Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El Rompimiento de Gloria (cap. IX)

miércoles, 18 de marzo de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. IX)

IX
A la mañana siguiente me desperté con mucha fiebre y un fuerte dolor de garganta. Pasé un mal día en la cama, solo en la pensión maloliente. Por la tarde apareció Miguel, que debía de temerse mi estado.

─ ¡Coño, Saturnino, y pensar que un leonés de pro como tú puede ponerse así nada más que por un paseíto por el monte!

Luego se sentó a la vera de mi cama, me tomó el pulso, se quedó un instante pensativo y enseguida me dijo en voz baja:

─ Mira, aquí no te puedes quedar. Tu patrona es una mala pécora y tú necesitas que te cuiden. Ahora mismo te llevo a casa.

Protesté débilmente pero su tono no admitía réplica. Me trataba con infinita solicitud pero sin contemplaciones, como un veterinario haría con un caballo lesionado al que tuviese cariño. Todos los oficiales de Caballería son iguales; diez años después un Comandante de Húsares polaco me salvó la vida con los mismos modos expeditivos cuando me rompí una pierna saltando en paracaídas en las montañas del Norte de Grecia. Cuando entró Miguel en mi cuarto yo empezaba a desvariar con la calentura, pero su voz grave y serena y sus órdenes perentorias me calmaron.

─ ¡Quieto un momento, hombre, deja de temblar que así no puedo ponerte los calzoncillos!

Me llevó en taxi a la casa del Viso, donde me dejó al cuidado de Elena mientras él iba por el médico de su regimiento. Este declaró que por el momento no hacía falta mandarme al hospital y recetó unos brebajes muy amargos que no me sirvieron de nada. Pasé otra noche toledana y delirante, con los hermanos turnándose a mi cabecera y poniéndome hielo en la frente. Al poco de empezar a amanecer oí la voz queda y firme de Miguel hablando con su hermana:

─ Pues si crees que esa yerba le puede servir y recuerdas haberla visto en el Hoyo Berrocoso, voy a buscarla.

Todavía me quedaban fuerzas para sonreír y musité:

─ Vosotros siempre enmendando la plana a los topógrafos...
─ ¿Qué desvarías ahora?
─ ¿No es Hoyo Borrascoso? ─añadí a duras penas.
─ No, los pastores de ovejas son los que dan nombre a los riscos, y ellos no leen a las hermanas Brontë. Y los topógrafos no saben nada, ni siquiera preguntan a los pastores. Los médicos tampoco y por eso no te han curado, pero cállate y duerme ahora y verás como sanas.

Oí el petardeo de la moto que se alejaba y caí en un torpor agitado del que me despertó, horas después, Elena acercándome a los labios una taza humeante.

─ Bébete esto. No, apúralo hasta el final. Así...

Sabía a rayos. Ni siquiera era amargo, era como sulfuroso. Me hundí de nuevo en el sopor. Soñé que caía a un lago y me iba al fondo poco a poco, pero sentía alivio, no agobio. Me volví a despertar al atardecer, con la mano de Miguel en la frente, y lo oí decir a Elena:

─ Ahora no tiene ni destemplanza.
─ Ya te decía yo que esto no fallaba. De niña me lo daba Petra, la niñera de las Hurdes, a escondidas del médico. Pero sólo cuando los remedios de la botica no hacían efecto. Debe de tener alguna contraindicación. Papá lo sabía, pero hacía como si no se enterase.

Me desperecé en la cama, notando el vigor que me volvía a los brazos y a las piernas. Con voz todavía débil, tercié:

─ Tengo hambre.
─ Pues te aguantas ─contestó Miguel ─ porque hasta mañana tienes que ayunar. Lo ha dicho la bruja de la casa.

Por primera vez me dejaron solo, con la puerta de mi cuarto entreabierta. Llegaba algo de luz por la rendija y el ruido de sus preparativos de cena, entre charlas y risas. Sentí envidia y agradecimiento, y al poco me dormí.

El desayuno fue espectacular. Elena me dejó darme un baño tibio y luego comer todo lo que quisiese. Me harté de huevos pasados por agua y de picatostes en la cocina, bien abrigado con un camisón de franela y una bata de seda muy vieja de Elena, mientras ella me miraba con atención.

─ Estás como nuevo. Es lo que pasa con los enfermos jóvenes, o se mueren o se curan de repente.
─ Sanaría del todo si pudiese darte un beso en el cuello, justo ahí en la linde entre la piel tostada y la piel blanca.
─ Pues está prohibido. A las enfermeras hay que respetarlas y a las curanderas, más.
─ Lo sé, por desgracia. Oye, Elena, y el perlequeque ese que me dio, ¿no sería una venganza de los dioses, azuzados por ti?
─ Desde luego te merecías el castigo. Pero reconocerás que mi intercesión ha sido eficaz para conseguirte la clemencia.
─ Sí. Bueno, me tengo que volver a la fonda del sopapo, a ver si vuelvo a estudiar.
─ Te acompañará el ordenanza. Todavía te puede dar un vahído en la calle.
─ Ya no necesito a nadie. Me iré solo.
─ He dicho que te llevará Paco. Obedece y recuerda que la hubris siempre atrae a la némesis , so burro.

Obedecí. Pasé el día encerrado en mi cuarto, meditando sobre la obediencia debida. A fin de cuentas, desde la muerte de mi abuela allá en el pueblo nadie me había tratado así, con esa mezcla de despotismo olímpico y ternura maternal, o paternal. Con un resto de suspicacia campesina seguía preguntándome qué querrían de mí los hermanos. Algo buscarían... Pero a la vez disfrutaba abandonándome al abrazo de su compañía fuerte y suave. Acababa, por lo demás, de comprobar que su bondad y su generosidad conmigo no eran fingidas. Como tampoco era falsa, desafortunadamente, la ausencia completa de deseo hacia mí en el cuerpo glorioso de Elena. Eso a veces me parecía el suplicio de Tántalo, pero sólo a veces. Incluso empezaba a pensar que pronto podría estar con ella como con Miguel, y sentir por ambos el mismo cariño fraternal. Pero entonces solía aflorar de nuevo el recelo aldeano, reforzado por la inseguridad social. ¡Eran tan distintos de mí! Aunque me tuviesen afecto, era imposible que en ocasiones no se riesen a mis espaldas de mis torpezas, de mi paletería, de mi falta de mundo. La noche antes, sin ir más lejos, había oído sus risas y cuchicheos en la cocina... Al llegar ahí me avergoncé de mis cábalas. Sabía muy bien que su alegría era puro desahogo después del susto que les había hecho pasar. Seguro que se tomaron un par de copas a mi salud, y falta que les harían, después de la paliza que les había dado.

Además, era consciente de que sin cesar me abrían ventanas, y no sólo a un mundo social para mí desconocido, sino en especial a aquello que precisamente yo conocía mejor, el campo y la antigüedad clásica. Con ellos aprendía a ver los colores de la hojas, a tocar la corteza rugosa de los árboles y la piedra suave de los cantos rodados y el musgo húmedo, a oler las nubes y el cierzo. Quizá yo aprendía deprisa porque me había criado en los Montes de León, pero el hecho es que hasta entonces había sido indiferente a muchas cosas que ahora cada día me importaban más. En cuanto a nuestras discusiones intelectuales, lo bueno es que para Elena y Miguel no eran intelectuales sino que versaban sobre algo tan instintivo como respirar. No importaban las disputas, daba igual quién tuviese razón, el caso es que después de ellas mis conversaciones antes tan apreciadas con don Hermógenes el catedrático me parecían aburridas y encontraba sosa a mi compañera de facultad Libertad Población, y eso que la pobre chica seguía prestándome sus apuntes y echándome a la cara humo de cigarrillos de Virginia en el bar de la calle de San Bernardo que frecuentábamos los estudiantes.

Esa noche apagué la bombilla macilenta de mi cuarto pensando que era un bellaco por manchar con tantos resquemores mi agradecimiento a los hermanos. Me dormí con el firme propósito de aprender a aceptar los dones sin fruncir el ceño, que también para recibir regalos hay que adiestrarse en cierta forma de generosidad.

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Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

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