, un mesianismo laico más efímero aún que las anteriores revelaciones trascendentes. Peor todavía, ¿y si Miguel y Elena no tuviesen razón? ¿Podría yo desear en conciencia que el viento de la Historia los barriese? Es más, ¿tendría yo los redaños de hacerlo si me tocase esa papeleta? Estaba claro que no. Es triste tener alma de revolucionario sin tener madera de Robespierre. Pero, en fin, las revoluciones modernas no tenían por qué ser sanguinarias. Bélicas, quizá, pero no sanguinarias. El mismo Lenín había sido en el fondo un ilustrado y tan sólo la propaganda capitalista podía inventarse historias macabras como las que a veces salían en los periódicos de derechas. Tenían que ser mentiras, puesto que docenas de intelectuales burgueses habían vuelto entusiasmados de sus visitas a la Unión Soviética. ¿Por qué demonios Miguel y Elena no se parecían a don Antonio Machado o a otros por el estilo, gente progresista pero culta y hasta exquisita? De repente quedé sobrecogido por la estupidez de mi propia pregunta. Pedir que mis dos arcángeles se pareciesen a un cursi feo y que no se lavaba era una cuadratura del círculo francamente indeseable.
Con los ojos cerrados por temor a que me doliese la llaguita de la carbonilla, me esforcé en reconstruir mi argumento. Resultaba evidente que el ci-devant Conde de Fonseca, Capitán de Caballería, y su hermana doña Elena Cienfuegos eran tan distintos de Vladimiro Ilich Lenín y Rosa Luxemburgo como yo de Greta Garbo. Ahora bien, ocurría que a mí, Saturnino Prieto, me atraía el proyecto político de los dos últimos y todo lo demás de los dos primeros. No sólo estaba enamorado de Elena sino fascinado por ella y por su hermano y por cuanto representaban, suponiendo que representasen algo. Y ahí estaba el corte perfecto del nudo gordiano: Elena y Miguel no eran la antítesis de los revolucionarios porque no eran liberales ni conservadores ni fascistas, eran reaccionarios. Y no eran reaccionarios políticos como los carlistas o los de Acción Española, eran reaccionarios químicamente puros como Merlín o el Hada Morgana, o como los Masai o las Clarisas Descalzas o el Dalai Lama. Eran criaturas fabulosas y por tanto inofensivas. Claro que no todo el mundo los vería así, pues no los conocían como yo. Sus mismos aliados objetivos de clase terminarían marginándolos o lo habían hecho ya. Pero el caso es que si llegase antes lo que debía llegar los hermanos tendrían problemas con mis compañeros. Bueno, pues yo los protegería. Aunque, bien mirado, protegerlos era como pretender proteger a la aurora boreal.
Me asaltó una última duda. Acababa de leer el comentario de un viajero yanqui a su vuelta de Moscú: I've seen the future and it works. Sería verdad, aunque a mí desde luego en la Revolución me importaba más la justicia que el futurismo. Sin embargo, ¿merecería la pena acelerar la llegada del futuro? Tendría que ser a costa del presente, que a todas luces merecía sumirse en el olvido, pero también de los rescoldos de cierto pasado que yo empezaba a descubrir de la mano de Elena y Miguel y que a veces me reconfortaba extrañamente. El futuro... Mi madre nunca usaba esa palabra, prefería decir el porvenir, al menos en sus raros momentos de optimismo. Es cierto que futuro sonaba a gramática o a H.G. Wells, era algo abstracto, quizá inquietante. Pero el orden futuro sería justo y eficaz. Acaso pecaría un poco de aburrido. No sería como una catedral gótica, ni un palacio barroco, ni una gran caverna llena de estalactitas, no tendría misterio, sería algo así como una... eso, como una clínica aséptica y bien iluminada, donde por fin el género humano pudiese disfrutar de un cierto desahogo.
No me quedé muy satisfecho de la metáfora hospitalaria. Intenté buscar argumentos en el paisaje, pero al abrir los ojos vi que había anochecido y el cristal me devolvía la luz amarillenta del vagón. Me seguía doliendo el ojo lastimado por la ceniza y cerré de nuevo los párpados. Entonces vi el rostro pesaroso de Maruja, con sus arrugas de desesperanza. Descubrí que se parecía a Elena, a una Elena imposible, sufrida y envejecida. Necesitaban mi ayuda, Maruja y los suyos. Había que traer un futuro justo, a costa de lo que fuese, para evitar otro futuro infame, el de Juan March, que por lo demás terminaría siendo igual de inicuo con Elena, con todo lo noble y delicado.
Y es que aunque parezca raro más de uno se hizo rojo por caballerosidad. Los viejos ideales de defender al débil, el espíritu de sacrificio, la camaradería, todo eso se había esfumado de la sociedad española y algunos, por pundonor, siguieron buscándolo hasta creer encontrarlo en el Requeté, en la Falange, en las Juventudes Socialistas, en la F.A.I. o debajo de las piedras de los cuarteles o las iglesias. A veces pienso que nuestra guerra empezó porque de cada diez españoles cuatro tenían miedo, otros cuatro resentimiento y dos tenían vergüenza torera. Pero, claro, eso lo pienso ahora. Aquella noche de alma exaltada y cuerpo entumecido tan sólo pensaba en lo necesario y difícil que sería alejarme un poco de Elena.
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Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
martes, 7 de abril de 2009
El Rompimiento de Gloria (cap. XI)
XI
La siguiente salida al monte también fue peculiar, pues no se trataba de andar a pie sino a caballo. Miguel tenía que ver unas yeguas por encargo de su dueño, un compañero destinado lejos que las había encomendado a un ganadero segoviano. Éste vivía en un esquileo de la ladera septentrional de la Sierra, y allá fuimos el primer día de Invierno, que ese año coincidió con lo previsto por el calendario. Salimos de Madrid al amanecer, encorvados los tres en la moto decrépita que bregaba contra el viento áspero y seco del Norte, y ya en el puerto nos esperaba la nieve. Esta vez conducía Elena y nos hizo una exhibición de destreza opuesta a la de Adam en Gredos: con exquisita prudencia y sorteando ventisqueros, charcos y ramas caídas nos llevó hasta un caserón perdido entre robles.
Llegamos con los ojos llorosos por el aire frío y nos recibió un viejo enjuto y suspicaz, rodeado de mastines algo menos hoscos que él. Ladraban con esa voz grave y casi desdeñosa, sine ira et studio, propia de los perros más olímpicos de la creación. Nos bajamos de la moto y el sidecar ante la sorpresa creciente del viejo al ver que la conductora era una real hembra con bellos ojos arrasados en lágrimas y embutida en un pantalón de montar. Los mastines, aunque guardando las distancias, debieron de notarnos un olor amistoso porque menearon cachazudos el rabo con campechanía displicente.
Entonces pude ver a Miguel ejerciendo a fondo sus dotes de mando y de seducción. El viejo no se esperaba la visita ni sabía quiénes éramos, pero en cosa de minutos, convencido de que no éramos perceptores de impuestos ni anarquistas ni cuatreros, nos estaba ayudando a ensillar los caballos mientras daba órdenes a su mujer para que nos preparase un almuerzo.
─ Esa pradera está como la palma de la mano, no tiene piedras ni agujeros bajo la poca nieve que ha caído. Pero usted, mi Capitán, tenga cuidado con la Jacarandosa, que esa yegua tiene su genio.
Las tres eran yeguas cruzadas de capa torda oscura, unos animales hermosos. Yo no estaba acostumbrado a la silla inglesa y no me atrevía a lucirme ante Elena, aunque en mi pueblo me tenían por buen jinete. Además, hubiera sido imposible competir con Miguel, que mandaba con las piernas, casi sin tocarle la boca a la yegua nerviosa. La fue tanteando, al paso primero, luego al trote y al final al galope corto seguido de galope largo, hasta que quedó tranquila. Miguel parecía tan absorto a caballo como Adam al volante en la cuesta abajo vertiginosa de Gredos, pero sin ninguna tensión. Diríase que montaba con una autoridad modesta, como respetuoso con el animal. De vez en cuando le hablaba, pero no sé lo que le decía pues se había adelantado a nosotros, como si quisiese estar a solas con Jacarandosa.
Nos dimos los tres un paseo largo por el llano, anchuroso y espolvoreado de nieve. Las nubes se habían quedado enganchadas en las cumbres, pero allí abajo lucía un solecillo pálido.
─ Tienes buena planta a caballo, Elena.
─ Pues no lo creo porque rara vez monto. Me gusta, pero no a la amazona. Y así, a horcajadas, tengo entendido que escandalizo... Quien cae muy bien a caballo es Miguel.
Su hermano tenía, en verdad, muy buena vitola. Parecía completar su gallardía natural con algo difícil de definir, como si cultivase a caballo el arte de conseguir el efecto óptimo con la mínima violencia. Cogía las riendas con firmeza suave y no sé por qué me acordé de un gran cirujano de quien se contaba que cada vez que asía una taza de café o un lápiz procuraba hacerlo con el mínimo de fuerza, para adiestrarse en el manejo del bisturí. Caí en la cuenta de que los hermanos, que a menudo derrochaban una vitalidad casi dionisíaca corriendo, bailando o cantando, cambiaban la vehemencia por energía mesurada cuando ejercían destrezas manuales, al guisar, por ejemplo, o al coser. Me pregunté cómo serían en el amor, si fogosos o pausados, pero enseguida deseché el pensamiento por impío, y hasta sentí que me sonrojaba, como un mirón púdico. Ya la equitación era misterio suficiente, mezcla de instinto y reflexión. ¿Y la guerra? A fin de cuentas ése era el oficio de Miguel. ¿Cómo la haría? ¿Como un húsar impetuoso o como un jugador de ajedrez?
─ Ya verás la imprudencia ─me cuchicheó Elena, preocupada─ En cuanto se haya hecho con la yegua, querrá saltar. Y nunca la ha montado hasta hoy...
Estábamos volviendo al prado junto a la casa, cercado con una valla alta de piedra seca. Miguel puso a la Jacarandosa a un galope reunido y al llegar a la cerca animó a la yegua a saltar ayudándose tan sólo de un leve chasquido de la lengua. Aquel salto tan limpio, sin fusta ni espuelas, que ni llevaba, me pareció un acto noble, de corazón y de voluntad y de inteligencia, no una temeridad.
─ ¿Tú crees? ─me replicó Elena mientras yo echaba pie a tierra para abrir el portillo─ Bueno, quizás. Pero también es un acto de seducción. Otro corazón de hembra subyugado. Esta vez de hembra equina.
Ya en la cuadra, Miguel insistió en darle de beber a Jacarandosa y en secar con un puñado de paja a la yegua sudada para luego abrigarla con una vieja manta zamorana. Se despidió de ella con palmadas en la tabla del cuello y palabras incomprensibles y tiernas.
Luego pasamos del inocente vaho de la cuadra ─estiércol, orines y zotal─ a otro olor igual de dulce e inefable, el de la cocina de campo. Tan pronto husmeó la caldereta, Miguel se arrimó a la gorda desdentada que sonreía junto al hogar y discutió animadamente con ella sobre yerbas y condimentos del guiso.
─ En esta casa preferimos la caldereta de cabrito, que no la de cordero. El cabrito es más gustoso, ¿no es verdad? Una sabe que los señoritos de Madrid son poco aficionados a la carne cabruna; dicen que huele a fato. Pero ya cuando vi la traza de los señores barrunté que no eran remilgados como otros, y entonces me decidí por el cabrito. ¿Qué le parece?
Miguel, con su larga experiencia de centenares de pruebas de rancho, sabía que el rito es serio. Sacó una navaja del bolsillo y pinchó un trozo de carne. Lo masticó despacio y, con la debida gravedad, anunció:
─ Esto está de verdad sabroso.
Fueron llegando los hijos, hasta siete, mocetones recios y tímidos que entraban en la casa del padre con la boina en la mano y murmurando:
─ A la paz de Dios, señores.
Dos estaban casados; sus mujeres eran tan candorosas como ellos pero más atrevidas.
Encandiladas por Elena, osaron acercársele aunque sin llegar a dirigirle la palabra. Ella, que tenía el mismo don de gentes que su hermano, debía de estar cansada o no quería ejercerlo; el caso es que se limitó a sonreír afable a las mozas, las cuales la miraban con los ojos muy abiertos.
Entonces una de ellas, la más jovencita, como un niño que viendo la nieve por primera vez al fin se atreve a tocarla, levantó la mano y le arregló un mechón de cabello despeinado. Se puso muy colorada pero se echó a reír, y Elena también, como saliendo de un trance. Las tres muchachas, hablando a la vez, se fueron al lar y Elena apartó suavemente con la cadera a Miguel y restableció el buen orden campesino al dejar que las nueras ayudasen a la vieja en el trajín de la cocina.
No hubo cucharada y paso atrás. Aquello no era una gañanía. Comimos muy bien y con todo el decoro rústico propio de la casa de un rabadán importante. Pensé que así vivirían los ya desaparecidos labradores honrados y los caballeros pardos, sin pretensiones nobiliarias ni refinamientos burgueses, pero con dignidad y modesto desahogo. El viejo, que se llamaba Juan Guzmán, bendecía la mesa, partía el pan y servía el vino; Consolación, la vieja, hacía todo lo demás y de vez en cuando recibía órdenes mudas de los ojillos azules de su marido. Éste había servido al Rey en África y quería saber cómo estaban las cábilas.
─ Es que esa gente, bien mandada, puede ser útil, pero como se desmande... En fin, mi Capitán, usted sabe mucho más que yo.
Miguel lo escuchaba con atención y luego le dio unas explicaciones bastante completas, más quizá que las que hubiese dado a Adam. A cambio, le hizo muchas preguntas sobre la vieja trashumancia y sobre los tiempos ─que Guzmán había alcanzado a conocer─ en que el aullido del lobo helaba la sangre de los que pasaban por los puertos de esas sierras. Ahí sí creí notar las diferencias de genio entre el pastor y el que ya no tiene grey que proteger: aquél era partidario del rebaño y éste del lobo. Miguel no decía nada al respecto, claro, pero cuando preguntaba por los lugares más infestados de lobos y luego escuchaba sonriente y entornando los párpados, yo no lo atribuía a la modorra del orujo.
─ Un día se aprendió La mort du loup de memoria, por una apuesta ─me dijo Elena en un aparte─, y todavía la recita a veces, cuando está solo y de buen humor.
─ ¿De buen humor? ¡Pero si es un poema tristísimo!
─ Por eso.
─ Tu hermano es una mezcla de romántico y estoico, cosa rara y peligrosa.
─ ¿Peligrosa para quién?
─ Para él. Y para ti... y para el resto del género humano.
─ Pero es que él prefiere al género lobero. Es menos dañino.
─ Pues para ser un misántropo congenia muy bien con los humanos. Míralo ahora.
─ Ahora está a gusto porque se siente con gente montuna.
Miguel escuchaba absorto al viejo, otro gran seductor. Este liaba con parsimonia un cigarro mientras con su honda voz de bajo ruso contaba una historia que probaba la fabulosa maldad de un arriero maragato, probablemente endemoniado, que él había conocido en una de sus andanzas de mozo. Daba la casualidad de que yo había oído hablar de ese arriero malvado en casa de mis abuelos. Noté en el cerebro esa sensación física, como un clic, que produce el déjà vu, pero no era paramnesia sino que toda la realidad presente encajaba con un recuerdo de mi infancia: el medroso nombre mencionado de Eufemio el Látigo, la mesa brillante y gastada de roble, las caras embobadas de los muchachos, el silbido del viento fuera, el aroma de chimenea y cocina, hasta la peste a carburo cuando se enciende la lámpara, todo eso lo había vivido yo quince años antes en León, a cientos de kilómetros de allí, en otro lubricán mágico de invierno, acurrucado contra mi abuela. Un rato antes ideaba yo comparaciones librescas entre esa casa y los labradores honrados del antiguo régimen; ahora comprendía que el antiguo régimen abarcaba desde el descubrimiento del fuego hasta la invención de la electricidad. Cualquier infancia pre-eléctrica, y la mía lo habia sido, era una infancia del antiguo régimen, con duendes y héroes. Lo que el Siglo de las Luces no había conseguido ─acabar con las Tinieblas del Pasado─ lo estaba consiguiendo nuestro Siglo de la Bombilla. Sentí un pellizco de pena; como revolucionario me atraía la idea del Progreso arrollador que sacudía tronos y altares con su grandiosa fuerza histórica, pero no el ruín escepticismo de la bombilla y la radio galena.
Antes de despedirnos, el viejo nos enseñó el esquileo. La enorme sala cavernosa llevaba años vacía y flotaba en ella un frío melancólico como de iglesia sin culto. Se fue, sin embargo, poblando de fantasmas y de ecos de balidos y tijeretazos a medida que Juan Guzmán nos relataba sus esfuerzos hasta principios de este siglo por mantener en uso el esquileo. Un mal año comprendió que esa primavera sería la última en que se harían las cosas de toda la vida, cuando el Conde de Prádena le dijo:
─ Esto se acaba, amigo Juan. Estamos arruinados. Los catalanes no quieren la lana de nuestras ovejas. Les sale más barato traerla de Australia.
Por última vez, todo se hizo como Dios manda, y cada uno cumplió con su obligación puntillosamente. Los ganaderos, mayorales y zagales quisieron oír, sombríos, la misa dicha en el oratorio abierto hacia la pieza del rancho, donde los esquiladores continuaban su labor interrumpiéndola tan sólo en el momento de la consagración, que acompañaban, en fantástica liturgia, con el repique de las tijeras. Luego, la nave quedó silenciosa ya para siempre. El viejo la mantenía limpia y ordenada, como si creyese que la historia daría un salto atrás, pero él mismo reconocía que los tiempos iban por otros caminos y parecía resignado a su condición venida a menos, de dueño de un rebaño pequeño, de ganado estante. No le faltaba un buen pasar, pero rezumaba añoranza de las noches al raso y la gran polvareda trashumante de sus años mozos.
Llorando otra vez de frío llegamos a Madrid. El aire seco y gélido me había despejado los vapores aguardentosos de la cabeza, pero no el amargo sabor de boca de la despedida. Acepté merendar unas nueces con miel antes de volver a la pensión. Miguel prendió la chimenea mientras Elena encendía algunas velas; ninguno de nosotros quería luz eléctrica esa noche. Buscando el cascanueces, Elena encontró el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, que yo había dejado allí por olvido unas semanas antes.
─ ¿A que no se os ha ocurrido leerlo?
─ Yo sí lo he leído ─replicó Elena ─Es corto y está bien escrito.
─ Yo también ─bostezó Miguel ─y es un plomo.
─ Pues debería al menos gustarte su crítica de los valores burgueses.
─ Quien parece no haberlo leído eres tú, Sátur. A Marx le indigna la explotación burguesa, pero admira sin rodeos el papel modernizador de la burguesía, que según él ha salvado a mucha gente de la idiotez de la vida rural, o algo así.
Yo no recordaba esa frase, que tanto me haría cavilar después, durante años, así es que no supe qué contestar. Elena, en cambio, debía de haberle dado vueltas a la desdeñosa suficiencia urbana de Marx, pues añadió, dubitativa:
─ Habría que ver lo que dijo Marx en alemán... A lo mejor usó la palabra Idiotismus, que para un hombre de educación clásica como él tendría ecos muy ajenos a la tontería...
─ Muy bien, pues entonces mandadle el panfleto a la familia Guzmán, la del esquileo, y ya veréis como todos se apuntan al partido de Sátur ─interrumpió Miguel.
Yo no protesté, Elena no se rió y el gato no dejó de mirar con hastío los copos de nieve que el viento aplastaba contra la ventana. Todos nos quedamos ensimismados, hasta que por fin Elena se levantó y se fue a la cocina por una botella.
─ ¡Ea, ya está bien de pesares! ¡Vamos a emborracharnos y a cantar!
Pero el vino nos dio triste y terminamos cantando:
Ya se van los pastores,
ya se va el rumbo,
ya se va la alegría
de todo el mundo.
No quise que Miguel me llevase a casa en moto, quería estar solo con mis cuitas y anduve por las calles desiertas y heladas. Pero, en fin, a esa edad hasta la melancolía termina volviéndose gustosa así es que, olvidada la Filosofía de la Historia, abrí mi sórdido portal cantando:
Lucerito que alumbras
a los pastores:
dale luz a la prenda
de mis amores.
* * *
Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
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miércoles, 1 de abril de 2009
"Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo"
Una de las citas más frecuentes y peor hechas es la que suele traducirse más o menos por “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, atribuyéndosela a cualquiera, desde Menéndez Pelayo a Suso del Toro, pasando por Churchill. Pues bien, es de George (o Jorge, como fue bautizado) Santayana, y no dice la frase antes mencionada sino algo mucho más sutil y mucho menos políticamente correcto, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto. En vista de que a ustedes pareció interesarles el texto de Santayana que coloqué aquí hace unos días, ahí va este otro del abulense bostoniano:Progress, far from consisting in change, depends on retentiveness. When change is absolute there remains no being to improve and no direction is set for possible improvement: and when experience is not retained, as among savages, infancy is perpetual. Those who cannot remember the past are condemned to repeat it. In the first stage of life the mind is frivolous and easily distracted, it misses progress by failing in consecutiveness and persistence. This is the condition of children and barbarians, in which instinct has learned nothing from experience.
George Santayana, The Life of Reason, Volume I, 1905.
Esta vez me atrevo a traducirlo, porque es más corto:
El progreso, lejos de consistir en el cambio, descansa en la retentiva. Cuando el cambio es absoluto no queda ser alguno al que mejorar y no se establece dirección para una posible mejora; y cuando la experiencia no se conserva, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. En la primera etapa de la vida la mente es frívola y se distrae con facilidad, no consigue el progreso por falta de constancia y consecuencia. Así son los niños y los bárbaros, su instinto no ha aprendido nada de la experiencia.
Cuando Santayana habla de salvajes y bárbaros, niños y frívolos, parece estar pensando en nuestra postmodernidad, con cien años de antelación.
jueves, 26 de marzo de 2009
El Rompimiento de Gloria (cap. X)
X
El otoño templado se alargaba y los cambios transcurrían con una lentitud majestuosa. Llovía de vez en cuando, no más de lo preciso para realzar los olores y reavivar los líquenes y musgos. Un día vi cómo, ya rojizos, flameaban los helechos entre las piedras grises de un canchal. Creí que no había visión abstracta más serena que ésa ─por entonces me gustaba Klee─ hasta que penetramos en un bosque catedralicio de enormes pinos albares. Allí la vista subía desde la llama apacible de los helechos, resbalando por los troncos ─grises abajo y asalmonados en lo alto─ hasta el verde casi negro de las copas de los árboles. Me quedé un momento atónito ante aquellos fuegos artificiales tan naturales, pero no dije nada por miedo al sambenito del antropomorfismo. Miguel debió de notarlo y me preguntó:
─ ¿Viste antes el fogonazo anaranjado?
─ ¿Dónde?
─ Cuando nos paramos a almorzar se vio durante un instante en una cerca de piedra seca, a unos treinta metros al sur de donde comíamos. Era un zorro, que saltó sobre las piedras a contraluz del sol.
─ ¿Y por qué no me avisaste, hombre?
─ A veces los portentos son tan fugaces...
─ Y sobre todo ─añadió Elena ─que quien no los ve es que está de Dios que no los vea.
─ ¿Qué podía presagiar ese portento flamígero?
─ También está de Dios que quien no lo sepa no lo pueda saber.
A partir de entonces aceché con cuidado aquellas humildes hierofanías y vi varias durante los meses siguientes. Una tarde se nos apareció un toro blanco, como Júpiter, muy distinto del toro de lidia pero tan sagrado o más. Otra vez, ya entrado el invierno, se cayó de una roca un carámbano grande, con el sol de la media mañana, y estalló en el suelo con ruido de cristal y chispazos de hielo. También comprendí que el rompimiento de gloria después de aquella tormenta de verano al principio de nuestra amistad había sido una hierofanía.
En cambio, sigo todavía sin saber si fue un portento ─y de qué─ la aparición de Adam. Lo conocí una tarde, al pasarme por casa de los hermanos para devolverles unos libros. Me encontré con un desconocido que charlaba con Elena en alemán. Era un hombre de unos treinta años, guapo y bien trajeado. Lo detesté en el acto, y más cuando la muchacha nos presentó ceremoniosamente:
─ El Comandante Príncipe de Werneck acaba de llegar a Madrid destinado a la Embajada de Alemania; es agregado militar adjunto y no conoce a nadie... Saturnino Prieto es muy amigo nuestro y además es un helenista notable.
─ ¿Elenista con hache o sin hache? ─preguntó el teutón en correcto español, y tengo que reconocer que su tono era más de buen humor que de impertinencia. Enseguida añadió, sin perder la sonrisa:
─ Perdón por la pregunta inútil, está claro que nadie puede ser lo uno sin lo otro.
A Elena no pareció gustarle del todo la broma. Se levantó diciendo que tenía que terminar una traducción para cobrarla cuanto antes.
─ Otro día, Adam, vente un poco más tarde y ya habrá llegado Miguel. Así podréis hablar de Clausewitz y de las guerras.
─ O de la de Troya contigo, Elena.
─ Es verdad que tu prima Tina dice que eres un sabio prusiano.
─ ¡Pero si tan sólo soy prusiano por mi madre!
Observé los ojos grises, claros del alemán, su nariz recta y fina y los labios delgados. Esperaba encontrar altanería y frialdad en su semblante, pero más bien descubrí un aire de sosiego pensativo, apenas interrumpido por una sonrisa distraída. Al salir a la calle señaló con un gesto cortés de ofrecimiento una mole agazapada en la penumbra, bajo las acacias, como un caballero veneciano del siglo XVIII hubiese mostrado un rinoceronte traído por la Serenísima República para solaz e ilustración de la ciudadanía.
─ He venido en mi automóvil y tendría mucho gusto en llevarlo a su casa, Señor Prieto.
Pero yo no tenía ganas de que el militar oligarca viese dónde vivía, ni de que a mí me viesen llegar a la pensión en un Mercedes-Benz, así es que le pedí que me dejase en la Gran Vía.
─ ¿Aceptaría usted tomar una copa conmigo en Chicote?
─ ¡En Chicote! No, no gracias.
Subí la escalera de la pensión mascullando:
─ Encima éste pretende adorar al santo por la peana. Y yo no soy peana de nadie.
Al día siguiente pregunté a don Hermógenes, que había estudiado en Heidelberg, cómo se decía aldeano palurdo en alemán.
─ ¡Qué pregunta tan absurda, Prieto! Mis amigos universitarios alemanes no son clasistas y nunca dirían algo así pero, en fin, si se olvidasen de sus principios dirían ein Rüppel.
Busqué un pretexto para volver a ver a Elena esa misma tarde y le espeté con estudiada indiferencia:
─ Seguro que a estas horas tu amigo el príncipe está escribiendo a algún compinche tudesco algo así como "y la corte madrileña de la Bella Elena consiste en un Rüppel".
─ ¡ Qué bobo eres, Satur, y qué poco te fijas en la gente! Adam no tiene un pelo de desdeñoso. Su único defecto es ser demasiado concienzudo. Aspira a conocer a los españoles de todo pelaje para comprender nuestro manicomio nacional, tan distinto del manicomio germánico. Si tomase confianza contigo te marearía con mil preguntas minuciosas. A mí me aburre, pero a Miguel le hace gracia su manía taxonómica.
─ O sea, que es un espía.
─ Sí, claro , y sin duda por eso pregunta los nombres latinos de las plantas silvestres y quiere una lista de los diez mejores sonetos en castellano.
─ Entonces te está tirando los tejos.
─ Pues mira, creo que sí. Como tú. ¿ Y qué?
Iba a replicarle alguna tontería, quizá irreparable, cuando por fortuna apareció Miguel con cara de noticias.
─ Adam nos invita a pasar dos días en el parador de Gredos. Le he dicho que sí...
─ ¡Qué suerte! Os vais a incorporar a la Kulturkampf.
─ ...y me ha insistido en que tú también estás convidado, Saturnino.
─ Yo no tengo dinero para costearme un hotel de lujo.
─ ¡Pero si te digo que nos convida él!
─ Y yo te digo que no soy un gorrón.
Elena me miró con ojos serios y apoyándome la mano en el brazo preguntó pausada:
─ ¿Y si te lo pido yo?
Sopesé a toda prisa las ventajas e inconvenientes de dar mi brazo a torcer. Tragué saliva.
─ Bueno, iré.
Sufrí mucho y sin necesidad, pero por poco tiempo. Cuarenta y ocho horas después estábamos repanchigados en el Mercedes, algo adormecidos por el ronroneo poderoso del motor y por la cortesía afable y un poco distante de su dueño. Noté que nos trataba a los tres de manera parecida y que Elena apenas si escuchaba sus preguntas incesantes.
─ ¿Por qué en España las gallinas siempre están cruzando la carretera?
Media hora antes habíamos atropellado a una y Adam se había empeñado en parar y buscar al dueño para indemnizarlo. Miguel suspiró al oír la quinta pregunta sobre el incidente.
─ Verás, Adam, es que en Avila las gallinas no están acostumbradas a coches tan rápidos y silenciosos como el tuyo, y se atolondran con el sobresalto. Pero ten cuidado sobre todo con las vacas avileñas, que son igual de tontas y más corpulentas.
─ ¿Y por qué las vacas son avileñas y Santa Teresa es abulense?
Elena cerró los ojos y Miguel gruñó:
─ No sé.
Yo iba sentado detrás del chauffeur principesco y vi sus hombros moverse hasta que estalló en una carcajada franca y alegre.
─ Ya sé que soy un pesado con tantas interrogaciones. Mi abuela renana, que se aburría con su nuera prusiana, decía que ésta, mi madre, era tan solemne y tan... ¿se dice inquisidora? ... bueno, tan preguntona, porque no sólo descendía de Guillermo von Humboldt sino que su antepasada había sido... ¿se dice adulterosa? ... con su cuñado, el otro sabio barón, Alejandro. Pero yo he investigado y creo que no son más que calumnias inventadas por mi abuela católica.
Nos echamos a reír y él también, como si hubiese llegado el momento del recreo entre clases.
─ Vamos a cantar... Franz Lehár estaría muy bien en este paisaje, parece de los Cárpatos ─ dijo Adam y empezó a entonar con muy buena voz el Viljalied.
Los hermanos corearon, aunque rebajando el almíbar danubiano con un pellizco de ironía. Yo sólo pude acompañar silbando.
─ Silba usted muy bien, licenciado... perdón, eso es vocativo cubano, ¿no? ¿Podemos llamarnos Adam y Saturno?
─ No aspiro a tanto, mejor sería Saturnino.
─ Eso, muy bien ─y me ofreció la mano derecha mientras con la izquierda, igual de fuerte y fina, giraba el volante bordeando un precipicio. Se la estreché un instante.
─ ¿Es usted ambidextro, Adam?
─ Sí, ¿por qué?
─ Menos mal.
Llegamos al parador de montaña al mismo tiempo que un grupo de cazadores en dos Hispano-Suiza. Miguel y Elena conocían a uno de los monteros y todos saludamos a la turbamulta elegante, envuelta en tweeds apagados, armas, prismáticos y gastada guarnicionería. Después de cenar Adam se quedó jugando a las cartas con los cazadores junto a la chimenea y los demás nos fuimos a dormir. Me sentía aliviado por el cambio de actitud de Adam hacia Elena; por el motivo que fuese había dejado de galantearla. Ya no me parecía un rival y ni siquiera un intruso. Sus torpezas hablando español y sus ansias enciclopédicas sin demasiado tino empezaban a hacérmelo simpático. Y es que los españoles tan sólo tenemos dos maneras de ver a los extranjeros: como gente amenazadora o como seres desvalidos.
Adam no era ni lo uno ni lo otro. Al amanecer me lo encontré en la terraza mirando con atención las cumbres plomizas. Husmeó el aire y volvió al salón a echar un vistazo al rollo de papel milimetrado del barómetro.
─ Empezará a llover por el Oeste, a media mañana. Y mucho ─dijo sacando un cigarrillo turco de una de esas petacas de plata que se regalaban en Centroeuropa a los padrinos en los duelos.
─ Pues entonces vamos a desayunar bien.
─ Yo ya me he tomado una taza de café. Ando mejor con el estómago vacío.
Ambas cosas eran ciertas. Adam andaba con paso muy ágil y ligero, pero no dejaba de observar las nubes, cada vez más negras, y cualquier cosa de interés que apareciese en el cielo o en la tierra.
─ Mirad, un... ¿cómo se dice Feldeggsfalke?
─ Halcón borní ─contestó Miguel riéndose─ Se nota que eres un oficial de Tierra; somos todos unos malditos porque se espera de nosotros que nos fijemos en cada detalle hasta donde llega la vista, por muy cansados que estemos o por muy atentos a no meter la pata, nuestra o del caballo, en un boquete. En cambio, los marinos lo tienen muy fácil, bien cómodos en el puente. Así cualquiera puede usar el catalejo pensando en la táctica y hasta en la estrategia. Pero los pisahormigas tenemos que aprender a tragar polvo y barro sin dejar de mirar a la distancia, de donde puede venir la muerte grandilocuente, como a nuestros pies puede abrirse la muerte modesta, la lesión humillante: el despeñarse, la punzada en el bazo, las sanguijuelas. No es fácil jadear y pensar al mismo tiempo. Ni en la guerra ni en lo demás.
─ Lo peor es la escalada. Ahí sí que hay que mirar cerca y lejos a la vez. De lo contrario la muerte es segura, no probable. Incluso sin disparos del enemigo. Pero tú has dejado el alpinismo, ¿no Miguel?
─ Sí, y también el esquí. Me aburre depender de artilugios cada vez más ultramodernos. Me divertía escalar a la antigua, con alpargatas en los Picos de Europa, como don Pedro Pidal y alguna vez descalzo como el Cainejo. Por lo mismo dejé de cazar, cuando vi que los mejores tiradores del mundo son los rifeños andrajosos con espingardas desvencijadas. Pero me gustaría aprender alguna vez a disparar con cerbatana en el Orinoco...
─ ... Nos gustaría ─puntualizó Elena, sonriente.
Adam miró a Miguel con curiosidad y luego a Elena, y después, dirigiéndose a mí, recitó algo en inglés sobre Diana, que no entendí hasta años más tarde.
Seguimos andando, ya en silencio pues la subida se había vuelto muy empinada. Elena encabezaba la fila india y, aunque no parecía deseosa de poner a prueba la resistencia del alemán, íbamos todos a buen paso y Adam no jadeaba ni tropezaba; debía de estar bien entrenado porque le quedaban fuerzas para percatarse de cuanto nos rodeaba. Se notó un tenue resplandor fugaz y Adam empezó a contar despacio y por lo bajo, como rezando. Al oírse un gruñido, leve y lejano, casi cauteloso, el alemán comentó:
─ La tormenta todavía está a veinte kilómetros, por Poniente, y aún no es fuerte. Llegará dentro de una media hora.
Apretamos el paso y al rebasar un último repecho nos encontramos en el borde de una gran meseta cubierta de buenos pastos de verano y algunas manchas de piornal. Varios arroyos pequeños confluían en otro mayor que se deslizaba sin prisas hacia el extremo opuesto al nuestro. Debía de ser una de las mejores majadas de Gredos, pero ya por San Miguel habrían retirado las vacas y aquello era una inmensidad solitaria. En cuanto nos adentramos en la pradera dejamos incluso de ver el resto de las montañas y la meseta parecía el techo del mundo, tan final y terminante como el altiplano andino. Nos encaminamos hacia unas rocas grandes a nuestra derecha, que podían ofrecer abrigo, pero antes de llegar se abrieron las cataratas del cielo con una violencia como yo nunca hasta entonces había sentido, ni en León ni en el Guadarrama. Cuando estábamos a unos cien metros de las rocas, un rayo fulminó el vértice geodésico que tenían encima.
Nos quedamos inmóviles, pasaron el estruendo y el eco, el viento nos trajo un resto de tufo a chamusquina. Nos miramos las caras chorreando agua y yo me animé al ver en el rostro de mis compañeros más excitación eufórica que otra emoción.
─ Les tengo dicho a mis compañeros del servicio geográfico que no coloquen esas placas metálicas en los vértices, amenazando con la cárcel a quien los destruya. Como si Júpiter tonante las fuera a leer... Bueno, esas rocas no sirven de refugio...
─ ¿No habrá alguna cueva por aquí? ─preguntó Adam.
─ No, todo esto es sierra de granito. Pero... parece que ahí...
Yo no veía nada tras la cortina de agua, pero oí a Elena gritar:
─ ¡Sí, hay un chozo!
Corrimos hacia un bulto de piedras cubierto de ramas, todos menos Miguel, que deambulaba feliz y sin prisas por aquel mínimo escenario del drama meteórico, contemplando los rayos cada vez más frecuentes y más poderosos, oyendo el estruendo creciente de los truenos, ya tan seguidos que parecían empujarse y amontonarse como un tropel enloquecido de bestias antediluvianas.
Estábamos los tres acurrucados en el chozo cuando por fin llegó Miguel y se quitó la zamarra, que escurría agua a raudales. Se sentó junto a su hermana con una gran sonrisa muda; todos nos quedamos sin decir palabra ante la imposibilidad de competir con el fragor. No había ni que soñar con hacer una hoguera, pero allí dentro nos encontrábamos a gusto pues el techo no se calaba mucho y las previsibles pulgas y garrapatas todavía no se hacían sentir. Circularon la bota de vino peleón y el chorizo, y al fin , pasado el paroxismo de la borrasca , sólo se oía la lluvia caudalosa pero mansa.
─ ¿Te acuerdas de aquella tormenta en el delta del Danubio, Elena? ─dijo Miguel─ Bueno, pues esta ha sido mejor todavía.
─ ¿Y sigues pensando lo mismo de Protágoras?
─ Sí, era un cantamañanas ─contestó Miguel dándole un tiento a la bota.
─ ¿Protágoras cantó la mañana? ─preguntó Adam, perplejo.
─ Pues sí, cantó el amanecer de la era estúpida de mirarse al ombligo, con la sandez esa de que el hombre es la medida de todas las cosas.
─ Si vamos a eso ─terció Adam, animado al comprender la alusión ya que no la broma─ más antiguo y menos justificado aún es el optimismo de Moisés al decir en el Génesis que Dios creó el hombre a su imagen y semejanza.
─ Quizás, pero Moisés se salva de la petulancia pueril con la historia del Pecado Original, que debería haber roto cualquier presunción divina del hombre, al menos después de la Caída. Bien mirada, la antropología cristiana es la más pesimista y realista que hay. A mí me gusta. Sobre todo lo de Caín y Abel. Anda que hacernos descender de un labriego listillo, asesino de un pastor noblote... ¡Menudo soplamocos a la vanidad humana, escoger como mito fundacional un sórdido drama campesino, digno de Maupassant! ─concluyó Miguel, meneando la cabeza con admiración por el realismo mosaico.
─ Seguro además que Caín era el hombre de Cromagnon y Abel el de Neanderthal ─añadí yo para dar algo de respetabilidad materialista - dialéctica al mito, y también porque lo pensaba, como lo sigo pensando.
Adam nos miraba algo inquieto.
─ Pero, ¿qué tiene eso que ver con los rayos y con Protágoras?
─ Tiene todo que ver ─replicó Elena con viveza ─El hombre moderno se asienta en varias mentiras ridículas y peligrosas. Siguiendo a un sofista se cree la medida de todo, cuando cualquier rayo de esta tarde es varios millones de veces más que él. Luego va y se toma en serio una frase santurrona de comedia romana para justificar su propia índole mezquina: hombre soy y nada humano me es ajeno. Con todo eso no es de extrañar que el hombre moderno, el hombrecito de la llanura, desde hace medio milenio se haya ido endiosando, como el sapo que se hinchaba para ser tan gordo como un buey. Ese es el mayor crimen de impiedad. Por eso el hombrecito de la llanura se está volviendo enorme y deforme, y más cruel y cainita que nunca. No tienes más que leer el periódico. Pero pronto reventará, el hombrecito de la llanura, como un antrax. Y nos manchará a todos.
No me gustó la mirada de angustia de Elena y me callé no sé qué broma sobre Casandra. Hasta Adam comprendió que ella, al menos, hablaba en serio y cortó al estilo prusiano:
─ Ha parado de llover. Andando.
En cuanto salimos de la choza el viento se llevó nuestra pesadumbre. El mundo se nos ofrecía limpio y brillante tras el diluvio. Cada brizna parda del cervunal de otoño, cada hoja verde oscuro del piorno, cada mancha verde claro de los tremedales y cada negra rama del brezo escurrían el agua hacia los regatos, mientras los musgos y los líquenes la retenían con avaricia. No llegaba a lucir el sol pero las nubes estaban ahora altas y había vuelto la fuerte luz de montaña. Ya se veía hasta lo lejos un mar encrespado de rocas grises. Los picos, canchales, cuchillares y galayos presentaban un muestrario de grises completado por el cielo, cuyas nubes remedaban desde el gris pálido de la paloma zurita hasta el sombrío del águila real.
─ El año pasado estuve cazando en Irlanda y todos me hablaban de los ochenta y nueve tonos de verde que hay allí. Los españoles deberían presumir de sus ochenta y nueve tonos de gris ─dijo Adam.
─ Sí, pero lo mejor del paisaje de España no son los colores que tiene sino los que no tiene. El rosa-sostén y el rosa-chicle americano, por ejemplo, están prohibidos en nuestras puestas de sol. Gracias a eso nos libramos de las tapas de cajas de bombones. Los ocasos de la España seca parecen escenas de matadero y los de la España húmeda escenas de la morgue ─explicó Miguel.
─ Like a patient etherized upon a table ─concluyó Adam, encantado con la nueva clasificación.
En el camino de vuelta los aéreos tintes grises fueron verdeando y oscureciéndose a medida que bajábamos por una garganta cada vez más angosta. Todo resbalaba y todo rezumaba humedad, hasta que el mismo aire tomó consistencia y colores submarinos. Aquello sería un locus amoenus en Verano, el fresco reino del ombligo de Venus y del culantrillo, pero en Otoño resultaba lóbrego.
─ Vamos a correr hasta el parador ─propuso Elena.
─ En la montaña no se corre ─sentenció Adam.
─ Lo sé. Pero tengo hambre.
─ Y yo también ─apoyó Miguel a su hermana ─así es que nos adelantaremos para encargar la merienda junto al fuego.
Adam y yo los vimos alejarse riéndose y brincando con aplomo por los resbaladeros.
─ Qué animales tan hermosos, ¿verdad, Saturnino?
─ Sí... graciles capellae ─le contesté, citando a Ovidio a mala idea, para establecer al menos una superioridad cultural frente al Príncipe militar. Pero no había contado con la sólida formación clásica de los internados benedictinos en Alemania. Adam, consciente sin duda de mi maniobra, la desbarató con una sonrisa modesta, preguntándome:
─ ¿Entonces usted y yo somos las focas deformes que ocupan el lugar de las cabras con el diluvio?
─ Ni eso, nos ahogaríamos con los demás... Pero veo que me he topado con los dos únicos militares cultos del mundo, Miguel y usted.
─ No crea que somos los únicos, como usted tampoco es el único filólogo que sabe andar por el monte.
Me hizo gracia su lógica germánica, aunque fuese pre-hegeliana, y se lo dije. Los dos nos echamos a reír y seguimos el camino despacio, charlando por los codos. Hablé sobre todo yo, quizá halagado por su curiosidad infinita y paciente. Ni una de sus preguntas era política. Tampoco eran íntimas, y ni siquiera personales, pero al cabo de dos horas de plática sobre la trilla en el Bierzo, sobre los maragatos y sobre la cuna de los indoeuropeos, creo que Adam me conocía bastante mejor que mi maestro don Hermógenes.
Al llegar al parador ya Elena y Miguel nos esperaban, de espaldas a la chimenea y despidiendo vapor de la ropa mojada, frente a una mesa cubierta de una merienda-cena tan copiosa que parecía el sueño de un niño glotón. O más bien de dos, uno español y otro inglés, pues mezclado con la pantagruélica merienda castellana de quesos, chacina y morapio aparecía un high tea completo con scones y muffins, té y Bovril, y hasta potted shrimps. Mientras yo admiraba el arrebol de Elena, Adam se quedó embelesado, con ojos de gula atónita, ante la parte inglesa del bodegón, que se le ofrecía como un espejismo utópico en el corazón de Gredos.
─ Pero si eso es... el high tea que me daba Miss Divine los domingos, cuando yo volvía helado de pescar...
─ Y como yo sé que cuantos han tenido una nanny inglesa están pervertidos para siempre en cosas de comida, ayer antes de salir de Madrid hice acopio de todo esto en el salón de té que hay en la Castellana.
Brindamos por Miss Divine y también por la Miss Everest de los Fonseca, comimos morcón con crumpets y todos celebraron mi ocurrencia, dicha con la boca llena de potted shrimps:
─ ¿Qué se puede esperar de una oligarquía internacional cuya magdalena de Proust es una pasta fósil de gambas?
Al rato llegaron los cazadores, igual de mojados que nosotros y con cara de hambre. Tuvimos que compartir los restos del tentempié con los recién llegados, que arrasaron la mesa derrochando elogios de la comida y de la anfitriona. Pronto Elena se levantó con un bostezo y se desperezó cruzando las manos detrás de la nuca. Indiferente a nuestras miradas fijas en sus pechos y muslos, se despidió.
─ Estoy derrengada. Me voy a dar un baño y a meterme en la cama. Y tú, Miguel , que no eres friolero , llévame luego a mi cuarto por favor la camisa de tu pijama. Me olvidé de traer el camisón y anoche me quedé helada.
El día siguiente amaneció plomizo y con aguanieve. En previsión de que el mal tiempo alargarse el viaje de vuelta y para evitar que Adam nos marease durante horas con sus preguntas, decidí interrogarlo yo a él. Después de todo el alemán no tenía un pelo de tonto ni de antipático y además parecía bien informado. Esta vez iba yo en el asiento junto al conductor y la conversación me era más fácil, así es que en cuanto emprendimos el descenso de Gredos por la estrecha carretera comarcal abordé sin rodeos el asunto que más me interesaba.
─ Díganos, Adam, ¿a dónde los va a llevar a ustedes los alemanes Hitler?
─ ¿Hitler?
─ Sí, su Presidente, Canciller y Führer.
Adam se quedó callado y pensativo. Atribuí su silencio a la discreción y me sentí obligado a añadir que no pretendía sonsacarle confidencias impropias de un militar en activo.
─ No, no es la prudencia lo que me hace díficil contestar. Creo que estoy entre amigos de confianza ─dijo lanzando una rápida mirada por el espejo retrovisor a los hermanos.
─ Claro que sí, Adam. Aunque él no lo sabe, Sátur es más hidalgo leonés que militante político. Y nosotros...
─ Ya. Pero es que no sé qué contestar; no sé a dónde va a llevar Hitler a Alemania. Yo creo que no la lleva a ningún sitio. Él no la lleva, él se deja llevar. Pese a lo que dicen sus amigos y sus enemigos, Hitler no es un caudillo que conduce. Es un político muy hábil; sabe que todas las naciones tienen tendencias malas y buenas, y que las malas siempre son más hondas. Él identifica las malas, las encona y luego se ofrece a encabezarlas. Por eso ha llegado al poder democráticamente. Lo adoran, pero no es un hipnotizador, es un hipnotizado. Yo lo he visto en una de sus reuniones con antorchas. Está fascinado por la plaga marrón... ¿se dice así?
─ Sí ─suspiró Miguel─, die braune Pest... Entonces Hitler es un hombrecito de la llanura, hinchado y monstruoso. Como Lenin, como Stalin.
─ ¡No es posible ─rompí yo ─, la clase obrera no engaña ni se deja engañar !
─ Yo no he hablado de engaños. Las frustraciones de la nación alemana son reales, algunas debidas a agravios y otras a resentimientos paranoicos, pero todas reales y Mein Kampf las recoge fielmente. Y luego propone como único remedio la fuite en avant. Mire, Saturnino, la situación es así... ─ y con un par de rápidos movimientos, Adam puso el punto muerto y apagó el motor.
El automóvil continuó su marcha, cuesta abajo, en solemne silencio. Luego empezó a tomar velocidad y a engullir asfalto mojado y brillante. Ya en las curvas chirriaban los neumáticos. Adam conducía con perfecta calma, concentrado en los pocos metros que se veían antes de cada revuelta. Los pretiles de los precipicios producían un extraño efecto acústico al pasar junto a ellos, como resoplidos en serie. Todos permanecimos callados, viendo cómo la velocidad creciente emborronaba la imagen gris de los peñascos a la vera del camino. Calculé que la calzada no tendría más de unos cinco metros de anchura; si nos encontrásemos con un carro, o un bache, o una vaca... El Mercedes-Benz seguía aumentando su velocidad y mi cuerpo, pasada la primera descarga de adrenalina, empezaba a emanciparse de mi mente y a producir un oleaje repugnante en el estómago. Yo estaba decidido a no gritar, pero ¿y si no podía reprimir una bocanada de vómito? Miré a Adam, que tan sólo revelaba la tensión nerviosa mojándose los labios de vez en cuando con la lengua. Volví la cabeza y vi a los hermanos muy serios y con los ojos muy abiertos; ellos debieron de notar mis náuseas porque Miguel, con voz firme y tranquila, dijo al conductor:
─ Ya basta, Adam.
Éste, sin decir palabra, encendió el motor, puso la directa y luego fue reduciendo marchas, mientras frenaba con suavidad y pericia. Al cabo de un kilómetro nos paramos despaciosamente a la entrada de una aldea.
─ ¿Comprende usted ahora, Saturnino, cómo va Alemania?
Tragué saliva e ira, y me limité a decirle:
─ ¿Y los militares alemanes son el conductor loco?
─ No. El conductor loco, que tan sólo usa el volante, es Hitler. La Wehrmacht es el freno automático.
─ Pero ¿existe? ─pregunté exasperado.
─ Algo más que en Rusia, sí. Ya veremos si el nuestro funciona ─ contestó Adam encendiendo un cigarrillo.
Bajó la ventanilla y sopló el humo hacia el letrero que anunciaba el nombre de la aldea.
─ Mire cómo se llama este lugar y piense que el pueblo hispánico es tan metafísico y tan imprevisible como el germánico. O el eslavo.
La aldea, al pie del puerto de Menga, se llamaba La Hija de Dios.
* * *
Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
miércoles, 18 de marzo de 2009
El Rompimiento de Gloria (cap. IX)
IX
A la mañana siguiente me desperté con mucha fiebre y un fuerte dolor de garganta. Pasé un mal día en la cama, solo en la pensión maloliente. Por la tarde apareció Miguel, que debía de temerse mi estado.
─ ¡Coño, Saturnino, y pensar que un leonés de pro como tú puede ponerse así nada más que por un paseíto por el monte!
─ ¡Coño, Saturnino, y pensar que un leonés de pro como tú puede ponerse así nada más que por un paseíto por el monte!
Luego se sentó a la vera de mi cama, me tomó el pulso, se quedó un instante pensativo y enseguida me dijo en voz baja:
─ Mira, aquí no te puedes quedar. Tu patrona es una mala pécora y tú necesitas que te cuiden. Ahora mismo te llevo a casa.
Protesté débilmente pero su tono no admitía réplica. Me trataba con infinita solicitud pero sin contemplaciones, como un veterinario haría con un caballo lesionado al que tuviese cariño. Todos los oficiales de Caballería son iguales; diez años después un Comandante de Húsares polaco me salvó la vida con los mismos modos expeditivos cuando me rompí una pierna saltando en paracaídas en las montañas del Norte de Grecia. Cuando entró Miguel en mi cuarto yo empezaba a desvariar con la calentura, pero su voz grave y serena y sus órdenes perentorias me calmaron.
─ ¡Quieto un momento, hombre, deja de temblar que así no puedo ponerte los calzoncillos!
Me llevó en taxi a la casa del Viso, donde me dejó al cuidado de Elena mientras él iba por el médico de su regimiento. Este declaró que por el momento no hacía falta mandarme al hospital y recetó unos brebajes muy amargos que no me sirvieron de nada. Pasé otra noche toledana y delirante, con los hermanos turnándose a mi cabecera y poniéndome hielo en la frente. Al poco de empezar a amanecer oí la voz queda y firme de Miguel hablando con su hermana:
─ Pues si crees que esa yerba le puede servir y recuerdas haberla visto en el Hoyo Berrocoso, voy a buscarla.
Todavía me quedaban fuerzas para sonreír y musité:
─ Vosotros siempre enmendando la plana a los topógrafos...
─ ¿Qué desvarías ahora?
─ ¿No es Hoyo Borrascoso? ─añadí a duras penas.
─ No, los pastores de ovejas son los que dan nombre a los riscos, y ellos no leen a las hermanas Brontë. Y los topógrafos no saben nada, ni siquiera preguntan a los pastores. Los médicos tampoco y por eso no te han curado, pero cállate y duerme ahora y verás como sanas.
Oí el petardeo de la moto que se alejaba y caí en un torpor agitado del que me despertó, horas después, Elena acercándome a los labios una taza humeante.
─ Bébete esto. No, apúralo hasta el final. Así...
Sabía a rayos. Ni siquiera era amargo, era como sulfuroso. Me hundí de nuevo en el sopor. Soñé que caía a un lago y me iba al fondo poco a poco, pero sentía alivio, no agobio. Me volví a despertar al atardecer, con la mano de Miguel en la frente, y lo oí decir a Elena:
─ Ahora no tiene ni destemplanza.
─ Ya te decía yo que esto no fallaba. De niña me lo daba Petra, la niñera de las Hurdes, a escondidas del médico. Pero sólo cuando los remedios de la botica no hacían efecto. Debe de tener alguna contraindicación. Papá lo sabía, pero hacía como si no se enterase.
Me desperecé en la cama, notando el vigor que me volvía a los brazos y a las piernas. Con voz todavía débil, tercié:
─ Tengo hambre.
─ Pues te aguantas ─contestó Miguel ─ porque hasta mañana tienes que ayunar. Lo ha dicho la bruja de la casa.
Por primera vez me dejaron solo, con la puerta de mi cuarto entreabierta. Llegaba algo de luz por la rendija y el ruido de sus preparativos de cena, entre charlas y risas. Sentí envidia y agradecimiento, y al poco me dormí.
El desayuno fue espectacular. Elena me dejó darme un baño tibio y luego comer todo lo que quisiese. Me harté de huevos pasados por agua y de picatostes en la cocina, bien abrigado con un camisón de franela y una bata de seda muy vieja de Elena, mientras ella me miraba con atención.
─ Estás como nuevo. Es lo que pasa con los enfermos jóvenes, o se mueren o se curan de repente.
─ Sanaría del todo si pudiese darte un beso en el cuello, justo ahí en la linde entre la piel tostada y la piel blanca.
─ Pues está prohibido. A las enfermeras hay que respetarlas y a las curanderas, más.
─ Lo sé, por desgracia. Oye, Elena, y el perlequeque ese que me dio, ¿no sería una venganza de los dioses, azuzados por ti?
─ Desde luego te merecías el castigo. Pero reconocerás que mi intercesión ha sido eficaz para conseguirte la clemencia.
─ Sí. Bueno, me tengo que volver a la fonda del sopapo, a ver si vuelvo a estudiar.
─ Te acompañará el ordenanza. Todavía te puede dar un vahído en la calle.
─ Ya no necesito a nadie. Me iré solo.
─ He dicho que te llevará Paco. Obedece y recuerda que la hubris siempre atrae a la némesis , so burro.
Obedecí. Pasé el día encerrado en mi cuarto, meditando sobre la obediencia debida. A fin de cuentas, desde la muerte de mi abuela allá en el pueblo nadie me había tratado así, con esa mezcla de despotismo olímpico y ternura maternal, o paternal. Con un resto de suspicacia campesina seguía preguntándome qué querrían de mí los hermanos. Algo buscarían... Pero a la vez disfrutaba abandonándome al abrazo de su compañía fuerte y suave. Acababa, por lo demás, de comprobar que su bondad y su generosidad conmigo no eran fingidas. Como tampoco era falsa, desafortunadamente, la ausencia completa de deseo hacia mí en el cuerpo glorioso de Elena. Eso a veces me parecía el suplicio de Tántalo, pero sólo a veces. Incluso empezaba a pensar que pronto podría estar con ella como con Miguel, y sentir por ambos el mismo cariño fraternal. Pero entonces solía aflorar de nuevo el recelo aldeano, reforzado por la inseguridad social. ¡Eran tan distintos de mí! Aunque me tuviesen afecto, era imposible que en ocasiones no se riesen a mis espaldas de mis torpezas, de mi paletería, de mi falta de mundo. La noche antes, sin ir más lejos, había oído sus risas y cuchicheos en la cocina... Al llegar ahí me avergoncé de mis cábalas. Sabía muy bien que su alegría era puro desahogo después del susto que les había hecho pasar. Seguro que se tomaron un par de copas a mi salud, y falta que les harían, después de la paliza que les había dado.
Además, era consciente de que sin cesar me abrían ventanas, y no sólo a un mundo social para mí desconocido, sino en especial a aquello que precisamente yo conocía mejor, el campo y la antigüedad clásica. Con ellos aprendía a ver los colores de la hojas, a tocar la corteza rugosa de los árboles y la piedra suave de los cantos rodados y el musgo húmedo, a oler las nubes y el cierzo. Quizá yo aprendía deprisa porque me había criado en los Montes de León, pero el hecho es que hasta entonces había sido indiferente a muchas cosas que ahora cada día me importaban más. En cuanto a nuestras discusiones intelectuales, lo bueno es que para Elena y Miguel no eran intelectuales sino que versaban sobre algo tan instintivo como respirar. No importaban las disputas, daba igual quién tuviese razón, el caso es que después de ellas mis conversaciones antes tan apreciadas con don Hermógenes el catedrático me parecían aburridas y encontraba sosa a mi compañera de facultad Libertad Población, y eso que la pobre chica seguía prestándome sus apuntes y echándome a la cara humo de cigarrillos de Virginia en el bar de la calle de San Bernardo que frecuentábamos los estudiantes.
Esa noche apagué la bombilla macilenta de mi cuarto pensando que era un bellaco por manchar con tantos resquemores mi agradecimiento a los hermanos. Me dormí con el firme propósito de aprender a aceptar los dones sin fruncir el ceño, que también para recibir regalos hay que adiestrarse en cierta forma de generosidad.
***
Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008
jueves, 12 de marzo de 2009
Persons and Places, de Santayana
Acabo de terminar las memorias de Santayana, Persons and Places. Pocas veces he disfrutado tanto de un libro, y quiero ofrecer a quienes miren en esta bitácora unos párrafos que muestran la belleza, la profundidad y la complejidad del pensamiento de Santayana y a la vez la aparente sencillez de su estilo literario. Por eso no he querido traducirlo; quizá no hubiera sido capaz de hacerlo como el original se merece.
Tan sólo quiero añadir lo que muchos sin duda saben: Santayana hacía años que había perdido la fe católica cuando escribió sus memorias, e incluso cuando en 1905 asistió a la escena en Italia aquí descrita. Y sin embargo... Juzguen ustedes.
Doric purity is not a thing to be expected again in history, at least not yet. It indicates a people that knows its small place in the universe and yet asserts its dignity. In early Christian art there may be simplicity and naïveté, but never self-knowledge. The aspiration in it is childlike. For anything like Doric fortitude in the West we must look to the castles, not to the churches; and the castles are Christian only by association. Here then was an ultimate point of reference, a principle of manly purity, to mark one extreme in the moral scale of all human arts, and to give me the points of the compass in my travels. And by a curious chance, during this same excursion to Paestum, I came upon the opposite extreme of the moral scale also, in a form that I have never forgotten. The reader may think it trivial, but I assure him that to me it has the most serious, the most horrible, significance.
At Paestum there was only the railway station and no hotel, but travellers might spend the night comfortably at La Cava, not far away. I had done so, and in the morning was waiting at the station for the train to Naples. The only other persons on the platform were a short fat middle-aged man and a little girl, evidently his daughter. In the stillness of the country air I could hear their conversation. The child was asking questions about the railway buildings, the rails, and the switches. “Where does the other line go?” she asked as if the matter interested her greatly. “Oh, you can see”, the father replied, slightly bored, “It runs into that warehouse.” “It doesn´t go beyond?” “No, it stops there.” “And where does this line go?” “To Naples.” “And does it end there?” “No, it never ends. It goes on for ever.” “Non finisce mai?” the girl repeated in a changed voice. “Allora Iddio l´ha fatto?” “No,” said her father dryly, “God, didn´t make it. It was made by the hand of man. Le braccia dell´uomo l´hanno fatto.” And he puffed his cigar with a defiant resentful self-satisfaction as if he were addressing a meeting of conspirators.
I could understand the irritation of this vulgarian, disturbed in his secret thoughts by so many childish questions. He was some small official or tradesman of the Left, probably a Free Mason, and proud to utter the great truth that man had made the railway. God might have made the stars and the deserts and all other useless things, but everything good and progressive was the work of man. And it had been mere impatience that led him to say that the Naples line never ended. Of course it couldn’t run on for ever in a straight line. The child must have known that the earth is round, and that the continents are surrounded by water. The railways must stop at the sea, or come round in a circle. But the poor little girl’s imagination had been excited and deranged by religious fables. When would such follies die out? Commonplaces that had been dinned all my life into my ears: yet somehow this little scene shocked me. I saw the claw of Satan strike that child´s soul and try to kill the idea of God in it. Why should I mind that? Was the idea of God alive at all in me? No: if you mean the traditional idea. But that was the symbol, vague, variable, mythical, anthropomorphic; the symbol for an overwhelming reality, a symbol that named and unified in human speech the incalculable powers on which our destiny depends. To observe, record, and measure the method by which these powers operate is not to banish the idea of God; it is what the Hebrews called meditating on his ways. The modern hatred of religion is not, like that of the Greek philosophers, a hatred of poetry, for which they wished to substitute cosmology, mathematics, or dialectic, still maintaining the reverence of man for what is superhuman. The modern hatred of religion is hatred of the truth, hatred of all sublimity, hatred of the laughter of the gods. It is puerile human vanity trying to justify itself by a lie. Here, then, most opportunely, at the railway station returning from Paestum, where I had been admiring the courage and the dignity with which the Dorians recognised their place in nature, and filled it to perfection, I found the brutal expression of the opposite mood, the mood of impatience, conceit, low-minded ambition, mechanical inflation, and the worship of material comforts.
George Santayana, Persons and Places, Capítulo XXVII. Critical Edition, The MIT Press, 1986.
Tan sólo quiero añadir lo que muchos sin duda saben: Santayana hacía años que había perdido la fe católica cuando escribió sus memorias, e incluso cuando en 1905 asistió a la escena en Italia aquí descrita. Y sin embargo... Juzguen ustedes.
George Santayana, Persons and Places, Capítulo XXVII. Critical Edition, The MIT Press, 1986.
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