Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

jueves, 14 de enero de 2021

Amable Cuestionario

 Signo de los tiempos, esta conversación fue virtual a la par que virtuosa. Sigo sin conocer a doña Esperanza Ruiz, que me estrechó hábilmente a preguntas por correo electrónico. 


Las lecturas de Santiago de Mora-Figueroa y Williams, Marqués de Tamarón

LA SOLAPA





17 de diciembre de 2020

El marqués de Tamarón nació en Jerez de la Frontera en 1941. Su trayectoria profesional en la República de la Letras -como a él le gusta llamar a la literatura- hace que sea un lujo contar con sus respuestas al cuestionario de La Solapa. Su personalidad, elegancia y generosidad, un honor. Licenciado en Derecho, tras su paso por la Escuela Diplomática ha estado destinado en las embajadas de España en Mauritania, Francia, Dinamarca, Canadá y Reino Unido. Ha sido director del Instituto Cervantes entre los años 1996 y 1999 y como autor ha publicado El guirigay nacional (1988/ 2006) en cuya primera edición recopila sus artículos lingüísticos aparecidos en el diario ABC, El siglo XX y otras calamidades (1993), El peso del español en el mundo (1995), ensayo del que es director y coautor, Pólvora con aguardiente (1983) y Trampantojos (1990) – libros de relatos ambos- y El rompimiento de gloria, su novela publicada en 2003. Como articulista ha colaborado con ABC, Nueva Revista y Diario de Occidente. Mi agradecimiento por su disponibilidad y amabilidad.

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Culturilla general 

Ensayo, novela y poesía. ¿Sí a todo? Recomiéndenos tres.

Ensayos: los contenidos en El Teatro Crítico Universal, de Feijoo, en el siglo XVIII.


¿Qué tipo de lector es? ¿De pijama y mesita de noche? ¿De biblioteca y chimenea? ¿De metro o parque público?

En cualquier sitio, salvo en la playa, donde el sol brilla en el papel más que las palabras.

 

¿Tiene “manías” a la hora de leer (ediciones, doblar páginas, subrayar o hacer anotaciones)?

Subrayo a veces, otras pongo rayas verticales junto a los párrafos, y luego coloco marcadores. 

 

Usted tiene una bitácora de éxito. ¿Sigue la de algún otro autor?

Laudator Temporis Acti, de Michael Gilleland, un latinista. 

Humilladero, de José Antonio Martínez Climent.

La Quimera, de Julia Escobar.

José María Marco. 

Rayos y Truenos, de Enrique García-Máiquez. 

Salmonetes ya no nos quedan, de Ignacio Ruiz Quintano.

Julio Vias.

 

Ha contado que su madre, al cumplir los 75, dijo que había acabado para ella el tiempo de leer novelas.  ¿Cómo elige usted sus lecturas? 

Tengo 79 años. Cuando cumplí 75 noté el mismo creciente desinterés por las novelas que tuvo mi madre. Pero ahora he vuelto a las novelas. Me divierte mucho la ciencia ficción, pero sólo cuando la novela es catastrófica y termina mal.

 

Pierre Bayard nos explicaba cómo hablar de los libros que no se han leído. ¿Con cuál lo ha hecho alguna vez?

Con casi todos los rusos, pero sin fingir que los he leído; tan sólo quejándome de que las traducciones suelen ser malas. 

 

¿Lee traducciones o procura encontrar la obra en la lengua original?

Nunca leo traducciones del inglés o del francés. Los textos latinos procuro leerlos en versión bilingüe. Sé por experiencia propia que la traducción es una misión imposible. Como mucho, se puede reescribir el texto con gran hermosura, pero nunca se puede expresar los matices en otra lengua, salvo que sea extremadamente próxima a la del original.

 

Maquiavelo se acercaba a los libros con ropas curiales, ¿qué obra/autor le merece tal reverencia?

El Misal (de la misa tridentina en latín).

 

¿Lee como escritor? ¿Disfruta o sufre el talento ajeno?

Lo disfruto mucho y no recuerdo haber sentido nunca envidia. Tal vez porque la envidia es el único vicio que no se disfruta. 

 

¿Cuál es su escolio o aforismo de cabecera de Gómez Dávila?

El pueblo a veces acierta cuando se asusta; pero siempre se equivoca cuando se entusiasma. (Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito, página 1.365). 

He venido a hablar de mi/s libros

Como autor ha escrito relatos, cuentos, ensayos y novela. En la actualidad mantiene una bitácora ecléctica y muy visitada (marquesdetamaron.blogspot.com). ¿Qué género prefiere cultivar? ¿Le parece alguno de ellos menor?

No hay géneros menores. Si yo pudiera los cultivaría todos pero tan sólo soy capaz de escribir novelas, cuentos y ensayos.

 

Su novela  El rompimiento de Gloria, además de tener uno de los títulos más bellos, le permite hablar de su gran pasión por la naturaleza, a la que eleva casi a la categoría de divinidad.

Ocurre que nuestra fe tampoco está del todo opuesta al panteísmo:

Entonces Dios contempló todo lo que había hecho, y vio que era muy hermoso. 

(Génesis 1:31)

 

El Guirigay Nacional, escrito en 1988, surge cuando usted tras su regreso a España después de 14 años se da cuenta de que “no entiende a los nativos”. En 2006, revisa y amplia la edición. ¿Le quedan ganas de más? ¿Hacia dónde va el español en España?

Algo peor que en América, donde el español parece menos corrompido por la Insobornable Contemporaneidad. 

 

¿Y en el mundo? (El peso de la lengua española en el mundo es su ensayo tras su trabajo como director del Instituto Cervantes)

Se extiende el uso de nuestra lengua común, que conserva una homogeneidad superior a la del inglés, el francés o el portugués. Quiero decir que el español de un madrileño es más parecido al de un quiteño que el inglés de Brooklyn al del East End de Londres. Por cierto que ese largo ensayo lo escribí y se publicó antes de ser nombrado Director del Instituto Cervantes. 

 

Uno de sus caballos de batalla con el lenguaje es la cursilería. Usted, que se define como reaccionario, ¿no piensa que precisamente ese es uno de los peores “pecados” de la izquierda?

Más que la cursilería sería el pecado de la pedantería, pero hay que reconocer que la izquierda y la derecha son iguales en ese vicio. Los reaccionarios tenemos casi todos los vicios, salvo ese. 

 

Ramón J. Sender decía en una carta que sus editores en Méjico cometían errores incluso en los títulos, “lo que ya era un refinamiento”. Como director del Instituto Cervantes, ¿le tomó el pulso al español en Hispanoamérica?

Creo que el español es ya una lengua americana mucho más que europea. En España tan sólo hay 1 de cada 10 hablantes del español.

 

Se lamenta de que, a excepción de Muñoz Rojas, la poesía española no sigue la tradición bucólica de la inglesa. Usted, gran conocedor del campo, ¿se anima a publicar poesía?

¡Quién pudiera!

 

Quizá el diplomático-escritor más conocido sea Foxá.  Como diplomático no era muy ortodoxo y como escritor, anárquico y perezoso; producía a golpe de talento. Ignacio Peyró, actual director del Instituto Cervantes en Londres nos dejó una pregunta para usted: Si miramos las nuevas hornadas, ¿se mantiene la buena escritura de los diplomáticos?

Sí, algunos de mis compañeros son magníficos escritores tanto en el fondo como en la forma. Miguel Ángel Ochoa es el único español que yo conozco capaz de hacer parodias perfectas de un texto en griego, latín y español, aunque ahora está absorto en su monumental Historia de la Diplomacia Española, que va por el volumen XII. Fidel Sendagorta es un autor de perfectos sonetos y de excelentes análisis de política internacional en Harvard. 

 

Usted no es partidario de la coerción para solucionar nada en el campo lingüístico, ¿le preocupa el daño que pueda hacer al español el llamado “lenguaje inclusivo”?

En realidad sí soy partidario de la coerción, incluso con pena capital. Pero sé de sobra que ese ideal es inalcanzable. El “lenguaje inclusivo” es una fea necedad, y por eso mismo veo probable su triunfo. Ya lo dice la Biblia: 

El número de tontos es infinito.  (Eclesiastés 1:15)


¿Qué palabra importada le ha escandalizado recientemente?

Ninguna me escandaliza ya. Pero a veces recuerdo, de buen humor, la frase que mi madre, andaluza inglesa, oyó de niña con cierto escándalo: Zi zerán maloh loh inglezeh que a loh obispoh loh llaman bichoh. 

 

Adenda: En la actualidad, ¿está enfrascado en un nuevo proyecto literario?

Sí pero es secreto. 

 

Quiz show

Libro que más veces ha leído:

La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson.


Primera lectura que recuerda en la infancia:

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe


Autor del que haya leído toda su obra:

Julio Verne, John Buchan, Jorge Luis Borges.

 


Recomendación que nunca falle:

también La Isla del Tesoro de Stevenson. Álvaro Mutis me preguntó una vez: ¿Hace mucho que no lees La Isla del Tesoro? Es la mejor novela del mundo. Yo la leo todos los años. Desde entonces la he releído un par de veces. Tenía razón mi amigo colombiano.



Libro/s que tiene ahora entre manos:

La vuelta al mundo en la «Numancia», (uno de los Episodios Nacionales de Galdós). 


Libro que le hubiera gustado protagonizar:

Don Juan Tenorio


Película que haga justicia al libro en el que se basa:

El Tercer Hombre


Libro que supuso un antes y un después:

Robinson Crusoe

 

Libro que haya regalado para ligar:

Empecé a publicar cuando ya estaba casado, así es que… 

 

Necesita papel para hacer una barbacoa. Elija un libro de su biblioteca:

El Manual de Resistencia, aunque no hay más cera que la que arde.



jueves, 7 de enero de 2021

Nueva visita a "El Rompimiento de Gloria"

 En la reseña que aparece a continuación de la novela El Rompimiento de Gloria, cuya primera edición de 2003 está ya al borde de la mayoría de edad, Esperanza Ruiz le devuelve a sus protagonistas una frescura que este autor agradece:


La Solapa, 14 de diciembre de 2020

“Creo que cuando miró a su hermano los ojos eran verdosos, y azulados cuando me miró a mi”.

El color de los ojos de Elena ocupa algunas líneas en la primera y única, hasta la fecha, novela del Marqués de Tamarón (Jerez de la Frontera, 1941). Satur, el protagonista, no sabe si son zarcos o garzos pero a Santiago de Mora-Figueroa esta indefinición le sirve para explicarnos cómo se debería traducir a Homero (cuando habla de glaukopis Athene). 

“Las lechuzas y los búhos y los mochuelos suelen tener ojos amarillos y las mujeres y las diosas, no”. Tampoco son glaucos los ojos de Elena.

Por eso es un error clasificar El rompimiento de gloria entre las novelas de “género rosa” como he visto en alguna publicación; en realidad se trata de una clase magistral de esas a las que uno asiste sin saber que lo está haciendo.

La novela surge en la mente de Tamarón durante un paseo por la sierra acompañado por Siete, su Fox Terrier, al que por cierto, dedica –en latín– el libro. Era un día de los de principio de otoño, al lado de un arroyo y con la hierba corta. Siete acababa de recibir su comida y comenzó a explorar los alrededores. Tamarón, apoyado en un tronco, localizó con la vista un camino que se adentraba en el bosque y por tanto en el misterio según la idea heideggeriana. “¿Qué podría mejorar este momento? Nada, excepto que una mujer descendiera por ese camino. Pero esa mujer no estaría sola, así no funciona la vida. Iría acompañada de un hombre…”.

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En El rompimiento de gloria son los hermanos Elena y Miguel –criaturas casi celestiales– los que el narrador, Saturnino Prieto, encuentra en una de sus excursiones por la sierra. Se establece una relación entre los tres que no se desentraña hasta casi el final de la novela, y cuyas conversaciones se convierten en placenteras disertaciones que estimulan la inteligencia y cultura del lector. Así pues, no. Definitivamente no se trata de una novela romántica. Tampoco histórica, filosófica o filológica aunque tenga mucho de las tres cosas. Ni siquiera es un tratado sobre la naturaleza. Los protagonistas realizan numerosas visitas a la sierras de Guadarrama, Gredos o Ayllón, que no siempre quedan identificadas en el texto. Tamarón conoce mejor el léxico del campo andaluz, pero eso no es óbice para que deslumbre con su dominio de la naturaleza castellana. Las incursiones serranas no se hacen tediosas siquiera para el lector profano en esto de los piornos, el sonido de un búho real o el desacompasado murmullo de un arroyo. 

En El rompimiento de gloria, Tamarón merodea el paganismo: el protagonista comprende la divinidad de la naturaleza. Pero lo pagano no es anticristiano, sino precristiano. Hay destellos de la divinidad antes de él. Y, en cualquier caso, todo es redimido por Génesis 1:31. Aunque le tienta, no cae en el especismo; en detrimento del ser humano, claro. 

La novela comienza con Satur recordando el verano de 1935, en el que él era un joven estudiante de izquierdas, convencido de que el progreso llegaría tras la revolución, y sufriendo su propio rompimiento de gloria al encontrar a dos hermanos aristócratas reaccionarios y quedar fascinado por ellos. Miguel es capitán de caballería y conde de Fonseca. Elena es una diosa. No son ricos, ya no. Sólo lo son en belleza, que es una forma de generosidad. La generosidad que Satur no comprende hasta mucho tiempo después. Concretamente después de dos guerras y un exilio.

La trama sirve de soporte para que Tamarón nos haga reflexionar a partir de sus propias cavilaciones y para engañar al esfuerzo que eso supone con su bella prosa. Muestra el mismo celo por la traducción exacta del latín y del griego que por la de las estrofas de canciones de Cole Porter. A Santiago de Mora-Figueroa sólo le interesa la música popular americana entre los años 1928 y 1940.

Lejos de abrumar, consigue suscitar el interés con explicaciones, por ejemplo, como la de por qué “yo también estuve en Arcadia” está mal traducido, puesto que la traducción sencilla –“Yo también estoy en Arcadia”– es la correcta, al tratarse de un verbo implícito en una oración elíptica, y que, por tanto, no puede ir en pretérito. En Et in Arcadia ego es la Muerte quien habla convirtiendo la escena en un terrible memento mori. O con el impresionante pasaje en el que los hermanos entonan, y después valoran, el Kyrie gregoriano.

Algunos objetan una cierta inverosimilitud en los personajes. Pues claro, Tamarón no se cansa de hablarnos de que acontecen hierofanías. Y, en todo caso, ¿no merece la pena un poco de irrealidad si hay diálogos de este tipo?:

– ¿No criticabas tú antes la ética judeo-cristiana, Elena?

– La ética sí, pero el resto no. Además todo esto tiene que ser verdad. Un Niño Dios en medio de una turbamulta de Reyes y pastores y animales y estrellas, eso es tan glorioso que nadie puede haberlo inventado. Es el episodio menos terribly middle-class de la Historia.

El ambiente prebélico que Tamarón narra en algunas de las reuniones de anarquistas y republicanos a las que asiste Satur y el estallido de la contienda –el trasfondo político y social, en definitiva– nos recuerdan al mejor Foxá de Madrid, de Corte a checa.

La novela no carece de destellos irónicos pero es en el apéndice, que vale tanto la pena como la obra, donde Santiago de Mora-Figueroa muestra su inteligente sentido del humor y, de nuevo, su luminosa y elegante personalidad.

El concepto de rompimiento de gloria, uno de los más bellos títulos de novela que conozco, remite posiblemente al teatro barroco italiano, además de ser un término pictórico. “Vimos cómo se desgarraban las nubes plomizas sobre el valle y un chorro de luz parecía golpear con violencia un soto verde oscuro […]”. En el libro, además del obvio, del de la luz atravesando las nubes, hay rompimientos de gloria intelectuales, espirituales y psicológicos.

Santiago de Mora-Figueroa y Williams es el IX Marqués de Tamarón, licenciado en Derecho, diplomático, ex director del Instituto Cervantes entre 1996 y 1999 y escritor. Su obra comprende ensayo (El Guirigay Nacional, El siglo XX y otras calamidades, El peso del español en el mundo, El avestruz: tótem utópico, y Entre líneas y a contracorriente), dos libros de relatos (Pólvora con aguardiente y Trampantojos) y su novela El rompimiento de gloria, que bien vale una lectura. O dos.




Enlaces relacionados: 

El Rompimiento de Gloria


sábado, 2 de enero de 2021

Historia, reconciliación y legitimidad

 Por Juan Manuel de Barandica y el Marqués de Tamarón


  El pasado 24 de Diciembre salió en La Razón un artículo que consideramos necesario escribir y nos costó trabajo hacerlo. Por diversos motivos aparecí el primero como autor. Por otros motivos no apareció un tercer autor y amigo, tal vez el principal. Tan sólo está en mi mano ahora colocar a mi amigo y compañero Juan Manuel de Barandica en primer lugar. 


(Imagen de la versión impresa. La Razón 24/12/2020)



24-12-2020

Historia, reconciliación y legitimidad

La Corona, desde comienzos de ese proceso, se presentó como puente de conciliación entre vencedores y vencidos.

Por qué la derecha se somete hoy a la tergiversación histórica de una izquierda radicalizada? No se ha dado todavía respuesta, pero el fondo no es otro que el olvido del origen de la reconciliación en la Transición, base del vigente régimen constitucional.

Entonces se aceptó que ningún bando de la Guerra Civil tenía que renegar de sus orígenes y principios y, por tanto, ambas partes se reconocían legitimidad para pactar, sin condenas previas ni exclusiones por cuáles habían sido sus respectivas posiciones y responsabilidades en nuestra historia contemporánea.

Desde entonces, la renuncia de la mayor parte de la derecha a defender su trayectoria desde la II República hasta 1975, con progresiva aceptación de una legitimidad exclusiva del bando republicano, sólo se explica por la errónea identificación entre democracia y II República. Se tergiversa la historia de esta última y se acepta la errónea conceptuación del régimen de Franco como carente de cualquier legitimidad y justificación histórica.

Para deshacer esta tergiversación, base de toda posterior sumisión al relato histórico progresivamente impuesto por la izquierda cada vez más radicalizada, es preciso remontarse a los orígenes de la Transición y al papel de la Monarquía reinstaurada (por Franco, con la Ley de Sucesión en 1947, como instauración; con la designación de Don Juan Carlos como sucesor a título de Rey en 1969; con Su proclamación como tal en 1975; y después, como Restauración, por la Constitución de 1978, culminando el proceso constituyente iniciado por la Ley para la Reforma Política de 1976 y el subsiguiente referéndum, y confirmado por la renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos).

La Corona, desde comienzos de ese proceso, se presentó como puente de conciliación entre vencedores y vencidos. Herederos de ellos eran los reformistas del franquismo y los comunistas, los socialistas y los nacionalistas catalanes y vascos que aceptaron entrar, junto a otras fuerzas de centro y derecha, en el proceso democrático impulsado por Don Juan Carlos I, con las elecciones generales de 1977. Tan sólo el terror atacó esta reconciliación.

La ausencia de una reivindicación del papel de los franquistas impulsores de la reforma, derivada, sobre todo, de la desaparición en 1982 del partido que integró a la mayoría de sus principales protagonistas, la UCD, implica una inseguridad ideológica de raíz en la derecha. Hay que subrayar que los reformistas del régimen de Franco fueron quienes abrieron decisivamente el proceso de transición política. La conocida frase de Torcuato Fernández-Miranda, «de la Ley a la Ley», simboliza la esencia de ese proceso.

¿Por qué no se reivindicó ese legado y, con él, la evolución y progreso socioeconómico del régimen de Franco en sentido cada vez más convergente con las sociedades democráticas, sin lo cual habría sido imposible la Transición?

Lo cierto es que la condena del franquismo y su falsa identificación con los totalitarismos nacional-socialista y fascista, desmentida por su vinculación al catolicismo y su evolución durante cuatro décadas, lleva a la exclusión y condena de todo lo que significó la España nacional y de lo que representan política, cultural y sociológicamente los que, quieran o no, son sus herederos. De ahí el ensalzamiento de tantas figuras históricas republicanas y el repudio de las nacionales.

El propio Claudio Sánchez-Albornoz, que más tarde sería Presidente de la República en el exilio, escribe en «Mi testamento histórico-político» (1975): Doy fe de que {Azaña} veía con claridad que la República escapaba de las manos de sus creadores. Doy fe porque en Valencia me dijo: «la guerra está perdida, pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos. Si nos dejaban». No cabe testimonio más preciso de su convicción de que los demócratas liberales habíamos sido desplazados de la conducción de la República, que habría caído sin remedio –había caído ya en 1937– en manos de los secuaces de Moscú».

Todo ello aconseja fortalecer nuestra Monarquía parlamentaria. Pues, ¿Qué sentido tiene seguir siendo puente si no hay dos orillas, y si la única aceptable es la que se proclama heredera de una República que se convirtió en revolucionaria, abandonando la democracia, como recuerda el testimonio de Sánchez-Albornoz? Hay que tener en cuenta que la reinstauración monárquica fue posible, en primer término gracias a la desaparición de aquella República, con la victoria del bando nacional. Si se exige, para que la derecha pueda ser considerada democrática, que acepte la ilegitimidad radical de aquella victoria, de la que procede el reformismo franquista y, en su origen, la propia Monarquía reinstaurada y transformada en Monarquía parlamentaria por la Constitución, ¿cómo podría ésta seguir integrando a unos y a otros?

Para ello, no hay que negar nuestra historia, sino aceptarla en todo, lo bueno y malo. No hay que condenar ni canonizar, sino conocer e integrar. Historia, sí, memoria adjetivada, no. Y la Monarquía parlamentaria, forma política del Estado (Art. 1.3 de la Constitución), debe expresarlo, para seguir siendo «de todos los españoles», y garante de la indisoluble unidad de España, en la que se fundamenta la Constitución (Art. 2).


viernes, 11 de diciembre de 2020

La Virgen de la Granada

La Virgen de la Granada, Fra Angelico, 1426. Museo del Prado

   Sirva esta imagen de belleza e inocencia para despedir un año de plaga doliente y desear a todos 

 Felices Pascuas y Próspero A.D. MMXXI



Enlaces relacionados:


viernes, 4 de diciembre de 2020

En el otoño de la varonil edad

    Alguna ventaja tiene el otoño. Cría endecasílabos aun en prosa, tal como éste de Gracián:

"el otoño de la varonil edad"

    y sirve de excusa a la vanidad.

    El segundo endecasílabo, mío, revela la excusa para publicar este artículo: la vanidad. Y el deseo de agradecer a Esperanza (Nomen est omen) Ruiz Adsuar que sin conocernos escribiera algo tan hermoso como inmerecido. Bueno, tal vez lo hace porque no me conoce. 

   Muchas gracias en todo caso a la autora y al editor, Gonzalo Altozano, de la revista Centinela. 


Debía de tener unos siete u ocho años cuando la revista Sol y Luna publicó su foto. La leyenda al pie rezaba: “El joven Santiago de Mora-Figueroa, que es, sin duda, el futuro Gary Cooper”.

La anécdota provocó las risas de su madre y la indignación de su padre, acérrimo celtíbero, pero lo cierto es que la publicación no erró del todo en sus predicciones. Santiago de Mora-Figueroa y Williams alcanzó la estatura -y el porte- del actor norteamericano. También su elegancia.

SANTIAGO MORA-FIGUEROA, MARQUÉS DE TAMARÓN


Sin embargo, el jesuita que le entrevistó, casi a esa misma edad, para aceptar su solicitud de admisión en el colegio de Areneros no tuvo la misma perspicacia que el periodista de la revista de sociedad.

Fue su madre, anglicana, la que se empeñó; Santiago tiene que ir al Eton o al Harrow español, y esos son los jesuitas. Su padre, que no guardaba buen recuerdo de los del Puerto de Santa María, se opuso. Además, no sabía lo que era Eton; no hablaba inglés ni le importaba. Naturalmente, acabó imponiéndose la opinión de su madre.

El que sería director del Instituto Cervantes (de mayo de 1996 a abril de 1999) recuerda perfectamente las preguntas que le hizo aquel cura en una especie de prueba de acceso de andar por casa: “Escribe tu nombre y dime cuánto es 36 entre 6”. Santiago, nervioso, se equivocó en las dos respuestas y ahí acabó su carrera con los jesuitas. Finalmente, cursó sus estudios en los Sagrados Corazones.

A los 16 años leyó El príncipe de Maquiavelo. En aquella época el libro estaba en el Index Librorum Prohibitorum. Y Santiago se arrepintió. Por lo aburrido que le pareció, claro: “al menos en la versión española, igual la italiana es mejor”. Posee ese sentido del humor que caracteriza a la gente seria: “El equilibrio exige sentido del humor”. Y sólo hay que leerle, o escucharle, para comprobarlo. Del mismo modo maneja la ironía, aunque su madre le advertía que era una cosa, esta de la ironía, con la que llevar cuidado “pues los niños y los perros no la entienden y pueden ser heridos por ella”.

Así pues, el noble jerezano es irónico, como Gómez Dávila, ejemplo además de ferocidad. Reaccionario, como Gómez Dávila: “El reaccionario no pretende obligar ni convencer a nadie, simplemente hace una invitación graciosa a alguien que pasa por allí y que lo lee, sabiendo que muy pocos van a aceptar lo que dice”. Y, como Gómez Dávila, prefiere el escolio al aforismo.

El Marquesado de Tamarón fue otorgado por primera vez en 1712 por el rey Felipe V a Diego Pablo de Mora y Figueroa Miranda y Morales, caballero del hábito de Calatrava. Santiago de Mora-Figueroa y Williams es el IX Marqués de Tamarón, nacido el 18 de octubre de 1941 en Jerez de la Frontera, licenciado en Derecho, diplomático, ex director del Instituto Cervantes y escritor.

Fue Teniente de Infantería de Marina en la Milicia Naval Universitaria y  recuerda que a causa de unas maniobras de desembarco estuvo a punto de no llegar al bautizo de su hijo. Tiene dos: Diego (Cádiz, 1967) y Dagmar (París, 1973). Su tío y padrino, Manuel de Mora-Figueroa, tampoco asistió al suyo por estar combatiendo en la División Azul, de la que fue precursor.

Santiago de Mora-Figueroa se define como un chico de provincias -como su padre y su abuelo- solo que ha visto mucho mundo desde su metro noventa y cinco.

Dice que no tiene oído pero no hay nadie que pronuncie mejor Shakespeare a ambos lados de Despeñaperros. Y que lo recite. Tan a menudo como la ocasión le es propicia rememora los versos de la arenga de Enrique V la víspera de la batalla de San Crispín:

WE FEW, WE HAPPY FEW, WE BAND OF BROTHERS
[…]
AND GENTLEMEN IN ENGLAND NOW A-BED
SHALL THINK THEMSELVES ACCURS’D THEY WERE NOT HERE,
AND HOLD THEIR MANHOODS CHEAP WHILES ANY SPEAKS
THAT FOUGHT WITH US UPON SAINT CRISPIN’S DAY.

Lo suyo con la literatura también le viene de familia. Su bisabuelo, Manuel Gómez Imaz, era un erudito local sevillano que frecuentaba la tertulia literaria del duque de T’Serclaes. Tamarón cuenta anécdotas y versillos de la época, y, al igual que en sus libros, preña las conversaciones de locuciones latinas, historia, aleluyas, erudición, estrofas de canciones de Cole Porter o sonetos de poetas bucólicos ingleses.

Autor prolífico, la publicación de su primera obra –El Guirigay Nacional– se corresponde con el tiempo en que fue director del Centro de Estudios de Política Exterior. Tras 14 años fuera de España como diplomático, Santiago de Mora-Figueroa se dio cuenta un día de que no entendía a los nativos. Los nativos no eran aymará de la Amazonía peruana o indígenas mauritanos sino sus pares españoles. Altos funcionarios e importantes intelectuales hablaban una jerga para él desconocida. De ese trabajo de campo surgen dichos ensayos sobre el habla de hoy que, en su última edición (Áltera, 2005), recogen, entre otros, sus celebrados artículos publicados en ABC entre 1985 y 1988 sobre asuntos lingüísticos. Su amor por la lengua española le lleva a detestar la pedantería y a procurar, por encima de todo, la precisión en su uso. No abomina, como se cree, de los neologismos: “pero hay que metabolizarlos”.

Dice que los escritores, sus compañeros en la República de las Letras, son vanidosos y envidiosos y para que nos creamos lo primero ironiza con que no tiene tantos exégetas como se merecería. Para la cosa de la envidia habla de César González-Ruano. Un dandi, como él. A su manera, como él.

El caso es que González-Ruano se sentaba en el Café Teide, a pocos metros del Gijón, donde le tenían preparado papel y lápiz. Una hora y tres cafés después tenía escrito, en un alarde de capacidad para improvisar, su artículo para ABC. Tamarón se queja -con su característico humor- de que su ritual era mucho más penoso. El sábado paseaba por la sierra para oxigenar las ideas y el domingo se encerraba a escribir durante ocho horas con café y pan con aceite y ajo. La ingesta del bulbo le permitía que ni siquiera su Fox Terrier le molestase durante “el parto de los montes”.

Evidentemente, es una protesta coqueta la suya. Su obra comprende, además, dos ediciones de El siglo XX y otras calamidades, El peso del español en el mundo (que firma como director), El avestruz, tótem utópico y tres volúmenes de Entre líneas y a contracorriente, la recopilación de los artículos publicados en su bitácora (la mejor manera de propagar cualquier virus, incluido el que nos acecha en estos momentos, es pronunciar la palabra “blog”) entre 2008 y 2018. Amén de dos libros de relatos y cuentos: Pólvora con aguardiente y Trampantojos.

SANTIAGO MORA-FIGUEROA, MARQUÉS DE TAMARÓN


Y su novela. En El rompimiento de gloria da rienda suelta a su pasión por la naturaleza y clases magistrales. Escrita con un léxico casi inusitado -así lo definiría, con tristeza por la pérdida, Delibes- el lector se encuentra de repente,  sin saber cómo ha llegado allí, recibiendo clases de latín (¡e incluso griego!) en un galayo de Gredos, rodeado de piornos y cantueso. Repensando la Historia y visitando hoteles suizos, salones de té ingleses o palacios rusos. Por utilizar un concepto con el que se juega en el libro, toda la erudición y cultura Tamarón está en El rompimiento de gloria. Y nos la ofrece paseando por la sierra y haciéndonos escuchar cantos de pájaros y observar vuelos de aves rapaces y tonalidades de grises o amarillos.

No oculta que escribir es un exorcismo. Atempera así sus entusiasmos, tan súbitos como sus odios y olvidos. Tan fugaces que coexisten en su cabeza durante toda una vida -un amor memorable puede durar una semana-. En la narrativa, como en los amores, ocurre lo mismo que lo que decían de los albergues españoles: uno encuentra lo que lleva. Por eso acercarse a la literatura es hacerlo a la pasión, sea ésta en forma de amor, deseo, odio o celos. El escritor de ficción no es un notario que levanta acta de lo que ocurre, termina juzgando. Tamarón no necesita la ficción para eso. Desprovisto de remilgos, pertrechado con una cultura inaudita y haciéndose perdonar con antelación por su grato e inteligente humor, vierte en su bitácora (http://marquesdetamaron.blogspot.com) -muy seguida y comentada- lo que le viene en gana. Allí podrán leer desde su mejor artículo, Adiós a la biblioteca ociosa, publicado por primera vez en la revista literaria sevillana Nadie Parecía en 2002, hasta su explicación de por qué Cervantes odiaba al Quijote. En efecto, el otrora director del Instituto Cervantes sostiene, como lord Byron -que para eso era un romántico y murió en una guerra-, que el manco de Lepanto, en un ejercicio de bellaquería, se dedica en su obra a destruir y mofarse de todo lo que de bueno y noble puede haber en un hombre, para al final hacerle recuperar la razón.

La honestidad intelectual, como la elegancia, parece una constante en su vida. Tampoco le tembló el pulso cuando, siendo embajador en Reino Unido, presentó su dimisión tras la victoria de Zapatero en las elecciones de 2004 por “desacuerdo con elementos fundamentales de la política exterior del futuro Gobierno español”. Un visionario.

En el otoño de la varonil edad -citando a Baltasar Gracián– Santiago de Mora-Figueroa se encuentra enfrascado en su última obra cuya temática guarda con celo. Sólo sabemos que no será una autobiografía -“el último que escribió unas memorias con gran sinceridad fue Rousseau. Y le salió algo pueril y exhibicionista. No quiero refugiarme en el silencio ni en el exhibicionismo”- y que la medita en el piedemonte segoviano mientras espera el rompimiento de gloria.

¡Ah! Y ha inventado un nuevo significado para la palabra “bogavante”. Además de ser el crustáceo, también es el que rema en la proa, el primero en las galeras. Para Tamarón los bogavantes son los progres esnobs, ansiosos por ser los primeros en cualquier moda. Con lo que se sufre así. Como en galeras.


Esperanza Ruiz Adsuar para Revista Centinela, publicado el 25 de Noviembre de 2020: 

https://revistacentinela.es/marques-de-tamaron-en-el-otono-de-la-varonil-edad/


viernes, 6 de noviembre de 2020

De utopías y distopías

 Todo arranca de las dos grandes distopías modernas: Brave New World (Un mundo feliz, novela de Aldous Huxley, 1932) y Nineteen Eighty-Four (1984, novela de George Orwell, 1949). Desde que se publicaron, influyeron profunda y extensamente en el pensamiento de su época, que sigue siendo la nuestra. 

  Es curioso comprobar que casi todas las novelas utópicas de los últimos cien años son pesimistas y a veces aterradoras. Por eso merecen el nombre de distopías. También merecerían otro - igualmente construido sobre raíces griegas - que existe en inglés pero no en español: cacotopia o kakotopia (palabra acuñada por Jeremy Bentham en 1818, mientras que dystopia fue usada por John Stuart Mill en 1868, en el Parlamento británico). Pero como cacotopía haría reír a los estudiantes y políticos, nadie la ha aclimatado en España. 

  Pues bien, me ha ocurrido leer ultimamente tres distopías curiosas. Atlas Shrugged, de Ayn Rand, a la que me referí el 14 de Julio en esta bitácora, The Years of Rice and Salt, de Kim Stanley Robinson, y Mentes colmena, de Isabel F. Peñuelas. 


  Mentes colmena es una recopilación de 18 relatos que acaba de publicarse. Su autora declara con tino desde el prólogo: 

   Nadie sabe lo que guarda en su interior hasta que no se abre a sí mismo como la panza de un oso de trapo. Escribir es eso, escribir sin salvavidas dejándose llevar por la corriente. Es dulce, siniestro, peligroso...

 Y con el mismo acierto empieza el primero de los relatos, MEMORIAS DE UN CÍBORG, de esta manera: 

  Ciboria huele mal a causa de las ratas que se utilizan para fabricar nuestros cerebros. Cuando algún humano logra entrar casi siempre vomita por el olor. Eso es lo que hace débiles a los humanos: que siempre están a vueltas con el dolor, el asco, la muerte y todas esas ideas ineficientes y anticuadas.

 Para sorpresa del lector, la autora hace compatibles el tono sombrío con un notable sentido del humor y habilidad para cautivar su interés. Supera la prueba práctica: dan ganas de seguir leyendo y pasando las páginas ansiosamente para ver lo que ocurre. 

   Menos tensión sombría tiene la ucronía The Years of Rice and Salt. 

  El punto donde se separa la historia real de la historia novelada se sitúa a principios del siglo XV, cuando la Peste Negra en vez de haber causado la muerte de casi la tercera parte de los europeos, en la novela ha matado al 99%. Casi mil páginas después, en lo que sería en nuestra cronología - que como es natural ya no rige - el año 2088, el planeta parece alcanzar alguna tranquilidad después de tremendas guerras mundiales entre los bloques islámico, chino o americano. Europa occidental no desempeña ningún papel relevante durante estos 600 años. Resulta un poco larga la novela y tendente a la visión histórica progre-masoquista. 




Mentes Colmena 
Isabel F. Peñuelas 
Bubok Editorial 
Madrid, 2020






Tiempos de Arroz y Sal
Kim Stanley Robinson 
Minotauro
Barcelona, 2003