Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: diciembre 2008

martes, 30 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. IV)

IV

Llegamos a un acuerdo tácito. Eran ellos quienes me proponían ir a la sierra, o a su casa para algo que yo nunca sabía si iba a ser una clase de inglés, una lección de baile, un diálogo socrático —imposible, ahora lo comprendo, pues yo era platónico y ellos presocráticos— o una mezcla de todo ello. Me mandaban una nota con el ordenanza, que se llamaba Paco y era tartaja y de Trujillo.

─ ¿Tiene usted contestación para mi ca-ca-ca-pitán?
─ Si, Paco, dígale que sí, que no faltaba más.

El arreglo era malo para mi trabajo y mis estudios, pues los días en que no estaba hecho un flan esperando la convocatoria estaba hecho unos zorros reponiéndome del trasnoche, y siempre pensando en ella o en los dos.

Las caminatas por la sierra nunca volvieron a ser tan duras como la primera, pero siempre fueron largas y penosas, al menos para mí, hasta que fui acostumbrándome al ritmo: cincuenta y cinco minutos de marcha rápida seguidos de cinco de descanso, con una buena hora para almorzar. Por la tarde los descansos duraban más, cuando menos falta hacían puesto que íbamos cuesta abajo. Pero era cuando ellos se fijaban más en la naturaleza. No se tumbaban exangües como yo, sino que escrutaban las peñas próximas y lejanas, olisqueaban el aire y sabían qué plantas había en los alrededores, aunque estuviesen ocultas, oían e identificaban los pocos pájaros que hay en la montaña y palpaban el musgo suavemente, a veces, en otoño, frotándolo con la mejilla. No sólo comían las moras, fresas silvestres y escaramujos, sino que mordisqueaban otros frutos que a mí me parecían de lo más venenosos. En otoño volvíamos cargados de setas, algunas dudosas.

─ Esta debe de ser la cabeza de fraile, pero no estoy seguro.
─ Haré un guiso esta noche —anunciaba Miguel, que era el cocinero de la casa.
─ ¡No, por Dios!— Yo siempre picaba en la broma, sin comprender que los hermanos, por ciencia o por instinto, sabían muy bien lo que comían.
─ No te preocupes, que para ti haré una sopa de ortigas.

Usaban los cinco sentidos en el monte, como los bichos. Olfateaban si había pasado por allí un zorro o un cochino jabalí. Sonreían a veces sin mayor motivo y se quedaban inmóviles, como si hubiesen detectado algún aroma secreto o un leve susurro en las hojas o el trueno muy lejano. Yo no me atrevía a preguntar nada, pero daba gloria verlos quietos y alerta, como una pareja de corzos en un claro del bosque.

También tenían al menos un sexto sentido, el de la orientación. Nunca me perdí con ellos, ni siquiera en los rebollares muy cerrados, ya cercanos al valle, ni en las mañanas de nieblas altas o nubes bajas en las cumbres, cuando habían desaparecido del cielo y de la tierra los puntos de referencia y yo llegaba a sentir la necesidad angustiosa de apartar con las manos la espesa bruma. No llevaban brújula, ni aun cuando fuimos a Gredos, que conocíamos mal.

─ Sois primitivos hasta en eso.
Acabábamos de llegar a una fuente y ellos se habían puesto de bruces a beber mientras yo llenaba la cantimplora.
─ Da más gusto así —contestó Elena sacudiéndose el agua del pelo.
Miguel se echó a reír y me ofreció un puñado de nueces.
─ Sé lo que estás pensando, Saturnino. Que somos de otra época y no tenemos sitio en ésta. Y es verdad. Pero, ¿crees en serio que el Brave new world que tú anhelas va a durar mucho? Desde luego su historia no se medirá en milenios como la del mundo arcaico.
─ Es que yo no soy un utópico; la praxis...
─ No, hombre, no, si no me refiero a tus ansias revolucionarias. Eso son chiquilladas de aprendices de brujo que como mucho costarán unos pocos centenares de millones de vidas. Me refiero al pacto fáustico de la modernidad, concluido por izquierdas y derechas con el Progreso. ¿O es que tú no crees en el Progreso?
─ Sí, claro, pero...
─ Pero Mr.Roosevelt también, y el Hitler ese del bigotito, y el gordo italiano y hasta el Conde de Romanones...
─ ¿Y tú no, Miguel?
─ Yo no —contestó en voz queda, sin asomo de suficiencia, casi con pena.
─ Entonces eres un reaccionario.
─ Sí, claro. Pero no un tonto. Sé que nada de lo que haga va a cambiar el rumbo de los acontecimientos, salvo en lo accesorio. Aunque a veces lo accesorio es cuestión de vida o muerte para muchos y hay que actuar; además es más divertido actuar que lloriquear. Pero a la larga el estúpido mesianismo del Progreso, capitalista o socialista, acabará destruyendo todo lo bello y en su lugar tan sólo habrá hormigueros histéricos y colmenas dulzonas y pegajosas. Todo esto desaparecerá —Y señaló moviendo el brazo el valle solitario del Lozoya, el Monasterio del Paular acurrucado contra la ladera de Peñalara y al fondo la cúspide de la Maliciosa, donde ahora está la monstruosa Bola del Mundo.
─ Me estáis cansando, con tanta política —interrumpió Elena— Por no oír hablar de esas cosas dejé de ir a casa de tía Ma, y eso que los Primo de Rivera son guapos y simpáticos... ¡Mirad, mirad, un ánsar rezagado! Va hacia el Norte solo, con meses de retraso, después de todos los bandos de sus compañeros. Estará agotado y sediento. Ha debido de retrasarse por alguna herida. No llegará a Escandinavia.

Se oía el batir de alas, heroicas y cansinas. Me eché a llorar. Los hermanos fingieron no notarlo.

***

Bibliografía de El Rompimiento de Gloria
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 15 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. III)

III

Aquellas ordalías me hicieron perder casi todas las uñas de los pies, pero también muchas de mis timideces. Si ellos me tomaban tal como era, ¿por qué no iba yo a aceptar su condición tan distinta de la mía? Además su naturaleza tampoco podía ser muy diferente, puesto que todos los hombres somos iguales. Ese prejuicio rousseauniano mío de entonces me costó muy caro, pero ni aun hoy sé si debo lamentar o celebrar mi error. En todo caso y pese a mi ingenuo acatamiento de las ideas del siglo, algo singular y peregrino debí de barruntar en los hermanos cuando me empeñé en aprender todo sobre ellos y sobre su mundo nebuloso. Ellos no rehuían mis preguntas y creo que las contestaban con franqueza, pero yo cuanto más sabía menos entendía; quizá las hojas me impedían ver el bosque o, más probable, me faltaba entonces cultura —más que erudición— para discernir. Cuántas veces, años después, en El Cairo o en Cambridge, he oído en mi mente el clic de una pieza del rompecabezas que por fin encajaba con las demás y daba sentido a uno de los muchos rincones oscuros de la vida de mis amigos o de sus raíces. Interrogando a refugiados de Europa del Este después de la Segunda Guerra Mundial, leyendo libros de memorias del siglo pasado, viajando, hasta hojeando trabajos etimológicos, he ido comprendiendo lo que al principio sólo podía amar, envidiar o detestar.


It will all end in tears, solía decir mi maestro inglés en Cambridge cuando notaba que un discípulo empezaba a idolatrarlo a él o a su ciencia. Pero es que todas las vocaciones y las pasiones terminan en lágrimas de frustración cuando no acaban en hastío. No debo, pues, quejarme; estoy llegando al final de una vida no exenta de amargura mas sí limpia de hastío. Ayer mismo comprendí algo que me dio una alegría pueril pero considerable. Siempre me había parecido una injusticia poética que Fonseca, el título español de la familia Cienfuegos, hiciese referencia a una fuente seca; era una antipática transgresión de la regla nomen est omen, que por cierto en mí sí se cumple puesto que me apellido Prieto y soy moreno. Pues bien, acabo de caer en la cuenta, con medio siglo de retraso, de que ese topónimo Fonseca debe de venir de Fuente del Sauce. Tendré que comprobarlo, pero al fin nomen est numen.


El caso es que ya entonces para mí en el principio era el verbo, y así empezó la velada de la horchata en las Vistillas.


─ Vosotros seréis asturianos, ¿no? Lo digo por vuestro apellido, Cienfuegos- Me gustaba pensar que en cierto modo éramos de comarcas vecinas.
─ Eso nos preguntan siempre, pero la realidad es más caprichosa. Descendemos de James Campbell of Glenlarig, un laird escocés jacobita. En nuestra familia siempre ha habido debilidad por las causas perdidas, pese a que el clan Campbell era en su mayoría protestante y partidario de los Hannover. Cuando fracasó el levantamiento de 1715 a favor de los Estuardo, a Sir James le requisaron sus tierras y, como sólo le quedaba su experiencia guerrera, buscó un soberano católico al que servir. Fue a parar a un principado italiano y allí lo primero que le hicieron fue cambiarle el nombre -por homofonía, creo que lo llamáis los lingüistas- a Campobello. A la generación siguiente, il Barone Campobello cruzó los Alpes y pasó al servicio de los Wittelsbach. Los bávaros, más concienzudos, tradujeron literalmente Campobello por Schönfeld. Tiempo después, a un Freiherr von Schönfeld se le ocurrió alistarse en los tercios españoles de Carlos IV, y vuelta a la adaptación homofónica, esta vez a las bravas. Dicen que el coronel de mi antepasado, harto del trabalenguas cada vez que pasaba revista, dispuso manu militari que se llamase Cienfuegos. "A mis primos asturianos no les disgustará que les salga un pariente así, hidalgo, cristiano viejo y buen mozo. Además Cienfuegos se parece a su nombre tudesco tan embrollado", concluyó el militar. Y en Cienfuegos nos hemos quedado, por ahora.

─ Miguel, vas a aburrir a Saturnino.

Pero no me aburría, me embobaba con las cosas de un mundo que se me antojaba tan exótico como el de los jíbaros reductores de cabezas, pero que los jíbaros sentían vivo, con sus ritos, parentescos, libertades nómadas y duras exigencias del decoro. Decidí preguntar todo lo que me resultase desconocido, disposición que requiere constantes esfuerzos de humildad pero que es la única alternativa a ir por la vida de enteradillo mediopelo.


─ ¿Qué es un laird?
─ Un señor feudal abominable en Escocia.
─ No te burles de mí. Estoy intentando aprender inglés, pero mi profesor es de Murcia.
─ Nosotros nacimos en Londres, pero por casualidad; nuestro padre estaba destinado allí como agregado militar a la Embajada. Si nuestras partidas de nacimiento te inspiran más confianza que la del murciano, podemos ayudarte de vez en cuando.


Quedamos en que a cambio yo echaría una mano a Elena corrigiendo ejercicios de latín y que otras veces les pagaría en especie, como a Sócrates.


La primera tarde llegué con jamón muy bueno y vino muy malo que me habían mandado del pueblo. Hacía mucho calor y decidimos regar el jardín y merendar antes de ponernos al trabajo. Nos alargamos y al final nos quedamos fuera un rato largo mirando en silencio un cielo espectacular con nubes de colores crepusculares inverosímiles.


You're the purple light of a summer night in Spain -canturreó Miguel- A ver, traduce, Saturnino.
─ Eres la luz púrpura de una noche de verano en España- contesté mirando de reojo a Elena.
─ Bien, bien. Suena cursi pero no con lo que sigue. Verás, no os mováis— Miguel entró en la casa por la ventana, de un salto, y se puso a tocar el piano, cantando con buena voz de barítono


You're the top!
You're Mahatma Gandhi.
You're the top!
You're Napoleon brandy.
You're the purple light of a summer night in Spain,
You're the National Gallery
You're Garbo's salary,
You're cellophane.


Me explicaron lo que era el papel de celofán y el coñac Napoleón. No me gustó la idea irreverente de mezclar a un anti-imperialista como Gandhi con Greta Garbo, protagonista de Ninotchka, una vulgar sátira contra la Unión Soviética. Me quejé y los hermanos me miraron con pasmo algo enternecido.


─ Eres más puritano que nuestras tías de Pamplona, Saturnino — y para burlarse de mí pusieron la misma canción en el gramófono y se lanzaron a bailar con gracia y con bríos.


Cuando hube escuchado tres veces seguidas el mismo disco, se me metió la tonadilla en la cabeza pero también me entró en el corazón un punto de envidia triste por no saber bailar el fox-trot. Elena lo notó en el acto.


─ Venga, ahora baila tú conmigo.
─ No sé.
─ Pues te enseñaré.


Y me hundí en el suplicio de mi azaro. Manoteaba y pataleaba para no ahogarme en las oleadas de agua de colonia, de risa ante mi torpeza, de inocente alegría animal entre mis brazos. Aguanté poco.


─ Elena, por favor vamos a descansar. ¿Qué es eso de You're the green and the mauve and the gold of the old school tie?
─ La corbata del equipo de cricket de Eton, un colegio oligárquico.
─ ¿Y quién era Lady Astor?
─ Es una señora de la sociedad, algo de izquierdas. Una especie de Carmen Yebes en Londres.
─ A ésa -añadió Miguel- le hizo tío José Antonio una letrilla:


La ciudadana Muñoz,
que a su marido aproveche,
me gusta más que el arroz
con leche.


─ En Viena hay otra señora por el estilo y en París dos o tres.
─ ¿Y vosotros por qué sois tan cosmopolitas? Yo creía que érais unos castizos de la caverna hispánica.
─ Es que no somos cosmopolitas, somos catetos en varios idiomas.


Y era verdad, según fui descubriendo. Los Campbell — Campobello — Schönfeld — Cienfuegos, en su deambular por Europa durante el Siglo de las Luces —más bien de la pólvora y del fuego para ellos, que lo husmeaban sin melindres— no habían hecho sino reanudar con la costumbre de su horda celta en milenios anteriores: dejar descendencia allí donde acampaban durante un par de generaciones. Sus nombres aparecían a veces en el Almanach de Gotha o en el Debrett's Peerage y más a menudo en el Freiherrlichen Taschenbuch y en el Burke's Landed Gentry. A medida de que la simiente de Sir James Campbell of Glenlarig se extendía por el litoral báltico y por las riberas del Danubio, por los valles del Tirol y las dehesas de Extremadura -alguno llegó hasta el Bósforo para servir a la Sublime Puerta y otro estuvo con Tolstoy en la campaña de Chechenia, como si más que añorar los moors escoceses quisiesen volver a los ralos pastos del corazón de Eurasia-, cuando ya, por la mayor fertilidad de las hembras sedentarizadas en castillos con goteras y castaños centenarios, abundaban más los lejanos primos Károlyi , Silfverstierna o Kermadec que los que llevaban en cualquiera de sus versiones el nombre de la línea de varonía, empezaron todos a perder el sentido tribal del parentesco por encima de las fronteras, de los ríos y de las montañas. Pero la rama española, menos numerosa, recobró bastante el trato con los demás pues tanto el abuelo como el padre de Elena y Miguel habían sido agregados militares en varias embajadas por Europa, y habían ido renovando la amistad con sus parientes à la mode de Bretagne.


Los hermanos se gastaban durante las vacaciones los ahorros del resto del año, viajando en tercera por toda Europa para visitar a sus primos y amigos. Entre éstos había hidalgos de aldea tan poco ricos como ellos, encastillados en sus casas solariegas de las que sólo salían para ir de caza, a la guerra, o al dentista. También había potentados con enormes tierras y palacios en Viena, Londres o Bucarest. Pero todos tenían más sentido de casta que de clase económica - nadie podía considerarse venido a menos si pertenecía a su estirpe; en el peor de los casos sería pobre, cosa molesta pero accesoria, como ser zurdo o haber hecho la guerra en el bando opuesto - así es que recibían a sus primos pobres españoles con largueza y naturalidad. El hidalgüelo abría sus últimas botellas buenas y el magnate daba un baile y le regalaba a Elena un vestido de Balmain para la ocasión, musitando:


Tu ressembles tellement à ta grand-mère... les mêmes yeux verts... non, plutôt bleus... Enfin , il faut te trouver un mari ici... tu sais, les Roumains ne sont pas de très bons maris, mais ils sont beaux garçons et sympathiques...


El que los dos fuesen tan guapos contribuía sin duda a su éxito, pero tanto o más debía de pesar su modestia y su buen humor, su don de adaptarse a cada circunstancia sin perder su personalidad propia. Ahora los imagino ayudando a la cocinera vieja a hacer mermelada de moras, al niño mal estudiante a preparar los exámenes de Septiembre y al Príncipe Ghyka, que llevaba treinta años estudiando el Número de Oro, a ordenar su biblioteca polvorienta de sabio balcánico. Y luego se arreglarían para ir a bailar con los jóvenes en un night - club hasta la madrugada. En cualquier ciudad de Europa estaban de moda las mismas canciones americanas de Cole Porter, Gershwin o Irving Berlin, a veces con la letra adaptada al gusto europeo. Casi todas y en mayor medida las de Porter, estaban dirigidas a un público de cierta instrucción y mucho dinero. No me parecía que ese fuese el ambiente preferido de Elena y Miguel.


─ No —contestó éste— pero me atrae el contraste entre las melodías, a veces tan buenas y quizá tan duraderas como los lieder de Schubert, y las letras, a la fuerza efímeras en cuanto se convierten en listas irónicas de los superlativos del momento.
─ Además las letras —añadió Elena— no son peores que las poesías de Browning. También me recuerdan a veces a Eliot.
─ ¡Pero es que Eliot es un reaccionario! —estallé.
─ ¿Y qué? No digas tonterías, Saturnino. Si sigues confundiendo el culo con las témporas no aprenderás nunca inglés. Ni inglés ni nada —me replicó Miguel, de pronto cansado.
Me levanté para irme, con el corazón en un puño.
─ Espera, una última lección, para que te vayas con buen sabor de boca —dijo Elena—- ¿Sabes lo que es esto?
Se acercó al piano y cantó:
You're the top! You're a tangy lipstick
Luego besó una cuartilla en blanco y me la dio.
─ Esto es un tangy lipstick.

Guardé el papel con la marca roja en un libro, hasta que lo perdí en Belchite.

* * *



He encontrado esta versión de You´re the top cantada y tocada al piano por el propio compositor, Cole Porter, en 1934, y creo que al lector puede ayudarle a sentirse ambientado en esta escena de la novela. Por mala que sea la grabación y la voz del maestro, tiene su encanto:



Bibliografía de El Rompimiento de Gloria


Bibliografía del Marqués de Tamarón

(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 1 de diciembre de 2008

El Rompimiento de Gloria (cap. II)

II


La jornada terminó al filo de la medianoche, tras una cena de queso, uvas pasas y mucho vino tinto en casa de los hermanos. Volví a mi sórdida pensión cerca de San Bernardo con la cabeza dándome vueltas. Por lo general en los días de caminata me dormía enseguida; al cerrar los ojos contemplaba alguna escena de la montaña y el sueño me invadía como el opio. Pero esa noche todo era distinto y excesivo: demasiado cansancio, demasiada euforia, demasiado vino, demasiada esperanza. Así es que decidí hacer una composición de lugar para serenarme. Mi sucinto diario había servido hasta entonces de mero registro de lecturas o de reuniones políticas; bien podía, aún a costa de mi pudor leonés, reflejar otras cosas.

Según iba escribiendo, la curiosidad se imponía a la exaltación primera. ¿Quiénes eran Miguel y Elena? Habitaban solos en una casa con jardín en el barrio del Viso, lo cual permitía suponer que eran ricos, y eso me molestaba por cuanto los alejaba de mí. Pero, bien mirada, la casa era modesta, tenía desconchones, el jardín estaba descuidado, la despensa casi vacía y los muebles desvencijados. El único lujo parecía ser un piano y muchos libros, así es que después de todo a lo mejor resultaban no ser de clase pudiente. Quizá vivían de su sueldo de Capitán de Caballería (lástima que no fuese brigada de Aviación) y de las clases de latín que ella daba (eso ya me parecía más acorde con mi talante). ¿Qué edad tenían? Él parecía tan mozo como yo y ella también muy joven, pero a mis veintiún años se intuían fácilmente las diferencias de edad y ellos con su aplomo tenían que ser mayores que yo.

Mas no importaba, serían distintos de mí y de mi mundo pero parecían estar a gusto conmigo; se reían conmigo y no de mí. Me miraban sin condescendencia y ella había prestado atención a mis explicaciones sobre los recientes hallazgos de papiros griegos en Egipto, aunque luego yo me trabuqué porque me fijé en sus ojos y volví a pensar si eran garzos o zarcos, y ella debió de notar mi azaro pues me interrumpió, contra su costumbre, diciendo:

─ Otro día le enseñaré los últimos textos clásicos bilingües de Loeb que acabo de recibir. ¿Quiere más vino?
─ Sí, sí- me apresuré a contestar, sin saber si me refería al vino o la gloriosa promesa de que habría otro día. Por si acaso era un voto vano, dejé en su casa mi mapa de la sierra como excusa para volver.

Me dormí muy ufano de mi ardid; si ella era diosa con ojos de color indecible yo era el astuto Ulises. Pero a la mañana siguiente apareció en la fonda un soldado con un sobre que contenía el mapa y una tarjeta del Conde de Fonseca. Al principio me quedé perplejo. ¿Quién sería aquel residuo del antiguo régimen que se entrometía en mi nueva vida? Luego me rebosó la amargura al comprender que el conde no era otro sino Miguel y que éste había deshecho mi artimaña para no tener que volver a verme. Yo creía haber congeniado con una gente maravillosa y resultaban ser unos rancios figurones que me despreciaban.

Tan sólo al cabo de unos minutos de despecho agitado reparé en que la tarjeta llevaba unas frases garrapateadas. De acuerdo con la costumbre -que yo desconocía- estaban escritas a lápiz y tan tenues que tardé en descifrarlas. Qdo. amigo, le propongo una excursión para el Domingo que viene, esta vez sin prole y en tren. Cenaremos luego en casa. Cita en la estación del Norte a las ocho. Su affmo. Miguel.

Creí que nunca llegaría el domingo, pero llegó y fue el día más agotador de mi vida. Yo había ayudado de niño en las faenas del campo, de sol a sol, y luego me tocaron jornadas de guerra abrumadoras, pero ninguna como aquella marcha de cincuenta kilómetros y mil doscientos metros de desnivel en nueve horas. Reunía todas las penalidades imaginables por un sargento vesánico de una compañía de castigo: sol de frente, dos kilómetros a través de un zarzal virgen, un kilómetro por una morrena movediza, subidas que parecían verticales, bajadas por senderos de guijarros de los que se hincan en los pies cuando no tuercen los tobillos. Fui esperando un bucólico déjeuner sur l´herbe y me encontré con un loco rito iniciático. Porque todo debía de estar minuciosamente preparado, salvo la tormenta que nos caló y atronó durante dos horas.
Conseguí no quejarme ni mostrar sorpresa alguna. Bueno, una sorpresa, sí. Creo que me quedé con la boca abierta cuando al acercarnos a un arroyo Elena gritó:

─ ¡Maricón el último que se zambulla en esa poza!
Y salió corriendo hacia la balsa, desnudándose por el camino. Miguel se sonrió.
─ Será mejor dejarla ganar y que se bañe ella antes que nosotros.

Esperamos nuestro turno vueltos de espaldas.

Pero la mayor sorpresa, y esa conseguí ocultarla, fue el aguante de Elena. Cuando yo no podía más y sentía que me iban a estallar el corazón y las sienes, ella me adelantaba toda risueña y hasta silbando. Que Miguel, con su constitución atlética y su entrenamiento militar, fuese más vigoroso que yo, pase. Pero la resistencia y los bríos de su hermana resultaban prodigiosos. Creo que fue ahí y no en los mítines de Victoria Kent donde perdí todo resto de machismo pueblerino.
Cuando ya cerca de la estación para coger el tren de vuelta nos sentamos un momento al sol, tiritando del remojón de la tormenta, vimos cómo se desgarraban las nubes plomizas sobre el valle y un chorro de luz parecía golpear con violencia un soto verde oscuro, casi negro, de pinos, rodeado de piornos color amarillo chillón.

─ ¿Sabe usted cómo se llama eso en pintura? —me preguntó Miguel.
─ Un rompimiento de gloria, ¿no?
─ Sí —terció Elena —¿Y qué prefiere usted, esto o un arco iris ?
─ El rompimiento de gloria. Por mi Primera Comunión me regalaron una caja de peladillas muy duras con Santa Teresita del Niño Jesús en la tapa, sobre un fondo de arco iris. Desde entonces no soporto el arco iris ni las peladillas.
─ Bien.
─ Entonces, ¿he pasado todas las pruebas? ¿O me van a seguir ustedes torturando? —pregunté con voz queda.
Los hermanos se miraron y prorrumpieron en risas y gritos.
─ ¡Ya pasó, ya pasó! ¡Eres más saturnal que saturnino!
─ ¡Casi pánico! ¡Cómo atravesaste la maleza! Claro que te dejaste allí media camisa... pero ya aprenderás a pasar de lado como los pájaros y no de frente como los cochinos jabalíes.
─ Eres jovial...
─ ¡Y jupiterino! El Tronante no te asustó...
─ Las náyades no te ahogaron en la poza; las dríadas te aman.

Nos abrazamos los tres y casi perdimos el tren. Del viaje recuerdo poco porque me dormí; de la cena menos porque me emborraché. O me emborracharon.

Creo que hablé mucho de mí. Debí de contarles que mi padre era veterinario en la aldea, que el cura me aficionó al latín pero no supo impedir que yo abandonase el opio del pueblo, que me gustaba Gorki, que estaba decepcionado con la República burguesa, en fin, lo que solía contar a cualquier nuevo conocido en la Universidad. O quizá bebí tanto que hasta les confesé que echaba de menos a mi perro mastín en León y que había llorado hacía poco leyendo un villancico de Lope de Vega.

Me desperté con resaca, con agujetas y con ampollas, en el sofá destartalado de la casita del Viso. Elena escribía en su mesa delante de la ventana, de espaldas a mí. Me quedé inmóvil unos minutos, observando las proporciones perfectas de sus hombros, el suave tono de miel clara de sus brazos —como si la víspera hubiese jugado apenas una hora al golf en Puerta de Hierro— y su respiración acompasada. La mía no debía de serlo tanto pues sin volverse me dijo:

─ Si estás ya despierto y si puedes moverte, encontrarás café y aspirinas en el comedor.
Allí estaba ya Miguel, devorando huevos fritos con chorizo, melón y pestiños, de uniforme impecable, con botas de montar y oliendo, como su hermana, a agua de colonia Álvarez Gómez.
─ ¿A donde vas así de elegante?
─ A montar a caballo, pero te dejo en casa de camino. Me han prestado una moto.
─ Oye, ¿dije muchas tonterías anoche?
─ Lo normal.
─ Yo querría invitaros algún día, pero...
─ Pero estás sin blanca. Nosotros también. Bueno, para tomar horchata en un aguaducho sí que tendremos. Y será menos duro que un juicio de Dios montuno.

* * *


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