Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: Más sobre Sir Patrick Leigh Fermor

lunes, 4 de julio de 2011

Más sobre Sir Patrick Leigh Fermor

El siguiente artículo apareció en el diario ABC el 2 de Julio del 2011. Tan sólo he corregido una errata mía y otra del periódico (decía dieciséis años después, en su entierro y debía decir y ahora dice once años después, en su entierro).


SIR PATRICK LEIGH FERMOR


Por el Marqués de Tamarón



Gracias a no haber ido a la universidad, Patrick Leigh Fermor llegó a ser uno de los mejores escritores ingleses del siglo XX. Todo comenzó porque lo expulsaron del colegio al ser descubierto cogido de la mano con la hija del tendero de ultramarinos. Luego se empeñó en ir andando hasta Constantinopla (no quería decir Estambul) y ahí empezó a completar la nada desdeñable educación secundaria recibida. Emprendió el camino con 18 años, en 1933, y dos años después llegó a Constantinopla. Dormía en albergues de jóvenes, en un pajar o en los castillos de la nobleza centroeuropea, que brindó generosa hospitalidad y amistad –y amor en más de una ocasión– a aquel guapo y simpático muchacho inglés. Después prolongó el viaje por Grecia, donde participó en una carga de caballería contra un golpe de estado republicano y, más importante aún, conoció a la Princesa Balasha Cantacuzeno, una rumana hermosísima bastante mayor que él. Se enamoraron en el acto y pasaron dos años juntos viviendo en castillos remotos, mientras ella pintaba y él traducía libros. Hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial y Patrick Leigh Fermor volvió apresuradamente a Inglaterra para alistarse, primero en la Guardia Real y luego en el Special Operations Executive. Se había disipado para siempre el peligro de ir a la universidad y aprender a hacer auditorías o el uso del aoristo. Podía seguir aprendiendo a ver, a vivir y a escribir, sin asomo de jactancia.

Su educación fue pues verdadera y honda: enriqueció y adiestró sus ojos, su mente y su corazón. Le sedujo el mosaico de lenguas, paisajes y arquitecturas que entonces aún sobrevivían en Europa, y sus gentes, tribus y naciones. Como era generoso brindó sus recuerdos y saberes, de palabra y por escrito, a propios y extraños.

Cuando celebramos sus 85 años en Londres se pudo comprobar por el ambiente durante la cena y por la subsiguiente oratoria de manteles que la imagen que todos tenían de su viejo o nuevo amigo (las edades de los comensales oscilaban entre los cien y los treinta cinco años) coincidían en varios rasgos: su alegría y su generosidad, y también su simpatía en el sentido más hondo, etimológico de la palabra. Curiosamente once años después, en su entierro, los comentarios fueron muy parecidos. Aquella noche en Londres el primero que habló, su amigo Jellicoe, dijo de él que la virtud que en grado menos relevante lo adornaba era la castidad. El anfitrión recalcó la generosidad de Paddy (ya para entonces nadie en Inglaterra llamaba de otra manera al distinguido escritor y héroe de guerra) recordando su insólita capacidad de querer y apreciar a todos los grupos nacionales o sociales que en general se detestaban entre ellos. Paddy admiraba a griegos y turcos, magiares y rumanos, judíos y alemanes, incluso a sus propios enemigos en tiempo de guerra, como el General Kreipe al que hizo prisionero en Creta y con quien recitó la oda I.ix. Ad Thaliarchum de Horacio contemplando las nieves del Monte Ida, en latín, claro. El propio anfitrión, siempre inquieto por el riesgo de pasar la eternidad en el cielo mal colocado al lado de algún pelmazo, le advirtió a Paddy que su virtud se vería recompensada doblemente, puesto que ya en el paraíso debían de estar esperándolo tantos amigos que él cita en sus viajes y tan distintos como los turcos viejos en la isla danubiana de Ada Kaleh, o las dos muchachas campesinas en Transilvania que descubrieron a Paddy y a su amigo nadando desnudos en el río y luego retozaron felices tras un pajar, o el Hermano Peter con quien jugó a los bolos, o los rastafarios caribeños con quienes habló sobre Haile Selassie, o el sabio danubiano de Persenbeug, o Dom Gabriel Gontard, septuagésimo octavo Abad de Saint-Wandrille.

Pero quien mejor definió en aquella larga y alegre sobremesa el carácter y el estilo de Patrick Leigh Fermor fue Norwich, cantando su peculiar versión de You´re the top aplicada a Paddy, que parodiaba a la vez al popular Cole Porter y al culto Browning con versos aliterativos y de rima interna tales como You´re the bubbling bard who finds it hard to stop / which is why we murmur, Fermor, you´re the top!

Sin embargo y con ser todo esto por completo verdadero además de risueño, no era toda la verdad. Dentro de este conversador brillante, ameno y alegre había un trabajador infatigable que corregía pruebas hasta agotar a su editor. Tenía la convicción – acertada por lo demás – de que el ritmo de la prosa requería cambiar varias palabras si se cambiaba una sola, con lo cual se producían unas cascadas de longitud incalculable. Cuando se vió aquejado por esa desesperante dolencia que es la sequía de la pluma del escritor – calculo que en su caso, como en otros, eso ocurrió cuando abandonó los cigarrillos, esos mismos que lo llevaron a la tumba hace unos días – y cada vez que le preguntaban por el volumen pendiente sobre su caminata a Constantinopla se enfadaba o entristecía, y a veces se refugiaba en mentiras inocentes, como cuando algunos amigos le sugerían que no intentase, por una vez, escribir con todos los esplendores barrocos de su prosa habitual, y que fuese menos ambicioso en este su probable último libro. Pero desarmaba a todos contestando con manso y modesto orgullo: “Es que yo no sé escribir de otra manera. No puedo”. No era verdad; nunca es verdad cuando un escritor viejo dice eso. Paddy escribía maravillosas cartas llenas de humor y de amor, ambos expresados con sencillez al final de su vida. Y nunca perdió la gracia, en todos los sentidos de la palabra. Por dos veces, en estos últimos y tristes días después de su muerte, una vieja y querida amiga suya que expresamente desea ser citada, Debo Devonshire, me dijo “cuando escribas sobre Paddy cuenta cuánto hemos reído [what fun we had]”. Dicho queda, o al menos apuntado.

Eterno caminante por la Via Pulchritudinis, buscó la belleza en lo pequeño y en lo grande. El mismo adolescente que acompañaba sus primeros pasos por los caminos fríos de Alemania a principios de 1934 con una reserva cuantiosa de poesía en la memoria, recitaba a veces a Lewis Carroll y otras el Stabat Mater o el Dies Irae. Y el mismo muchacho, ochenta años después, fue despedido en un funeral de honda belleza, ordenado por él en música y textos que incluían el Protoevangelio de Santiago. El cura anglicano terminó el oficio de cuerpo presente con un “Descansa en Paz y levántate en la Gloria”. En exacto paralelo -Muerte y Resurrección- un corneta de su antiguo Regimiento de la Guardia Irlandesa acompañó la inhumación con los dos toques de ordenanza, Silencio y Diana.

El entierro coincidió con un rompimiento de gloria.





(Fotografía de Sir Patrick en Dumbleton, el 31 Enero del 2010)



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6 comentarios:

  1. Pocas lecturas llenan de paz un corazón golpeado por la incertidumbre, la ausencia o la pérdida. Ésta es una de ellas.

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  2. Excepcional artículo, que va mucho más allá de la semblanza o nota necrológica, y constituye un pequeño ensayo sobre un personaje tan insólito, atractivo, completo y de tan fuerte personalidad que siempre sobresale, lleno de vida, en las páginas de sus contemporáneos. Dice de él, por ejemplo, James Lees-Milne (otro erudito que tampoco fue a la universidad): "I think he is the most charming individual I have ever met. There is nothing he does not know and he has a Betjemanian sense of the ludicrous. Has the best manners and is touchingly modest about his achievements" (23 diciembre 1994). "Drove to Chatsworth (...) "Patrick Leigh Fermor there, all that a civilised man should be. Tells endless anecdotes, recites poetry, sings old music hall songs, looks up names in NDB and words in dictionaries" (25 mayo 1995). Y muchas más citas, todas admirativas, en unos diarios que cubren desde 1942 hasta 1997, y por los que desfila la sociedad y todo el mundo de la cultura y las artes en la Inglaterra de aquellos años.
    Resalta Tamarón el trabajo que se escondía tras cada página de Leigh Fermor; cómo la sustitución de una palabra le llevaba con frecuencia a alterar toda la frase para respetar la cadencia o el ritmo de la prosa. Por eso -cito otra vez a Lees-Milne-, sus manuscritos eran "a spider's nightmare of corrections which he goes over again and again. Jock (Murray) says Byron's are the same" (9 agosto 1990).
    Y, con todo, su vida fue, como se recordó en su funeral, "a constant celebration of being alive". Si en el Evangelio de San Juan el Redentor dice que "he venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia", Patrick Leigh Fermor, añadió el oficiante, "picked up this quote and shone a torch on it".
    Leemos que sonó, para despedirle, un aria del Don Giovanni de Mozart, "Vedrai carino"; elección sorprendente en un servicio religioso, pero plenamente idónea.
    No es de extrañar, por todo ello, que el entierro fuera acompañado de un rompimiento de gloria.

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  3. Gracias por este articulo, nos das a conocer a Patrick - Paddy a los que no tuvimos la suerte de encontrarnos con él. Un placer leer su vida e imaginar el resto

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  4. Me entusiasmó tu articulo en A.B.C. sobre P.L.F.porque le he seguido, absolutamente "sous le charme," desde que cogió su mochila en Holanda camino de Constantinopla hasta sus últimas cartas "in tearing haste" a Deborah, la superviviente de mis adoradas Mittford sisters. Cuanta nostalgia queda por ese exquisito mundo desaparecido..
    Un cariñoso abrazo a Isabelle y a ti mi agradecimiento por tantos buenos rato leyéndote. Mercedes (Uquis).

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  5. I loved this article about Leigh Fermor. I was interested especially in the notion that it was his lack of exposure to University education that made him such a good writer. What is it about universities that dullens the prose? Is it that the experience tends to make people doubt, and meander and question too much, which overloads their sentences? Or is it that the exposure to great minds makes one fear to turn one's own hand to writing, or tortures one's intent? Who can tell? Meanwhile, I remember that the legendary financier, Jimmy Goldsmith, once said that he would never employ anyone who had been to University in his line of business because it tended to make them doubt too much, and that they thus became slow. He tended to prefer rugby players, as they were accustomed to having to make quick decisions. Doubtless there are other professions. But it is interesting that in spite of these observations, it is politically expedient that more and more youngsters should go to University.

    I wonder what Paddy LF would say about this?

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