Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El Rompimiento de Gloria (cap. XVI)

jueves, 23 de julio de 2009

El Rompimiento de Gloria (cap. XVI)

XVI



Había otro aspecto de mis amigos en el que poco o nada me paraba a pensar, lo cual dice mucho sobre mis prejuicios y acaso algo sobre su reserva. En lugar de preguntarles si eran monoteístas, politeístas, panteístas o ateos, daba por seguro que eran vagamente agnósticos como casi todos mis compañeros de Universidad. Pero, claro, agnósticos es lo único que los hermanos no podían ser; todavía recuerdo el tono soberbio de Elena aplicando la sentencia del Apocalipsis a no sé qué filósofo menor contemporáneo, “pues eres tibio te vomitaré de mi boca”. Yo entonces tampoco era agnóstico, era ateo convencido, y ahora ya no sé lo que soy, es demasiado tarde para todo.

El caso es que en mi simpleza moderna me parecía posible y hasta normal separar las tres búsquedas de la verdad, la belleza y el bien, y en lo tocante a la verdad pensaba que cualquier referencia a lo trascendental era una fullería lógica. Yo era inconsecuente, puesto que aceptaba de manera implícita un fundamento más o menos trascendental para la moral y para la estética, mientras rechazaba cualquier fe, como si mis convicciones fuesen empíricas. Ahora comprendo que ellos eran más congruentes que yo, a su manera, pero comprender esa manera me ha llevado medio siglo.

No todo, sin embargo, eran búsquedas kantianas de la razón pura en aquel invierno tranquilo y estudioso.

Let’s do it! Venga, la clase de inglés toca hoy con música. Tú, Miguel, al piano y tú, Sátur, apunta en un papel la letra.

Ellos cantaban a dúo y yo me desesperaba intentando comprender los cínicos y melodiosos juegos de palabras de Cole Porter:


In Spain, the best upper sets do it,
Lithuanians and Letts do it,
let’s fall in love.
The Dutch in old Amsterdam do it,
not to mention the Finns,
folks in Siam do it,
think of Siamese twins.
Some Argentines without means do it,
people say in Boston even beans do it,
let’s do it, let´s fall in love.


Yo barruntaba que aquel batiburrillo de aliteraciones, referencias y guiños, envuelto en una música brillante y pegadiza, era poco menos que el himno nacional de mis enemigos de clase, la tribu nómada de los plutócratas cosmopolitas, y me empeñaba en descifrar su proclama con el mismo ahínco corajudo que un hebraísta librepensador pone en la exégesis bíblica. Pero al final aquel cúmulo de alusiones ensambladas en una taracea prodigiosa terminaba dándome vértigo surrealista. Era una sensación agradable, bastante más agradable que la lectura, años después en Cambridge, del plúmbeo Finnegans Wake.

— ¿A qué demonios se refiere el verso in shallow shoals English soles do it?

Me explicaban pacientemente las diversas sugerencias a que daba pie la homofonía de las palabras alma y lenguado en inglés y me contaban la historia del grupo de exquisitos llamados the Souls.

— Deberían gustarte, Sátur, eran muy intelectuales...

— ¡Caray qué tío, el Cole Porter, cómo se pitorrea del mundo! -exclamaba yo, perdonando al músico que fuese millonario, americano y sodomita.

Reíamos los tres y Miguel y yo nos disputábamos el talle de Elena para bailotear con ella, y todos coreábamos:

Electric eels do it,
though it gives them a shock.


No hacía falta ser psicoanalista para atribuir el infantilismo de nuestras clases de inglés al hecho de que esa lengua era para los hermanos el habla de la nursery, expresión de una intimidad festiva que acabaron contagiándome hasta el punto de que todavía hoy el inglés conserva para mí su soplo díscolo, libre, aunque sin el númen latino o griego que quizá sí tenía para los hermanos. Por lo demás aquellas bacanales pueriles me resultaron en extremo útiles: aprendí mucho inglés y me sentía admitido, y por tanto seguro. Todo rito iniciático incluye una liturgia de la chiquillada; también en mi año litúrgico el Carnaval vino antes de la Pasión.

Mi creciente confianza en aquel entorno tan ajeno me permitía participar en situaciones que se me antojaban extravagantes y estar en ellas sin perder la curiosidad, pero sin caer ya en la zozobra de los celos y muy poco en el rencor social. Empezaba a sentirme, en lo tocante a usos y costumbres, como un etnógrafo moderno, ni superior ni inferior a la tribu arcaica con la que vive. El que ansiase el lecho de la princesa y la amistad del guerrero y los arcana imperii de ambos era otro cantar, o al menos así me lo parecía. En cualquier caso, cada vez soportaba menos mal sorpresas como la que trajo una tarde Miguel al volver del cuartel.

Esa mañana, mientras tomaba café en la sala de banderas, había irrumpido, presa de agitación, el teniente joven del batacazo a caballo.

— Mi capitán, mi capitán, que quiere verte un comandante alemán... Está en el cuerpo de guardia, de paisano pero muy compuesto y con guantes y todo; dice que es Agregado a la Embajada...

— Bueno, hombre, pues que entre.

— Perdona, mi capitán, pero es que tengo que advertirte... Yo quería librarte de la lata y le pregunté muy cortésmente qué se le ofrecía, pero el gachó, perdón, el comandante, bueno, creo que es de Infantería ¿no?, pues me contestó que venía por un asunto personal, una cuestión entre caballeros... ¿te das cuenta de la barbaridad? ¡Es estupendo!

— Serénate, Rafael, y dile al comandante que pase.

— Espera un instante, mi capitán, por favor, prométeme que me tomarás de padrino... Yo puedo organizarlo todo discretamente, el duelo tiene que ser muy secreto... imagínate, con un militar extranjero de por medio, y hasta es príncipe, lo dice su tarjeta de visita, que va en francés...

— ¡Coño, Rafael, calla! ¿Qué duelo ni qué puñetas? ¡Trae a ese señor de una vez!

Miguel reía a carcajadas imitando al teniente cordobés: yo no, pues lo primero que me vino a la mente fue que el militar alemán estaba haciendo gestiones para ayudar en un próximo golpe de estado, aunque enseguida se me alcanzó que si así fuese Miguel no nos lo habría contado como un chiste.

— ¿Y qué quería Adam? —preguntó Elena plácidamente, sin dejar de desgranar guisantes de las vainas.

— En fin, ya sabes cómo son los alemanes, tan correctos. Parece ser que su Embajador lo había invitado a una cena que da mañana para su hija y le había pedido que viniese con alguna muchacha, presentable, ni que decir tiene. Pero resulta que la jeune fille du monde escogida y avisada por Adam desde hace varias semanas lo ha llamado por teléfono hoy para decirle que ha amanecido con sarampión... debe de ser muy joven...

— ¿Y...? —interrumpió Elena con frialdad, como quien se imagina la continuación de la historia.

— Pues que Adam quiere pedirte que lo acompañes tú a la cena -concluyó Miguel removiéndose incómodo en la silla y entregando un sobre a su hermana.

Elena no se dignó cogerlo y siguió atenta a los guisantes hasta que levantó los ojos para fulminar a Miguel.

— ¿Y ese imbécil por qué no me lo dice a mí?

— Mujer, por eso, porque imaginaba que ibas a sulfurarte. Pero él tiene que quedar bien con su Embajador, que lo trata siempre con afecto... Welczek no es del Partido Nacional-Socialista, ¿sabes? Y además son catorce comensales, y si falla uno... Adam te lo pide como un favor y prefería que yo te lo adelantase para facilitar la explicación... No da por hecho que vas a aceptar, mira, ruega contestación... —dijo Miguel en tono conciliador, abriendo el sobre y enseñando el tarjetón de borde biselado en el que l’Ambassadeur d’Allemagne et la Comtesse de Welczek tenían el honor de invitar a Mademoiselle Elena Cienfuegos a cenar.

Unos meses antes aquel enredo de comedia me hubiese levantado arcadas de bilis. Ahora ya no. Elena parecía tan irritada por la invitación y a la vez el favor que pedía Adam parecía tan razonable —dentro, claro estaba, de sus absurdas reglas del juego social— que mis recelos quedaron eclipsados por la curiosidad.

— ¿Qué quiere decir RSVP, alguna alusión al Reich? —pregunté.

— No, Répondez s’il vous plaît. Los alemanes de esta clase son bastante menos patrioteros que los otros.

— Pues entonces ¿por qué no vas a la cena?

— Dios mío, qué tontos sois los hombres...

La mirada de Elena reflejaba tan sincera conmiseración que no se sabía si los hombres tontos éramos los varones o todos los mortales. Luego, como quien se resigna a aclarar obviedades, emprendió una explicación que parecía más dirigida a mí que a su hermano.

— Creo que no soy vanidosa, pero tampoco ingenua. Mañana en la cena yo sería probablemente la más guapa y de seguro la única novedad. Me piropearían, me hablarían de la abuela Consuelo, del primo István, del baile en Liria y de la montería en Cazorla y luego me lloverían las invitaciones.

— Hasta ahí, todo igual que cuando vamos de viaje fuera —apuntó Miguel.

— Sí, pero en Escocia o en Bohemia o en Transilvania pasamos tres semanas al año y el resto aquí, y no estoy dispuesta a renunciar a casi todo mi tiempo, a mi trabajo y a mi... a mi intimidad. Ni que estuviese buscando novio, un buen partido.

Observé que la última frase, que podía haber sonado retadora o amarga, estaba dicha con buen humor y hasta con dulzura. Elena calló y miró sonriente a su hermano, que permaneció pensativo unos instantes con la mirada fija en el gato negro dormido junto al fuego.

— Eso lo comprendo, Elena. Yo tampoco querría pasarme la vida en cenas y fiestas aburridas, pero una vez al año no hace daño. En fin, tú verás. Tienes que decidir entre hacerle un favor a un amigo y no hacérselo.

— ¡ Si de verdad me lo pidiera tan sólo como amigo...!

— No seas terca, criatura. Sabes de sobra que Adam no aspira ya a otra cosa. No es tonto y ha comprendido que... el asunto no da más de sí —insistió Miguel.

La afirmación “no es tonto” me dolió un poco, pues por la misma regla de tres a mí sí podía considerárseme tonto, pero también confirmó mi sensación de seguridad frente a aquel pasado rival.

— Terca no soy, sólo caprichosa, según Luisa la tata, que en paz descanse. En fin, cambiaré de capricho.

A vuelapluma escribió dos cartas, una para la Embajadora, en un resto suntuoso de papel timbrado de su padre, aceptando lacónicamente, en francés y en tercera persona la invitación, y otra en una cuartilla rayada, de las que vendían en los estancos a real el ciento, diciendo:


Adam querido e imbécil, mira la palabra en el diccionario etimológico y comprenderás por qué pese a todo estoy dispuesta a ser tu báculo (vuelve a mirar el diccionario) y te espero mañana en casa a las ocho.
Elena



Paco el ordenanza salió de naja a llevar las cartas y Miguel y yo nos quedamos cavilosos mientras Elena trajinaba silbando.

— ¿Qué hacéis ahí como un par de pasmarotes? Primero me empujáis a la disipación y ahora seguro que os arrepentís. Venga, animaos que vais a ver un ensayo con todo. Y no olvidéis que... - Elena agarró la espumadera de la cocina como si fuese un micrófono y cantó con voz y expresión de mujer fatal:

... It’s not that I wouldn’t
It’s not that I shouldn’t
It’s certainly not that I couldn’t
It’s just that ...
I’m the laziest girl in town


Al cabo de sólo un cuarto de hora encerrada en su habitación —era la mujer más rápida del mundo en cambiarse y arreglarse— reapareció, pero no hecha una mujer fatal como había anunciado, sino con un sari espectacular de Schiaparelli que le había regalado una de sus tías ricas. El resultado contradictorio de aquellos metros y metros de grueso crêpe blanco de seda ciñendo el cuerpo magnífico de Elena era que sus formas aparecían recalcadas pero hieráticas. No se sabía si estábamos ante Thaïs o ante una vestal romana, pero la mezcla de exotismo y arcaísmo era tan teatral que a mí me cortó la respiración y a Miguel le dio la risa.

— ¡ Qué enormidad, chica, si parece que mides dos metros! A ver, qué tacones llevas... —dijo Miguel levantándole las faldas. —Así nadie se atreverá a bailar contigo, creerán que vas a cantar Aída.

— Eso tuyo se llama fraternal envidia. Dime tú, Sátur, qué te parece el disfraz.

— Divino.

Pero no quise al día siguiente verla salir de su casa del brazo de Adam, envuelta en una nube de humo aromático de cigarrillo turco.

Unos días después me contó la fiesta.

— ¿Tuviste éxito?

— Arrollador. Después de la cena apareció un grupo grande de gente para bailar. Estaba una hija de la Maharani de Kapurtala que me confesó que ni su madre llevaba el sari tan bien como yo. Un viejo solterón del Nuevo Club me dijo que l’Heure Bleue olía en mí todavía mejor que en mi abuela Consuelo. Agustín Foxá va a escribir una obra de teatro para que yo salga en una escena de Diva ex machina.

— Y se te declararían varios hombres.

— Tres querían casarse conmigo. Otros ocho querían llevarme de copas a la Cuesta de las Perdices.

— Seguro que Adam era uno de los tres.

— No, Adam tan sólo quería que bailase con él Mad dogs and Englishmen go out in the mid-day sun, yo creo que para ponerme en apuros con el sari. Pero en previsión yo llevaba imperdibles y me arremangué la falda y bailé la mar de bien.

— ¡La deshonra familiar! —exclamó Miguel tapándose la cara con la servilleta.

— Sí, pero era la única forma de evitar más convites.

— Pues te equivocaste; por el correo de hoy han llegado seis invitaciones.

— Ya puedes ir contestando que no a todas las que lleguen, salvo cuando escriba el tío Gabriel Santaolalla ofreciéndonos su casa al pie del Pico de Almanzor. Le pedí que nos la prestase un par de días cuando él no fuese a estar, mejor en la Primavera.

Pero quedaba aún lejos la Primavera o al menos eso nos parecía; todavía había Invierno por delante para pensar y sentir con mesura, en la nieve y junto al fuego. Todavía el fuego no se había escapado del hogar como un río se sale de madre.

* * *



Creo que la versión de Let´s do it que a continuación se puede oir (y ver) es, pese a su fecha muy reciente, buen trasunto del original de 1928. Los tres personajes que en "El Rompimiento de Gloria" tocan, cantan y bailotean la canción en 1936 hubieran disfrutado también con esta recreación de tres cuartos de siglo después:





Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

2 comentarios:

  1. Pues no estoy de acuerdo con Tamarón: la versión reproducida aquí de “Let´s do it, let´s fall in love” no es un “buen trasunto de la versión original de 1928”. El vestuario, tanto el de hombres como el de mujeres, es un magnífico pastiche de la moda de 1938, no de 1928. En la acción hay escenas anacrónicas; al escoger a la actriz y cantante para el papel principal en el estreno de Broadway no hubieran preseleccionado a varias chicas, incluidas dos jóvenes negras, entre otros motivos porque el papel ya estaba asignado a Irene Bordoni. En cuanto a la orquestación, no es propia de los años veinte, y el tono de voz de la Srta. Alanis Morissette es más chillón del que se solía usar entonces.

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  2. Un muy hermoso libro.

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