Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón

miércoles, 30 de julio de 2008

Ponencia del Marqués de Tamarón
X Foro Hispano Británico (13 de noviembe de 2006)

Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Carmen Posadas, pero no con lo que dice Unamuno. Unamuno se caracterizaba porque era incapaz de reírse, no ya de él mismo, que de eso casi nadie es capaz, pero desde luego de nadie más salvo por un sistema y es que hacía bolitas con el pan en los banquetes y se las tiraba a los demás comensales, lo que daba pruebas de un sentido del humor exquisito. También le gustaba hacer pajaritas de papel, pero ahí se reía de las pajaritas, no de la gente. Creo que la frase de él tiene su miga. Y la voy a repetir porque la leíste muy deprisa y es totalmente falsa, como todo lo de Unamuno: “la comedia es una forma de matar el tiempo, del mismo modo que la esencia de la tragedia es matar la eternidad”. Creo que es justo al revés: la tragedia es la que mata el tiempo, porque lo abole, lo declara abolido y nos lleva a la eternidad, que da vértigo. En cambio la comedia lo que intenta matar es la eternidad con la risa o, al menos, olvidarla. Pero, en fin, vamos al rótulo que no está ahí puesto, pero que lo tenemos por aquí, que creo que es necesario para no dispersarse. Aquí dice “La dimensión cultural en la Unión Europea”. Yo creo que eso, por de pronto, lo que quiere decir es que existe una dimensión cultural, que se supone importante. Me gustó cuando anteriormente Sir John Elliott hablaba del proyecto de la Ilustración, del que tantas veces hemos oído decir, un proyecto fracasado después de lo que los herederos de Rousseau y Hegel (tanto los comunistas como los nacionalsocialistas) hicieron, pero bueno, el proyecto de la Unión Europea no está fracasado, sorprende la realidad que ahí está, pues descansa sobre varias cosas y desde luego la dimensión cultural es importante. Lo que ocurre es que, fíjense en el modesto rótulo de lo que íbamos a hablar o estamos hablando Carmen y yo: “El humor en la novela española y en la inglesa”. No dice el humor en la novela española e inglesa. Y no lo dice porque son dos humores totalmente distintos. Eso tiene su importancia, porque eso lo que quiere decir es que el humor de la novela inglesa, que incluye claramente la americana, es claramente distinto del humor en lengua española, que incluye el otro lado del Atlántico -aunque me parece que Carmen no está de acuerdo y dice que hay peculiaridades muy notables, y las habrá, pero desde luego es más parecido al humor de la novela española el humor de la novela argentina (salvo Borges que, como todos sabemos, era islandés o inglés, según los días), que el humor finlandés, que aunque yo no he leído nada en finlandés me imagino que tiene poco que ver con nosotros. El asunto, insisto, tiene importancia porque si no hay humor común es porque no hay lengua común en la Unión Europea. Y si no hay lengua común, ¿puede haber una Unión? Los padres fundadores de los Estados Unidos veían claro que tenían que tener una lengua en común y la tenían. Nosotros no la tenemos. Se podría argumentar que si no nos reímos igual ¿cómo vamos a tener un futuro común? Pero quizás habría que argumentar que, aunque es cierto que el humor es tan distinto en cada rincón de Europa, en cambio se llora igual y que, en el fondo, la Unión Europea, lejos de estar fundada sobre un instinto común de la risa, está fundada sobre el miedo a volver a las andadas. En ese sentido no tenemos un humor común pero sí tenemos tragedias comunes.

Siguiendo con el rótulo que nos obliga, creo que en el fondo y antes de hablar de las diferencias entre el humor de la novela, que no sé por qué hemos puesto lo de novela porque el humor en España se refugia en la comedia, en Inglaterra hasta cierto punto también y es muy distinto del de la novela. Cuando se dice que no hay humor en España es verdad que no hay novela de humor, salvo humor negro, humor amarillo y humor muy cruel a veces. Pero la comedia no, la comedia española, sobre todo la del Siglo de Oro, es totalmente distinta de la novela. Pero es que, además, si nos remontamos a los albores de Europa, en todas partes había un humor muy cruel y muy brutal. En el fondo era mucho más cruel que la épica, porque la épica era una forma aristocrática. El humor popular no lo era; probablemente era mucho más sincero o no se hacía ilusiones sobre la realidad. En la épica, pero también en la tragedia, los horrores que ocurren -y en ese caso tiene razón Angela Carter que decía “la comedia es una tragedia que le ocurre a otro”- eso es cierto. Lo que ocurre es que la tragedia, en los módulos clásicos, solo le ocurría a la gente principal. Y digo principal porque príncipe y principal tienen la misma raíz. Y a los otros no, para los otros eso no era una tragedia. Los horrores que pasan en la novela picaresca, que hay que tener corazón de piedra para leerla sin sobrecogerse, no tenían la menor importancia porque le pasaban a los pícaros, que era gente muy mala. Por eso es revolucionario el Quijote porque, por primera vez, esos horrores, esas humillaciones, esas crueldades, esos chistes marrones, amarillos y verdes a veces, le ocurren a un hidalgo pobre, pero un hidalgo loco. De ahí la crueldad de la novela de Cervantes, Don Quijote. No creo que tenga igual en la literatura española, ni en la universal, es algo tan duro que los críticos, que no se atreven a afrontar esa realidad – salvo algunos pocos como Unamuno y Nabokov – lo resuelven bien sea no leyendo el Quijote, bien sea diciendo una cosa que es palmariamente falsa y es que Cervantes se va encariñando con el personaje. Si eso fuera verdad no le haría recuperar el juicio al final, que es ya el colmo de la crueldad, eso es regodearse con las tribulaciones del personaje. Y es así y no merece la pena dar muchas más vueltas.
Claro que en aquella época Rabelais tampoco se quedaba atrás en crudeza e incluso en Inglaterra había ejemplos de brutalidad extraordinaria. Paralelamente a eso la comedia, en cambio, que se estilaba en España, Inglaterra, Francia, Italia y en todos los lados, era un género mucho más palaciego y mucho más refinado. Y ahí sí había un humor que no solía ser cruel.

Pensaba yo preparando estas notas, aunque seguramente se le haya ocurrido a más personas, que en el fondo con el Quijote, con esa misma historia, se podía haber hecho una tragedia. Lo está uno viendo, el Rey Lear de la Mancha. Se vuelve loco, ve visiones, lucha contra los gigantes que resultan ser molinos. Pero claro, si esta novela hubiese sido una tragedia, hubieran sido gigantes; no lo era, tampoco era una comedia, era una burla muy cruel que se mofa de todo impulso noble. Hay dos cúspides en el Quijote, que dicho sea de paso claro que es un libro genial, porque naturalmente Cervantes era quizás el mejor novelista que ha habido jamás y uno de los hombres más crueles también, acaso porque él también sufrió grandes crueldades en la vida, pero eso es aparte, se burla de todo impulso noble y a ese respecto hay un ejemplo tremendo, al principio de la novela, que es una parte que casi todo el mundo ha leído porque luego la dejan -las cien primeras página la gente las suele leer incluso hoy en día. Se encuentra con un hombre muy malo que está azotando a su criado, lo tiene atado a un árbol. Entonces él interviene y defiende al muchacho y huye el amo cruel. Don Quijote se queda muy contento porque ha cumplido con el deber de caballero andante. Andando en la novela, no mucho después se topa con el chico que se acerca y le dice: por favor, si otra vez ve que ocurre esto, déjeme tranquilo, no se meta a ayudarme, porque mi amo después me ha pegado muchísimo más. Es el colmo de la mala sangre, el reírse de un impulso noble de un hidalgo, loco, claro. Luego la otra cúspide de Don Quijote, es cuando Sancho Panza le mira la boca para ver si le han roto muchos dientes en alguna de estas barbaridades que le pasan y entonces, no se por qué, le vomita a su amo dentro de la boca y él le vomita a él. Luego decimos que las películas de Torrente, que son las que más se ven en España, son falsas. Son absolutamente auténticas, eso es lo que a la gente en verdad le divierte, pero no sólo aquí sino en todo el mundo universal. El motivo es que este tipo de humor español (que coexiste con el humor teatral tan distinto) no es de clase media, cosa que sí es en general el humor de la novela inglesa.

Quiero recordar que sólo se ve una parte de la literatura española, entendida desde esta perspectiva del humor, cuando se piensa en la novela, porque claro, viene a la mente el Quijote y hasta cierto punto las novelas ejemplares que son muy distintas y que tienen mucho menos humor y sí la picaresca que es igual de atroz. Pero nos olvidamos de la comedia que es mucho más amable y que desde luego llega hasta el siglo XX con una brillantísima pléyade de comediógrafos, como Mihura o Jardiel o Muñoz Seca, que mezclan lo surrealista con la ternura y con la gracia y antes toda la comedia de capa y espada que es una forma cortesana de la literatura.

Dicho todo eso, me permito volver a repetir que las diferencias son mucho más aparentes que reales, porque en el resto de Europa existen y coexisten las mismas tendencias, solo que quizás se le da más importancia a unas que a otras, en Francia, en España, y en Alemania no digamos, o en la misma Inglaterra. Ayer y para terminar este apartado, me hizo una admonición un hombre que era el retrato de Sancho Panza visto por Gustavo Doré, verdaderamente la vera efigie. Fue en el campo. Yo estaba trajinando allí. Como oigo mal él estaba gritando en la puerta porque quería decirme algo (es mi vecino). Y yo no oía nada. Al final lo oí, me acerqué para abrir y le dije: Vd. perdone, como estoy medio sordo no lo había oído. Se me quedó mirando, muy digno, como diciendo: este tío es tonto. Me dijo: sabe Vd., no hay por qué dar a conocer las propias faltas de uno. En fin, comprendí que eso excluye ese ramalazo inglés y americano que llaman self deprecating. Y no digamos el self derogatory. Aquí es absolutamente impensable, porque al que es tan idiota como para hacerlo lo consideran eso, un imbécil. Para eso está el vecino, para decir: sabéis, mi vecino está sordo. Él, por cierto, está cojo. Yo no le dije nada pero me hizo mucha gracia, porque era Sancho Panza, de pronto serio, de pronto digno y, sobre todo, defensor del decoro. Y quizás esa sea la esencia del humor literario español en que por un lado está el decoro y por otro lado la transgresión irresistible, cosa que a veces comprende uno. Gracias.
Es verdad que las mujeres en la literatura española consiguen un humor donde se burlan de ellas mismas, cosa que a los hombres no les gusta hacer. Hablando ayer por la tarde, mientras preparaba esta sesión, con Julia Escobar, le pedí un ejemplo claro y el más señero para ella y, curiosamente, citó como Carmen Posadas a Emilia Pardo Bazán. Lo que pasa es que me contó un cuento, que yo no he leído nunca, que se llama La Mayorazga de Bouzas; debería contarlo Julia luego, pero como ya tendrá otra ponencia prevista, quiero decirles que es una historia absolutamente tronchante, probablemente autobiográfica según Julia, porque la tal Mayorazga de Bouzas representa a un tipo de mujer con mucho temple y mando en plaza, fea, gorda, que coge su caballo porque sospecha que su marido la engaña y, en efecto, lo encuentra con otra y desoreja a la otra, lo cual tiene mucha gracia, supongo que para Dª Emilia, que debió de sufrir bastante con su marido y quizá él con ella. Pues bien, hay ejemplos notables en la literatura española de hoy de mujeres que se ríen de ellas mismas, la propia Julia Escobar en Nadie dijo que fuera fácil, una novela muy entretenida pero con mucho drama y por la que la acusaron de machista porque se reía de sus congéneres. Carmen Posadas en su libro de Pequeñas infamias, que le valió el Premio Planeta, y en otros libros suyos, también mezcla el humor y el reírse, reírse de lo suyo y de los demás también, desde luego, con lo más dramático.

Pero es que ayer ocurrió - todo me pasó ayer y no me resisto a contarlo - que leí en el ABC dos artículos y luego leí unos poemas de Dorothy Parker. Un artículo era de Carmen Posadas, “La eterna guerra de los sexos” y había otro, también muy divertido, que se llamaba “Más que animal de compañía” de Rosa Belmonte, a quien no tengo el gusto de conocer por lo que nadie me puede acusar de darle coba. Y ambos artículos son típicos de mujeres con sentido del humor, capaces de burlarse de ellas mismas y de lo que son ellas y su época y su mundo. Y la mejor manera de describirlos es, si Vds. me lo permiten, que les lea dos poemas muy cortos de Dorothy Parker, la mujer con más sentido del humor de la literatura en lengua inglesa, salvo en una cosa, fue militante del partido comunista americano. Siendo millonaria realmente demostró que tenía poco sentido del humor en eso, pero en fin lo hizo. El primero resume el artículo de Carmen y dice:
Ultimatum

I´m wearied of wearying love, my friend,
Of worry and strain and doubt;
Before we begin, let us view the end,
And maybe we´ll do without.
There´s never the pang that was worth the tear,
And toss in the night I won´t –
So either you do or you don´t my dear,
Either you do or you don´t!

The table is ready, so lay your cards
And if they should augur pain,
I´ll tender you ever my kind regards
And run for the fastest train.
I haven´t the will to be spent and sad;
My heart´s to be gay and true –
Then either you don´t or you do, my lad,
Either you don´t or you do.

El artículo de Carmen era menos feroz pero por ahí iba. Luego el de la Srta. Belmonte donde hablaba de los animales con una ferocidad políticamente incorrecta también, se resume en cuatro versos de Dorothy Parker que se llaman

Thought for a Sunshiny Morning

It costs me never a stab nor squirm
To tread by chance upon a worm.
“Aha, my little dear,” I say,
“Your clan will pay me back one day.”

Bueno, pues con ese sentimiento, muy poco franciscano debo decir, muy poco políticamente correcto pero muy real, yo ya no puedo añadir nada más sin que me detenga la Guardia Civil enseguida.

Así que sigan Vds., señoras, por ese camino de regeneración de la literatura patria. Ánimo.