Tras usar hace una semana la excelente fuente de información EFFIS (Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales), volvemos a constatar el rápido aumento del daño causado en nuestro país por la negligencia cuando no las ansias delictivas de quienes queman nuestra masa forestal. En una semana el aumento del desastre ha sido de casi 10.000 hectáreas, alcanzando un total de 55.526 este año.
Por ello añadimos el siguiente gráfico, ya puesto al día. Y constatamos que escasean los comentarios en la prensa y las protestas por la impunidad de los canallas.
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Más canallas impunes (2012)
Sigue la impunidad de los canallas (2012)

La naturaleza no merece tanta irresponsabilidad. Qué enorme pena ver que, como bien dices, la impunidad de los canallas sigue ahí. Recomiendo muchísimo leer tus demás entradas sobre este tema, publicadas desde 2012.
ResponderEliminarQuizá, como se ha comentado aquí en ocasiones, falte en primer lugar información veraz (veraz) sobre la piromanía patria: causas, filiaciones, débitos, servidumbres, usos posteriores de la tierra (que fueran ciertos) etc. En segunda instancia, bien pudiera ser que un código penal alejado de delirios ideológicos "sociales" (con perdón), contribuyese a menguar siquiera un tanto la brutal cuantía de los fuegos en España. Hablar sobre una política hidráulica bien cultivada, al modo en la que exigía hasta desgañitarse el ingeniero Juan Benet, sin éxito alguno, sería igualmente deseable, aunque de todos es conocido el miserable mandato político que pesa sobre ese asunto; de ambos lados, tan simétricos si se mira bien.
ResponderEliminarY así, entre llamas de todas clases, pasan los años en el solar nacional, que ya no es nación porque es Estado, y más que Estado, el partido que lo sustancie. ¿Y la posibilidad de empezar la casa por los fundamentos, y no por el tejado?
¿Qué decir que no hayamos dicho ya?
ResponderEliminarLo que sigue ocurre en la costa del Maresme, en la provincia de Barcelona, un territorio de enorme valor natural que, sin embargo, parece abandonado a su suerte. Yo me espero lo peor: suciedad, papeles, latas, plásticos de todo tipo, neumáticos, antiguos somieres, uralitas rotas, cañas secas y un sinfín de materiales utilizados para delimitar propiedades. Todo ello en medio de un bosque mediterráneo árido, abrasado por el calor y cargado de ramas secas abandonadas tras la tala de las encinas y pinos.
A todo ello se suman las motocicletas con escape casi libre, centenares de paseantes, fumadores y la imprudencia de quienes creen que un incendio es algo que siempre les ocurre a otros.
Y, como si fuera poco, se han eliminado las antiguas torres de vigilancia forestal, que durante décadas permitieron detectar los incendios en sus primeros minutos, cuando aún era posible controlarlos. Hoy dependemos de sistemas que, por muy modernos que sean, no siempre sustituyen la eficacia de una vigilancia permanente sobre el territorio.
Tampoco ayuda una determinada concepción de «parque natural» que, en nombre de la protección del medio, ha ido relegando muchas de las prácticas tradicionales de aprovechamiento y cuidado del monte. Durante generaciones, esos usos contribuían a mantener el bosque limpio, a reducir la carga de combustible vegetal y, en definitiva, a hacerlo más resiliente frente al fuego. Hoy, con demasiada frecuencia, las decisiones se adoptan desde los despachos, lejos de la experiencia de quienes han conocido y trabajado el monte durante toda su vida.
No se quema porque Dios no quiere. Pero el día que arda, lo hará con una violencia tal que lo ocurrido en Almería no será más que un preámbulo de lo que puede suceder aquí.
Es la crónica de un incendio anunciado.
Y ya que tú, Santiago, eres el último refugio de las palabras perdidas, añadiré, con profundo malestar, que mi preocupación no se limita al riesgo de incendios. En distintos puntos de la vía férrea, entre Sant Pol de Mar y Mataró, observé lo que me parecieron anomalías preocupantes: pinzas sueltas, traviesas de madera en un estado muy deteriorado y tornillos de sujeción que están completamente flojos o ausentes. Traté de comunicar estas observaciones a ADIF, a Renfe, al sindicato de maquinistas y a distintos medios de comunicación. No obtuve respuesta.
Ojalá esté equivocado. Pero dejo estas líneas escritas para que, si algún día ocurre lo inevitable, nadie pueda decir que no hubo quien levantara la voz.
A tu vera, Santiago.
¡Oh, gloriosa patria de la ceniza! Donde el monte no arde por voluntad del cielo, sino por la desidia de los hombres. Tenemos bosques que duran siglos y necios que los despachan en una tarde. Después llegan los llantos oficiales, tan abundantes como tardíos, cuando el humo ya ha hecho del verde memoria.
ResponderEliminarNo son los incendios la mayor desgracia, sino la costumbre de verlos repetirse con la misma indiferencia. Hay quien prende una chispa y quien alimenta el fuego con abandono; ambos son verdugos del campo. Si la diligencia ardiera con el mismo ímpetu que los pinares, otro sería el destino de nuestros montes.
No todos los que contemplan los fuegos lo hacen con indiferencia; muchos los ven con desesperación y otros con gusto. Pero el caso es que nunca he visto una lista con los nombres de los incendiarios y con sus condenas por los jueces. Diríase que no hay condenas. O que se mantienen secretos los nombres de los culpables, por algún motivo misterioso. Incluso da que pensar que no aparecen nombres de los incendiarios porque no hay tales condenas, y que ello se debe a que los jueces tienen miedo. O, peor aún, a que la política general del encarcelamiento es evitar gastos de las cárceles.
EliminarGracias, querido Santiago, por recordarnos que los fuegos reales son lo relevante y los aparentes solo cortinas de humo artificial.
ResponderEliminarParece que los mares suben mientras los fuegos y la impunidad se extienden, en demasiados casos sacrificando a los valientes, empobreciendo a los humildes y envalentonando a los cobardes.
¿Hay alguna comparación similar de dos esas curvas pero con el número de incendios provocados y sancionados? ¿Algún dato del resarcimiento a las víctimas mortales por los autores condenados? ¿Alguna comparación entre el valor patrimonial, particular y colectivo, de lo perdido con lo resarcido en los casos de intencionalidad demostrada?
Esperemos que no se señale indirectamete a la naturaleza como culpable en lugar de víctima.