Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El vizconde rijoso y el mitómano rijoso

jueves, 27 de enero de 2011

El vizconde rijoso y el mitómano rijoso

(Citas desde la caverna: VIII)

Il y a des temps où l’on ne doit dépenser le mépris qu’avec économie, à cause du grand nombre de nécessiteux.

(Chateaubriand, Mémoires d'Outre-Tombe, 1848)


O sea:

Hay tiempos en los que no se debe gastar el desprecio más que con parsimonia, de tantos necesitados como hay.

¿Qué tienen en común el vizconde rijoso, Chateaubriand, y el mitómano rijoso, Malraux? Ante todo que ambos eran rijosos, claro, y vanidosos. También que estuvieron en la política pero sin estar. Y además que los dos jugaron ingeniosamente con la palabra desprecio. Chateaubriand desdeñaba a los chaqueteros y trepas de principios del siglo XIX francés. Malraux -en Le Temps du Mépris (1935)- temía el desprecio que los nacional-socialistas sentían por la vida humana, pero como en aquel entonces Malraux era de izquierdas, fingía desconocer el desprecio aún mayor que tenían los comunistas por otras vidas también humanas, a fin de cuentas.

Pero seguro que algún lector encontrará otra afinidad -electiva o no- entre estos dos escritores franceses.

Y también creo que la cita de Chateaubriand no tiene desperdicio. Tampoco en nuestros tiempos. Así es que no desperdiciemos el desprecio, que terminará escaseando.

5 comentarios:

  1. Falta el dipsómano rijoso junto al mitómano rijoso. Y esos dos, es decir, Hemingway y Malraux, tenían tanta mitomanía fanfarrona en común que por poco no acabó a tiros su encuentro en París en Agosto de 1944, cuando heroicamente liberaron el Hotel Ritz y se emborracharon rivalizando en fantasías guerreras. Pero en cambio el rijo de Hemingway tenía un resto de caballerosidad romántica, aunque muy propia también de jactancias de taberna, como apuntó perspicazmente Evelyn Waugh. La prueba es que el único gesto bélico de Hemingway que consta al liberar París del yugo alemán (el ejército alemán se había retirado ya sin cumplir la orden de Hitler de incendiar la antigua capital de Francia) fue sacar la pistola para ahuyentar a unos parisinos que iban a demostrar su viril patriotismo rapando la cabeza o haciendo algo peor a unas fulanas que habían alternado con los alemanes. En eso Chateaubriand hubiera estado al lado de Hemingway.

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  2. ¿Qué hubiera dicho Chateaubriand ante el espectáculo de la España de Belén Esteban o del Chiquilicuatre? ¿De verdad hubiera ahorrado el desprecio para no quedarse sin reservas?

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  3. Los hermanos Villalonga -Lorenzo y Miguel- escribieron una preciosa biografía de Chateaubriand, a medio camino entre la admiración y la ironía, titulada "El Vizconde romántico", que era una manera elegante de llamarlo rijoso. Lo describían diciendo que "el Vizconde, eterno disidente, partía en cada acto. Pero volvía. Desde América o Suiza, desde Roma o el retiro campestre de "El Valle de los Lobos", cedía al fin y volvía. Puede creerse que amó los altos cargos por el placer de dimitir de ellos en esquelas cada vez más duras e ingeniosas". Lo cual era, sin duda, un genial modo de administrar su mépris.

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  4. No anda descaminado mi cuñado don Wolf, pero yo diría que se queda aún corto. El extático grito de ¡¡¡PEDRO!!! que nuestra actriz más internacional, Penélope Cruz, lanzó en pleno escenario de la entrega de los Oscars del año 2000, sin duda provocó el erizamiento colectivo de los pelillos de la nuca, de algunos por admiración y de otros por vergüenza ajena.

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  5. No hay duda de que el vizconde es todo un personaje, en muchos aspectos muy destructivo, lo apunta muy bien don Otto en la entrada anterior. Era tan monárquico que prácticamente acabó de hundir la monarquía en Francia el sólo, con sus desprecios y sus "no es esto". La verdadera monarquía y su auténtico espíritu sólo podía entenderlos el mismo... Un individualismo romántico de lo más egocéntrico y asolador, a la vez que atractivo que duda cabe. Lo anterior no quita para que, efectivamente, la cita no tenga desperdicio. Campeón del desprecio es Nicolás Gómez Dávila, cuyos Escolios son casi un tratado al respecto y con los que es difícil no coincidir. Pero todo esto tiene un pero, por lo menos a mi me lo parece. El desprecio podemos permitírnoslo (incluso es inevitable, pues suele brotar espontáneo mezclado con el asco), pero quedarnos ahí es un lujo excesivo. Quiero decir que se corre el riesgo de que se instale definitivamente aquello que no se combate. Se necesitan ejemplos egregios en los que poder inspirarse, a los que poder seguir, o con los que poder disfrutar con una simple lectura, a los que poder apreciar. Ejemplos que por cierto en esta bitácora, afortunadamente, no faltan.

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