Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: noviembre 2011

martes, 22 de noviembre de 2011

Un abrazo

Si cual espías del Poder leyésemos hoy mil cartas particulares, de seguro encontraríamos que novecientas noventa terminan con «un abrazo» (el vulgo) o «un fuerte abrazo» (los políticos) o «un gran abrazo» (los banqueros). Así, a secas, sin tan siquiera el verbo enviar. Y, por supuesto, sin distinguir a la hora de la fórmula de despedida entre los destinatarios: padre, amante, amigo, conocido o dentista. Tenemos noticia de una señora de edad provecta —y por cierto relacionada con el mundo de la política, donde debe de ser la excepción que confirma la regla de la monotonía cursi— que se ha rebelado contra el estereotipo uniforme y se despide de sus amigos escribiendo «achuchones». Dice que si a los cabecillas autonómicos manda abrazos algo más íntimo tendrá que enviar a los amigos de verdad.

España nunca destacó en la literatura epistolar. El porqué es uno de los pequeños misterios de nuestra idiosincrasia cultural o quizá psicológica. Nuestros poetas, dramaturgos y, en menor medida, novelistas han sido tan buenos como los mejores extranjeros; nuestros autores de cartas no. En general brillan los españoles tan poco en este género como en el autobiográfico. ¿Será que escriben pocas cartas, que éstas no se conservan, que los descendientes tienen miedo a publicarlas? Algo de todo eso habrá, pero nos inclinamos a pensar que el motivo principal de la escasez de buenos epistolarios —tan abundantes, por ejemplo, en los países de lengua inglesa— es que somos un pueblo de teólogos y la petite histoire nos deja fríos. Olvidamos que la Historia no es sino la suma de muchas pequeñas historias, con sus mezquindades, ternuras y grandezas individuales que en ningún lado quedan más al descubierto que en las cartas. Recordémoslo con estas letras de un padre a su hija hace cuatrocientos años justos: «Vuestros hermanos y yo estamos buenos y con mucha calor que hace estos días; como os debe escribir vuestra hermana y por no volver el papel no digo sino os guarde Dios como deseo. Vuestro buen padre». (Felipe II a la Duquesa de Saboya).

Pero había algo al menos donde hasta hace poco lucía nuestra imaginación epistolar: en las fórmulas iniciales y finales. Tomemos como ejemplo la monumental —y muy amena— correspondencia entre Juan Valera y Menéndez Pelayo. Aquellos dos hombres tan distintos —el andaluz era viejo, liberal, aristocrático y cosmopolita, mientras que el santanderino era joven, reaccionario, burgués y nacionalista— intercambiaron durante treinta años cientos de cartas donde lo primero que maravilla es la infrecuencia de las repeticiones de fórmulas. Diríase que Valera modula sus despedidas según las circunstancias. Desde «No imite mi desidia; escríbame y créame su afmo. y constante amigo» hasta «Adiós. Escríbame, quiérame y consuéleme» (cuando acaba de morir su hijo de dieciséis años). Igual ocurre con las cartas de Valera a Gumersindo Laverde, donde abundan variadas fórmulas que hoy nos parecen extravagantes y que no eran sino sabias mezclas cambiantes de originalidad y lugares comunes de la cortesía, como «Dispénseme Vd. de que mis muchísimas ocupaciones no me permitan escribirle hoy de mi propia mano y mande cuanto guste a su apasionado amigo».

Hoy todas estas sutilezas habrían quedado confundidas en el sempiterno «abrazo». Entre españoles, que no entre franceses (el Bottin de 1985 trae diez páginas de modales escritos) ni entre ingleses (el Debrett’s Correct Form tiene doscientas). ¿Serán más tontos que nosotros, más conservadores o más irónicos? Nosotros creemos que nuestra época es más franca y directa que las anteriores. En realidad es igual de insincera, pero mucho más aburrida. Obsérvense los mensajes que se cruzaban en 1739 un marino inglés y otro español, en guerra en el Caribe: «Yo soy, Señor, de VE su más humilde servidor, D. Eduardo Vernon Burford», terminaba el uno. «Yo quedo para servir a VE con la más segura voluntad, y deseo lo guarde Dios muchos años. Besa la mano de VE su más atento servidor D. Blas de Lezo», acababa el otro. ¿Cómo se escribirían hoy un oficial ruso y otro americano perdidos en el Ártico? «¿Saludos proletarios» y «Saludos democráticos»?

La verdad es que las fórmulas nunca pueden ser sinceras, pero siempre son necesarias. Aunque sólo sea para indicar que el cuerpo de la carta ha terminado y evitar que un tercero añada algo. Y puestos a buscar el laconismo por encima de todo quedaba menos ridículo el bene tibi latino que el «abrazo» moderno: es más hipócrita prometer a un casi desconocido el éxtasis de una estrecha soba que desearle el bien.
Para evitar la uniformidad totalitaria sería conveniente conservar las pocas fórmulas arcaicas que subsisten. Pero ya el «Dios guarde a Ud. muchos años» suscita censuras de algunos progres. ¿Qué dirían si supiesen que el Rey sigue dirigiendo a ciertos monarcas cristianos cartas credenciales —para acreditar embajadores— que terminan: «Señor mi buen hermano y primo, de Vuestra Majestad buen hermano y primo Juan Carlos Rey»? No vemos más fórmula para modernizar la anterior que «adhesión democrática inquebrantable». ¿O el ubicuo «abrazo»?

(Este artículo se publicó en el ABC el 8 de Junio de 1985)

Estas reflexiones fueron un triste barrunte premonitorio de la desaparición del Dios guarde a Ud. muchos años, consumada el martes 22 de julio de 1986. En esa fecha publicó el Boletín Oficial del Estado una orden aboliendo las «fórmulas de salutación o despedida» y las de «tratamiento o cortesía» en los escritos administrativos. Todo un récord: por primera vez en la historia se suprime la cortesía por Orden Ministerial. Y el firmante fue un ministro, el Sr. Moscoso del Prado, que ya no lo era más que en funciones; pese a sus méritos progresistas perdió el cargo días después.

Notable contraste con Agustina de Aragón, en quien nunca lo cortés quitó lo valiente y que se despedía en carta al general británico Doyle diciéndole: «Quédese V. a Dios y mande a su apasionada y fina amiga que más le quiere de veras». Don Luis Jessen, que me facilita este texto, aclara que la carta no es en modo alguno amorosa, pese a la reputación de Agustina; es cortés y no cortesana. El Sr. Moscoso la hubiese fulminado. Bueno, la hubiera fulminado si hubiese tenido más agallas que ella, cosa difícil.

(Este artículo y su nota posterior fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón

martes, 15 de noviembre de 2011

De tomos y lomos

En nuestra gira científica por los pudrideros del idioma no podía faltar una visita a las librerías, con ojeada a las obras recientes. Y bien decimos ojear y no hojear, porque, de momento, tan solo en los lomos y portadas de los libros nos fijaremos. Se trata de hacer balance del estado actual del arte de titular las obras literarias.

Para ser bueno, un título de libro ha de reunir tres condiciones: ser fácil de recordar, no resultar cacofónico y provocar deseos de leer el libro. Nuestros clásicos eran muy conscientes de esta triple necesidad y —quizá en aras del primer requisito— usaban a veces refranes o frases hechas al bautizar sus obras: El perro del hortelano (de Lope de Vega) o Las paredes oyen (Ruiz de Alarcón). Algunos autores modernos, como Juan García Hortelano en Gramática parda, siguen acudiendo a este sistema de evidentes ventajas. El inconveniente surge cuando el dicho es largo y se reproduce entero, como Casa con dos puertas mala es de guardar (Calderón): el título sigue siendo memorable, pero pierde concisión. La memorabilidad es buena para todos e imprescindible para las obras de principiantes. Si un autor consagrado llama a su obra algo tan inane como Queremos tanto a Glenda, lo peor que puede ocurrir es que el lector la pida diciendo «deme eso de Amamos a Greta..., no, creo que se llama Tessa nos gustaba a todos..., bueno, ya sabe usted, el último de Cortázar». De todas formas le encontrarán el tomo. Pero si un desconocido publicase un libro con ese título languidecería en los anaqueles porque nadie podría pedirlo por su nombre ni por el del autor.

La segunda condición —eufonía— puede parecer trivial. No lo es. ¿Quién va a atreverse a pedir un trabalenguas como Fragmentos para Miss Urquhart (de Rafael Coloma)? Aun el trabalenguas deliberado y gracioso —tal que Tres tristes tigres, de Cabrera Infante— acarreará riesgos de rechazo freudiano en el lector. A veces éste traduce involuntariamente al lenguaje llano los títulos enrevesados. Así fue como uno de nuestros investigadores oyó preguntar en una tienda por las Cartas de un viejo verde. Se refería, claro estaba, a las Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, de Delibes. El lance recuerda al que refiere Antonio Machado: «A ver, ponga en lenguaje poético “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rua”.» «Lo que pasa en la calle.» «No está mal.»

El tercer requisito también se olvida a menudo hoy en día. ¿Quién se sentirá tentado por un tejuelo que rece Las condiciones objetivas (Javier Maqua) o Los helechos arborescentes (Umbral)? Quizá los filósofos y los botánicos, con el chasco consiguiente. En cambio, ¿quién resistirá la tentación de leer o ver representar una obra que se titule El vergonzoso en palacio? En esto como en todo es un error creer que las modas culturales entrañan cambios en la naturaleza humana. La curiosidad sigue siendo la misma y siempre se verá atraída por un rótulo que anuncie intrigas, amoríos o misterios. En su género los títulos de las novelas de Julio Verne eran perfectos. La vuelta al mundo en ochenta días o Cinco semanas en globo daban ganas de leer los libros para averiguar el detalle de las aventuras que el simple epígrafe prometía, y ni siquiera con la traducción a otro idioma se debilitaba el atractivo. En cambio la costumbre de Agatha Christie de titular sus novelas policíacas (Diez negritos, Tres ratones ciegos, etcétera) con coplas infantiles inglesas —recurso astuto en sí por el contraste curioso entre la frase risueña y el presumible crimen a que alude— plantea problemas insolubles al traductor. Los mismos que tendría un inglés para traducir una novela española de ciencia ficción llamada Quisiera ser tan alto como la luna.

Cuestión discutible sería en cambio si ha de exigirse al título que sirva de ventanuco para atisbar el contenido del libro. En nuestro teatro clásico casi siempre el nombre insinuaba certeramente la acción de la obra, como, por ejemplo, A secreto agravio, secreta venganza, de Calderón. Pero otros títulos igual de brillantes no cumplen esta misión, como La tempestad (Shakespeare). En definitiva, la función principal —aunque no la única— de ese letrero preliminar es la de anzuelo de lectores o espectadores. Si el título tiene gancho —por su gracia o belleza, o como sea—, vale. El hospital de los podridos (entremés atribuido a Cervantes) suena atroz, pero al menos no deja indiferente como Las bicicletas son para el verano. Sin duda para aprovechar el poder evocador de la música o la liturgia, muchos autores han acudido a títulos sonoros aunque herméticos: Sonatas (Valle-Inclán), Contrapunto (A. Huxley), Concierto barroco (Carpentier), Oficio de tinieblas (hay dos, uno oficiado por Alfonso Sastre y otro por Cela), De profundis (Oscar Wilde), etcétera.

Mención aparte merecen los libros buenos con títulos malos, aunque hemos intentado hasta ahora separar ambas cosas, el lomo y el resto del tomo. Pero es que hay casos notabilísimos. Tan sólo una novela genial como Robinson Crusoe ha podido gozar de doscientos sesenta y cinco años de éxito pese a un título que suena mal en su lengua original y en todas las demás. Es cierto que la eponimia es una costumbre literaria muy antigua, y casi obligada en las tragedias. Otelo no hubiera podido llamarse Historia de unos celos como un serial radiofónico cualquiera. Sin embargo, más vale escoger con tiento el nombre del personaje si va a dar título a la obra. En ese aspecto concreto Cervantes anduvo más inspirado con Pedro de Urdemalas que con Don Quijote.

Por último hay otro ingrediente —impalpable, indefinible y peligrosamente subjetivo— cuya ausencia coloca el nombre del libro al borde del ridículo, aunque reúna todos los demás componentes. Confieso que he vivido (Neruda) tiene un fallo misterioso. ¡Yo creo en la esperanza! (José María Díez Alegría) tiene el mismo defecto en grado sumo. No, no es porque usa signos de exclamación, ni por llevar un verbo, cosas ambas poco aconsejables en el lomo de un volumen. Tampoco es por el dislate lógico y teológico —en la esperanza no se cree, se tiene— ni porque da gana de replicar ¿y a mí qué? No es por nada de eso. Es que es cursi.

(Este artículo se publicó en el ABC el 25 de Mayo de 1985)

Hay que añadir una novedad literaria de título igualmente notable: Ahora que las algas agonizan, de doña María del Carmen Casala. Suena a epígono y consecuencia de También se muere el mar, de don Femando Morán.
También debo aclarar que Cervantes escogió pero no inventó el sonoro nombre de Pedro de Urdemalas, pues se trataba de un personaje popular que desde la Edad Media andaba zascandileando por España.

(Este artículo y su nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón

miércoles, 9 de noviembre de 2011

"Me fui al campo llevando las ovejas..."

“Todos los niños tienen talento literario, salvo Minou Drouet”, dijo Jean Cocteau en una de sus frases más falsas y brillantes. La niña era una poetisa poetastra preadolescente y sus ripios estaban escritos por su madre adoptiva, se dijo. Así es que ciertamente no tenía talento, pero tampoco todos los niños lo tienen como hubiera pensado un Rousseau cualquiera. Aunque también es cierto que hay menos escritores cursis entre los niños que entre sus mamás.

Por eso me sorprendió y me gustó tanto lo que a continuación podrán ustedes leer. Primero me lo enseñaron sus padres, a los que quiero mucho, pero cuya posible inclinación literaria decidí investigar, por si acaso. Tras verificar que no habían tenido ni arte ni parte en la obra de su hijo escritor (de 9 años), ni en la del retrato de éste por su hermano (de 11 años), fui yo quien les propuse acogerlo en esta bitácora. Sin ninguna condescendencia, al revés, sintiéndome honrado por poder ayudar siquiera modestamente a poner el pie en el estribo a uno de los muchos –espero que sean muchos- que dentro de unos años escribirán cosas más interesantes que las mías y mucho más interesantes que las de la mayoría de los ciudadanos de la República de las Letras de hoy.

Este texto -¿cuento, ensayo, prosa poética?- ya es interesante, por lo menos más que Azorín y Minou Drouet juntos.

Espero, pues, que su autor se anime a seguir escribiendo. Algún día sabrá que -acaso sin darse cuenta y milenios después- continuó el camino de los clásicos por los encinares de la Arcadia feliz. Eso es precisamente la tradición: entregar algo y recibirlo, de generación en generación. Buen viaje, muchachos.

Y buen viaje a este relato, que ahí va:


Me fui al campo llevando las ovejas, me tumbé debajo de una encina y me puse a dormir.
Al cabo de largo rato, escuché un ruido entre las plantas. Era una avispa que estaba aleteando fuertemente sus alas, y entonces volví a echar la cabeza sobre la hierba. Ya, no tenía sueño, entonces me dispuse a componer poesías como un poeta de los de verdad, como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez.
Me salió una poesía que decía así:

Ayí adentro,
en el profundo mar,
navegan los peces con su remar,
y de las aletas, es el trabajar.
Yo, en mi barca,
también remo,
giro la cabeza,
y veo un reno,
con la cornamenta,
que parece lijada
y es afilada.

Justo en ese momento, apareció una niña de entre los matorrales.
Tenía unos ojos con un marrón fuerte y brillante, al igual que su cabello, que me hacía sentirme nervioso y también hacía que soñase en encontrarme en un momento menos intenso de mi vida.
No la veía muy bien porque me había hipnotizado.
Me dijo con una vocecita muy simpática, que salía de una pequeña boca, con unos suaves labios llenos de un colorete rojizo: Lo haces muy bien.
Yo le contesté bastante hipnotizado esta vez:
Gra, Gra, Gracias. La bella niña, se fue alejando poquito a poco, con admiro de mi tartamudeo.
Yo, no le entendía, porque los tartamudos no tienen nada de malo, pero bueno, como dice el refrán: entre gustos no hay nada escrito.
Me volví a tumbar y seguí con mis poesías. Esta vez sería más romántica, porque se la diría a aquella niña, que por cierto, le tenía que preguntar su nombre.
Después de largo rato compuse una poesía:

El mar
arrastra todo sin cesár,
hasta los barcos que se oyen navegar.
El amor, no lo arrastra nadie,
Si no que: se lo lleva el aire.

Después de unas cuantas horas, cuando ya estaba en la cama, pero todavía sin dormirme del todo, pensé si decirsela, porque la vergüenza me atacaba pero mi conciencia llegó a decirme que no lo haga.
Por la mañana, me desperté con mucha fantasía ya soñada y dispuesto a desobedecer a mi conciencia.
Fuí preguntando por unas cuantas casas hasta que: cinco calles más para abajo, encontré aquella preciosidad.
Yo, le dije: ¿quieres que te diga una “mini” poesía como la otra?
Vale, dijo ella, -pero ¡Ya no eres tartamudo!
No, ni lo era. - ¿Qué tienen de malo? Nada, esque yo fui tartamuda y le cogí manía.
Y¿cómo te llamas? ¿Yo? Inés ¿y tú? Tibur.
Bueno, allá va la poesía:

El mar
arrastra todo sin cesár
hasta los barcos, que se oyen navegar.
El amor, no lo arrastra nadie,
Si no que: se lo lleva el aire.

Inés me dijo: ¡que mono eres! En ese momento estába invadido por la vergüenza y todo lo que os podáis imaginar, porque sabéis muy bien que cuando una niña te dice que eres mono, hay almenos un hilillo de relación, a no ser que te vaya a decir que si podéis ser tan solo amigos, que ahí sería tu muerte.

Llegué a casa y mi padre me estaba esperando, no con los brazos abiertos como suele ser siempre. Yo, no había estudiado y mi padre me híba a preguntar la lección, después de haber tenido un día muy duro, por este motivo, cuando híba por la tercera pregunta se le estaban cerrando poquito a poco los ojos hasta quedarse dormido del todo.


* * *

Me levanté de la cama con los pelos de punta sin ningunas ganas de dirigirme hacia el cuarto de baño para peinarme.
Tras una hora de meditación acabe convenciendome para entrar en aquel cuarto.
Cuando ya terminé mis lavados personales, abrí la puerta y salí al campo.

Me tumbé en la hierba vajo la gran Encina y continué con mi meditación. Tras cinco minutos una poesía se situaba en el interior de mi corazón que se sentia con algo más que ganas de volver a ver a Inés.

Las palabras de la literatura española que ordenadas dan rimas, que te llegan al corazón, que en mi caso me simplifica las cosas en el pensamiento de un poema como el que sentía:

Yo en mi corazón,
sueño en tu regreso,
para poderte dar un beso.
El mejor momento de mi vida,
sería cuando te besaría.
Ayí,
vajo aquella gran encina,
en aquella extensa sombra
junto a la orilla,
soñaba en que estuviesemos juntos
tanto como unos juncos.









martes, 1 de noviembre de 2011

Cada loco con su tema

El dicho «cada loco con su tema» se refiere a la tema («idea fija que suelen tener los dementes», según el Diccionario) y no al tema (una de las temas o fetiches verbales de los políticos y periodistas de hoy cuando no saben qué decir). Dicha casta —no la de los locos, sino la de los políticos, periodistas, burócratas y demás formadores de opinión, «opinion-makers» en inglés— es muy aficionada a ciertas palabras, en general equivocadas, a las que atribuye valor mágico. Con razón, porque suelen permitirle ocultar la indigencia o lo torcido de sus razonamientos. De esas temas en boga hemos comentado ya varias, pero el disparatorio contemporáneo es rico y conviene proseguir su estudio.

Animal político.— Aristóteles dijo que el hombre es por naturaleza un «zoon politikon», o sea, un animal social y político en el sentido de dado a la vida en comunidad. Es notable dislate decir, como empieza a ser habitual, que el ministro Fulano o el diputado Mengano son animales políticos. Ya Unamuno aseguraba que los únicos animales son los que traducen así. Y es verdad, pero ¿qué más nos da que los formadores de opinión se llamen animales entre ellos? Sus razones tendrán. Será que han convertido la razón de estado en razón de establo, que decía el clásico español.

Tecnología.— No se llega a ninguna parte diciendo técnica. Hay que decir tecnología, que es más largo y más distinguido. Como hay que decir «noujau» (know-how) en lugar de pericia o conocimientos. La última edición del Diccionario de la Real Academia define técnica como el «conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte» y tecnología como el «conjunto de los conocimientos propios de un oficio mecánico o arte industrial». La diferencia parece clara. Sin embargo, al redactor del preámbulo de ese mismo Diccionario no debió de gustarle y sacrificó la precisión verbal ante el fetiche, escribiendo esperanzado: «Es posible que las nuevas tecnologías que se han empleado en esta edición permitan que se haga la vigésimo primera en un plazo bastante más corto que el que separa la vigésima de la décimo novena.» En fin, vivan las tecnologías si nos evitan otros catorce años de espera hasta la próxima edición.

Compromiso.—El Sr Garrett, que dio clases de inglés a cientos de diplomáticos españoles, gustaba de decirles en broma que el castellano es tan intransigente que carece de una palabra que traduzca el «compromise» inglés, y que no deja de ser revelador que componenda tenga un claro sentido peyorativo. Quizá por eso nuestros diplomáticos —y detrás de ellos los susodichos formadores de opinión, como borregos— se apresuraron a lanzar el anglicismo compromiso. Lo único que han conseguido es que nuestra lengua sea un poquito más ambigua y pobre —mala cosa para la diplomacia— al desdibujar las acepciones legítimas de compromiso. Ni siquiera se trata de uno de esos neologismos necesarios, que llenan un hueco irritante. Es cierto que avenencia o arreglo no recogen el sentido de concesiones mutuas que tiene el pragmático «compromise» inglés. Pero acomodamiento y ajuste sí. Como también transacción. Bien, pues a pesar de todo se va extendiendo el uso espurio de compromiso. Su única ventaja —para los políticos, claro está, no para el resto de los españoles— es que cuando un hombre público dice que ha llegado a un compromiso con alguien ya no se sabe si se ha comprometido o ha transigido en algo.

Parámetros.— Es la tema perfecta, el fetiche más milagrero de los formadores de opinión. No quiere decir nada en absoluto. Nada. O todo, según el tono de voz o la intención íntima del que la usa. Intención que no hay por qué manifestar. Es un simple ruido, o garabato escrito. Se comprende que a los que viven de la ambigüedad les guste más que a un tonto un látigo. El Diccionario dice que parámetro es la «línea constante e invariable que entra en la ecuación de algunas curvas, y muy señaladamente en la de la parábola». Como eso sólo lo entienden los doctores en Ciencias Exactas, a los demás se nos puede hablar con impunidad de parámetros atribuyéndoles al azar el significado de marco conceptual de una cuestión, líneas generales de un problema, condicionamientos, solución, imposibilidad de toda solución. Cualquier cosa.

Por este camino llegaremos al lenguaje inefable. Inefable quiere decir, en puridad, que no se puede hablar. Cada cual hará su gárgara o su cacareo o su gruñido y le dará el sentido que le plazca, sin preocuparse de que lo entiendan o preocupándose de que no lo entiendan. Cuando llegue ese día del guirigay total habrá desaparecido la civilización y sólo podremos llorarla o encogernos de hombros y decir: «Cada loco con su tema.»


La tema del parámetro fue de nuevo examinada en el ABC el 4 de agosto de 1987, por don Fernando Lázaro Carreter. Aludió a su origen italiano y perfecta inutilidad —salvo para los estafadores— y provocó la apología proparamétrica del catedrático de Lógica don Manuel Garrido. A ésta replicó el profesor Lázaro (ABC, 17-10-87) reiterando su pobre opinión del parámetro extramatemático, «una intromisión pedantesca en nuestro buen hablar». Y en el mismo periódico (13-11-87) volvió a la carga, airado pero docto, el profesor Garrido. No me convence su defensa del parámetro de los formadores de opinión; peca de optimismo impropio de un catedrático de Lógica si no ve el peligro de dar semejante arma polisilábica a los charlatanes.

(Este artículo apareción en el ABC del 29 de Junio de 1985 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



P.D.:
“Razones, no de Estado, sino de establo” es frase aplicada a Maquiavelo por Baltasar Gracián (El Criticón, Primera Parte, Crisi Séptima). Ahora recuerdo que cuando escribí este artículo hace 26 años me cansó comprobar si la frase era de Gracián y acudí al fácil recurso de atribuírsela a “el clásico español”. Pero en la actualidad basta con teclear una frase en un buscador para que unos apuntalen su cultura tambaleante y otros finjan la suya. Está claro que los dos únicos inventos útiles de los últimos lustros son el Goretex y el Internet, aparte de medicinas que pronto harán invivible el planeta de los siete mil millones de hombres.

Otrosí, también acabo de recordar que mi docto amigo Joaquín Torrente me señaló hace mucho que la expresión en puridad es equívoca. Y, en efecto, verifico ahora que puede querer decir tanto “sin rebozo, claramente y sin rodeos” como “secretamente” (DRAE, 2001). Como para creer que la ambigüedad es fruto reciente en nuestra lengua. Se conoce que siempre hubo formadores de opinión y otros estafadores más amigos de la oscuridad que de la pura puridad.




Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008